Marinette

Llamé al timbre un par de veces y esperé emocionada a que me abrieran.

Estaba fuera de horario de clase, pero la curiosidad me estaba matando y aunque era más que obvio que él había sido el responsable de aquel precioso ramo de flores, quería asegurarme y sobre todo darle las gracias.

Jamás había tenido ese tipo de detalles conmigo, normalmente pasaba desapercibida, con la pobre etiqueta de "sobrina de la familia Cheng" . Así que, el hecho de que alguien se haya tomado las molestias para elegir una flores tan hermosas ya me hacía sentir especial, aunque solo se tratase de un simple regalo de disculpa.

No pasaron ni tres segundos, cuando la puerta principal de la mansión se abrió. Una empleada salió a recibirme y al reconocerme, ensanchó las comisuras de sus labios, esbozando una sonrisa amigable.

—Señorita Marinette, qué sorpresa encontrarla por aquí a éstas horas—dijo, haciéndose a un lado para dejarme paso.

—Sé que es muy temprano pero quería comentarle algunas cositas al Señor Agreste—murmuré y agarré un mechón de pelo para jueguetear con él.—¿Sabe si está en casa?

—Claro—aseguró la mujer, cerrando la puerta con pestillo. —Está arriba en su despacho, arreglando algunos asuntillos, pero estoy segura de que puede sacar unos minutos para atenderte.

Normalmente, siempre que iba a aquella casa, era para ir directa a la sala de entrenamiento, no había recorrido ninguna otra habitación y el despacho podría suponer una llegada de meta dentro de un laberinto.

—¿El despacho está...?—comencé a decir, señalando con el dedo la escalera.

—En la primera planta, el pasillo que tienes a la derecha y la tercera habitación—explicó, haciendo señas con las manos.

—Perfecto—emprendí la marcha hacia las escaleras, agarrando mi falda para levantarla al subir los escalones. —¡Gracias!

—No hay de que—dijo la empleada, soltando una pequeña risotada.

Aquella mujer ya me conocía bastante y el tiempo que había pasado yendo a las clases de esgrima le había dado la oportunidad de tratar conmigo y de alguna forma cogerme algo de cariño.

A juzgar por el cambio de humor que había tenido a lo largo de los últimos días. Recuerdo que, al principio, sus miradas no eran para nada agradables y creo que llegó a confundirme con alguna fulana de burdel que venía a hacerle favorcitos a su señor. Ahora, su presencia era una gran ayuda y nos ayudaba con el material de las clases, así como a cambiarme, arreglarme y peinarme de la misma forma que mi tía lo hacía cada vez que salía a la calle. Así, no habría sospechas.

Seguí sus indicaciones y la esquina del primer pasillo que había a la derecha, calculando todas y cada una de las habitaciones. Ese rodal de la casa se me hacía muy extraño, la decoración era más sencilla y algo más recatada. Al parecer, Adrien prefería vivir en un entorno más modesto, al menos a la hora de dormir y hacer sus quehaceres.

El pasillo era muy sencillo, la pintura de un solo color y los cuadros solo representaban dibujos de figuras y estatuas desiguales y desfiguradas. Era un estilo raro, no lo negaba, pero me gustaba. Sin duda, mucho mejor que el gusto recargado y hortero de mi tía, repleto de flores pomposas y estampados horripilantes.

—El pasillo de la derecha y la tercera puerta... Tercera puerta...—me repetí en mi cabeza. —Pasillo de la derecha, tercera puerta...

Parpadeé varias veces, confundida y miré a un lado y después al otro , comprobando que había puertas a cada lado del pasillo y por lo tanto dos terceras puerta.

—Podría haber sido más específica, señora—mascullé y no pude evitar pensar que parecía una retrasada dando vueltas de un lado para otro.—Debería tener cada puerta una etiqueta que deje bien claro que es cada cosa.

Levanté mi dedo índice y como si tuviera cinco años comencé a hacer el Pito pito gorgorito

Pito pito gorgorito

¿Dónde vas tú tan bonito?

A la era verdadera

Pin pan pun fuera

En la casa de pinocho

Todos cuentan hasta ocho

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho

Talvez sí

Suerte para mí

Si no fuera para mí

Será para ti

Pito pito gorgorito

¿Dónde vas tú tan bonito?

