Capítulo 14 Jugando al Gato y al ratón
Corazón de Hierro despertó al amanecer del día siguiente (la víspera del final de su silencio) oyendo el grito de una mujer. El ama de cría estaba en la puerta del cuarto destrozado de su hijo, y chillaba y chillaba. Porque todos los muebles estaban rotos, las paredes salpicadas de rojísima sangre y lo que era mucho peor: el bebé había desaparecido. La estancia se llenó pronto de gente del palacio: guardias, sirvientes, cocineros y doncellas. Todos miraban a Corazón de Hierro cubierto de sangre, en el cuarto donde antes había dormido su hijo. Pero su corazón no se llenó de dolor hasta que la princesa Solace se abrió paso entre la gente y miró a su marido, y sus ojos se cubrieron de tristeza...
De Corazón de Hierro
Estaba, evitándole. A Carlisle le parecía evidente. Esa mañana, Esme y él parecían estar bailando una danza extraña y furtiva. El entraba en una habitación y ella se volvía, dándole la espalda. Él se acercaba a ella lentamente, con aire despreocupado, y ella esgrimía alguna excusa y salía de la habitación antes de que lograra aproximarse a ella.
Practicaron aquel juego una y otra vez, y Carlisle se fue enojando más y más. Ya no le importaba que los demás invitados notaran sus intentos de acercarse a ella. Sólo quería acorralarla. Y cada vez que ella le esquivaba, más se obstinaba él. Ahora estaban en la biblioteca; ese día, los invitados se habían visto de nuevo confinados en la casa por culpa de la lluvia que no cesaba.
Carlisle esperaba una oportunidad propicia sin acercarse a ella, buscando sencillamente el momento preciso. Esme estaba sentada en un rincón con su amiga, la señorita Swan.
Era ésta una mujer bastante insulsa comparada con la oscura belleza de Esme, pero tenía una mirada acerada y estaba pendiente de cada uno de sus movimientos. O Esme le había confesado su idilio, o lo había adivinado ella sola. De todos modos, no importaba. La señorita Swan podía ser un feroz perro guardián, pero Carlisle no iba a permitir que se interpusiera entre su presa y él. Hizo una mueca al pensarlo y apartó la mirada. Sus emociones nunca habían sido tan primitivas, tan salvajes, con ninguna mujer.
Sabía que estaba perdiendo el control (que quizás había sobrepasado ya el punto en el que podía dominarse) y, aun así, no podía evitarlo. La deseaba. Que ella le rechazara le hacía sentirse como si alguien sostuviera un pedazo de hielo sobre su piel largo rato. Era doloroso. Inaceptable. Esme había dejado que le hiciera el amor; ahora no podía dar marcha atrás. Y bajo todo aquello había una corriente de dolor que él se resistía a reconocer. Esme le había herido, había lastimado su orgullo y otra cosa esencial para su ser. Era angustioso aquel dolor, y Carlisle necesitaba ponerle fin. La necesitaba a ella.
—¿No quieres jugar a las cartas? —preguntó Kate a su lado. Carlisle ni siquiera la había visto acercarse.
—No —contestó, distraído.
—Pues deja al menos de mirar a lady Esme como un perro a una salchicha.
—¿Eso hago?
—Sí —dijo ella, exasperada —. No me sorprendería que empezaras a babear en cualquier momento. Y no es agradable. Él volvió la cabeza y fijó la mirada en su cara.
—¿Tanto se me nota?
—Los demás seguramente no, pero yo soy tu hermana. Veo cosas.
—Sí, ya. —La observó un momento. El amarillo de su vestido parecía hacerla brillar. De pronto se dio cuenta de que su hermana era posiblemente una de las mujeres más bellas de las reunidas allí—. ¿Estás disfrutando de la fiesta? No te lo he preguntado.
—Es... interesante. —Bajó la mirada, esquivando sus ojos —. Al principio me daba miedo que nadie hablara conmigo, pero no ha sido así. Las otras señoras han sido muy amables. Casi todas. Él arrugó el ceño.
