Disclaimer: Hey Arnold le pertenece a Craig Barttlet. Yo sólo estoy usando sus personajes sin ánimo de lucro.

Los rayos de sol entrando por su ventana no le dejaron continuar durmiendo, a pesar de encontrarse muy cómoda en la posición en la que estaba recostada… sobre algo muy cálido y mullido a lo que se aferraba como si la vida se le fuera en ello.

Arrugando su nariz como si fuera un conejo, se removió inquieta debajo de la cobija deseando que no fuera una simple muggle y pudiera cerrar las cortinas de su habitación sin levantarse… apretó más aquella cosa calientita y acogedora y murmuró para sí misma.

-Tenías que salir hoy también ¿verdad, señor sol?- una risa reverberando del objeto al que se aferraba la terminó por despertar, abriendo de golpe los ojos y encontrándose con que no era ninguna cosa sino un alguien… más específicamente, un Gerald… un horriblemente golpeado Gerald... y como un rayo, los recuerdos de la madrugada la impactaron en segundos haciendo que se sentara enrojecida hasta lo indecible.

Gerald despertando en su cama después de haberse estado besando unas horas en la madrugada…

Ella abrazándolo como si fuera un suave oso de peluche…

Ella en su pijama liviano y revelador bajo plena luz de la mañana…

-¡Aaah!- lanzó un gritito mientras desesperada tomaba las sábanas y se las pegaba al cuerpo como podía.

-Por favor… no grites- pidió el moreno sujetándose la cabeza. Algo le decía que el dolor no era sólo por la resaca, el dichoso fulano que pretendía a Phoebe tenía muy buena derecha… sintió la furia y depresión reverberando de nuevo en su pecho, y se forzó a apartarlas. – ¿Qué les dijiste a mis papás?- preguntó en un desesperado intento de desviar el rumbo de sus pensamientos fuera de la ruta del infierno de Phoebe Heyerdahl.

-Les dije que te quedarías a dormir en casa de un amigo- el moreno asintió.

-Muchas gracias… y… lamento haberte pedido algo así- ambos se miraron por unos segundos que parecieron más largos de lo que fueron y enrojeciendo apartaron la mirada.

-Estaba… muy angustiada…- la rubia se armó de valor para volver a alzar el rostro –No vuelvas a desaparecer así- había una intensidad en los ojos azules de la rubia que le hizo pensar a Gerald que ella quería decir algo más pero se lo estaba callando.

–Te lo prometo- le dijo finalmente. Entonces carraspeó antes de añadir –Sobre lo que pasó cuando volví a casa…- Helga lo detuvo alzando una mano.

-Sé lo que dirás. Que fue el momento o que fue el alcohol lo que hizo que me besaras- inició con determinación la rubia, decidida a no escucharlo de boca de su amigo, pero Gerald la interrumpió sorprendiéndola.

-De hecho, fuiste tú quien me besó a mí- descarado, le sonrió de lado sintiéndose particularmente orgulloso de ese hecho.

-Como sea…- roja hasta las orejas, fue turno de la rubia de aclararse la garganta –pienso que deberíamos considerarlo como un hecho aislado que no se repetirá y evitar hablar del tema- recalcó, dejando de sentir por instantes que tenía algún control sobre la situación.

-Lo que digas, Helga- respondió con una enorme sonrisa en el rostro, de sólo recordar los besos que le había dado, aquello no tenía nada de aislado y tuvo que morderse la lengua para evitar señalarle a la enrojecida chica que no había sido sólo uno… sino varios besos los que habían compartido… pero no quería tentar a su suerte, así que decidió cambiar el curso de la conversación diciendo -Creo que debo compensarte por el mal rato… ya que estabas muerta de la preocupación…- Gerald le miró burlón, haciendo enojar a la aludida.

-¡Nadie dijo nada parecido, Geraldo!- las risas del chico no se hicieron esperar ante su reacción, con una sonrisa en los labios le revolvió el cabello cariñosamente a su amiga.

–Venga… alístate… Te había prometido que iríamos a comprarte ropa- Helga lo miró suspicaz. Si aquello era lo que Gerald necesitaba para abandonar el tema de lo que sucedió entre ellos la noche anterior, una mañana de compras le parecía el menor de los males.

-¡Estaré lista en cinco!- animada se levantó arrastrando la sábana consigo y comenzó a buscar en el clóset algo para usar, bajo la atenta mirada de Gerald.

