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Capítulo 14

Candy oscilaba entre dos mundos: aquel de la conciencia donde sentía frío y el dolor abundaba, y el otro, donde no había pena ni frío, pero tampoco vida; nada de sol cálido, nada de pinos de olor penetrante y fresco, nada de flores de colores, nada de Terry.

—Pecosa.

Candy trató de decir algo, cualquier cosa, pero no le salía la voz. Lo sintió cerca; su aliento sobre su rostro la tranquilizaba. Intentó desesperadamente mover los labios, pero estaban demasiado secos y agrietados.

—¿Qué dices? No te escucho.

—Terry… —las palabras le quemaban la garganta. Trató de lamerse los labios sin lograrlo.

—Espera un momento —dijo él e inmediatamente Candy sintió un paño húmedo mojarle la boca.

—Tengo frío, tanto frío —murmuró.

—Lo sé.

—Abrázame. Candy advirtió la indecisión, después oyó el crujido de una manta y lo sintió a su lado; inmediatamente estaba contra su cuerpo. Percibió la fuerza de sus músculos, tan distintos de la suavidad de la propia carne, mientras absorbía su calor. Estaba sin camisa; le pasó los dedos por el vello del pecho mientras él cubría a ambos con su manta. Candy se sintió encerrada en un capullo de fuerza masculina. "Terry, esta vez soy yo la que necesita de tu magia", pensó y después de un segundo se sintió cálida y vibrante, como si él le hubiera transmitido la propia vida.

Sintió sus manos en su cara y su voz:

—¿Mejor?

Ella trató de contestar pero no pudo. Le puso la mano fría sobre el corazón y logró articular con un ronco murmullo:

—Bésame.

Terry la miró. Ella intuyó su titubeo, su mirada. Después sintió que le levantaba la barbilla y le rozaba la boca con una caricia gentil; Candy protestó con un gemido. Él se retrajo, atónito.

—Como antes. Me calienta por dentro —murmuró ella, golpeándole la mano sobre el pecho.

Terry la satisfizo con un beso profundo y ella saboreó al hombre que amaba, su Terry.

Después de algún tiempo, Candy se movió; no quería despertar de su sueño. Estaba tan caliente por fuera como por dentro, pero no sabía sí por mérito del fuego o por el beso de Terry. Era la última cosa que se le había grabado en la mente, porque después se había adormecido dentro del círculo de sus brazos.

Todavía entre la bruma del despertar y el sueño, advirtiendo la presencia de su marido, abrió los ojos. Pero su visión era confusa, borrosa. Parpadeó dos o tres veces, luego giró la cabeza.

Él estaba de pie al lado de la pequeña ventana, sumergido por el resplandor de la luna. Miraba hacia fuera. Los faldones de la camisa blanca le colgaban de los pantalones de gamuza, manchados de tierra y desgarrados detrás de una rodilla.

Las botas, abiertas en la parte interior de la pantorrilla, le colgaban en las piernas. Tenía un brazo levantado y con una mano apretaba el marco superior de la ventana, mientras con la otra sostenía una taza de la cual, cada tanto bebía algo. Lo observó con atención. Parecía sumido en sus pensamientos y ella se preguntó cuáles serían.

Puesto que su cara difícilmente expresaba emociones sino cuando estaba encolerizado, no lograba imaginarlo.

¿En qué pensaba un Duque?

Su mente recurrió a cuando lo había visto de pie con el agua hasta los muslos y le había preguntado dónde diablos se encontraba la posada. Ella había querido sólo impresionarlo con un hechizo. A veces su magia se le daban tan mal que se preguntó cuál sería la razón de su vida.

¿Quizá fuera Terry la razón por la cual ella existía en ese mundo confuso donde se albergaban la felicidad y la angustia juntas?

Con un suspiro Candy se colocó las mantas debajo de la barbilla.

Sus músculos protestaron incluso por aquel pequeño movimiento. Sentía el cuerpo dolorido como cuando había caído de la escalera de la torre para perseguir una escoba que corría. No era fácil ser una joven bruja, aunque tuviera dotes paranormales.

Miró de nuevo a su marido y todos los errores y los vergonzosos accidentes ocurridos durante los hechizos se disolvieron como niebla al sol.

Terry estaba seguro de estar inmerso en una pesadilla. El gigante y el enano habían desaparecido. Los había buscado, los había llamado, los había esperado, pero nadie había acudido y por lo que se podía ver, parecía que no había ánima viva.