—¿Quién no lo ha sido? Ella sacudió la mano con ademán impaciente.
—Nadie. No importa. No seas pesado.
—Soy tu hermano. Se supone que tengo que serlo —repuso él, intentando que sonara a broma. Pero sus palabras no dieron en el blanco, porque ella no sonrió. Le miró inquisitivamente. Él respiró hondo y lo intentó de nuevo. —Me he fijado en que frecuentas la compañía del señor Stefan.
—Sí —contestó Kate alargando la palabra, con voz cautelosa. Tenía la cabeza agachada, pero lanzó una mirada al señor Stefan, que jugaba a las cartas en un rincón. Carlisle se sintió como un necio. Kate le había pedido que jugara a las cartas. Debía de buscar una excusa para acercarse a Stefan. Él le sonrió y le ofreció el brazo.
—¿Vamos a jugar? Pero ella le miró entornando los ojos.
—Creía que no querías.
—Puede que haya cambiado de idea. Kate suspiró como si hubiera dicho una simpleza.
—Carlisle, tú no quieres jugar a las cartas.
—No, pero creía que tú sí —repuso él lentamente. Se sentía como si estuviera buscando un sendero escondido. O tal vez había errado el camino por completo.
—Sí, pero no por el motivo que piensas. ¿Has oído reírse al señor Stefan?
—Sí.
—Pues entonces —dijo ella como si eso zanjara la cuestión y pareció armarse de valor juntando las manos —. Tengo entendido que fuisteis a interrogar al señor Liam y que descubristeis que había muerto. Él la miró con recelo.
—Sí.
—Lo siento. Imagino que su viuda no sabía nada.
—No. Tendremos que esperar hasta nuestro regreso a Londres para seguir haciendo averiguaciones. —Y entonces acorralaría a Thornton. Por encima del hombro de Kate vio que Esme se daba la vuelta y salía de la habitación. ¡Maldición! —. Disculpa.
—Ha vuelto a escapar, supongo —dijo Kate sin molestarse siquiera en mirar hacia atrás. Carlisle se inclinó y le dio un beso en la sien, justo donde su cabello negro se tensaba hacia atrás.
—Eres demasiado perspicaz, hermanita.
—Yo también te quiero —masculló ella. Carlisle se paró y la miró con sorpresa. Su hermana era una mujer adulta, y él no siempre la entendía, pero la quería, en efecto. Sonrió, mirando sus ojos llenos de preocupación. Y luego salió por la puerta, de cacería.
Ése era el problema de embarcarse en una aventura amorosa con un indiano: que, evidentemente, el indiano no sabía cuándo dar por terminado el asunto.
Esme lanzó una mirada hacia atrás al escabullirse en el oscuro pasillo de servicio. No veía al condenado Carlisle, pero le sentía detrás de ella, en alguna parte. Cualquier caballero se habría dado ya por enterado de que le habían dado calabazas. Ella había tenido mucho cuidado de no mirarle, de no trabar con él conversación alguna esa mañana. Le había cortado en seco, y Carlisle, sin embargo, no se daba por vencido. Y lo peor de todo era que su determinación hacía que algo dentro de ella se estremeciera de emoción. ¡Cuánto debía desearla, si la perseguía así! No podía menos que sentirse halagada. Aunque fuera un fastidio, claro.
Esme dobló una esquina, completamente perdida, y dio un grito cuando una gran mano salió de la oscuridad para agarrarla. Carlisle la introdujo detrás de una cortina polvorienta. Había allí, en el pasillo, un pequeño entrante que se usaba como despensa; ella distinguió la forma de algunos barriles apilados contra la pared. El espacio era, aun así, muy reducido, y tuvo que apretarse contra el pecho de Carlisle, lo cual la hizo chillar de nuevo.
—Calla —murmuró él junto a su pelo, de la manera más provocativa—, no hagas tanto ruido.
