Le estoy infinitamente agradecida a las únicas personas que dejaron reviews en el capítulo 13: Lord Anduin Lothar, Asuka Sohryu Langley, Tayanita, Eien-no-tsuki, Jungianca6, genessis5472 y Ame-zero. Muchísimas gracias por su apoyo! Espero que disfruten esta actualización.
LAWLESS
Capítulo 14. Consuelo
Las manos le temblaban cuando se salpicó agua en la cara. Las apoyó en el borde del lavamanos mientras las gotas se deslizaban a través de su piel, escurriendo por su barbilla. Deseaba haberle preguntado a su antigua compañera de clase si había experimentado algún problema o complicación durante los meses de embarazo, cualquier cosa que diera pistas de la afección que ahora amenazaba con quitarle la vida y la de su tan esperado hijo. Podría haberle ofrecido ayuda antes de tener que llegar a este punto, y sin embargo no lo hizo, porque Hannah era joven y parecía sana, porque ella estaba contenta de haber podido concebir, y porque el encuentro del día anterior no se había prolongado lo suficiente para ahondar en nada.
Desde que adquirió conocimientos mínimos en medicina, Eren se dedicó a ayudar a un extraño tras otro. Adquirió casi toda su experiencia práctica y aprendió cosas nuevas tratando sin costo a los más pobres, quienes nunca tendrían acceso a un verdadero doctor, sólo a curanderos sin estudios formales y charlatanes. Salvó a un montón de gente con la que no tenía vínculo afectivo alguno. Pasó noches en vela manteniendo vivas incluso a personas que le desagradaban, porque así lo había estipulado en su juramento médico. Porque ese era su trabajo, su deber. Había visto morir a todo tipo personas cuando sus heridas o malestares eran demasiado graves, o cuando ya era muy tarde para ellos.
Durante sus primeros años de práctica, varias veces lo abrumó la frustración por haber sido incapaz de hacer más, por no tener todos los conocimientos a mano dada su falta de experiencia e incompleta formación. ¿Y ahora? Ahora, teniendo la maldita ventaja de la experiencia y de los conocimientos adquiridos, se encontraba físicamente inhabilitado para dar lo mejor de sí mismo cuando alguien que apreciaba lo necesitaba más que nunca. Ojalá no hubiese bebido tanto.
Tenía que ser una puta broma. Un mal sueño.
— Eren, ¿te encuentras bien? — preguntó Mikasa a su espalda, asomándose a través de la rendija de la puerta del baño — Hannah ha recuperado la consciencia. Puede hablar.
Se secó el rostro con la manga de la camisa y se atrevió por fin a observar su propio reflejo en el espejo. Algunos mechones de cabello húmedo se le pegaban en la frente, su entrecejo estaba fruncido y el aspecto vidrioso de sus ojos delataba que se encontraba bajo la influencia del alcohol. La precisión de sus manos no era ni sería la más adecuada para lo que tenía que hacer. Tampoco consideraba que contara con la claridad mental mínima para siquiera explicar el diagnóstico, ni informar sobre la difícil decisión a tomar y el pronóstico.
Al no obtener respuesta, Mikasa se coló en el baño con él.
— ¿Eren…?
Él giró lentamente la cabeza y la observó con cierto aturdimiento, como si recién reparara en su presencia. Mikasa llevaba el cabello liso algo despeinado, las botas desabrochadas y un abrigo largo encima de su camisola de dormir. Ella lo había ayudado a llegar hasta allí. Lo sabía pese a que apenas y se acordaba de haber corrido bajo la ligera llovizna y el oscuro cielo de entrada la madrugada.
Lo que sí recordaba era la angustia y consternación de Franz, que Eren había llegado a sentir como si fuera suya.
— Oye…
— Hannah y su bebé van a morir por mi culpa — masculló Eren — Mírame. Mira esto — se quejó, enseñando sus manos temblorosas.
— Nada de esto es ni será tu culpa. No podrías haberlo sabido — ella le tomó las manos. El cálido contacto duró sólo unos segundos, terminando en un ligero apretón y una expresión alentadora — Sal de aquí y haz todo lo que puedas.
Pero sí podría haberlo sabido… de haber preguntado. De haberse realmente interesado.
Sintiéndose incapaz de rebatirla, se dejó llevar por Mikasa hacia la habitación de la pareja dueña de casa. Franz acariciaba la frente de una enferma y debilitada Hannah mientras la abrazaba con gesto protector, sentado junto a ella en la cama. Eren supo que aquella no era más que la calma antes de la verdadera tormenta para esa pequeña y joven familia.
— Tengo que interrumpir el embarazo — soltó sin ceremonias, rompiendo el silencio. Sin mirar a la pareja, tomó el fetoscopio que había dejado sobre una cómoda y lo apoyó vacilante sobre el vientre de Hannah, al tiempo que apoyaba su oreja en el otro extremo. Pudo escuchar los acelerados latidos de la pequeña criatura en el interior. Si todo salía mal, Franz se quedaría completamente solo — Haré una cesárea de emergencia.
Dejó el fetoscopio a un lado y le echó un breve vistazo a Mikasa, quien cruzada de brazos evitaba mirar el objeto y se mantenía inexpresiva en una esquina de la habitación. Dirigiéndose hacia su maletín médico, Eren sacó el estuche metálico que contenía todos los instrumentos estériles necesarios para realizar cirugías y una bolsa de tela llena de gasa. Volvió a acercarse a la pareja, quienes permanecían envueltos en una especie de silencio resignado, y tomó el termómetro que se encontraba sobre la mesita de noche. Lo agitó varias veces para hacer que el mercurio bajara hasta la punta y lo puso bajo la axila de la joven mujer en vez de en la boca.
— ¿Cómo te sientes? — le preguntó.
— Siento… nauseas — ella habló con dificultad — Y me duele la cabeza.
— Franz, necesito que traigas tres recipientes llenos de agua, un cubo grande vacío y toda la ropa de cama limpia que tengas, rápido. Mika- Margot te puede ayudar. También tienen que cubrirse el cabello, la nariz y la boca.
Alicaído, Franz asintió y se separó cuidadosamente de su esposa, no sin antes besarla en la frente y prometerle que todo estaría bien. Eren acercó una silla a la cama tan pronto como Franz y Mikasa abandonaron la habitación.
— Odio decir esto, Hannah, pero no estoy en el mejor de los estados — admitió con una mueca — Y, lamentablemente, tú tampoco.
— ¿Voy a morir?
Eren la miró a los ojos. — … Es posible.
Ella soltó un pequeño sollozo y puso una mano en su barriga.
— Al menos sálvala a ella, Eren, por favor.
Sin responder a su petición, Eren dio un ligero asentimiento, exhaló y le quitó con suavidad el termómetro. Tenía la temperatura algo más alta de lo normal. Pidiéndole permiso, la destapó y levantó su camisola mientras la ayudaba a separar las piernas. Tal como temía, habían manchas rojo brillante tanto en la cama como en la ropa interior.
— ¿Estoy sangrando?
— Sí — Eren apretó la mandíbula — Voy a cortar tu ropa interior ahora, ¿de acuerdo? Es para que no interfiera con la cirugía. No quiero que hagas ningún esfuerzo. Te anestesiaré en unos minutos — volvió a mirarla y reconoció un brillo de valor en sus fatigados y llorosos ojos, aquél brillo tan especial que recordaba haber visto en los ojos de su propia madre agonizante — Resiste todo lo que puedas, Hannah.
— Lo haré.
La diferencia era que Hannah no estaba agonizando. Ella aún contaba con probabilidades de supervivencia.
Tomó unas tijeras y, con muchísimo cuidado, estiró la prenda para alejarla de la piel pecosa y comenzó a cortar. Las manos le temblaban un poco y no se sentía tan diestro ni seguro como siempre, pero aún así logró cortar la prenda y retirarla sin herirla y sin que ella tuviera que moverse más de lo necesario. Se puso de pie y la tapó por encima de las rodillas con el edredón de la cama, para que no sintiera tanto frío. Cortó la tela de la camisola y la enrolló justo por debajo de su busto, dejando el abultado y blanco vientre completamente al descubierto.
— Siento… demasiadas nauseas — dijo Hannah con una mueca de dolor y asco.
Eren tomó un pequeño tacho de basura metálico y lo puso bajo el mentón de Hannah justo a tiempo. Tan pronto como ésta vomitó, su cabeza cayó bruscamente sobre la almohada. Eren dejó el tacho a un lado y le limpió la boca con un trozo de tela. De repente, el cuerpo de la joven se puso rígido. En menos de un segundo empezó a agitarse con violentos espasmos. Estaba convulsionando. Eren agarró una tira de cuero y se la puso entre los dientes para evitar que se mordiera la lengua. Sus brazos y piernas se contraían y estiraban. Franz y Mikasa regresaron poco antes de que el cuerpo de Hannah terminara de agitarse.
— ¡Hannah!
Franz dejó caer una de las ollas llenas de agua, mojando parte del piso y la ropa de cama limpia que llevaba, la cual también terminó en el suelo y lo hizo enredó en su carrera hacia su amada. Eren podía percibir su propio pulso en los oídos. Había llegado el momento de actuar, se sintiera listo o no, de lo contrario aquél hombre quedaría solo. Mikasa retuvo a Franz para que este no lo interrumpiera y a Eren se le hizo un nudo en el estómago.
Eren comprobó los inestables signos vitales de Hannah, quien permanecía inconsciente luego de la eclampsia. Sabía que las probabilidades de que la muchacha sobreviviera eran bajas, y podrían llegar a bajar más luego de que le efectuara la cesárea para salvar por lo menos al niño. Se cubrió el cabello y la boca, se lavó rápidamente las manos en una de las ollas de agua que Mikasa había dejado a su lado y empapó una gasa con alcohol, líquido con el que también se esterilizó las manos. No había tiempo para anestesiar.
— Eren, ¿qué está pasando? — suplicó Franz en medio de un llanto desesperado — ¡Por favor dime qué es lo que le ocurre!
— Eclampsia. Es muy grave — murmuró, cerrando durante unos momentos los ojos y apretando los párpados. Tomó una bocanada de aire, limpió un área de piel con la gasa y agarró el bisturí con determinación. Trató de convencerse de que lograría realizar adecuadamente los cortes para llegar al bebé, sin arruinar el procedimiento, sin cometer errores que pudieran costar dos vidas. No, tres vidas, y todo bajo una apremiante realidad en la que cada segundo que pasaba era precioso y vital — Debemos prepararnos para lo peor.
Era ahora o nunca.
Deslizó el bisturí a través de la piel entre el ombligo y el inicio del vello púbico. Consiguió hacer una incisión horizontal casi recta y pudo divisar las amarillentas capas de grasa subcutánea. Sintiendo que la cabeza le retumbaba, separó la piel con los dedos y cortó la delgada membrana entre los músculos abdominales para separarlos. El palpitante y brillante útero entró en escena y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sudando copiosamente.
Puedo hacerlo. Puedo hacerlo, se repitió, infundiéndose el coraje para hacer el último corte. Imploró que sus manos no le fallaran y que no llegara a herir al bebé con el filo bisturí. Tengo que hacerlo.
