Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.
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Hyakkoryōran
Por St. Yukiona.
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Recolecta
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"Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones".
Flores del mal. C. Baudelaire.
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—El hijo prodigo que regresa a sus tierras... te fuiste como un niño y vuelves como todo un hombre, Yuuri-kun —dice la mujer sentada en el esplendoroso asiento que está por a diez escalones por encima de donde ellos están.
—Chihoko-dono —los shinobis que acompañan a Mila y a Yuuri se han hincado dejado una rodilla en el piso que está reluciente, Mila nunca había visto un piso igual al del palacio. Cuando fueron en aquel momento a dejar a las hijas del antiguo daimyo no había entrado hasta esa sala que parece ser la sala de coronación, sin embargo, ahora que la observa es mucho muy bella. También se inclina como lo hace su maestro y el resto de los ninjas. Con la cabeza abajo, una mano en puño al piso y la otra en puño sobre su pecho, sobre el área donde está el corazón.
—Yuuri-kun, no tienes por qué ser tan frío... después de todo somos amigos —dice la mujer bajando las escaleras.
Mila escucha el ruido sordo de los pasos de aquella mujer que baja con tranquilidad. Pero el lugar está en un inquietante silencio que le hace ser capaz de escuchar incluso el movimiento de la tela del vestido que usa ella.
Telas vaporosas sobre capas y capas de seda. El bordado final es el de un bosque bordado por hábiles manos en la parte inferior del kimono que llevaba. Mila se atreve a alzar un poco los ojos esmeralda y los baja de inmediato pues es observada por la mujer.
—Y veo que vienes acompañado... ¿tu prometida, shinobi? No sabía que Konoha tuviera esas prácticas, será una mujer hermosa cuando crezca pero creo que es demasiado joven para ti, Yuuri-kun.
—Es mi aprendiz, mi señora —responde Yuuri con calma, no hay enojo, ni irritabilidad, ni ningún sentimiento. Yuuri usa un tono neutro. Sereno. El mismo tono de voz que usa para hablar frente al hokage cuando algo no le gusta pero aún así lo acepta sin miramiento.
—¿Aprendiz? Oh Yuuri, ahora eres de verdad tan fuerte que hasta una aprendiz tienes —Mila siente como le acarician la cabeza y todo su cuerpo se tensa pero soporta porque no quiere cometer una imprudencia, están en una misión diplomática y si Yuuri no se ha movido quiere decir que está bien. Ella confía plenamente en su maestro y de hecho, lo corrobora cuando deja de sentir la mano de la mujer, alza nuevamente los ojos y nota como Yuuri le sostiene la muñeca. De hecho, es increíble porque el resto de los ninjas se han tensado pero la mano libre de la daimyo los ha detenido para que no ataquen ni hagan ningún sólo movimiento contra Yuuri.
—Chihoko-dono, traje a Mila para poder dar seguimiento al entrenamiento que ha llevado hasta el momento... ¿hay algún problema con que ella esté aquí? —suena respetuoso, incluso amable y la idea de que Yuuri es increíble persiste en Mila.
—Entonces es una kunoichi, debe ser muy fuerte... Dime, pequeña niña... ¿qué rango tienes?
Yuuri aparta la mano en cuanto nota que Chihoko ya no seguirá en contacto con la pelirroja y la menor se incorpora, por fin puede ver al rostro a la Daimyo, no se parece en nada al antiguo Daimyo que llegó a conocer. La mujer frente a ella es hermosa: piel bronceada, cabello cobrizo y sus ojos son de un precioso ámbar que parece auténtico oro líquido.
—Mi nombre es Mila Babicheva, y soy una gennin de Konoha.
—Mila Babicheva, mucho gusto, soy Chihoko y soy la daimyo del País de los Vegetales. Es un placer poder recibirlos. Reciban mi invitación para quedarse en el palacio mientras están en su misión.
Yuuri niega.
—Me quedaré en la casa de mis padres, Chihoko-dono, el entrenamiento de Mila es muy específico —declara Yuuri con simpleza.
—En ese caso, no hay ningún problema, la casa de los Katsuki se ha encontrado abandonada desde que se han ido... mandaré a alguien para que los ayude a hacer los quehaceres.
—Nosotros estamos bien —dice Yuuri mirando a la daimyo. Y la mujer ladea el rostro con una sonrisa amable en el rostro.
—Como debe de ser... en ese caso, no permitiré que me rechacen el banquete que haré en su honor, después de eso hablaremos sobre la estrategia que seguiremos para ir contra las bestias —informa la mujer dándole la espalda a Yuuri que la observa subir hasta su pedestal, y tuerce levemente los labios.