—Por tu culpa casi me da una apoplejía —refunfuñó ella. Empujar su pecho no parecía surtir ningún efecto, así que se dio por vencida y le miró en la penumbra. —¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Intento hablar contigo —masculló él. Su voz tenía un filo cortante, y Esme sintió, a pesar de que les separaban leguas y leguas de tela, que estaba muy excitado. Parecía irritado, y una parte de ella, pequeña, femenina y algo ruin, se alegró de ello —. Y no está siendo fácil.
—Será porque no quiero hablar contigo. —Volvió a empujar su pecho, pese a que se había prometido a sí misma no hacerlo de nuevo. Pero él no cedió una pulgada.
—Eres una quisquillosa —dijo él. —No quiero volver a verte. No quiero volver a hablar contigo. —Su frustración alcanzó el punto de ebullición y le dio una palmada en el pecho —. ¡Suéltame!
—No.
—No podemos seguir así. —Tensó la mandíbula y endureció la voz —. Fue agradable mientras duró, pero ahora se ha acabado.
—Yo creo que no. Esto no ha sido más que un encuentro pasajero en el campo. Pronto volveremos a la ciudad y todo será como antes. Debes seguir tu camino.
—¿Te suele funcionar?
—Parecía divertido, en absoluto afectado por su desdeñosa respuesta.
—¿El qué? —preguntó ella, irritada.
—Dar órdenes a los hombres. —Hablaba bajo, pero en la despensa en penumbra su voz resonaba en los oídos de Esme —. Apuesto a que sí. Seguramente se van acobardados, con el rabo entre las piernas, a lamerse las heridas que les hace esa lengua tan afilada.
—¡Eres insoportable!
—Y tú estás malacostumbrada a salirte siempre con la tuya.
—No es cierto. —Retrocedió, intentando ver su cara —. Tú no sabes nada de mí. Le sentía todavía pegado a ella, y en el pequeño cuarto se hizo de pronto un silencio. Cuando Carlisle volvió a hablar, su voz sonó grave y terriblemente íntima en la oscuridad. —Sé que tienes la lengua muy afilada y un ingenio al que no siempre se le ocurren cosas agradables. Y sé que intentas esconder todo eso, como si fueras igual que cualquier otra dama, una hermosa figurilla hecha de merengue: dulce como el azúcar, pero puro aire.
—Una dama ha de ser dulce —musitó Esme. Le espantaba que Carlisle supiera aquellas cosas de ella. Eran mucho peores que las intimidades que el sexo dejaba al descubierto. Mantenía aquella fachada con la mayoría de la gente, o al menos eso creía. Una dama debía ser dulce, no de lengua afilada, ni tener pensamientos mezquinos que cruzaran constantemente su cabeza. Ella era demasiado fuerte, demasiado independiente, demasiado masculina. Carlisle debía de sentir rechazo.
—Entonces ¿hay reglas respecto a cómo ha de ser una dama? —preguntó él a la altura de su sien —. En este país hay tantas normas para todo que no sé cómo lo soportáis.
—Yo...
—A mí me gustan las mujeres ingeniosas. —¿Era su lengua lo que sentía en el lóbulo de la oreja? —. Me gustan las cosas acidas, un sabor fuerte e inesperado, como una manzana arrancada del árbol todavía muy verde.
—Las manzanas verdes dan dolor de estómago —masculló ella contra su pecho. Sentía una opresión en la garganta, como si estuviera a punto de llorar. ¿Cómo se atrevía él a hacerle aquello? A traspasar sus defensas. A destruir sus murallas como si fueran de papel. Carlisle se rio, y la vibración de su risa le retumbó en el cuello.
