Naruto atrapó a Hinata saliendo de la oficina de Jiraiya.
No parecía complacida. De hecho, su ceño se profundizó cuando lo vio.
Oh-oh.
—¿En qué estabas pensando, asumiendo mi maldición así? —gritó ella.
—No podía soportar verte sufrir —admitió él.
La mayoría de las mujeres se hubieran desvanecido por este comentario. ¿Su bruja? Le pegó en el estómago.
—No tenías derecho. Es mi carga para soportar. No la tuya.
—No es un gran problema. Atrapemos a las dos almas restantes, y se detendrá. Tan fácil como comer pastel.
Pero no tan divertido. Sólo había sufrido la maldición por unos míseros pocos minutos y ya estaba decidido a no pasar por ella una vez más, sin embargo, la mantendría para siempre si le impedía sufrimiento a ella.
—Esto no es gracioso —gruñó ella—. ¿Y si no podemos encontrar a las almas perdidas? Los fuegos aumentarán un minuto cada día.
—¿Estás preocupada? Sabía que te gustaba.
—No, no es cierto.
—Sabes, eso sería mucho más creíble si no tuviera las marcas de tus garras incrustadas en mis hombros todavía.
Un rubor fue su recompensa, pero seguía sin limpiar la preocupación de sus ojos.
— Naruto, por favor, deja de bromear durante un minuto. ¿No entiendes lo grave que es esto? El dolor te volverá loco si no podemos detenerlo.
¿Loco? Bah, lidiaba con eso todos los días. Se encogió de hombros.
—Oí que conociste a mi madre. Lo sé todo sobre la locura. No es tan malo una vez que golpeas a todos los que se burlan de ti al respecto.
—No es posible que nunca tomes nada en serio.
—Sí —dijo él al instante serio. La atrajo a sus brazos, aliviado de que no luchara contra él—. Te tomo muy en serio. Y quise decir lo que dije. No puedo soportar verte sufrir. Con mucho gusto asumo tu maldición. Me gustaría hacer más para mantenerte protegida de cualquier daño.
—Pero, ¿por qué? No lo entiendo. —Su voz tembló cuando se lo preguntó en voz baja y ronca.
Era curioso cómo su tiempo con ella y la divulgación de su historia le hacía comprenderla mejor. Ahora sabía que la fachada amarga que le presentaba al mundo era una tapa para ocultar el dolor y la soledad. El exilio auto-impuesto por temor a la confianza. Sin embargo, había visto suficiente de su felicidad anoche cuando jugaban para ver cuánto ella lo anhelaba a él. Necesitándolo.
Y yo se lo daré.
Le tomó la cara y se inclinó para que pudiera verlo mientras hablaba. Captó su mirada y esperaba que pudiera leer lo que sentía. Ver su sinceridad.
—Me preocupo por ti, Hinata.
Ella negó, o lo intentó. No la dejó moverse. Enamorarse, ser vulnerable para alguien de nuevo, la aterrorizaba. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, una debilidad que seguramente odiaba.
—No, no es cierto. Tuvimos un gran sexo. Eso es todo. Cuando esto termine, otra chica bonita capturará tu ojo y te perderás.
—No lo haré.
—No me mientas —gritó ella, zafándose—. Lo harás. Eres igual a él. Follan a todo lo que se mueva. Me dices cosas bonitas para conseguir estar entre mis piernas. Puedes detenerte ahora. No lo creo. No te creo.
— Hinata. No, no es así. Escúchame.
Pero su bruja huyó cuando el sonido ahogado de sus sollozos llegó a él. Lo aplastó. Todo lo que quería hacer era alejar su dolor, y mostrarle su felicidad.
En cambio, al haberla cuidado, le había causado aún más angustia. Tenía que haber una manera de solucionar ese problema. De hacer que le creyera.
De hacer que me ame.
Porque, a pesar de lo que ella pensaba, sus días de demonización se habían terminado. Había hecho la cosa más loca que podía imaginar. Se había enamorado de una bruja...
Hinata corrió a su suite, molesta, enojada, y malditamente enamorada. Esto en cuanto a tratar de engañarse a sí misma de que todo lo que sentía por Naruto era lujuria. Era amor. Estúpido, podrido y apestoso amor.
Y por un mujeriego confirmado. ¿No había vencido todo ello? Había pasado quinientos años odiando a los hombres y jurando no volver a dejar que nadie la lastimara de nuevo. ¿Y qué hacía? Enamorarse de un demonio que seguía haciendo cosas que la ablandaban. Quién no tenía ni siquiera que intentarlo tan duro para hacer que lo amara.
El maldito. Un maldito que no entendía.
