—¿Qué soy para ti? —preguntó el rubio bastante inseguro, mirándolo con tanta incertidumbre que a Eren le fue imposible ignorarla.

La pregunta quedó suspendida en el aire durante lo que pareció ser una eternidad. La salada brisa del mar mecía los cabellos de ambos, aguardando pacientemente hasta que el alfa se dignara en hablar.

Los labios del omega temblaban, como si quisiera agregar algo más, pero simplemente no gesticulaba palabra alguna. Sus preciosos orbes azules se envolvían en una ligera tristeza acompañada de dudas. Y había algo más: su dulce aroma se había agudizado. Olía a... Miedo. Pero no era un sentimiento como el que los pueblerinos tenían hacia el Demonio Terrenal; era un temor diferente. Como cuando le haces frente a tus acciones y te atemoriza el resultado de éstas.

Sus pupilas estaban clavadas las unas en las otras. Ambos se observaban, como si quisieran descifrar lo que pensaba el otro, como si quisieran ver a través de su lenguaje corporal, pese a que los aromas de los dos ya hablaban por sí solos.

El castaño jamás esperó una confrontación tan directa, mucho menos en un momento como ese. Estaban en el proceso del enamoramiento, o algo así. Supuso que era normal hacer ese tipo de "bromas" cariñosas, aunque quizás no debió haberlas denominado de esa manera.

—¿Qué eres para mí? —repitió, anonado. Finalmente se había dignado en romper en silencio, sin embargo, aquella respuesta no había sido más que decepcionante para el rubio y Eren lo supo al instante—. Creí que había sido bastante obvio desde un principio —sonrió, cerrando los ojos un santiamén—. Eres el chico que quiero conquistar.

Las mejillas del rubio se ruborizaron instantáneamente. El omega desvió la mirada, algo apenado y sin saber exactamente cómo reaccionar.

—Yo... —su corazón latía con demasiada rapidez. Santa Ymir, ¿cómo era posible que unas cuántas palabras lo alborotaran de tal forma? Ni siquiera podía terminar su oración.

—Quiero hacer las cosas bien, quiero ir despacio, sin prisa —confesó Eren, dirigiendo su mirada al mar—. Pero hay algunas veces en las que no logro controlarme completamente, por más que lo intente —volvió a mirarlo, encontrándose con el comprensivo rostro de su amado—. No tienes nada por lo cual asustarse, mis intenciones no son lastimarte.

—Lo siento —susurró el omega, evidentemente apenado—. Es sólo que... No estoy acostumbrado a esto y tiendo a sobre analizar las cosas. Mi error —agachó la cabeza, mirando sus descalzos pies y la arena que los cubría.

La cálida mano del castaño se posó en los rubios cabellos del omega. El moreno la deslizó, acariciando su cabeza. Involuntariamente, Armin alzó su vista hacia él.

—Está bien, fue sólo un malentendido. No hay nada que perdonar —bajó su mano hasta los hombros del contrario, atrayéndolo hacia él en un abrazo.

El omega sonrió de oreja a oreja, permitiendo el tacto del alfa.

—Eres demasiado bueno conmigo, ¿cómo... Cómo podría agradecértelo? —inquirió Armin, mirándolo con plenitud. Sus rostros estaban tan cerca que ambos podían sentir la respiración del otro en su cara.

—Oh vamos, no hace falta —dijo el alfa, pese a que todo su ser clamaba "desnúdate".

—Lo digo en serio, me siento en deuda contigo —insistió el rubio, soltando una leve risa que el castaño compartió.

—¿Es una orden, entonces? —preguntó divertido, sonriendo de lado—. De ser así no tengo opción —suspiró, fingiendo derrota—. Aunque, ciertamente no aludo que sea la mejor decisión que pudiste haber tomado...—su mirada se tornó lasciva, al mismo tiempo en el que pasaba su lengua por sus propios labios—. Prémiame dejándome tocarte aquí y allá...—lo tumbó lentamente a la arena, quedando él encima.

—¡Ah! —el rubio soltó un chillido al sentir la lengua del moreno sobre su cuello—. ¡E-Eren! ¡Eren! ¡Eren! —alargó la última "e".

—¡EREN! —gritó Jean severamente molesto, antes de estamparle un coscorrón en la cabeza—. ¡¿En qué diablos está pensando tu pervertida mente?! ¡Vuelve al trabajo! —ordenó el alfa, con el ceño fruncido.