Hubo un lapso en que Eren obró mecánicamente y, de un momento a otro, tuvo a una purpúrea niñita en sus brazos. Ésta se movía con lentitud y escasa energía, pero lo hacía. La bebé se largó a lloriquear tan pronto como Eren le limpió la nariz diminuta y le revisó la boca. Cortó el cordón umbilical, hizo un nudo sobre la panza diminuta y tiró la placenta en un cubo vacío.
— Es una niña — anunció, y pudo percibir algo de alivio en su propia voz.
La dejó sobre la cama con mucha delicadeza y auscultó los latidos de su corazón, apoyando el extremo circular del estetoscopio en su estrecha caja torácica. De inmediato sus oídos se llenaron de latidos rápidos y extremadamente jóvenes. Palpitaciones sanas, repletas de energía y vida. Los labios de Eren se estiraron en una fugaz sonrisa. Cubrió a la niña con una sábana y rápidamente se lavó las manos en uno de los cubos de agua, las secó y se las bañó en alcohol para comenzar a reparar las incisiones que había realizado. Hannah continuaba con vida, pero todavía no recuperaba el conocimiento. Fue entonces cuando Eren se percató de que Franz no había dicho nada y que, de no ser por los gimoteos de la recién nacida, la habitación se encontraría en un silencio total.
— Puedes tomarla, Franz. Debes hacerlo. Lávate las manos y envuelve a la bebé en algo limpio.
Era una suerte que la bebé estuviera desarrollada prácticamente a término, de lo contrario todo sería todavía más complicado.
— Se desmayó — dijo Mikasa.
Por supuesto. Pobre Franz.
Eren miró de reojo a la niña, cuyo cuerpecito ya tiritaba de frío entre cada gimoteo. Mierda.
— ¿Podrías sostener a la bebé? Necesita estar en los brazos de alguien y recibir calor.
— ¿… Yo? — cuestionó, su voz una octava más alta de lo normal — Pero yo… yo nunca he sostenido a un bebé. No puedo-
La recién nacida la interrumpió con un grito. Lloró con más fuerza, como si hubiese comprendido su negativa.
— Mikasa, por favor — pidió Eren con impaciencia, intentando mantenerse enfocado en hacer las suturas lo más rápido posible. Podía sentir la camisa pegoteada al cuerpo, húmeda y molesta — Sólo tienes que lavarte las manos y tomarla con algo limpio.
Oyó un corto chapoteo y luego unos pasos titubeantes. La niña desapareció de su campo visual al tiempo que él terminaba de coser la última capa, la piel.
— ¿Q-qué pasa si se me cae?
— Eso no va a pasar — afirmó, bajándose la pañoleta que llevaba en la cara. Le dedicó una sonrisa un tanto rígida e incómoda en un burdo intento por atenuar sus temores, pero el rostro de Mikasa reflejaba terror puro.
Eren volvió a poner su atención en la paciente mientras fruncía el ceño. Pudo percibir una creciente sensación de culpabilidad que intentó ahuyentar. Sabía que no debería haber presionado a Mikasa para que se hiciera cargo de la bebé, pero no había quedado otra alternativa y no podía centrarse en aquello ni seguir hablando con ella. No ahora. Su prioridad era mantener a Hannah con vida.
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Mikasa estaba sentada en el lustroso piso de madera, con las piernas cruzadas. Según Eren la bebé no se le caería, sin embargo ella no estaba tan segura. La delicada criatura había dejado de llorar, sólo a ratos soltaba tenues gimoteos. Emitía un calor ínfimo. Su fragilidad, escaso peso y tamaño hizo que Mikasa se sintiera torpe. No sabía si sostenerla con un poco más o un poco menos firmeza, ni cómo situarla de manera correcta entre sus brazos para que estuviera cómoda. Mientras tanto, Franz yacía en el suelo donde ella misma lo había dejado. Al pobre tipo le dio un síncope en cuanto vio a Eren abrirle el vientre a su mujer. Mikasa ya estaba habituada a ver cortes, sangre ajena y cosas peores, aunque ser testigo de una cesárea era sin duda una experiencia bastante peculiar.
Contempló a Eren, quien cuidaba de Hannah con la misma o mayor dedicación y concentración con que la había lo visto trabajar en ocasiones anteriores, exceptuando que esta vez se le apreciaba tenso y un tanto ofuscado. Tenía el ceño fruncido y la frente perlada por el sudor, que reflejaba la luz artificial de la habitación. Cualquiera que lo viera no imaginaría que estaba ebrio, sino que sólo abrumado por la situación. Por suerte parecía que lo peor ya había pasado.
Advirtió que ya había empezado a amanecer. A pesar de su arrugada cara roja y sus gimoteos, la recién nacida parecía estar bien. Mikasa en lo absoluto sabía de bebés, pero intuía que estaba sana. La veía mover lentamente la cabeza y los labios como si buscara algo. Algo en Mikasa, en su cuerpo, en su… busto. Parpadeó y dejó escapar un "ah" al caer en cuenta de lo que estaba sucediendo, ¿qué otra cosa podía ser? La bebé tenía hambre, necesitaba leche y sólo su madre podía dársela. Quiso decírselo a Eren, pero éste se encontraba muy ocupado y concentrado alternando la auscultación de los latidos de Hannah con el estetoscopio y la toma de su pulso, presionando dos dedos en su muñeca y manteniendo la vista fija en las manecillas de su reloj de bolsillo. No podía interrumpirlo.
Durante ese lapso, un desorientado Franz despertó al fin. Se enderezó sin mucha agilidad hasta quedar sentado en el suelo y balbuceó tras el pañuelo que le cubría la nariz y la boca:
— ¿E-es esa mi…? — abrió mucho los ojos, indicando el pequeño bulto que Mikasa sostenía.
— Sí, es tu hija — dijo ella, acercándole de inmediato a la bebé para que la tomara.
Franz pareció a punto de desmayarse por segunda vez, por lo que Mikasa negó con la cabeza y volvió a apegar a la bebé a su pecho en gesto protector.
— Levántate, ve a lavarte la cara y las manos y toma algo de aire para que espabiles — su voz se oyó fría y mandona. No pudo evitarlo.
Sin cuestionar su tono, Franz asintió. Al ponerse de pie se quedó pasmado ante la macilenta visión de su esposa.
— Eren… ¿Hannah está-? — la voz se le quebró. Carraspeó para continuar hablando, no obstante se le escapó un sollozo y fue incapaz de decir nada más.
— Está viva — respondió Eren de inmediato, secándose el sudor de la frente con el antebrazo descubierto — Y… hasta ahora todo ha ido mejor de lo que pensaba. Creo que Hannah estará bien. Su presión arterial se ha normalizado.
Franz lloró de alivio y se deshizo en agradecimientos a Eren por haber salvado al amor de su vida. Al mismo tiempo la bebé se largó a llorar a todo pulmón, llamando la atención de todos.
— Creo que tiene hambre — dijo Mikasa por sobre el llanto.
Eren soltó una maldición.
— Por supuesto que tiene hambre, si seré idiota… — le hizo un gesto rápido a Mikasa para que se acercara — ¿Puedes traérmela, por favor?
Ella le entregó la bebé con sumo cuidado. Tan pronto como sus brazos volvieron a estar vacíos, sintió frío. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo, presionó los brazos a ambos lados de su cuerpo y se volvió a sentar en el suelo, apoyando la espalda contra la pared y cruzando las piernas. Franz había salido de la habitación en algún momento, sin dudas que para lavarse las manos y la cara como ella le había dicho. Eren, por otro lado, había acomodado a la bebé en el regazo de Hannah para que ésta pudiera mamar de uno de sus pechos.
Mikasa suspiró y se abrazó las rodillas. Por primera vez en su vida había sido testigo de un parto, y ni siquiera había sido uno que pudiera considerarse convencional. Eren había tenido que abrir a una mujer inconsciente y arrancarle al bebé directamente de las entrañas. En cierto modo, y a pesar de los cuidados de éste, todo aquello se sentía un tanto violento. Aquella niñita había sido forzada a nacer antes de tiempo y Hannah había tenido que recibir una profunda herida. El precio a pagar podría haber sido mucho más alto… pero un nacimiento prematuro, el dolor de una herida y la posterior cicatriz parecía un precio más que justo a cambio de salvar la vida de madre e hija.
Una pequeña niña obligada a abandonar el cálido vientre materno para enfrentarse repentinamente al frío y a la crueldad de un mundo hasta entonces desconocido. Una madre que, con tal de proteger a su hija, está dispuesta a resultar herida y hasta a morir en el intento…
Mikasa se estremeció. Creía que… no, sentía que conocía una historia muy parecida. Los ansiosos y pesados pasos de Franz le evitaron ahondar en ese último pensamiento. La recorrió un escalofrío, como quien se salva por un pelo de caer por un barranco.
— ¿Puedo…? — preguntó Franz con cierto apremio.
— Claro, siéntate aquí — Eren le señaló la silla en la que había estado sentado — Puedes sostener a la bebé y hablarle a Hannah. Ya está despertando. Le he inyectado algo para el dolor.
Mikasa observó a Franz sosteniendo a su hija recién nacida. Lo oyó susurrarle un par de cosas a ésta y a su esposa, quien pestañeaba con dificultad y se notaba desorientada. El joven hombre tenía el rostro empapado de lágrimas de alivio y alegría. Hannah sonrió débilmente cuando éste le enseñó la hija de ambos. El rostro de Franz expresaba gran emoción y orgullo. Llevaba una sonrisa de oreja a oreja. Era sin duda una escena enternecedora, de una belleza tal que a Mikasa le inspiraba nostalgia. Le escocieron los ojos.
Eren avanzó a paso pesado y se dejó caer junto a ella, evidentemente agotado. Ya no sudaba como antes pero tenía la camisa húmeda. Pasaría frío si no se la cambiaba pronto.
— Dime que no estoy soñando — dijo él de repente en voz baja, con la vista fija en la adorable familia frente a ellos.
Mikasa le pellizcó una pierna.
— ¡Ay! ¡Oye-! — Eren se sobó el muslo y le lanzó una mirada dramática, como si ésta acabara de matar a un cachorrito o algo de similar nivel de monstruosidad.
— No estás soñando — susurró Mikasa con una pequeña sonrisa — Haz salvado a una familia entera.
Eren le devolvió una sonrisa torcida, insegura.
— Así parece. Pero no sé… es sólo que… creo que es demasiado bueno para ser verdad.
Cuando madre e hija dormían, Franz fue hasta Eren y prodigó sus agradecimientos por enésima vez aquella mañana. También les ofreció el cuarto de invitados para que pudieran tomar un más que merecido descanso. Mikasa estaba de acuerdo, Eren necesitaba dormir. Al principio éste se negó, como era de esperarse, pero ya no había mucho más que hacer aparte de ordenar y vaciar y limpiar los cubos. Los signos vitales de Hannah se habían estabilizado, pero Franz igualmente se mantendría atento y avisaría en caso de que surgiera algún problema.