No había ropa en los baúles, ninguna señal que la casa estuviera, o hubiera estado habitada.

Estaban los muebles y los utensilios clásicos de una posada, pero ningún objeto personal.

Vagó con la mirada atónita hacia la ventana. Vio los vidrios empañados y nieve. Nadie habría salido de casa con ese tiempo, sin embargo, los dos hombres habían estado y se habían ido.

Se acercó a la chimenea del comedor y miró alrededor. Sólo vio mesas toscas y sillas, pero ningún barril de cerveza. Cerca de la chimenea se encontraba una pequeña pila de leña cortada.

Terry estaba seguro de haber escuchado la campana de una vaca, risas y voces; era esto lo que le había hecho dirigirse allí. ¡Tenía que haber un establo, un cobertizo! ¡Aquello era una posada, caray!

Mirando desde la ventana le pareció ver una sombra oscura en la lejanía, pero no se atrevió a moverse hasta que Candy no se hubiera despertado. Fue a la cocina que se veía detrás de la escalera tambaleante. En la chimenea había una olla con sopa, fría. Era poca, menos de un tazón, pero también encontró un pedazo de pan. Cerca de la chimenea encontró gran jarro de barro lleno de agua y en la pequeña despensa encontró algunos nabos con incrustaciones de tierra, zanahorias, remolachas y patatas, un saco de harina integral y media taza de tocino.

Pero, siendo un Duque, no tenía la menor idea de cómo utilizarlo. Había estado en la cocina sólo un par de veces, en Grandchester, cuando era un niño.

Miró los vegetales sucios de tierra, indeciso. Se consideraba un hombre inteligente, administraba una gran propiedad, discutía problemas legales en la Cámara de los Lores y era un importante par del reino. Pero los pares de Inglaterra no cocinaban.

Reflexionó sobre este axioma por un minuto, luego llegó a una conclusión perfectamente masculina. Ya que él era un hombre y un Duque, seguro que podía cocinar como los demás, más bien, mejor. Le prepararía a Candy una sopa fresca.

—Debes alimentarte, pecosa. Despierta.

Candy se lamentó, luego sintió como la enderezaban y otra vez se encontró contra su pecho. Apoyó una mano y volvió a acurrucarse.

—No te vuelvas a dormir. No te lo permito.

—Estoy tan cansada… —refunfuñó ella.

Terry la zarandeó.

—Debes comer.

Candy suspiró, abrió la boca y aprovechó la ocasión para abrazarlo y acurrucarse más cerca de él.

—Buena. Aquí está la sopa. —Ella sintió el calor de la cuchara sobre los labios y un poco de caldo en la boca. Inmediatamente cerró los labios, alejó la cara, tosió, tragó y tosió otra vez. Luego respiró fuerte y con una mueca de disgusto miró a su marido. Él estaba sentado perfectamente inmóvil. Miró el cuenco y dijo:

—Necesitas comer.

—No la quiero. Sabe a tierra. —Candy se apoyó de nuevo sobre el colchón y se apretó las mantas encima.

Terry se tensó, pero estaba demasiado débil y cansado para discutir. Ella pensó que podía ser tan arrogante como se le antojara, pero ella no iba a tomar ese caldo. Se lo dijo y cerró los ojos, perdiéndose así la expresión ofendida que cruzó la cara de él mientras miraba el cuenco. Después de algunos segundos de absoluto silencio, Terry le puso al lado un pedazo de pan y salió de la habitación con el cuenco en la mano.

El olor del humo de leña, despertó a Candy, que abrió los ojos y miró las llamas de la chimenea. Se sentó en la cama apretando los dientes por el dolor de los músculos y miró alrededor.

Terry no se encontraba y ella de pronto se sintió muy sola y vulnerable, y muy desnuda debajo de las mantas.

Vio las ropas de su marido encima de un baúl cerca de la ventana.

Trató de levantarse, pero fue una locura, porque los pies y las piernas picaban como si tuviesen enjambres de abejas.

Se tiró de nuevo encima de la montaña de mantas más frustrada que antes. Luego se masajeó los pies desnudos hasta que los sintió normales. Probó de nuevo a levantarse, esta vez con éxito. Con el paso de un pato ebrio se acercó a sus vestidos, vio la camisa hecha jirones y dio un paso atrás. Apuntó el dedo hacia la camisa y recitó:

—"Prenda de seda con cinta azul, vuelve a ser como has nacido tu"

La camisa despareció para dejar lugar a un objeto blancuzco. Candy se acercó y vio un capullo grande como un huevo de petirrojo; en su interior algo se movía. Era un capullo de gusano de seda.

