Una mañana, tres días después de la mordedura de la víbora, Naruto se sintió por fin con la presencia de ánimo suficiente como para salir de la cama. Para su inmenso alivio, la mayoría de los invitados se había marchado con el fin de asistir a una fiesta que se celebraba en una propiedad colindante, de modo que Stony Cross Park había quedado en paz y bastante vacía. Tras haberlo consultado con el ama de llaves, Kushina trasladó a Naruto a un salón privado de la planta superior, con vistas a los jardines. Era una estancia encantadora, con las paredes cubiertas por un papel de estampados florales en color azul y repletas de alegres retratos de niños y animales. Según el ama de llaves, ese salón estaba reservado para el uso exclusivo de los Marsden, pero el propio lord Westcliff había sugerido la estancia en beneficio de la comodidad de Naruto.

Después de colocar una manta de viaje sobre las rodillas de su hijo, Kushina depositó una infusión de presera en la mesa que había junto a Naruto.

—Debes beberte esto —dijo con firmeza en respuesta a la mueca de desagrado de Naruto—. Es por tu propio bien.

—No hace falta que te quedes en la habitación para cuidar de mi, mamá—contestó—. Estaré encantado de quedarme aquí descansando mientras vas a dar un paseo o charlas con alguna de tus amistades.

—¿Estás seguro? —preguntó Kushina.

—Totalmente. —Naruto cogió la taza con la infusión y le dió un sorbo—. Incluso me estoy tomando la medicina, ¿ves? Vete, mamá, y no te preocupes más por mí.

—Muy bien —accedió Kushina a regañadientes—. Pero sólo un ratito. El ama de llaves me dijo que utilizaras esa campanilla qué hay sobre la mesa si necesitas a algún criado. Y no olvides beberte la infusión.

—Lo haré —prometió Naruto, esforzándose por componer una enorme sonrisa que mantuvo hasta que Kushina abandonó la habitación; en cuanto su madre desapareció, se inclinó por encima del borde del canapé y vertió con sumo cuidado el contenido la taza por la ventana abierta.

Con un suspiro de satisfacción, Naruto se hizo un ovillo en uno de los extremos del canapé. De vez en cuando, el ruido que hacía la servidumbre rompía el plácido silencio: el estrépito de los platos, el murmullo de la voz del ama de llaves, el sonido de una escoba que limpiaba la alfombra del pasillo... Apoyó un brazo en el alféizar y se inclinó hacia un rayo de sol, dejando que su brillo le bañara el rostro. Cerró los ojos y escuchó el zumbido de las abejas mientras se desplazaban, perezosamente, entre el despliegue de flores de las hortensias rosas y los delicados ramilletes de los arvejos que adornaban los parterres. A pesar de que aún se encontraba demasiado débil, resultaba muy placentero sentarse a disfrutar del cálido letargo, medio adormilado como un gato.

Se estaba sumiendo en el sueño cuando escuchó un sonido proveniente de la puerta. No fue más que un ligero golpecito, como si el visitante se resistiera a interrumpir su sueño con un golpe más fuerte. Deslumbrado como estaba por la luz del sol, Naruto parpadeó repetidamente y se quedó donde estaba, con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Las motitas de luz fueron desaparecí poco a poco de su campo de visión, y, cuando por fin lo hicieron, encontró con la vista clavada en la oscura y esbelta figura de Sasuke Uchiha. Descansaba parte de su peso en una de las jambas de la puerta, con un hombro apoyado contra ésta en una elegante, aunque inconsciente, postura. Tenía la cabeza inclinada y lo observaba con una expresión indescifrable.

El pulso de Naruto se desbocó. Como era habitual, Sasuke vestía de forma impecable, pero el atuendo formal no ocultaba de ninguna de las maneras la masculinidad que parecía emanar de él. Naruto recordó la dureza de sus brazos y su pecho mientras lo llevaba en brazos, el tacto de esas manos sobre su cuerpo... ¡Señor, jamás sería capaz de mirarlo sin acordarse!

—Tiene el aspecto de una mariposa que acabara de colarse desde el jardín —le dijo él con suavidad.

Debía de estar burlándose de el, pensó Naruto, que se daba perfecta cuenta de la palidez enfermiza que mostraba. Consciente de su apariencia, se llevó una mano al cabello y se apartó unos cuantos mechones desordenados.

—¿ Qué hace aquí? —preguntó—. ¿No debería estar en la fiesta de la propiedad vecina?

