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XII
Grabado en Fuego
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Albafica se había refundido hasta sus aposentos luego de cumplir sus deberes a velocidad de vértigo. A menos de que el mundo se estuviese cayendo en pedazos quien quisiera llamarlo (a excepción de su diosa y su Ilustrísima) que lo hiciera desde la puerta. No quería hablar con nadie; no quería ver a nadie ni mucho menos quería que nadie le preguntase por nada. Ni a dónde había ido, ni cómo le había ido ni por qué estaba tan molesto.
Tanta así era su amargura que él enterró la cara en la almohada de su fría alcoba y la apretó con los dientes como si quisiera desgarrarla con ellos con furia. Como una bestia que llevaba años encadenada y ya empezaba a perder la razón. Pero lamentablemente eso era él, una bestia a la que no se le debió haber permitido saborear la libertad si al final lo iban a encadenarla de nuevo.
El dolor, la impotencia y la frustración ahogados en años y años de soledad comenzaban a pasarle factura, una que él ya estaba harto de pagar con su vida y su sangre, ¡¿y todo para qué?! ¡¿Para qué tanta gente ingrata viviese la vida que él no podría siquiera imaginar y la mayoría de la gente daba por sentado?!
Tú elegiste quedarte.
Albafica lo sabía, ¡lo sabía, maldita sea! ¡Él había elegido su destino, pero todo tenía un límite! Como el ser humano que era, estaba al borde del colapso.
Luego se dijo a sí mismo: él no es un humano común, él era un santo de Athena. Uno de los guerreros de la diosa griega.
Respiró agitado, desacomodándose el cabello, sintiendo deseos de arrancarlo de raíz.
Nadie te obligó.
Malditos fuesen las Moiras por jugar así con las vidas ajenas.
Maldito fuese él por permitirlo.
Aunque tampoco es como si él pudiese librarse de los hilos de control de las tres deidades que hasta el mismo Zeus debía respetar. Como todos en este mundo, su destino estaba en manos de esas tres brujas maquiavélicas.
…
Sentada adentro de su casa justamente en la puerta de la entrada con sus flores enfrente de ella, puestos ahí para que los futuros clientes viesen qué podrían llevarse a casa, Agasha estaba haciendo un precioso ramo de flores.
Acomodando rosas frondosas de un color amarillo y otras más pequeñas de color blanco; también unas rosas rosadas alrededor para dar un toque sencillo pero amigable a la vista junto a algunos tallos con hojas verdes y de ese modo dar un aire más fresco, se impidió a sí misma pensar en lo que había ocurrido con ella y el señor Albafica la noche pasada.
Para terminar con un futuro obsequio o un adorno para la mesa del comedor, con todo el cuidado que se necesitaba, Agasha se aseguró de amarrar bien una cuerda color café, para impedir que el trabajo se deshiciese, antes de ponerlo en un bote con agua junto con otros ramos antes hechos por ella. Unos 4 más y ya tendría lista la mercancía que debía cuidar hasta que, por lo menos, la mayoría fuese vendida.
Agasha había empezado con sus labores del día cuando se sintió con las energías espirituales para hacerlo.
Las ventas estaban algo flojas el día de hoy pero no estaba presionada aún ya que no estaba atrasada con nada. Pero de pronto, una sombra cayó encima de ella mientras estaba acomodando más flores para hacer un nuevo ramo.
—Buenos días, bienvenid… —alzó la vista quedándose muda, encontrándose con el Santo, Shion de Aries.
Atrás de él algunas chicas se habían detenido para admirarlo, ¿y cómo no hacerlo? El tipo era inmensamente alto, atractivo, atlético y elocuente, uno de los pocos Santos que salían a Rodorio sin pena ni miedo, además de que la palabra "caballero" le quedaba extraordinariamente bien.
Lo curioso era verlo detenerse en un solo sitio, en este caso, ella no creyó que él algún día la visitaría por cuenta propia a su negocio.
—Señor Shion —Agasha dejó las flores sobre otro grupo todavía en espera de ser armado; se levantó de su asiento y fue hasta él—, ¿a qué debo el honor de su visita?
Debido a su anterior trabajo en el que tenía que llevar flores al Santuario, Agasha se había acostumbrado a saludar al Santo sin tartamudear pues el hombre era bastante fácil de tratar, pero le parecía curioso que esta vez fuese él quien la buscase a ella hasta su casa y por eso se sintió un poco intimidada.
—¿Buscaba algunas flores?
No sería tan raro, a veces él pedía unas para su templo.
—No —negó con la cabeza—, esta vez vengo a buscarte a ti, Agasha.
La florista podría jurar que escuchó suspirar a alguna de las chicas de atrás. Pero Agasha supo de inmediato que el señor Shion no estaba aquí por nada de lo que ellas se imaginaban.
—¿Tendrías algo de tiempo? —preguntó él.
—Mmm… claro, por favor pase, ¿le molestaría que me quedase cerca de la puerta? Debo mantener un ojo sobre mi negocio —sonrió nerviosa ya que no tenía idea de lo que el señor Shion buscaba de ella.