—¡No en la forma original! —refunfuñó.

Volvió a intentar con otro hechizo cambiando las palabras, pero sólo logró recuperar la camisa desgarrada.

En todo caso, siendo una escocesa austera, se la colocó de igual modo pensando que era mejor que nada. Después de algunos minutos y con esfuerzo se había colocado el vestido de cachemira verde, arrugado, deshilachado, y en ciertos puntos sujeto con las horquillas, las medias rígidas, que en un tiempo habían sido blancas, y los zapatos verdes, duros como madera. Se soltó el cabello enmarañado y pasó las manos con bastante sufrimiento.

Finalmente renunció; envolvió la cabellera alrededor de una mano y se la acomodó en la cabeza con la ayuda de algunas horquillas.

Hecho esto, abrió la puerta y se encontró delante de un pequeño descanso y una empinada escalera. Cerró la puerta de la habitación, y oyendo la voz de su marido en el piso de abajo, descendió silenciosamente los peldaños, muy despacio, porque las piernas le temblaban. A medio camino distinguió las palabras de Terry y se detuvo.

—El Duque de Grandchester atascado en medio de la nada. No hay ni un condenado siervo. ¿Qué diablos de posada es ésta?

Candy esperó escuchar una respuesta, pero no llegó. ¿Con quién hablaba?

Sólo oía algo que golpeaba sobre un objeto de metal. Bajó unos peldaños, inclinó la cabeza bajo una viga baja y vio la espalda de Terry inclinada sobre la chimenea de la cocina. Excepto él, la habitación estaba vacía.

—Un momento estaban aquí y un momento después se habían ido—Terry meneó la cabeza y farfulló algo a propósito de gigantes y enanos que desaparecían.

El Duque de Grandchester hablaba solo. Candy oyó un ruido de frotar un metal sobre otro metal, luego el de un fósforo que se encendía y una especie de explosión.

—¡Maldito diablo!

Desde la chimenea explotaron llamas azules similares a fuegos artificiales. El Duque estaba de pie un poco lejos de la chimenea y miraba la llama, sin duda con ducal desprecio.

La puerta del horno se abrió con una ráfaga de aire caliente y chocó contra los ladrillos. En el horno del pan salían lenguas de fuego. A Candy le recordó uno de sus hechizos en un día desafortunado. Pero no era nada en comparación con el aspecto del Duque, que estaba completamente cubierto de harina desde las orejas hasta el delantal que llevaba. Sus manos estaban cubiertas de masa fresca, que le colgaba de entre los dedos. Su gracia, el honorable y siempre correcto Duque de Grandchester, era un desastre.

Candy no logró contenerse y rió.

Él la miró y por sus ojos pasó un brillo de sorpresa y luego un relámpago de algo que le hizo retener el aliento. Parecía contento, muy contento, pero la expresión complacida desapareció tan deprisa que llegó a dudar de haberla visto.

—Veo que te sientes bien —le dijo acercándose.

Ella asintió, bajó los dos últimos peldaños y le preguntó, mirando alrededor:

—¿Qué estás haciendo?

Él anunció con afectación:

—Preparo la comida.

Candy avanzó algunos pasos y vio una artesa* en un rincón. Dentro había un amasijo que, con un poco de imaginación, podía pasar como masa de pan. Tenía las dimensiones de una gaita y yacía en medio de un alto estrato de harina integral.

—¿Pan?

El duque se dio vuelta y miró la masa. Y por primera vez ella vio su seguridad vacilar. Siendo evidente que su orgulloso marido no tenía idea de que estaba haciendo, se ofreció a ayudarlo, esperando poder convencerlo para que le dejara usar sus poderes.

—Ah, sabes cocinar —dijo él, aliviado pero buscando el modo de no darlo a entender. Puesto que la Duquesa de Graham era todo menos estúpida, no quería dejar escapar así una bella ocasión para impresionarlo. Ella no sabía cocinar, pero con la magia lograba siempre preparar una buena comida. Respiró profundamente, abrió los ojos y dejó salir un "sí".

—Bien.

Parecía que el Duque no veía la hora de sacarse ese delantal.