—A mí nunca me lo han dado. Y con ellas se hacen las mejores tartas. Las demás son demasiado dulces; se hacen puré en cuanto se las cocina. Pero una buena manzana verde... — Apoyó la mano en su falda y empezó a levantarla—cobra vida con el azúcar y las especias. Es perfecta para mi paladar. Se apoderó de su boca, y Esme volvió a zozobrar. Su sabor era embriagador. Tal vez a ella le sabía acida, pero para Carlisle sabía a café, negro, denso, de una dulce turbiedad, puramente viril. Sofocó un gemido, abriendo la boca: quería bebérselo todo. Aquélla sería la última vez; tenía que poner fin a aquel disparate cuanto antes. Ahuyentó aquella idea y se dejó sentir, a la deriva en un mar de impresiones sensibles, envuelta en los brazos de él, con su lengua en la boca y la mole de su cuerpo sobre ella. Se oyó el arañar de un zapato en el pasillo. Esme se apartó de él y habría lanzado alguna exclamación, si Carlisle no le hubiera tapado la boca con la mano.
—¿Se habrá vuelto loca? —refunfuñó una voz malhumorada al otro lado de la cortina tras la que se habían escondido —. ¡Jugar al tenis en el salón grande! ¡Qué barbaridad! Esme miró hacia abajo y vio unos zapatos de enorme hebilla justo debajo del dobladillo de la cortina.
Miró a Carlisle con espanto. A él le temblaban los labios mientras la miraba, con la mano todavía en su boca. ¡El muy condenado se lo estaba pasando en grande! Ella le miró entrecerrando los ojos. Si hubiera podido darle un cachete sin que el hombre del otro lado de la cortina se diera cuenta, lo habría hecho.
—No pueden hacer muchas más cosas, ¿no? —Preguntó otro hombre con voz más aguda y casi trastabillante, como si hubiera estado bebiendo —. En algo tienen que entretenerse, ¿no?
—Sí, pero ¿jugando al tenis? —El primer criado hablaba en tono cargado de fastidio —. Y dentro de casa. ¿Por qué no juegan a las cartas, o a los dados o a lo que sea?
—¿A los dados? No seas burro, hombre. Esa gente no juega a los dados.
—Bueno, ¿y por qué no? ¿Qué tienen de malo los dados, a ver?
Esme sintió que Carlisle se sacudía, intentando contener la risa. No entendía cómo aquello podía hacerle gracia. Ella estaba casi petrificada por el miedo a que los descubrieran. Le miró con enfado, levantó un pie y clavó el tacón del zapato en su mocasín. Pensó por un momento que él iba a perder por completo la compostura. En lugar de ponerle serio, como esperaba, sentir su tacón clavado dolorosamente en el pie sólo le dio aún más ganas de reír. Sus ojos brillaron, risueños. Esme se quedó mirándole sin decir nada, y luego él le quitó la mano de la boca y la besó. La besó profunda y minuciosamente, sin hacer ningún ruido. Del otro lado de la cortina les llegó un suspiro.
—¿Te queda algo de ese tabaco tan bueno?
—Sí, ten.
—Gracias. ¡Santo cielo, iban a ponerse a fumar una pipa! Esme sintió un escalofrío de horror, pero al mismo tiempo Carlisle introdujo la lengua en su boca, su espanto se mezcló con el placer y ambas emociones se reavivaron. Él había empezado a tirar de sus faldas otra vez, subiéndoselas poco a poco. La tela susurró al deslizarse sobre sus muslos y se quedó paralizada. Uno de los hombres tosió más allá de la cortina, y Esme sintió el aroma fragante del humo del tabaco. Debían de haber encendido ambos sus pipas. Entonces Carlisle rozó los rizos desnudos de su pubis, y aquella idea se disipó.
—Pero ¿por qué crees que se les habrá ocurrido jugar al tenis? —preguntó el de la voz más grave. Carlisle introdujo los largos dedos entre el vello de su pubis, acercándose poco a poco a aquel lugar especial. Esme se agarró a sus hombros, distraída, confusa, increíblemente excitada.
—No lo sé —contestó enseguida el de la voz chillona—. Pero mejor eso que los bolos. Por lo menos, dentro.
Carlisle apartó la cabeza y la miró a los ojos. Sonrió como el mismo diablo al alcanzar el vértice de su raja. Esme tuvo que hacer un esfuerzo consciente por no gemir cuando deslizó un dedo sobre su clítoris. Él sacudió la cabeza suavemente mientras circundaba el delicado botoncillo.
