Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.

Capítulo XV

"Aguja"

Cuando llegaron a la fortaleza, empapados y sucios, Quil comenzó a gritar cosas mientras azuzaba a los caballos para que entraran a toda prisa.

Al detenerse, un grupo de gente los esperaba, curiosos, preocupados.

Isabella cogió la mano de Renesmee y la ayudó a bajar. Varias mujeres la recibieron, dando gracias al cielo mientras la besaban.

Alice también fue recibida parecido, cubierta de amor. Mientras que Isabella descendió sola y simplemente la miraron sin saber qué hacer.

La joven se llevó la mano al brazo, instintivamente, notando que el vendaje improvisado se encontraba empapado.

— ¡Qué esperan! ¡Necesita atención! ¡Está herida! —exclamó Quil, para sorpresa de la castaña.

— ¿Quién está herida? —oyeron la voz de trueno del Laird, y todos abrieron paso. Bajando las cabezas.

Isabella se mantuvo en su sitio, adolorida e irritada por verle la cara. No había olvidado la afrenta, después de todo.

—Isabella, mi señor—denunció Quil y ella lo miró con ojos entrecerrados. La sombra de Edward apareció de pronto, cerniéndose sobre su cuerpo. Lo observó, pero él tenía la vista fija en el muchacho que apretaba los puños a los costados.

— ¿Y tú qué hacías mientras tu señora era herida? —increpó con la voz más dura y afilada que le había escuchado hasta el momento. Parecía emanar furia, un aura negra, anhelante de sangre coronaba su imponente altura.

—Yo…—de un segundo a otro, Edward tenía entre las manos la camisa del chico y lo levantaba del suelo.

—Pagarás su herida con tu vida—prometió.

—Deja al pobre muchacho—regañó Isabella, sosteniéndose el brazo. Ahora que su enfado por el ataque menguaba, su dolor se hacía más presente—.No ha sido su culpa, se portó diligente. Gracias por tu actuar, Quil—le sonrió levemente, y entonces ella comenzó a andar hacia la entrada al salón, ignorando por completo la expresión de todo mundo, incluida la de Edward.

Estaba cansándose más rápido que lo esperado, y no quería verse débil frente al clan.

—Oh, lassie (muchacha), ven conmigo deprisa. Atenderé tu herida—ofreció Esme, mirándola con preocupación.

Asintió, comprendiendo que necesitaba justo aquello.

Carlisle la vio andar junto a su esposa, y cuando Edward fue a seguirla, lo detuvo.

—Has debido preocuparte por ella en primer lugar, no en castigar a cualquiera al azar. No tienes idea de lo que ha pasado. Tu mujer está herida, no es momento de buscar culpables.

Edward, con los labios apretados sólo lo miró y siguió su camino. Isabella lo sacaba de sus cabales, y que estuviera herida lo desesperada de manera enfermiza. Sobre todo, porque su viaje fue totalmente secreto y clandestino. Condenada mujer, iba a terminar con él.

Enfadado, dio pesados pasos hacia el torreón.

Cuando entró en la sala, vio a su madre ordenando que llevaran agua caliente, hierbas y telas limpias. Pero sus ojos se centraron por completo en el rostro cubierto de lodo, con caminos claros ahí donde la lluvia aclaró su piel. Parecía más pálida, y débil que en cualquier otro momento que la hubiese visto antes.

Sus instintos ganaron aquella batalla.

—Isabella, vamos. Yo te ayudaré.

—No—respondió con voz cortante. Él apretó los dientes, sus límites estaban siendo empujados más allá de su control.

—No es una pregunta. Te lo estoy ordenando.

—Edward, no creo…—alzó la mano para que su madre guardara silencio.

—Tú no puedes ordenarme nada.

—Soy tu esposo, el Laird de este clan, y harás lo que te digo.

Isabella le dedicó una mirada de puro desprecio.

—He dicho que no. Déjame en paz—y entonces regresó la atención a su brazo.