Él había conseguido lo que quería. Habían ido tras eso como súcubos tras una comida de ostras, cayendo en horas de placer sensual, de risa e incluso de hablar. ¿Quién habría pensó que él ocultaría un cerebro detrás de esa cara bonita?
Un momento divertido era tenido por todos. Él se las había arreglado para conseguirla, a pesar de todas sus afirmaciones por lo contrario, para tener sexo, ¿por qué continuar con la farsa? ¿Por qué tomar mi maldición? ¿Por qué se pondría a sí mismo en esa agonía? Porque no creía ni por un minuto que él se preocupaba por ella.
Dejarse creer eso era tonto porque cuando resultara ser falso, le dolería tanto.
Y no voy a permitirlo.
Llegando a su suite, cerró la puerta y activó los hechizos vinculantes. No quería interrupciones. Ningún demonio sexy irrumpiendo en su camino, rompiendo los muros que había construido para protegerse.
Lo necesito fuera de mi vida antes de que me enamore aún más. Para que eso sucediera, necesitaba encontrar a Menma y a su madre. Necesitaba enviarlos al infierno, romper la maldición de Naruto y sacarlo de su vida para siempre.
La puerta se astilló cuando algo la golpeó y Naruto entró, con su metro ochenta y algo de arrogancia masculina y seducción. No otra vez. ¿No había una puerta en todo el Infierno que pudiera resistirlo?
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —Se plantó frente a él, con las manos en las caderas.
—He decidido que, dado que actúas como una débil y hablarte de mis sentimientos no funcionó, tomaré una página del libro de mi padrastro.
Hinata dio un paso hacia atrás mientras él caminaba hacia ella, con su masculinidad erizada. No. Esto tenía que parar. No importaba qué tan caliente se viera, no podía permitirse distraerse.
—Echaré a Toneri sobre ti si pones una mano sobre mí.
—Buena suerte con eso. Lo vi a través de una ventana en el jardín acechando a un roedor gigante.
—¿Te voy a convertir en sapo? —Ella levantó su mano amenazadoramente.
Él sonrió.
—Adelante, pero ten en mente cuando hagas el encanto, que seré aún más determinado.
—¿Por qué estás haciendo esto? No te deseo. ¿Es ese el problema? ¿Tu ego es tan grande que no puedes manejar que una mujer te rechace?
—Oh, me deseas mucho, mi pequeña bruja sexy. Me deseas tanto que te asusta. Bien, tengo noticias para ti. Me asusta como la mierda a mí también. Pero no me importa. Cuando las opciones son establecerme contigo para toda la vida y tener pequeños demonios o verte irte, sé que elegir.
Por un momento, no pudo contestar, sólo pudo abrir la boca hacia él mientras sus palabras la penetraban. Seguramente, había comprendido mal.
—¿Qué dijiste?
—Quiero que seas mi pareja.
No hubo malentendido en ese momento. Ella apisonó su júbilo al abofetearlo con la verdad fría y dura.
—Me lastimarás.
—Confía en mí.
Él pedía demasiado.
—No soy la mujer correcta.
—Eres todo lo que quiero.
Ella negó con su cabeza para que sus palabras no tejieran un hechizo alrededor de ella y hacerla creer. Sin embargo, a pesar de todas las advertencias en su cabeza, la esperanza floreció y el amor la calentó. Qué bueno sería permitirse amarlo. Confiar en él.
La tristeza entró en su expresión con su rechazo.
—Sé que es difícil para ti, pequeña bruja, pero te prometo que no hay nada que temer. A menos que el pensamiento de muchos orgasmos en fila te asuste.—Y así rápidamente, cambió de hombre pensativo a uno que ella había llegado a amar con la sonrisa traviesa.
Él se movió hacia ella. Ella gritó como una niña y se echó a correr. No llegó muy lejos, sin embargo.
Con sus zancadas ridículamente largas, la tomó rápidamente y la arrojó por encima de su hombro. Se echó a reír cuando ella lo golpeó con los puños en su ancha espalda.
—Guarda un poco de esa energía para el dormitorio, ya que no te irás de él hasta que admitas que te importo.
—Te mataré primero.
—Me gusta una chica que es perversa.
—Eres imposible.
—No, pero soy caliente.
—¿Cómo se supone que vamos a atrapar las almas, si estamos perdiendo el tiempo aquí?
—Algunas cosas son más importantes.
—¿Cómo tener sexo puede ser más importante que asegurar que no estalles en llamas mañana?
—Me gustaría que alguien me golpeara con un látigo también, si acabas por reconocer que te gusto.
—Te odio.
—Cerca. Veo que tendremos que trabajar en eso.
Bajándola de su hombro a la cama, rápidamente se despojó de sus ropa y cubrió su forma con la suya, sujetándola al colchón. Eso no le impidió retorcerse y empujarse hacia él. Él no se movió, pero juntó sus manos en uno de sus puños y tiró de ellas por encima de su cabeza.