—¿Y las ventanas?
—¿Qué ventanas?
—Las ventanas del salón grande.
—¿Qué pasa con ellas? —El de la voz chillona parecía molesto.
Carlisle se mordió el labio para refrenar la risa, pero Esme estaba subida a lomos de una ola de horrorizada felicidad. Si los criados abrieran en ese momento la cortina, la descubrirían casi desnuda de caderas para abajo, con la mano de Carlisle acariciando su cono. Él insertó lentamente un grueso dedo en el centro de su sexo, con mucho cuidado, mientras observaba su cara. En ese mismo momento, su pulgar presionó con firmeza aquel trocho de carne tan especial. Ella abrió la boca en un silencioso gemido, mirándole con enojo.
—Se romperán con las pelotas de tenis, ¿no? —dijo el de la voz grave. ¿De qué estaban hablando? Poco importaba, mientras siguieran entretenidos. Carlisle sacó lentamente su dedo y volvió a hundirlo enseguida, y Esme dio un respingo. No podría soportarlo mucho más; acabaría por delatarles a ambos. Hizo lo único que podía hacer: rodeó con las manos el cuello de Carlisle y atrajo su boca hacia sí. Carlisle comenzó a mover el dedo con rapidez, y ella abrió la boca para invitar a su lengua a entrar. Le necesitaba. Sus emociones, sus sensaciones, eran intensas. Quería treparse a su cuerpo, quería chupar su lengua, quería ponerle de rodillas, como había hecho él con ella. ¿Por qué, de todos los hombres que conocía, era aquél precisamente el que tenía poder sobre ella? Cuando estaba con él, se convertía en un remanso de deseo, y sólo Carlisle parecía capaz de llenar el vacío que sentía en el centro de su ser.
Contuvo el aliento porque él estaba, en efecto, llenándola. Un segundo dedo se había sumado al primero; Carlisle los hundió juntos y luego los abrió, ensanchándola. Esme estaba mojada, pero ni siquiera esa idea le causó vergüenza. En ese momento era pura emoción y puro placer, y no quería que aquello acabara.
—Más vale que volvamos al trabajo —dijo el de la voz grave. Un zapato arañó el suelo de piedra del pasillo mientras el hombre parecía apagar su pipa—. Todavía no hemos mirado en el sótano, ¿no?
—No seas burro, hombre. —Los pasos iban alejándose —. Las cosas de tenis no van a estar en el sótano.
—Pues tú que eres tan listo dime dónde están. —Las palabras del criado de voz grave llegaron hasta ellos flotando por el pasillo; luego se hizo el silencio. Oh, Dios. En todo ese tiempo, Carlisle no había dejado de mover el dedo dentro de ella, ni de besar su boca abierta, y Esme sintió que empezaba a temblar. Se apartó y jadeó, mordiéndose el labio para no gritar. Pero él retiró la mano bruscamente, la agarró de la cintura y la levantó, empujándola, de modo que su trasero quedó precariamente en equilibrio sobre un tonel. Se colocó luego entre sus piernas y al abrir los ojos ella le vio tirar frenéticamente de sus calzas.
—¡Dios! —gruñó él. Por fin logró sacar su miembro, enorme y caliente, y penetrarla en un solo movimiento—. ¡Dios!
Ella clavó las uñas en la tela que cubría sus hombros y se aferró a ellos como a un salvavidas al tiempo que le rodeaba las caderas con las piernas. Carlisle se movía con rapidez, embistiéndola una y otra vez. El orgasmo de Esme no había llegado a su plenitud y ahora empezó de nuevo con una nota más aguda, más dulce, casi dolorosa. Él había apoyado una mano en la pared, junto a su cabeza, y la otra en su cadera, y su verga se hundía profundamente entre sus piernas abiertas. Esme tiró de su levita, rasgándole una manga, y se llenó la boca con el hilo limpio de su camisa y con su hombro. Sus ojos se cerraron de dicha mientras le mordía. Se aferró a él al tiempo que la verga de Carlisle obtenía su placer. La cabalgó con fuerza, hasta que ella quiso gritar, hasta que, cogiéndola de la nuca, la besó con la boca abierta y gimió al correrse, temblando por entero. Esme sintió el calor de su simiente al verterse en su interior. Y comprendió, al tiempo que coronaba de nuevo aquella ola, que aquélla debía ser la última vez.
