Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
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Durante los dos días que siguieron, Hinata no vio a su esposo. Oyó decir que a Naruto le gustaba dar largas caminatas por la playa, aunque no tuvo oportunidad de verlo. Sólo salía a caminar al amanecer o al anochecer, dos momentos inadecuados para una dama.
Se entretuvo escribiéndole a Hanabi acerca de la boda y leyendo un libro de poesías sobre la Guerra Civil, escritas por un ignoto ayudante de campo llamado Walt Whitman.
No obstante, a la tarde estaba aburrida. La luna de miel duraría dos semanas, tal vez tres y Hinata se preguntó cómo haría para pasar el tiempo hasta que regresaran a Manhattan. Estaban en mayo, la temporada no había comenzado en Newport y sólo los invitarían a un par de fiestas. Karin todavía no había llegado y no tenía más que a Natsu con quien conversar. Y, pese a que quería mucho a Natsu y tenían mucho que compartir, las charlas comenzaban a repetirse. La joven ya había recorrido los campos y había intentado explorar esa mansión interminable. Sin compañía, los días se estiraban ante ella como un bostezo infinito.
Por esa razón, recibió con agrado una nota escueta de Naruto en que le pedía que cenara con él en el comedor. Hasta ese momento, había comido en sus habitaciones y, en realidad, ya estaba ansiosa por "salir". Se vistió con cuidado: un elegante atuendo de terciopelo verde y las perlas heredadas. Al llegar al comedor casi sintió nostalgia por la intimidad de su enorme suite.
El comedor era una especie de inmensa joya dorada, revestida con los paneles de un castillo francés del siglo XVII. Hinata entró y Naruto se puso de pie con gesto mecánico y expresión neutra. Se acercó a su esposo, luego recorrió con la mirada la interminable extensión de la mesa hasta el otro extremo, donde el mayordomo le apartaba la silla. Se sentó, y se sintió ridícula al tratar de ver a Naruto, a unos quince metros de distancia: entre los dos se interponían ocho candelabros de oro que, aunque resplandecían de luz, no bastaban para entibiar la helada habitación de mármol. La cena se sirvió sin dilaciones y Hinata comió en silencio: se habría sentido estúpida tratando de conversar a gritos con su esposo.
Cuando sirvieron el postre, fue un alivio. Hinata se sentía incómoda comiendo bajo la mirada de dos criados demasiado solícitos y un compañero de mesa tan alejado que daría lo mismo si hubiese estado en Manhattan.
Acababa de hundir la cuchara en el flan cuando Karin irrumpió en el comedor, con la capa de viaje aún sobre los hombros.
—¡Hola, todos! ¡Al fin llegué! — Al ver a su hermano en una punta de la mesa larga se detuvo. Se volvió en dirección opuesta como si estuviera presenciando un partido de tenis y vio a Hinata, rígida, en el otro extremo—. ¡Buen Dios! ¡Era verdad! — La oyó murmurar Hinata, antes de que Karin corriese hacia ella y le diera un beso en la mejilla—. ¡Hola, cuñada querida! ¿Cómo te ha tratado Newport? Estoy impaciente porque nos conozcamos mejor. — Karin caminó hasta la otra punta de la mesa y besó a su hermano—. ¡Naruto! No, no te levantes, hermano querido. Ya comí; cuando tú y tu encantadora esposa terminen nos encontraremos en el estudio para tomar el té. ¡Ahora, los dejo!
Antes de que Hinata tuviese tiempo de dejar la cuchara, Karin se había ido.
—¿Qué fue todo esto? — Retumbó la voz de Naruto entre las paredes de mármol. Desde lejos, su esposa vio que los mayordomos se encogían de hombros como si estuviesen acostumbrados a los arranques de la señorita.
De pronto, Hinata se levantó y se dirigió a Naruto, incapaz de soportar la cena por más tiempo.
—Si no le molesta, me gustaría arreglarme antes de continuar la velada. — Dijo en la voz más alta que pudo sin tener que hacer bocina con las manos.
Naruto se puso de pie y asintió. Esperó hasta que Hinata estuviese fuera de la vista para volver a sentarse. Y para quitarle la mirada de encima.