—Carajo, Jean —exclamó el castaño sobándose la cabeza mientras reía—. Si así de agresivo eres en la cama ahora entiendo porqué Marco no tiene problemas con que te vayas durante tanto tiempo —bromeó, a lo que Connie respondió con una sonora risa.

—¡Maldito idiota! —gritó Jean levemente sonrojado, volviendo a golpear al moreno de la misma manera—. ¡No te atrevas a decir cosas como esas con tanta naturalidad! —su expresión denotaba vergüenza, al igual que su aroma.

—De todas maneras, tú no te quedas atrás —comentó Connie, llamando la atención de ambos alfas—. ¿En quién tanto pensabas, hombre? Según Jean huele a tensión sexual —miró juguetón a Eren, quien inmediatamente también fue víctima de la pena y como resultado, sus mejillas parecían arder—. ¡Tenías una gran cara de bobo mientras te quedabas viendo a la nada! ¡Debiste haberte visto, lucías realmente estúpido!

—¿Como tú cambiando la cruz de plata por el pan mágico? —sugirió Jean, escuchando al castaño estallar en risas burlonas mientras el calvo simplemente rodaba los ojos, avergonzado.

—¡Eso ya es viejo! —se defendió Connie, con su semblante molesto. Al poco tiempo se unió a las risas con sus camaradas—. Está bien, admito que nadie podría verse más idiota que yo.

—Dejando eso de lado —habló Jean, una vez que a los tres les dolía demasiado el estómago como para continuar riendo—. ¿En quién pensabas, Eren?

—Sí, viejo. Queremos saber —Connie hizo segunda—. Nos has tenido un poco olvidados de tu vida.

Eren los conocía desde que tenía memoria, prácticamente desde toda su vida.

Los tres eran vecinos y solían salir a jugar juntos todos los días por las tardes, después de la comida. Jean y Eren siempre peleaban por quién comandaría el juego, mientras que Connie se limitaba a observar lo tontos que ambos eran y a intervenir cuando la situación lo requería. Era como su estabilizador, pues aparte del liderazgo nato de ambos alfas, su carácter también chocaba. Eran tan iguales que a veces no lograban soportarse; dos espíritus imparables, tercos y necios. No era tan fácil su convivencia, sin embargo, gracias a Connie, era posible.

Pasaban horas y horas corriendo sin llegar a un punto en específico, simplemente divirtiéndose. Algunas veces combatían entre ellos, según su pensar para probar quién sería el mejor alfa (aunque Connie no perteneciese a dicha raza). Otras veces, sólo tomaban jugo de naranja mientras compartían la sombra del mismo árbol, descansando después de una larga jornada de trabajo con sus padres.

No se juntaban con los demás niños en el reino porque con ellos mismos ya tenían más que suficiente. A Jean no le agradaban los demás y viceversa, pues sus aires de superioridad jamás fueron tolerados. A Connie lo rechazaban y se burlaban de él constantemente por su ausencia de cabello y su forma de ser. Y Eren... Él no podía soportar que los otros infantes se negaran a aceptar a sus amigos.

Pero el hecho de que no hayan forjado una gran cantidad de amistades no simboliza que su infancia haya sido trágica, ni por asomo. Los tres tuvieron una niñez plena, llena de tontas anécdotas y aventuras, cargada de felicidad y risas, impregnada de buenos recuerdos.

Así había sido hasta el momento en el que el destino decidió dividirlos temporalmente. Primero se marchó Connie junto a su familia, a un pueblo en el sur de la isla. Eren y Jean tuvieron que sobrellevarlo, pero como era de esperarse, no aguantaron mucho tiempo. Finalmente terminaron discutiendo, hecho que ninguno de los dos se dignó en arreglar gracias a lo orgullosos que ambos eran. Al mes siguiente, dos años después de la partida de Connie, Jean terminó yéndose también, sin darle previo aviso a Eren, hecho que el castaño repudió y por el cual le guardó un inmenso rencor.

Nadie se quedaba por siempre en la capital, y quienes lo hacían era porque no tenían otro lugar al cual acudir. No era un sitio desagradable, pero tampoco era la mejor opción para vivir pues la vigilancia y los abusos hacia los campesinos eran mayores.