—En lo absoluto, lamento que mi visita sea inoportuna.
—No es nada de eso, es sólo que me cuesta un poco meter todo… y volverlo a poner —se rio nerviosa.
Dejó la puerta abierta para quedarse ella vigilando su mercancía desde ahí mientras dejaba que el Santo entrase a la sala y se sentase en la silla que antes ella había usado.
Ya quisiera ver que un ladronzuelo se atreviese a robarle algo estando el señor Shion ahí.
—¿Desea algo para tomar? ¿Un poco de agua? —ofreció la chica servicialmente.
—No, gracias.
Ella tragó saliva, nerviosa desviando su mirada a las flores de su tienda.
—Creo que debo ofrecer una disculpa —empezó Agasha intuyendo el motivo de su visita—, no pude entregar las flores ayer al Santuario a tiempo y hoy no hubo nadie que pudiese cubrirme aquí pero maña…
—No vengo por eso —desligó Shion negando con la cabeza, desvió su mirada hacia una de las ventanas para no incomodarla con atento escrutinio.
—¿Ah no? Entonces…
El Santo suspiró.
—Necesitaba saber, si de casualidad tuviste algún encuentro con Albafica, la noche de ayer.
—¿El señor Albafica? —musitó preocupada, ¿acaso algo malo había pasado con él?
¿Estaría herido?
Oh no.
…
Albafica dejó que una leve corriente de viento meciese sus cabellos mientras permanecía cerca de las flores envenenadas que protegían el camino de las escaleras al Santuario. Debía mantenerlas vivas, frondosas y listas para paralizar, luego matar, a cualquier intruso. Se hizo una pequeña cortada superficial en el dedo meñique de la mano derecha, luego dejó que un par de gotas de su sangre, bañadas en su cosmos, fuesen absorbidas por las raíces; las cuales al recibir un poco de alimento, se removieron cobrando fuerza.
Cuando no hubo más sangre que exprimir, miró con algo de atención dicha herida, la cual no tardaría en cicatrizar junto a otras pequeñas que estaban adornando su mano. La que más llamó su atención, era la cortada que estaba presente en su dedo índice de la misma mano. Esa que le había quitado a su maestro.
El ritual de los Lazos Rojos era algo terrible. Algo abominable, pero necesario.
Negándose a caer de llano a los brazos de la melancolía, Albafica bajó la mano e inhaló profundo, alzando la cabeza hacia arriba.
Tenía que ser sincero, el fondo no esperaba sentirse así de miserable luego de partir de la casa de Agasha como una rata que se escabullía para no ser encontrada infraganti robándose comida. Tampoco esperaba que durante todo el camino de regreso al Santuario se haya estado planteando la posibilidad de regresar únicamente para dormir cómodamente en la cama de la chica y robar el calor de su pequeño cuerpo un poco más.
Él no sabía y dudaba comprender algún día lo que era el amor de una pareja, o algo parecido a lo que Agasha le profesaba, tampoco podía decir que ella se había convertido en lo más importante que tenía en la vida luego de esa noche, pues su misión como Caballero siempre había estado primero que cualquier otra cosa o persona.
Y si estaba convencido de todo eso… ¿entonces por qué se sentía tan fastidiado y enojado consigo mismo y con todo el mundo?
¿Por qué no podía sencillamente sentirse libre?
—Tienes miedo, es algo común en los humanos y dioses por igual.
Sorpresivamente, Psique apareció atrás de él con sus delicados pies blanquecinos sobre las flores, flotando arriba de ellas.
Volteándose rápido, Albafica la miró severamente. ¿Acaso planeaba atacar al Santuario?
—Definitivamente hasta enojado me pareces uno de los hombres humanos más apuestos que he visto en mi vida ―lo miró fijamente―, aunque… me aterra que te parezcas un poco a mi esposo; incluso pensaría que eres hijo suyo pero sé que él jamás me sería infiel —masculló mirándolo fijamente—. Da igual, eso no es lo que me trajo hasta acá.
—No es posible que nadie, ni siquiera un dios pueda perpetuar el Santuario…
—No si Athena así me lo permite —respondió con un tono suave—, verás ella y yo tenemos nuestros asuntos. Pero eso tampoco es de lo que vengo a hablar contigo.
—¿Qué quieres?
A Psique le tembló una ceja con enojo.
—Desagradecido —espetó ella—, me compadezco de tu miserable existencia y así me lo pagas —gruñó ofendida.
Él tampoco estaba para hablar con nadie y menos con ella. Estaba demasiado confundido y enojado como para ahora tener que lidiar con basura filosófica de los dioses.
—Yo no te lo pedí.
—Orgullo, eso es lo que percibo al oírte hablar ―siseó cual sirena―. En otra época te habría colgado de tus pulgares por esa osadía.
Casi divertido por su amenaza, Albafica no dijo nada. ¿En serio querían torturarlo más?
—Como sea, ¿qué haces aquí? —preguntó resignado a que ella era una diosa que Athena no necesitaba como enemiga.
