Sirius era hombre muerto, de eso no había discusión alguna y si Remus no acababa con él, entonces lo haría él mismo. Tomaría su varita, se apuntaría con ella y pronunciaría la más letal de las maldiciones. Se lo merecía, realmente lo hacía y no había nadie en todo el universo que pudiera decir lo contrario, porque él, de todas las personas, había perdido a Harry Potter de seis años en el jodido mundo muggle.
«Perdido» era un decir. Podría haber sido raptado, secuestrado por cualquiera y delante de sus propias narices. Había estado haciendo algunas compras, pasaron tres segundos de distracción en los que apartó la mirada del niño quien caminaba a su lado, sujetando la orilla de su camiseta, luego había habido mucha gente y finalmente Harry había ido, casi como si se hubiera aparecido de allí. Lo que era una locura porque de nuevo tenía sólo seis años.
Y él iba a morir.
El pequeño nunca se apartaba de él, nunca le soltaba. Harry era pequeño pero comprendía que, a veces, sus padrinos eran sobreprotectores por una razón y por lo mismo era la primera vez que algo así ocurría, así que Sirius realmente no sabía que hacer. Había mirado en todas direcciones, pero era un poco difícil dada la cantidad de gente que había en el distrito comercial. Había regresado a cada tienda que habían visitado, preguntando por él y cuando volvió al punto de partida ya estaba desesperado y a punto de llorar. Jamás había estado tan angustiado.
Por supuesto, su primera idea inmediata en medio de la crisis fue contactar con Remus quien debía estar en clase, pero se detuvo porque lanzar un patronus con su voz sonando tan mal como sabía que sonaría, sólo empeoraría las cosas, así que se detuvo e intentó calmarse, pensar. Era un jodido auror, seguro que podría hacer algo que no involucrarse llanto, pero le costaba tanto trabajo concentrarse. Estaba hablando de su niño al fin y al cabo. No del niño de alguien más, el suyo y eso ya volvía el asunto muy diferente.
Canuto mordió su labio interior e intentó respirar profundamente. Ya había hecho lo que todo muggle habría hecho en su posición, así que era hora de empezar a actuar como un mago. Podría actuar de dos maneras; la primera de ella, tratar de rastrearlo mediante magia o usar su olfato de sabueso para seguirle la pista. En cualquiera de los dos casos, un acto inútil si alguien se lo había llevado y se había aparecido de allí, pero cuando llegara a ese punto ya pensaría en algo más.
Sirius caminó presuroso lo más alejado posible de las calles concurridas y se refugió en un callejón solitario donde sus únicos testigos serían un par de cajas medio rotas y bolsas de basura. Sin perder mucho tiempo, tomó su forma de perro y al instante salió disparado en dirección al lugar donde vio a Harry por última vez. No fue fácil, las piernas de las personas eran más estorbosas de lo que recordaba y él era un perro demasiado grande como para pasar desapercibido. Algunas personas incluso lo detuvieron para ver su placa —una que no tenia, por supuesto—, para ver si se había perdido y él había tenido que gruñir para alejarlos. Eso, sumado a la cantidad de olores en el lugar fue difícil encontrar un rastro.
Pero no imposible.
Lo encontró. El aroma del niño se dirigía hacia el norte y él lo siguió desesperadamente, tan rápido como sus patas peludas se lo permitieron. Era una suerte que estuviera en forma por el entrenamiento, pero también que la adrenalina corriendo por su cuerpo le mantuviera completamente activo. Todos sus sentidos enfocados en encontrar al niño que había jurado proteger con su vida y al que tendría de vuelta salvo y sano así tuviera que pasar el resto de la eternidad en Azkaban. No permitiría que nadie, nadie, pusiera un solo dedo sobre él.
Después de un momento de frenética velocidad, la vista de un parque apenas habitado se abrió frente a él. Había frondosos árboles en todas partes y risas de niños viniendo de todas direcciones. El rastro de Harry estaba en la zona, flotando fresco como las flores creciendo en una de las jardineras alrededor de la estatua principal, al centro de la plaza. Sirius se colocó tras un árbol y volvió a su forma humana sin tanto cuidado como al principio. Si algo malo estaba ocurriendo entonces necesitaría su varita y como un perro utilizarla sería posible.