Hubo golpe de estado, las bestias realmente están sueltas y él tiene una misión que cumplir. Su vida no podía ser más complicada. ¿Cierto?
—Pueden retirarse —ordena la mujer y los shinobis afirman. Mila sigue a Yuuri de cerca casi a punto de sostenerle la mano porque el aura que emite aquella mujer es bastante peligrosa, no puede evitar girar su mirada para cerciorarse de que no los siguen pero lo último que ve antes que las pesadas puertas de madera verde talladas se cierren es como un ninja de aquel país se acerque hasta donde la daimyo está sentada. Ellas los sigue observando fijamente y se abanica con un accesorio al que le cuelgan algunas perlas o eso es lo que cree Mila, pero no puede seguir fisgoneando porque en un ruido chillante las puertas se han cerrado. Suspira aliviada.
Eso fue bastante tétrico.
—¿Te encuentras bien, Mila? —pregunta con calma Yuuri andando por el palacio.
—Sí —responde ella torciendo los labios—. ¿Y Mari-san?
—Ella tuvo que regresar con su familia —dice Yuuri. Él sabe que es mentira, pero fue mandada a llamar seguramente querrán saber la información que ha logrado obtener de Konoha.
El Palacio de la Camelia es hermoso, se encuentra en medio de una ciudadela fortificada con enormes murallas. Tiene unos cinco o seis pisos con techos tradicionales color azul y paredes color ostión. Alrededor hay pequeños castillos minúsculos y aún alrededor de ellos un profundo río natural que es hondo y se conecta con todos los pocillos que abastecen la ciudad y campos de arroz que hay a lo largo de la extensión de aquella la ciudad principal.
—Deliberadamente dije que nos quedaríamos en casa de mis padres pero... ni siquiera sé si sigue en pie —comenta Yuuri con una risa un poco nerviosa.
—Está bien, no hay problema —responde Mila negando—. Cualquier lugar va a estar bien, sensei.
Yuuri le acaricia la cabeza, la pelirroja es una buena chica y de algún modo se alegra de haberla llevado.
—Está un poco retirado —suspira dándose cuenta que había sido demasiado imprudente al rechazar la oferta, no sabe si Mila está cansada, debe de estarlo, o si está hambrienta. Supone que irá a dejar a Mila y después irá a comprar algo de comer, o quizás pasen por algo de comer, o sencillamente se hospeden en algún hostal y mañana se encargan de ver el estado de la residencia Katsuki.
—Sensei... —el mayor sale de sus pensamientos y baja la mirada a su alumna—. ¿Usted conocía de antes a la daimyo?
—Antes de que yo me fuera a Konoha con mi familia, la Daimyo pertenecía al castillo del girasol... es un castillo secundario que se encuentra más al norte, pero venía de vez en cuando a uno de los castillos que hay a las afueras de este palacio —explica Yuuri—. Ella era sobrina del Daimyo que era regente cuando yo vivía aquí y el que hizo los acuerdos con Konoha, cuando el Daimyo abdicó lo dejó todo a uno de sus hijos, fue el Daimyo que ustedes conocieron, no sabía que ella seguía con vida... —comunica sincera—. Tras la primera oleada de ataques en la guerra todos los castillos secundarios quedaron en cenizas pero supongo que el Daimyo mandó a traer a toda su familia al palacio de la Camelia...
Y tú te atreviste a asesinarlo, piensa con enojo Yuuri.
—Oh... entonces ¿usted era shinobi al servicio de ella?
Yuuri alza los hombros.
—Mi madre siempre fue muy buena amiga de la esposa del Daimyo anterior, y yo siempre venía a jugar al Palacio, se puede decir que yo era uno de los pajes al servicio de las princesas y príncipes... —de hecho nota que el palacio está silencioso. Sólo ve guardias y un par de personas de la corte que caminan de forma apresurada.
El castillo tiene sus interiores de madera, vigas enormes y pilares aún mayores pintados de rojo. Hay paneles pintados a manos que hacen referencia a la vegetación y fauna. Las paredes revestidas con lienzos complicados y para Yuuri es fácil notar que no hay un solo estandarte, símbolo subversivo que va contra el antiguo régimen. Sin embargo Mila no lo nota, ella parece maravillada con todo lo que hay a su alrededor.
—De haberte quedado serías parte de los doce guardianes, Katsuki-kun.
—¡Nekola-kun! —sonríe grande Yuuri acercándose al ninja que lo espera en la esquina del siguiente pasillo usando el uniforme ninja del país de los Vegetales.
—Dijeron que ibas a volver pero jamás creí que lo fueras a hacer —ambos hombres chocaron sus palmas al tanto Mila observaba todo con ojos atentos.