El señor Oskar Kokoshka se peleaba con un insolente gorro de cartón con liga que se negaba a cooperar con él para colocarse sobre su calva de la manera en la que se supone que debería ir colocado sobre su calva… ya estaba viejo para celebraciones sorpresa… 46 años le pesaban bastante como para estar soportando los desplantes de una decoración de fiesta que se empeñaba en arruinarle la mañana antes del desayuno y todo porque la abuela Gertie se había negado a servirles a todos hasta que se hubieran puestos los dichosos sombreros. Lágrimas le saltaron en la comisura de los ojos, si Suzie siguiera siendo su esposa, seguramente ya le habría ayudado con la infernal porquería que se negaba a ceder, ¿Por qué todos le hacían la vida difícil?... Bueno, todos menos Arnold… ese niño le facilitaba la vida a todos los que podía, cada que podía.

Por estar sumido en sus pensamientos, no se dio cuenta que mientras batallaba con el gorro de fiesta, todos los demás se escondían al escuchar pasos en la escalera y segundos después entraba Arnold al comedor encontrándose con el señor Kokoshka haciendo un baile gracioso mientras peleaba para colocarse lo que parecía un cono de cartón con un elástico.

-¿Qué está haciendo señor Kokoshka?- preguntó amablemente el rubio a punto de ofrecerle su ayuda, pero en lugar de eso, asustó a Oskar al punto de darse de lleno en el rostro al soltar el gorro y provocar que el elástico hiciera un efecto de resortera -¡Señor Kokoshka!- exclamó preocupado Arnold al verlo caer de espaldas por la fuerza del impacto del gorro de cartón.

-¡Sorpresa!- gritaron el resto de los huéspedes de Sunset Arms junto a la familia de Arnold, sorprendiendo tanto al rubio que soltó el brazo del señor Kokoshka que ya había tomado para ayudarle a levantarse.

-¿Pero qué es todo esto?- preguntó Arnold olvidando a un adolorido Oskar en el suelo.

-Es una fiesta sorpresa diagonal desayuno motivacional- le respondió Mai, la hija del señor Hyuhn que en unos pocos meses cumpliría 30 años –Tu padre pensó que sería buena idea si todos intentábamos hacer algo lindo para ti… ya sabes para variar- le explicó Mai mientras lo tomaba de un brazo y lo acercaba a su familia.

-¿En serio? Papá… no era necesario- le aseguró el rubio al rubio mayor.

-No hicimos esto porque fuera necesario, Kimba- habló Gertie –Es porque realmente queríamos hacerlo… ¡Feliz cumpleaños!- gritó aventando confeti colorido sobre el chico con cabeza de balón.

-Abuela Gertie, no es el cumpleaños de Arnold- le dijo Ernie con su mal humor –vieja loca- susurró para ser escuchado sólo por Oskar que ya se había conseguido poner de pie y usaba el gorro de la discordia como collar. Ambos rieron.

-¿Qué opinas, hombre pequeño?- le dijo Phil, apareciendo a lado de Miles.

-¡Es genial! Muchas gracias. Son la mejor familia del mundo- el rubio los abrazó y el desayuno por fin comenzó para tranquilidad del inquieto estómago del señor Kokoshka.

Nadine y Lila platicaban animadamente en la tienda de ropa favorita de las amigas, tenían muchas cosas que contarse para ponerse al día y habían invitado a Rhonda a ir con ellas pero la chica se había excusado diciendo que dormiría 12 horas seguidas para rejuvenecer su piel… a veces la pelinegra podía exagerar… pero sólo a veces.

-Creo que será emocionante ver a los chicos de nuevo en la fiesta de Rhonda. Me dijo que había invitado a todos, esta vez no hizo distinción alguna- aunque también le había dicho que era porque la gente genial como ellas necesitaban gente menos genial alrededor para que su genialidad se hiciera más evidente, pero Lila no iba a repetir eso.

-Sí. Muero por saber qué hacen ahora. Quiero decir, ¿Te los imaginas crecidos? Te juro que a veces cuando te veo no puedo evitar verte como la tú de 12 años- le respondió divertida Nadine mientras tomaba un vestido negro entallado con transparencias del exhibidor y se giraba con él a su amiga pelirroja -¿Qué opinas?- Lila miró la prenda dubitativa.

-Creo que es demasiado simple, ¿no crees?- estaban de compras buscando los atuendos perfectos para la fiesta de Rhonda, quien les había gritado a las dos por media hora esa mañana cuando supo que todavía no los tenían… "¡Será la fiesta del año! Parecen novatas. Dediquen a eso todo el día si es necesario ¡No se atreven a venir mañana sin el look perfecto!"… sólo recordarlo les daba escalofríos a ambas.