Su corazón latía con fuerza y las manos le sudaban mientras el rogaba, imploraba a todos los cielos que Harry estuviera bien. Que todo se tratase de una tontería, algún mal entendido y con ese pensamiento, salió de detrás del tronco que lo cubría y se decidió a avanzar. Hasta que la risa de Harry le hizo detenerse muy cerca de la zona de juegos.
Los ojos de Black encontraron a su ahijado con tanta facilidad que parecía una broma. Estaba cerca del tobogán, con los pantalones llenos de tierra en las rodillas y la cara y no estaba solo, por supuesto que no, estaba en compañía de Draco Malfoy por alguna razón que Sirius desconocía. Ambos hablaban y parecía que se divertían, debían estarse divirtiendo si Harry se había olvidado de él, de su autoridad, y de la única regla que tenían a la hora de salir: no separarse.
Canuto ya no estaba preocupado estaba enojado.
Sirius transformó su alivio en furia de un segundo a otro. Estaba feliz de que sus plegarias hubieran sido escuchadas y de que Harry estuviese sano y salvo. De que todas sus suposiciones trágicas se hubieran quedado en eso, suposiciones, pero no podía negar que le encolerizaba la situación. Él había estado a punto de morir de ansiedad y tal vez el niño no lo comprendiera todo, pero Black tendría que hacerle entender, con mucho pesar.
—Parece que te estás divirtiendo, Harry —le dijo a su ahijado y jamás había usado un tono de voz tan frío con él. La sonrisa juguetona se evaporó del rostro del infante y en su lugar, llegó la preocupación. Sabía que había hecho mal—. Nos vamos casa.
—Pero tío, estamos jugando —intervino Draco, como no comprendiendo la situación. O tal vez lo hacía y no le importaba.
—Harry está castigado —fue todo lo que dijo y por un instante realmente se odió, sonaba exactamente como esos padres que él juró jamás sería.
—Perdón Dadfoot —se disculpó el pequeño con angustia —yo vi a Draco y lo seguí —explicó, pero explicar las cosas y disculparse no eran suficientes, no en esa ocasión.
—Sabes que es peligroso estar solo. Tenemos un trato, cuando salimos no puedes alejarte de donde estoy —le recuerda y está siendo un poco severo.
—Mamá estaba con nosotros —dijo el rubio, como si eso solucionara todo.
—Ese no es el punto —respondió el adulto, aunque si le tranquilizó un poco escuchar eso—. Hay cosas que Harry no puede hacer y que no debe hacer, así que nos vamos a casa y vamos a hablar.
Los ojos verdes de Harry se llenaron de lágrimas volviéndose brillantes.
—¡Lo hiciste llorar! —exclamó Draco abrazando a su pequeño amigo.
—Es suficiente, Draco —dijo entonces la voz de Nacissa, de repente. Sirius vio que llevaba un par de manzanas de caramelo en las manos—. Lo siento, Draco dijo que habían pedido permiso.
El mencionado agachó la cabeza y susurró:
—Perdón por mentir.
Sirius suspiró. De repente, más que enojado, se sentía cansado.
—Nos vamos, Harry —repitió y el niño se apartó voluntariamente del rubio para caminar hasta su lado.
—¡Por favor, no lo castigues! ¡Yo mentí! —Dijo Draco con ojos suplicantes e infantiles—. Yo le dije que viniera.
—Pues entonces los dos estarán castigados —dijo Narcissa y la cara de su hijo se puso roja. Era obvio que quería reclamar pero lo soportó con orgullo—. No hay televisión, dulces o salidas para ti —sentenció con voz tranquila y estoica. Sirius realmente la admiró en ese momento—. Ahora discúlpate apropiadamente con tu tío.
—Lo lamento —dijo.
—Yo también —se incluyó Harry.
—Bien —concluyó Sirius y tomó a su ahijado de la mano—. Nosotros nos retiramos.
Draco y Harry se miraron una última vez y comenzaron a llorar silenciosamente mientras los apartaban. Era esa la razón principal por la que Sirius no permitía que pasaran tanto tiempo juntos. Su sobrino no era un mal niño, pero tampoco era bueno, no como Neville Longbottom, por ejemplo. Siempre estaba haciendo cosas como esas, cosas que él no veía como malas hasta que le regañaban y de paso, arrastraba a Harry a los problemas. Juntos eran como una bomba, a veces divertida e inofensiva, llena de confeti. Otras, desastrosa como en ese instante.