Hinata demoró más de lo que pensaba. No tuvo dificultad en encontrar la escalera de mármol, pero giró en dirección equivocada y vagó al azar por el Segundo piso pasando ante varias salas, un salón de billar e incluso un cuarto para niños deshabitado, sin poder encontrar el ala de la mansión donde estaban sus propios aposentos. Fue a dar a la escalera de los criados donde encontró a una de las lavanderas, que luego de recuperarse de la sorpresa pudo orientada hacia la suite. Cuando llegó, Natsu la ayudó a arreglarse y Hinata se apresuró a bajar, temerosa de que la hubiesen echado de menos.
Enseguida comprobó que no era necesario darse prisa. Desde la entrada del estudio contempló una cálida escena familiar como hacía mucho tiempo no veía.
Naruto acomodaba los leños en el hogar y reía de algo que Karin acababa de decir. Karin estaba sentada en el sofá, gesticulando con las manos como cualquier otra joven de dieciséis años.
—¿...Y viste cuántas personas importantes había en St. Brendan, Naruto? El padre Donegal dijo que nunca había visto una boda como la tuya en toda su vida.
—En ese caso, es una pena que ya sea un anciano. Apuesto a que en adelante el padre Donegal verá muchas bodas como la mía.
Hinata se quedó inmóvil donde estaba, embelesada por el acento cantarino de su esposo: era un tono natural, relajado y seductor. Lo exhibía en contadas ocasiones, y Hinata comprendió que si no lo hubiese sorprendido jamás lo habría oído. Observó la fluida camaradería entre los hermanos y se sintió como una intrusa. Una parte de Hinata deseaba hacer notar su presencia y ser incluida en la conversación, la otra, titubeaba, temerosa de que no hubiese lugar para ella. Era obvio que la familia Uzumaki era muy unida. Hinata era una extraña para los dos, una desconocida de la que había que cuidarse y con la que había que mantener distancia. Retrocedió, pensando que sería prudente retirarse.
Mas de pronto, la voz de Karin canturreó:
—¡Hinata! ¡Estás aquí! ¡Nos preguntábamos dónde habrías ido! — Y ya no quedó posibilidad de efectuar una retirada elegante.
Hinata forzó una sonrisa y entró en el estudio. Sin percibirlo, fijó la vista en su esposo y Naruto le devolvió la mirada con esa expresión que la examinaba y la desechaba al mismo tiempo.
Karin la hizo entrar.
Hinata se sintió incómoda e indiscreta y dijo:
—Espero no interrumpir. — Observó que Naruto manoseaba la cabeza de león y eso sólo podía significar dos cosas: o bien lamentaba la incomodidad de su esposa o le disgustaba su presencia. Hinata no supo cuál de las dos posibilidades la inquietaba más.
Apartó la mirada; buscó una silla y trató de imaginar algo interesante para decir.
—Karin, ¿acaso Nueva York echa de menos a la pareja más escandalosa? — Rompió a reír, pero al mirar de soslayo a Naruto la risa murió en sus labios.
Molesto por el comentario de su esposa, Naruto se sentó junto a su hermana en el sofá sin apartar de Hinata esa mirada lúgubre y hostil.
Inquieta, Hinata le devolvió la mirada mientras se respaldaba en la silla como para darse apoyo. Su esposo consideraba un intruso a cualquier persona que no perteneciera a la familia. Hinata se preguntó si alguna vez incluiría a su propia esposa en esa familia.
Karin se puso en pie de un salto interrumpiendo ese duelo silencioso. Interpretando erróneamente la situación se apresuró a exclamar:
—¡Oh, qué torpe he sido! Hinata, tienes que sentarte junto a tu esposo.
Hinata dejó caer la mandíbula. No atinó a replicar mientras Karin la tomaba de la mano y la llevaba hasta el sofá.
—No, no, Karin, está bien. Siéntate con tu hermano. — Dijo Hinata, desesperada por eludir la atención de su esposo y, sobre todo, esa actitud fría y beligerante a la vez.
Karin sacudió la cabeza.
—Oh, no quiero separarlos. Sé cuánto desean estar juntos.