—No pensé que estarías aquí...
—Después de la guerra todos fuimos convocados y los mejores nos quedamos en el palacio Camelia, obviamente.
—Querrás decir a los más tontos —se ríe Yuuri y Nekola bufa.
—¿Van a la ciudad?
—Sí —responde Yuuri.
—Yo voy de salida, vamos juntos —los ojos alegres y castaños del desconocido se centran en Mila, a la que sonríe de forma genuina—. ¿Quién es este dulce?
—Aléjate, Nekola, es una niña... su nombre es Mila Babicheva, es mi aprendiz.
—¡Tienes una aprendiz! Por dios, Yuuri-sama —bromea el castaño y Yuuri se ruboriza—. Mucho gusto, Mila Babicheva, soy Kamil Nekola.
—Mucho gusto... —murmura Mila sonriendo con timidez.
—¿Cómo supiste que iba a venir? —cuestiona Yuuri caminando los tres a la salida de la ciudadela.
—Mi hermano Emil iba en la comitiva de Mari, y tenían como obligación escoltarte junto con Kanojo-dono —responde el castaño.
Yuuri afirma.
—Claro, tiene que ser eso... —mira de reojo a su amigo, no sabe si puede confiar en él. Fueron amigos de infancia y de vez en vez se reunían cuando coincidían, sin embargo no sabe que tanto puede divagar o preguntar, así que prefiere mantenerse cauteloso.
Los tres avanzan, y Kamil le cuenta que está a punto de casarse, Kamil tiene la misma edad que Viktor, prometen juntarse a cenar para que conozca a su novia y se despiden cuando llegan al pueblo. Mila también está invitada y no deja de halagar ese bonito cabello rojo. La llama muñequita y la menor no puede evitar no sentirse avergonzada. Cuando se despiden Yuuri observa de forma general el pueblo.
Debido a que han entrado por detrás del castillo no tuvo oportunidad de darle una ojeada a la aldea alrededor de la ciudadela, pero a diferencia del palacio donde todo luce un poco más tenso, ahí, los pobladores se ven felices. La gente parece tranquila y libre. Hay ocasiones en que la población no sabe lo que ocurre tras bambalinas ni las intrigas que hay cociéndose en las esteras del poder. Está bien, la Daimyo ha hecho una transición discreta al grado que Konoha ni siquiera lo sabía.
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Comen en una posada y Mila parece que come por los dos, se acaba uno y otro y otro plato de comida. Yuuri solo puede sonreír, él no ha terminado el suyo. Su cuerpo está cansado pero su cabeza está más activa de lo que debería. Piensa en Viktor, en Viktor y todo lo que siempre viene con él, no se puede escapar de la mirada rota y acabada del albino, esa que le dio después del último ataque. Parece una escena lejana a pesar que solo han pasado dos días. No han podido hablar de forma adecuada y no le pudo agradecer o pedirle que se cuidara. Que él iba a regresar, costara lo que costara iba a regresar a su lado. De algún modo ahora que Yakov lo sabía sentía que había avanzado un paso hacia un futuro donde ambos pudieran envejecer de viejos, aunque era un sueño idílico le gustaba imaginar que de verdad ocurría. Ambos mirando su pequeño jardín de flores, envueltos en riñas y amor. Porque ellos no conocían de una relación sana y tranquila, todo en ellos era enérgico y apasionado.
—Sensei —Yuuri parpadea y la kunoichi le señala el interior de su taza de té. Yuuri apenas notó que hay una ramita que flota.
Señal de buena suerte.
A Viktor le encantaba esas cosas, después le escribiría una carta y le contaría sobre eso, y sobre todo. Le contaría su vida por medio de cartas que le hicieran saber que aún en la distancia, seguía pensando en él.
Mila y Yuuri pasan la noche en un pequeño hotel de paso que encontraron sobre la avenida comercial principal. Sin embargo, Yuuri solo ha logrado dormir un poco pues no puede dejar de notar cierta actividad extraña, siente que lo observan mientras duerme y prefiere vigilar el sueño de Mila que luce demasiado cómoda como para estar en un país extraño y lejos de casa, es joven y curiosa, le recuerda un poco a Viktor cuando era joven y supone que por eso hacen tan buena química como equipo, quizás también por eso Yuuri le tiene cariño a la pelirroja. La arropa mientras duerme y él trata de descansar. Aunque sobresaltado despierta a las pocas horas, tiene fiebre, pero su piel no está caliente, todo dentro de él se siente caliente, lo quema y no quiere despertar a Mila.
