Saludos a todos. En primer lugar me disculpo ante la ausencia. Han sido semanas muy intensas de trabajo, y he tenido que organizar muchas cosas. Sin embargo, ahora ando de vacacciones por fin ya en el hogar, y da gusto. Llevo unos tres capitulos más ya hechos, asi que podré ofrecer contenido sin tanta pausa.
Quiero agradecer la ayuda y apoyo que todos vosotros me estais ofreciendo. Me gustaría saber como esta avanzando la historia, dado que ahora siento que esta cambiando ligeramente el estilo, dado que me estoy centrando más en ir directo. No sé si realmente es para mejor, pienso que sí, pero honestamente la mejor opinion en este sentido, es la del lector.
Espero que pueda ofreceros un agradable rato de lectura, y que os guste ^^. Gracias de nuevo por todo.
Angelus-Y
El bosque que nunca perece
Capítulo 14: El toque de las Tinieblas
Los gráciles saltos de Yzalas por las ramas del bosque agrandaban las distancias con los acechadores de las tinieblas. El caballero estaba envuelto en una fuerza que le otorgaba aquella ligereza, con la que se movía cual pluma.
El agua comenzó a sonar. El río del bosque auburno estaba justo al lado.
El último impulso los dejó justo en la orilla de aquel pequeño lecho fluvial. La tierra granulada ofrecía un suave tacto en tierra y la hojarasca parecía no haber sido deformada por el aliento putrefacto de la enfermedad. El roce del agua por las piedras plateadas, caminando a través de su cauce, liberaba una serena melodía que apaciguaba cualquier alma atormentada.
Sin soltar a la equina bajo sus brazos, el caballero la miró, con resquemor. Un denotado ceño fruncido lucía bajo su yelmo.
"Ponis, no tienen su mente preparada para el horror. Sus corazones palpitan con tanta sensibilidad, que la oscuridad les arranca la mente con facilidad…Seguir el deseo de sus corazones en la desmesura es el mayor de sus pecados."
Ante sus ojos, solo había una poni a la cual parecían haberle arrebatado toda señal de vida. A cada segundo que pasó desde su huida, la llama del espíritu de Bright estaba siendo carcomida como una hoja de arce devorada por un gusano. Bajo sus cabellos rojizos, la fuerza de la misteriosa oscuridad se impregnaba en su rostro y cuello, rodeando su pecho al igual que un monstruo que anhelaba estrujar su corazón.
— Joven Bright, habéis cometido un grave error… — espetó el caballero, posando a la equina a los pies del agua, límpida y cristalina — Extraño, suponía que sir Glowing estaría por aquí. Mmm...
Con un suspiro, Yzalas oteó lo que le rodeaba. El polvo dorado que estaba en las copas, volando como diminutas luciérnagas, aún titilaba, pero su debilidad era palpable.
— Magia dorada… así es como ocultan el aspecto y dolor del bosque. Parece que sus sospechas no distaban, como siempre.
De pronto los gemidos quejumbrosos de Bright llamaron su atención. La unicornio sostenía a Gold entre sus cascos, mirándolo de forma letárgica. La apatía la devoraba, su mente pendía de un hilo de cordura. Las orejas de la poni se retraían al oír el agua. Una serenata que la impulsaba a mantener una serenidad casi sepulcral. Su esclerótica, negra como el tizón enmarcaba con mayor fulgor sus ojos de matiz ígneo. Un fulgor que pronto sería devorado por las Tinieblas.
Su atrofiado aspecto, casi carente de la chispa de la vida, había logrado llegar a la cansada vista de Yzalas, cuyos rosados ojos refulgaban.
"Su idiotez debería ser castigada, pero, esta no es punición adecuada para sus actos"
Aquellos pensamientos acabaron con un suspiro, que ilustraba resignación. El aire liberaba frescor, y la canción del agua infundía seguridad.
Una campana resonó. Un tañido dulce como una nota vocalizada por una bella voz. Aquel sonido provino de Yzalas, el cual acompañó aquel acontecimiento con un gruñido doliente. De su cuerpo, un pulso de una fuerza oscura se hacía disipar desde él. La energía, oscura y de cristalinas partículas azuladas, desaparecía de su ser.