—Si que son unos metiches —el alfa suspiró derrotado, riendo levemente mientras negaba con la cabeza. Después de todo, esos dos lo conocían mejor que nadie—. Supongo que podría decírselos... Pero no me creerán —sonrió burlón, desafiando la paciencia de sus amigos. A decir verdad, una parte de él temía lo que fuese a pasar si aquellos dos se enteraran de la persona que vivía en sus pensamientos.

—Claro, desde que que tuviste una posición más favorable en la jerarquía te crees mejor que nosotros —bromeó Jean, haciendo una clara alusión a la distinción que separaba a sus familias. Era cierto; desde que el padre de Eren comenzó a cuidar la salud del rey, su situación económica mejoró notablemente—. Te olvidas de tus raíces —canturreó el alfa, escuchando como el beta reía también.

—¡Bah! ¡No dices más que mentiras! —rió el castaño, haciendo un gesto con la mano en señal de que ya no quería escucharlo—. Hagámoslo interesante, ¿qué les parece si tratan de adivinar quién es?

—¡Cielos, viejo! —exclamó Jean, echándose a reír nuevamente—. ¿Qué edad crees que...?

—¡Oh, me encantan las adivinanzas! —interrumpió Connie, levantando la mano para tomar la palabra. Luego, comenzó a dar repetitivos y cortos brincos como si fuese un infante—. ¡Ya sé, ya sé! ¡Es Ruth! ¡No, espera... De seguro es Sandra!

El beta recibió un coscorrón por parte del alfa más alto, acallándolo.

—Idiota, no puede ser una adivinanza si no nos ha dado ninguna pista —le recordó, mirando con el ceño fruncido al calvo, quien se limitaba a hacer un puchero—. No seas ridículo, ni te pegué tan recio.

Eren rió ante dicha escena. Le sorprendía que, pese a su edad y los años que se separaron, aún siguieran tratándose como los hermanos que solían sentir ser. Tan infantiles, sinvergüenza y tontos como sólo ellos podían ser.

—Está bien, está bien —se rindió el castaño. Tomando en cuenta que sus amigos apenas y conocían a los omegas que habitaban el lugar y por ende jamás acertarían, pensó que sería divertido molestarlos un rato—. Ustedes ganan, se los diré —miró por unos instantes los impacientes ojos de sus compañeros, ansiando escuchar el nombre de la persona que le había robado el corazón—; es un omega. De estatura baja y complexión delgada, cabello rubio y corto, piel blanca y... Ojos azules. Como el océano —involuntariamente una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Piel blanca? —Jean arqueó una ceja, acompañando su gesto con una sonrisa de lado—. Demonios, ¿de quién carajos estás hablando?

Era difícil encontrar a un campesino de piel blanca. En realidad, la posibilidad de que existiera era nula, pues después de arduas horas de trabajar sin descanso diariamente bajo los caladores rayos de sol, era prácticamente imposible conservar su tono de piel original.

—¿No te refieres a la omega de allá? —el beta señaló discretamente con la mirada a un omega que encajaba a la perfección con la vaga descripción que el castaño les había proporcionado.

El corazón del alfa se aceleró, colocando ambas manos rápida y repentinamente encima de la mesa. Sus compañeros lo miraron extrañados, al igual que otros vendedores.

—¡¿A...—sus palabras quedaron suspendidas en el aire al observar al omega que se daba la vuelta, encarándolo.

—¿Perdón? —preguntó mirándolo con desagrado, haciendo una mueca ciertamente grosera.

Ojos fríos como el hielo y cejas delgadas como un hilo, fundidos en un aroma a lilas. Por un momento, se sintió estúpido al confundir a su omega.

—No es nada, la confundí con alguien más —contestó Eren, bajando la mirada completamente decepcionado—. Disculpe.

La omega lo inspeccionó, luego al otro alfa y por último, al beta. Después de ese incómodo momento, simplemente se marchó sin más.

—Oye, ¿estás bien? —Jean colocó su mano en el hombro del castaño al notar su cambio drástico de aroma. Sin duda, algo nuevo en él.

—Sí, es sólo que hace mucho tiempo no lo he visto —confesó el alfa. Apenas habían pasado un par de semanas, pero sin él, se sentía como una vida entera.