Al día siguiente se dan cuenta que la propieta de los Katsuki solo está sucia, ha acumulado mucho polvo, pero no tanto como esperaba, de hecho el deterioro es mínimo. Katsuki lo atribuye a que su hermana le ha dado mantenimiento a ese lugar. Pasa lo mismo cuando van al patio de atrás donde ve que las tres parcelas de cultivo a su disposición no tienen tanta hierba mala como tendría un campo abandonado. De hecho, el de arroz aún se mantiene muy hidratado. Sería cuestión de revisar si esa agua sirve para cultivo, y si la tierra debajo de la hidratación es útil para cultivar su comida.
Es una misión de larga duración y Yuuri decide que es mejor cultivar sus propios alimentos, a Mila parece encantarle la idea. Así que invierten su segundo día en ir a comprar cosas básicas al mercado de la ciudad así como semillas y abono para cultivar. Yuuri es aficionado a la botánica y aprovecha para comprar algunos libros que ve interesante. Hay material que no existe en Konoha y que no desaprovecha en adquirir, Mila por su parte ve con interés algunas armas y pergaminos que jamás había visto, Yuuri le compra tinta y papel para escribir. Ambos regresan cargados y Mila corre por toda la casa abriendo ventanas, abriendo puertas y dejando que el interior respire.
La edificación es de dos pisos. Hay unas seis habitaciones y todas están llenas de polvo. Yuuri se encarga de lavar las ventanas y paneles que fungen como puertas, mientras que Mila trapea de un lado a otro los pisos.
La limpieza se prolonga un día más y al tercer día ambos están exhaustos, pero la pelirroja sabe que mientras más pronto termine el quéhacer más rápido podrá entrenar con su maestro. Por las mañanas han limpiado y por las noches han entrenado taijutsu, Yuuri le pide que lo vea como un entrenamiento de resistencia, un entrenamiento al que Mila le hace doler el cuerpo y los músculos. Sin embargo esa mañana se siente renovada, se siente impaciente y hasta emocionada.
Ese día van a trabajar en el campo de cultivos, además que la Daimyo envió muy temprano una invitación, al día siguiente habrá un banquete por la noche para darles las bienvenidas. Además de la carta había enviado ropa bastante fina y elegante para su maestro y para ella. A pesar de ser una kunoichi seguía siendo una mujer, y una muy femenina.
Emocionada Mila corre hacia el pequeño campo de cultivos que está evidentemente descuidado. Uno de sus tíos tiene varios campos de cultivo, y la parte que más le gusta es cosechar el arroz. Se quita las sandalias con cuidado y sube su pantalón hasta sus muslos para ingresar en el agua que está fresca, no hay un solo rastro de espigas de cultivos viejos. Se flexiona para meter su mano y sacarla, la tierra aún es útil.
—¡Sensei! —agita su mano mientras Yuuri se acerca con las cosas para empezar a trabajar. Las deja a un costado del cerco roto, deben reparar eso. Revisar la tierra de hortalizas y hacer un listado de lo que podrán cultivar ahí. Es cierto que bien pueden comer fuera sin embargo el trabajo en la tierra es un trabajo noble bien pagado por la naturaleza, es amable y humilde, Yuuri quiere que Mila siga creciendo no solo como kunoichi sino como mujer, quiere convertirla en una persona de bien.
No la ve como su hija, porque él sabe que no puede tener hijos. No la ve como su hermana, porque ella tiene una. La ve como una persona que quiere aprender todo de él, y él aprendió de su madre, y su madre le enseñó que no hay nada mejor que los frutos del trabajo duro. Eso mismo debe aprender Mila para que el camino que elija sea un camino del que no se arrepienta por las decisiones que tome.
—¿Sabes cómo revisar la fertilidad de la tierra, Mila?
Ella asiente.
—Lo recuerdo de los libros que leímos y mi tío Vlado me enseñó —cuenta emocionada con las manos embarradas del lodo, se seca en su ropa y se vuelve a flexionar empezando a limpiar ese pequeño pedazo de parcela.
Entre ambos se encargan de limpiar el pedazo de tierra donde sembraran el arroz, y cuando está listo, Yuuri le explica a la pelirroja lo que debe de hacer, comenta que debe de seleccionar solo un área para hacer brotar los manojos de arroz que después sembraran en toda la parcela para tener el vital alimento. Él hace la demostración y los ojos esmeralda ven atentos todo. Cuando Katsuki termina Mila es la que coge los puños del grano y lo tira sobre el agua, sonríe cuando éstas salpican, flotan y se hunden burbujeando, en dos semanas habrá los primeros brotes y nuevamente vendrá trabajo duro. Al tanto ella se encarga de su labor, Yuuri empieza a arar la otra parcela que será para los cultivos secos como la papa, el jitomate, berenjenas y otras verduras que servirán en su alimentación. Carne, huevo y leche lo compraran en el mercado, no cree tener tiempo de atender animales, es un oficio complicado el ser guardián de ganado y sabe que apenas podrá con la niña cuando ésta suelta un chillido pues se ha caído de espaldas y ahora está toda mojada y llena de lodo. Yuuri bufa y ríe.