El caballero hincó la rodilla en el suelo, en un apretón de mandíbula que deformaba el gruñido que emanaba de él. Su pecho se hallaba afligido, pues su garra estrujaba su corazón, hacia el dolor que sentía. La melodía de sus inspiraciones desentonaba en las notas agudas, donde su propio cuerpo sollozaba ante aquella sensación.
Sin embargo, todo aquel sufrimiento, estaba siendo aderezado por una viniente rabia que hervía desde el alma de Yzalas como un caldero. Arañó la tierra, deshaciéndola entre los crujidos de sus guanteletes. Su cabeza, que anclaba su mirada hacia el suelo terroso junto al río, se estremecía vigorosamente. Se escuchó un acuoso sonido, algo que se escurría por el yelmo de Yzalas. Fue cuando, de la babera de aquella placa que cubría su cabeza, comenzó a caer un hilo de sangre. Aquellas hebras, de timbre rojizo oscuro, cayeron en el suelo, creando un pequeño charco.
Tras un lánguido suspiro, la mirada del guerrero azabache quedó suspendida en aquel brebaje. Una amarga risilla salió de su garganta.
— Jeje… sigue siendo roja...después de todo...jeje…
Inspiraciones y expiraciones trémulas eran orquestadas por aquella criatura que oteaba su propia esencia con decepción. Acercó la garra con la que sostenía su pecho hacia el charco. Tocó la sangre y se acercó la extremidad, para contemplar con mayor claridad aquel cuadro pintado de rojo. No podía apreciarse, pero una mueca que mezclaba dolor y rabia fue dibujada en aquel rostro oculto en la oscuridad.
— El paseo del cielo aún se me resiste. Tu obra, Percival, aún se resiste a ser sometida a mi voluntad… — cerró el puño humedecido por la sangre y un quebradizo lamento emergía de su pecho —. Y estos ojos... cada vez me duele más… Si hay algo que rebosa de mí, es voluntad, pero, je… acabo de darme cuenta, que estoy empezando a quebrarme — otro hilo de sangre precipitó, oyendose el diminuto chapoteo congregar en el charco —. Echo de menos aquellos días de lluvia, Percival…
La atormentada Bright, que miraba perdida al cielo, llamó una vez más la atención del caballero. Cuando alzó su vista, meneó la cabeza al observarla.
— Dudar es el peor de los pecados. Y dudo porque… porque solo veo fracasos. Pero no puedo ceder. Ahora no… no en nuestro momento de esperanza… — Aquel empuje, creado por la voluntad que afirmaba era quebradiza, trajo al mismo tiempo un gañido que describía el esfuerzo para mantenerse erguido.
— Este bosque y yo, ahora mismo no somos tan diferentes…
Con paso enlentecido, el bípedo se agachó frente a la equina que era tomada por la oscuridad. Bright miró a la espesura, alzando su cabeza con lentitud. Adormecida, casi de forma inconsciente, las palabras emergieron de su boca, al sentir la presencia del guerrero, como una desesperada llamada de su alma.
— Lo...lo siento. Solo… solo…
— Guardad silencio joven poni. No hay explicaciones que puedan endulzar la amargura de vuestro demente acto. Venid… — aclaró, siendo invadido por una repentina tos.
—¿Mmm?
Bright dejó que las garras envueltas en metal de Yzalas tomaran a Gold por un instante, dejándolo a tan solo un palmo de las aguas del bosque. Depositó sus ápices índices sobre el pecho del fenix; notó el latir de su corazón y el suave aliento de sus pulmones.
— Parece que se recuperará. Ha debido gastar todas sus fuerzas. De no ser por él estaríais muerta… parece que, son ciertos los cuentos acerca de la buena fortuna de estas magistrales aves.
Meditadamente, tomó la cabeza del alado dorado entre sus garras, y cogiendo con su otra extremidad el agua del río, la acercó como un obsequio hacia su pico. De forma casi instintiva, el agua que colmaba pureza recorrió su garganta, aliviando el dolor que su cuerpo sentía.
— Las aguas de este río provienen de una montaña virgen. Un manantial que rebosa una esencia límpida. Sin embargo…
— ¿Sir Yzalas? ¿Q-qué hacéis? — increpó en aquel moribundo timbre que salía de su garganta.