—¿Acaso no es claro? Vine porque la señora Nyx me lo pidió.
Mierda.
Nyx, ¿la diosa primordial?
—Veo que su nombre no te es indiferente, muy bien —acertó Psique viéndolo tensarse—. Ella me ha pedido que te haga un último favor.
—¿Ella? ¿Qué querría la diosa Nyx, conmigo?
¿Un último favor? Ah, claro. Nyx era la diosa guardiana del dichoso lago del que se había extraído un poco para él y "liberarle" de su sangre envenenada por una noche. Acceder a que ésta le concediese un "último favor" sería como darle paso a tomar algo de él, cosa que Albafica no podía permitir.
Hacer tratos con los dioses era algo arriesgado. Y muy estúpido también.
Psique sonrió burlona, los dedos de la diosa apuntaron a su corazón, tocando el pecho del peto de su armadura.
—Ella dice: tu deseo está concedido. Y gracias. —Le guiñó el ojo, desapareciendo de inmediato.
Una nueva corriente de viento meció sus cabellos ante la estupefacción de Albafica.
Eso era claro… ¿o no?
Es decir, todo había vuelto ya a la normalidad pues él estaba rodeado de las rosas venenosas y no sentía nada anormal. Podía estar aspirando el perfume letal todas y cada una de ellas y nada le pasaría. ¿Entonces por qué la diosa Psique vendría a decirle lo obvio? ¿Y por qué le agradecía? Los dioses griegos nunca habían sido recordados por su gratitud.
Él pudo tocar a Agasha la noche de ayer, pudo convivir con ella parte de su tiempo y ya era hora de regresar al mundo real. A su miserable existencia, como Psique la llamó. Pero de cualquier modo, esa última visita de la diosa le había dejado un poco frío, inquieto.
Temblorosamente se miró las manos pensando en sí debería ir a hablar con la diosa Athena.
¿Para decirle qué? ¿Lo mismo que Psique? ¿Lo evidente?
A pesar de haber nacido como una humana, Athena también era una diosa y aún con todos sus años de existencia, la deidad (como sus congéneres) seguramente le respondería a sus preguntas con versos y códigos, cuando lo único que Albafica buscaba era una respuesta sólida a sus dudas y temores.
«Mi deseo» pensó en lo que Athena le había dicho sobre el agua que Psique le había regalado, ¿y por qué Nyx le agradecía? ¿Qué le había dado Albafica sin darse cuenta?
¿Acaso aquellas dioses se habían ido sin nada? Lo dudaba. Al cien por ciento lo dudaba. ¿Entonces qué iba a pasar ahora?
Pasándose una mano por la cabeza, sintiéndose más perdido que nunca en su vida, Albafica dejó las escaleras protegidas del Santuario, regresando a su Casa. A pesar de que quiso entrar al Santuario y hablar con Athena, siguió sus instintos y bajó más allá, de Piscis a Acuario.
No le sorprendió ver a Kardia ahí.
—Hola —le saludó estúpidamente.
Albafica suspiró, ya estaba acostumbrado a ese tono imbécil de voz que presagiaba dolores de cabeza y deseos descomunales por empalar al Santo de Escorpio.
—Piérdete ―espetó.
Tanto Kardia como Dégel, quien estaba con él, alzaron las cejas ante el enfado de que Albafica expulsaba. Un enfado que lo corría de pies a cabeza.
—Wow, cuando me enteré que estabas irritado… no sabía que lo estabas tanto. ¿Qué rayos te pasó anoche? ¿Eh?
Los pasos de Albafica se detuvieron, ladeó la cabeza y lo miró de reojo. Estaba deseoso por borrar esa estúpida sonrisa de su cara que apenas podía contenerse.
Dégel pareció captar el peligro emanando de su colega de Piscis, pero Kardia no había nacido con ese sentido de supervivencia en su cabeza; ese que se supone que le debía de advertir sobre las amenazas de muerte a distancia que podría ocasionar picarle demasiado la moral o la paciencia a Albafica.
—¿Tan mala noche pasaste? ¿Necesitas un abrazo?
En silencio, Dégel quiso maldecir.
Aunque nadie hablase de ello, todos se daban una idea cercana de lo que la insinuación del contacto físico significaba para Albafica.
No era sorpresa imaginarse que el Santo de Piscis sufría en silencio por la condena de soledad con la que debía morir, nadie ahí era ignorante de ello pues antes de Albafica hubo otros santos consagrados a la doceava casa que ya habían declarado lo fría que era esa existencia. Lo cruel que podría llegar a ser mantenerse firmes como santos de Piscis debido a eso.
Por esa burla, Dégel quiso reprender a Kardia o darle un golpe, y lo hubiese hecho de no ser porque Albafica se le adelantó tomando el cuello del Santo de Escorpio, pegándolo con toda la rabia de su corazón a la superficie más cercana.
El material con el que habían sido creadas las Casas del Zodiaco no era blando ni fácil de quebrar. Albafica hizo un pequeño y preocupante hueco con la espalda de Kardia en uno de los pilares decorativos.