Las criadas alrededor alternaban la mirada entre ella y el señor. Se sobresaltaron cuando él maldijo y zapateó hacia la mujer sentada en una silla. Sin demasiada ceremonia, la cogió y se la echó sobre el hombro.

— ¡Bájame!

— ¡No deberías hacerla esforzarse de más! —exclamó Esme, observando con preocupación cómo Isabella se revolvía con violencia. Sin preocuparse en lo más mínimo de su lesión.

Impasible, Edward subió la escalera.

—Nadie ose molestarnos—rugió dedicando una mirada envenenada a su gente, que se apresuró en asentir.

Isabella, por su parte, no dejaba de golpearle la espalda, pero casi no tenía fuerzas y ya jadeaba por el esfuerzo.

— ¿Qué está pasando, Ed? —el cuerpo de la joven se crispó al oír la voz de Angela.

—No te entrometas—le respondió con la misma voz que habló a Quil.

—Pero Ed íbamos a ir a…

— ¡Fuera de mi camino! —le rugió y la morena se sobresaltó. De inmediato, comenzó a lloriquear.

Aquella escena no le dio la suficiente satisfacción a Isabella como para apaciguarla. Su orgullo, su dignidad y sus recién descubiertos anhelos, se encontraban demasiado magullados como para conformarse con eso.

Le clavó las uñas con odio, esperando hacerle daño. Para su frustración Edward ni se inmutó.

En grandes pasos, se encontraron dentro de la habitación que solían compartir y cerró fuertemente, echando llave a continuación.

Esperaba que la dejara caer sobre el colchón, empero, la sostuvo con delicadeza hasta depositarla con sumo cuidado sobre la cama.

—Quítate el vestido.

—No.

—No me sigas presionando, Isabella.

—No te metas conmigo entonces.

—Deja de comportarte como una niña.

—No me molesta ser una niña—respondió, cruzando los brazos. Era cien veces mejor que ser llamada compañero.

—Tu herida necesita atención.

—Tu madre iba a hacerlo, hasta que te pusiste en esta faceta de mierda y me trajiste aquí. Si muero por falta de tratamiento, será tu culpa. ¿Sabes? Espero morir, así Charlie se verá forzado a atacarte por honor y quizá acabe contigo.

Él dejó de rebuscar cosas y la cogió por la mandíbula, a escasos centímetros de su rostro.

—Jamás vuelvas a repetir eso.

—Espero que lo haga, sinceramente, te odio tanto que espero que te mate.

—No vuelvas a decir que esperas morir. Te lo prohíbo.

— ¡Tú no puedes prohibirme nada! —se sacudió su mano con brusquedad.

—De un modo u otro, haré que aprendas a obedecerme—la miró con ojos duros—.Ya sé que te vuelves dócil si te toco lo suficiente, eres más manipulable de lo que piensas. Tu cuerpo es débil, y me pertenece—aquello fue como si la hubiera golpeado. Le dolió incluso más que la herida de flecha.

Apartó la mirada, dolida y molesta a partes iguales. No podía creer que él le recordara ese episodio, que le recordara con la facilidad que se comió el orgullo y cedió a la seducción. Y que cuando él creyó que era suficiente, sólo la dejó. Seguramente sabía que no supo cómo calmar el ardor de su piel, y que su entrepierna le molestaba cada vez que recordaba cómo había besado sus pechos.

Edward comprendió que dijo cosas equivocadas, sólo por el deseo de silenciarla. No tenía derecho a hacerla sentir miserable por la pasión que él mismo había despertado, y que solía experimentar a menudo con tan solo mirarla.

—Escucha, yo…

—Cállate—gruñó. Alzando la mirada— ¡Cállate! ¡Te odio! —gritó con tanto sentir, que algo en él se contrajo.

Alzó la mano para tocarle la cara. Pero ella respondió abofeteándolo fuertemente.

—No quiero que vuelvas tocarme, nunca.

—Esa no es la solución. Lo único que te queda, es enfrentar lo que sientes—se resistió a tocar la mejilla magullada.