Candy reprimió su risa. No se había movido con tanta velocidad cuando le había prendido fuego a la alfombra en el comedor. Terry la miró y ella se esforzó por aparecer seria, pero por la expresión de él comprendió que había fallado. Un poco más rígido que de costumbre y muy ducal, su marido tiró el delantal sobre la artesa levantando una pequeña polvareda de harina.

—Yo me ocuparé del fuego de la habitación grande —dijo, dando un militar paso atrás y saliendo de la cocina. Después ella oyó el estruendo de pedazos de leña en la chimenea.

Candy miró la confusión y las escasas provisiones, luego sacudió el delantal, se lo puso y puso un poco de verdura sobre la mesa. Había harina por todos lados. Descubrió en un rincón una escoba apoyada en una artesa para la mantequilla. ¿Tenía que usarla? Miró la escoba, arrugó la frente y dijo:

—Ven.

La escoba dio dos saltos hacia Candy luego se detuvo, de pie.

"Más cerca" pensó y después de haber dado una furtiva mirada en dirección a Terry, repitió:

—¡Ven!

Con un salto la escoba se acercó yendo a chocar contra la mesa.

—¿Qué ha pasado?

Candy se sobresaltó con la voz del marido y se estiró a un lado para verlo. Todavía estaba arrodillado frente al fuego, pero miraba en su dirección.

—Se me ha caído una cosa —fue la respuesta.

Él asintió y continuó con su tarea. Ella miró la escoba, rió y dijo:

¿Ves harina sobre la artesa y en el piso? Bárrela mientras hago un guiso; hazlo en silencio y déjalo al instante si el querido Terry aparece delante.

La escoba barrió la harina de la artesa, luego hizo una pequeña danza y recogió la del piso en un montoncito. Candy sonrió, miró la masa y el horno sobre la chimenea. Apuntó hacia la masa y chasqueó los dedos. La masa se deslizó como un gran gusano hasta el borde de la artesa. Candy levantó la mano y dijo:

—¡Arriba! —¡Maldición! Consternada, Candy lo miró hacia la sala grande esperando ver Terry suspendido en el aire. En cambio lo encontró encorvado sobre una pila de leña cerca de la chimenea.

—Esta condenada leña no quiere encender. Debe estar demasiado verde.

Candy suspiró de alivio, luego vio la masa todavía en su lugar, indicó el horno y ordenó en un murmullo:

—¡Anda, cuécete! La masa de pan voló hacia el horno de ladrillo y la puerta se cerró ruidosamente. Se oyeron los pasos de su marido en el piso y la escoba se detuvo en medio de la cocina. Candy alcanzó a tomarla justo cuando él pasaba para ir hacia la escalera.

—¿Está todo bien? —le preguntó.

Candy asintió y le mandó una inocente sonrisa.

—Voy a buscar leña seca al piso de arriba —le informó Terry luego se detuvo y le dio una extraña mirada: —¿Algo no está bien?

Ella acentuó la sonrisa y meneó la cabeza.

—No. Sólo estoy haciendo un poco de limpieza. —Terry asintió y subió la escalera. Candy miró severamente el montoncito de harina y ordenó: —¡Desaparece!

La harina desapareció al instante. Sonriendo satisfecha, Candy se restregó las manos y decidió probar sus poderes sobre las verduras. Estaba justo pensando un hechizo para pelarlas, cuando vio a Terry bajar y después detenerse apretando el pasamanos.

Candy se sintió observada con una expresión cautelosa.

—La leña para la chimenea ha desaparecido.

Con aprehensión, Candy levantó los ojos al techo. Los de Terry se hicieron sospechosos. Después de un momento preguntó:

—¿Cuándo despertaste, viste una pila de leña allá arriba?

—No recuerdo —contestó ella, recordando, en cambio, el montón cerca de la chimenea, y agregó desenvuelta:

—¿Has visto por casualidad un cuchillo por algún lado?—Dándole la espalda comenzó a hurgar por la cocina abriendo y cerrando alacenas. Se hizo un largo silencio, después Terry contestó que no:

—¿Para qué te sirve un cuchillo? —preguntó.

—Para pelar la verdura —contestó ella, inspeccionando una gaveta pare evitar su mirada.

—¿Pelarla? ¿Quién lo habría pensado? —refunfuñó el Duque en voz baja. Y en voz alta dijo:—Tengo que buscar más leña. —Y se fue.