—¡Cierra la boca! —le espetó Albafica enterrando sus dedos lo suficientemente fuerte en el cuello de su compañero para extraer algo de la sangre de Kardia.
Kardia de Escorpio podría ser un guerrero que no se dejase llevar todo el tiempo por el sentido común, pero no era un debilucho, así que sin dejarse llevar por la sorpresa y el dolor, dio un fuerte rodillazo al costado derecho de Albafica para que éste lo soltara. Aunque ambos llevasen las armaduras, sus impactos eran lo suficientemente fuertes para combatir a puño limpio.
El ataque funcionó, pero momentos después Kardia fue golpeado de regreso en la cara por el puño del Santo de Piscis.
…
Agasha no era buena mintiendo, muy para su pesar, cuando Shion de Aries fue hasta ella pidiendo respuestas sobre lo ocurrido la noche de ayer, y ella trató de desligar su contacto con Albafica negando haberlo visto, él claramente se molestó ante esa respuesta y no dejó de verla con el ceño fruncido hasta que sacó la última gota de verdad en ella.
—Y eso pasó ―así terminó su relato.
Shion suspiró no muy seguro de conocer en dónde estaba metiendo sus narices.
—Ya veo. Así que pasó todo el tiempo contigo.
—¿Tiempo?
El santo pareció dudar un poco sobre si debía decirle toda la historia, pero al final lo hizo.
—No sabemos por qué, pero la diosa Psique le otorgó a Albafica un don. Un regalo, según ella —explicó—. Le ofreció veinticuatro horas de libertad, su sangre envenenada no tendría efectos hasta pasado ese plazo.
La chica entonces comprendió rápido por qué el señor Albafica siempre hablaba del tiempo.
—Nunca me lo dijo —musitó desanimada.
Y pensar que Agasha había creído que todo lo que le había dicho él ayer fue para alejarla.
No pudo ver más allá de sus intenciones. Realmente se había preocupado por ella y había salido rápido de su casa antes de que el tiempo se le acabara.
—A nadie le dijo lo que pensaba hacer —respondió Shion—. El punto es que hoy regresó al Santuario, en un estado de ira que nos preocupa.
—¿Ira? ¿Por qué?
—Esperaba que tú pudieses explicármelo, ¿no te dijo nada antes de irse?
Preocupada, Agasha bajó la cabeza.
—Cuando desperté ya no estaba aquí —se limitó a decir.
—Comprendo… supongo que no tienes que saber todo sobre él. Siempre ha sido muy reserva…
De forma abrupta, Shion paró su oración, se levantó de la silla y salió de la casa para mirar al horizonte donde se hallaba el Santuario. Del mismo modo, Agasha le siguió afuera, sintió un peso grande en su corazón.
Al mirarse mutuamente, Agasha se asustó. Pues ella no encontró tranquilidad en los ojos de él.
—¿Qué es esto? —susurró ella tocándose el pecho.
Un mal presentimiento la arropó y empeoró cuando Shion le contestó.
—La Guerra de los Mil Días —respondió consternado.
Abriendo los ojos descomunalmente ante esa información, Agasha sintió reseca su garganta ante la primera persona que tocó su mente.
Una explosión enorme rezumbó en el pueblo desde el Santuario, cosa que llamó la atención de varias personas que detuvieron sus actividades para mirar hacia esa dirección también.
—La Casa de Acuario —masculló mirando a Agasha—. Será mejor que vengas.
Al diablo con lo que pudiese ser robado, Agasha asintió sin dudarlo y dejó que Shion le tomase del brazo para transporlarla a los pies del Santuario, una vez ahí la tomó en brazos y corrió en dirección a la Casa de Acuario. Ella ignoró todo, el mareo ante tal viaje, el nerviosismo por ser cargada por el Santo de Aries y el miedo que le producía sentir un choque entre cosmos tan abismales.
Ella que era una chica ordinaria, no debería ser tan consciente de este tipo de sentimientos, pero lo era. Lo era porque en su corazón sabía que el señor Albafica estaba involucrado en este acontecimiento.
Ignoró todo sólo por la preocupación hacia su amado caballero, el cual estaba segura, era uno de los Santos Dorados involucrados en la temida Guerra de los Mil Días. Esa que aseguraba la muerte de uno de los Santos, esa que los 12 Guerreros debían evitar y el "vencedor" tendría que rendir explicaciones o ser castigado con la muerte.
«¡Por favor! ¡Por favor no haga algo de lo que se arrepienta!» rogó Agasha viendo la Casa de Libra vacía.
Seguramente todos los Santos disponibles habían acudido ante los escalofríos que les atacaba cada vez que un semejante peleaba con otro.
¿Y cómo Agasha sabía eso? Primeramente, en Rodorio no había muchos secretos con respecto a temas tan delicados como esos, y menos si se tenía en cuenta que los aldeanos debían alejarse lo más posible de la zona donde se suscitase tremendo choque de poderes si querían salir vivos para contarlo.
