Capítulo 15: Guerra (parte 3)
-¡Saito!-gritó Louise, estirando su mano como si intentara alcanzar a su lejano familiar, el mismo que tan temerariamente se había lanzado al combate contra el monstruo de pesadilla que era ahora lord Wardes. Montada a lomos de Sylphid, había observado largo rato el enfrentamiento del pequeño dragón metálico contra el horror indescriptible que pululaba por el campo de batalla. Era como ver a un gato tratando de golpear a una mosca, minúscula en comparación, mientras revoloteaba alrededor del ser que necesitaría solo un zarpazo para terminar con su frágil existencia. Y un solo golpe había sido necesario para destrozar el avión, provocando que comenzara a caer directamente al suelo.
En cuanto vio el impacto, el corazón de Louise se encogió en su pecho. Durante una fracción de segundo, fue como si hubiera sido ella la que hubiera recibido el golpe, destrozando el interior de su cuerpo como un millar de pequeños cristales, dejando detrás solo su fría carcasa. De no haber estado Kirche con ella, Louise sintió que se hubiera caído de la dragona en ese instante.
Pronto, su desesperación la hizo abocarse al vacío, en un intento de acudir al rescate de su querido familiar, si bien estaba claro que nada había que ella pudiera hacer en su situación. Podría haberle pedido a Tabitha que fuera a salvar a Saito, pero estaban demasiado lejos, y Wardes demasiado cerca. Aunque hubiera sido lo único que Louise hubiera podido hacer, el pánico le impedía pensar racionalmente, por lo que simplemente trató de saltar tras de Saito, como si creyera poder volar por sí misma y acudir en su ayuda más rápidamente de lo que una dragona de viento podía ir.
-¡Louise, no!-exclamó Kirche, sujetando a Louise para evitar que esta se cayera. A pesar de su pequeño tamaño, la joven maga se debatía con ahínco y amenazaba con tirar del lomo de la dragona a las dos, pero la maga pelirroja se negó a soltar a su compañera-. ¡Louise, basta! ¡No hay nada que podamos hacer!
-¡NO, DÉJAME!-exclamó Louise, con lágrimas en los ojos. No quería pensar que todo estuviera perdido. ¡Algo debía de haber que pudieran hacer, lo que fuera! ¡Cualquier cosa menos quedarse mirando cómo…cómo…!
Dejando tras de sí una densa estela de humo, el avión continuó su veloz descenso ante la cada vez más horrorizada mirada de Louise. Veía precipitarse no solo la única esperanza de Tristain de vencer al monstruo que era Wardes, sino también a la única persona a la que había llegado a amar de aquella manera. Saito, el hombre que había aparecido en su vida sin previo aviso y había puesto su mundo del revés, comandaba el amasijo de hierro y fuego que en pocos segundos acabaría hecho trizas contra el suelo. Y ella, desde las alturas, solo podía verlo morir mientras gritaba su nombre, tratando desesperadamente de hacerse oír a través del viento y la distancia.
-¡SAITOOOOO!-gritó, cuan fuerte pudo, mientras sentía su garganta arder y su corazón romperse.
El avión estalló en medio de una considerable bola de fuego y humo, acallando el grito de Louise.
Con ojos abiertos de horror y desesperación, Louise observó cómo los restos del avión se perdían en la lejanía, cayendo más allá de lo que la joven alcanzaba a ver. A pesar de ello, su mente apenas registraba nada de lo que veía u oía, ocupada en repetir un mismo pensamiento en su cabeza como si ya no hubiera nada más.
Saito…había muerto.
Saito…ya no estaba.
Saito…se había ido para siempre.
A pesar de su congelada expresión de conmoción, las lágrimas no dejaron de brotar de sus ojos, mientras permanecía inmóvil observando cómo el humo se dispersaba, borrando todo rastro de lo sucedido en el campo de batalla. Louise, pero, no dejaba de rememorarlo una y otra vez, como si su mente se hubiera atascado en ese breve momento de su vida, incapaz de enfocarse en nada más. Ya no sentía nada, ni el frío aire contra su piel, ni su pelo alborotándose con el viento, ni los brazos de Kirche rodeando su cuerpo en un intento de consolarla. Ya…no sentía nada más que dolor y pesar.
Con un rugido que sacudió a todos los que lo oyeron, Wardes reemprendió su marcha. El descomunal behemot comenzó a avanzar una vez más hacia las líneas tristanas, provocando que sus defensores gritaran espantados y se hicieran oír hasta las alturas donde se encontraban las tres magas. Los pasos de aquel ser, estruendosos como el retumbar de los truenos, marcaban el inexorable avance de Wardes hacia su objetivo final, haciendo temblar el suelo y sacudiendo tanto el cuerpo como el coraje de los desdichados que debían enfrentarse a aquel monstruo desde el suelo. Los caballeros y guerreros que todavía se encontraban en el campo de batalla no tardaron en dar media vuelta y correr, tratando de regresar a su bando antes de que el monstruo los destruyera, ya fuera pisándolos como a insectos con sus impresionantes patas, o hundiéndolos en las profundidades de la tierra después de que alguno de sus pasos la hubiera abierto y generara fisuras que se tragaban a hombres y monturas como si nada.
Nada de esto, pero, importaba ya a Louise. No sentía el menor ápice de fuerza en su cuerpo, casi como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos. Se sentía terriblemente aturdida, como si los sonidos se encontraran amortecidos y su visión borrosa, aunque eso tal vez fueran las lágrimas que anegaban sus ojos. Ya nada sentía, y nada le importaba. Saito estaba… Saito se…
-¡Louise, reacciona!-le gritó Kirche, tratando de revivir el muerto espíritu de su amiga, sin demasiado éxito. Ignorando las lágrimas de sus ojos y el dolor de su pecho, Kirche apretó los dientes y siguió tratando de sacar a Louise de su estupor-. ¡Maldita sea, Louise la Cero! ¿Por qué no puedes escucharme por una vez en tu puñetera vida? ¡TIENES QUE DESPERTAR, MALDITA SEA!
-Kirche…-dijo Tabitha, a sus espaldas, pero por una vez Kirche ignoró a su peliazul amiga.
-¿Crees que eres la única que sufre? Darling… Puede que no me importara de la misma manera, ¡pero también era amigo mío!
Las manos de Kirche sacudían el cuerpo de Louise, quien a pesar del vaivén de su cabeza seguía sin reaccionar. Su mirada, antes luminosa y fiera a su propio y orgulloso modo, ahora parecía apagada y oscura, como si nada más viera que un vacío oculto a cualquier otro mortal salvo a ella. Kirche empezó a desesperarse. Sentía que si no conseguía salvar a Louise pronto, terminaría perdiéndola a ella también, y eso era algo que no estaba dispuesta a permitir. Tal vez en la escuela fueran rivales, y a menudo el orgullo y la altivez de Louise la molestaran considerablemente, pero entendía que ese carácter y esa mentalidad suyos nacían más de su crianza en el elitismo y la nobleza tristana que no genuina maldad o desdén por su parte. Sabía que la joven podía salvarse si simplemente alguien le daba la oportunidad de salir del caparazón en el cual el mundo la había obligado a refugiarse, y por su madre que no estaba dispuesta a permitir que Louise terminara sepultada en él. ¡La sacaría de nuevo a la luz, aunque tuviera que arrastrarla por el pelo!
-Louise… por favor…-dijo Kirche, tomando a Louise por los hombros y mirándola a los ojos. Veía su desesperación reflejada en los apagados orbes de la joven tristana, pero no el fuego que tanto la había caracterizado en el pasado. ¿Qué podía hacer?-. Sé que es duro…y que duele… Pero… ¡tienes que ser fuerte! ¿Crees que esto es lo que hubiera querido Saito de ti?