Aye, pero prefiero lanzarme al Loch, antes que volver a hacerlo contigo.

— ¿Qué demonios se supone que significa eso?

—Que si vuelvo a sentirme de ese modo, no recurriré a ti.

—Eres mi esposa, no puedes acudir a nadie más.

— ¡Eso te crees tú! Pero si tú puedes hacerlo, también yo.

— ¿De qué estás hablando?

—Lo sabes, no finjas—él la cogió por los brazos, e Isabella gimió.

La soltó de inmediato, recordando que tenía cosas que hacer. Se levantó, y regresó con la palangana llena de agua.

—Quítate el vestido o lo haré yo. Necesito atender tu herida.

—He dicho que no me toques.

—Bien—cogió la daga de su cinto y sosteniéndole el brazo procedió a quitarle la manga. Rompió la parte delantera, de modo que Isabella tuvo que sostenerlo para no quedar en paños menores frente a él.

Cuando tuvo la herida despejada, Edward maldijo. E Isabella le echó un vistazo.

Bueno, no era un rasguño. La punta de la flecha había rasgado bastante carne, y era una herida más grande de lo esperado. Tan solo por suerte, no le atravesó el brazo.

— ¿En qué demonios estabas pensando?

Ella se negó a responder.

Frustrado y enfadado consigo mismo por su proceder tan vergonzoso, se limitó a apretar los dientes y limpiar con agua el corte de aspecto doloroso. Sangraba mientras lo lavaba, y de reojo vio cómo la chica apretaba la mandíbula. El brazo se encontraba tan tenso que temblaba, pero en ningún momento se quejó. Ningún sonido abandonó sus labios.

—Es necesario coser.

Isabella lo observó, pálida.

—No quiero que lo hagas tú—al hablar, notó que parte de su aliento se había desvanecido.

Él la contempló, incluso herida, y sucia como estaba, exhibía una entereza excepcional.

—Vuelvo enseguida—se limitó a responder, comprendiendo que había presionado en demasía los límites de la mujer, en el peor escenario posible.

Él había perdido parte de su cordura al saber que estaba herida, pero no era excusa para su deplorable comportamiento.

Maldijo mientras descendía, en pesados pasos que hicieron a las criadas correr por refugio.

—Madre—llamó a la mujer que preparaba un emplasto de hierbas.

— ¿Qué quieres? ¿Cómo está Isabella? —no lo miró. Al parecer aquel día estaba escrito que cada mujer de Inverlochy lo odiara.

—La herida es peor de lo que esperaba. Hay que coserla. Ella… no quiere que lo haga yo.

Esme lo contempló con el ceño fruncido, lejos de su expresión amable. Sin mediar palabra, anduvo hacia la cocina.

—Vamos—cuando regresó llevaba una botella de whisky, una taza humeante, aguja e hilo. Edward se estremeció, al recordar el dolor que estaba a punto de experimentar su esposa.

Cuando entraron, Isabella se encontraba sentada con la espalda contra el respaldo. El sudor perlaba su frente, pegándole el cabello al rostro.

— ¿Cómo te encuentras, Isabella? —interrogó con voz dulce, y para la joven fue un alivio verla en la habitación. No quería saber nada del Deamhan (demonio) que la miraba desde la puerta con expresión inescrutable.

—He tenido mejores momentos—le sonrió débilmente, porque sus fuerzas comenzaban a agotarse. Sólo quería limpiarse y dormir para dejar de sentir dolor.

Aye, eso es obvio—le sonrió y se acomodó a su lado, en una silla. Le tendió la botella de whisky—.Lo que haré a continuación va a ser muy doloroso, te recomiendo beber un trago o dos.

La castaña no pensaba discutir. La aceptó y bebió un largo sorbo. Maldijo por el escozor, pero repitió la acción dos veces más. Entonces asintió a Esme.

Volteó el rostro, apretando las mantas con la mano.

No quería gritar en presencia de Edward, pero al sentir la primera puntada, no se creyó tan capaz.