El sencillo cuarto de invitados contaba con una cama matrimonial, junto a cuya cabecera se encontraba una cómoda con una lámpara de gas. En una de las esquinas había una silla, encima de la cual Franz había dejado una muda de ropa tanto para Eren como para Mikasa. Ella había llegado hasta allí en nada más que su camisola de dormir, botas y abrigo largo, por lo que la falda, camisa y suéter de Hannah eran más que bienvenidos para cuando tuviera que volver a salir a la calle a plena luz del día y evitar miradas curiosas.
Mikasa abrió las cobijas y se sentó en la cama. Ya se había quitado el abrigo, las botas y los calcetines. Metió los pies fríos bajo las sábanas y se tapó hasta las caderas. Se quedó sentada, apoyando la espalda en las almohadas y el respaldo de la cama. Llenó los pulmones de aire e intentó mentalizarse sobre el hecho de que Eren llegaría en cualquier momento y se metería en la misma cama. Trató de convencerse de que no pasaba nada con eso pues sólo estaban fingiendo ser una pareja y que, si Franz venía a despertar a Eren, no podía pillarla durmiendo en el suelo o en la silla de la esquina. Eso sería raro, después de todo se suponía que estaban muy enamorados. Además Mikasa pasaría frío en cualquier otro sitio que no fuera la cama. En definitiva, dormir separados por esta vez no era buena idea. Aunque dormir en la misma cama con Eren tampoco era buena idea. En realidad… era una malísima idea, pero lo haría sólo por hoy. Por suerte - sí, por suerte - el pobre estaba reventado, así que seguro se dormiría apenas se acostara y ambos se ahorrarían unos cuantos momentos incómodos.
Mikasa contuvo un jadeo de sorpresa cuando él entró a la habitación oliendo a jabón, vestido con una camiseta y pantalones de algodón azul claro de pijamas. Tenía el cabello despeinado y algo húmedo, y el pecho y hombros salpicados con gotas de agua. Los párpados se le notaban medio caídos producto del cansancio, pero aún así parecía algo más despierto y animado que antes de que se diera un baño. Una sonrisita perezosa le colgaba de los labios y encima se veía muy guapo. Mikasa hubiese preferido que Eren oliera a sudor rancio mezclado con alcohol y que caminara como un viejo decrépito, lamentablemente la vida la odiaba y éste se acercaba al otro lado de la cama con aire despreocupado, como si todo aquello fuera lo más normal del mundo.
¿Por qué?
¿Por qué no simplemente se desmayaba de cansancio de una buena vez?
Eren se metió a la cama sin titubear. En un principio Mikasa pensó que éste se dejaría caer bruscamente, pero lo hizo con cuidado. Se cubrió con las cobijas hasta las axilas, boca arriba, y le dedicó una mirada vidriosa y algo enrojecida.
— Todavía estoy un poco borracho y deshidratado — se tocó la garganta — Me acabo de beber algo así como un litro de agua. Te juro que hoy sudé como si hubiese hecho uno de esos entrenamientos machaca huesos de Levi.
— Hiciste un muy buen trabajo — Mikasa trató de sonar tan casual como él — Deberías aprovechar de descansar y dormir. Ya sabes, en caso de cualquier cosa.
— Tú también hiciste un buen trabajo.
— Gracias.
Ella no pensaba que lo había hecho bien con la bebé, pero no discutiría eso con él. Mientras menos parloteo, mejor.
Duérmete, Eren. Por favor.
— ¿Por qué estás sentada? Hace frío, deberías meterte en la cama.
Mikasa ya sentía los brazos y las manos heladas. Miró hacia la pared del frente. El papel mural tenía unos desteñidos motivos florales.
— Estoy cómoda así. No tengo frío.
Eren no dijo nada al respecto, pero Mikasa podía sentir su mirada a un nivel casi físico y no pudo evitar sonrojarse un poco. Su respiración se tornó superficial, mientras que su corazón latió más rápido. Escuchó a Eren reírse entre dientes después de un rato.
— En serio, deberías acostarte y taparte. Es… demasiado obvio que tienes frío.
Mikasa frunció el entrecejo.
— Ya te dije que no tengo frío — espetó con un mal humor defensivo a pesar de sus mejillas coloreadas. ¿Cómo iba a ser obvio? Ni siquiera le había tocado las manos heladas.
— Mikasa… — continuó él con un ligero tono jocoso — La tela de tu camisola no es lo suficientemente gruesa.
— ¿Y? Estoy bien así.
Eren se calló. Esperó varios segundos antes de preguntar con algo de hastío:
— ¿Por qué mientes sobre algo tan tonto?
Ella se volvió hacia él, luchando contra las ganas de cubrirle la cara con la cobija para que dejara de mirarla.
— No estoy mintiendo. Basta. Duérmete.
— ¿En serio? Mikasa, por favor, puedo ver que tienes frío — dijo él, alzando las cejas y señalándola.
Mikasa bajó la mirada y… y pudo notar su frío sobresaliendo como dos puntitas rígidas que coronaban su busto. Toda la sangre de su cuerpo le subió hasta el rostro y las orejas. Su mano izquierda agarró una de las almohadas y le dio con ésta a Eren en un arrebato que era una mezcla de bochorno, enfado y todo aquello en lo que no quería ni pensar y siquiera mencionar.
Eren emitió un quejido por el golpe. Se había alcanzado a proteger la cara a medias con un brazo.
— Ya. Ya. Supongo que me lo merecía, pero en verdad no es nada del otro mundo. A todos nos pasa — dijo divertido. Puso ambos antebrazos delante de su cara, anticipándose a otro posible ataque — Es una reacción fisiológica normal ante el frío y… otras cosas. Lo he estudiado. Deduzco que lo tuyo no es nada más que frío porque parece que- — Eren se detuvo y Mikasa volvió a sentirse bajo un intenso escrutinio — Evidentemente no te emociona tener que compartir cama conmigo.
Mikasa se metió bruscamente entre las cobijas sin decir nada. Se tapó hasta las rojas orejas y le dio la espalda a Eren, intentando desplazarse lo más cerca posible del borde de la cama y lo más lejos de él. Su actitud la había terminado por poner más nerviosa de lo que ya se encontraba y ese último comentario le provocó un violento revoloteo en el estómago. Temía volver a asumir y pensar en cosas que no eran. Ya había tenido bastante con la primera vez en que él le había mirado las tetas mientras desayunaban y luego le había pedido que "durmieran juntos", y todo porque simplemente no quería estar solo después de lo que había descubierto sobre la familia Real y su papá… No porque quisiera algo con ella. Ahora Eren estaba exhausto y ebrio. Era tan claro que sólo decía y hacía tonterías que en el fondo no quería decir ni hacer, todo producto del alcohol.
Pero a pesar de que Eren estaba ebrio y decía tonterías, había que considerar que tuvo una noche muy larga y estresante. Mikasa comenzó a arrepentirse de haberle pegado con la almohada, independiente de su molestia e incomodidad… Tal vez había reaccionado de manera impulsiva y exagerada y, al final, no había sido para tanto. Eren había tenido razón en que le había dado frío y, como él mismo había dicho, era normal que su cuerpo reaccionara de la forma en que lo había hecho… Lo que sea. Igual él se las había mirado. Mikasa se encogió en posición fetal y Eren se removió a su lado.
— Mikasa, lo siento — ya no se le oía divertido en lo más mínimo — Estar borracho y contento no es excusa para ponerme un poco… ¿descarado? Disculpa por mirarte las… uh…
— Olvídalo — murmuró Mikasa.
— Si quieres me das una bofetada. Pégame otra vez con la almohada.
— Eren…
— Escucha, sé que debo parecer un idiota, pero estoy hablando en serio. No quería ofenderte ni nada, ni hacerte sentir incómoda. Yo me siento cómodo contigo cuando no te pones así, evasiva y rara — lo oyó gruñir ante lo que él mismo había dicho — Espera, eso no suena bien. No es que seas rara, ¿de acuerdo? Argh, olvídalo. Se me atrofió el cerebro o algo. Menos mal se me atrofió ahora y no cuando le estaba haciendo la cirugía a Hannah… Sinceramente no tengo idea de cómo fue que hice eso. Me alegra haber sido de ayuda, al menos. Y, no sé, nunca imaginé que atendería el parto de una chica que conocía desde que era un niño, y es muy bonito pero también… No sé, ahora que lo pienso, ¿es un poco incómodo? O sea en general no lo es, es parte de mi trabajo, lo que pasa es que me estoy dando cuenta de que le corté las bragas a una ex compañera de clase y luego le abrí la barriga con un bisturí, y que en el momento de hacerlo no me pareció extraño en lo más mínimo. Y es así en todos esos momentos pero, si lo piensas bien… — soltó un suspiro cansino — En fin. Ser médico es complicado… llegas a un punto en que te olvidas o le restas importancia a ciertas situaciones que bajo otros contextos serían embarazosas y actúas como una máquina, sabiendo exactamente lo que tienes que hacer… — el colchón tembló ligeramente — Perdona… estoy hablando mucho y quizás ni siquiera estoy haciendo sentido.
Mikasa giró sobre si misma y se atrevió a mirar a Eren a los ojos. Ambos se encontraban en posición fetal, separados por varios centímetros. Él había respetado la distancia que ella había impuesto y la observaba con sus bonitos ojos verdes, bien abiertos y brillantes.
— No pasa nada — dijo ella, relajando y suavizando su propia expresión. Sintió que sus labios se estiraban en una sonrisa mientras pensaba en todo lo que Eren había dicho. Le provocaba una sensación de ternura indescriptible — Si… tienes muchas ganas de hablar, entonces habla sobre todo lo que quieras.
Él parpadeó y entreabrió los labios. Para sorpresa de Mikasa, de repente Eren pareció avergonzarse y evadió por completo su mirada.
— Creo que… no es buena idea — dijo él en voz baja — Mejor me callo y me duermo. Tenías razón. Debería aprovechar de descansar.
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Eran casi las ocho de la mañana cuando bajó perezosamente por las escaleras. Cada escalón crujía bajo su peso mientras bostezaba y se restregaba los ojos. Había un agradable olor a leña, pan y huevos revueltos que le abrió el apetito. En la cocina se encontró con su madre, quien bebía té y contemplaba la lluvia a través de la ventana. Sostenía un libro abierto y tenía los ojos hinchados y enrojecidos.
— ¿Mamá…? — la llamó, dubitativo.
— Buenos días, Eren — ella lo saludó con una pequeña sonrisa y un tono mucho menos animado que de costumbre. Echó un vistazo al reloj de pared que colgaba del otro lado de la casa — ¿Cómo es que te has levantado tan temprano?
— No sé, no pude seguir durmiendo.
— ¿Tienes hambre? Hay huevos y salchichas para desayunar, ¿cuánto quieres?
— Uno de cada uno. No tengo taaanta hambre.
— ¿Quieres pan?
— Sí, sólo un pedazo.
Carla dobló la esquina de una página del libro y lo dejó a un lado para preparar el desayuno. Eren buscó una taza limpia en una estantería, la puso sobre un plato y tomó con cuidado la tetera de porcelana en donde remojaban el té. Vertió el líquido en el interior de la taza, tal como le habían enseñado: presionando la punta de la tapa con un dedo para que no se cayera. Sólo alcanzó a llenar la mitad de su taza con lo que quedaba de té, que encima estaba frío. Se lo bebió todo de un sorbo.