Candy miró de nuevo el techo y agradeció al cielo que no hubiera desaparecido todo el piso superior.

Finalmente, hurgando en otro pequeño armario, encontró dos cuchillos. Tomó el más pequeño y se acercó a las verduras pensando que podría pelarlas sin magia. Con la sensación de estar bajo sospecha se puso a lavar los vegetales en un recipiente con agua que sacó de un barril, luego los secó con un paño de lino que se encontró entre las manos durante la búsqueda. Por lo tanto comenzó a pelar los nabos, canturreando a boca cerrada una cancioncita de su infancia y pensando en la cena que habría podido hacer utilizando la magia: pato asado con miel y salsa de naranjas, zanahorias gratinadas con cebollitas, patatas a la crema y pequeñas hogazas de pan con mantequilla.

De improviso se sintió hambrienta. Pensó en la mantequilla. He ahí lo que necesitaba el pan. Miró la vieja máquina para hacer mantequilla, en un rincón, la arrastró al centro de la habitación. Después salió de la cocina y vio a Terry:

—Ven a ver lo que he encontrado. —Él, con los brazos llenos de leña, la miró escéptico, pero la siguió.

—Mira. Es una máquina para hacer mantequilla.

—Si, supongo que si —reconvino su marido sin interés.

—¡Podemos hacer mantequilla! —exclamó Candy, restregándose las manos.

—No creo haber visto nata.

—¿Esta no es acaso una posada? Debe haber un establo con vacas. ¿Las posadas no tienen siempre un establo?

—Estoy seguro que ésta no es una posada como las otras.

Candy se acercó a la ventana y limpió el vidrio; sólo vió nieve, tal cantidad de nieve que casi llegaba al alféizar. Se le cayeron los brazos.

—Pensaba que tu pan sería mejor con mantequilla. —dijo y permaneció en silencio. Percibió que él la miraba y lo miró a su vez.

Terry respiró fuerte y se pasó una mano entre los cabellos. Murmurando alguna cosa sobre el hecho de morir de frío; fue a buscar la capa que habían usado en la carroza, se la colocó y se dirigió hacia la puerta lateral.

—Hay una construcción después del patio de los carruajes. Hay un cobertizo, tal vez un establo o incluso las dos cosas. Antes de llegar aquí escuché un cencerro; tal vez la vaca está allí.

—¡Oh, qué bien! ¿Dónde está mi capa?

Él se detuvo y la miró por debajo de su aristocrática nariz.

—No te muevas.

—¿Por qué?

—No estoy acostumbrado a discutir mis órdenes —dijo con la mano sobre la manilla de la puerta.

Candy cambió de táctica.

—¿Eres capaz de ordeñar una vaca?

Él se detuvo, la mano apretada en el pomo. Después de un silencio, que le pareció que duraba un siglo, el Duque dijo:

—Tu capa está al fondo de la habitación.

Contenta con el éxito obtenido, Candy sacó el pan del horno y tomó la capa, ansiosa por salir antes que él le preguntara si sabía ordeñar.

Afuera, la nieve era tan alta que superaba la cintura.

Terry la tomó en brazos, su posición predilecta. El corazón de Candy aceleró los latidos. Le colocó los brazos alrededor del cuello, le apoyó la cabeza en el hombro y sonrió, resistiendo el deseo de maullar. Mientras estuviera en esa posición, no podía morir de frío.

Pocos minutos después estaban en el interior de un establo húmedo. Candy escuchó el cloquear de gallinas.

—¡Mira! ¡Tenemos huevos!

Terry siguió la dirección indicada por su mujer y vio un carro roto lleno de heno que servía de nido a algunas gallinas flacas y oscuras. Una gorda vaca blanca salió pesadamente desde un rincón oscuro resonando un cencerro.

—¡Oh, mira! ¡Tiene un cencerro! Yo adoro las campanas ¿y tú?

La vaca los miró parpadeando los ojos y mugió. Candy suspiró y se giró hacia el marido, que a su vez la miró sin expresión. La vaca parpadeó de nuevo sus ojos. Nadie se movió para ordeñarla.

Finalmente él se sacó la capa, la colgó en un clavo cerca de la puerta e hizo lo mismo con la capa de su esposa.

—Dime lo que te sirve y veré si puedo encontrarlo.

A ella le servía saber cómo ordeñar la vaca. Nerviosa Candy la acarició esperando cautivarla. Después de alguna caricia dijo, decidida:

—Me sirve un balde.