La chica oyó a Shion maldecir en un idiota distinto, su tono angustiado como irritado la puso en alerta.
—Le advertimos a Kardia que hoy, Albafica no estaba de humor para sus estupideces.
Agasha temió por ambos Santos, cerrando los ojos ante una ventisca de viento enorme que golpeó a ambos, más Shion no se inmutó ni dejó de correr.
Ella juntó sus manos y se las llevó a su pecho.
…
Costó un par de golpes y parte del techo del templo de la onceava casa, pero Dégel de Acuario y El Cid de Capricornio pudieron finalmente separar a Albafica y Kardia, los dos tenían heridas superficiales en las caras; Kardia sangraba un poco del cuello y de la boca, y Albafica ya tenía un moretón en el mentón, y sangre escurriendo de su nariz.
Luego, afortunadamente, se sumaron Dohko de Libra y Sisyphus de Sagitario para impedir que la situación se agraviara.
Dégel y Sisyphus retenían a Albafica y El Cid y Dohko se ocuparon de Kardia. Ambos se miraban con rabia desde sus respectivas esquinas, empedernidos por soltarse y volverse a golpear hasta que se cansasen o murieran.
Por un descuido de Sisyphus, quien trataba de entender a qué se debía tal pleito, Albafica logró soltarse de él y de Dégel para volver a la carga en contra de Kardia nuevamente. Cuando el santo de Escorpio estaba a punto de incrementar su cosmos para repelerlo, una repentina y violenta figura se interpuso.
Hasgard de Tauro, sin contemplación y con casi toda su fuerza, tacleó a Albafica antes de que éste pudiese llegar hasta con Kardia. Ambos Santos salieron volando en otra dirección debido a que el gran toro se llevó a su colega lo más lejos que pudo. En el piso Hasgard logró someter a Albafica aplicándole una llave, llevando sus brazos hacia atrás.
El Santo de Escorpio, por otro lado, respiraba agitado; notablemente adolorido del pecho.
—Dégel —lo llamó El Cid.
Entendiendo lo que debía hacer, el Santo de Acuario se acercó a su amigo viéndolo con enfado.
—Estarás contento. Nos dijeron que Albafica estaba muy volátil hoy, y tú vas y lo provocas —le reprendió, Kardia alzó los hombros.
—Ya sabes que no deben advertirme nada —respondió agitado, sonriendo divertido.
—Me importa un cuerno eso, tú vas a reconstruir mi casa.
—No jodas, el niño bonito empezó.
—Ya cierra la boca.
Alejando a Kardia de Albafica, Dégel dio la orden de llevarse al Santo de Piscis a su casa mientras él bajaba a Escorpio con su colega a tratar otro problema con el que Kardia tenía que lidiar.
—Vamos, niño —gruñó Hasgard deshaciendo su llave, Albafica tambaleó un poco y estuvo a punto de caer de no ser porque el gran caballero lo sujetó del brazo, pero lejos de ser agradecido, Albafica se soltó bruscamente de él—. Hey, cálmate. Sólo intentaba ayudar.
Sisyphus y Dohko vieron cómo Albafica se disponía a marcharse a Piscis por sí mismo. Pero para ponerlo todo peor, su Ilustrísima ya estaba cubriendo esa salida, mirando con toda su desaprobación el panorama.
Al no tener ninguna máscara, todos pudieron apreciar su enfado en todo su esplendor.
—En el nombre de Athena, ¿qué diablos acaba de pasar aquí? —exigió con voz grave.
Los ojos de su Ilustrísima cayeron sobre Albafica.
—Tú, ve al Santuario ahora —achicó su mirada haciendo fuerza en la última palabra—. La señorita Athena quiere verte. ¿Dónde está el otro? —se refirió a Kardia.
—Dégel se lo llevó a Escorpio —respondió El Cid.
El Patriarca Sage hizo un ademán de fastidio mientras veía cómo Albafica salía de Acuario sin decirle nada.
—¿Y qué fue lo que ocurrió?
—Por lo que sé —empezó Dohko—, Kardia lo molestó y Albafica no se sentía particularmente paciente el día de hoy.
—Una cosa es no ser paciente y otra es comenzar con un ciclo de sangre sin fin inútilmente. Todos ustedes podrán no estar en el mejor de los términos, pero la gran guerra contra Hades ni siquiera ha comenzado aún y ya hay disturbios entre ustedes de estas dimensiones. Es inaceptable —espetó el Patriarca—. El cosmos de Albafica sigue inestable —mencionó entre enojado y preocupado.
—¿Está bien que haya ido solo con la señorita en ese estado? —se preocupó Sisyphus.
—No lo creo, pero la señorita Athena sí y supongo que con eso deberá bastar —suspiró agobiado—. Alguien vaya a poner orden en Rodorio, todo esto con toda seguridad no pasará desapercibido por los pobladores y no necesitamos alarmar a la gente por nada. Al menos no todavía.
—Sí —respondieron todos los Santos a la vez, viéndolo marchar también.
Al irse Sage, todos los presentes se vieron a las caras antes de que Hasgard de Tauro hablase.
