"El amor era la sal de la vida, y era necesario para degustar del sabor del mundo."

Irving Stone

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― ¡Levi! ―La puerta del salón se abrió de improviso.

― ¿Qué pasa?

La mujer lucia notablemente agitada, algo andaba mal. Era la misma expresión, esa expresión de hace 10 años.

―Es Mikasa.

―No ha llegado.

―Eso ya lo sé, ni llegará.

― ¿De qué diablos estás hablando? Sé clara.

― Está en el hospital. Anoche tuvo un accidente.

Eren tenía un brazo roto y su padre habia sufrido un traumatismo cráneoencefálico moderado del que se estaba recuperando pero Mikasa... ella no daba señales de volver.

Todos los días sus amigos iban a visitarla, le contaban lo que había acontecido en la academia, omitiendo que los preparativos del festival avanzaban sin ella o insistiéndole que despertara y así pudiera ejecutar su pieza en el auditorio.

Levi no había ido una sola vez.Se había quedado cerca todas esas veces con el mismo pensamiento: «¿Qué es lo que haría yo? ¿Quién soy yo en su vida? Solo su profesor, el profesor que le arruinaba los días exigiéndole demasiado.»

Un día Hange entró al salón de ensayos que también fungía como oficina de Levi desde que no tenía a quién enseñar.

―¿No irás a verla?

―No.

―Puedes tomarte el día libre o los que quieras, creo que le haría bien escucharte y…

―No, deja de insistir.

―Ella podría morir.

―No lo hará.

―No lo sabes, y después podrías arrepentirte.

―Por qué habría de importarme lo que le sucede a ella. Era solo mi alumna.

―Te vi, o debería decir los vi. Gritandose en el patio aquella tarde.Nunca te vi exaltado de esa manera, no lo notas pero tu cara se ilumina cuando la ves, tus ojos brillan...

—Basta, Hange, tengo que trabajar.

—No sirve de nada el negarlo cuando ya te has dado cuenta de ello. Para de atormentarte así.

—¿Es eso posible? Dime cómo. Todas las noches es el mismo sueño, estoy en ese escenario recibiendo aplausos y de pronto todo son gritos, y en medio de esa desesperación y caos escucho sus voces. Tan claras, clamando mi nombre y pidiendo que los ayude.

—No tenía idea de que aun padecías por eso...

—No tenías por qué saberlo.

—Levi, soy tu amiga ¿tú no me consideras así? Aunque esto es doloroso tienes que dejarlos ir, no tiene sentido pensar en el pasado salvo para entender el presente.

Ellos y nosotros queremos que seas feliz y creo que tu felicidad tiene nombre y apellido. Ya lo sabes pero quizá necesites oirlo.

—No, déjalo ya.

—Estás enamorado, Levi.

—¿Te das cuenta de lo que dices? Soy al menos 15 años mayor, es mi alumna y probablemente sea menor de edad. ¡Qué puede ofrecerle un hombre como yo!

—Todas esas preguntas no tendrán respuesta a menos que se las hagas a la persona correcta. Expon lo que tienes y si es suficiente o no, será decisión de ella. ¿Así será siempre? ¿Huir?

—Es más fácil que salir herido.

Levi pidió un taxi, ni siquiera se sentía en condiciones de manejar. Todos los sentimientos que creyó muertos resurgieron como lava ardiente de un volcán.

—Detenga el auto, por favor.

—Pero, señor, no hemos llegado a la dirección que me pidió.

—Quiero bajarme aquí, ¿dígame cuánto le debo?

—Serían 30.

—Aquí tiene.

—Señor...¿ se siente bien?

—Sí, gracias.

Dio unos pasos hasta la banca más cercana de aquel parque al que acudía a leer y casualmente cercano al hospital donde estaba internada Mikasa. No alcanzaba la banca y cada movimiento dolía en extremo pues su pecho se cerraba impidiéndole respirar.

—¿Profesor...? ¡Profesor Levi!

—¿Quién...? —Se desmayó antes de reconocer del todo a la persona frente a ella..

Con ayuda de otras personas le sentó sobre la banca, alguien traía alcohol y con un paño lo pasaron por su nariz.

Al cabo de unos minutos, él pareció recobrar el sentido.

―¿Qué...? —todavía estaba aturdido pero encajó las piezas suficientes para saber que se habia desmayado. —Gracias a todos, me encuentro mejor.

La gente acabó por dispersarse quedando sólo una chica con ropa deportiva: era la chica del cello, Petra Ral.

—Escuché lo que le sucedió a Mikasa...lo siento.. —No atinó a decir otra cosa.

—¿la has visto?

—No, ¿usted tampoco? —La chica no pudo ocultar su sorpresa, creyó que el verla en ese estado lo había puesto tan mal.

—Supongo que no tengo mas opción que verla yo mismo.

―Profesor.

—Petra, puedo pedirte un favor.

Cuando Levi acabó de explicarle su plan, Petra no sabía qué decir pero la convicción en aquellos ojos azules la convencieron.

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― ¿Qué es eso? —Un médico pasando visita preguntó a las enfermeras del piso.

―Música. Creo que viene de la habitación 123.

―No había nadie en ese cuarto.

―Enfermera, revise quién entró en ese habitación.

Presta acudió a la habitación a solo tres puertas desde donde estaba; al tomar el picaporte este no se movió.

―No se abre, tiene seguro por dentro.

Otra enfermera que salía de la habitación del frente comentó:

―Eso no es una grabadora señor, alguien está tocando dentro.

― ¿Cómo lo sabe?

―Un hombre vino temprano, con un estuche al hombro. Me dijo que era el profesor de la chica.

― ¿Qué está haciendo? ¿No me diga que es el quien toca?

―Así es.

"Despierta.Hay demasiado que tienes por vivir, mocosa. Abre los ojos, de una maldita vez."

Esperaba con ansias que las notas de aquella melodía llegarán a lo más profundo de su mente y la despertaran.

Hace 10 años que no tocaba un violín. Los primeros intentos en su casa fueron un desastre.

Colocarlo de nuevo sobre su hombro, sentir la madera rozando su barbilla, su mano sosteniendo la vara.

Sacó su viejo atril y colocó las notas de la canción que interpretaría.

Después de ensayar algunas horas logró que sus dedos volvieran a la elasticidad anterior, su cuerpo recuperó la memoria y comenzó a volverse uno sólo con el instrumento.

Había tantas cosas que quería decirle. Que esa tarde no pudo.

Cómo iba a saber que aquella podría ser la última.

Era un cobarde por tocar frente a ella cuando no podía verlo, pero podría escucharlo y así sentirlo..

Quizá, a través de la música podría expresar todo aquello que le era imposible con palabras.

Lágrimas gruesas caían de los ojos de la chica castaña. No había ninguna voz recitando poemas dolorosos y no hacía falta porque esa pieza hablaba sin palabras.

El dolor llegaba tan profundo en su alma que la hacía estremecer. El milagro tenía nombre: Mikasa.

Un hombre enfrentaba su pasado para brindarle un futuro.

Ya no había duda alguna en su corazón. Nunca había tenido una oportunidad pero hoy sabía quién había ganado.

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