Hinata sintió que las mejillas se le encendían. No se atrevió a mirar a Naruto.
—¿Sí? — Preguntó el hombre, en tono escéptico y suspicaz.
La hermanita disimuló una sonrisa.
—Bueno, me lo imagino. Después de todo, ya tengo dieciséis años. He leído muchas novelas, ¿sabes? — Casi empujó a Hinata hasta el sofá, junto a Naruto. Satisfecha, tomó para sí una silla tapizada de cuero y se sentó frente a los dos, contemplándolos con aire soñador.
Hinata sintió que se le retiraba la sangre del rostro. "Mortificada" no era un término suficiente para expresar cómo se sentía, sentada junto a Naruto sobre el estrecho sofá. La proximidad de su marido la inquietaba, en verdad, le provocaba pánico. Desesperada por ocultarlo, dijo:
—Karin, cuéntanos cómo fue el viaje.
—Si quieren, pueden tomarse de la mano. —Karin sonrió—. Oh, sé que la señora Mellenthorp no lo aprobaría, pero ella no está presente, ¿verdad?
—¿La señora Mellenthorp? — Preguntó Hinata, buscando la salvación en Karin, cuando la muchacha se limitó a sonreírle con dulzura.
Por fin, se animó a mirar de soslayo a su esposo quien tampoco respondió. Por su expresión, parecía querer estrangular a la hermana.
—Karin... — Advirtió en tono amenazador.
Karin lo interrumpió.
—Naruto, sostén la mano de tu esposa. Hagan como si yo no estuviese aquí. No quisiera pensar que los obligo a estar separados.
—No estás separándonos.
—Sí. Yo no tendría que estar aquí. Menma me lo dijo.
—Con que Menma, ¿eh? — Naruto frunció el entrecejo: comenzaba a comprender.
—Por favor, Naruto, toma la mano de Hinata. No seas tímido.
¡Tímido!, estuvo a punto de exclamar Hinata. Naruto le atrapó la mano con un ademán brusco y la, apoyó sobre el almohadón, entre los dos. Hubiera sido lo mismo que sujetar a la rama de un árbol: ni siquiera la miró.
—Magnífico. — Dijo Karin volviendo a sentarse en la silla, con la misma expresión romántica.
—Karin, cuéntanos del viaje. — Insistió Naruto.
Karin comenzó a parlotear acerca de la demora en Narragansett, del criado que se olvidó uno de los baúles, mientras Hinata, rígida como una estatua, tenía la mano atrapada en la garra del león. Esa mano le transmitía una fuerza, una calidez y una cólera que la conmovieron y no se atrevió mirarlo por temor a encontrar en esa expresión más de lo que deseaba ver.
—Lo que yo quiero es que me cuentes cómo has estado, Hinata. —Karin se volvió hacia su cuñada—. ¿Te agrada Fenian Court?
Hinata hizo una honda aspiración. Era difícil entablar conversación mientras toda su atención se concentraba en el hombre que estaba junto a ella. La mano de Naruto envolvía la de ella como acero fundido. La pierna del hombre rozaba la de Hinata, y a través de los metros de batista y seda le pareció notar cada uno de los músculos tensos del muslo de Naruto.
—Por cierto, Fenian Court es muy bello. Sólo que no esperaba que fuese tan grande. —Hinata soltó una risita nerviosa—. Confieso que me resulta imposible orientarme en este lugar.
Karin sonrió.
—¿Y qué me dices de mi hermano? ¡Por favor, no me digas que te abandona para atender todos esos telegramas! Si lo hace, me sentiré muy decepcionada.
—Bueno, yo... —De súbito, Hinata percibió que Naruto le apretaba la mano. Era una advertencia: quería que diese las respuestas correctas. Aunque comprendía que no quería ilustrar a su hermana acerca de los aspectos más íntimos del matrimonio, la presión de la mano la irritó. No era una niña, y no necesitaba que le enseñaran buenos modales en sociedad. Sabía cómo comportarse sin que la apremiasen. Naruto le apretó la mano con más fuerza, y Hinata se rebeló:
—Bueno, sí, este hombre es imposible.