—Iré yo, no se molesten —ironizó viendo que ninguno de sus compañeros tenía ánimos de ir a Rodorio y explicar nada a nadie.
—Bueno, yo también me retiro —empezando a caminar junto con Hasgard, El Cid hizo una última observación—: algo pasa con Albafica, algo más allá de su sangre y su malhumor. ¿Al menos lo notaron?
Ninguno respondió hasta que Dohko asintió para la curiosidad de sus compañeros, incluso la de Hasgard que detuvo sus pasos para prestar atención.
—Todos estuvimos cerca de él. Sí.
—¿No se supone que eso no debía pasar? —preguntó esta vez el Santo de Sagitario, captando la idea.
Nadie supo qué demonios estaba pasando, menos cuando vieron a Shion arribando con la florista de Rodorio en brazos.
—Esto se torna cada vez más raro, avísenme cuando suceda algo interesante —pidió El Cid saliendo de la casa de Acuario sin detenerse a saludar a los recién llegados.
Agasha miró por todos lados encontrándose sólo con piedras caídas y unos cuantos baches en el suelo del templo.
—Si lo buscas a él, ahora mismo está siendo reprendido en el Santuario.
Con eso Hasgard también se retiró, pero hacia Rodorio.
—Hey, Shion… no quiero ser grosero pero, ¿por qué la trajiste? —quiso saber Dohko viendo a la chica.
—Porque Albafica no irá por ella y no creo que este templo resista otro encuentro así. Por un segundo pensé que llegaría tarde.
—Nah… mientras todos tengamos motivos para detener una lucha innecesaria, no pienses que llegarás sólo a recoger un par de cadáveres.
—Eso espero.
Ajena a la conversación de los hombres, Agasha tragó saliva, viendo anonadada todos los despojos a su alrededor, los rastros de una lucha corta pero muy intensa.
«Señor Albafica».
…
Por otro lado, muy lejos del disturbio y caminando seductoramente hacia su punto de encuentro, Psique llegó a los Campos Elíseos, riendo por lo que había hecho.
—¿Qué te resulta tan gracioso? —preguntó Nyx sin inmutarse ante lo que había visto en el Santuario.
Su vista lo podía todo, y aun si Athena no se daba cuenta, la poderosa diosa primordial podía saber todo lo que ocurría con el Santo de Piscis y todos a su alrededor incluyéndola a ella misma. Pobre diosita boba de la guerra, creía tener conocimientos básicos para sobrevivir pero la muy ingenua no sabía que Nyx la tenía bien vigilada mientras su Templo en la Tierra estuviese bajo su ojo nunca eludible de la oscuridad, que rodeaba al diminuto planeta.
Así como Nyx podía mantener vigilado a Hades y al estúpido de Poseidón, así podría hacerlo con esa pequeña que jugaba a la guerra contra su propio Panteón.
De ser más listos, Poseidón, Hades y Athena dejarían de atacarse entre ellos y comenzar a invadir otros Panteones más debilitados por el tiempo, falta de seguidores y dioses despiertos o activos, como el sumerio y el egipcio, por ejemplo.
Nyx se sentía rodeada de idiotas, cosa que la estresaba.
—Hice algo malo —respondió Psique a su pregunta, sentándose al lado de la diosa oscura—. Bueno, básicamente lo que usted me pidió.
―¿Estás segura que hiciste sólo lo que te pedí?
―No dije eso. ―Nyx la miró con los ojos entrecerrados―. Bueno no exactamente pero el final será el mismo, lo aseguro.
―¿Por qué no lo juras? ―preguntó Nyx con una sonrisa retadora.
Ante esa idea, Psique hizo una mueca.
―Usted realmente me quiere muerta, ¿verdad?
―Te aprecio mucho ―dijo Nyx―, pero admito que no confío mucho en tu palabra.
―Sólo hice unos cuantos movimientos innecesarios, pero le aseguro que tendrá lo que quiere.
—No se hace un buen omelette sin romper un par de huevos —recitó Nyx ante el dicho que pronto se formaría entre los humanos.
Soñadora sonrió pero Psique frunció el ceño.
—Mi señora, a veces no entiendo lo que me quiere decir, ¿qué es omelette?
Al no ser una diosa que pueda ver el futuro ni nada relacionado a él, Psique no podía entender cuando Nyx hablaba tomando como referencia las cosas futuristas. A veces Nyx olvidaba ese detalle cuando hablaba con ella.
—Lo sabrás en cien años más ―le respondió.
Haciendo una mueca de desagrado ante su respuesta, Psique vio a la diosa de tez oscura pararse de su sitio en el frondoso páramo verdoso. Mirando el agua cristalina y brillante de color azul, ir sin parar hacia el lago en una corriente hipnótica.
En fin, sólo por ser Nyx, Psique no insistiría en saber qué era ese tal omelette. ¿Animal, vegetal o mineral? La diosa supuso que podría esperar cien años para saberlo.
—Bueno, quizás usted tenga razón. El Santo de Piscis ya ha explotado.