El caballero dejó reposando al fénix a un lado y volteó hacia la unicornio que palidecía por momentos, caminando en la cuerda floja de la consciencia.
— Veamos… Sí, es lo que imaginaba — dijo en pensativo tono, contemplando las negras grietas del rostro de Bright. Pasó sus metálicas garras por el mismo, tocando aquella oscuridad fluvial—. Tal y como esperaba, los ponis sois más sensibles a este poder… Mmmm, no aguantaréis mucho si no arrancamos ese veneno — Sus brazos se cruzaron, dejando a su mente rebuscar en los conocimientos, tal como si su propia figura estuviera oteando incontables libros en busca de respuestas, comenzó a murmurar a solas —: Podría emplear el fuego, pero éste fenix no parece saber usarlo… fuego… mmm, no, no es una opción. Tal vez… — miró al rio, como si la dulce voz del agua le llamara, de pronto los ecos de su mente gritaron iluminados —. Un ritual de purificación con las aguas de la montaña… hmph, que remedio.
Sin más dilación, tomó el cuerpo de la equina entre sus brazos y con sumo cuidado, fue a depositarla sobre la embarrada orilla que rozaba las cristalinas aguas. Colocó su cabeza sobre ella, de una forma que no se ahogara, pero que el fluido acariciara sus mejillas.
— Bien así… — Lentamente, su brazo fue orquestado hacia la vaina de su espada. La tomó por el mango, firme, y con contemplación, deslizó su afilada hoja transparente hasta empuñarla en su posición agachada.
Acercó la hoja hacia ella, en el lateral de su marcado cuello que ahora era rociado por el agua. Pronto su carne sintió la afilada lengua de la espada. Bright no respondió, tan solo escapaban débiles gemidos por sus labios.
— Un corte limpio y…
— ¡Sir Yzalas!
Aquella exclamación hizo agarrar con mayor soldadura la espada del bípedo, gruñendo por la repentina interrupción. Cuando quiso girarse, lo que se encontró antes que un rostro, fue una alabarda de cristal. Exasperado, Yzalas suspiró con pesadez.
— ¿Que os pensáis que hacéis sir Glowing? — increpó, sin mostrarse muy impresionado.
— E-eso mismo iba a preguntar yo… — el poni de cristal de nevado pelaje mostraba una curtida mirada entrecerrada. Aquel fulgor carmesí apuntaba acusatoriamente hacia Yzalas — ¿Que estábais haciéndole a la joven Bright y…? — la extrañeza tomó posesión de la cara de Glowing cuando se percató de la hoja de Yzalas, la cual, fue escondida con premura por el aludido cuando fue objetivo de aquellos ojos carmesí. Removiendo la cabeza enérgicamente, protestó una vez más, hasta que el caballero negro alzó la palma de su garra.
— Salvar la vida que aprecia con escasez… — respondió con una voz tan fría como el hielo, y cierta aspereza en su boca.
— ¡¿Cortándole el cuello?! — exclamó casi gritando, aproximando la punta de aquella alabarda hacia el cuello de Yzalas, la cual sostenía entre su casco.
— Es evidente vuestra ignorancia, caballero de cristal...
— S-soy todo oídos… — dijo. Poniendo su cuerpo en una mayor tensión.
El viento surcaba aquel pequeño claro del río, removiendo las telas cian que reposaban sobre la armadura de Glowing. Entretanto, el oscuro blindado sencillamente se levantó entre resuellos, y apartó la punta de la alabarda en un deslizante movimiento con suavidad.
— Una oscuridad asola a la joven poni. Si no actúo rápido, esta fuerza parará su corazón…
— ¿Y vos que sabéis? — mantuvo su irritado tono—: Lo que necesitan es que la traten los…
— ¿Unicornios, Sir Glowing? — interrumpió abruptamente, con un timbre sarcástico — ¿Creéis que esto es simple magia? ¿Que esos estirados van a retirar lo que le asola? — abrió la extremidad de su brazo que ocupaba el lado en el que Bright reposaba en las aguas, mostrándola ante el caballero, el cual observó sus atroces marcas en el rostro.
— Bendita tierra nevada... ¿Qué clase de magia negra es esa?