—¿Puedo hablar contigo? —le preguntó Esme a Edward esa tarde. Le había sorprendido en uno de los pasillos de arriba. Los invitados empezaban a rondar por los alrededores del salón, a la espera de que se sirviera la comida.
—Claro. —Puso su sonrisa amplia y ligeramente torcida, y ella notó que en realidad no le estaba prestando atención.
—Edward. —Tocó su manga. Él se detuvo y se volvió hacia ella, con las pobladas cejas fruncidas.
—¿Qué?
—Es importante. Sus ojos escudriñaron los de Esme. A menudo tenían una expresión vaga o camuflada tras la máscara de bufón que le gustaba ponerse. Era raro que mirara con tanta claridad, que ella viera al hombre que se ocultaba tras la careta. Pero ahora la estaba mirando. Mirándola de verdad.
—¿Estás bien? Esme tomó aliento y, para su asombro, la verdad escapó de sus labios.
—No. Edward parpadeó y alzó la cabeza para lanzar una mirada en torno al pasillo. Estaban en la parte trasera de la casa, pero todavía había gente por allí, lacayos y criadas llevando la cena, invitados que se dirigían al salón contiguo. Edward la cogió de la mano y la hizo pasar por una puerta que daba a otro corredor. Había varias puertas en el rellano, y él pareció escoger una al azar. La abrió y asomó la cabeza.
—Ésta servirá. —Hizo entrar a Esme y cerró la puerta. Era una salita de estar o un pequeño despacho, pero saltaba a la vista que nadie lo usaba: la chimenea estaba vacía y casi todos los muebles cubiertos con sábanas. Entonces cruzó los brazos.
—Dime. ¡Oh, cuánto le habría gustado a ella poder contárselo! El impulso de confesar sus secretos era casi arrollador. Qué alivio sería decírselo todo y que él le diera una palmadita en la espalda y dijera: «Ya pasó, ya pasó». Pero Edward no haría eso. Podía ser lo más parecido a un hermano que tenía ella, podía ser escandalosamente liberal en cuestión de devaneos amorosos y asuntos carnales, pero era, al fin y al cabo, un vizconde. Se esperaba de él que engendrara un heredero para su muy antigua y respetada familia. La noticia de que su prometida se hubiera estado viendo en secreto con otro hombre no le haría ninguna gracia. Podía disimularlo, pero Esme mucho se temía que, en efecto, le importaría. Así pues, compuso una sonrisa y dijo: —No soporto estar aquí ni un minuto más. De verdad, no puedo. Sé que debería tener más paciencia y aguantar a lady King y su espantosa conversación y esta dichosa fiesta, pero no puedo. ¿Crees que podrías llevarme a Londres, Edward? Por favor. Mientras ella discurseaba, el rostro de Edward permanecía extrañamente impasible.
Era curioso que un hombre tan bullicioso, un hombre con tal cantidad de expresiones cómicas, pudiera ser tan absolutamente insondable cuando quería. Sin embargo, cuando Esme terminó su discurso y se hizo un horrible silencio, Edward se adelantó de un salto, súbitamente, animando la cara de nuevo como si un fabricante de juguetes hubiera accionado la llave de un ingenioso muñeco saltarín.
—¡Por supuesto que sí, querida Esmi, por supuesto que sí! Haré la maleta en menos que canta un gallo. ¿Nuestra huida puede esperar hasta mañana o...?
—Hoy, si no te importa. Enseguida, por favor. —Esme estuvo a punto de echarse a llorar de alivio al ver que él se limitaba a asentir con la cabeza. Edward se inclinó y le dio un ruidoso beso en la mejilla.