-Tienes razón. No quiero escuchar a Rhonda criticándome toda la noche- Nadine regresó a su lugar el vestido –pero tampoco quiero arreglarme demasiado… no quiero darle un mensaje equivocado a Sid- Lila la miró comprensiva.

-Eres una excelente amiga Nadine… yo no sé si sería capaz de hacer por alguien más lo que haces por Rhonda- afirmó la pelirroja con su dulce voz.

-Supongo que no puedo decirte que lo hago con gusto… pero ella me ha apoyado muchas veces… además, de no ser por la beca que me consiguió de la organización de su madre no podría estudiar lo que amo- Lila asintió, no muy convencida de que esa fuera razón suficiente para que Nadine expusiera su corazón a que saliera herido de esa forma.

-Insisto en que eres una excelente amiga- ambas chicas se sonrieron y continuaron con la búsqueda de las prendas que usarían la noche siguiente. Sin darse cuenta habían pasado un par de horas cuando se encontraron con una alta chica en la tienda que las quedó mirando fijamente unos minutos incomodándolas antes de decidirse a acercárseles.

-Disculpen la intromisión- dijo un poco sonrojada, combinando con la tonalidad rosa de sus cabellos que llevaba recogidos en un moño alto –pero me estaba preguntando… si tú eres Lila Sawyer- la pelirroja la miró sorprendida, sin reconocerla por unos segundos… hasta que finalmente algo hizo clic en su mente.

-¡¿Sheena?!- cuando la chica asintió con una enorme sonrisa satisfecha en el rostro, Lila comenzó a reír emocionada y la abrazó –No puedo creerlo, ¿Recuerdas a Nadine?- preguntó señalando a la rubia bronceada a su lado.

-¿Nadine? Por Dios, estás preciosa. Pareces modelo- dijo a modo de saludo y la abrazó también siendo correspondida igual de efusivamente por la rubia.

-Muchas gracias. Aunque tampoco te quedas atrás, tus piernas son como de pasarela y tu cabello luce fantástico- le dijo sonriente.

-Cielos, gracias. Eres la primera en decirme algo así. Qué agradable sorpresa- las chicas concordaron con ella –Y no puedo creer la coincidencia… tan solo ayer me encontré con Mary y Helga- Nadine miró a Lila como diciéndole "¿Quién es Mary?" –Y no saben el chisme del que me enteré- completó Sheena, recuperando la atención de las chicas casi de inmediato.

-¿Cuál chisme?- preguntó con urgencia Nadine.

-Pues que Phoebe y Gerald terminaron- el impacto en los rostros de la rubia y la pelirroja era tal, que Sheena las miró preocupadas –Asumo entonces que no sabían- Lila y Nadine se miraron.

-Esto confirma nuestras teorías- dijo casi ausente la amante de los insectos.

-Gerald y Helga… tienen algo- dijo sin poder creerlo la pelirroja. Y como si los hubieran invocado, por la puerta principal de la tienda entraban justamente los protagonistas de su conversación.

-¡No puedo creer que tiraras mi helado, Geraldo!- gritaba molesta la rubia al cruzar la entrada, haciendo pucheros mientras el moreno reía a mandíbula abierta.

-¡Oh vamos, Helga Bella! Tienes que admitir que tu rostro cuando lo hice fue oro molido- le respondió entre risas Gerald a modo de defensa.

-¡Que no me digas así!- le increpó enrojeciendo y mirando alrededor para asegurarse que nadie conocido los escuchaba, aunque si hubiera mirado más a su izquierda habría visto a Nadine, Lila y Sheena con las mismas caras de pasmo dibujadas en sus rostros desencajados.

-Lo que tú digas, Helga Bella- la rubia lo golpeó en el brazo haciendo que el moreno riera de nuevo, el sonido provocando una sonrisa en el rostro de la chica. Desde que salieron de casa de los Johanssen, Gerald no había parado de llamarla con ese ridículo mote.

-Sabes que el chocolate es mi favorito- refunfuñó por lo bajo, aun sonriendo.

-Oh, créeme… anoche me lo dejaste muy claro- le respondió juguetón y guiñándole un ojo haciéndola enrojecer completamente.

-¡Ahora sí sacaste boleto Johanssen!- le gritó sintiéndose violenta y corriendo tras él por la tienda mientras la estela de las risas del moreno iban quedando tras ellos.

-Cielos… si no lo veo, no lo creo- Lila fue la primera en romper el silencio. Las tres habían escuchado todo… TODO… lo que los chicos se habían dicho.

-Pues yo creo que hacen una tierna pareja… ya sabes… de ese estilo donde tienen bromas propias y se molestan uno al otro todo el tiempo, pero aun así se les nota lo enamorados que están- dijo esta vez Sheena, con voz soñadora y entrelazando sus dedos.