No había pretendido sonar tan brusco y desagradable, pero su habitual facilidad con las palabras parecía haberlo abandonado. Mientras lo contemplaba, no podía dejar de recordar el modo en que él le había frotado el pecho con las manos. El recuerdo hizo que un acalorado rubor, provocado por la vergüenza, le cubriera la piel. Sasuke replicó con un tono melifluo igual de ácido.

—Tengo asuntos de negocios que tratar con uno de mis gerentes, que tiene que llegar desde Londres esta mañana. A diferencia de esos caballeros con medias de seda cuyos linajes tanto admira, yo tengo más cosas en las que pensar además de decidir el mejor lugar donde extender la manta para la merienda campestre. —Se aparto del marco de la puerta y se aventuró al interior de la habitación sin dejar de estudiarla: de un modo exhaustivo—. ¿Todavía se siente débil? Pronto se sentirá mejor.

¿Cómo está su tobillo? Levántese las faldas... Creo que debería echarle otro vistazo.

Naruto lo observó con alarma durante una fracción de segundo, pero luego comenzó a reír cuando se percató del brillo de sus ojos. La audacia del comentario había mitigado su vergüenza y había hecho que se relajara.

—Eso es muy amable —respondió, cortante—. Pero no hay necesidad alguna. Mi tobillo está mucho mejor, gracias.

Sasuke sonrió mientras se acercaba a Naruto.

—Debo decirle que mi oferta está motivada por el más puro de los altruismos. No hubiera recibido placer ilícito alguno con la visión de su pierna. Bueno, tal vez un pequeño estremecimiento, pero lo hubiera ocultado sin dificultad.

Con una sola mano, agarró una de las sillas por el respaldo y la llevó sin esfuerzo junto al canapé, tras lo que se sentó cerca de el. Naruto se quedó impresionado por la facilidad con la que había levantado el pesado mueble de caoba labrada, como si fuera una pluma. Lanzó una rápida mirada al vano de la puerta. Mientras esta permaneciera abierta, era aceptable que se sentara con Sasuke en el saloncito. Además, su madre volvería para comprobar cómo seguía. No obstante, antes de que eso sucediera, Naruto decidió sacar el tema de las botas.

—Señor Uchiha —comenzó con cautela—, hay algo que debo preguntarle...

—¿Sí?

Sus ojos eran, sin duda alguna, su rasgo más atractivo, pensó Naruto distraído. Vibrantes y llenos de vida, le hacían preguntarse por qué la gente solía preferir los ojos azules a los oscuros. Ninguna tonalidad de azul podría jamás transmitir la inteligencia que bullía en las brillantes y negras profundidades de los ojos de Sasuke Uchiha.

Por más que lo intentaba, no se le ocurría una manera sutil de formularle la pregunta. Tras una lucha silenciosa con varias frases al final optó por la franqueza.

—¿Los botines son cosa suya? Su expresión no reveló nada.

—¿Botines? Me temo que no lo entiendo, señorito Namikaze. ¿Habla con metáforas o nos referimos a calzado de verdad?

—Botas altas —dijo Naruto, que lo miró con manifiesta sospecha—. Ayer, alguien dejó un par de botas nuevas en mi habitación.

—Por más que me deleite discutir cualquier parte de su vestuario, señorito Namikaze, me temo que no tengo nada que ver con un par de botas. No obstante, me alivia saber que haya encontrado la forma de adquirir unas. A menos por supuesto, que deseé seguir mostrándose como un bufé andante para la fauna salvaje de Hampshire.

Naruto lo observó durante largo rato. A pesar de que lo hubiera negado, algo se escondía bajo la máscara de indiferencia..., un brillo juguetón en sus ojos...

—Entonces ¿niega haberme regalado las botas?

—Lo niego de modo total y absoluto.

—Pero, me pregunto... Si alguien deseara regalarle un par de botas a un doncel sin que éste lo supiera ¿ cómo podría averiguar la medida exacta de sus pies?

—Una tarea de lo más sencilla... —explicó—. Me imagino que la persona con recursos se limitaría a pedirle a una doncella que copiara la silueta de las suelas de unos zapatos del doncel en cuestión. Después, podría llevar el patrón al zapatero más cercano, a quien obligaría a abandonar el trabajo que estuviera haciendo para que, de este modo, pudiera confeccionar las botas de inmediato.

—Demasiadas molestias para esa persona —musitó Naruto. La mirada de Sasuke se encendió de repente con un brillo travieso.