— Diferente a la vuestra, eso seguro — dijo en tono incriminatorio, para en un instante recibir una cruda mirada del poni que estrechaba su mandíbula de forma tensa —. En cualquier caso, no durará mucho. Yo conozco la forma, pero no será suave en absoluto.
Glowing removió su cabeza, insistiendo en su idea.
— ¿Cómo sabéis que no funcionara la magia? ¿Y cómo estáis seguro de que resultará vuestro método? Por un momento estabais a punto de degollarla…
— Me insultais sir Glowing — Yzalas se cruzó de brazos, acariciando con una de sus garras el mentón de su yelmo —. Seré muchas cosas, pero no un monstruo. Si quisiera arrebatarle la vida, la habría dejado tirada en el bosque. Os recuerdo, que la traje por vuestra petición, no porque me carcomiera la conciencia… Además, si fuera por simple pena, es más certero decapitar de cuajo.
— ¡Dejad de decir barbaridades! — bramó mientras tensaba sus facciones —. Nos la llevamos a la aldea, y no vamos a discutir más.
— ¿Estáis dispuesto a cargar con otra muerte más? Yo me lo pensaba dos veces sir... — su voz fue ahogada, al sentir el tramo de su garganta ser acariciado por el diente del arma de cristal, mientras mataba con la mirada al bípedo, rechinando sus dientes como una sierra.
— Os aseguro que si volveis a sacar ese tema otra vez… lo que pensaré dos veces es ensartaros el corazón… Yzalas.
Aquellas palabras, al igual que la presión que ejercía el semblante del equino, no hizo sino hacer que este soltara un suspiro, aunque entre otras cosas, se trataba por el dolor que castañeaba cada ápice de su cuerpo.
— Tenéis razón, he sacado de quicio los acontecimientos — reconoció el caballero, perdiendo su mirada a un lado —. Os aseguro sir Glowing, que ahora mismo soy la única esperanza de esta equina. Si la deseáis mantener con vida, debéis confiar en mí…
Pensó en los relajados momentos de la tarde, en el garbo del caballero que estaba frente a él, que mostraba compasión y comprensión, mientras narraba los cuentos de su hogar, yaciendo ignorantes por unos instantes acerca de sus problemas. Pero aquella bruma del recuerdo, no torció la dureza de los ojos del poni de cristal. Sin embargo, la tenue respiración de Bright, que liberaba aquellos jadeos como susurros desesperados, reblandeció aquella solidez.
— ¿Qué es lo que quereís hacer entonces?
— Simplemente será un corte superficial, necesito que las aguas del río entren en su cuerpo y podré ejecutar un ritual de purificación, pero esta parte es fundamental. Sé que os suena ridículo, pero creedme, conozco bien esta profanación, y la magia no es una solución.
— Esta bien… pero no pienso quitaros el ojo de encima…
— Como deseéis.
Un ronroneo de la tierra repiqueteó alrededor de ambos caballeros. Sus cuerpos se agazaparon poniéndose en alerta. El sonido era perturbardor; las mandíbulas chasqueando y cientos de extremidades rasgando la tierra. Una silueta se movía entre lo invisible.
Los apretados dientes de Glowing pretendían que sus nervios quedaran bajo la armadura que le bañaba. Yzalas, en cambio, mostraba una pose de mayor serenidad, pero que no suavizaba la fuerza con la que apretaba su espada.
En medio de un agudo gritillo retorcido, un enorme gusano surgió de la tierra, llamando los ojos de ambos hacia su horrible figura: alargada, crujiente y repugnante. Sus decenas de patas se retorcían ansiosas del deleite de llevar algo a sus mandíbulas. La repiqueteante melodía de aquel cuerpo torcido, alzaba una intimidatoria sombra sobre ambos.
— He visto muchas criaturas poco agraciadas, pero esta se lleva la palma...— dijo sir Glowing, empuñando el mango de su lanza decorosa, con un pequeño temblor que delataba su impresión — nunca había visto un ciempiés tan grande y tan…
— No es momento de parla. Sea lo que sea esa criatura, sus intenciones no son amigables.
— Si, tenemos que alejarla de…
Glowing palideció, pues cuando miró por la comisura de sus ojos, estos se pusieron en blanco; Bright y Gold habían desaparecido. Ni rastro de ellos.