A la era verdadera

Pin pan pun fuera

Mi dedo se detuvo en la tercera en el lado derecho.

—Si pito pito gorgorito lo dice, es porque tiene que ser esa—murmuré para mí misma.

Sé que era una superstición infantil, pero en más de una ocasión lo había hecho y lo cierto es que siempre me había funcionado. Así que continuaría haciéndolo, así la llamasen cría o inmadura.

Me situé enfrente de la puerta y la examiné con cautela. Tragué profundo y con cautela levanté la mano para dar dos toques.

Nadie respondió.

Fruncí el ceño y llamé de nuevo, esta vez apoyando la oreja en la puerta para escuchar algún rastro de vida.

—¿Adrien?—pregunté, tocando por tercera vez. —¿E-Estás ahí? ¿Puedo entrar?

Giré el pomo de la puerta y abrí un pequeño hueco para asomarme.

Quizás se había quedado dormido en el despacho, al fin y al cabo leer tanto documentos aburridos debía ser un completo aburrimiento. O si no que me lo dijeran a mí, cada vez que mi tía me llamaba para ayudarla a calcular los gastos y deudas de la casa terminaba con la baba caía. En más de alguna ocasión me había llevado una colleja por su parte y debo reconocer que con razón, porque no era la primera vez que había manchado de babas los papeles.

Asomé la cabeza con cuidado y pestañeé varias veces para adaptarme al interior.

No se trataba del despacho, precisamente. Más bien era una alcoba. Un dormitorio, sencillo pero muy elegante. Podría decirse que ocupaba dos habitaciones mías, y a pesar del tamaño de aquel cuarto, no era para nada extravagante, al contrario, solo contaba con una gran cama, un armario de madera y una mesita de noche. Había un gran ventanal en la pared extrema donde caían unas cortinas blancas y translúcidas que permitían el paso de los primeros rayos de sol de la mañana.

Sin duda, unas vistas preciosas, pero no fue la habitación lo que me provocó que prácticamente el corazón se me saliera del pecho y básicamente me diera una taquicardia. Y es que, cuando mis ojos estaban en pleno análisis, lograron divisar en uno extremo, de cara a la cama la silueta de una persona a la que conocía muy bien.

Mis pies se quedaron pegados al suelo y mi cuerpo fue incapaz de reaccionar cuando vi a Adrien de espaldas a mí, llevándose sus manos a los bordes de su camisa para apartarla de su cuerpo y dejarme unas vistas que dejaban muy poco a la imaginación.

Mis ojos se abrieron de golpe y tragué saliva al ver los músculos de su espalda tensarse cuando hicieron fuerza para sacar la camisa por su cabeza. La imagen que me ofrecía me dejó paralizada y no pude evitar quedarme fija en aquellos hombros anchos y en esa espalda que se iba haciendo cada vez mas estrecha hasta llegar a la cadera.

Nunca lo había tocado, pero su piel debía ser muy tersa y suave.

Sentí un cosquilleo en la punta de mis dedos, como si necesitasen ir al encuentro del hombre que estaba delante de mí.

La falta de aire se adueñó de mí y por un momento, me creí incapaz de apartar la mirada, hasta que él se giró sobre sus talones para caminar hacia el armario de la alcoba. Fue entonces que, sus ojos esmeraldas e encontraron con los míos y tal y como yo había hecho, los suyos también se abrieron a la par sorprendidos de encontrarme allí, mirando lo que no debía.

Como acto reflejo, agarré con más fuerza el poco de la puerta y con brusquedad cerré la puerta de golpe, interrumpiendo algo que él iba a decirme antes de darle con la puerta en las narices, prácticamente.

«Mierda, mierda, mierda», me maldije a mí misma.

—¿Marinette?—lo escuché preguntar desde el otro lado de la puerta y noté sus pasos recorrer la estancia, haciéndose cada vez más audibles conforme se acercaban.

Retrocedí hacia atrás, sin quitar los ojos de allí. De repente, mi espalda chocó con un gran jarrón de porcelana, con un matojo de flores artificiales que adornaban esa zona. Éste comenzó a tambalearse y tras un extraño bailoteo intentando sostenerlo, terminó por hacerse añicos.

Y como un imán de problemas, Adrien abrió la puerta, y para colmo todavía medio desnudo sin una camisa cubriéndolo.