—Sería mucho menos problemático que verse obligado a cargar con un doncel herido y subirlo tres tramos de escaleras cada vez que saliera a pasear con sus zapatos de baile.

Naruto se dio cuenta de que Sasuke nunca admitiría que le había regalado las botas, cosa que no sólo le permitiría conservarlas, sino que aseguraba también que jamás pudiera agradecérselo. Y Naruto sabía que había sido el responsable: lo llevaba escrito en la cara.

—Señor Uchiha —dijo con gran formalidad—, me gustaría... Me gustaría... —Se detuvo, incapaz de encontrar las palabras, y lo contempló impotente.

Apiadándose de Naruto, Sasuke se puso en pie, cruzó la habitación y levantó un pequeño tablero de juego circular. Tenía poco más de medio metro de diámetro y estaba fabricado con un ingenioso mecanismo que permitía jugar tanto a las damas como al ajedrez.

—¿Juega? —preguntó de pasada al tiempo que colocaba el tablero delante de Naruto.

—¿A las damas? Sí, de vez en cuando...

—No, no me refería a las damas, sino al ajedrez.

Naruto negó con la cabeza y volvió a arrellanarse contra el canapé.

—No, nunca e Jugado. Y, aunque no quiero parecer poco cooperador según me siento en estos momentos, no tengo ganas de probar algo tan difícil como...

—Pues ha llegado el momento de que aprenda —sentenció Sasuke que se acercó a una estantería empotrada para coger una caja de madera tallada—. Se dice que nunca se llega a conocer a alguien hasta haber jugado una partida de ajedrez.

Naruto lo observó con cautela, nervioso ante la idea de estar a solas con él... y, a la vez, seducido sin remedio por su deliberada ternura. Daba la impresión de que estuviera tratando de obligarlo a confiar en él. Sus modales traslucían cierta delicadeza que parecía contradecir por completo al cínico disoluto por el que Naruto siempre lo había tomado.

—¿De verdad lo cree? —preguntó Naruto.

—Por supuesto que no. — Sasuke llevó la caja hasta la mesa, donde la abrió para revelar un juego de piezas de ónice y marfil, labradas con todo lujo de detalles. Le dedicó una mirada provocativa—.Lo cierto es que no se puede conocer realmente a un hombre hasta que se le ha prestado dinero. Y nunca se puede conocer a un doncel hasta que se ha dormido en su cama.

Lo dijo con toda deliberación, desde luego, con el fin de escandalizarlo. Y había tenido éxito, a pesar de que Naruto hizo cuanto pudo para ocultarlo.

—Señor Uchiha —le dijo; respondiendo a sus ojos risueños con un ceño fruncido—, si continúa haciendo comentarios groseros, me veré obligado a pedirle que se vaya de la sala.

—Perdóneme. —La inmediata disculpa no lo engañó en ningún momento—. Es que no puedo dejar pasar ninguna oportunidad de hacer que se ruborice. Nunca conocí a un doncel que lo hiciera con tanta frecuencia como usted.

El rubor que había comenzado en su garganta se extendió hasta la raíz del cabello.

—Yo nunca me ruborizo. Tan sólo cuando usted está cerca, y.. —Se detuvo de golpe y lo miró con un ceño tan indignado que lo hizo reír a carcajadas.

—Me comportaré —le dijo—. No me pida que me vaya.

Lo miro, indeciso, y se pasó una mano temblorosa por la frente. Aquella muestra de debilidad física lo hizo hablar con un tono todavía más amable.

—Está bien —murmuró—. Deje que me quede, Naruto.

Parpadeando, respondió con un inestable cabeceo y volvió a hundirse en los cojines del canapé mientras Sasuke acomodaba las piezas con gestos meticulosos. La forma en que tocaba las piezas era sorprendentemente ligera y hábil, sobre todo si se consideraba el tamaño de sus manos. Manos rudas cuando así lo quería, pensó Naruto..., palidas y masculinas, con apenas un poco de vello oscuro en el dorso.

Al estar medio inclinado sobre el, Naruto se percató del intrigante aroma que emanaba de él, mezcla de un ligero toque de almidón y jabón de afeitar, que se superponía a la fragancia de la piel masculina limpia... Y también percibía algo más esquivo, un olor dulzón en su aliento, como si acabara de comer peras o, tal vez, una rodaja de piña. Al levantar la vista para mirarlo, se dio cuenta de que con muy poco esfuerzo, Sasuke podría haberse inclinado y besarlo. Ese pensamiento consiguió que se estremeciera. En realidad, deseaba sentir la boca del hombre sobre la suya, inhalar ese efímero roque de dulzura de su aliento. Deseaba que volviera a abrazarlo.