—¿Admitirás que te gusto?
Ella lo miró, manteniendo sus labios menos apretados y sin darse cuenta dejó escapar que lo amaba.
—Bruja tan obstinada. Supongo que haremos esto de la manera divertida.
Oh no. No podía permitir que él la tuviera de manera tan sensual. Se derretiría bajo su determinado toque y admitiría su afecto, y entonces terminaría jodida.
No le puedo dar el poder de hacerme daño. Sin embargo, ¿qué podía hacer para detenerlo? ¿Lanzar un hechizo sobre él? ¿Llamar a mi gato para que se lo coma? Una variedad de cosas que podría intentar corrió a través de su mente, pero no intentó ninguno de ellos. No con el corazón acelerado, su vagina palpitante, y una parte de su esperanza, nostalgia, que se refería a lo que dijo. Parecía que la locura de su familia era contagiosa porque no quería dar la batalla en absoluto y se había propuesto seducirla.
Él la besó, mientras una mano buscaba a tientas en el dobladillo de su camisa.
La camisa de él. Ni siquiera se había detenido a cambiarse cuando había salido de su casa y se dirigió directamente a la oficina de Jiraiya. La preocupación por él hizo caso omiso de cualquier pudor que poseyera.
Subió la tela, centímetro a centímetro, dejando al descubierto su carne a su mirada. Se detuvo debajo de sus pechos mientras la tela quedaba atrapada bajo su espalda. La anticipación le hizo contener el aliento. Él no destrozó la camisa como ella esperaba, oh no, en cambio, bajó la cabeza y puso su boca sobre el tejido revistiendo su pecho. El calor decadente de ella la hizo arquearse y él se aprovechó, sobando la camisa sobre sus pechos, un ascenso lento que resultó exasperante. Y aun peor, dejó la camisa agrupada alrededor de sus brazos y se lo metió debajo de la cabeza, de modo que cuando su boca la dejó y comenzó a hacer un camino por su torso, ella ni siquiera podía llegar a tocarlo. Tirarlo de él más de cerca. No era que la mano soltara sus muñecas.
Él la mantuvo inmovilizada y estaba expuesta a su mirada ardiente, que hacía levantarse a sus pezones duros mientras se volvían puntos en su sexo caliente.
Espontáneamente, abrió las piernas para acomodar su cuerpo. Sin embargo, no se puso encima como ella quería. No se presionó a sí mismo contra su núcleo ni la frotó donde le dolía.
Frustrada, y deseosa, arqueó las caderas, pechos, cualquier cosa para tratar de conectarse con su cuerpo. Él permaneció fuera de su alcance y ella no pudo evitar un gruñido de impaciencia. Lo que le hizo reír.
—Dímelo, pequeña bruja.
—O me follas o me dejas ir —exigió ella, sin estar dispuesta a admitir algo, pero lista también para no pedir más.
—Este lenguaje. Me gusta —dijo él con un brillo en los ojos. Él movió hacia abajo los brazos de ella y los mantuvo en puños bajo sus pechos mientras se movía hacia abajo—. Nunca te dejaré ir, mi impaciente puma. Y en cuanto a hacer el amor con tu delicioso cuerpo, haré eso, pero no hasta que me digas lo que quiero —murmuró la última parte en su redonda panza.
Frotándose la cara, y el crecimiento de barba áspera que él no se había afeitado esa mañana, besando su camino hacia su muslo, su aliento haciéndole cosquillas en la piel y haciéndole arquear las caderas. Él sopló en el espacio dolorido entre sus muslos, y ella gritó, desesperada por tenerlo.
Pero él tenía otras ideas.
—Dime que te gusto —hizo la solicitud por su sexo, y los dedos de su pie se curvaron.
—Nunca.
Un movimiento de su lengua contra su protuberancia la puso intensa.
—Dímelo.
—No. —Pero, oh, cómo lo deseaba. Se mordió la lengua, lo cual la ayudó a mantener a raya las palabras.
De ida y vuelta se fueron, con él jugando, con la negación de ella.
Él se puso más audaz con su tortura sensual y ella jadeaba, cada centímetro de ella gritaba por su liberación, él exigía que admitiera sus sentimientos.
Ella trató de aferrarse. Tratando de morderse la lengua. Piensa en cosas desagradables. Incluso intentó convocar su magia, la cual se le escapó por los dedos mientras él seguía burlándose de ella. Naufragada de placer, sin sentido por la necesidad de él, finalmente soltó las palabras que quería oír.
—Te amo, maldita sea. ¿Estás contento ahora? No quiero. Oh, cómo me gustaría que no, pero sí lo hago.