«Maldición, si por detrás era todo una maldita fantasía por delante es un Dios griego»

Sus ojos verdes me miraron a mí primero y luego se desplazaron al suelo, donde había cientos de trocitos de porcelana esparcidos por todas partes.

—Y-Yo... L-lo siento, ¡lo siento mucho! No quería mirar—me excuse, viéndolo observarme con una expresión seria en la cara.—Estaba buscando el despecho porque tu emplada, digo empleada, dijo que estabas allí pero resulta que hay dos puertas terceras en un mismo pasillo y no sabía si era esta o esa, así que he hecho elpito pito gorgoritopara aclararme y resulta que es una maldita estafa y me ha fallado—comencé a tartamudear y a decir cosas incoherentes como una estúpida. —Así que no es mi culpa, yo no quería acabar aquí, ha sido elgorgoritoque me ha hecho el lío.

—Marinette...—me llamó, intentando interrumpirme, pero yo seguí, despotricando idioteces por la boca

—Pero no pasa nada, enseguida recojo todo esto y se queda como los chorros de oro.

Ignorando completo, dio dos pasos que prácticamente lo pusieron delante de mí, a tan solo dos centímetros de distancia.

—Eh...—murmuró, y colocó una mano sobre mi hombro para tranquilizarme. —Tranquila, no pasa nada.

Parpadeé dos veces, con un tick nervioso y levanté la mirada para mirarlo a los ojos y no estar fija en aquellos abdominales que parecían estar tallados a medida.

—¿N-No estás enfadado?—titubeé, avergonzada. —Me he colado sin permiso en tu cuarto y... he vuelto a romperte otro adorno.

Soltó una pequeña risotada y negó con la cabeza.

—Dejemos que la culpa se la lleve Gorgorito—se burló y aunque una pizca se diversión surcaba sus labios, su gesto no careció de seriedad cuando me tomó de mentó para obligarme a sostenerle la mirada. —No voy a enfadarme, Marinette, pero si quiero que me digas por qué estás aquí. Aún quedan un par de horas para la clase.

Frunció el ceñó y con cuidado me apartó el flequillo de la frente para examinar mi rostro, especialmente las marcas que dejó mi tía en mi piel.

—¿Has vuelto a tener problemas con tu tía?

— L-La verdad no — dije tartamudeando por su cercanía — b-bueno, problemas con ella los tengo siempre p-pero... en esta ocasión era, b-bueno quería agradecerte.

Adrien sonrió levemente y acarició mis cabellos desarreglándolos un poco.

—Pensé que nunca se te pasaría esa actitud berrinchuda que te cargas siempre, quien imaginaría que algún día me agradecerías algo por tu propia voluntad — se burló.

—B-Bueno, después de lo que has hecho imaginé que podría por primera vez, quebrantar esa regla — comenté cruzándome de brazos refiriéndome al hermoso ramo de rosas que descansaba ahora mismo en mi velador.

—Lo que sea por verte sonreír de esa manera, quizás no sea mucho, pero sabes que siempre te apoyaré y te defenderé, así que no tienes que agradecerlo.

—P-Pero quiero, además. Me has subido mucho los ánimos — sonreí.

—¡Wow! Pues, trataré de ponerlo en práctico más seguido.

—N-No tienes porque Adrien, con una vez es suficiente, enserio — le dije rápidamente.

—Lo haré las veces que sea necesario Marinette, no quiero que te enfades nunca conmigo, no me gustaría perder a una de mis mejores y únicas alumnas — dijo soltando una risita.

—Pero con las flores que me enviaste estoy más que complacida, no necesito que lo hagas siempre que armemos una pelea. — cuando dije esto su sonrisa se borró y me miró como si me hubiesen salido dos cabezas.

—¿Que flores?

Adrien

Me quedé congelado en mi mismo sitio sin saber a que se refería Marinette con flores.

—¿C-Como que cuales flores? — repitió confundida — p-pues las que enviaste a la mansión de mi tía, fue un muy lindo detalle — agregó.

—¿Uh?

Coloqué mis manos en mi boca cubriéndola, tomando una actitud pensativa. Yo no le había enviado nada, es más, cuando tomó una actitud tan amable conmigo y me agradeció, creí que lo hacía por mi apoyo incondicional, estaba bastante sorprendido.