Al darse cuenta de ese hecho, abrió los ojos de par en par. La súbita inmovilidad de Naruto quedó patente para Sasuke al instante. El hombre desvió su atención desde el tablero de ajedrez hasta su rostro, y lo que quiera que viese en su expresión hizo que contuviera el aliento; Ninguno de los dos se movió. Lo único que Naruto pudo hacer fue esperar en silencio, hundiendo los dedos en el tapizado del canapé, mientras se preguntaba cuál sería el siguiente paso de Sasuke.

Él rompió la tensión con un largo suspiro, tras el que habló con una voz ligeramente ronca.

—No.. Todavía no está lo bastante recuperado.

Le costaba trabajo escuchar las palabras debido al ensordecedor latido de su corazón.

—¿ Có—cómo ha dicho? —preguntó Naruto con voz débil.

Aparentemente incapaz de contenerse, Sasuke apartó un pequeño mechón rizado de sus sienes. El roce de la yema de su dedo hizo que la sedosa piel de Naruto ardiera y se erizara a su paso.

—Sé lo que está pensando y créame, me resulta de lo más tentador. Pero todavía se encuentra demasiado débil... y mi autocontrol hoy es bastante escaso.

—Si con eso insinúa que yo...

—Nunca malgasto el tiempo con insinuaciones —murmuró al tiempo que regresaba a la metódica colocación de las piezas de ajedrez—. Es obvio que desea que lo bese y cuando llegue el momento adecuado, estaré encantado de complacerlo. Pero todavía no.

—Señor Uchiha, es usted el mayor...

—Sí, lo sé —replicó con una sonrisa—. También puede ahorrarse el esfuerzo de arrojarme epítetos a la cara, puesto que ya los he escuchado todos.

Se sentó en la silla y le colocó una pieza de ajedrez en la mano. El ónice labrado resultaba pesado y frío, aunque la lisa superficie se calentó poco a poco al tacto.

—No hay epíteto alguno que desee arrojarle a la cara —le dijo Naruto—. Con uno o dos objetos afilados bastaría.

Una risa profunda retumbó en el pecho de Sasuke, que acarició el dorso de los dedos de Naruto con el pulgar antes de retirar la mano. Naruto sintió la ligera aspereza de un callo, y la sensación no pareció muy diferente del lametón de un gato. Asombrado por la respuesta que él le provocaba, bajó la vista hasta la pieza que tenía en la mano.

—Es la dama: la pieza más poderosa del tablero. Puede desplazarse en cualquier dirección y cuantas casillas quiera.

No había ninguna sugerencia manifiesta en sus palabras, pero cuando hablaba tan bajo, como en aquel momento, la tonalidad ronca de su voz conseguía hacerle un nudo en el estómago.

—¿Más poderosa que el rey? —preguntó.

—Sí. El rey sólo se puede mover una casilla por turno. Sin embargo, el reyes la pieza más importante.

—¿Por qué es más importante que la reina si, no es más poderosa?

—Porque una vez que es capturado, el juego llega a su fin. — le quitó la pieza que le había dado y la cambió por un peón. Los dedos de Sasuke rozaron los suyos y se demoraron en una breve pero inequívoca caricia. A pesar de que Naruto sabía que debía poner freno a semejantes y escandalosas familiaridades, se encontró sumido en una especie de estupor al tiempo que sus nudillos palidecían al apretar la pieza de marfil con demasiada fuerza. Cuando prosiguió con la explicación, el tono de Sasuke sonó grave y aterciopelado—. Esa pieza es un peón, que se mueve una casilla por turno. No puede desplazarse hacia atrás ni en diagonal, a menos, en este ultimo caso, que se coma a otra pieza. Por regla general, los principiantes se inclinan por utilizar mucho los peones al comienzo del juego, puesto que de esa forma controlan una gran superficie del tablero. Sin embargo, la estrategia que da mejores resultados es la de utilizar con sabiduría el resto de las piezas...