— No queda té… — se quejó — Herviré más agua.
Su madre se secó una lágrima y se volteó hacia él.
— Lo haré yo, espera en la mesa. El fuego está muy fuerte y te puedes quemar. ¿No prefieres una taza de leche caliente? Se me olvidó decirte que compré leche, te voy a hervir un poco.
Eren se sentó a la mesa y la miró con aprensión.
— Mamá, ¿estás bien?
Su frente se arrugó ante su pregunta. Luego sonrió. Sus ojos, sin embargo, continuaban apesadumbrados.
— Sí, Eren. Todo está bien… — se mordió el labio y su sonrisa desapareció — Es que estoy conmovida por el libro que me estoy leyendo. Es muy trágico, ¿sabes?
Eren hizo una mueca y se encogió de hombros. No le interesaba saber sobre historias trágicas.
Los adultos eran muy raros, ¿para qué leer cosas que los ponían tristes? ¿Acaso les gustaba sufrir o qué? Pues parecía que sí. Él prefería leer cuentos sobre personajes fuertes que peleaban contra monstruos, ayudaban a los más débiles y se embarcaban en aventuras interesantes. Esas historias al menos te hacían sentir cosas agradables y eran divertidas, no te hacían lloriquear mientras estabas solo en una cocina a las ocho de la mañana.
Después de desayunar se cambió de ropa y salió a jugar con Armin. Lo primero que hizo fue comentarle lo tonto que le parecía todo eso de las tragedias y el sufrimiento sin sentido. Que en serio no podía entender que su mamá llorara tanto por algo que ni siquiera era real.
— A lo mejor está leyendo una historia de amor trágico. A mi papá también le gustaba leer de esas — Armin lanzó una piedra al río con todas sus fuerzas, que no eran muchas.
— ¡¿Qué?! ¿Tu papá también lloriqueaba con esas historias? — la pregunta le salió más gruñona de lo que esperaba.
— Sí, por lo menos un poco… Ahora que me acuerdo, él intercambiaba libros con tu mamá.
Eren arrugó la nariz.
— Yo nunca los vi intercambiando libros — tampoco era que hubiera visto mucho a los padres de Armin.
Armin sacó dos puñados de piedras de su bolsillo y le dio unas cuantas a Eren, que ya había lanzado todas las suyas.
— Es que yo siempre estaba pendiente de mis padres cuando venían de visita — dijo Armin, tratando de disimular su amargura — Los echaba de menos.
Eren lo miró de reojo. No le gustaba ver a su amigo triste.
— Los adultos son más tontos que nosotros.
Armin asintió con una sonrisa, tomó impulso y logró lanzar la piedra más lejos que la última que había tirado Eren, quien quedó asombrado.
Tras un largo rato en que ambos jugaron y conversaron en la rivera, se despidieron y cada uno se dirigió a su propia casa. Armin tenía que ir a ayudar a su abuelo a cocinar y Eren ayudar a su madre con todo lo que no incluyera cocinar. La primera y última vez que intentó cocinar algo hizo un desastre, y además se quemó un dedo y casi rebanó otro.
— El estofado está casi listo — anunció Carla, limpiándose las manos en el delantal — ¿puedes poner la mesa?
— Sí.
Eren comenzó por quitar el florero lleno de flores lánguidas y lo dejó encima de otro mueble. Había ordenado los cubiertos y platos para dos puestos en la mesa cuando su madre habló.
— Tres puestos, Eren, por favor. Tu padre… no trabaja esta tarde.
La pausa y el temblor presente en su voz no pasaron desapercibidos para el niño.
El almuerzo de aquél día fue bastante extraño. Sus padres intercambiaron unas cuántas miradas tristonas y silencios tensos. Enfurruñado, a duras penas Eren también se mantuvo callado sólo porque no estaba seguro de lo que podía estar pasando. Quería preguntar, pero había algo que lo detenía. En cualquier otra ocasión los habría bombardeado con preguntas sin más con tal de saber qué era lo que los tenía actuando así. Sin hallar otra explicación, en aquél entonces su mente infantil terminó llegando a la conclusión de que sus padres se habían leído el mismo trágico libro. Y en cierto modo, así había sido.
Al final no se había tratado de ficción, sino que de una tragedia muy real.
El día anterior a ese peculiar almuerzo, su padre le había contado que la familia que vivía en las montañas de Shiganshina se había mudado muy lejos de allí, y Eren se había molestado sobre todo porque su mamá cosió una muñeca de trapo que no iba a poder ser entregada. El Eren de diez años no había tenido idea de nada y no se había imaginado que toda la aflicción estaba relacionada con el cruel destino de aquella desconocida familia, quienes "se habían mudado muy lejos" y que, por ende, no podrían ir a visitar como se había acordado en un comienzo. Su padre había tenido una tarde libre por aquella precisa razón.
Tuvo que pasar una década para que Eren se enterara de la verdadera historia, sin rodeos de por medio, a través de una carta póstuma. Sólo años después comprendió que la causa de las lágrimas de su madre y el bajo ánimo de su padre había sido el asesinato de los Ackerman y la preocupación por la niña que había quedado huérfana.
Una oleada de inquietud invadió a Eren cuando contempló a Mikasa, quien acariciaba apaciblemente la nariz del caballo que los llevaría hasta el mismísimo lugar donde ésta había perdido a su familia.
Habían pasado dos días desde la cesárea a Hannah, desde que él y Mikasa habían dormido una breve pero recuperadora siesta juntos en el cuarto de visitas. Franz había insistido tanto en pagarle a Eren por su ayuda que Mikasa intervino aceptando el dinero por él, para luego volver a introducirlo en uno de los bolsillos de Franz sin que éste se enterara de nada. Eren quedó tan fascinado ante su habilidad que tomó nota mental de pedirle que le enseñara a hacer lo mismo. Cuando al fin se encontraron de frente con el cegador brillo del día, caminaron a casa de Armin tomados de la mano. Ninguno de los dos comentó nada, cada uno se desplazó inmerso en sus propios pensamientos. El único intercambio verbal entre ambos se produjo al encontrar a Armin desparramado en el mismo sillón en el que había caído dormido a causa de la borrachera. Eren de inmediato comprobó los signos vitales de su amigo, pero todo estaba bien y éste despertó al rato después quejándose de cuánto le dolía la cabeza.
— ¿Estás completamente segura de que quieres hacer este viaje?
Mikasa dejó de acariciar al caballo y rodó los ojos.
— Sí, estoy completamente segura — contestó, exasperada — ¿Cuántas veces más vas a preguntarme lo mismo? Desde ayer que no paras de hacerlo.
— Ya. No te preguntaré más — dijo Eren, fingiendo estar muy ocupado en desenrollar y en volver a ponerse la bufanda roja alrededor del cuello. Era evidente que Mikasa no apreciaba su preocupación por ella, así que no pensaba explicárselo — Vámonos antes de que se nos haga más tarde.
— Tú eres el que no quiere hacer el viaje. Puedo ir sola, no hay problema — extendió una mano hacia él — Es cosa de que me des el mapa, la brújula y ya está.
Eren soltó un bufido.
— ¿Estás loca? No pienso dejarte ir sola. Y no es que no quiera ir, es que…
El dueño del establo gruñó y los dos lo miraron con las cejas alzadas.
— Lamento interrumpir su discusión de recién casados, pero voy a necesitar este caballo de vuelta a más tardar mañana a las nueve — dijo de mala gana, rascándose la frondosa barba y entregándole a Eren un sucio trozo de papel firmado a modo de comprobante de alquiler del animal.
— Estaremos aquí mucho antes — respondió Eren guardando el papel, mientras que Mikasa refunfuñaba algo por lo bajo.
El hombre volvió a gruñir y señaló el cielo, hacia el sur.
— Eso si es que no los pilla una tormenta.
Tenía que estar bromeando. En el cielo sólo había una que otra nube y además estaba helando. A menos que el viejo estuviera hablando en sentido figurado. Eren le echó un vistazo rápido a Mikasa y se mordió la lengua antes de que se le saliera otro "¿estás segura de…?"
Había evitado a propósito contarle a Armin que durmió con Mikasa en la misma cama en casa de Franz y Hannah, pues ya no sabía cómo reaccionaría a las fastidiosas implicaciones de su amigo respecto a todo lo que tenía que ver con ella. En especial después de su numerito con eso de las reacciones al frío, y su estúpido comentario sobre que ella no parecía emocionada por compartir cama con él. Se había comportado como un idiota y de sólo recordarlo le daban ganas de enrollarse la bufanda en la cabeza para que Mikasa no tuviera que verle la cara. No le extrañaría que terminara ofendida para siempre por sus miradas y comentarios desatinados. Menos mal se había callado por cuenta propia, o quién sabe si habría dicho o hecho alguna cosa todavía más estúpida.
Ahora sólo esperaba que durante este viaje reinara su lado más sensato antes que el impulsivo - ese que lo empujaba a actuar de maneras nunca antes vistas frente a una mujer. Era necesario conservar su mejor criterio, sobre todo considerando la naturaleza del viaje y la relevancia que éste tenía para Mikasa.
Se encontraban a la salida del área urbana de Shiganshina, en el establo que Levi previamente había recomendado a Eren. Gran parte del camino rural era empinado, de greda y piedras, por lo que no era apto para que un carruaje o una carreta lo recorriera. Por otro lado, según lo que Levi había explicado, en cierto punto el camino desaparecía y se convertía en campo abierto, perfecto para andar a caballo. La idea había sido arrendar dos caballos, pero en el establo sólo había un caballo grande, fuerte y capaz de emprender aquél viaje con dos humanos más una carga ligera encima. El otro caballo disponible era un macho viejo y flaco, que sólo podía andar por terreno llano y trayectos cortos.
Eren fue el primero en subir a la montura de Magnus. Luego ayudó a Mikasa, quien iría sentada a su espalda. Contrajo el abdomen a modo reflejo cuando sus brazos le rodearon la cintura. No era el agarre firme que Eren había anticipado, sino que más bien flojo, como si Mikasa estuviera evitando ceñirse demasiado a él. Ignorando la sensación de decepción, sostuvo las riendas con una mano y con la otra sacó el mapa de Levi. Lo extendió con un par de sacudidas y lo revisó, pese a que ya prácticamente se lo sabía de memoria. El camino era fácil, sólo necesitaba estar pendiente de los puntos de referencia y de la brújula. Notó que Mikasa intentó echarle un ojo al mapa por encima de su hombro.
— ¿Todo listo? — preguntó Eren, guardándose el mapa en el bolsillo frontal de su abrigo marrón — Revisa que las amarras de la carga estén firmes.
— Las comprobé antes de subirme.
— Bien, entonces vamos.