Por un momento, la mención del nombre de su familiar pareció hacer reaccionar a Louise. Apenas había sido un breve chispazo de luz, pero algo había aparecido en la fría mirada de Louise, como si algo en sus apagadas ascuas hubiera crepitado y cogido fuerza. Viendo algo de esperanza para ella, Kirche trató de avivar esa pequeña llama antes de que se apagara de nuevo.
-Él te amaba, Louise, y sé que tú le amabas a él. ¿Crees que querría que su muerte terminara por apagar tu espíritu?-la increpó Kirche, con renovado vigor-. ¡No me jodas! ¡Tú eres mucho más fuerte que esto! Te he visto superar cada reto que la vida te ha lanzado a la cara, resistir cuantas burlas y desafíos te he puesto delante, y siempre te has mantenido con la cabeza alta en todo momento. ¡No por tu nobleza, no por tu sentido del deber, sino porque simplemente tú eres una luchadora, Louise! No te escondes ante la adversidad, ¡la enfrentas de frente! ¿Quién, aparte de ti, se mantendría altiva durante dos años en una academia de magia para nobles, incluso cuando todo intento por usar tu magia termina en explosión? ¿Quién, aparte de ti, resistiría las burlas y la desazón y se mantendría batallante incluso en las peores circunstancias? ¿Quién, aparte de ti, seguiría luchando incluso cuando todo estaba perdido?
Las lágrimas volvieron a circular por los ojos de Louise cuando las sombras de su mirada se disiparon. Ante ella se encontraba Kirche, su eterna rival, sujetándola más cerca de lo que nunca las dos habían estado, diciéndole cosas que nunca le había oído decir y llorando como nunca la había visto hacer antes. Ante ella, Kirche le mostraba un lado de sí misma que nunca antes había mostrado a nadie, un lado apasionado que nada tenía que ver con la "ardiente pasión" de la que siempre había hecho gala en la academia. Allí, en el peor momento de su vida, su rival la mantenía a flote aun a costa de sus propias emociones, provocando que sus morenas mejillas brillaran con las lágrimas derramadas de pena y emoción. Su corazón, roto y desgarrado por la pérdida de Saito, seguía latiendo a pesar de todo, movido por las palabras de Kirche.
-¡Tú eres más fuerte que esto, Louise! ¡Eres Louise de la Vallière, la maga más cabezota y orgullosa que jamás he conocido! ¿Quieres hacerme creer que te vas a rendir tan pronto?
-…yo…no…-dijo Louise, débilmente.
-¡Te he hecho una pregunta! ¿Vas a rendirte tan fácilmente?
-No…
-¡Grítalo, maldita sea! ¡Que te oiga ese desgraciado de Wardes!
-¡No!
-¡MÁS FUERTE!
-¡NO! ¡NO, no, no, no!-gritó Louise, todo lo fuerte que podía, liberando todo el dolor que llevaba acumulándose en su interior. Se sentía como si acabara de despertar de una oscura pesadilla, como si hubiera un hueco en su memoria de los acontecimientos anteriores a su desafiante grito de negación a rendirse. ¿Qué…había sucedido? ¿Dónde…qué…? Luego, pero, recordó la razón de su estado actual-. Saito…-dijo, sintiendo como nuevas lágrimas acudían a sus ojos.
-Duele. Sé que duele-dijo Kirche, más amable que antes-. Es normal que duela. Siempre duele perder a un ser querido, Louise. Sin embargo, debes de ser fuerte. Ahora, por desgracia, no podemos permitirnos guardar luto y llorar su muerte-dijo, mirando con desprecio y rencor al descomunal monstruo-. Ahora, tenemos que vivir. Por Saito, por los que esa cosa ha matado… Tenemos que vivir.
La mirada de Louise se tornó hacia Wardes, quien seguía pisando el campo de batalla y a cuantos todavía corrían por él sin mirarlos siquiera. Los recuerdos de su vida con el caballero que una vez fue acudieron a su mente, rememorando los felices momentos que vivió con él, y lo que su mera presencia la había hecho sentir. Con él a su lado, se había sentido querida por alguien más que no fuera de su propia familia. Lord Wardes, el caballero de amable sonrisa y gentil mirada, que la había reconfortado en sus momentos de mayor desesperación y la había apoyado incluso cuando el mundo entero parecía posicionarse en su contra. Lord Wardes, el mismo que había expresado su deseo de tomarla como esposa, incluso cuando nadie más veía en ella nada más que no fuera un fracaso incapaz de realizar el más sencillo de los hechizos. El mismo hombre que se había mostrado como la vil rata que era en realidad, traicionándola y asesinando al príncipe Wales tras intentar forzarla a casarse con él. La misma alimaña que había dado la espalda a su humanidad a cambio de poder, uniéndose a los enemigos de su país en un intento de destruirlo sin sentir el menor remordimiento y sin importarle su honor o los sagrados votos que se encontraba incumpliendo. Lord Wardes, el mismo ser despreciable que ahora había escogido revelarse como un auténtico monstruo solo para hacerle daño una vez más, acabando con el joven que era mil veces el hombre que Wardes nunca fue, el hombre al que llegó a amar con todo su corazón.
Las lágrimas seguían cayendo por las mejillas de Louise, pero su expresión era totalmente diferente. Su mirada reflejaba la intensa rabia de su corazón, sus dientes apretados para evitar que lanzara un furioso rugido al vil ser que la había dañado nuevamente más allá del simple dolor físico. Wardes… ¡Wardes…!
-…Wardes…-musitó Louise, observando al grotesco ser que una vez creyó amar. Si tan solo tuviera algo más de poder, si tan solo supiera usar ni que fuera un solo conjuro… No descansaría hasta acabar con aquel despreciable monstruo y esparcir sus pedazos por el yermo más inhóspito que pudiera encontrar-. ¡YO TE MALDIGO, WARDES! ¡YO TE MALDIGOOO!
Nada había que Louise o sus compañeras pudieran hacer. Nada funcionaba contra aquel ser. La magia no le hacía nada, los ataques físicos no le hacían nada… Parecía que Wardes era invencible, indestructible.
Por eso, tal vez, las sorprendió tanto cuando un profundo tajo apareció en su espalda, provocando que copiosas cantidades de sangre brotaran de su herida al tiempo que Wardes rugía de dolor.
El eco de su alarido sorprendió tanto o más a Louise y las demás que la visión de la sangre que había brotado de la espalda del monstruo. Habían estado observando como aquella criatura avanzaba sin oposición alguna y, de repente, aquella herida había aparecido en su espalda en un instante. Más sorprendente aún, parecía que la herida no desaparecía como las demás, dejando al monstruo visiblemente confundido y aturdido. Sus pasos, lejos de detenerse, parecían erráticos y había comenzado a retroceder, su cabeza moviéndose aquí para allá como si se encontrara buscando algo. Sus brazos, mientras, golpeaban sin ton ni son el suelo con rabia, aplastando el suelo y haciendo temblar el campo de batalla. Nadie entendía qué acababa de pasar, ni la espantosa criatura, ni los humanos cuya vida acababa de salvarse.
-¿Qué…? ¿Qué ha pasado?-consiguió articular Kirche, mirando sorprendida al herido monstruo.
-Ha sido…
-Ahí-dijo Tabitha sin alzar la voz, pero con aparente urgencia, al tiempo que señalaba a un punto del cielo. Alzando sus miradas, Kirche y Louise siguieron la dirección del dedo de la maga peliazul.