A medida que Sasuke continuaba la explicación acerca de cada plaza y su utilidad, las iba apretando contra su palma. Naruto quedó seducido por los hipnóticos roces de esas manos y con la sensibilidad a flor de piel. Sus defensas habituales parecían haber quedado hechas añicos. Algo le había sucedido a el mismao, o a Sasuke, o tal vez a los dos, algo que les permitía deleitarse con la compañía del otro con una desenvoltura, de la que no habían disfrutado con anterioridad. No quería invitarlo a que se acercara más, ya que no pudría resultar nada bueno de ese impulso, pero se sentía incapaz de no disfrutar de su cercanía.

Sasuke lo persuadió para que jugara y esperó con paciencia a que considerara cada movimiento posible; también se prestaba a ofrecerle consejo cuando Naruto se lo pedía. Sus modales eran tan encantadores y lo distraían con tanta efectividad que para Naruto no tenía importancia alguna quién pudiera ganar. Casi. Cuando desplazó una pieza hasta una posición en la que no sólo atacaba una de las piezas de el, sino dos a la vez, Sasuke le dirigió una sonrisa de aprobación.

—A eso se le llama «doble amenaza». Tal como supuse, tiene un instinto nato para el ajedrez. — Ahora no le queda otra opción que la de retirarse —anunció Naruto exultante.

—Todavía no. —Movió otra de sus piezas hacia un área diferente del tablero y amenazó de inmediato a su reina.

Desconcertado por esa estrategia, Naruto cayó en la cuenta de que acababa de obligarlo a retroceder.

—Eso no es justo —protestó, ante lo que él emitió una risa ahogada.

Naruto enlazó los dedos y apoyó la barbilla sobre las manos mientras procedía a estudiar el tablero. Pasó un minuto completo durante el cual meditó diversos movimientos, pero ninguno le parecía acertado.

—No sé qué hacer —admitió por fin.

Cuando levantó la vista, advirtió que Sasuke lo estaba observando de una forma extraña: su mirada era cariñosa y, a la vez, destilaba preocupación. Esa mirada lo desconcertó, y tuvo que tragar saliva para hacer desaparecer un nudo de espesa dulzura que, igual que la miel, ahogaba su garganta.

—Lo he fatigado —murmuró Sasuke.

—No, me encuentro bien...

—Retornaremos la partida más tarde. Verá con mayor claridad su siguiente movimiento una vez que haya descansado.

—No quiero dejarlo ahora —dijo Naruto, que se sentía molesto por su negativa—. Además, ninguno de los dos recordará la disposición de las piezas.

—Yo me acordaré. —Sasuke hizo caso omiso de sus protestas, se puso en pie y apartó la mesa hasta dejarla fuera de su alcance—. Tiene que dormir una siesta. ¿Necesita la asistencia de alguien para regresar al piso superior o...?

—Señor Hunt, de ninguna de las maneras pienso regresar a mi habitación —dijo con obstinación—. Estoy más que cansado de estar allí. De hecho, preferiría dormir en el pasillo antes que...

—Muy bien —musitó Sasuke con una sonrisa antes de volver a sentarse—. Cálmese. Nada más lejos de mi intención que obligarlo a hacer algo que no desea. —Enlazó los dedos, se reclinó en una postura engañosamente informal y entrecerró los ojos para mirada—. Mañana, los invitados regresarán a la mansión con renovadas fuerzas —señaló—. Supongo que retornará la persecución de Kendall enseguida, ¿no es así?

—Probablemente —admitió Nruto, que se cubrió la boca cuando un insistente bostezo se propuso estirar sus labios.

—No lo desea—recalcó Naruto en voz baja.

—Por supuesto que sí.— Naruto se detuvo, soñoliento, y medio apoyó la cabeza en el brazo doblado—. Y, aunque se ha mostrado de lo más gentil conmigo, señor Uchiha..., me temo que no puedo permitir que eso cambie mis planes.

Sasuke lo contempló con la misma mirada relajada y absorta que le había dedicado al tablero de ajedrez.

—Tampoco yo vaya cambiar mis planes, cariño.

Si Naruto no hubiera estado tan cansado, se habría opuesto al tratamiento afectuoso. En cambio,se limitó a considerar sus palabras a través de la bruma del sueño. Sus planes...

—Que no son otros que evitar que atrape a lord Kendall—dijo.

—Son un poco más ambiciosos —replicó, con la diversión bailando en la comisura de los labios.

—¿A qué se refiere?

—No estoy dispuesto a desvelar mi estrategia. Es evidente que necesito de cualquier ventaja de la que disponga. El siguiente movimiento es suyo, señorito Namikaze. Pero no olvide que lo estaré vigilando.