Se mordió tan fuerte el interior de las mejillas que pronto sintió el sabor de la sangre. Su respiración se volvió superficial y la piel se le cubrió de sudor.

—Esme—llamó Edward, con voz dura.

—Cállate y sal de esta habitación—sin detener la cruel tortura de unir la carne destrozada de la joven, exclamó con fuerza: — ¡Ahora!

A continuación Isabella oyó el portazo que indicaba la ausencia del hombre.

—Falta poco, lass (chica) —calmó, e Isabella temió perder el conocimiento. El alcohol había adormecido sus sentidos, pero el dolor era mucho más intenso.

Finalmente, cuando creyó que se destrozaría los dientes, Esme cortó el hilo y abandonó la palpitante herida. Entonces Isabella dejó escapar un largo y trémulo suspiro, que por poco se convirtió en sollozo.

Mientras jadeaba para recuperarse, sintió suaves caricias en el cabello.

—Eres muy fuerte. Reconozco que me asombra, pensé que eras sólo un rumor—le sonrió, pero Isabella sólo tenía fuerzas para respirar—.Ten, bebe esto. Te hará dormir.

—Quiero lavarme…

—Ya me encargaré de eso.

—Edw…él no. Por favor—ni siquiera inconsciente, quería las manos de ese bastardo sobre su cuerpo. Prefería podrirse en la mugre.

Aye, aye…—calmó dándole tiernas palmaditas en la cabeza, mientras la ayudaba a beber una amarga infusión que en cuestión de minutos, la tenía con el cuerpo pesado y los párpados cediendo al poder de las hierbas.

Pronto se sumergió en un profundo e indoloro sueño.

— ¿Se ha desmayado por el dolor? —inquirió Edward entrando a la habitación. Pasó de su madre, y se arrodilló junto a la cama donde yacía lánguida y sin fuerzas la mujer más indómita que conocía.

Verla de aquel modo lo sobrecogió, sin su afilada lengua e ingenio, no era más que una mujer bella.

Como si de una revelación se tratase, comprendió que nunca querría dominarla, ni acallar sus instintos, no si eso significaba quitarle la esencia que la convertía en un ser digno de admiración, en todos los sentidos posibles.

—No—respondió Esme recogiendo las cosas, observando la escena—pediré agua caliente y paños para lavarla. No trates de despertarla, necesita descansar luego de sufrir tanto.

—Yo puedo encargarme de eso.

—No. Me ha pedido que no lo hagas y pienso respetar su petición, motivos tendrá—lo miró con ojos fieros. Pero su hijo ni la tomó en cuenta, embobado en la joven que por fin dormía, reposando luego de comportarse como un orgulloso guerrero herido en batalla.

Antes de conocerla, había tenido sus dudas. Los rumores de la impulsiva, maleducada e irreverente hija de Charlie Swan eran conocidos por todas y cada una de las almas en las Tierras Altas. No obstante, ella había visto la verdad. Y ésta era, que fuera de ser una mujer con pensamientos muy contrarios a los considerados adecuados por la gente, Isabella Swan se componía de orgullo, amabilidad y una fuerza inigualable proveniente de su interior.

No le parecía el desastre ni la bestia descontrolada que Sorcha se empeñaba en hacerla creer, sino, que la mujer perfecta y adecuada para el carácter de Edward. Ella no le temía, ni lo perseguía por ninguna razón. De hecho, pocas dirían que Inverlochy era tan hermoso que quitaba el aliento.

Sonriendo, pensó en que la prefería como hija, por sobre la jovencita Angela. Que ya había dejado en evidencia sus intenciones al engañarlos para llevarla hasta Edward. Al inicio sólo pidió que la acercaran a Fort Williams, pero luego no hizo ademan de bajarse y se vieron obligados a llevarla con ellos hasta Inverlochy.

Solo esperaba que Isabella no cayera en los juegos de Angela, que así como poseía belleza, también albergaba sentimientos oscuros y retorcidos.


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Y pues nada, me voy a disfrutar en familia.

Un abrazote!

Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pude haber pasado por alto.