—¿Y eso por qué? —interrogó Connie. Su curiosidad había incrementado.

—Disculpen —una señora captó la atención de los tres—. ¿Cuántas monedas por la vasija?

—Se los contaré todo después —susurró Eren antes de regresar al trabajo.

El resto del mediodía transcurrió normal, como cualquier otro. Esperaban que la gente se acercara, vendían, bromeaban entre ellos y nuevamente el ciclo se repetía.

—Creo que ha sido suficiente por hoy —declaró Jean, estirándose mientras los otros dos escuchaban su espalda tronar—. Regresemos a casa.

—Pero es demasiado temprano —protestó Eren.

—¡Da igual! —sentenció el beta—. Vendimos lo habitual. Además, ¡queremos saber de tu pareja!

—Con esa impaciencia las mujeres te dejarán —bromeó Jean, con afán de molestar al calvo.

—¡Ah! ¡Eren, dile algo! —vociferó Connie, señalando con su dedo índice al alfa.

—¿Qué puedo decir? El caballo tiene razón —coincidió el castaño, chocando puños con el otro alfa.

Y una vez más, tuvieron una cómica escena antes de dirigir su trayecto hacia a la casa de Eren.

—Oye, este bobo y yo iremos a hacer algunos mandados primero —habló Jean, a medio camino. Ya solamente les faltaban algunas casas para llegar a su destino—. Te alcanzamos después.

—Sabemos que eres flojo y no ibas a querer venir —se apresuró a contestar Connie, antes de que el de ojos aguamarina pudiese refutar el porqué no fue invitado—, así que decidimos que iríamos por nuestra cuenta. Dile a la señora Jäeger que no nos esperen para cenar.

—Comprendo, me conocen bien —sonrió Eren, viendo como sus dos amigos se alejaban—. ¡Pero que quede claro que están en deuda por asumir cosas por mí! —gritó en broma una vez que más de dos metros los separaban. Connie rió, mientras Jean hacia una seña expresándole que se fuera al diablo.

El mercado duraba solamente dos semanas. Claramente el recorrido de un reino a otro era agotador e imposible de lograr en menos de ocho horas, por lo cual Eren les ofrecía a sus amigos quedarse todo ese tiempo en su casa. Sus padres no tenían ningún problema con eso, y era lo menos que él podía hacer por sus hermanos no sanguíneos.

—¡Mamá, papá! ¡Ya estoy en casa! —exclamó mientras abría la puerta—. ¡No creerán lo que Jean-boo hizo hoy! —sonrió al recordar como casi la torpeza de Connie quebraba más de tres vasijas y la agilidad de Jean logró salvarlas todas.

—Un gusto verte de nuevo, Eren —dijo Hange, mostrándole una complacida sonrisa de lado.

—¿Y usted quién es y cuál es el motivo de su visita? —alzó una ceja, mirándola confundido. Un sentimiento amargo inundó su ser al no responderle con el mismo ánimo a la persona que se encontraba delante de él. Se sentía mal, pues le daba la impresión de que forzosamente debía conocerla de algún lugar, pero su memoria no daba para recordar—. No, espere, eso sonó mal.

Hange soltó una leve risa, indicándole que no había nada de qué preocuparse.

—Mi nombre es Hange Zöe, soy sirvienta de la familia real —contestó la beta, acomodándose los lentes con la mano derecha—. Tu padre es el doctor Jäeger, ¿no es así?

El alfa asintió, aún desconcertado del porqué la mayor le hablaba con tanta amabilidad y cariño.

—Vine a recoger las medicinas. Tu madre regresa en unos segundos, justo acaba de ir por tu padre —explicó la mujer—. Aunque, honestamente he venido con intenciones de toparme contigo.

—¿Conmigo? ¿Por qué? —se encontraba mucho más sorprendido que al principio. En ningún momento algo negativo cruzó por su cabeza, de hecho, la beta le inspiraba tanta confianza que incluso por más extraña que fuera la situación, se sentía relajado.

—Será motivo de una charla posteriormente. La próxima vez que vayas al castillo, hazme el favor de buscarme.

Eren deseaba replicar, más no le fue posible gracias a la repentina aparición de su padre.

—Buenas noches, disculpe la tardanza —habló Grisha, extendiéndole tres diferentes frascos a la sirvienta, los cuales tomó inmediatamente—. El mismo horario, la misma cantidad. ¿Y bien? ¿Ha visto mejorías en el rey?