—Oh, mi dulce Hinata. —Él gruñó su nombre mientras se plantaba a sí mismo sobre ella—. Mi muy propia bruja.
La cabeza de su pene encontró la entrada a su sexo de manera infalible y se deslizó dentro. Un golpe, dos golpes. Su dolorida carne moldeó su eje, apretándose a su alrededor. Le clavó las uñas en los hombros cuando él soltó sus manos. Se aferró a él mientras subía a la cima de placer. Gritó su nombre cuando se corrió, oleadas de felicidad se estremecieron a través de ella.
—Oh mi hermosa bruja, cuánto te amo —susurró él mientras se empujaba una última vez, derramando su semen dentro de ella con vehemencia.
Durante unos minutos, permitió su deslizamiento y se permitió a sí misma creer, disfrutar de la calidez de su amor. Permanecieron unidos, respirando erráticamente, sus cuerpos estaban enrojecidos por el sudor. Un momento que ella siempre recordaría como el más hermoso. El más agradable.
El momento en que selló su destino. Porque ahora que se lo he admitido, él tenía el poder de hacerme daño. El pensamiento la asustaba hasta su esencia.
La humedad que se escapó de sus ojos le sorprendió. Había admitido que lo amaba y ahora lloraba. En silencio, pero lo hacía. No era lo que él hubiera imaginado que sucediera una vez que admitiera su afecto.
—¿Qué estás haciendo, bruja? Por favor dime que son lágrimas de alegría.
Ella se apartó de él y él rodó hacia un lado. Hasta que ella se levantó, espalda erguida, su porte entero gritaba que no la tocara.
—Necesito estar sola.
—Háblame, Hinata. ¿Qué sucede?
—Ya tienes lo que querías. Me hiciste admitir lo que siento. Ahora vete.
—Estoy un poco confundido. Creí que estar enamorado era algo bueno. —Él se levantó de la cama y se acercó a ella, haciéndola girar para que lo mirara.
—¿Algo bueno? —Ella se rió con amargura—. ¿Cómo es algo bueno enamorarse de un demonio mujeriego? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que me engañes y rompas mi corazón? ¿Un día? ¿Dos? Tal vez tenga suerte y puedas esconderlo de mí por unas pocas semanas.
—Tú lo eres todo para mí, Hinata. A partir de ahora hasta que uno de nosotros muera. No tocaré a ninguna otra.
—Lo dices de manera tan convincente —dijo ella, con tono nostálgico—. Pero, no se te olvide, sé de todas las promesas falsas. Las he oído antes. No entiendo por qué. Estaba perfectamente bien permitiéndote tener tu diversión conmigo y luego irte. ¿Por qué tuviste que tratar de convertirlo en algo más? ¿En algo que sabemos que no durará?
—Pero estoy diciendo la verdad. —La exasperación coloreó sus palabras, y aun así ella sacudió la cabeza con tristeza. ¿Acaso no entendía cómo funcionaba cuando un demonio se apareaba? ¿Qué a pesar de su reputación, una vez unidos a una mujer era para toda la vida?
—Me gustaría poder creerte. Por favor, vete.
Ella se alejó de él, pero antes de que pudiera agarrarla y agitarla para que entrara en razón, una amenaza peluda saltó entre ellos. Mostrando los dientes y gruñendo, el maldito Toneri se atrevió a llegar lo suficientemente cerca como para dar un bocado.
— Hinata. Llama a tu gato.
Volviendo la espalda hacia Naruto, su bruja se fue hacia el baño y el felino se acercó, todavía gruñendo.
—Fuera de mi camino. Tengo que hablar con ella. Hacerle entender que quiero decir lo que digo.
Parecía que el gato del infierno no estaba interesado en dejar que dijera sus palabras, y dada la posibilidad de elegir entre perder algunos de sus miembros o herir a su mascota, Naruto hizo lo único que pudo.
Giró sobre sus talones y se fue.
Mientras acechaba por los pasillos del castillo, tratando de averiguar dónde había salido todo mal. Ella había dicho que lo amaba, y él, por primera vez, se le había declarado a una mujer. Había utilizado la palabra Big L, y no había caído muerto.
Y en la mayor broma cósmica de todas, su amor le hacía perder a su bruja.
¿Cómo? ¿Cómo es eso malditamente posible?
¿Y cómo puedo solucionarlo?
Era hora de hablar con su madre. Seguramente ella tendría algún loco plan para conquistar la confianza de la que amaba. Sólo esperaba que no implicara bañarse en los lodos del Pantano Obnoxious de nuevo. La última vez le había tomado semanas sacar el hedor de su cabello y nunca le habían crecido un par de cuernos como su madre pretendía.
Gracias Jiraiya.
Continuará...