Terry comenzó e explorar el establo y Candy susurró al oído de la vaca:

—Necesito de tu colaboración. —La vaca bajó la cabeza y le dedicó su dulce mirada oyó un fuerte cloquear y un ruido estridente de metal.

—Te he encontrado el balde. Y un asiento.

—¿Un asiento? Oh, bien —contestó Candy, luego murmuró a la vaca:

—Te ruego —y le dio una palmadita antes que Terry llegara con el balde y un banquillo. Candy se sentó, miró debajo del hinchado vientre del animal y puso el balde en dirección a las ubres.

—¿Te molesta si te miro?

Candy se sobresaltó oyendo la voz de Terry, pero contestó que no y agarró dos de las ubres de la vaca. Los brazos de la Duquesa eran demasiado cortos, así que se vio obligada a colocar la mejilla apoyada sobre el animal.

La vaca mugió y Candy se sobresaltó. Tiró de las ubres pero no sucedió nada. Las apretó y la vaca onduló la cola.

—No sale nada —comentó Terry.

—Hace mucho tiempo que no ordeño. —Ella apretó otra vez, pero sin éxito.

—¿Desde cuándo? —La voz de Terry era sospechosamente calmada.

—Veintiún años —murmuró Candy, desde debajo de la vaca.

Después de un momento, dijo:

—Aún nada —y se inclinó para mirar.

—Habías dicho que sabías ordeñar.

—No exactamente. En verdad, yo te he preguntado, si habías ordeñado una vaca alguna vez.

—Y yo he deducido que tu sabías hacerlo.—Ella meneó los hombros.

—Pensaba que sería fácil.

El Duque caminó adelante y atrás en el pequeño espacio detrás de su esposa, farfullando algo sobre el cuajo de la leche; luego se detuvo y se acuclilló detrás de ella.

—No puede ser tan difícil. Permaneció un poco pensativo, luego agregó: —¿Los has apretado?

—Si. Mira. —Candy tomo en sus manos las dos ubres y las apretó.

—¿Ves? No sucede nada. —Probó de nuevo, sin éxito.

—Tal vez están cerrados. —Tomó una de las ubres y la dobló para inspeccionar la punta.

—¿Ves algo?

—No —contestó él, acercándose después. Candy dobló hacia arriba otra ubre.

—¿Y ahora? —dijo dándole un tirón Un borbotón de leche le pasó cerca.

—¡Oh, mira! ¡Lo logré! ¡Lo logré! —exclamó y miró a su marido.

La noble cara del Duque goteaba leche.

—¡Oh, bondad divina! —Con la mano en la boca Candy miró horrorizada la leche que bajaba desde la aristocrática nariz, goteaba por el arrogante mentón y la mandíbula cerrada con el acostumbrado tic y se escurría sobre su cuello. No logró contener la risa. Él la miró con una expresión feroz.

Candy dejó de reír, lo miró a los ojos y le dio una palmadita de afecto en la mano.

—Tú me gustas incluso con leche en la cara.

En la cara crispada del Duque apareció una expresión de sorpresa y de curiosidad. El tic desapareció así como la máscara feroz, sustituida por un patente e intenso deseo.

Candy fue tan feliz que sonrió. Terry necesitaba de ella y se había dado cuenta sólo en ese momento.

Él le rozó la mejilla con los dedos, le miró la boca, le acarició los labios y el lunar arriba del labio superior.

Ella conocía aquella mirada y el corazón le latía fuerte.

"Bésame… bésame… bésame…" pensó. Estaba segura que él también lo deseaba, porque percibía el deseo vibrar en el aire.

Entreabrió los labios y Terry se inclinó hacia delante, le puso una mano detrás del cuello y le empujó la cabeza para acercarla. Candy le rodeó el cuello con un brazo y le puso la otra mano sobre el corazón. Lo sintió latir al unísono con el propio. Sus bocas se tocaron, se abrieron y él la acercó más con una mano mientras la otra le sostenía la cabeza. Le rozó la lengua con la propia. La estaba besando. El monstruo había desaparecido.

La vaca se movió. Candy escuchó sonar el cencerro, pero en ese momento no le importaba.

CONTINUARA

*Artesa: cajón rectangular, generalmente de madera, que por sus cuatro lados se estrecha hacia el fondo. Generalmente se usaba para amasar el pan.