―¿Qué hiciste, Psique? ―inquirió Nyx con cierta desconfianza.
―Nada ―canturreó juguetona―. Sólo hice lo drástico pero necesario. Fue cómo abrir un capullo a la fuerza pero ya está colaborando por fin. Athena ni siquiera sabe que pude entrar al Santuario sin que ella o su Patriarca lo notasen.
—Eso es porque tú eres tan insignificante como un ratón —Psique al oír eso infló sus mejillas con irritación, pero siendo sensata, no dijo nada—. Además, no te vanaglories tanto. Con cada reencarnación el poder de Athena se debilita —declaró Nyx con severidad—, no pasará mucho antes de que su poder sea equivalente al cuerpo con el que nace.
—Será una pena para ella cuando eso ocurra.
—Sin duda, pero ella ya lo sabe.
—¿Será un nuevo nivel de estupidez?
―No sé, tú dímelo.
―¿Yo? ―Psique lo meditó por un rato antes de soltar aire con indignación―. ¡Ese comentario fue cruel!
―Después de los diez segundos que tardaste en entenderlo no creo que debas ofenderte tanto.
―Mmm ―sabiamente Psique no refutó contra eso―. ¿Y qué pasará con Albafica y la chica? ¿En serio es necesario…?
—Sí, era necesario, aún si Athena se molesta; es mi decisión lo que ahora ocurra con sus vidas —dijo Nyx tajantemente—. Además, esto sería un pequeño precio a pagar por el obsequio que se le hizo al Santo de Piscis.
—¿Y qué pasó con eso del libre albedrío? —Psique sonrió divertida.
—Chorradas mortales. Sólo quiero algo bueno por todo lo que he hecho, no creo que sea mucho pedir.
Riendo ante su respuesta y encendiendo el plateado de sus ojos, Psique alzó las manos al cielo.
—¿Entonces puedo proseguir?
Nyx estuvo indecisa sobre si dejar a Psique cobrar el obsequio al humano, después de todo, lo que estaba a punto de tomar no era algo de Albafica específicamente; pero tampoco es como si se lo fuese a quedar por toda la eternidad, además, con Psique formando una unión más afianzada a ella, Nyx no podría seguirle los pasos, o ver ni prever lo que ocurriría en el mundo humano una vez que fuese por segunda vez.
Un punto igual de especial era esa humana. Ella también estaba siendo apartada de su visión del futuro, cosa que le preocupaba a la deidad de la noche. Le inquietaba un poco ya que su habilidad de predecir los tiempos venideros no se nublaba a menos que estos hechos fuesen de gran importancia, sobre todo para ella misma. El tiempo era inestable, más si se hablaba del futuro.
La diosa se lo pensó mucho antes de responder con un poco de resignación. Sin demostrarle a Psique que algo de todo esto le estaba poniendo nerviosa.
—Sí.
Si Hades hubiese presenciado el poder que Psique estaba conjurando con el permiso de Nyx, se habría meado en los pantalones antes de huir con la cola entre las patas, y más aún si supiese los planes que Psique tenía en mente.
El pobre imbécil estaría implorando a los gemelos Thánatos e Hýpnos que lo defendieran de las diosas. Porque aquí entre nos, si hablábamos de desastres ocurridos por dioses y ocurridos por diosas, estaba claro que las féminas tenían una experiencia de temer a la hora de causar desgracias a otros.
…
Sasha miraba preocupaba a Albafica, aunque este se hallaba arrodillado frente a ella con la cabeza baja esperando un merecido regaño, ella no presentía remordimiento en su corazón. Al parecer no se arrepentía por haber peleado con Kardia, con un compañero.
—Albafica, tomaste el agua otorgada por Psique. Bajaste a Rodorio y por lo que sé también has comenzado una batalla contra Kardia. ¿En algo me equivoco?
—No, mi señora.
—¿Hay algo que deba saber sobre este comportamiento? Puedo sentir una alteración en tu cosmos, me preocupa.
Albafica no dijo nada.
―Entiendo si es tu deseo guardarte algunas cosas para ti mismo, pero debes entender que todos aquí somos aliados, no enemigos.
―Lo entiendo, y lamento mi comportamiento.
No era cierto.
De hecho Albafica había sentido una gran satisfacción mientras y después de golpear a Kardia. Aunque entendía que su comportamiento era reprobable, Albafica entendía el punto de su diosa.
―Escucha, sal un poco del Santuario; se ve que necesitas unas horas para ti y…
―Ya he descuidado mis obligaciones mucho tiempo ―la interrumpió―, aunque agradezco su gentileza.
―Albafica ―los ojos verdes de Sasha brillaron con compasión―, de acuerdo. Regresa a tu templo.
―Sí ―se levantó e hizo lo ordenado.
Sasha suspiró al verlo ir. Algo en su pecho se inquietó, algo estaba en el aire y no le gustaba.
