NIEVE
CORMAC MCLAGGEN
Enero de 1994
Los copos de nieve pueblan el campo de quidditch. Diciembre siempre ha sido especialmente frío, sobretodo en Hogwarts. El cielo anuncia ventisca y el director no tarda en cancelar el partido.
La decepción se asienta entre los chicos de Gryffindor; en pocos minutos los vestuarios quedan vacíos.
Cormac aprovecha esa aparente soledad. Se desnuda con parsimonia, sin apartar la mirada de su propio reflejo. La camisa resbala lentamente por sus hombros, después cae al suelo de sopetón. Su mano recorre su propio vientre. Cierra los ojos y desabrocha los cuatro botones del pantalón uno a uno.
Puede que Hermione sea la alumna más brillante de toda su promoción, pero, cuando entra en el vestuario, el nombre de su mejor amigo se le queda atascado en la punta de la lengua y en lo único en lo que puede pensar es en la nuca de McLaggen. Y en su cuello. Y en su espalda. Y en sus pantalones a medio quitar.
No puede pensar en otra cosa que no sea que el miserable de Cormac McLaggen no lleva calzoncillos. En que debería parecerle asqueroso, pero no lo hace.
Traga. Está segura de que toda Escocia ha escuchado la saliva deslizarse por su garganta. Debería irse, pero no lo hace.
—Hermione.
McLaggen no se gira, al menos no del todo. Voltea la cabeza, observa a la chica y sonríe.
Tiene dientes de depredador.
—Estoy buscando a Harry.
—Pues me has encontrado a mí.
—¿Lo has visto?
No contesta, decide continuar con sus asuntos.
Sus asuntos son quitarse los pantalones.
Hermione se gira como si hubiera visto al mismísimo diablo y, como tal, no puede evitar echar otro vistazo. Su mandíbula es lo primero e, irremediablemente después, su torso, esas sutiles cicatrices debajo de sus costillas, su cadera… Nunca ha entendido por qué las revistas de adolescentes se refieren coloquialmente como «uve» a esa parte del cuerpo. Ahora lo hace. Podría buscar el resto del abecedario.
Contra todo pronóstico, es ella la que le arrastra hasta colocarlo debajo de la ducha. Hermione se empapa la ropa y Cormac todo lo demás.
Será su secreto peor guardado.