—Creo que, surgió una confusión — dije finalmente después de analizarlo — yo no te he enviado nada Marinette.

Su rostro no tardó en opacarse y tomar una actitud que denotaba desilusión.

—¿Ah, no?

Negué con la cabeza.

—V-Vaya, creo que... tomé una decisión precipitada — murmuró vacilante.

Me sentí un poco mal por ella, no tenía intención de dañarla, pero tampoco quería que tomara una idea equivocada, no tuve más opción que decirle la verdad.

—No te preocupes por eso Marinette, el que no haya sido yo el que lo envió no significa que no quiera estar bien contigo.

En parte era cierto, pero una pequeña pregunta en mi cabeza me motivo a pensar que de alguna manera, el regalo que le enviaron a Marinette no tenía destinatario, de otra manera, no hubiese pensado que fui yo el que se lo mandó.

—No tienes en mente a alguien más que pudo habértelo enviado ¿Tus padres? — cuestioné, teorizando, por lo que me había contado Marinette semanas atrás, que sus padres tenían algo que ver con dicho regalo, en mi interior, deseaba que fuera así.

—Imposible — declaró ella — me enviaron una carta hace días atrás, me lo hubieran enviado junto con ella, jamás envían cosas a parte.

«Maldición»

Eso sacaba de la lista a las posibles personas que podían haber enviado ese dichoso regalo, solo quedaba preguntar si... por casualidades de la vida había conocido a algún tipejo que se haya interesado en ella, cosa que creía imposible, no por el hecho de que nadie se pudiera interesar en Marinette. Al contrario, ella siempre me había comentado que no tenía la oportunidad de socializar con nadie debido a las exigencias de su tía. La única vez que ella convivió con hombres había sido con el imbécil de Dangençour y...

Abrí los ojos desmesuradamente al darme cuenta de quien más había interactuado con mi alumna, pocos segundos, pero interactuado al fin y al cabo.

«Tienen que ser ideas mías, es imposible»

Carraspeé con incomodidad dándole la espalda a mi alumna cuando tocaron a la puerta.

—Señor, ¿Puedo pasar?

—Adelante, Annike — entoné concediéndole el permiso.

Entreabrió la puerta mirando en el interior, sonriendo al visualizar a Marinette, todos los criados le habían tomado cariño desde hace varias semanas atrás, y es que Marinette tenía el don de hacer amistades con una facilidad inigualable. Era única.

—Venía a decirle que los niños ya están esperándolo señor.

«¿Niños?»

—¡Mierda, lo había olvidado! — con todo este embrollo del misterioso obsequio, había olvidado que debía darle clases de esgrima a los estudiantes de clase inferior. En otras palabras, niños de entre siete a ocho años.

—Voy enseguida Annike, ten prepara todo para mi siguiente clase.

—Si Señor, nos vemos Mari — se despidió con una sonrisa al igual que ella.

— Adiós Ann.

Un silencio nos rodeo hasta que se escuchó la puerta cerrarse detrás de mi empleada, dejándonos solos como lo estábamos en un inicio.

—Entonces... — comenzó a decir Marinette — supongo que como ya se resolvió que lo de las flores no fuiste tú, es hora de retirarme... nos vemos mañana en clases Adrien, lamento haberte molestado por una tontería.

—¡Espera, Marinette! — grité tomando su brazo, el cual solté rápidamente — no tienes porqué irte tan pronto. Te tomaste muchas molestias al venir aquí. Quédate hasta que termine mi siguiente clase — le sugerí.

—Oh, no, no, no, yo... no podría, solo sería un estorbo, en serio, será mejor que me vaya a casa — empezó a decir agitando las manos de forma negativa hacia mi.

—Vamos, ven — dije tomándola del brazo — será solo por un par de horas mientras imparto la clase, además, necesitaré un poco de ayuda para domar a todos esos mostruitos.

—P-Pero...

—Confía en mi, será entretenido — continué tratando de persuadirla. —Y puede que tú también aprendas algo por el camino.

—Esta bien —aceptó finalmente.

Al llegar al salón el barullo de todos los niños se coló en mis oídos. Estabas desordenados, riendo y picándose con las pequeñas espadas de entrenamiento. Parecían un rebaño de ovejas descarriladas y poner orden entre tanto crío, siempre era tarea difícil.