— ¡No están!
— ¡¿Qué?!
Aquel repentino evento que tornó las miradas de los nobles guerreros, fue la señal del monstruo para abalanzarse salvajemente sobre ellos. Liberó un alarido cual canto de victoria, y aquel eco obligó a sus presas a tomar la guardia raudos, y defenderse de sus afilados colmillos. Aquellas fauces eran tan robustas que al extenderse como el abrazo de la muerte e impactar contra las armas de los caballeros, las chispas brotaron, salvajes y llenas de ferocidad. La fuerza de ambos, logró hacer retroceder al gusano que golpeaba la tierra con furia, al ver su intento de saciar su hambre fallido.
Yzalas en aquel instante sintió sus piernas flaquear como el algodón, delatando un torpe movimiento de sus extremidades inferiores. Fue entonces, cuando gruñó furioso ante la situación, tratando de no perder la compostura. Introdujo sus guanteletes en su pequeña bolsa de utensilios y agarró una vez más, aquellos polvos chisporroteantes.
— Siendo honesto, sir Glowing, carezco de motivación para perder mi preciado tiempo en esto…
Y con aquellas palabras, hizo danzar su brazo dejando una estela de polvo negruzco, el cual se expandió hacia el gusano de inmenso tamaño. Luego, vinieron las chispas, el estruendo, y con ello, un silbido que revelaba una hoja deslizándose.
— Si es quien creo que es… puede que entonces ya esté muerta…
—
Por el curso del río, mientras acontecía la arremetida de aquel gusano, una silueta caminaba con garbo, con una pose casi infantil, mientras tarareaba una canción. Sus prendas eran del todo siniestras bajo las sombras del bosque y las hojas que le rodeaban como un coro perturbado.
Bright y Gold, tomados por una fuerza de aura siniestra y azulada, eran sostenidos en el aire como una pluma acariciada por el viento. Sus mentes yacían inconscientes mientras el sonido del río y el tarareo endulzado resbalaba por sus oídos.
— Estos polvos dorados han sido más útiles de lo que pensaba. Espero que no le haya importado a ese poni que se los haya cogido… aunque, jeje, no es que los vaya a necesitar más—. hablaba la figura, sosteniendo entre sus garras una hoz cuyo filo estaba ensangrentado — ¡Gracias al cielo! ¡Gracias al cielo! — un suspiro enamorado salió de su boca, mientras daba brincos palpitantes de alegría—. Encontrar un alma bendecida por el pigmento. ¡Y una equina nada menos! Realmente es algo glorioso y digno de celebridad — declaró hacia la noche, mientras alzaba sus brazos victorioso.
La silueta llevaba prendas eclesiásticas, dignas de un alto cargo por la refinada túnica que le arropaba. La cogolla de su cabeza; una puntiaguda capucha, ocultaba su rostro, el cual era invisible en la oscuridad. Las mangas de sus ropajes eran cortas y dejaban ver unas extremidades conformadas de un mineral obsidiana. Una estola -típicas de rituales religiosos- colgaba sobre su túnica, ofreciendo un alto cuello que enmarcaba su capucha. Por otro lado, un amplio y decoroso collarín de plata levitaba sobre sus hombros, manifestando unas afiladas zarzas entrelazadas.
— Si es que… estos ponis no aprenden nunca. Está en su naturaleza temer la oscuridad, pues son solo bestias hechas para ser domadas. ¿No estás de acuerdo Umbra?
Nadie respondió sus palabras, solo se escuchaba como el báculo de serpiente que llevaba en una extremidad tocaba el suelo de hojarasca que iba atravesando, avivado cual niño, que pateaba divertido las hojas que ante él se inclinaban.
— Si… la verdad es que la pobre tiene muuuucha suerte. No me extraña, teniendo un fénix dorado en su posesión. Realmente dan buena suerte ¿no?
De nuevo no hubo respuesta, sin embargo el individuo profanó el silencio de nuevo con una maníaca risa que denotaba desequilibrio en el hilo de su cordura.