—No exactamente —el semblante de la castaña se mostraba afligido—. Recae a menudo, pero él es fuerte. Estará bien.

—No lo dudo —concordó Grisha—. Si llegara a ser el caso que empeorara, cosa que ruego a la Diosa por que no sea así, iré inmediatamente.

—Se lo agradecemos infinitamente, por supuesto que así será —concluyó la corta conversación, depositando toda su fe en aquellas palabras—. Tengo que irme, muchas gracias por su tiempo.

Terminando la formal despedida, Hange salió de la casa, dejando a Eren con mil dudas rondando por su cabeza.

—¿Está todo bien, cariño? —preguntó Carla levemente preocupada, tomando a su hijo por el hombro—. Luces algo exhausto. Anda, siéntate. Ya traeré la comida —le sonrió al ver sus aguamarina orbes posarse sobre ella.

Y dicho aquello, Carla se dirigió a la cocina. Eren se sentó a la mesa, soltando un suspiro desahuciado.

Al poco tiempo, el alfa y el beta se hicieron presentes. Entraron a la casa como si se tratase de la suya, acordándose vagamente de sus modales, aunque realmente la formalidad no era de importancia, después de todo, eran más que familia.

Cenaron tranquilamente, contándole algunas anécdotas divertidas que ocurrieron durante su día a los señores Jäeger. Al finalizar, los tres muchachos se dirigieron a la habitación de Eren, dispuestos a dormir.

La habitación era pequeña. Dentro de ella se encontraba únicamente una cama y una ventana que le brindaba acceso a la luz de la luna, la cual alumbraba el sitio.

—¿Y bien? ¿Piensas dejarnos por siempre con la duda? —le regañó Connie.

Eren rodó los ojos mientras sonreía. De verdad que el beta era insistente. No esperaba menos de él.

—Sólo has buscado excusas para escabullirte —alentó Jean, también curioso.

—Conocí a alguien hace algunos... ¿Meses? —hizo memoria tratando de recordar con exactitud, pero era inútil—. Sí, eso creo. Bien, pues... Fue de una manera inesperada, y también con quien menos me lo esperaba —rió levemente al escuchar lo repetitivo que aquello había sonado—. Nació en cautiverio. Es un ave deseando que no le corten las alas.

—¿Te enamoraste de un pájaro? —preguntó Connie, evidentemente asqueado—. Viejo, eso es demasiado enfermo.

—Está siendo metafórico, imbécil —aclaró Jean, viendo como la expresión facial del beta se relajaba—. Prosigue.

—Su nombre es Armin, Armin Reiss —dijo, y por un momento sintió que había tomado la peor decisión del mundo.

—¿Reiss? —Jean frunció el ceño con confusión—. ¿No estarás hablando de...?

—¿El hijo del rey Uri? —finalizó Connie, tan sorprendido como el otro alfa.

—¡Ja! ¡Buena esa! —exclamó Jean—. ¡Casi nos tomas el pelo! Bueno, sólo a mí...

Eren asintió mirándolos seriamente, dándoles a entender que hablaba en serio, acallando la burlona risa de Jean.

—¿Acaso has perdido la cabeza? —interrogó el castaño claro, mirando con espanto al de ojos aguamarina—. ¿Cómo podrías enfrentar a Kenny Ackerman? ¡Te degollaría como un cerdo en un parpadeo!

—Sencillo. Me lo robaré —respondió Eren, completamente seguro—. Él desea libertad y yo se la daré.

Sus dos amigos lo miraron con asombro, incrédulos ante lo que escuchaban.

—Sí, claro. Mejor vete a dormir, creo que el trabajar tanto te está afectando —dijo Jean, acomodándose entre Eren y la pared, dándole la espalda al contrario.

El castaño cedió ante el peso de sus párpados, cayendo en el profundo abismo de los sueños.

No te acerques mucho al sótano, Eren —le regañaba Grisha a menudo, mirándolo con el ceño fruncido, como si estuviera al acecho del más mínimo movimiento para golpearlo.

El beta jamás fue un maltratador, ni con su hijo, ni con su esposa. Era un hombre honrado y de valores irrompibles, alguien admirable y respetable. Pero habían, como en cualquier persona, defectos acumulados en él, y uno de ellos era nada menos que su extraña obsesión con pasar una eternidad encerrado en el sótano.