Los saqué de su trance golpeando la espada en el suelo, haciendo que todos se callaran inmediatamente.

—Buenas tardes — saludé con firmeza.

—¡Buenas tardes profesor Agreste! — corearon todos colocándose en una fila ordenada.

Marinette permaneció quieta a mis espaldas, como si tuviera miedo de enfrentarse a todos esos niños. Quizás, tenía miedo de repetir su primera vez en aquella clase, cuando se coló en una clase repleta de hombres que la humillaron y despreciaron de la peor forma posible.

Y yo no me excluía de ello, pues aunque adiara aceptarlo, yo fui uno de los imbéciles que peor la trató.

Fruncí el ceño ante tal pensamiento y tratando de borrar aquellos recuerdos, extendí mi mano y agarré la suya, instándola a ponerse a mi lado. No tenía nada de lo que esconderse, ella era buena y muy hábil en la esgrima, en los últimos días había ganado mucha práctica y estaba seguro de que estaba completamente capacitada para enseñarle un par de cosas a esos niños.

—Hoy tendremos compañía—dije, señalando orgulloso a mi alumna. —Esta señorita que tengo aquí al lado me ayudará a impartir la clase de hoy, así que más os vale portaros bien con ella.

Los niños nos miraron a los dos, primero a uno y después a otro, y noté como se reflejaba en sus rostro un atisbo de duda.

Uno de ellos levantó su brazo, indicándome que quería hablar.

—Dime, Arthur— dije, esbozando una de mis mejores sonrisas. Aquel enano siempre tenía que dar la nota, preguntando y haciendo comentarios que siempre me hacían gracia. Y aunque, el niño era un encanto por un rato, mejor se lo dejaba a sus padres.

—¿Es su novia?—preguntó, sin ningún tapujo, provocando que casi me atragantara y eso que no estaba comiendo nada.

—¿Qué?—exclamamos Marinette y yo al unísono e instintivamente, nos miramos el uno al otro.

—No, claro que no—aseguró ella, negando varias veces con las manos.

—Ella es una alumna de los cursos superiores—especifiqué para reafirmar así nuestra contundente reacción. —Está aquí para ayudarme un poco, así que más os vale tratarla con respeto y educación.

—Pero yo creía que la esgrima era solo para niños—cuestionó el crío, llevándose una mano al mentón pensativo.

Esbocé una mueca incómoda y de reojo miré a Marinette, imaginando que, con su carácter compulsivo, se lanzara sobre el crío y lo pusiera en su sitio. Pero, para mi sorpresa, una preciosa sonrisa se formó en sus labios y con calma se acercó hacia él, arrodillándose para quedar a su misma altura.

—Arthur, ¿verdad?—preguntó ella, contemplándolo sin borrar la sonrisa de su rostro.

—Sí, señorita—afirmó él y conociéndolo, sabía que estaba tenso, como si la presencia de Marinette lo pusiera nervioso.

«Vaya, quien diría que el enano bocazas iba a quedarse sin palabras»

—Dime, Arthur... ¿Tienes hermanas?—preguntó Marinette.

—Sí, señorita—repitió.—Tengo una hermana, un año más pequeña que yo.

—¿Y a qué se dedica?—prosiguió mi alumna. —¿Tiene algún pasatiempo para divertirse como lo haces tú?

El crío miró al techo, meditando y pensando la respuesta.

—Pues no... Siempre está jugando con sus muñecas y aprendiendo a hacer peinados feos—confesó Arthur, y aquello sonó más como una queja. —¡Es una aburrida!

Marinette soltó una pequeña risotada y negó con la cabeza.

—Y dime una cosa, ¿Qué prefieres? ¿Una hermanita aburrida que esté sentada sin hacer nada o una chica energética y divertida que juegue contigo?

Arthur se quedó pensativo, mirando a Marinette a los ojos, como si aquella fuera la pregunta más complicada que le hubieran hecho en la vida.

—Podríais jugar a los espadachines. Estoy segura de que ella estará encantada de que le enseñes algunas técnica de esgrima—añadió ella y le guiñó un ojo cómplice. —¿Por qué peinar muñecas cuando podríais salvarlas? Suena mucho más divertido, ¿verdad?