Nada alcanzaban a ver en el sombrío cielo, oscurecido por el eclipse que todavía tenía lugar sobre sus cabezas. Las sombras se mezclaban con las nubes, dando la impresión de encontrarse bajo una espesa cúpula que bloqueaba cualquier posible luz, como reflejando su desesperada situación actual. Fuera lo que fuera lo que Tabitha había visto allí, ni Louise ni Kirche alcanzaban a verlo, pensando por un instante que su amiga tal vez se hubiera confundido, o hubiera creído ver algo que en realidad no se encontraba allí. Ese algo, pero, apareció de repente de entre las sombras, moviéndose más rápido de lo que la vista podía seguir, y pronto lo volvieron a perder de vista.
-¿Qué ha sido…?-trató de decir Louise, pero un nuevo alarido de dolor por parte de Wardes reclamó su atención, desviando su mirada para ver qué acababa de suceder. Un nuevo corte, esta vez en el hombro izquierdo del monstruo, había aparecido de repente, casi como si una invisible criatura de afilados espolones se encontrara castigándola en esos instantes. De la figura que habían creído ver, no se veía rastro alguno.
-Que…velocidad-comentó Kirche, impresionada. Apenas había visto un borrón, que un nuevo corte había aparecido en el cuerpo de Wardes. Siempre creyó que los dragones eran los más veloces seres que se movían por los cielos, y hasta que no vio el "avión" de su Darling, nunca pensó que vería nada que se moviera a todavía más velocidad. En esos momentos, pero, parecía que algo había conseguido superar incluso al extraño aparato del soldado, tan veloz que sus ojos no alcanzaban a seguir sus movimientos.
Nuevos cortes aparecieron por el cuerpo de Wardes, quien rugiendo de rabia y de dolor, trataba de alcanzar a quien fuera que lo estuviera atacando. Sus tentáculos se agitaban salvajemente por todas partes, y su gigantesco brazo se movía por los aires con inusitada fuerza, movido seguramente por el rencor de Wardes, quien desesperadamente trataba de localizar a su agresor. Este, pero, parecía que simplemente era más rápido que Wardes, ya que en ningún momento hizo contacto alguno con los intentos del ex caballero por atraparlo, y siguió castigándolo con ataques relámpago que siempre parecían dar en el blanco. Cortes y más cortes se acumulaban en el cuerpo de Wardes, obligándolo a retroceder, mientras Louise y los demás humanos presentes contemplaban boquiabiertos el singular espectáculo. Cuando todo parecía perdido, cuando ya no quedaba esperanza, cuando nadie parecía capaz de hacer frente a semejante monstruosidad…, un milagro había acontecido.
-¡Ahí!-señaló de repente Kirche, atrayendo la atención de Louise un instante. Tras un tajo especialmente grande, que había cortado desde la pata de Wardes hasta debajo de su barbilla pasando en diagonal por todo su pecho, una pequeña figura había aparecido en un extremo de su campo de visión, extendiendo lo que parecían ser unas alas y escapando antes de que Wardes pudiera atraparlo. Veloz como pocas cosas habían visto en su vida, el pequeño punto oscuro remontó el vuelo, alzándose a toda velocidad y perdiéndose pronto por entre las nubes. La oscuridad del cielo ocultó su presencia, cada vez más densa a medida que el eclipse alcanzaba su cénit, y las jóvenes que montaban a lomos de la dragona lo perdieron de vista-. ¿Dónde…? ¿Qué es…?
-¿Un aliado?-preguntó Louise. Bien podía serlo, considerando que estaba atacando a Wardes.
-Precipitado-argumentó Tabitha. No sabían siquiera qué era esa cosa, de manera que creer que podía ser un aliado en base únicamente al blanco de sus ataques era, en verdad, una conclusión precipitada. Podía ser que simplemente estuviera priorizando al blanco más peligroso, deseoso de quitárselo de encima aprovechando el factor sorpresa antes de centrarse en otros objetivos más factibles, como eran ellas. Por ello, mientras buscaban al esquivo atacante, empuñaron sus varitas por si la situación se tornaba en un combate de improviso.
Un silbido. Una sensación en la base de sus nucas. La primera en reaccionar fue la dragona Sylphid, que alzó su enorme cabeza y rugió al aire, atrayendo la atención de sus jinetes.
-…ahí viene-dijo Tabitha, agarrando con firmeza su báculo. Dada la velocidad del objetivo, si se mostraba como enemigo, entonces estarían en problemas. La movilidad de Sylphid se veía seriamente reducida al tener tres personas a la espalda, y aunque ese no fuera el problema, la velocidad a la que se movía el objetivo era superior a lo que Sylphid podía llegar. Si la cosa desembocaba en combate, estarían en problemas.
-¡Preparaos!-exclamó Kirche, al sentir cómo el silbido se incrementaba. Allí, entre las nubes y el oscuro cielo, creyeron ver una pequeña silueta que fue aumentando de tamaño a medida que se aproximaba a ellas. Fuera lo que fuera, las había localizado y se encontraba yendo a su encuentro sin disminuir un poco la velocidad. Sentían la presión del cuerpo de aquel ser acercándose a ellas, a medida que el silbido de su descenso iba en aumento y las sombras se apartaban para revelar más detalles del misterioso recién llegado.
Con sus alas plegadas junto a su cuerpo, formando un peculiar manto a su alrededor, el ser aparentaba ser alguna especie de criatura dracónica de facciones nunca vistas en los habituales dragones de Halkeginia. Su cabeza era angulosa y casi lisa, semejante a un regio y picudo yelmo negro, con el morro alargado y sin más marcas que una línea divisoria donde supusieron debía encontrarse su boca. Detrás, rodeando su cuello, una espesa capa de plumaje blanco se agitaba con el fuerte viento que atravesaba en su abrupto descenso, cubierta únicamente por las largas y oscuras telas que debían de ser sus alas. Nada más de su cuerpo se podía ver, en el estado en el que se encontraba, pero era inequívoco que se encontraba cayendo en su dirección.
Y para Kirche, eso justificaba el que tomaran alguna que otra decisión precipitada.
-¡Bola de fuego!-exclamó, apuntando con su varita al extraño ser. Sin poder saber si era amigo o enemigo, no quería jugársela, y menos encontrándose a semejante distancia del suelo con sus amigas a su lado. De la punta de la pequeña herramienta surgió una filigrana de fuego que no tardó en crecer hasta convertirse en una enorme esfera ardiente, que pronto salió disparada y ocultó al misterioso monstruo volador. Sin hacer el menor intento por corregir su rumbo, la criatura se adentró en la llamarada sin temor alguno, haciéndola explotar y creando una nube de llamas que cegó momentáneamente a las ocupantes de la azulada dragona.
-¡Ugh!-exclamó Louise, protegiendo sus ojos de las brillantes llamas-. ¡Kirche!
-¿Qué? ¡No es como si fuera a dejar que nos embistiera así como así!-se defendió la joven maga, tratando de ver algo entre la masa de llamas de delante suyo.
Una sombra se recortó contra la luminosa luz de su ataque. Un cuerpo, algo más grande que la propia Sylphid, apareció en medio del fuego sin que pareciera que este lo estuviera dañando de modo alguno. Justo cuando parecía que los ojos del trío de magas comenzaban a sacar algo en claro, cuatro gigantescas alas brotaron de repente del cuerpo de la sombra, dispersando con una fuerte racha de viento los remanentes del conjuro de Kirche. Confundidas, las ocupantes del lomo de la dragona se vieron obligadas a sujetarse para evitar que el viento las desequilibrara, sorprendidas por lo repentino de los últimos acontecimientos.