Esa afirmación sorprendió a todos. Karin rompió a reír y Hinata tuvo ganas de imitarla pero temió que Naruto le quebrara la mano.
—Claro, no olviden que lo imposible es mi marca registrada. — Se dirigió a las dos muchachas, aunque fue evidente que la advertencia era sólo para Hinata. La joven trató de librarse y su esposo oprimió su mano con más fuerza aún.
Karin esbozó una sonrisa pícara.
—Dime, querido hermano, ¿cuándo me darás un sobrino?
Naruto la miró como si su hermana le hubiese pedido que le alcanzara la luna.
Hinata creyó que se ruborizaría. De pronto recordó la cena interminable en aquella mesa infinita y decidió que había llegado su propio turno de atormentar al marido. Clavó las uñas en la palma áspera de Naruto y le dirigió la más seductora de las sonrisas.
—Sí, mi amor — Dijo—. Yo también me lo pregunto. Dínoslo.
Su esposo le lanzó una mirada de soslayo que hubiese amilanado a un ejército entero. Le oprimió más la mano y dijo:
—Dulce esposa mía, eso depende de ti. Cuando quieras un hijo, dímelo y me aseguraré de que lo tengas.
Si la joven abrigaba alguna duda sobre la sinceridad de su esposo, le bastó una mirada para desecharla. Naruto giró hacia Hinata y la envolvió en una 'mirada tan ardiente, lasciva y feroz que le quitó el aliento.
Hinata retiró las uñas y, aunque a desgana, reconoció la derrota. Creyó que la soltaría, para descubrir asombrada que le apretaba la mano como un grillete. Giró con brusquedad la cabeza, lo miró; las miradas de los dos quedaron fijas una en la otra por un largo momento sin que ninguno de los dos retrocediera.
—¿Quieren que toque algo romántico? — Con aire satisfecho, Karin contempló las manos enlazadas —. Ya sé. Tocaré un vals. Tocaré para ti, Naruto. —corrió hacia el Steinway de ébano que estaba en un rincón y comenzó a tocar de memoria. La deliciosa melodía brotó de los dedos diestros de la muchacha.
—¡Danubio Azul! — Murmuró Hinata, reconociendo el vals de Strauss. Espió a Naruto, que miraba orgulloso a la bella y bien dotada hermanita. Mientras la música continuaba, en los ojos de Naruto apareció otra cosa, algo similar a la tristeza. Vio que aferraba con fuerza la contera de oro del bastón, y comprendió por qué.
"Es una tragedia que le guste el vals, pues nunca podría bailarlo."
La música pareció enternecerlo, pues mientras Karin tocaba Hinata sintió que le acariciaba suavemente los nudillos con el pulgar. Era un gesto automático, sin embargo, el contraste entre la dulzura de esa caricia y la fuerza de su esposo provocó en Hinata un cálido estremecimiento. La joven disfrutó de estar sentada escuchando la música que tocaba Karin, con la mano envuelta en la mano protectora de su marido, pese a que le parecía imposible. Se preguntó si gozarían de otras veladas como ésta.
Miró a Naruto y pensó: "Si esto se repite, corro el riesgo de enamorarme de mi esposo".
El momento de ternura terminó. Karin concluyó la pieza; en medio del silencio Naruto advirtió lo que estaba haciendo y apartó la mano con brusquedad.
Hinata miró a Karin. Se puso triste al notar la mano como desnuda y fría sin la de Naruto.
—Encantador. — Le dijo a la muchacha, desesperada por dar un aire de normalidad a la situación.
Karin negó con la cabeza.
—Si estuviese Menma, cantaría para nosotros y entonces sí gozaríamos de una hermosa velada. Tiene una voz estupenda.
—Me encantaría escucharlo. Cuando regresemos a Nueva York, le pediremos que cante. –Dijo sonriendo y Karin le devolvió la sonrisa. Hinata se asombró de la belleza de la muchacha; observó el vestido corto de poplín de seda gris que llevaba, y decidió que al día siguiente le hablaría al respecto.
Karin se puso de pie.
—Bueno, he tenido un día fatigoso y sé que ustedes estarán ansiosos de quedarse solos.
El comentario de la hermana pareció sacar a Naruto de su talante pensativo. Levantó la vista.