Más y más brisa comenzó a chocar contra ellos a medida que el caballo avanzaba a trote ligero. Eren escondió la boca y la nariz tras su bufanda. Uno de los puntos de referencia era un pequeño, puntiagudo y aislado cerro al oeste, que era hacia donde debían dirigirse. Se encontraron con algunas cabañas desperdigadas por aquí y por allá al principio pero éstas iban quedando atrás, más cercanas a la urbe, a medida que se iban acercando a su destino. Los Ackerman solían vivir en un sitio bastante apartado. Eren condujo al caballo en dirección noroeste hasta que se toparon con un grueso y viejo árbol talado, otro de los puntos de referencia. Cuando se internaron en una arboleda siguieron un sendero, el cual habría sido engullido por la naturaleza de no ser porque los cazadores que iban montaña arriba continuaban utilizándolo.
— ¿Cómo era eso de que vendrías sola? — preguntó Eren, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado y atrás — ¿No se suponía que debíamos ir juntos a todos lados? El otro día me sermoneaste por salir solo y ahora ni dudaste ante la idea de dejarme tirado en ese establo, para que después me raptara el malvado Rod Reiss y me cortara en trocitos.
— No hablaba en serio — respondió Mikasa después de un rato.
— Ah, pues a mi me pareció que hablabas en serio.
— Estaba enojada, ¿vale? Digo tonterías cuando ando de mal humor.
— ¿Y por qué estabas de tan mal humor? ¿No pudiste dormir anoche?
— No sé si me lo preguntas en serio o sólo me estás molestando — murmuró ella, y Eren se preguntó si le estaba mirando la nuca con los ojos entrecerrados — Pero dormí varias horas anoche, gracias. Creo que tú estás más ansioso que yo considerando todas las veces que me preguntaste si estaba segura de venir. Me recuerdas a Levi que cree que no voy a ser capaz de… de soportar esto. Es irritante.
— Dudo que tenga que ver con que seas o no capaz de soportarlo — le dijo, negando con la cabeza — No tiene nada que ver con fortaleza o debilidad… Yo creo que a los dos más bien nos preocupa que te sientas mal, que sufras… Pero no importa cuánto nos preocupemos, porque al final eres extremadamente terca.
Los brazos de Mikasa se apretaron ligeramente alrededor de su cintura y se mantuvo en silencio durante unos minutos. De no ser por el apretón, Eren habría pensado que la había cagado y que había dicho algo que no debía otra vez.
— No importa si sufro — dijo con una vocecita apenas audible — Siento que tengo que hacerlo, Eren.
No estaba de acuerdo con eso de que no importaba si sufría, pero de todos modos Eren apoyó una mano sobre el antebrazo de Mikasa.
— Entiendo — afirmó, antes de retirar la mano y volver a sostener las riendas.
Levi le había descrito la apariencia de una cabaña de dos pisos grande y abandonada, un tanto derruida, a un kilómetro de la cual se encontraría el sitio donde debería haber estado el viejo hogar de Mikasa, de seguir existiendo. A pocos minutos de pasar la cabaña en cuestión, se toparon con una pequeña área delimitada con escasa vegetación y parches de tierra. El césped y la maleza eran mucho más cortas comparada con el resto del entorno. Habían algunos trozos de madera carbonizada desperdigada en distintos puntos de manera deliberada. Un círculo de rocas de alrededor de un metro de diámetro terminaba por confirmar que estaban en el sitio correcto. En total, el trayecto les había tomado una hora.
Descendieron del caballo y Eren lo ató al angosto tronco de un árbol cercano a un área con hierba fresca y alta. Mikasa, en apariencia serena, vertió agua desde uno de los odres en un cazo abollado para que Magnus bebiera.
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Un ventarrón hizo que su cabello ondeara, le golpeara el rostro y no le permitiera ver bien el terreno frente a ella. Había intentado controlar su respiración y mantenerse tranquila durante todo el camino de ida a lomos del caballo, lo cual parecía haber funcionado mejor de lo esperado. Tal vez esto no sería tan difícil y doloroso como pensaba que sería. Ni siquiera lograba reconocer los alrededores… Era como si estuviera ahí por primera vez. No se sentía como un regreso.
Su antiguo hogar, la cabaña en la que había crecido, ya no existía. Sólo había tierra y maleza en donde debería haber estado el hermoso huerto de su madre. Mikasa tampoco podía identificar contornos que se le hicieran familiares en el paisaje montañoso que la rodeaba. Extrañamente, el fresco perfume proveniente del bosque de abetos también se probó incapaz de despertar en ella una sensación de pertenencia a aquél lugar.
Acarició la suave y tibia cabeza de Magnus hasta que éste se puso a pastar. Mikasa dejó el cazo a un lado y, sin devolverle la mirada a Eren, se dirigió hasta el sitio donde se suponía que alguna vez vivió, durmió, rió, comió, fue querida y feliz junto a sus padres. Levi le había admitido que quemó la cabaña porque ésta había sido profanada y contaminada a un nivel irremediable. Lo corrompido no se borró ni desapareció por mucho que éste fregó el piso, o por mucho que intentó reparar lo que se había roto. Los asesinos habían cometido un acto tan barbárico e imperdonable que, a su juicio, lo mejor fue purificarlo mediante el fuego. Pero Levi no sólo se refirió a la cabaña, también señaló con ira y dolor reprimidos que, el día en que los traficantes le quitaron la vida a los padres de Mikasa, estos además la despojaron de su inocencia y alegría.
Rememoró la breve pero crucial conversación que había tenido con su primo justo el día anterior al viaje con Eren a Shiganshina. Levi se disculpó por quemar su antiguo hogar, a pesar de haberle dado a entender sus razones con tanta claridad que Mikasa no había tenido motivos para enfadarse u ofenderse a causa de ello. Levi sólo había tenido buenas intenciones, y ella lo sabía y se lo agradecía.
— … saqué los cadáveres de los traficantes y los tiré en el bosque. Al menos sirvieron de carroña a los lobos — la voz de Levi hizo eco en su cabeza, como si estuviera ahora mismo hablando con ella — Después cavé la tumba donde enterré a tus padres juntos. Esto fue a pocos metros de la cabaña, cerca del bosque. Me pasé casi todo el día buscando piedras. Apilé todas las que encontré sobre la tumba en un círculo hasta formar un montículo… y después lo cubrí de flores.
El montículo continuaba allí, cubierto de polvo, algunas ramas y un par de plumas. Varias de las piedras más livianas y pequeñas habían rodado. La lluvia, el viento y los mismos animales que vivían en los alrededores las habían desordenado. A su lado, Eren habló con voz queda.
— ¿Quieres que te ayude? — preguntó — A menos que… prefieras hacerlo sola.
Mikasa observó con detenimiento todas las piedras que se habían desperdigado. Le tomaría más tiempo pero quería hacer todo aquello sola y con la solemnidad que merece cualquier ritual fúnebre. Quería sentir como si fuera ella quien estaba enterrando los cadáveres de sus padres. La posición del sol en el cielo mostraba que recién era mediodía. Tenía tiempo suficiente. Si se hacía tarde o el clima se complicaba, considerando el comentario del dueño del establo y las nubes negras que recién ahora podía notar que se acercaban, entonces podrían buscar refugio en la cabaña abandonada hasta que todo pasara.
— Gracias, Eren — dijo mientras se agachaba para recoger la primera piedra y se la llevaba unos instantes al pecho — Pero necesito hacerlo sola.
Él asintió con expresión amable y se alejó unos pasos, dándole más espacio y privacidad.
Piedra por piedra Mikasa le fue devolviendo la forma al montículo. Piedra por piedra fue sintiendo cada vez más y más el peso y dureza de su pérdida. Sus padres estaban sepultados justo allí abajo. No debía quedar de ellos nada más que huesos, mientras que ella aún respiraba y se movía en la superficie. Su corazón aún latía. Todo su cuerpo aún sentía, sangraba y dolía.
A diferencia de ellos, Mikasa vivía.
Y ya no era la niñita que ellos habían criado y conocido, había crecido. Tal vez ya era incluso más alta que mamá… ¿se parecería mucho más a ella, ahora que estaba mayor?
Le escocieron los ojos. Su visión se volvió tan borrosa como la memoria del rostro de sus padres. Un gemido brotó en su pecho, ascendió a través de su garganta y escapó de sus labios. Se cubrió la boca con las manos sucias para atrapar el siguiente. Se había desmoronado y caído de rodillas al suelo, no tenía idea de cuándo.
¿Estarían también los huesos de aquél hermano que no había alcanzado a nacer? Allí, entre las costillas de mamá, debía de haber unos huesos diminutos. Ese niño… Sí, niño, pues mamá siempre intuyó que sería un varón. Ese niño no había experimentado lo que era respirar. No había conocido lo que era el aroma de las flores en plena primavera. No había sentido el calor del sol o la frescura del viento. Nunca había visto el rostro de mamá, papá, ni mucho menos el de ella, su hermana mayor. No alcanzó a experimentar lo apacible que era estar en los brazos de alguien, ni tampoco fue bendecido por una caricia o un beso de los padres que tanto anhelaban que llegara. No había alcanzado a balbucear sus primeras palabras, dar sus primeros pasos, correr, saltar, reír o bailar de alegría. Ni tampoco gritar ni llorar a todo pulmón con la cara colorada, así como había hecho la bebé de Hannah.
Mikasa se preguntó si Grisha Jaeger podría haber conseguido al menos salvar a su hermano, así como Eren había salvado a la pequeña Liesel.
Se preguntó si tomar a su hermano entre sus brazos se habría sentido como cuando tomó a Liesel. Si se hubiese aterrado ante la idea de que se le resbalara y cayera desde sus brazos al suelo. Si se hubiese sentido tanto o más torpe al sostener a una criatura tan frágil e indefensa. ¿Habría llorado de emoción? Tal vez sí. No se había olvidado de que lo había esperado con tantas ansias que de seguro se habría largado a llorar, incapaz de contener su alegría y entusiasmo por conocerlo al fin.
Pero la vida había dictaminado muerte y Mikasa había perdido todo lo que tenía en cuestión de segundos, minutos. Había perdido incluso lo que no había llegado a tener y, aunque nunca lo tuvo, lo extrañaba. Lo añoraba, así como añoraba poder recordar con claridad el aspecto de sus padres. Le aterraba la mera idea de olvidar por completo sus rostros.
Las caricias y besos de mamá, los abrazos y divertidos balanceos de papá… ¿se irían diluyendo al igual que el resto de sus frágiles recuerdos? ¿Qué había de sus voces y de todas las cosas que alguna vez le habían dicho?
Respirar se estaba tornando difícil. Se apretó ambas manos contra el pecho mientras sollozaba. Le dolía. Dolía tanto. Dio un respingo cuando sintió una mano apoyándose en su espalda, pero se relajó al darse cuenta que sólo se trataba de Eren.
Él estaba allí con ella. No estaba completamente sola.
— Mamá tenía el cabello negro… como el mío — balbuceó con la mirada empañada y perdida, respirando por la boca — Sus ojos eran también oscuros pero más pequeños, creo. Todos decían que yo me parecía mucho a ella — en sus labios se dibujó una sonrisita trémula — Con… con todos me refiero a papá, Levi y al doctor Jaeger.
Mencionar eso sólo la hizo llorar más. Tampoco había vuelto a ver a Grisha Jaeger y ahora, al igual que su familia, estaba muerto. Alzó la cabeza, se enjugó las lágrimas y observó a Eren durante unos segundos, como si estuviera tratando de memorizar su rostro.