Al atardecer comparten bolas de arroz que la madre de Kamil y Emil les ha enviado con ese último. Desde el campo de cultivos que le perteneció a los Katsuki y ahora su hijo se hace cargo pueden ver otros campos arroceros. Es una visión impresionante, hermosa debe de reconocer Mila. Algo que antes no se detuvo a observar pero que de reojo notó la primera vez que estuvo ahí. Hay mujeres y hombres trabajando en sus propios sitios y piensa en Yuri, es inevitable.
—Las mujeres siempre se han encargado al hogar y a sus hijos, a sus familiar... las que no querían ser sólo amas de hogar lograron dedicarse a la docencia y otros a la medicina —cuenta Yuuri y Mila alza su mirada a su maestro, atenta. Le gusta cuando Yuuri habla relajado porque podría ser capaz de arrullar a un demonio.
—Los hombres se encargaban de cuidar a sus familiar y llevar el alimento a sus mesas, ellos trabajaban estas tierras y a los animales que había... Sin embargo... cuando los hombres se fueron a la guerra por primera vez las mujeres tuvieron que hacerse cargo de las cosecha, la pisca y la ganadería, la fuerza de una mujer siempre acostumbrada solo a la limpieza de la de un agricultor distaba —ceunta—. Era difícil, pero no imposible... si ellas no lo hacían, nadie lo haría por ellas... este país se convirtió en un país de mujeres y niños, un puñado de hombres que servía solo para proteger al Daimyo, no había shinobis —dice—. Pero se conocía el concepto de chakra, de ninja y de ninjutsu... algunas que sabían un poco sobre esto enseñaron a hacer redes de chakra al resto para hacer las labores domésticas más fáciles... sobre todo esas que tenían que ver con la pesca y la domesticación de animales salvajes, la caza de éstos —sirve el té para la niña a su lado y para él—... no todas podían hacer algo tan preciso como la red de chakra... así que las que sabían decidieron hacer estas telas que pudieran manipular con un poco de chakra y facilitara las cosas —muestra su pedazo de seda que oculta debajo de su kimono alzando un poco su manga—. Después de ser solo usado en la pesca se volvió un arma, un emblema para mi nación y una técnica que se fue perfeccionando hasta lo que conoces... un arte centenario que pasó de generación en generación... el tejido es algo personal, guarda secretos, ambiciones, las telas y su tejido guarda misterios que solo los tejedores conocemos... —sonríe con nostalgia a su propia seda—. Es un arte destinado sólo para las mujeres pero mi madre me enseñó cómo hacer el tejido... yo puedo enseñarte a ti... pero se requiere un control estricto del chakra, Mila, pero estoy seguro que lo vas a lograr.
—Sensei... —murmura la niña.
—Es difícil, pero no imposible —inquiere con una sonrisa que se contagia a su estudiante. Ésta se mueve de un lado al otro emocionada recargándose de último contra el hombro ajeno.
—Lo voy a lograr, sensei.
—Estoy seguro que sí, Mila —dice él sonriendo a su alumna—. También... hay otra técnica que quiero que aprendas, que será necesaria en el futuro, pero primero... terminemos de plantar estas papas —ordena.
—¡Sí! —Mila ruge motivada mientras se incorpora y Yuuri la sigue.
Recoge la basura que han producido y se queda quieto, mira de reojo hacia los árboles que hay detrás de ellos. Su propiedad colinda con el bosque y se confirman sus sospechas.
—Te esperaba después, pero me alegra que vengas, querido Yuuri.
—No sé si sentirme molesto u ofendido, señora —dice Yuuri mientras observa a la mujer terminar de arreglarse frente al gran espejo que tiene frente a ella.
Chihoko es capaz de sentir el aura asesina del ninja y a pesar que no hay muchos lugares donde él se pueda esconder no logra saber desde donde le está hablando.
—¿Qué es lo que te tiene tan irritado? Te he dejado descansar dos días completos y no he insistido.
—Pero me mantiene vigilado como si fuera un foráneo, también me he dado cuenta que se han metido a mi casa, incluso mientras estoy durmiendo.