En cualquiera de los casos separarlos no era la mejor opción. Remus decía que la compañía del otro les ayudaría a crecer como personas y de todas formas ya eran amigos, lo eran desde los tres años. Amigos de esos inseparables, amigos de los que hablas sin parar al llegar a casa y con los que pides pasar el rato cada fin de semana o algunos días después de la escuela. Amigos aunque a Sirius no le gustara del todo.
Aún tenía la esperanza que de mayores tuvieran otros intereses y se distanciaran.
Potter y Black arribaron al número doce de Grimmauld Place por medio de la aparición un momento después. Harry ya no lloraba pero tenía el rostro hinchado a causa de ello. Las comisuras de sus ojos estaban enrojecidas, pero no había soltado un solo suspiro, probablemente porque sabía que había hecho mal y no tenía el derecho. Sirius soltó su mano y se arrodilló frente a él con gesto tranquilo.
—Sabes que tengo que castigarte, ¿cierto? —le preguntó y el niño asintió como con expresión demasiado madura para su edad.
—No volveré a hacerlo.
—Lo sé y espero que entiendas que es por tu bien. Ahora dime qué fue lo que pasó.
—Vi a Draco salir con su mamá de una tienda y fui con ellos. Se me olvidó avisar. Luego dijeron que iríamos al parque y nosotros dijimos que ya había pedido permiso porque pensé que no me dejarías quedarme un ratito.
—De acuerdo —suspiró—, gracias por decir la verdad.
El pequeño sorbió por la nariz.
—¿Estás enojado conmigo?
—Un poquito. Pero porque hiciste que me preocupara mucho.
—¿Estás enojado con Draco? —preguntó y Sirius parpadeó sin entender muy bien a que venía eso—. Él sólo mintió para que pudiéramos jugar.
—Pero mentir está mal y lo sabes —Harry agachó la mirada—... No estoy enojado con él. Sin embargo, no vamos a visitarlo por dos semanas, ¿entendido?
—Sí.
—Ahora ve a tu habitación, te llamaré cuando Kreacher tenga la comida lista.
Harry se fue como derrotado hacia el corredor y subió las escaleras, lentamente. Sirius lo vio marcharse con el corazón en un puño y mucha angustia en el pecho. Remus apareció por la chimenea minutos después, como hacía cada tarde para comer con ellos.
—Wow, que horrible cara —le dijo.
—Gracias por eso, Lunático —se saludaron con un beso en los labios.
—¿Qué ocurrió? —le preguntó dejando su túnica en el perchero al fondo del salón.
—Harry se separó de mí mientras hacíamos las compras para irse a jugar con Draco. Casi me da un infarto cuando no lo encontré y tuve que castigarlo... Es la primera vez que lo castigo.
—Bueno, es parte fundamental de su crecimiento. Entre más grande, más errores cometerá y más sanciones tendremos que aplicar —dijo con simpleza, como si no fuera nada—. Además, siendo hijo de James y tu ahijado, dudo mucho que nos de tranquilidad por mucho más tiempo.
—Pero lo hice llorar y ni si quiera le grité.
—Por supuesto que lloró, sabía que había hecho mal.
—Pero...
—Sirius —le dijo sujetando su rostro entre sus manos—. No has hecho nada malo. Educarlo es parte de nuestro trabajo. Si no lo hiciéramos, entonces probablemente estaríamos malcriándolo. ¿Recuerdas a su primo? ¿El niño Dursley? No quieres uno así, ¿cierto?
—Cierto... No sé qué haría sin ti, Remus.
—Morir, probablemente —le respondió con una sonrisa juguetona—. Llama a Kreacher y a Harry, pondré la mesa.
Sirius asintió con el pesar en su corazón desvaneciéndose sólo un poco. Sabía que Remus tenía razón pero no podía evitar sentirse mal. No quería ni imaginar lo que sentiría cuando Harry hiciera algo realmente grave y él tuviera que reprenderlo. Probablemente no tendría la fuerza, pero que hasta ese momento llegara —en su adolescencia probablemente— no pensaría en ello. Mientras tanto Harry seguiría siendo su bebé.