— Papá tenía el cabello corto del color del trigo — recordó y Eren, con una suave mirada, dio una ligera cabezada para que continuara — Sus ojos eran claros como los tuyos, pero… no verdes. O tal vez sí, pero otro tono de verde. No puedo acordarme bien… — hizo una mueca y se llevó una mano a la cabeza — Creo que eran ojos marrones muy claros, parecidos al ámbar, que a veces… se veían verdes. Era muy amable. Mamá siempre decía que era el mejor hombre del mundo, y p-papá decía que mamá era la mejor mujer del mundo, cosas así… — las lágrimas escurrían tibias por sus mejillas — Se amaban… tanto…
Y no están más.
Sintió una aguda punzada de dolor en el corazón, la garganta se le oprimió y no pudo articular ni una palabra más.
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El cielo se había encapotado de nubes negras y en el ambiente se empezaba a percibir cierta estática. Eren mantenía uno de sus brazos sobre los hombros de una compungida Mikasa. Un trueno retumbó a la distancia. Las nubes oscuras destellaban de manera intermitente, iluminadas por relámpagos que escasos segundos después eran seguidos por truenos. Se acercaba una tormenta eléctrica. Pequeñas gotas de lluvia cayeron en su pelo, rostro y en el dorso de la mano que apoyaba en la cabeza de Mikasa.
— Tenemos que ir a la cabaña abandonada antes de que nos alcance la tormenta — dijo Eren, frotándole la espalda con cuidado.
Mikasa asintió de manera casi imperceptible. Eren la asió por la cintura y la ayudó a levantarse del suelo. Parecía como si se hubiese encogido y debilitado. Tenía los hombros caídos, la espalda ligeramente encorvada y daba la impresión de no ser capaz de siquiera extender las piernas por completo, como si hubiese experimentado una gran fuga de energía vital. Resultaba un tanto chocante ver a una chica como ella disminuida a tal punto.
Eren no la soltó hasta que llegaron al sitio donde estaba amarrado Magnus. El caballo ya se notaba inquieto. Pese al estado de Mikasa, no tardaron mucho en montarlo y llegar hasta la cabaña abandonada. Eren lo ató a uno de los pilares de madera del pórtico mientras intentaba abrir la puerta principal, que estaba medio trabada debido a la humedad. Consiguió abrirla tras un par de patadas que le dejaron la pierna derecha un tanto resentida. Las bisagras oxidadas chirriaron y Eren le hizo un gesto a Mikasa para que se quedara donde estaba, mientras que él se internaba en el oscuro recibidor. Todas las ventanas estaban cubiertas por los postigos de madera exteriores. Encendió la pequeña lámpara de aceite que había traído y la alzó describiendo un semicírculo. A la derecha, una cocina sucia y prácticamente desmantelada. Al frente, una escalera a la que le faltaban la mayoría de los peldaños. Los pocos que quedaban estaban rotos o apolillados. A la izquierda, una sala de estar relativamente limpia con un amplio y viejo sofá de terciopelo púrpura, además de una chimenea empotrada de ladrillos rojos. Junto a ésta había un montón de leña seca. Supo de inmediato que Levi la había dejado allí para ellos y no le cabía duda que hasta había limpiado el lugar, de lo contrario todo se encontraría en peores condiciones.
Inspeccionó el sofá a fondo, lo golpeó varias veces para quitarle el polvo y, al comprobar que no habían bichos, le sugirió a Mikasa que descansara en éste. Ella se sentó en silencio mientras él le quitaba la carga a Magnus. Susurró al caballo palabras tranquilizadoras y lo metió en la cocina, la cual tenía una puerta astillada pero todavía funcional. La cocina serviría de corral y el caballo estaría protegido bajo techo.
Cogió un trozo de leña, esparció con él la escasa ceniza que había en el fondo de la chimenea y apiló un poco de leña encima. Palmeó las manos para sacudirse el polvo y las astillas.
— ¿Tienes hambre o sed? — le preguntó a Mikasa.
Ninguno de los dos había comido desde el desayuno.
— No, estoy bien.
Eren suspiró, le llevó uno de los odres pequeños de agua y la convenció de beber, pese a que al principio ella insistió en que no tenía sed. Mikasa bebió varios sorbos de agua y sus labios se humedecieron tanto como sus ojos y largas pestañas. Verla tan afligida le provocaba una sensación pesada en el pecho y le preocupaba, pues sabía que no había mucho que él pudiera hacer por ella más que acompañarla. Sólo esperaba que regresar y revivir todo ese dolor le sirviera a Mikasa de algo. Que pudiera encontrar algo de alivio.
Usó una cerilla y ramas delgadas para encender el fuego en la chimenea. Eran casi las cuatro de la tarde. A medida que avanzaba el otoño y se acercaba el invierno oscurecía cada vez más temprano, pero las negras nubes cargadas de lluvia habían transformado lo poco que quedaba de día en noche. Una lumbre cálida y titilante se fue abriendo paso entre las sombras de la estancia. Ensimismado, Eren contempló las llamas. El fuego siempre le había parecido un elemento casi mágico e hipnótico. Recordó la manera en que la simple llama de una vela había iluminado el rostro de Mikasa semanas atrás, poco después de haber recuperado la consciencia tras el secuestro. En cómo, a pesar de su propia reticencia y rabia contra ella por haberlo engañado, la pálida piel y facciones de la chica le evocaron los bellos rostros que había visto modelados en elegantes estatuas de alabastro.
Observó a Mikasa de soslayo. Habían algunas manchas de tierra en su rostro y su expresión tenía un aire ausente. Eren sintió ganas de ir a sentarse con ella, pero al mismo tiempo no quería importunarla.
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La tormenta se había desatado, furiosa. En ocasiones Magnus soltaba un relincho desde la cocina, asustado por los potentes truenos. El centelleo de los relámpagos se colaba entre los postigos y producía un efecto fantasmagórico a su alrededor, a ratos iluminando el papel mural rasgado. De por sí, la cabaña ya tenía un toque tétrico debido a su viejo y descuidado estado, pero además tenía algo que a Mikasa había comenzado a parecerle inexplicablemente perturbador. Era algo ominoso y difícil de precisar. Un repentino escalofrío le erizó los vellos de la nuca. Se la cubrió con el chal que llevaba sobre el abrigo. Echó una mirada rápida tras ella, se levantó del sofá, caminó algunos pasos y se sentó en el piso de madera cepillada junto a Eren.
— ¿Te dio frío?
— Es… este lugar — murmuró Mikasa. Sentía los ojos hinchados y las mejillas tirantes por la sal de las lágrimas secas — No me gusta.
Eren puso una mano en el suelo y examinó la sala con atención, como si recién reparara en dónde se encontraban.
— Sí, bueno, todo esto se vería mucho mejor remodelado — comentó Eren con actitud relajada, pero tras unos momentos de mantener la vista fija en una de las esquinas, se volvió hacia la chimenea y su ceño se frunció — Ahora que lo dices, creo que sé a qué te refieres. Es… no lo sé, tiene algo desagradable — Eren se llevó la mano a la nuca y luego la deslizó hasta su garganta por debajo de la bufanda, sobándosela como si le doliera. Parpadeó, alejó la mano y se la observó desconcertado — Es extraño…
— ¿Qué es extraño?
Eren negó con la cabeza.
— Nada, es que de repente me dio la impresión de que no es la primera vez que estoy aquí, pero eso es imposible — dijo, dedicándole una sonrisa vacilante.
Mikasa sintió otro escalofrío. Esto no le gustaba nada. No le gustaba este lugar. Se movió más cerca de Eren, sus hombros casi se tocaban.
— ¿Podemos hablar de otra cosa? — la voz le salió más aguda de lo normal.
Eren notó que se había movido más cerca y su mirada reflejó una mezcla de preocupación, curiosidad y una pizca de algo que hizo que el dolorido corazón de Mikasa se reanimara. Vio que sus labios se entreabrían para decirle algo pero, como arrepintiéndose a medio camino, los apretó.
— ¿De qué quieres hablar? — preguntó Eren al fin.
— N-no sé… de lo que sea.
Un trueno resonó tan fuerte que la estructura de madera de la cabaña se estremeció y los sorprendió a ambos. Como un gato asustado, Mikasa se aferró al brazo de Eren con ambas manos. Había tenido un día emocionalmente abrumador y aquél sitio de aura desagradable le ponía los pelos de punta, la hacía sentir vulnerable, por lo que ni siquiera se avergonzó de su reacción. Entre el crepitar del fuego, podía oír que caían gruesas gotas de lluvia sobre el techo en el segundo piso. Por primera vez se preguntó si la estructura soportaría la tormenta, pero al mismo tiempo razonó que la cabaña llevaba tantos años en pie que de seguro había sorteado tormentas mucho peores. El viento ululaba y sacudía los postigos de las ventanas y la puerta. No tenía idea de cuándo, pero Eren había puesto algunos objetos pesados que sacó de quién sabe dónde para que la puerta no se fuera a abrir en medio de la tormenta o de la noche. Uno de los vidrios de las ventanas estaba trizado y por ahí se colaba una tímida brisa.
— En uno de nuestros paseos a la playa, Armin casi se ahogó — empezó a relatar Eren, alzando la voz por sobre el estruendo — Habíamos ido con su abuelo y mis padres a acampar por unos días. La cosa es que había un poco de corriente, pero no hicimos caso de las advertencias de los adultos y nos metimos al agua mientras ellos estaban ocupados armando las tiendas. Las olas reventaban así — hizo un gesto con las manos para simular dos olas que se encontraban y chocaban — Igual tratamos de solamente chapotear en la orilla, pero Armin era tan pequeño y flaco que de repente se cayó por culpa de la corriente y fue arrastrado mar adentro. Gritó por ayuda y yo nadé lo más rápido que pude hasta él. Lo agarré de un brazo cuando lo alcancé y traté de nadar hacia la orilla, hasta que nos golpeó una ola y se me soltó. Papá fue quien lo salvó al final. De paso me salvó también a mí — sonrió — Mi intento de rescate y nado contracorriente me cansó demasiado. Yo no era más que otro mocoso flaco de ocho años.
— Parece que siempre has querido salvar a los demás — dijo Mikasa. Ya había liberado el brazo de Eren, pero continuaba muy cerca de él — Pobre Armin. Me alegra que no le pasara nada.
— Y pobre de su abuelo. Al viejo casi le dio un infarto — rió Eren — Encima mi mamá gritó instrucciones como loca desde la orilla todo ese rato. Después nos abrazó, nos dio un tirón de orejas por no hacer caso y nos regañó a los dos por casi morir.
Su mamá…
Mikasa no sabía mucho de la madre de Eren, sólo que se llamaba Carla. Ahora estaba figurando que Eren debía de parecerse bastante a su madre. Al igual que tantas otras cosas, era injusto no haber podido conocerla. Todo se sentía más injusto que nunca ese día.
— Mikasa — la llamó Eren — Has sido muy valiente al decidir venir hasta aquí.
