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El Cambiazo

Para Mei por su Cumpleaños


XV

El boleto perforado en la mano. La mochila al hombro. El bigote lampiño sudoroso. Rezagos de nieve del día anterior. Tetsurou estrujaba su boleto y el sudor le corría a chorros por el rostro. Pensaba: qué bochorno.

Aun sabiendo que no se trataba de Koushi, no pudo evitar ruborizarse al ver al robacuerpos. Todavía peor porque Koushi no sabía a quien buscaba, y sus ojos pasaron fugaces por el rostro de Tetsurou, incapaz de reconocerlo en medio de la multitud que iba y venía entre los andenes. Fueron Daichi y Asahi quienes le reconocieron a la distancia, enfilando sus pasos, prestos, apresurados, llenos de ansiedad. Tetsurou, estrujando el boleto más y más, no fue capaz de dar ni un paso. No le importaba la presencia de Asahi, pero Daichi era otra cosa.

—Así que has venido —dijo Daichi, con intención de cortar el hielo. Tetsurou intentó sostenerle la mirada, pero al final sus pupilas terminan en la suela de sus zapatos. Daichi le da un golpe en el brazo— ¡Quién lo diría! ¡Pareces un gato mojado!

—¡Qué dices! —saltó Tetsurou.

—Así sí. Ese es el Kuroo al que estoy acostumbrado.

Las risas de Daichi y Asahi destensaron los hombros de Kuroo. Sin embargo, sus mejillas adquirieron calor, y su bigote volvió a llenarse de sudor: el falso Koushi lo observaba con curiosidad, con sus ojos muy abiertos, como tratando de absorber la mayor cantidad de información a través de ellos.

—Tú debes ser Satori.

—Tendou Satori, sí. Tauro. Estoy suscrito a la revista Jump.

El falso Koushi tendió una mano que Tetsurou estrechó con cierta renuencia. Era vergonzoso porque Daichi y Asahi las hacían de testigos.

—¿Ustedes lo conocían de antes? —preguntó dirigiéndose a Asahi y Daichi. Ambos asintieron con unos rostros que no auguraban nada bueno.

—Es una espina en el culo —admitió Daichi sin disimular ante Satori, quien curiosamente pareció orgulloso de tal afirmación—, pero es una buena espina.

—Yo también te conozco a ti —dijo Satori a Tetsurou, lo que no se esperaba—. Vi el partido que tuvieron tu equipo y el Karasuno, en el campeonato de primavera, y la verdad es que me gustaste mucho. Aunque me gustó más tu armador, ese con la cabeza de pudín: ¡tenía unas jugadas super diabólicas!

Satori dio vueltas de emoción, moviendo el cuerpo de Koushi de un modo que Tetsurou no se hubiera imaginado. Daichi lo cortó en mitad de los frenéticos giros.

—No te enrolles tanto que tenemos que seguir nuestro camino. Suga nos espera, así que andando. Él no sabe nada de tu visita—le informó a Tetsurou—, hasta ahora piensa que solo vamos a verle Asahi y yo.

—Oh. Ya me imaginaba que no sabía.

—Suga es muy escurridizo si se trata de su vida privada. Yo siempre fui de la idea de que si Suga no quería hablar, no podíamos obligarlo, pero estos dos de acá —y con sus dedos Daichi señala a Asahi y a Satori— dicen que los secretos están ahogando a Koushi, y la verdad tienen razón. Además, esto no es realmente un mal secreto… ¿cierto?

Tetsurou se preguntaba si acaso era posible incendiarse de la emoción. Sentía su rostro entero bullir, pero no se trataba de vergüenza, tampoco pena. Pensaba, simplemente, que era un tipo con suerte.

—Gracias Sawamura —dijo Tetsurou ante el perplejo de Daichi.

—La verdad es que ha sonado como si estuvieras dándole tu bendición —aclara Asahi y añade con cierta malicia— ¿Acaso eres el padre de Suga, Daichi?

Lo que haya replicado, Tetsurou no lo oyó. Era tonto de su parte, y no sabe evitarlo, pero la verdad era que le costaba mucho dejar de mirar al falso Koushi. Había esperado tanto ese día, y siempre se imaginó que bajaría del tren con el corazón en la boca, atravesando los andenes a toda velocidad. Koushi estaría allí, con sus mejillas sonrojadas, un rastro de vaho eclipsando su rostro, y le esperaría con los brazos abiertos, dispuesto a atraparlo. Delante de todos, compartirían un beso en medio de la muchedumbre, porque ya no podían esperar más, porque no tenía sentido retrasar el instante, y luego de mirarían a los ojos, y se reirían, porque se querían.

Pero esa no era su realidad. Koushi no era Koushi, y no se encuentra en sus ojos ese amor desbordante con el que él si le mira, aunque no esté allí. Aunque sea una cáscara. Era tonto, sí, pero ¿cómo evitarlo?

Lo que ignoraba Tetsurou, era ese sexto sentido de Satori de penetrar en el corazón de las personas, su empatía desbordante que lo contagiaba de sentimientos ajenos. Acercándose a pasos cortos, Satori se sitúa delante de Tetsurou. Solo es cosa de pararse en la punta de los pies, de enrollar sus brazos en el cuello, y apretarlo.

Al oído, le susurra:

—Un abrazo es lo máximo que puedo ofrecerte en estos momentos. Sé que te mueres por estrujarme, así que no seas bobo y hazlo. Koushi lo entiende.

Tetsurou cerró los ojos. Imaginó por un segundo, que tenía a Koushi en sus brazos.