No pude evitar quedarme embobado, presenciando pasmado cómo razonaba con el mocoso de una forma tan simple y a la vez tan sabia. Sin duda, esa chica jamás dejaría de sorprenderme. Siempre venía con algo nuevo con lo que dejarme a cuadros. Bien podría sacarme de quicio o bien hacerme sentir orgulloso, pero así era ella, impredecible.

Me acerqué a ellos y con cuidado me agaché junto a Marinette para mirar de frente a Arthur.

—¿Por qué no le dices a tu hermana que se venga contigo?—sugerí, apoyando mi antebrazo sobre mi rodilla. —Quien sabe, puede que termine gustándole. Piénsalo, así tendrías a alguien con quien practicar esgrima todos los días.

Marinette ladeó su rostro hacia mí y en sus ojos aprecié una mezcla de emociones entre las que me encontré sorpresa, agradecimiento y admiración. Un cúmulo de sensaciones que se vinieron a anudar en mi estómago.

—El Señor Agreste tiene razón—me apoyó ella. —Así ya seríamos dos chicas en este equipo de esgrima. A veces me siento un poco sola rodeada de tantos hombres. Quizás me venga bien una compañera.

El pequeño ensanchó las comisuras de sus labios, sonriendo con entusiasmo.

—¡Sí!— dio un saltito emocionado. —¡Puedo intentar convencerla!

—¡Así se habla!—exclamó Marinette, mostrando la misma ilusión que él. —¡Suerte con ello, vaquero!

Levantó su mano para que Arthur se la chocara y prácticamente al instante, el crío se la chocó con fuerza, sintiéndose orgulloso por aquella recién complicidad que había compartido con su nuestra "profesora"

—¡Muy bien! Ahora quiero ver a todo el mundo calentar—dije, poniéndome en pie para aplaudir y agitarlos un poco para que se movieran. —Coged una espada y comenzad con estocadas cortas.

En un abrir y cerrar de ojos, los niños corretearon de un lugar a otro, empujándose para conseguir primero una espada, al poder ser la mejor y la más nueva.

—Adrien—sentí como alguien me tomaba de la mano. Unas manos pequeñas y suaves. Y no pertenecían a ningún niño, precisamente. Agaché la cabeza para mirarla y enseguida me encontré con esos ojos azules que me observaban tímidos. —Muchas gracias.

Sonreí enternecido y correspondiendo a su gesto, agarré también su mano para sostenerla contra la mía.

—¿Por qué?—inquirí. —¿Acaso hay por ahí otro ramo de flores que deba saber?

Soltó una pequeña risotada y negó con la cabeza.

—No—murmuró, desviando la mirada. —Por todo...

Me dio un escueto abrazo, que no duró más de dos segundos y después se alejó corriendo, a ayudar a los críos, como si nada hubiera pasado.

Marinette

Sin duda aquellos niños eran de lo que no había. Eran un completo torbellino que iban de aquí para allá. No tenía idea de cómo se las ingeniaba Adrien para controlarlos a todos de una sola sentada.

Ese día nos los habíamos dividido, mitad para cada uno. Yo me encargué de los más tranquilos, enseñándoles técnicas fáciles y sencillas que practicaban sin rechistar, mientras que Adrien se encargaba de los más inquietos y después de algunas regañinas y enfados, ahora los estaba entreteniendo con juegos y pruebas para relajarlos un poco y cansarlos lo suficiente como para que no tuvieran ganas ni de abrir la boca.

Sí, suena cruel, pero según él, era la técnica que siempre utilizaba y que funcionaba, así que yo no era quien para cuestionarle. Ahora mismo, los estaba haciendo correr de un extremo a otro, utilizando la escusa de que era una cerrera y de que el ganador se llevaría un caramelo.

Simple pero efectivo.

—Señorita—sentí una mano tirar de mi falda y pronto bajé la mirad para mirar al pequeño Arthur que me observaba con una sonrisita tímida en sus labios.

Adrien ya me había advertido de aquel pequeñajo, y me había pedido que se lo dejara en sus manos, pero el niño había insistido tanto en quedarse a mi cargo que no había tenido más remedio que quedarse conmigo.

—¿Qué ocurre?—pregunté apoyando mis manos sobre las rodillas.—¿Tienes algún problema con la técnica?