—Antes de que te retires, chiquilla, quiero que sepas que mañana daremos un paseo en el Colleen.
—¿Qué... qué es el Colleen? — Preguntó Hinata, tratando de encontrar un tema de conversación para retener a Karin.
—Oh, tienes que verlo. —Exclamó Karin en tono reverente —. El Colleen es el yate de Naruto. Incluso ha ganado trofeos. Es maravilloso navegar en él... es como danzar entre las nubes.
Hinata miró de soslayo a Naruto. Sin advertirlo, Karin había usado palabras esclarecedoras. Naruto Uzumaki no podía bailar, y entonces navegaba. Sin duda, tendría el mejor yate, el más grande, para cubrir las deficiencias reales o imaginarias.
—Naruto, ¿cuándo iremos? — Preguntó Karin.
—Mañana por la mañana, a primera hora.
—Estoy impaciente por salir. ¡Los amo a los dos! — Rápidamente, la muchacha dio las buenas noches y salió de la biblioteca.
Naruto se puso de pie y Hinata se irguió; era un extraño motivo, pero la apenó que la velada terminara tan rápido.
—Permíteme acompañarte a tu habitación. — Ofreció su esposo en tono seco.
—No, por favor. Si no te molesta, me agradaría quedarme un instante más aquí. — Se acercó al fuego para entibiarse las manos. Había descubierto que la biblioteca de Penian Court era una de las mejores habitaciones de la casa. Allí no había dorados, ni muebles de estilo. Predominaba un diseño sólido y masculino, revestimientos ingleses de madera, sillas tapizadas de cuero en torno del hogar y todo el perímetro del cuarto ocupado por estanterías de nogal cubiertas de libros.
La única concesión al lujo era la alfombra verde de telar. Le recordaba el dormitorio de Naruto.
—Espero que seas buena con Karin y que cumplas nuestro acuerdo.
La afirmación de Naruto la aplastó como un peso muerto. Se dio la vuelta y fijó la mirada en la de su esposo.
—Karin es una muchacha muy alegre. ¿Por qué no habría de ser buena con ella?
—Quizá para contradecirme.
Tomó aliento para darse coraje. Jamás lograría convencer a este hombre de que era humana, de que era capaz de sentir simpatía y dolor tal como los seres que Naruto amaba.
—Aunque no lo crea. — Dijo en tono frío — Haré por Karin todo lo que pueda, a pesar de usted.
—Me alegro. —Los ojos de Naruto la estudiaron con expresión ominosa—. Pues debes de saber que no permitiré que tú, ni nadie, vuelvan a lastimarla.
Hinata recordó con dolorosa claridad aquella presentación. Sin embargo, en esa noche fatídica Karin no fue la única que resultó herida. Hinata misma había pagado un precio elevado por aquel desprecio social, y lo más irónico era que tal vez ella fuese la única que pensaba asistir. Sin embargo, el debut parecía ahora muy remoto. Abatida, dijo:
—Nunca quise herir a su hermana. Sé que no me cree, aunque le haya dicho lo contrario a Karin.
—Me parece importante que Karin tenga una buena opinión de ti. — La voz adquirió un tono más amenazador—. Quiero que confíe en ti.
—¿Cómo espera que Karin confíe en mí si usted no lo hace?
—No es necesario que confíe en ti, salvo en lo que se refiere a mi hermana.
La joven sintió un nudo en la garganta. Le costaba decir lo que debía decir.
—Soy su esposa. Usted es mi marido. ¿Acaso ese vínculo no le brinda confianza?
—Sí, si esto fuese un verdadero matrimonio.
Hinata, incapaz de mirarlo, volvió la vista hacia el fuego. No comprendía por qué las palabras de Naruto la herían de ese modo. Lo que decía era cierto. No obstante, desde el momento en que se habían topado, las emociones de Hinata habían perdido toda lógica.
—Me sorprende que no goce desacreditándome ante Karin. —Lanzó una carcajada amarga—. De hecho, dado su comportamiento anterior, me parece extraño que esté tan ansioso de que Karin y yo seamos amigas.
Vio que a Naruto le costaba explicarlo. Cuando lo hizo, fue escueto y cortante.