— Si, eso es cierto… pronto, la magia dorada del bosque se debilitará. El castillo aparecerá, y los aldeanos verán con sus ojos, el auténtico aspecto de este bosque putrefacto. Tus caballeros realmente están haciendo una labor soberbia, mi dulce maestra. Realmente soberbia… — rió entre dientes, siendo abanicado por la brisa nocturna, mientras su tono se hacía corroído — No puedo esperar, no puedo esperar, no puedo esperar... — brincó y brincó hasta que de pronto paró en seco, cautivado por una voz inaudible que sólo él escuchaba —. ¿Qué decís? ¿Que a qué saben los alicornios? Oh, mi querida Umbra, sois realmente una comilona. No creo que el sabor difiera mucho de esos...egggs….pegasos — mencionó con cierta repugnancia — ¿Sí? Bueno, creo que un pajarito me ha dicho que la princesa Celestia ha recuperado el trono. Quizás… podamos hacer algo al respecto.
Bright, suspendida en el aire mientras su cuerpo se hallaba debilitado, logró emanar de su garganta algunos quejidos, que llegaron a oídos del misterioso clérigo envuelto en oscuridad.
— ¿¡Qué?! estás mal de la cabeza… no pienso retirarle la infección de la mente. Se lo tiene buscado por bravucona. — en un súbito cambio de actitud, la silueta se puso a danzar, entonando una voz ensayada que imitaba una chillona potrilla —. Oh miradme, soy toda una valiente y voy a atravesar el bosque, rompiendo el decreto del rey, porque lo necesito… oh, tengo cabellos rojos y un sedoso pelaje blanco — las manos obsidiana de aquel bípedo se pasaban por su capucha como si de ella abundaran largos pelos —. Y tengo un cuerno que hace magia… jijijiji… — cogió el báculo cual palo de golf y lo bateó por el suelo levantando una nube de hojas serradas. Su voz volvió a la normalidad como una olla hirviente —. ¡A la mierda la magia! ¡Yo maldigo la magia! Que Merlín no me oiga, pero… — finalmente, suspiró exasperado —. Bueeeeno, venga, le retiraré la infección. Pero que conste que por mí el corazón se le pararía.
Fue entonces cuando dejó a la equina y al fénix a un lado del río el cual estaba siguiendo. De su cintura sacó un tomo negruzco de bordados de plata, decorado con el símbolo tribal de aquel ojo siniestro que Bright contempló en las retorcidas ilusiones de la oscuridad.
— Esta equina ya ha sido tocada por el pigmento. Una vez bendecida, bendecida te quedas. Por mucho que tu mente se calme, ahora ya sabes como es el gélido tacto de la oscuridad — de pronto se colocó erguido, sintiendo la voz hablarle —. Sí ¿verdad? yo también he sentido la marca de la serpiente en ella… —sus garras comenzaron a bailar, mientras con su extremidad sostenía el tomo oscuro y recitaba vocablos de una profana lengua —. Oh dulce serpiente angelical. Perdona a esta insensata. No sabía lo que hacía… — terminando su recital oscuro, las palabras resonaron con eco sobre la piel de la equina y la oscuridad en su rostro, transmutada en aquellas grietas, comenzó a retroceder. Arrancó aquel abismo, como la tinta de un libro, y la recolectó en su propio tomo, el cual drenó desapareciendo en la nada.
Una risa resbaló de la boca del clérigo. Era una alegría que realmente era sincera.
— Sí, je… huele a cerezo. Es tu árbol preferido… — juntó las garras tal que un rubor se apoderara de sus invisibles mejillas — Jeje… qué dulce es su aroma. Yo, yo… — su cuerpo bailó, víctima de una repentina tristeza —. Umbra… ¿por qué….? ¿Por qué no estás...conmigo? — su humor cambió como el viento del océano, como si un ente tomara posesión de él. Una risa siniestra y profunda emergió de su cuerpo —. No puedo esperar… a que los ponis de la aldea, se maten los unos a los otros, cuando descubran la verdad. No se quién habrá estado sanando y ocultando la verdad, pero pronto la oscuridad revelará todas vuestras mentiras…
El bosque fue deleitado con un solo que se entonaba con un canto tan oscuro como el vacío. Una melodía deshecha en risas incesantes. Risas que se acompañaron de inexplicables lágrimas.
— Gloria a Kyodo...