Eren le dio unas suaves palmaditas en la espalda y dejó la mano allí. Mikasa podía sentir la ligera calidez de su tacto incluso a través de la ropa. Su calor era más agradable que el del fuego. Estaba tan rendida que permitió que su cuerpo actuara por impulso y apegó todo su costado al de él. También dejó caer su cabeza en uno de sus anchos hombros. Eren acomodó su brazo tras la espalda de Mikasa, la palma de su mano curvada contra su cintura.
— No soy valiente — musitó ella. Cerró los ojos y se reconfortó en su cercanía — Es sólo que ya no podía más.
— No digas eso — la riñó él — Sé que… no es nada fácil despedirte de las personas que amas. Y creo que en el fondo es bueno que hayas vuelto para visitar por primera vez la tumba de tus padres. No importa cuántos años hayan pasado, lo importante es que estás aquí.
Le había tomado tanto tiempo volver… Era tan difícil despedirse y aceptar la pérdida que Mikasa sabía que no lo lograría en sólo un día, pero al menos estaba trabajando en ello. Eren tenía razón, lo importante era estar aquí. Estaba intentando darle un final a algo que por mucho tiempo evitó por diversas razones y sintió que estaba inconcluso. Una de sus razones eran las pesadillas en las que volvía a Shiganshina y se encontraba con el cadáver de su padre en la cocina y el de su madre en la habitación. En algunas de esas pesadillas ambos lucían igual a como lucían aquél fatídico día, mientras que en otras sus cadáveres estaban podridos y plagados de gusanos o no eran más que esqueletos olvidados. Nunca le contó a nadie sobre esos sueños horribles, los cuales se repetían pese a que Mikasa sabía que sus padres habían sido sepultados en aquellas montañas, que sus cuerpos no habían quedado olvidados para siempre dentro de su cabaña después de que Levi la rescató.
Mikasa suspiró. Quién diría que finalmente volvería diez años más tarde para encontrarse con un sitio yermo y un montón de piedras, en compañía de nadie más y nadie menos que el chico que debería haber conocido sólo un par de días después. Jamás hubiese imaginado que Eren Jaeger estaría allí con ella, acompañándola y apoyándola durante una situación tan difícil, pero se sentía bien. Era como si ésta siempre hubiera sido la manera correcta de regresar.
Alzó lentamente la cabeza hasta que sólo quedó parte de su mejilla y su mentón apoyados en el borde del hombro de Eren. Los labios de Mikasa se estiraron en una suave sonrisa. Sus rostros estaban a tan corta distancia que las exhalaciones de Eren le acariciaban la barbilla. Su corazón latió más rápido y sintió las mejillas calientes, pero era una sensación agradable y confortante. No se sentía tan cohibida como en otras ocasiones en que estaba cerca de él, ni tampoco le daban ganas de alejarse. El agotamiento emocional y el trato afectuoso de Eren parecían haberla ayudado a estar mucho menos nerviosa a su alrededor. Iba a darle las gracias por sus palabras, su apoyo y por haber viajado con ella, pero de repente éste abrió mucho los ojos, quitó la mano de su cintura y se apartó un poco con expresión desconcertada.
— Umm… t-tengo que echar más leña al fuego — dijo, rehuyendo su mirada y alejándose aún más de ella. Se estiró para agarrar trozos de madera seca — Mira, había muy poca.
Mikasa se encogió de hombros y lo observó echar leña en la chimenea un rato, sintiéndose un poco desalentada por su lejanía. Mientras Eren se concentraba en el fuego, ella se puso de pie y arrastró el sofá púrpura más cerca de la chimenea. El respaldo era alto y serviría para atrapar un poco más del calor. Por cortesía de Levi tendrían suficiente leña para la noche que pasarían allí.
Tenía tantas cosas que agradecerle a Levi… De no ser por él, ¿qué sería de ella? ¿En dónde estaría?
Se repitió esas preguntas una, dos, tres veces. Una y otra vez, hasta que una oleada de ansiedad recorrió su cuerpo, le retorció el estómago, le encogió el corazón y le embotó la cabeza. Temblorosa, Mikasa se dejó caer en el sofá, apegándose al respaldo y llevándose las piernas al pecho. Fijó la mirada en las llamas y en las brasas del fondo, esperando que eso la ayudara a despejar su mente y le inspirara ideas cálidas en lugar de navegar en la fría dirección hacia la que estaba yendo en esos momentos. La vista se le enturbió. No quería seguir llorando ni pensando en todo aquello que le dolía. Ya había tenido demasiado por un día y necesitaba retomar el control de sí misma y de sus emociones. Necesitaba recuperar toda la energía perdida.
En contra de su voluntad, su mente se ocupó de revivir los recuerdos de la última misión. Visualizó a cada una de las chicas que había encontrado en aquél maldito vagón y en su cabeza reverberó todo lo que había oído aquella noche.
Era muy entrada la noche cuando iban de camino a la casa de uno de los miembros de la Legión. A causa de un impulso hasta entonces incomprensible, Mikasa había tenido la mala idea de levantar las vendas de los ojos de cada una de las chicas. Iban todas juntas en el mismo carruaje que ella. Encendió una lámpara al mínimo para no cegarlas con la luz. Ella se mantuvo puesta la tela negra que le cubría todo el rostro excepto por los ojos.
No se sorprendió al encontrarse con los tristes ojos grises de Heike, la adolescente de catorce años que había decidido prostituirse a cambio de techo y comida, la que se mordía tanto las uñas al punto de hacerse daño y fingía sonrisas. Tampoco se sorprendió al conocer los grandes y afables ojos caramelo de Petra, ni la opaca y perdida mirada de la pequeña de siete años sentada en el regazo de ésta, Vivianne. Fue cuando vio el rostro de Elsa, la niña de diez años y cabello negro que casi no hablaba, que quedó pasmada. La forma de sus ojos castaños era prácticamente idéntica a los de Mikasa.
La niña también pareció asombrarse al examinar lo poco y nada que podía ver de su cara.
— Eres como yo… — susurró Elsa, señalándola con un dedo que se sentía acusador — ¡Te ves como yo! ¡Te ves como papá!
Mikasa no supo qué decir. Aparte de su madre, nunca antes había visto a alguien con rasgos como los suyos.
— Papá es- era mitad asiático — continuó Elsa, acercándose a ella bastante inquieta — ¿Tú también eres mitad asiática? A lo mejor papá era tu hermano, o tu primo… — dudó, escrutándola — Quizás era tu tío, tú pareces mucho más joven. Papá se llamaba Yasuhiro y sus amigos lo llamaban Hiro, ¿lo conociste?
— No, no lo conocí — contestó Mikasa con expresión constreñida. Sentía un nudo en la garganta. Era como encontrarse con una versión infantil de sí misma — Yo- — se calló. El carruaje estaba disminuyendo la velocidad — Tienen que volver a ponerse las vendas — dijo con urgencia, bajándole la venda a Elsa y empujándola con cuidado para que se volviera a sentar en el sitio en el que estaba al principio.
El resto de la noche fluctuó entre conversaciones con Levi, Hange Zoe, que era la dueña de casa, y Reiner Braun, quien era uno de sus informantes en la policía militar de Stohess. Mikasa no dijo mucho y tampoco fue capaz de concentrarse lo suficiente en la conversación, pero participó como pudo a la hora de tomar las decisiones finales respecto al destino de las chicas. Entre otras cosas, acordaron que no las separarían y que las llevarían al distrito de Krolva hasta que obtuvieran más información sobre la situación de tráfico humano de la que habían sido víctimas, pues querían evitar ponerlas en riesgo.
— Una de ellas luce como yo — soltó Mikasa una vez estuvo a solas en el carruaje con Levi.
Sus palabras tomaron a Levi desprevenido. En cuanto éste se recuperó de la impresión, se enfadó con ella.
— ¿Dejaste que te vieran? — la recriminó.
Mikasa negó con la cabeza.
— Solamente me vieron los ojos…
La angustia se apoderó de Mikasa minutos después en el trayecto de vuelta a Orvud. Entró en un estado deplorable y no pudo parar de sollozar, sudar y temblar. Se convirtió en presa del miedo y, por lo que le parecieron horas, estuvo convencida de que alguien iría por ella y no podría defenderse, que se la llevarían lejos, o que en cualquier momento moriría porque apenas podía respirar o porque su corazón explotaría. No tenía muchos más recuerdos al respecto, no estaba segura de qué fue lo que le dijo a Levi o qué le dijo él a ella, lo único que sabía era que una maraña de pensamientos y emociones abrumadoras le arrebataron toda la energía y que fue el peor episodio de ese tipo que había tenido en años.
Y Mikasa ya no podía ver las llamas. Sus ojos se habían aguado al punto que sólo veía una deforme mancha anaranjada. Alguien le susurró algo pero fue incapaz de entenderlo. Algo pesado hundió el otro lado del sofá. Entonces vio a Eren. Eren se había sentado junto a ella y la atrajo hacia sí en un abrazo. La calidez y la solidez de su cuerpo la ancló, trayéndola gentilmente al aquí y ahora. Volvió a oír el crepitar del fuego en la habitación y la tormenta exterior. Un trueno retumbó en su apesadumbrado pecho. Mikasa cerró los ojos, observó las oscuras nubes de su mente, sintió su tormenta interna y lloró. No entendía cómo era que aún le quedaban lágrimas, pero llovía tanto allí dentro de ella como allá afuera.
Eren le ofreció un pañuelo y agua una vez la intensidad de su llanto menguó. Mikasa se sonó la nariz, bebió un sorbo de agua y de repente las palabras empezaron a salir a borbotones de sus labios. Le contó sobre el encuentro con las víctimas de tráfico humano, sobre lo que sintió al conocer parte de sus historias y cómo le dolió que tuvieran que pasar por algo tan horrible. Le intentó explicar el terror visceral que sintió al pensar que podría haber terminado de igual o peor manera que ellas, de no ser porque Levi iba de visita el mismo día en que sus padres fueron asesinados. Habló sobre cuánto le impactó ver a otra chica de ascendencia asiática por primera vez en su vida, víctima del tráfico debido a su sexo y apariencia considerada exótica… También mencionó a la pequeña que parecía estar enferma, quien había sido vendida a un proxeneta por su propia madre, y lo que Levi le había comentado luego de ver a la niña: que le recordaba a ella luego de haberlo perdido todo. Habló de tantas cosas que nunca antes había dicho en voz alta ni mucho menos contado a nadie, incluso del día en que sus padres y hermano nonato fueron asesinados. Se estaba desbordando y no podía detenerse. Necesitaba sacarlo.
Mikasa estaba temblando.
— Cuando vi q-que estaban muertos s-sentí tanto frío… — dijo contra el pecho de Eren — Todos mis… sentidos se apagaron, pero el frío… no paró. No paró…
Eren la estrechó con más fuerza entre sus brazos.
— Lo siento tanto, Mikasa.
— N-no pude hacer nada por ellos — sollozó — Era una niña débil, p-paralizada por el miedo… No pude ayudarlos. A veces… — inhaló aire por la boca y su corazón dolió todavía más. Sintió contra su mejilla la humedad que sus propias lágrimas habían provocado en el abrigo de Eren — A v-veces me pregunto si fue justo q-que sólo yo sobreviviera… — apretó los párpados — ¿Por qué me salvé yo y no mis padres y mi hermano? ¿Por qué m-me salvé yo de ser… vendida como una c-cosa y no todas esas otras chicas? Mi vida… ni siquiera tiene propósito. Debería haber muerto con ellos.