-Sinceramente, no era este el recibimiento que esperaba-comentó una voz con tono jovial, y durante un segundo Louise se olvidó del malestar de sus ojos y de la preocupación de caerse. Abriendo los ojos de la impresión, se encontró apartando en su mente cualquier otro pensamiento que no fuera el recuerdo que esa voz había evocado. Reconocía esa voz. Era… Era… No podía ser…
-Bueno…-añadió otra voz, más metalizada que la anterior-, no es como si hubiéramos anunciado nuestra llegada de un modo demasiado discreto, ¿no crees? Es normal que el comité de bienvenida haya reaccionado como lo ha hecho.
Alzando su mirada, ya recuperada, Louise contempló sin obstáculo alguno al ser que tan fácilmente había evitado el infierno de Kirche, a las voces que tan casualmente se habían puesto a charlar en tan desesperada situación, al hombre que con todo su corazón había deseado ver de nuevo, incluso habiéndolo visto caer hacia su segura muerte.
-Ey, Louise-dijo Saito, a lomos de la extraña criatura, sonriéndole cálidamente con Derflingr apoyado en su hombro-. ¿Me echabas de menos?
-… ¿Sai…to?-musitó Louise, sorprendida a la par que aliviada. Saito estaba allí, enfrente de ella, casi ileso salvo algunos rasguños en su mejilla y brazos. Lo había visto caer, lo había visto estallar, y su mente batallaba entre tratar de entender cómo era posible que semejante milagro hubiera sido posible, y simplemente alegrarse porque lo hubiera hecho-. Pero…yo te vi…
-Sí, nos ha ido de un pelo-reconoció con su habitual buen humor, frotándose la nuca. La tranquilidad y casualidad con la que parecía reaccionar a lo que había sido un suceso devastador para Louise consiguió molestarla un poco, sacándola de su estupor-. Por suerte, alguien vino en nuestra ayuda. ¿No es así, Pariah?-preguntó, palmeando el lomo de su extraña montura.
Despegando los ojos de su reaparecido familiar, Louise examinó nuevamente al ser sobre el cual cabalgaba. Aquella cosa… ¿era Pariah? ¿El familiar de la princesa? Pero… si Pariah tenía pinta de niño. Aquello era…
Ahora que sus alas se encontraban desplegadas, Louise pudo apreciar nuevos detalles sobre el nuevo cuerpo del familiar de Henrietta. Presentaba cuatro alas en total, dos de ingente envergadura que lo mantenían en el aire con el vaivén de su aleteo y hacían las veces de brazos, y dos más pequeñas situadas en la parte trasera de sus patas posteriores, inertes por el momento. Las alas, semejantes a las de cualquier dragón, eran tan oscuras como su cuerpo, pulidas como la obsidiana y contrastando con el blanco plumaje que cubría su pecho y espalda. Las puntas de las alas parecían rematadas con largas garras semejantes a brutales hoces, presentes al final de cada una de las falanges de los poderosos apéndices. En su amplio pecho se encontraban varias costillas que atravesaban su carne de un modo similar a las de Wardes, con la diferencia de que estas parecían alternarse entre ellas y converger para formar un caparazón óseo que cubría aquella región, semejante a una extraña dentadura vertical. En la parte posterior, dos patas bastante musculosas permanecían firmemente plegadas contra su cuerpo, escamosas como las de un dragón y con grandes garras semejantes a los espolones de un halcón. Finalmente, Louise se fijó en la peculiar cola que el familiar parecía presentar, una colección de cuatro apéndices coriáceos rematados con puntas metalizadas de aspecto sospechosamente poco práctico.
Era, hablando con franqueza, una visión extraña aunque a la par majestuosa y temible. Presentaba rasgos parecidos a los de los otros dragones que Louise conocía, aunque en parte también parecía más bestial y menos noble. Un dragón se suponía que era una bestia regia y temible por su poderoso cuerpo y su veloz constitución, de aspecto escamoso y semejante en cierta medida sin importar su especie, solo diferenciado por cual fuera el elemento al que perteneciera. Pero eso no podía aplicarse a Pariah. Louise ni siquiera podía intentar imaginar qué clase de elemento representaría un ser como aquel, tan preparado para matar que hasta ella podía notarlo con solo verlo. Parecía un auténtico depredador de los cielos, una máquina de segar vidas como pudieran ser una pistola o una espada, un heraldo de la muerte y la desolación de la cual uno no podía huir, sin importar a qué lugar del cielo o la tierra uno fuera, sin posibilidad de hallar refugio.
Dicha máquina de matar y la dragona Sylphid se acercaron el uno al otro, aparentemente olisqueándose mutuamente con curiosidad. Luego, para mayor asombro del resto de pasajeros, la dragona emitió un animado rugido y comenzó a restregar su cabeza contra la de Pariah, que imitó su gesto con un grave ronroneo en su pecho. Huelga decir que semejante estampa dejó un tanto descolocado a todo el mundo.
-… ¿conocido?-murmuro Tabitha, quien no acababa de entender lo que sus ojos veían. Su familiar trataba a aquella extraña criatura con una familiaridad nunca vista con otros seres, de los cuales a menudo recelaba cuando Tabitha se encontraba presente. Sin embargo, era como si Sylphid no viera amenaza alguna en aquel ser, como si no creyera que pudiera atacarlas a ella o a su maestra. Simplemente, se quedó allí arriba, saludando al recién llegado… ¿Pariah, lo había llamado? No le sonaba de nada.
-¿Qué…?-trató de decir Kirche, posiblemente la que menos entendía lo que estaba pasando en esos momentos. Tan pronto estaba tratando de sacar a Louise de su devastado estado, como se encontraba viendo el ataque contra Wardes, como presenciaba la llegada de su querido Darling a lomos del dragón más raro que hubiera visto jamás, como se encontraba viendo como este y la dragona de Tabitha se daban arrumacos-. ¿…qué pasa…?
-Pero…Saito-dijo entonces Louise, volviendo su atención hacia su familiar-. ¿Cómo…cómo has…?
-¿"Sobrevivido"?-completó él, mirando a los ojos a Louise-. Bueno, pues…
...
Momentos antes:
El suelo se encontraba cada vez más próximo. Sin posibilidad de enderezar el avión, sin posibilidad de escapar, sin posibilidad de sobrevivir, Saito y Derflingr se mantenían estoicos ante su inminente final, sabedores de que nada conseguirían lamentándose o maldiciendo su destino.
Dedicando un último pensamiento a su amada pelirosa, Saito se preparó para el impacto.
-Louise…-dijo Saito, viendo cómo el mundo se acercaba a él a toda velocidad-. Louise…-repitió, apretando sus manos entorno a los mandos de su avión-… ¡LOUISEEEE!-gritó, cerrando los ojos ante el inminente impacto.
Al hacerlo, pero, se perdió lo que sucedió después.
Algo chocó contra ellos, atravesando el metal y el cristal de la cabina y llamando la atención de Saito. Por un instante, esperó ver ante él las rocas del suelo aplastando el morro del avión, pero este todavía se encontraba a unos metros de la tierra. No, aquel sonido provenía de su lado, hacia el cual trató de desviar su atención todo lo rápido que pudo. Aun así, habiendo girado tanto su cabeza y ojos de la impresión, no alcanzó a ver más que un amasijo de carne negra, plumaje blanco y metal aplastado entre trozos de cristal volando cuando de repente se encontró siendo sujetado por algo grande y musculoso. Bruscamente, fue arrancado de su asiento y su mundo comenzó a dar vueltas y más vueltas, mientras el ensordecedor viento exterior zumbaba en sus oídos y alborotaba su pelo. Creyó oír en la distancia el estallido de su avión al chocar contra el suelo, pero su mente se encontraba demasiado ocupada tratando de entender qué estaba ocurriendo como para preocuparse por tan nimio detalle.