Naruto era consciente de que la advertencia debería haberlo alarmado. Sin embargo; abrumado como estaba por una debilidad extrema, cerró los ojos por unos segundos. La balsámica humedad que había tras sus párpados alivió la sensación de picor que anunciaba la urgente necesidad de dormir. Abrió los ojos con gran reticencia y la imagen de Sasuke se desdibujó delante de el. Era una pena que tuvieran que ser adversarios, pensó con cansancio. No fue consciente de que había pronunciado las palabras en voz alta hasta que él replicó con tono amable.

—Nunca he sido su adversario.

— ¿Somos amigos, en ese caso? —murmuró con escepticismo al tiempo que sucumbía a la tentación de cerrar los ojos una vez más. En esa ocasión, el sueño lo acogió en su abrazo con tanta rapidez que apenas pudo percatarse de que, Sasuke lo había cubierto hasta los tobillos con la manta de viaje.

—No, cariño —susurró—. No soy tu amigo...

Disfrutó, de un sueño ligero y, al despertar, pudo comprobar que se encontraba solo en el salón privado antes de volver a dormirse a la suave luz del sol. A medida que su cuerpo se adentraba en un estado de somnolencia, se halló inmerso en un sueño de vívidos colores, en el que sus sentidos se habían agudizado y sentía su cuerpo tan ligero como si flotara en un mar de cálidas aguas. Poco a poco las formas se materializaron a su alrededor...

Caminaba por una casa desconocida, una mansión brillante donde la luz del sol se filtraba por los ventanales. Las habitaciones estaban vacías, sin invitados ni sirvientes a la vista. La música, cuyo origen no podía ver, flotaba en el aire; era una melodía triste y etérea que despertaba en el un extraño anhelo. Mientras paseaba solo, dio con una espaciosa habitación con columnas de mármol y sin techo... Se abría al cielo, que apenas quedaba oculto por una fugaz nube que sobrevolaba la estancia. El suelo de parqué que pisaban sus pies estaba formado por cuadros negros y blancos que se asemejaban a un tablero de ajedrez, con estatuas de tamaño natural colocadas en algunas de las casillas.

Se movió entre ellos con curiosidad y trazó lentos círculos a su alrededor para contemplar sus brillantes rostros esculpidos. Sintió el deseo de tener a alguien con quien hablar, el calor humano de una mano a la que aferrarse, por lo que cruzó el gigantesco tablero, de ajedrez, buscando a ciegas entre la multitud de figuras inmóviles...hasta que divisó una oscura silueta que se apoyaba, indolente, contra una blanca columna de mármol. Su corazón se desbocó y sus pasos se fueron deteniendo poco a poco a medida que una sensación de nerviosismo se apoderaba de el, calentando su piel y acelerando su pulso con un ritmo frenético.

Era Sasuke Uchiha, que se acercaba a el con una ligera sonrisa en el rostro. Lo atrapó antes de que pudiera escapar y se inclinó para susurrarle al oído.

—¿Bailarás conmigo ahora?

—No puedo —contestó sin aliento mientras luchaba por desasirse de su abrazo.

—Sí, sí que puedes —lo urgió con gentileza y le recorrió el rostro dejando un reguero de besos tiernos—. Rodéame con los brazos...

Cuando Naruto se retorció entre ellos, Sasuke rió con suavidad y lo besó hasta que se encontró inerte e indefenso frente a él.

—La reina está a punto de caer—murmuró al tiempo que se retiraba un poco para mirarlo con unaexpresión perversa en los ojos—. Estás en peligro, Naruto...

De repente, quedó libre y se volvió para huir de él, tropezando con las estatuas que encontraba en su camino. Sasuke lo siguió muy despacio, y esa risa grave tan suya le martilleaba en los oídos. Lo siguió muy de cerca, prolongando la caza con toda deliberación, hasta que Naruto se encontró acalorado, exhausto y sin aliento. Cuando por fin lo capturó, lo obligó a apoyar la espalda contra él antes de tenderlo en el suelo. Su oscura cabellera ocultó el cielo cuando colocó su cuerpo sobre el de Naruto; la música quedó apagada por los atronadores latidos de su propio corazón.

—Naruto —susurró—, Naruto...

Se despertó sus ojos se abrieron en un rostro sonrojado por el sueño y descubrió que había alguien más con el.

—Naruto —volvió a escuchar... Pero no se trataba de la voz de barítono ronca y acariciante que aparecía en su sueño.