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En general Mikasa era una persona reservada y de pocas palabras, pero su reencuentro con el pasado había conseguido derrumbar las defensas que en algún momento construyó con dedicación alrededor de sí misma. Terminó en un estado completamente vulnerable que la llevó a revivir y verbalizar sus peores dolores y enfrentarse a profundas heridas sin cicatrizar. Su actitud tranquila, fuerte y en ocasiones incluso fría, su semblante muchas veces imperturbable, sus palabras precisas, frases cortas, su porte orgulloso, todo eso había desaparecido por completo ante los ojos atentos y preocupados de Eren. Él había sido testigo de algo similar con anterioridad, como la ocasión en que le regaló a Mikasa un ornamento para el cabello y ésta se quebró al recordar a su madre. No obstante, esta vez todo era mil veces más intenso y estaban los dos solos en medio de un despoblado durante una tormenta, dentro de una cabaña que en cierto modo daba mala espina.
Cuando se reunió con Levi para planificar el itinerario de viaje, incluyendo la visita al antiguo hogar de Mikasa, éste mencionó que ella parecía confiar tanto en él que tal vez hasta le contaría detalles del día en que su vida cambió para siempre. Eren no pensó que Mikasa realmente le contaría algo al respecto, y sin embargo allí estaba, con el corazón en un puño y los ojos llorosos tras haberla visto desmoronarse y escuchado decir tantas cosas… Era como haberse quedado de pie con los brazos abiertos frente a una ventana pese a que alguien advirtió que iba a estallar.
Luego de un momento de silencio en que lo único que hizo fue abrazarla, Eren pudo encontrar las palabras que consideró tenían algo de sentido en medio de todo lo que estaba sintiendo por ella.
— Lo que te pasó no fue justo. Ni tampoco lo que le pasó a esas otras chicas — se separó un poco de Mikasa, tomó con gentileza su mejilla y se encontró con sus tristes ojos hinchados — Sólo eras una pequeña niña que jamás debió pasar por algo tan cruel... Nada de lo que ocurrió ese día fue tu culpa.
Mikasa respiró con dificultad y bajó la mirada.
Eren conocía el temor y el dolor ante la pérdida de un ser amado… Él también había experimentado una sensación similar de impotencia, debilidad y culpabilidad puesto que no tuvo las herramientas, ni la edad, ni los conocimientos para salvar la vida de su propia madre. Sin embargo, lo que más lo afligía ahora mismo era que Mikasa deseara haber compartido el destino de sus padres, que pensara que su vida no valía. Que incluso se sintiera culpable por haberse salvado de vivir una vida de abusos.
También se sentía impotente ahora, mientras intentaba recolectar los afilados trozos de cristal roto con las manos ensangrentadas por los cortes, sin siquiera estar seguro de por dónde empezar. Quería ayudar a Mikasa a sentirse mejor, a que ojalá nunca más pensara que debería haber muerto, pero lamentablemente tenía idea de cómo. Verla sufrir y no saber mitigar su dolor emocional lo angustiaba. En casos de dolor físico la opción era sedar o anestesiar. Mikasa en cierto modo hacía algo parecido cuando bebía té de pasiflora, que no era más que una ayuda momentánea. No se obtenían efectos a largo plazo y no contribuía a solucionar las causas del malestar, así como anestesiar a alguien herido no servía de nada si se ignoraba la herida por la que luego se desangraba.
Acarició su húmeda mejilla con el pulgar.
— Te merecías tener a toda tu familia a tu lado y ser feliz con ellos por muchos años… Siento mucho que los hayas perdido, Mikasa — Eren la estrechó entre sus brazos, sintiendo sus gimoteos contra su pecho — A veces las personas que amamos nos dejan antes de tiempo… y en ese sentido creo entender un poco cómo te sientes, aunque sé que es distinto.
— N-no es distinto — oyó que decía ella — Es la m-misma pérdida. Tus padres…
Eren sonrió tristemente contra su cabello. Su corazón se sintió más cálido y quiso abrazarla con más fuerza, pero se resistió por el temor de hacerle daño.
— Es la misma pérdida, sí — aceptó, acariciándole la espalda. Mikasa parecía tan menuda y frágil apoyada en su pecho, allí entre sus brazos — Yo… Me alegra que estés aquí… viva, y estoy seguro que Levi y Kenny también… Por favor, espero que entiendas que nada fue tu culpa y mucho menos el que te hayas salvado de- — apretó la mandíbula — ser vendida.
La mera idea de que Mikasa fuera despojada de su libertad y vendida como un pedazo de carne para que algún hijo de puta la usara como se le diera la gana lo asqueaba y enfurecía. Pensó en la ocasión en que unos hombres asquerosos se la llevaron de la cantina en Trost y recordó cuántas ganas tuvo de matarlos a todos y cada uno de ellos, pero no podía dejarse llevar por su propia rabia cuando Mikasa necesitaba ser contenida. Suspiró lentamente y, con cuidado, le apartó algunos mechones de pelo mojados del rostro. Mikasa cerró los ojos por reflejo. Se notaba exhausta luego de haber llorado y revivido tantas emociones. Eren le revisó la palma de las manos, las cuales estaban sucias debido a las piedras que ésta había tomado para volver a armar la tumba de sus padres, y con las que se había terminado ensuciando el mentón y las mejillas.
— Ya vuelvo — le dijo a Mikasa.
Fue a la esquina en donde había dejado un pequeño botiquín. Sacó un pedazo de gasa, vertió un poco de agua en ésta y volvió a sentarse junto a ella, quien tenía los párpados caídos de cansancio. Eren entibió la gasa mojada entre sus manos y con delicadeza comenzó a limpiar las pequeñas áreas del rostro que Mikasa tenía manchadas con tierra. Algo tibio se deslizó entre sus dedos cuando estaba a punto de terminar. Ella estaba llorando de nuevo. Eren le secó las lágrimas con el dorso de los dedos, sintiéndose completamente inútil por no poder mitigar su dolor.
Ojalá hubiese estado ahí para protegerla y consolarla cuando todo pasó.
Deseó tener el poder de retroceder en el tiempo para matar a los traficantes antes de que siquiera pusieran un pie en la cabaña, para que Mikasa aún tuviera a sus padres y hermano vivos, para que nunca tuviera que experimentar todo el trauma y dolor por el que estaba sufriendo ahora. Eren deseó haber acompañado con anterioridad a su padre en las visitas médicas a las montañas de Shiganshina, así él y Mikasa habrían sido presentados. Él le habría regalado la muñeca de trapo, habrían jugado juntos y se habrían hecho amigos muchos años atrás... Habrían crecido y compartido tantas vivencias juntos, tantos buenos ratos… Tal vez hasta se habría enamorado de ella antes.
Eren abrió mucho los ojos. Se quedó sin aire, inmóvil, cayendo plenamente en cuenta de la ruta que habían tomado sus pensamientos. Con la boca abierta, pronto comprendió que aquella era la más simple y clara conclusión respecto de lo que le había estado ocurriendo con Mikasa en esos días… y le había llegado así, de la nada, en el momento más inoportuno posible. Sabía que Armin ya había usado esa palabra para referirse a él en relación a Mikasa, pero Eren no había podido o no había querido aceptarlo. Su inconsciente, no obstante, tuvo otros planes.
Notó que Mikasa se estremeció y sintió su cabeza apoyarse en su pecho.
— Deberías acostarte en el sofá — dijo de manera automática, sintiéndose un tanto aturdido y estúpido — Descansa.
No sabía cómo reaccionar ni qué hacer ante tal repentina e imprudente revelación. Se sentía irreal. Intentó ponerse de pie para que Mikasa pudiera acostarse, pero ella se aferró a su abrigo y no le permitió moverse.
— No me dejes sola — rogó en voz baja.
— No iré a ninguna parte — le aseguró, pero Mikasa volvió a estremecerse.
El fuego continuaba prendido en la chimenea y la habitación estaba lo suficientemente temperada, pero ella parecía tener frío. Mikasa no había comido y había llorado mucho, se había debilitado, así que a Eren no le extrañaría que su cuerpo no fuera capaz de generar calor suficiente. Sin pensarlo dos veces, se separó un poco de ella, se desenrolló la bufanda y se la puso alrededor del cuello con sumo cuidado para que estuviera lo más cálida posible. Mikasa parpadeó perezosamente y rozó la bufanda roja con los dedos. Cuando ésta volvió a mirarlo sus ojos lo escrutaron, reflejando la lumbre como un par de piedras preciosas. Eren sintió que la sangre fluía hacia sus mejillas.
— Acuéstate en el sofá — volvió a decir, empujándola suavemente por los hombros — Déjame algo de espacio.
Como pudo, Eren se acostó de espaldas a su lado y apoyó la planta de su pie izquierdo en el tapiz del sofá para no caerse. Pasó el brazo derecho por debajo del cuello de Mikasa para que ésta pudiera recostar la cabeza en su pecho y así pudieran caber los dos. Dobló el brazo y lo apoyó sobre sus hombros, mientras que con la mano libre le acomodó el chal sobre la espalda. Eren tenía casi la mitad de su cuerpo encima y su mente aún no salía de su estado de conmoción.
¿Estaba enamorado de ella?
— ¿Estás cómoda?
— Sí… — respondió ella, somnolienta — ¿y tú?
— Yo también — dijo Eren, aunque no era del todo cierto.
El sofá era amplio pero no lo suficiente para que dos personas se recostaran cómodamente en él. Eren apoyó un lado del mentón en su sedoso cabello negro, cerró los ojos y aspiró su fragancia floral. A pesar de aún encontrarse aturdido por su extraño e inoportuno descubrimiento, disfrutó de la proximidad de Mikasa, del peso y el calor que emitía su cuerpo, de su olor. Se sintió inundado por una sensación de gratitud.
Si Mikasa hubiera muerto el día en que murieron sus padres, entonces él nunca habría podido conocerla… No estarían ahora ahí, apretujados de manera tan íntima y plácida en un sofá junto al fuego después de un día emocionalmente demandante, bajo el techo de una extraña cabaña abandonada durante una noche de tormenta. Eren jamás habría visto sus ojos, su sonrisa ni escuchado su voz.
De no ser por Levi, nada de esto habría sido posible.
Salvaste al amor de mi vida, Eren. Te juro que no habría sabido qué hacer sin ella.
Las últimas palabras de agradecimiento de Franz se le vinieron a la cabeza como un relámpago y sólo entonces Eren consiguió sopesarlas en toda su magnitud.
N/A: este capítulo larguísimo (15k) en ocasiones se transformó en un verdadero pain in da ass y todo un parto - con parto incluido en el fic - ya que tenía que ver más que nada con emociones, pero creeeo que ha valido la pena. Me da hasta lata escribir notas de autora porque ya hay demasiadas palabras.
Un abrazo a todos y porfa recuerden dejar sus comentarios sobre el capítulo. Les deseo unas muy bonitas fiestas de fin de año junto a sus seres queridos~