Porque, y eso lo notó pronto, algo parecía haberlo agarrado.
-¡Compañero!-oyó gritar a Derflingr, desde su guarda-. ¡¿Estás bien?!
-¡S-sí!-chilló, haciéndose oír por encima del estruendo del viento. Luego, abriendo sus ojos, se encontró ante la segunda visión más rara del día, después de la monstruosa transformación de Wardes.
Una enorme garra negra lo mantenía sujeto por el tronco, las grandes garras de cual fuera el ser que lo había cogido aprisionando su cuerpo sin aplastarlo ni dañarlo. Desde donde estaba, tan solo alcanzaba a ver las colas de aquel ser meciéndose al viento detrás de él, apretadas las unas con las otras, y las alas posteriores que se hinchaban a medida que volaban por el cielo. Luego, justo cuando comenzaba a pensar que tal vez fueran a ser devorados, el ser giró sobre sí mismo y Saito se vio libre, cayendo pronto sobre el musculoso y mullido lomo de aquella criatura. Aferrándose a su plumaje con todas sus fuerzas, fue consciente de las enormes alas de este, que extendidas mantenían su posición en el aire mientras planeaban por encima de las nubes. No sabía cuándo o cómo habían ascendido tanto, pero resultaba increíble la altura a la que se encontraban. Casi costaba respirar desde tan alto, pero por suerte Saito conservaba las fuerzas suficientes como para no soltarse de su repentina montura.
Arrastrándose por encima de esta, comenzó a dirigirse hacia donde supuso que debía encontrarse la cabeza, deseoso de saber en qué clase de extraño monstruo había aterrizado. No había intentado devorarlo o tirarlo al suelo (cosa que agradecía enormemente), por lo que si bien aún desconocía si se trataba de un aliado o no, por lo menos estaba seguro de que no era hostil. La estabilidad que aportaban sus enormes alas facilitaba a Saito el moverse por el cuerpo de aquel ser, tratando de no pensar demasiado en la descomunal caída que lo esperaba como diera un mal paso. Finalmente, pero, consiguió pasar los hombros sin mayor percance, alcanzando finalmente la tan esperada cabeza.
En cuanto Saito llegó allí, la criatura pareció percatarse nuevamente de su presencia allí, ya que ladeó su cabeza como si pretendiera mirarle. Saito se encontró mirando una extraña cabeza sin rasgos claros que indicaran la presencia de ojos, nariz o boca. Si hubiera tenido que compáralo con algo, hubiera escogido el esbozo de la cabeza de un halcón u otra ave de presa como ejemplo. Parecía presentar una forma angulosa y pulida que le hizo pensar en el cristal, ligeramente picuda, por lo cual era entendible el ejemplo en el que pensó. Sin embargo, no vio nada que le indicara que ese ser tuviera ojos o boca, más allá de una tenue línea divisoria que no estaba claro que realmente pudiera abrirse.
Fuera como fuera, aquel ser lo había salvado, y por el momento no parecía que fuera a comérselo. Así pues, Saito decidió arriesgarse.
-Ehm…Esto…-dijo, sin tener del todo claro si esa cosa podía entenderlo. Justo cuando se planteaba el cómo agradecerle lo que había hecho, Saito fue sorprendido una vez más.
Aquella cosa le habló.
-…shaaa…-dijo el ser, con voz aguda y reverberante, revelando su boca ante la mirada estupefacta de Saito. Realmente, su cabeza se había abierto a través de la línea, mostrando brevemente una singular colección de dientes filosos que se le antojaron extrañamente familiares. Eso, unido al singular bufido que le profesó, le hizo sospechar sobre la posible identidad de la criatura. Solo conocía a un ser que hiciera "shaaa" de esa manera, y ese era…
-… ¿¡Pariah!?
Eso era…bueno, parecía imposible. Sabía que Pariah era un Doppler poderoso, pero de ahí a ser capaz de adoptar una forma como aquella… ¿era siquiera posible? Después de todo, él solo sabía de las capacidades de los Dopplers por los juegos y novelas de su mundo. Tal vez aquello fuera común para los de Halkeginia. Además, ¿no dijeron que los Dopplers eran muy misteriosos? Fuera como fuera, su sorpresa dio paso pronto a la alegría, e hincando una rodilla, posó su mano sobre el grueso cuello de Pariah.
-Me has salvado la vida, Pariah. Yo…nosotros…Gracias.
Pariah ronroneó. No sabía que quería decir exactamente con eso, pero lo entendió como un "no pasa nada". De todas formas, se aseguraría de pagárselo algún día como correspondía. Por lo pronto, pero, aún tenían un monstruo del que ocuparse.
-¡Pariah!-exclamó Saito, retrocediendo de un salto. Reubicado entre sus alas, se agarró con firmeza al plumaje de Pariah, desenvainando a Derflingr con su mano libre-. Tenemos que acabar con Wardes, pero no podemos hacerlo sin ti. ¿Nos apoyarás?
A modo de respuesta, Pariah agitó la cabeza, para luego abrir su boca descomunalmente. La apertura se extendía de lado a lado de su cabeza, abriéndola casi por completo en un ángulo tan obtuso que Saito dudaba que hubiera ser capaz de una proeza igual. Del fondo de su garganta, tan fuerte que Saito lo sintió reverberando bajo sus pies, surgió un corto y agudo rugido que emocionó al soldado que llevaba dentro. No le hicieron falta verdaderas palabras para comprender que Pariah acababa de aceptar trabajar con ellos para destrozar al malnacido de Wardes, y sonriendo desafiante, desvió su atención hacia el suelo, donde este todavía se encontraba avanzando.
-Muy bien, pues… ¡VAMOS ALLÁ!-exclamó, señalándolo con Derflingr. Compenetrados como si aún siguiera a los mandos de su Zero Fighter, Saito vio cómo Pariah se elevaba brevemente en el aire, antes de dejar que la gravedad lo reclamara para así iniciar su largo descenso hacia su objetivo.
Plegando sus alas, Pariah cubrió por completo su cuerpo, incrementando su velocidad de descenso, y obligando a Saito a agazaparse para así no salir volando. A pesar del fuerte aullido del viento, Saito se encontró con que la resistencia del aire era menor de la esperada, ya que se imaginó en un principio que le costaría más mantenerse en la espalda de Pariah. Debía de ser obra de Pariah, quien con su aerodinámico cuerpo cortaba el aire como un cuchillo partiría una hoja de papel. De esta manera, fueron aproximándose a cada vez más velocidad hacia Wardes, quien parecía ajeno a su presencia por el momento. Mejor así.
Saito se preparó. Temerariamente, liberó su otra mano para así coger con más firmeza a Derflingr, procurando en todo momento no apartar la mirada de su objetivo, al tiempo que intentaba no caerse. Pronto, pero, notó cómo las plumas de Pariah parecían cerrarse entorno a sus piernas, sujetándolo y aportándole más estabilidad. Agradecido, Saito centró toda su atención y energía en prepararse para el ataque, que a la velocidad a la que iban sería cosa de apenas un instante.
-¿Preparado, compañero?-le preguntó Derflingr, haciéndose oír por encima del estruendo del viento. Ya estaban lo bastante cerca de Wardes como para ver los horripilantes tentáculos de su cuerpo.