…
Por mucho que Agasha le había insistido a Shion, no había logrado que el Santo de Aries la dejase ir. Según él, era mejor que Albafica la tuviese cerca por si acaso volvía a descontrolarse, pero ella conocía bien al señor Albafica y sus sentidos le exclamaban porque se fuese. Qué no permaneciese más ahí, donde no pintaba nada realmente.
Había sido amante del Santo de Piscis por pocas horas. Nada estaba reteniéndola a irse porque hablando con seriedad, ellos dos no eran nada.
«Se molestará en cuanto me vea» presagió con miedo, «pensará que sólo estoy metiéndome donde no debo y se enfadará por eso», o peor, quizás crea que Agasha se siente su dueña o su amante de por vida sólo por haber pasado la noche juntos.
Lo último que ella deseaba era enfrentarlo enojado, no sabría cómo mirarlo a la cara y decirle "me preocupé por usted".
Shion le había pedido esperar en las escaleras de la Casa de Piscis, la escalinata que la unían a Acuario; del otro lado estaba el gran camino de flores venenosas que cubrían el sendero hasta el Santuario, flores a las que por cierto; Agasha no iba a poder acercarse nunca. Pero la buena noticia era que a esa distancia, de una entrada a otra, Agasha se sintió lista para poder correr hacia Rodorio por si acaso.
Sentía su corazón muy inquieto, por eso mantuvo su mirada fija hacia Acuario y no hacia el camino de flores.
―Albafica ―oyó al señor Shion a sus espaldas. La voz del imponente hombre hizo eco.
―No estoy de humor para tu mierda, Shion.
Pocas veces Agasha lo había oído tan molesto, ahora sabía a qué se refería el señor Shion con lo de "estar fuera de control".
―¿A dónde crees que vas? ―preguntó Shion.
Agasha se levantó rápido y sin voltear apretó las manos sobre la falda de su toga.
"Huye, huye" le decía su instinto. Pero estaba segura que ya era tarde, seguramente la habría visto.
Sus piernas no se movían, sus pulmones comenzaban a olvidar cómo trabajar a la vez que su corazón aceleraba su paso.
―¿Qué haces tú aquí?
Tragando saliva, Agasha miró atrás para encontrarse a la figura más tenebrosa como exquisita que ella alguna vez habría visto. En definitiva, él estaba enojado.
―Se-señor Albafica…
―Viene conmigo ―respondió Shion―, hablaba con ella cuando de pronto oí tu alboroto.
―¿Y se puede saber por qué la trajiste a mi casa?
Enfado, ira, cólera… ¿cómo describir lo que Agasha sentía provenir de él? Ella no esperaba una bienvenida grata o siquiera una sonrisa, ni una mirada lastimera. ¿Pero por qué tal rechazo? ¿Por qué?
―Sé que no estás de humor, pero tampoco seas tan cruel ni maleducado —dijo Shion protegiendo a Agasha del malhumor de Albafica, incluso camino hacia ella para ponerle una mano sobre su hombro e incitarla a acompañarlo hacia el sendero de flores, las cuales se habían abierto paso tanto para el santo como para ella que todavía estaban en Piscis—. Y no la traje a tu casa sino al Santuario. La señorita Athena me lo ordenó. Estábamos esperando a que tú terminases de hablar con ella y su Ilustrísima, por lo que decidimos esperar aquí. Si tienes algún problema con ello ya sabes dónde puedes discutirlo ―respondió Shion rápidamente encubriendo a la perfección su cuartada.
Shion enfrentó la mirada iracunda de Albafica. Suspiró.
―Escucha no tengo idea de qué demonios pasa contigo, pero si su Ilustrísima no ha dado órdenes al respecto, no pienso pedirte explicaciones. Sólo evitar matar a alguien de este recinto, ¿quieres? Vámonos, Agasha —le dio un segundo apretón para invitarla a acompañarlo.
Ella no encontró el valor de responder, sólo bajó la mirada reteniendo las lágrimas producto de sus emociones haciendo colisión en su corazón. Se limitó a seguir al señor Shion, dejando a Albafica atrás, Agasha exhaló aire lentamente.
Pero de pronto, sintiendo sorpresivamente un viento helado envolviéndola, detuvo sus pies.
Estática vio al señor Shion girarse rápido y mirarla con asombro, como si hubiese presentido algo.
Agasha iba a preguntarle si todo estaba bien, más su voz no salió. Lo que salió de su pecho, y ella misma pudo verlo, fue la cabeza de un enorme pájaro hecho de humo negro que llevaba en su pico una esfera de luz azulada que brillaba tenuemente como una vela.
Al atravesarla por completo, el pájaro se levantó en vuelo hacia el techo con la esfera firmemente aferrada en su pico, Agasha al mismo tiempo dejó de pensar, de temer y de respirar.
—CONTINUARÁ—
Hubo cambios en este capítulo. Desde la pequeños datos en la ubicación de la conversación de Agasha y Shion, hasta la propia pelea entre Kardia y Albafica. Estoy enteramente satisfecha con las modificaciones y espero que hayan sido de su agrado.
Gracias por leer y espero terminar de subir el fic en los primeros meses del próximo año.
¡Feliz próspero 2020!
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