—Pues durmiendo no estás y es obvio, querido Yuuri, deberías tomar más en serio tus horas de descanso o terminará por repercutir en tu condición aunque el reporte es que tienes mucha resistencia, me encantaría ser testigo de ello.
—No me provoque, señora —Yuuri se pronuncia y está justo a un costado del enorme espejo.
Chihoko no se sobresalta a pesar de que se sorprendió, ¿en qué momento había llegado ahí? Lo que más le inquieta es cuando Yuuri le lanza a sus pies dos placas ninjas del país de los Vegetales.
—¿Qué es eso? —pregunta ella haciéndose la desentendida. Yuuri no responde mirándola seriamente—. ¿Los mataste? —cuestiona ahora en un tono sombrío aunque se relame los labios delgados y rojizos. Yuuri niega y ella bufa incorporándose.
—Siguen siendo compañeros ninjas que siguen ordenes pero la siguiente vez yo los v-
—No te atreverías a asesinarlos, porque de querer hacerlo no hubieras venido hasta aquí a ¿hacer una advertencia? ¿No te das cuenta de tu posición, Yuuri? —ella se incorpora dándose aprobación propia frente al espejo—. No me hagas reír. Aquí la que amenaza, la que dispone y la que ordena, soy yo, Yuuri, no me compares con el enclenque pacifista que tienen en Konoha.
—No hable de esa manera del Daimyo del país del fuego —dice entredientes el shinobi siguiendo a la mujer.
—¿Por qué no? —ella se gira encarándolo.
El ruido que se escucha desde el pasillo alerta a ambos y ambos giran su mirada hacia la puerta.
—Señora, han penetrado la seguridad del Palacio, su seguridad está en...
—Ya lo sé —dice ella enfadada por la ineptitud de su guardia, cuando se gira Yuuri ya no está. Suspira. Mientras abre la puerta de par en par—. Si quieres seguir hablando sígueme —ordena Chihoko a la nada empezando a caminar por el pasillo, su comitiva de damas de compañía y escoltas la esperan al final del pasillo. El mensajero que ha llevado la noticia se desconcierta un poco vuelve su mirada hacia la habitación de la Daimyo pero no hay nadie, cuando se gira para ver la espalda de su señora, se sorprende pues un shinobi va detrás de ella. ¿En qué momento?
—¡Señora! ¡Su seguridad puede estar comprometida! Cancelemos la reunión —dice alguien de su escolta un poco exaltado.
—Está bien, Yuuri-kun me está cuidando —dice ella señalando al ninja detrás de ella.
El escolta desdeña al moreno que ni siquiera se molesta en regresarle la mirada.
—Además, ha sido Yuuri-kun quien ha hecho el pequeño desastre, en lugar de estar aquí quejándose y llorando vayan a arreglar lo que nuestro Yuuri ha deshecho —ordena fríamente la mujer sin dejar de caminar.
El silencio se forma en torno a la estela que la presencia de la Daimyo va dejando a su paso.
—Eres más listo y hábil de lo que creí, cuando me hablaron sobre tus habilidades no podía creer que fueran de este alcance —halaga ella pero no recibe respuesta—. Si no quieres hablar ¿entonces para qué me sigues?
—Vi entrar a mi abuelo y a otras personas que parecían importantes al palacio cuando venía en camino... no es una coincidencia y creo que tiene que ver con que solicitaras mi presencia.
—Eres más listo, hábil y suspicaz de lo que creí, Yuuri-kun, querido Yuuri-kun —murmura ella deteniéndose frente a una puerta menos llamativa que el resto que hay en el palacio. Lo mira de frente—. Pensaba hablar contigo hasta mañana después del banquete... sin embargo, al parecer eres un hombre impaciente...
—Malos hábitos adquiridos —responde Yuuri pensando en Viktor y su usual impaciencia ante todo. El recuerdo le sabe amargo y se deprime un poco.
—Como sea... —ella se atreve a limpiar el hombro de Yuuri que tiene un poco de tierra—. Vamos —ordena mientras la puerta se abre.
—Daimyo Chihoko entrando a la sala —anuncia el chambelán y el grupo de personas que hay en la habitación guarda silencio. Se hincan para hacer una pronunciada reverencia, con su frente tocando el piso. La mujer entra directo al trono dispuesto para ella. La visión delante de sus ojos de hombres besando sus pies le llenan y Yuuri los observa quedándose detrás del asiento donde se encuentra sentada Chihoko.
—Sabes sobre el golpe de estado, ¿no? —pregunta en voz alta ella.
Los hombres que aún siguen en aquella posición de humillación y entrega a la mujer sentada en el trono se tensan. ¿Con quién habla su líder?