—Más vale que avise a Yorkie. —Y se marchó. Entonces se detuvo un momento para recobrarse.
Era horrible aquella sensación constante de perder el control sobre sus emociones. Siempre se había considerado una mujer sensata. Una mujer poco dada a las efusiones del ánimo, una persona en la que los demás se apoyaban. Apenas había llorado al morir su padre; estaba demasiado ocupada con el traslado de tante Cristelle, inspeccionando el traspaso de la casa solariega familiar al nuevo conde e instalando a su diezmada familia en Londres. La gente la admiraba, casi se maravillaba de su prudencia y su estoicismo. Ahora, en cambio, era como una niña, sacudida por cualquier emoción que se abatiera sobre ella. Regresó a su habitación, siempre alerta como un animal del bosque que temiera al cazador. ¿Y acaso no era así? Carlisle era un cazador: un cazador excelente. Esa mañana había seguido su rastro, la había perseguido hasta acorralarla y había hecho con ella lo que había querido. Hizo una mueca. No, eso no era del todo cierto.
Carlisle podía haberla perseguido, pero ella se había sentido eufórica al verse atrapada; y aunque había hecho con ella lo que había querido, lo mismo podía decirse de ella. Ése era el verdadero problema. Que no tenía defensas contra aquel hombre. Nunca se había considerado una esclava de la carne, y sin embargo allí estaba, huyendo de un hombre porque no podía resistirse a sus acercamientos. Evidentemente, había sido siempre una libertina sin saberlo. O eso, o todo era culpa de Carlisle. Pero alejó de sí aquella idea al entrar en su habitación. Harris estaba supervisando la recogida de sus cosas con ayuda de dos criadas de la casa. La doncella levantó los ojos al verla entrar.
—Estaremos listas dentro de media hora, si quiere la señora.
—Gracias, Harris. Esme se asomó a la puerta, escudriñando el pasillo antes de volver a aventurarse fuera. Prefería pasar aquella media hora escondida en su cuarto, donde estaba relativamente a salvo, pero su presencia estorbaría el zafarrancho de recogida de la muy organizada Harris. Además, su conciencia le impedía marcharse sin hablar primero con Bella.
La puerta de su amiga estaba un poco más allá, en el mismo pasillo, y Esme se acercó rápidamente a ella sin hacer ruido. Bella ya debería estar abajo, esperando junto con los otros invitados, pero tenía la costumbre de llegar siempre tarde a una reunión, y ella sospechaba desde hacía mucho que la tardanza de su amiga era una estratagema para no tener que trabar conversación.
Bella era bastante tímida, aunque escondía muy bien aquel rasgo enfermizo de su carácter bajo un caparazón de indiferencia y sarcasmo. Así que tocó suavemente a la puerta. Se oyó un ruido dentro y un instante después Bella la entreabrió. Levantó una ceja al ver a su amiga y la abrió del todo, invitándola a pasar tácitamente. Esme entró deprisa.
—Cierra la puerta. Su amiga levantó más aún las cejas.
—¿Nos estamos escondiendo?
—Sí —contestó Esme, y fue a calentarse las manos junto al fuego. Oyó el susurro de las faldas de Bella a su espalda.
—Creo que es un dialecto germánico.
—¿Qué? —Al darse la vuelta, la vio sentada en un sillón de orejas. Su amiga señaló el libro desplegado sobre sus rodillas.
—El libro de tu aya. Creo que está en algún tipo de dialecto germánico, seguramente hablado en una zona muy pequeña, quizá sólo en una o dos aldeas. Puedo intentar traducirlo, si te apetece. Esme miró el libro con extrañeza. De pronto ya no le parecía tan importante como antes.
—Me da igual.
—¿De veras? —Bella tocó con el dedo una página—. Ya he descifrado el título: Aventuras de cuatro soldados a su regreso de la guerra. Esme estaba distraída.