—Karin no ha tenido mucha compañía femenina. Nunca gozó del cariño de una madre. Nuestra madre murió al nacer mi hermanita. Pienso que necesita la guía de una mujer... Pero siempre que esa mujer sea gentil. — Agregó, con implícita acusación.
A punto de perder el control de sus propias emociones, Hinata tomó una bocanada de aire y dijo en voz temblorosa:
—Al contrario de lo que usted supone, no soy una criatura de corazón de piedra, incapaz de mostrar bondad a menos que la obliguen. Karin cuenta con toda mi simpatía. ¡Si tiene la misma edad que mi her...! —Se interrumpió, conteniendo el aliento.
—¿Tu hermana? — Concluyó el hombre, advirtiendo la interrupción.
—Buenas noches. — Hinata se sujetó la falda para marcharse rápidamente. No le respondería. Cuando sellaron el acuerdo, Naruto le había prometido que nunca le haría preguntas. Si no cumplía la promesa, Hinata pediría de inmediato la anulación.
—Espera. —El tono de la voz la detuvo más que la palabra misma. Como si hubiese comprendido que había invadido un territorio ajeno, se acercó a Hinata y dijo con sencillez—: Prométeme que nunca lastimarás a Karin. Si lo prometes, yo te creeré.
—Prometo que jamás heriré a su hermana. — Musitó Hinata; de pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Por un momento, Naruto estudió el rostro de su esposa. Luego, satisfecho, se volvió y caminó con rigidez hasta la chimenea.
Hinata se disponía a irse cuando la voz del hombre la detuvo una vez más.
—Hinata, quería decirte que llegó una invitación de los Varick. Mañana darán una fiesta en Maisonsur—Mer.
—Alégrese, pues. El plan está funcionando.
—Sí —Respondió el hombre sin poder ocultar la amargura—. Antes de mi matrimonio contigo, los Uzumaki jamás hubiésemos recibido una invitación de esa familia.
Al oírlo, Hinata sintió que inundaba su corazón una honda melancolía. El matrimonio se desenvolvía por los carriles previstos, y sin embargo, se sentía abatida. No quedaba espacio para nada más. Retornaron las palabras del obispo para atormentarla, y recordó las promesas matrimoniales. Por alguna extraña razón, experimentó el impulso de transformar este matrimonio en lo que Dios y la Ley proclamaban que debía de ser. No obstante, cada vez que pensaba de este modo, aparecía su esposo y le recordaba que allí no existía otra cosa que una transacción comercial. Y nada más.
Sin embargo, tras de aquel beso en el tren había algo más. Y también había existido algo más esa noche, en esa misma habitación: Hinata hubiera jurado que su esposo deseó volver a besarla. Si de algo no tenía dudas con respecto a este hombre era que estaba dispuesto a morir por sus propias convicciones. Y las convicciones de Naruto le decían que a causa de su pasado privilegiado Hinata no era capaz de querer a nadie y por lo tanto, no merecía que él mismo la quisiera.
—Bien, mañana tengo mucho que hacer, de modo que... — Hinata se disponía a irse.
—Una cosa más. Quiero que hagas algo por mí. Hinata se detuvo.
—¿Qué cosa?
Vaciló unos instantes, sin saber cómo empezar.
—Quisiera... quisiera que hables con Karin acerca de esos vestidos inapropiados que lleva.
A Hinata se le había ocurrido lo mismo. Estuvo a punto de decírselo, pero luego decidió callar. Naruto prosiguió.
—Sabes por qué usa esos vestidos cortos, ¿no es cierto?
Hinata asintió; percibió el matiz doloroso en la voz de su esposo, y la acusación subyacente.
—Lo sé — Musitó.
Una vez aclarado el punto, Naruto la despidió.
—Muy bien. Puedes irte. — De pronto, percibiendo la ansiedad de Hinata por librarse de él, lanzó una risa sarcástica—. En realidad, puedes huir, si así lo prefieres.
Las palabras de Naruto Cortaron a Hinata como el filo de un cuchillo. Luego, sin poder contenerse, corrió hasta llegar a sus propios aposentos.
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Continuará...