—Sí —la voz la reconoce Kanojo que se atreve a alzar un poco la cabeza, congelándose en su lugar al ver a su nieto parado a un lado de la Daimyo.
—Y no has tomado una postura, ¿o es una especie de trampa por parte de Konoha?
—Konoha no lo sabe, yo me enteré cuando estuve aquí y la vi en el trono... no creímos que algo así fuese a pasar... en Konoha tenemos asuntos más importantes que estar interesados por situaciones de política interna de un país pequeño —murmura.
Y los diplomáticos postrados ante Chihoko se alzan ofendidos, quejándose evidentemente airados. Chihoko se recarga de un costado para girar su cuerpo y ver mejor a Yuuri, le regala una sonrisa coqueta.
—¿Un país pequeño?
—En comparación con el país del Fuego... son pequeños... somos pequeños —azuza él con calma.
—Tienes razón, Yuuri-kun, tranquilos... que Yuuri-kun tiene razón... y es por eso mismo que hemos decidido esta emancipación, es por eso que ocurrió este golpe de estado... y es por eso que mi tío ya no era apto para este puesto.
Yuuri en silencio estudia las palabras utilizadas por ella.
—Asesinar a tu tío y a toda tu familia, incluso a los niños de la familia real. Para alguien que busca independencia es algo demasiado... intenso ¿no crees?
—No confundas una cosa con otra, querido Yuuri —murmura la mujer y Yuuri le observa, caminando hacia donde los hombres. Baja los escalones y Chihoko queda a sus espaldas—. Estamos cansados de siempre depender de los países más grandes, de las villas ninjas que nos dan sus sobras a cambio de nuestro talento.
—Fueron ustedes los que rezagaron a las mujeres al campo y en profesiones lejos de la guerra, las creyeron inútiles, ustedes mismos hicieron este daño al país y...
—Eso fue antes de que yo llegara, Katsuki —habla la mujer en el trono y los murmullos entre los hombres se acallan.
El shinobi entrecierra la mirada apretando los puños y mirando aún fijamente a Chihoko que baja los escalones detrás de él como antes lo hizo el día anterior, pero ahora se queda frente a él. El aire que la rodea es distinto. Sobre sale. Su belleza es tal que incluso él debe reconocerla. Se planta delante de él y de no ser por los zapatos quizás tendría que bajar aún más la mirada pues Chihoko es alguien de estatura baja. Su cuerpo delgado y complexión frágil. Pero a pesar de todo eso, luce aún más poderosa que muchos shinobis dentro de ese lugar, y de no tener la adrenalina al tope él se sentiría intimidado. Pero no es así, ni siquiera porque está a centímetros de distancia de ella. Puede sentir el aroma embriagante a camelias y amapolas, es una bonita composición que le cubren el hedor a bestia y pájaros que siempre ha tenido en su esencia, el esencia de la vida salvaje y peligrosa, arruga la nariz.
—Las cosas van a cambiar conmigo a cargo.
—¿Creando bestias que no eres capaz de controlar? —murmura el moreno solo para ella, porque aunque sabe que está en desventaja sabe que es lo suficiente capaz de dar cara a todos los shinobis en ese castillo. Él no fue a morir a Vegetales.
El abuelo de Katsuki, así como el resto de los shinobis en la sala miraron al ninja que se mantenía inmune, ella parece relamer sus labios y Yuuri es capaz de escuchar el ruido de las perlas que cuelgan del enorme tocado que usa sobre la cabeza, distintivo solo de los daimyos.
—Yuuri... ¿Quién te dijo que nosotros...
—Mi madre me lo dijo —la voz sigue firme y la mira a los ojos sin titubear—. Mi madre descubrió lo de las bestias.
—¿Los de la Hoja lo saben? —interroga la mujer y el menor niega con seriedad.
—Lo dejó encriptado, lo dejó encriptado y tuve que mentirle a la aldea que me crió —aprieta los puños con enojo.
—Pero eres hijo de este País, esta es tu nación y nos debes lealtad —dice con voz firme Kanojo extendiendo los brazos haciendo énfasis en el santuario donde ahora se encuentran.
Chihoko no deja que Yuuri aparte la mirada, ambos tiene sus ojos fijos en el otro.
—¿Y no por eso estoy aquí? —farfulla el moreno.