-¡Vamos allá!
Sin necesidad de dar instrucciones de ningún tipo, Pariah giró sobre sí mismo al tiempo que corregía el rumbo para no chocar contra el cuerpo de Wardes. Saito, con su espada firmemente preparada, vio cómo su mundo daba vueltas un instante, y cómo el aire zarandeaba su cuerpo con solo las plumas de Pariah evitando que saliera volando. Aun así, hizo uso de cada ápice de concentración y reflejos para no perder su objetivo de vista, que gracias al giro de Pariah ahora quedaba más próximo a él. En cuanto tuvo la espalda de Wardes a la vista, Saito descargó su golpe con toda la fuerza que pudo reunir.
Al chocar Derflingr con la infecta carne de Wardes, la espada se abrió paso a través de ella con facilidad, en parte gracias a su portentoso filo, y en parte también al potente impulso que llevaba detrás. La fuerza de los brazos de Saito, la bendición de su marca de Gandalfr, y el veloz vuelo de Pariah. Estas tres fuerzas, unidas, consiguieron que su golpe atravesara las defensas de Wardes y que la herida se extendiera a medida que Pariah completaba su vuelo rasante junto a él, desde la parte más alta de su chepa hasta casi su cadera. La velocidad de la caída de los tres hizo que la pequeña hoja infligiera una herida aún más grande de lo esperado, consiguiendo herir considerablemente a su enemigo, que apenas tuvo tiempo de sangrar antes de que Pariah completara su giro y remontara el vuelo. Para cuando los tres guerreros se encontraron nuevamente en la seguridad del aire, Wardes fue plenamente consciente del ataque y rugió de dolor en concordancia.
-¡Wuuuu-huuuu!-aulló Saito, contemplando entre satisfecho y emocionado el resultado de su ataque. Le habían asestado un golpe mayor a Wardes con aquella única pasada que con todos los disparos de su avión juntos.
-¡Así, muy bien!-exclamó Derflingr, quien claramente compartía los sentimientos de Saito. Incluso Pariah, quien no dijo nada, parecía bastante vivaz y motivado.
-Muy bien… ¡Destrocemos a ese desgraciado!
...
-…yyy…bueno, el resto es historia-concluyó Saito-. La verdad es que hemos tenido mucha suerte. De no ser por Pariah… ¡buf, no quiero ni pensarlo!
El buen humor del soldado no parecía ser compartido por el resto de las humanas allí presentes, quienes aún a lomos de la dragona Sylphid, miraban estupefactas al animado familiar como si acabara de crecerle una segunda cabeza. El relato que acababa de compartir con ellas era… difícil de digerir. Verdaderamente, el que Saito siguiera allí con ellas podía considerarse un verdadero milagro.
La primera en reaccionar fue, curiosamente Louise. Avanzando por el lomo de Sylphid, llamó rápidamente la atención de Kirche y Tabitha, quienes la vieron caminar en silencio como si tal cosa. Saltó de la dragona hacia Pariah como si entre ellos no hubiera una caída de miles de pies de altura, y se situó junto al sonriente Saito mientras este parecía bastante complacido consigo mismo. Nada en su semblante parecía denotar preocupación o extrañeza alguna.
Razón por la que, cuando Louise le soltó un puñetazo en el estómago, a Saito le pilló más por sorpresa que a los demás.
-Serás… ¡IDIOTA!-exclamó Louise, pateando al dolorido soldado, que tan solo podía gesticular inútilmente en un intento por cubrirse de los ataques de una enfurecida pelirosa-. ¿"Me ha ido de un pelo"? ¿"No quiero ni pensarlo"? ¿¡Tienes idea del susto que me has dado!? ¡Y NO PIENSES QUE ME HE OLVIDADO DE CUANDO ME TIRASTE AL VACÍO!
A un lado, el trío de estupefactas espectadoras solo podía contemplar, dos de ellas con cómicas gotas de sudor tras sus cabezas, cómo la singular escena se desarrollaba ante sus narices. Durante un momento, la amenaza de Wardes y el eclipse quedaron relegados a un segundo plano, en vista de la extraña estampa que era ver a Louise patear a su familiar sobre el lomo de un extrañado Pariah. Podía ser que no tuviera cara o forma alguna en su cabeza que pudiera denotar lo que sentía o pensaba en esos momentos, pero estaba más que claro que todo aquello se le antojaba francamente extraño, porque no parecía ser capaz de decidirse sobre cómo reaccionar. En vista de que nadie más parecía saberlo, Saito se vio sometido al cuidado del zapato de Louise, que inmisericorde lo golpeaba una y otra vez.
-¡L-LOUISE! ¡Por favor, para de una vez!
-¿Quieres que pare? ¿QUIERES QUE PARE? ¿¡Y por qué no empiezas haciéndolo tú, para variar!?
-Loui… ¿qué?
-¿Por qué no paras de desobedecerme siempre? ¿Por qué nunca me escuchas? ¿Por qué siempre tienes que hacer cosas tan peligrosas? ¿Por qué…por qué no podías parar y hacer lo que tu ma…maestra te ordena, ni que sea por una vez?-La voz de Louise comenzó a quebrarse en ese momento, y alzando la vista, vio entre golpe y golpe de la joven maga que estaba había comenzado a llorar. De repente, el dolor de los golpes que esta le había infligido abandonó su mente-. ¿Por qué…por qué no podías…no podías simplemente…irte? ¿Por qué…tenías que arriesgarte tanto…y luchar? ¿Por qué… sigues…?
Louise bajó su pie, pero esta vez ya no golpeó a Saito. En su lugar, permaneció junto al otro, la cabeza de Louise gacha mientras las lágrimas recorrían sus mejillas y caían en el plumaje de Pariah. Arrodillado, Saito miró en silencio a la joven maga que no dejaba de cuestionarlo.
-… ¿por qué…sigues aquí?-preguntó esta, con un hilillo de voz.
A pesar de todo, Saito consiguió encontrar las fuerzas para esbozar una pequeña sonrisa. Podía estar el mundo en riesgo, todos en peligro, y su futuro incierto, pero parecía que Louise seguiría siendo siempre la misma maga amable y cabezota de siempre. Podía ser que se mostrara brusca y malhumorada a menudo, pero Saito sabía que tan solo formaban parte del exterior de la joven pelirosa. Él había visto lo que ella guardaba en su interior, todo ese afecto y cariño que deseaba recibir y dar a partes iguales. Y ni que fuera por volver a ver esa sonrisa, ni que fuera por volver a oír cómo pronunciaba su nombre… Saito volvería desde donde le llevara el destino una y otra vez.
Posando su mano en la húmeda mejilla de la maga, consiguió que esta alzara su mirada y la fijara en la de él.
-Porque… tú sigues aquí-explicó Saito, sonriendo cálidamente a Louise-. Y mientras estés tú aquí… en este mundo… aquí estará mi hogar.
El corazón de la joven maga dio un vuelco al oír las palabras de Saito, sintiendo el calor que estas le despertaban en su pecho extendiéndose a todo su cuerpo, haciéndola olvidar el miedo, el enfado o la angustia que el creerlo muerto le había hecho sentir. Durante unos instantes, el recuerdo del monstruo que los amenazaba pasó a un segundo plano, olvidado en aras de contemplar la mirada cargada de sentimiento del joven soldado, quien con una sonrisa cálida y genuina acortó la distancia entre ellos para…
-Chicos, no es que quiera interrumpir este momento tierno ni nada…-dijo entonces Kirche, sacando de sus ensoñaciones a Louise y reclamando la atención de Saito. Por primera vez, parecieron percatarse de las miradas indiscretas de las jóvenes magas que los acompañaban y sus propias monturas, enmudecidos espectadores de lo que debiera ser un acontecimiento privado-… ¿pero no se os olvida un pequeño detalle? ¡Aún tenemos un enorme monstruo del que ocuparnos!