El pequeño alfa de, en ese entonces, ocho años, apenas y podía entender toda la algarabía que su padre parloteaba. Comúnmente mencionaba rarezas que su poca capacidad de entendimiento le imposibilitaban retener, sin embargo, siempre hubo una sola cosa que le quedó perfectamente clara; debía mantenerse alejado del sótano.

La razón siempre fue desconocida, aunque tampoco es como si le causase mucho interés. Tenía otros asuntos más importantes por los cuales preocuparse, tales como; si Connie o Jean-boo lo superarían trepando árboles.

¿Qué hay en el sótano, mamá? —se atrevió a preguntar una vez que su padre no se encontraba en casa.

Nada relevante, cielo —respondió Carla sin mucho ánimo, continuando con la preparación de comida—. No te preocupes por ello.

No importaba que Eren amara con su alma entera a sus dos padres, siempre encontraría más reconfortantes las palabras de su madre que las de su padre. Y era por esa misma razón que, el simple hecho de que haya sido Carla quien le advirtió que lo dejara pasar por alto, fue suficiente para que el pequeño alfa se tranquilizara y calmara las fugaces dudas que anhelaba alimentar con respuestas.

Hago investigaciones, es mi trabajo.

Te quemarán vivo si te descubren, tal como pasó con el Señor Smith. No quiero eso para ti.

¿Por qué lo harían?

¡Por herejía!

Baja el volumen, el niño está durmiendo.

Escucha, Grisha. ¿Te gustaría dejar a tu hijo sin su papá?

Escucha, Carla. Nada me pasará.

¿Cómo estás tan seguro de eso? ¿Es que acaso no te das cuenta de que solamente estoy preocupada por ti?

Para ser una simple camarera sabes demasiado sobre las situaciones que se han tratado de encubrir. Ese hombre, Keith Shadis, ¿te ha estado informando? Escuché que tiene un puesto relativamente importante dentro de la milicia.

No ignores mi pregunta.

Ni tú la mía.

Se escuchó un suspiro con pesadez.

Sí, ¿y? Yo sólo quería saber por qué mi marido pasaba tanto tiempo en el castillo.

Con más razón deberías estar tranquila. ¿Qué, ese hombre no te lo dijo? Trabajo para el rey Karl. No hay manera de que algo me suceda si estoy del lado del ganador.

¿Pero de qué diablos estás hablando?

No lo entenderías. Sólo déjalo así. Confía en mí, ¿sí?

El sonido de la madera crujir por pisadas se hizo presente.

¿Eren, estás ahí?

Ven aquí, pequeño.

¿Eren? ¿Eren? ¡Eren!

—¡Eren! —gritó Connie absolutamente asustado.

—¿Qué? —musitó el nombrado, abriendo con desmesura los ojos. Estaba sudando frío, con el corazón agitado y sus manos fuertemente apretadas.

—Pasó otra vez —contestó Jean, sentado en una esquina de la cama.

—Te pusiste como un loco, viejo —dijo el beta, mirándolo con tristeza.

—Lo siento —fue lo único que al castaño se le ocurrió decir.

—Si continúas así te mandaremos a dormir encima del pajar —bromeó Jean, tratando de alivianar la tensión del ambiente.

—Eso es mejor que dormir en el suelo —comentó Connie, sonriendo.

El alfa los miró a ambos; primero a Jean, luego al beta. Por unos instantes, lloró intensamente.

╭ ⁞ ❏. Publicado: noviembre 26, 2019.

┊ ⁞ ❏. Editado: viernes 29 de noviembre, 2019.

·͟͟͞͞ɴᴏᴛᴀᴅᴇᴀᴜᴛᴏʀ

Si algo me enseñó la llama asesina, es que ningún personaje es bueno o malo. Tú decides en quién creer que hace lo correcto. Y es eso lo que quiero plasmar aquí (refiriéndome a la obra en general). También, todo lo que describa acerca de un personaje es subjetivo (quisiera ser más concisa con esto pero daré spoiler y pues no).

Tomen a Connie y Jean como ofrenda de paz para relajar la cruda historia de la obra, porque se viene lo intenso. Próximamente el pasado de Ymir y quizás más adelante algo de Kenny.