—Pero yo creía que era un libro de cuentos de hadas.
—Y lo es, eso es lo más curioso. Estos cuatro soldados tienen nombres de lo más extraños, como ése del que te hablé, Corazón de Hierro y...
—Ya no me importa —dijo Esme, y se sintió fatal cuando el semblante de su amiga, extrañamente animado, pareció ensombrecerse—. Lo siento, querida. Qué bruta soy. Anda, continúa.
—No. Creo que lo que tienes que decirme es más importante. —Bella cerró el viejo libro y lo dejó a un lado —. ¿De qué se trata?
—Me marcho. —Esme se dejó caer en una butaca frente a su amiga—. Hoy mismo. Bella relajó su rígida postura para recostarse en el sillón. Tenía los párpados entornados.
—¿Te ha hecho algo?
—¿Carlisle? ¡No!
—Entonces, ¿a qué vienen tantas prisas?
—No puedo... no puedo... —Esme levantó las manos, exasperada—. No soy capaz de resistirme a él.
—¿Nada?
—No.
—Qué interesante —murmuró su amiga —. Eres siempre tan comedida... Ha de ser muy...
—Sí, bueno, lo es —dijo Esme —. ¿Y qué sabes tú de estas cosas? Se supone que eres virgen.
—Lo sé —dijo Bella —. Pero estamos hablando de ti. ¿Has pensado que vas a hacer si estás encinta? A Esme pareció parársele el corazón al oír aquel miedo expresado en voz alta.
—No lo estoy. No.
—¿Y si lo estás?
—Tendré que casarme con él. —Lo dijo con pesadumbre, pero en el fondo de su pecho algo, una emoción traicionera, brincó de íntima alegría. Si estaba esperando un hijo, no tendría alternativa, ¿no? A pesar de todas sus dudas y sus temores, tendría que abrazar a aquel gato montés.
—¿Y si no lo estás? Esme hizo a un lado sus traicioneras emociones. No podía casarse con un indiano.
—Haré lo que tenía previsto. Bella suspiró.
—¿Le dirás a lord Vale lo que ha pasado en esta fiesta? Esme tragó saliva.
—No. Bella había bajado la mirada, su rostro parecía haberse cerrado sobre sí mismo, imposible de interpretar.
—Seguramente es lo mejor, si quieres vivir con él. Los hombres son a menudo incapaces de aceptar la verdad.
—¿Piensas muy mal de mí?
—No. No, claro que no, querida. —Bella levantó la vista y un destello de sorpresa cruzó su rostro —. ¿Por qué crees que sería capaz de juzgarte? Esme cerró los ojos.
—Hay tanta gente que lo haría... Creo que yo misma, si conociera los hechos y no a las personas involucradas.
—Bueno, yo no soy tan puritana como tú —repuso su amiga con pragmática rotundidad —. Pero tengo una pregunta. ¿Cómo va a resolver tu problema con el señor Cullen el hecho de que te marches de aquí?
—Es por la distancia, ¿es que no lo ves? Si no estoy en la misma casa ni en el mismo condado que él, no seré tan susceptible a sus... a sus... —Esme agitó las manos —. Ya sabes.
Bella parecía pensativa... y no del todo convencida.
—¿Y cuando él también regrese a Londres?
—Todo esto se habrá acabado. Estoy segura de que las cosas cambiarán por completo con el tiempo y la distancia. —Había hablado con firmeza, como si de veras creyera lo que decía, aunque en el fondo no estaba tan segura. Y dijera lo que dijera, Bella parecía haber intuido sus dudas. Levantó de nuevo las cejas casi hasta la raya del pelo, pero no hizo ningún comentario. Se levantó y le dedicó una de sus raras manifestaciones de afecto: la apretó contra su enjuto pecho y la abrazó con fuerza.
—Entonces, buena suerte, querida. Espero que tu plan funcione. Esme apoyó la cabeza en su hombro y, con los ojos cerrados, rezó porque su plan funcionara, en efecto. Si no, no tendría escapatoria.