Avergonzados, Louise y Saito se separaron y fijaron su atención nuevamente en el distante Wardes. La enorme mole que una vez fue el apuesto mago parecía resentirse de sus nuevas heridas, que sangraban y provocaban que el oscuro líquido carmesí de sus venas fluyera libre por su cuerpo. A diferencia de las heridas anteriores que Saito le provocó con el Zero Fighter, Wardes no parecía ser capaz de curarse y su confusión se hizo notable al mostrar un cierto deje errático en sus movimientos, como si aún siguiera intentando dar con sus asaltantes. La visión de las heridas de Wardes envalentonó a Saito, quien vio en tan desesperada situación un pequeño atisbo de esperanza. Parecía ser que el efecto de Derflingr sobre Wardes seguía siendo notable, aun con la transformación que este había sufrido, y si era posible herirle…
…tal vez fuera posible matarle.
-Tenemos que acabar con esto ya. Si Wardes avanza más, arrasará el campamento aliado-notó Saito, percatándose de lo peligrosamente cerca que estaba el monstruo de los defensores tristanos.
La evacuación hacía rato que había dejado desprovisto de soldados el campo de batalla, permitiendo a los defensores el retroceder hasta su propio terreno, pero nada podrían hacer si a Wardes le daba por avanzar. De ellos dependía el detenerlo y mantener a salvo a Henrietta y sus huestes.
-Sí, pero Wardes sigue siendo demasiado grande y fuerte-dijo Kirche. Luego, centrándose en Saito, le mostró su rostro confundido-. ¿Cómo…cómo te las has arreglado para herirlo? ¡Ni siquiera el aliento de un dragón hubiera podido hacer mella en el!
-Yo tampoco lo acabo de entender, pero parece que Derflingr tiene la capacidad de herir a los Evolucionados-les explicó el soldado. De ser posible, Derflingr pareció sacar pecho con orgullo-. Las heridas que le inflijo con él no se curan, de manera que es posible que lo pueda matar si le ataco las veces suficientes.
-Tal vez, pero para ello tendrás que acercarte mucho…-señaló Kirche, quien a juzgar por su expresión no parecía muy contenta con la idea.
Lejos de preocuparse, Saito sonrió confiado.
-Descuida. Tengo al par de alas más rápidas del cielo cuidando de mí. ¿Verdad, Pariah?-preguntó, palmeando el grueso lomo del familiar. Este no respondió, limitándose a mantener su posición en el aire con el constante aleteo de sus enormes alas.
A pesar de no mostrarlo, Tabitha parecía dudar de que todo fuera a ser tan sencillo como parecía hacerlo creer Saito. Incluso disponiendo de los medios para herirlo, Wardes seguía siendo un monstruo terrible que los superaba a todos en fuerza, tamaño y resistencia. Su poder era incalculable, y los tentáculos de su cuerpo dificultaban el acercamiento por tierra o por aire. La velocidad de la criatura a la que Saito había llamado Pariah parecía haber bastado para inclinar la balanza a su favor, pero… ¿Por cuánto tiempo? Y más importante aún… ¿bastaría para ponerle fin a la contienda de una vez por todas?
-Está bien-dijo entonces Saito, con gran resolución-. Pariah y yo nos encargamos. Louise, ve con Kirch y con Tabitha al campamento. Decidle a Henrietta que…
Lo que fuera que Saito fuera a decir fue acallado cuando notó cómo Louise estiraba la mano y lo agarraba fuertemente de la oreja, obligándole entre quejidos de dolor a inclinarse. Para mayor confusión de todos, Louise parecía bastante mosqueada por la razón que fuera.
-¿Acaso…intentas volver a irte por tu cuenta sin consultarme?-preguntó, su tono de voz peligrosamente bajo y cargado de mal contenida ira. El dolor pasó a un segundo plano en la mente de Saito, acobardándose instintivamente ante lo que parecía ser otra de las características broncas de Louise. Esta vez, en lugar de gritarle como de costumbre, se limitó a mirarlo molesta aunque decidida-. ¡Idiota! ¿Es que no vas a aprender nunca a confiar en mí?
-¿Eh…que?-consiguió decir Saito, a pesar de su incómoda postura.
La mirada clara y decidida de Louise se fijó en la suya, dejándolo harto sorprendido, y haciéndole obligar el dolor o la incomodidad. Había visto a Louise comportarse altiva y segura en numerosas ocasiones, demostrando lo que siempre había calificado como "actitud de noble" cuando la situación lo requería, pero siempre había pensado que era un sentimiento forzado que la joven maga exteriorizaba con tal de esconder sus inseguridades o temores. Ahora, en cambio, realmente parecía que Louise hubiera tomado una decisión, dispuesta a enfrentar cual fuera su destino sin permitir que el temor o las dudas la acobardaran.
Por extraño que pareciera, Saito fue el que se encontró reconfortado ante la serena actitud de Louise.
-Tú eres mi familiar, y yo tu maestra-dijo, sin titubeo alguno, soltando a Saito-. Los Vallière ni nos escondemos, ni huimos. Si decides luchar, lucharemos juntos, ¡y que ni se te pase por la cabeza el intentar disuadirme de ello, porque te tiro del dragón de una patada! ¿Está claro?
Frotándose la enrojecida oreja, Saito tan solo pudo mirar anonadado a la resolutiva maga que tenía ante él. Seguía siendo la misma enana que lo había convocado a aquel mundo hacía ya tantos meses, la misma maga irascible y altiva que en más de una ocasión lo había mandado a volar con sus explosiones, y que siempre parecía enfadarse por todo lo que él hacía o decía. Ahora, en cambio, no podía verla sino con un enfoque totalmente diferente, casi haciéndole pensar que hasta la fecha no había visto a la verdadera Louise, la misma que ahora se mostraba ante él.
A pesar de lo nefasta de su situación, del inminente peligro que se verían obligados a enfrentar pronto, Saito no pudo contener la sonrisa que apareció en su rostro. No por primera vez, comprendió qué era lo que lo había llevado a enamorarse de la testaruda y orgullosa maga que era Louise. En ese pequeño cuerpo había más que rabia y altivez, también había una nobleza y un coraje como pocos había visto él antes, además de una extraña amabilidad que lo había llevado a pensar en aquel mundo, tan diferente al suyo, como si de su propio hogar se tratara.
-Agh… Siempre tan testaruda…-dijo Saito, resignado, mientras se frotaba la nuca. Louise hizo el gesto de enfadarse por su comentario, pero se detuvo al ver que Saito le tendía la mano-. Está bien. Acabaremos con Wardes… ¡juntos!
La sorpresa inicial dio paso a una sonrisa que emulaba a la de Saito, tomándolo de la mano y cerrando su peculiar pacto entre familiar y maga. A sus espaldas, Kirche y Tabitha contemplaban el singular encuentro con singular alegría, aliviadas al ver que esos dos por fin parecían entenderse y poner en orden sus asuntos pendientes. Hubiera estado bien que lo hubieran hecho en un ambiente más propicio, como por ejemplo en el dormitorio (pensó, principalmente, Kirche), pero bien estaba lo que bien acababa. Tan solo esperaban que todos sobrevivieran para ver florecer lo que fuera que estaba empezando ante ellas.