—Las bestias solo es uno de los experimentos que tenemos listos para hacer nuestra propia independencia del resto de los países. No somos un país grande y por eso no podemos darnos el lujo de tener una villa oculta de ninjas... o al menos eso nos dijo el País de la Arena, el país del Fuego, el país del Trueno, nos tenemos que quedar con las migajas —escupe con odio—. Se llevan a nuestros mejores ninjas, nos traen basura... estoy harta... nuestros hombres se deben de ir para un futuro próspero... mi tío, mi abuelo y todos esos bastardos creían que enviando lo mejor de la cosecha iban a recibir los mejores productos pero... ¿qué obtenemos? Solo ser saboteados —ella se aleja por fin—. Dime, Yuuri. ¿No quieres que la gente de aquí, tu gente, tenga las mismas oportunidades? ¡¿No deseas que todos puedan acceder a ese poder que tú tienes?! —interroga ella y Yuuri sigue con el ceño fruncido.
—Quiero un mundo en paz —y no miente, sus hombros caen.
—Pero no lo puedes tener, porque ese es un ideal estúpido, mi querido Yuuri —ella se vuelve a acercar—. Es un ideal estúpido.
—Lo sé... y sé que a pesar de que no tienes el poder sobre las bestias... sé que si tienes el poder sobre algunas bestias... quiero que pares de atacar a Konoha... y te ayudaré, Chihoko.
Los presentes se escandalizan porque está aceptando nadie se ha atrevido a exigir o hablarle tan directamente a la mujer.
—Es el único motivo por el cual he mentido a Konoha... es el motivo por el cual estoy aún aquí sin haberte asesinado, Chihoko... porque te ayudaré a que hagas tu independencia pero tal como lo has hecho ahorita no es el modo adecuado —Yuuri alza la mano mostrándole a ella una flama de fuego roja, viva, caliente, que lentamente empezó a cambiar su naturaleza. Desde el centro se volvió morada, después azul y por última se volvió por completo verde. Ella se queda en silencio.
—Kekkei Touta —murmura Chihoko y el resto se queda estupefacto—. ¿Cuándo...
Se niega a decir algo más y aprieta la mano concentrándose, la flama queda atrapada en el puño que ha cerrado, para abrirlo y mostrarle una semilla. Se la ofrece a Chihoko que la toma de la palma abierta de Yuuri. La observa maravillada.
—¿Qué estás pidiendo, Yuuri?
—Que dejes de atacar a Konoha y el resto de las aldeas ocultas.
—Son lugares grandes, no representan mis bebés daños para ellos.
—Está muriendo gente, Chihoko —riñe él furioso.
—De acuerdo, dejará de morir gente... no habrá más ataques. Pero tú me ayudarás a perfeccionar a mis niños y me ayudarás también a capturar a los defectuosos... —murmura ella ofreciendo su mano.
Yuuri se queda en silencio, mira a las otras personas ahí que lo observan de regreso serios. Yuuri extiende la mano, pero en lugar de coger la mano que la mujer ofrece, él va directo a la otra donde tiene la semilla, la acaricia apenas y en la mano de Chihoko brota un pequeño árbol, diminuto, al cual le estallan pequeños puntos rozados. Son camelias, minúsculas. Pequeñas.
El elemento vida.
El elemento dios.
Yuuri está demasiado cerca de Chihoko, y está por primera vez se siente superada en presencia por un hombre. Sus cuerpos están rozándose.
—Cuando el entrenamiento de Mila termine, se irá, y no lo impedirás... ella es inocente y no sabe sobre nada de esto.
—Esa negociación la tendremos después, Yuuri... en privado, pues si tú la seleccionaste... quiere decir que es una kunoichi excepcional. ¿No? La quiero aquí, trabajando para mí.
Yuuri tuerce los labios alejándose, aparta su cuerpo del contrario, hace una leve reverencia mientras se da la vuelta y camina hacia la salida.
—Y saca a los espías que hay en mi casa, que me están siguiendo, si veo a uno cerca lo voy a asesinar de verdad, Chihoko —amenaza nuevamente abriendo la puerta para salir.
La Daymio ha quedado con los labios entreabiertos, mientras el pequeño árbol se consumía en una flama roja que no la dañó. El corazón le late rápidamente en su pecho antes de caminar de regreso hacia su trono y sonríe satisfecha. Hay un peculiar brillo en su mirada que infiere interés, el abuelo de Yuuri conoce esa mirada, le causa desagrado pero nada puede hacer. Él sabe algo que el resto no y su deber como cabeza del clan Sakurakouji es salvaguardar el mismo, aunque eso sea pasar sobre sus propias creencias sobre todo ahora que ha visto que Yuuri ha roto la barrera genética y a alcanzado la expresión máxima de poder.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
(Por cierto, ¿Ya me siguen en mis redes sociales? Facebook donde comparto cositas de anime: /tiayukiona y mi Insta donde les platico de mis viajes: Styukionna, espero me sigan y poder compartir más tiempo juntos. ¡Saludos y besotes, Mazapanes!).