Negó con la cabeza y jugueteó con su casco.

—Quería pedirle algo—murmuró y su extraño comportamiento me provocó curiosidad.

—Te escucho.

—Cuando sea mayor y crezca, ¿querría casarse conmigo?—soltó y debo reconocer que aquella pregunta me tomó muy por sorpresa.

Abrí los ojos sorprendida y una carcajada se escapó sin permiso.

—Vaya...—musitó más para sí misma que para él. —Yo... Me siento muy halagada.

—¡Sí! ¡Y lo digo enserio! ¡Quiero una esposa que juegue conmigo, que practique esgrima y que no esté sentada todo el tiempo como una estatua!

Escuchar aquellas palabras, me estrujaron mi corazón hasta la última gota. Sonreí conmovida y levanté una de mis manos para posarla sobre su hombro.

—Tienes muy buen gusto—bromeé. —Y estoy segura de que con hombrecitos tan buenos como tú, habrá muchas niñas muy valientes con las que puedas casarte.

Noté como su sonrisa se iba apagando poco a poco. Agachó la cabeza y se frotó las manos nervioso.

—¿Acaso usted no quiere ser mi novia?

—Pues claro que sí—extendí mis dos brazos y lo acerqué hacia mí para abrazarlo. —Pero cuando tú seas y hombre guapo y fuerte yo ya seré una ancianita, y no tendré mucha energía para practicar esgrima. Pero, ¿Sabes una cosa? Si continuas luchando y esforzándote por ese sueño, lograrás encontrar a una mujer que tenga todas esas cualidades que buscas.

Arthur pestañeó varias veces, procesando, quizás mis palabras.

Se sorbió los mocos de la nariz y se recompuso enseguida, mirándome primero a mí y después a Adrien, que en aquellos instantes estaba jugando con un niño, levantándolo del suelo para hacerlo reír.

—Tiene razón. —Dijo, ahora con más seguridad. —Yo todavía soy muy pequeño, jamás podría cuidarla como se merece. —Observó de reojo a Adrien y luego se giró hacia mí. —Lo que usted necesita es al Señor Agreste. Podrían hacerse novios y casarse. Así podrían jugar y practicar esgrima todos los días.

Vale, si su repentina proposición de matrimonio me había tomado desprevenida, aquella fue la golpe que colmó el vaso.

—¿Casarme con... el Señor...?—repetí abriendo los ojos como platos.

—Pues claro. Estoy seguro de que con usted él sería muy feliz—aseguró. —Igual de feliz que yo cuando encuentre una niña divertida con la que casarme.

Orgulloso de su súbito emparejamiento, Arthur asintió y se alejó para juguetear con algunos de sus compañeros dejándome con un latido extraño que bombardeaba mi pecho.

¿Yo? ¿Casarme con Adrien? Pero, ¿qué tontería es esa? Está claro que él solo me veía como una alumna, nada más. La diferencia entre yo y aquellos niños no era muy grande. Y teniendo a Kagami, jamás se fijaría en una niñata flacucha como yo.

Sin embargo... si pensaba todas esas cosas, ¿por qué latía mi corazón tan rápido?


Hola nuestros queridos lectores! Nos reportamos aqui con un nuevo cap! uno que será la base de muchas sorpresas que se vienen más adelante, al igual que las que le tenemos preparada.

¡Redoble de tambores!

¡Tenemos una nueva historia juntas! Así es! Leyeron bien, una nueva historia que estamos seguras os encantará, está publicada cómo un concurso en Wattpad llamado "Travel Awards" que trata sobre las épocas antiguas. Pero, os compartiremos también ese relato en fanfiction, para que nos puedan dar su opinión .

Les daremos un adelanto del título "Miraculous Travels Awards" Lo publicaremos en unos días, si tanto "Entre la Espada y el Corazón" y "Lágrimas de Cristal" tienen muchas visitas y comentarios... Jeje, esperamos que sientan con esa historia, que han viajado en el tiempo

Cambiando de tema, ¿Qué os a parecido este capítulo? ¿El Adrienette va avanzando? ¿Adrien esta comenzando a sentir algo por Marinette... o simplemente son instintos de hermano mayor? jaja, los dejaremos con esa intriga hasta el nuevo cap .