— Draco, vuelve aquí — la cabeza de Hermione asomó por la ventana, cerca de sus rodillas.

— Volveré cuando tenga al gato — mantuvo los ojos fijos en el edificio y en Crookshanks.

— ¿Y cómo lo vas a hacer?

Ella había elegido un mal momento para iniciar una conversación.

— No lo sé. Lo estoy pensando.

— ¿Y no crees que deberías haberlo pensado antes de salir ahí.

Él avanzó hacia Crookshanks, y la toalla, cuyo nudo se había aflojado al subir a la ventana, resbaló un poco por sus caderas. Genial. Sólo llevaba una toalla y se estaba cayendo. Moviéndose muy despacio y con mucho cuidado, se la quitó y se la echó al hombro. Mejor enseñar el trasero a siete pisos de altura que tropezar con la toalla.

¡Maldición! Ni siquiera iba a morir con dignidad. Con honor, tal vez, pero con dignidad no.

Pero él podía hacer aquello. La clave para no morir estaba en moverse despacio. O al menos eso esperaba.

Pero no sabía si tenía muchas probabilidades de agarrar al gato. La maldita bestia lo había mordido antes, cuando había intentado acariciarlo. Draco hizo lo único que podía hacer... siguió avanzando hacia el gato y le habló en voz baja.

— Bien, amigo. Agárrate con fuerza. ¿Ves?, ahí está el truco. Puede que tú tengas siete vidas, pero yo sólo tengo una...

— ¿Qué? — preguntó Hermione.

Él volvió la cabeza en su dirección con cuidado.

— Hablo con el gato. Danos un minuto, ¿vale? Y te agradeceríamos mucho que no hicieras ruido ni movimientos repentinos.

Miró de nuevo a Crookshanks y siguió hablando.

— Con franqueza, creo que soy muy joven para morir, pero aunque no lo sea, no quiero morir estrellándome desnudo contra el suelo. Y quién sabe, puede que tú ya hayas agotado tus siete vidas.

El gato lanzó otro aullido estremecedor. Un murmullo de brisa enfrió el sudor que caía entre los hombros de Draco.

— Escúchame bien. Yo te sujeto, volvemos a entrar ahí y juro que la convenzo para que te ponga otro nombre. Si yo me llamara Crookshanks, también estaría aquí fuera. Pero por mi honor que te cambiaremos el nombre en cuanto volvamos ahí dentro.

Crookshanks aplastó las orejas. Aquello no era buena señal.

Draco ya casi estaba allí... sólo unos centímetros más...

— Voy a pasar por encima de ti para ir al otro lado.

Respiró hondo. Levantó el pie derecho y lo pasó por encima del gato, con lo que Crookshanks quedó entre sus dos piernas y él podía agarrarse al marco de la ventana del vecino de Hermione.

Bajó la vista hacia el gato. Éste lo miraba a él. O más concretamente, una parte de él. Crookshanks contemplaba su pene colgante con un brillo malicioso en los ojos, como si acabara de descubrir un juguete.

— ¡Ni se te ocurra! — Draco cubrió su pene con una mano protectora.

Una mujer mayor apareció de pronto en la ventana.

— ¡Pervertido! — gritó.

Se apartó y bajó la persiana.

Draco, sobresaltado, clavó los dedos en el marco.

Tranquilo. Tranquilo.

Recuperó el equilibrio y pasó el pie izquierdo por encima del gato. ¡Bien! Apartó la mano del pene. Ahora ya sólo faltaba la parte más terrorífica.

— Te voy a envolver en esta toalla, pero necesito que te quedes muy quieto o perderé el equilibrio y nos caeremos los dos.

Pasó la toalla de su hombro a sus manos.

— Tranquilo. Recuerda que vas a tener un nuevo nombre. Uno interesante, un nombre de macho, uno que vaya con tu imagen — mientras hablaba se agachó y envolvió al gato en la toalla con cuidado — No pierdas la calma. Sólo falta un minuto para que estemos a salvo.

Sorprendentemente, Crookshanks no ofreció resistencia y no se movió cuando él se lo colocó bajo el brazo, como si fuera un balón de fútbol americano. Draco no supo cuánto tardó... a él le parecieron horas... pero siguió hablando de vuelta hacia la ventana de Hermione y al fin le pasó el gato y la joven lo apretó contra sí. Draco usó la mano libre para agarrarse al borde de la ventana abierta.

— ¿Necesitas ayuda para entrar? — preguntó ella.

— Sólo déjame espacio — pasó los pies primero.

Cuando al fin pisó suelo firme le empezaron a temblar las rodillas. Nunca le había parecido tan maravilloso estar encerrado entre cuatro paredes. Se volvió y cerró la ventana de golpe. Antes de volver a abrirla, se asarían como cerdos en el infierno.

Crookshanks, perdida ya la paciencia, se soltó de los brazos de Hermione y salió corriendo de la habitación.

Hermione se volvió hacia él con ojos llameantes.

— Eso ha sido lo más estúpido e beep que he visto en mi vida — gritó.

— ¿Eh? ¿Pero qué dices? ¿Por qué no me das las gracias?

— ¿Las gracias? ¿Las gracias? — la voz de ella subía de tono a cada palabra — ¿Tengo que darte las gracias cuando podías haber muerto ahí fuera, beep? — se acercó y le golpeó el pecho con las manos — Podías haberte caído. ¡He pasado tanto miedo! Y estabas desnudo. Y podías haber muerto.

¡Dios! Estaba casi histérica por él. Draco le sujetó las muñecas e intentó no hacerle daño.