-¡Muy bien!-exclamó Louise, sentándose en el lomo de Pariah. Saito, delante de ella, tomó posición y se sujetó al plumaje de Pariah-. ¡Kirche, Tabitha, vosotras volad al campamento e informad a la reina! ¡Decidle que retire a sus tropas, que Saito y yo nos encargaremos de Wardes!
-¡¿Qué?! ¿Vais a pelear con esa cosa… ¡vosotros solos?!-exclamó Kirche, alarmada-. ¿Estás majaras?
-Lógico-dijo Tabitha, interrumpiendo a su amiga-. Pueden herirlo. Solo se lo podemos encargar a ellos.
-Sí, pero…-A pesar de la lógica de la decisión de Louise, estaba claro que a Kirche no le hacía mucha gracia que sus dos amigos fueran a enfrentar semejante monstruo por su cuenta. Habiendo visto de lo que Wardes era capaz, le aterraba la idea de que pudieran caer en sus fauces, o presa de su descomunal brazo derecho, o atrapados por los tentáculos, o…
-Zerbest-dijo entonces Louise, reclamando la atención de Kirche. Acostumbrada a ver una mirada iracunda en Louise cada vez que la llamaba por su apellido, Kirche se sorprendió al ver esta vez una mirada resolutiva en su antaño rival. No había rastro de duda en sus claros orbes rosados, y si bien no estaban libres del todo de temor, nada en su rostro indicaba la más mínima intención de dar media vuelta o rendirse-… podemos hacerlo. Saito y yo podemos encargarnos del traidor de Wardes. Necesitamos…necesito…que confiéis en nosotros, del mismo modo que confío en que alcanzaréis a su Majestad y le daréis mi mensaje. ¿Puedo confiar en vosotras?
Si hacía unos meses alguien le hubiera dicho a Kirche que se encontraría confiando en una Vallière, lo más seguro era que se hubiera carcajeado un rato, antes de mandar a volar al infeliz con un gesto de su varita. Ahora, en cambio, Kirche no pudo sino sentir cómo sus dudas se evaporaban como si de simple humo se trataran, dejándola extrañamente calmada y segura de las posibilidades de sus amigos. En esos momentos, en ese instante, Kirche se encontró confiando en Louise y en Saito como en nadie más había confiado hasta el momento. Una pequeña sonrisa se abrió paso en su rostro, más relajada que la sonrisa desafiante de Saito.
-Tse… Condenada Vallière… ¿Siquiera hace falta que lo preguntes?-preguntó, orgullosa, mientras se cruzaba de brazos-. ¿Con quién te crees que estás hablando? ¡El día que no puedas confiar en la palabra de una Zerbest, será el día en que el cielo arda y la tierra se parta en dos!-declaró-. ¿Puedo yo confiar en ti, Vallière?
Lo que en otra ocasión hubiera sido el desencadenante de una nueva discusión entre ambas, ahora parecía el simple intercambio de puyas entre amigas, con ambas sonriendo desafiantes mientras en sus pechos ardía la llama de la camaradería.
-Hmpf… Por supuesto que sí-declaró Louise.
La sonrisa de Kirche se ensanchó, mostrando su brillante dentadura.
-¡Pues decidido! Tabitha y yo nos encargamos del ejército de la reina. ¡Vosotros aniquilad a esa cosa!
-¡Puedes apostar a que lo haremos!-comentó Saito, con Derflingr apoyado en su hombro.
-Esa cosa no sabrá lo que lo golpeó. ¿Una pista? ¡Seré yo!-dijo entonces Derflingr, su voz revelando la emoción que sentía la espada ante el prospecto de una pelea como aquella.
Asintiendo divertida ante las palabras de la espada, Kirche se despidió de sus amigos mientras Tabitha guiaba a Sylphid en dirección al campamento tristano. La joven dragona dedicó una última mirada a Pariah antes de partir, gruñendo suavemente con lo que tanto podría haber sido un gemido de despedida, como una palabra de ánimo. Pariah, quien hasta el momento había permanecido en silencio, le devolvió el gruñido mientras la veía alejarse. Pronto, la pareja de magas y la dragona se perdieron en la lejanía, en dirección al lejano campamento de la reina.
Solos en las alturas, Saito y Louise permanecieron en silencio unos instantes, reacios ambos a hablar a pesar de los ánimos que habían reinado en el ambiente hasta hacía solo unos instantes.
-…Louise-empezó a decir Saito, buscando decir algo que reconfortara a la maga, pero esta le sorprendió al adelantársele.
-Si…cuando…ganemos, yo…-empezó a decir, su voz apenas un susurro que Saito alcanzó a oír con dificultad.
-¿Tú…?
Curiosamente, lo que fuera que Louise quisiera decir, no logró salir de sus labios, ya que adoptando un color en su rostro semejante al de su cabello, enterró su cara entre sus manos y negó con vehemencia la cabeza.
-N…¡NO ES NADA!-exclamó, de repente-. Tú… ¡Tú solo céntrate en derrotar a ese monstruo, ¿quieres?!
-Ehm… Claro, Louise…
En su espalda, Derflingr solo pudo emitir una corta carcajada que Saito no alcanzó a oír. Con sus años de vida y experiencia, se imaginaba bien la clase de conversación que a la pequeña maga le hubiera gustado tener, pero por desgracia no eran ni el momento ni el lugar.
Luego, tal vez. Si seguían vivos para entonces, claro…
-Vale… ¡Hagámoslo, Louise, Derflingr!-exclamó Saito, desenvainando a su compañero de metal.
-¡Vamos allá! ¡Yo nací para esto!-declaró Derflingr, como le correspondía a un arma de guerra como él.
-¡S-sí!-gritó Louise, claramente agradecida por el cambio de tema. A pesar del rubor de sus mejillas, parecía mucho más dispuesta y resolutiva que antes, su mente claramente enfocada una vez más en lo que debían hacer.
Más abajo, Wardes les esperaba con su monstruosa mirada puesta en las huestes de Tristain. Si no conseguían detenerlo, arrasaría el campamento y mataría a todos los allí presentes, incluyendo a la reina Henrietta. Después, el monstruo podría devastar tan campante el resto del continente, y nada ni nadie podrían detenerlo. Todo dependía de ellos, de lo que hicieran en las próximas horas, y de los esfuerzos que dedicaran a eliminar a la peligrosa amenaza que era aquella criatura.
Sobre sus cabezas, el eclipse alcanzaba su cénit.
Y sí, lo habéis adivinado… Lo dejamos aquí por el momento.
Siento mucho el retraso con el que estoy actualizando mis fics. Como siempre, mi tendencia a escribir varia según la temporada, queriendo decir con eso que a veces me da por escribir más una historia que otra, y eso hace que luego los capítulos salgan con retraso.
En esa ocasión, he querido dar prioridad a un fic de Monster Musume que recientemente acabé, porque tenía la vaga esperanza de que fuera a ser una simple historia corta (que luego se alargó 5 capítulos más de lo esperado). Ahora que he terminado, intentaré ir actualizando el resto de fics pendientes.
La razón de que este capítulo pueda parecer algo corto, es porque en principio iba a incluir la posterior batalla entre el equipo Zero y Wardes, pero sentía que tardaría mucho en escribirlo, y eso haría que el fic se retrasara aún más. Por todo ello, partiré este capítulo en dos, e intentaré darle un final definitivo de todas todas en la próxima actualización (que esperemos no tarde mucho en salir).
Como siempre, espero que lo estéis disfrutando, y aguardaré vuestros comentarios para ver que os va pareciendo.
Chao, chao.