-Pero… Phoebe es la mejor amiga de Helga, ¿no?- preguntó Nadine sintiendo que se encontraba en la dimensión desconocida… Gerald y Phoebe habían sido novios desde lo que se sentía como toda la eternidad. Por eso el moreno siempre había estado fuera del mercado para cualquiera de la pandilla… por respeto… pero ahora Helga, de entre todas, iba y rompía el código de chicas de una manera tan…

-Ya no. No se hablan desde hace dos años- dijo con mucha seguridad Lila.

-¿No se hablan?- intervino una sorprendida Sheena, que se sentía más desinformadas que sus amigas.

-No. Al parecer, Helga le pidió a Phoebe que no estudiara en Harvard y Phoebe le dijo algo así como que no podía ser su niñera toda la vida- Lila suspiró –la única que sabe lo que esas dos se dijeron, aparte de ellas, es Patty- afirmó la pelirroja.

-¿Y podríamos preguntarle?- Nadine pensó en voz alta.

-¡Vamos a buscarla!- Sheena tomó el brazo de las dos chicas y las haló a la salida de la tienda de forma impulsiva, activando el detector de la tienda que alertó a seguridad -¡Ay, disculpen! ¿Van a comprar eso? ¡Je! Pero qué despistada que soy- se reía nerviosamente bajo la molesta mirada de una rubia y la divertida expresión de una pelirroja.

-¡Ya detente Gerald! Así terminará el día antes de que tenga todo lo que necesito- Helga agitaba la bandera blanca de la paz pidiendo una tregua al moreno, que le salió de debajo de una mesa con jeans exhibidos para sujetarla por sorpresa de la cintura y girarla haciéndola proferir un gritito de desconcierto.

-Está bien, Helga Bella. ¿Por dónde quieres empezar?- preguntó sin soltarla de la cintura y acercándola más a su cuerpo. Toda la mañana el moreno había tenido esa actitud con ella, parecía que no podía soportar mucho tiempo sin tocarla de alguna forma, ya fuera tan sutil como rozar sus manos o tan directo como tomarla por la cintura o por los laterales de sus caderas, siempre buscaba el contacto con ella, como si lo calmara de alguna manera.

-Quiero jeans- dijo lo primero que había visto, haciendo sonreír a Gerald.

-¡Tú mandas y yo obedezco!- y así siguió la odisea a la que la rubia fue sometida por el segundo hijo de los Johanssen para integrarle su nuevo guardarropa por el que se había ofrecido a pagar.

Con mucho esfuerzo, subía por el árbol del jardín trasero de la familia Wellington Lloyd, ese que le daba una vista privilegiada de la habitación de la unigénita de la casa.

Sentía la adrenalina recorrerlo mientras se acomodaba en la rama y sujetaba firmemente la cámara. Las cortinas estaban cerradas, pero si era paciente quizás podría tomar una fotografía de Rhonda abriéndolas... Rhonda vestida con sus pijamas… el solo pensamiento le hizo sangrar la nariz y sonrojado se rio solo. Llevaba muchos años pagándole mensualmente al jardinero para que le dejara estar en ese punto hasta el atardecer. Había invertido en varios cursos de fotografía. Y había gastado hasta lo que no tenía en adaptar una de las habitaciones de su departamento en un cuarto oscuro.

Pero poder ver a aquella ninfa de cabellos negros y piel de porcelana valía la pena cada centavo de dólar. Porque una belleza así se merecía mucho más que sólo plasmarla con una cámara corriente de celular, no, esa beldad debía retratarse con vehemencia, con dedicación, con una cámara que hiciera justicia a esos rasgos primorosos que le obsequiaba al mundo con cada amanecer...

Por ella, pasaría meses sentado en aquella rama, con tal de verla un instante, con tal de olerla fugazmente… eso le bastaba para quedar prendado de ella toda una vida…

Rhonda… Su Rhonda… Su única razón para levantarse de la cama cada día…

El tipo de belleza perfecta, etérea… inalcanzable. No estaba hecha para ser tocada por los mortales, era sólo un regalo de Dios para ser admirado en la distancia y servir de bálsamo para el corazón de quien la viera. Pero la tentación estaba ahí, y él había jurado velar por esa delicada divinidad, de asegurarse que permaneciera impoluta, santa, venerable… Él sería su protector… estuviera ella de acuerdo o no… aunque de preferencia que no se enterara...

¡Sshh! Callen todos… que éste, éste era su delicioso calvario personal... su lóbrego secreto, suyo y de nadie más. Ya se encargaría él de eso.