— Calla, calla, no pasa nada, yo estoy bien. Y tú estás bien. Los dos estamos bien.

Hermione apoyó la cabeza en su pecho y él le pasó la mano por el pelo. Ella le echó los brazos al cuello y lo estrechó con fuerza.

— No vuelvas a hacer una cosa así. Nunca en mi vida había pasado tanto miedo. Si llegas a caerte...

Lo besó en la boca con una pasión hija del miedo y la furia. Apretó la boca contra la suya y liberó en él la adrenalina provocada por la aventura. Draco le devolvió el beso como si quisiera devorarla.

Era cierto. Podía haber muerto allí fuera. Pero no había muerto y estaba en sus brazos. Y parecía que a ella le importaba muchísimo que se hubiera jugado la vida.

Se tambalearon abrazados hasta la cama, cada uno de ellos empeñado en comerse vivo al otro. Cayeron sobre el colchón y esa vez fue Draco el que sacó el preservativo del cajón con mano temblorosa. Antes la había deseado, soñado con ella, le había hecho el amor, pero nunca había conocido nada así, una necesidad tan abrumadora de enterrarse en ella para celebrar haber vuelto con vida del saliente... para reclamar su premio.
Mientras se ponía el preservativo, ella se desnudó y se tumbó de espaldas con las piernas separadas y el sexo brillante... preparada.

— No. Date la vuelta. Ponte de rodillas.

Ella cerró las piernas pero siguió tumbada de espaldas.

— Primero apaga todas las velas — dijo.

Desde luego, no era la mujer más lógica que había conocido.

— Pero la oscuridad te da miedo.

— Me da más miedo lo grande que es mi trasero. Y estamos perdiendo el tiempo — tendió la mano y le acarició el pene.

Draco se apartó y se dejó caer de rodillas al lado de la cama. Ella lo miró con recelo y no poca frustración.

— Estoy aquí para arrodillarme ante el altar de tu magnífico trasero. ¿Por qué crees que he salido ahí fuera? ¿Por el gato o para poder ver después tus ojos cafes? No, amor mío. He salido ahí fuera por esto — le acarició una nalga y clavó los dientes en ella. Hermione parecía no saber si echarse a reír o pegarle, pero por suerte, todavía brillaba el deseo en sus ojos — Ya te lo dije antes — siguió él — Esto — acarició la curva de las nalgas — puede hacer que los hombres caigan de rodillas. Yo estoy de rodillas y me gustaría verte a ti de rodillas y con tanta luz como sea posible para ver esta obra de arte en acción.

No pensaba ceder en ese punto. No sólo era verdad lo que decía, que quería verla retorcerse y moverse mientras le hacía el amor desde atrás, sino que también quería que superara aquel complejo ridículo y comprendiera que su trasero era motivo de celebración, no algo que había que esconder en la oscuridad.

Mordisqueó el trasero en cuestión y, convencido de que la acción valía más que las palabras, se dedicó a demostrarle cuánto apreciaba sus atributos. Se tomó tiempo besando... lamiendo... succionando aquel terreno dulce. Y ella lo recompensó con gemidos de apreciación y retorciéndose contra su boca.

Ardía de deseo por ella, estaba enganchado con su trasero y el aroma de su excitación resultaba enloquecedor, con su humedad deslizándose entre los labios de ella. Probó el sabor de su néctar con la lengua.

— Draco...

Miró el rostro sonrojado de ella desde su posición entre sus muslos.

— ¿De verdad me vas a negar algo que me haría tan feliz?

La joven, jadeante, se dio la vuelta con tal rapidez que lo tomó por sorpresa. Cuando se levantó, ella estaba ya de rodillas, con las piernas separadas y las nalgas en el aire. Su sexo brillante resultaba una invitación.

— Me vas a volver loca. Hazlo como quieras, pero hazlo de una vez — ella lo miró por encima del hombro y se dio una palmada en la nalga — Si esto es lo que quieres, monta de una vez, vaquero.

Draco subió a la cama detrás de ella y deslizó un dedo entre las nalgas.

— Me he acercado al templo de lo divino. ¿Puedo entrar?

— ¡Maldita sea, Draco! No está bien que me hagas reír cuando me has puesto tan caliente.

Él deslizó su pene cubierto por el preservativo a lo largo del canal de ella y lo frotó contra su clítoris.

— Quiero ofrecerte un sacrificio.

Hermione se echó hacia atrás y terminó de introducirlo en su interior.

— ¡Sí! — gritó — Ya estoy contenta. ¿Tú estás contento?

Ella estaba caliente y estrecha y él comenzó a moverse.

— No, estoy pletórico — contestó.

— ¿Quieres que haga qué? De eso nada. No pienso hacerlo — Hermione se colocó de espaldas y resopló con fuerza. Ella se sentía satisfecha después de un revolcón fabuloso y él tenía que estropearlo todo.

Draco saltó de la cama y se dirigió hacia la puerta.

— ¿Adónde vas? — preguntó ella.

— A por la cámara.

— ¿Necesitas la cámara para hablar de esto?

— No, la necesito para captar el aspecto que tienes ahora. Recuerda que tengo que captar a la auténtica Hermione.

Volvió poco después con la cámara colgada. Ella le lanzó una mirada altiva y giró la cabeza.

— Perfecto. Hermione Enfadada.

Ella giró la cabeza.

— No estoy enfadada.

— ¿No? ¿Y tú cómo lo llamarías?

— Ofendida. No tenías derecho a prometerle a mi gato que le cambiaría el nombre. Me encanta el que tiene. Si tú quieres bautizar a un animal, cómprate uno.