𝔽𝕣𝕖𝕖𝕗𝕒𝕝𝕝
Un severo mareo azotó su cabeza, los anaqueles le sirvieron de apoyo para no irse de bruces contra el suelo.
¿Acaso el universo quería hacerle sentir más miserable de lo que ya era?
Por su mente pasó la idea de que si tan sólo hubiese sido sincero desde el principio nada de esto estuviera pasando, si tan sólo le hubiese abrazado con más fuerza. Si no le hubiese dejado ir todo fuera diferente en este momento, de seguro estarían comiendo helado mientras veían televisión, o quizás estarían durmiendo abrazados. Pero no, en esta vida no existe el quizás.
—Es difícil, lo se—dijo Marcel mientras le sostenía—. A mí también me tomó desprevenido.
—Bertholdt...—murmuró con la mirada ida—. ¡Es mi Berthy!—exclamó con la impotencia pisándole el orgullo—. ¡Todo es mi culpa, Marcel; todo es mi maldita culpa!
—Reiner...—trató de apaciguar el castaño—. No es culpa de nadie, sólo fue un accidente.
—¡No es cierto!—gritó sin importarle armar un escándalo en pleno supermercado—. ¡¿Ahora cómo voy a decirle que lo amo?!
Galliard le abrazó sin pensarlo, brindándole apoyo—. ¿Por qué dices que fue tu culpa?—cuestionó el de ojos cafés.
Ciertamente, Braun no estaba en posición para hacerse el misterioso, sabía muy bien lo que las mentiras habían causado—. Yo discutí con él hace unos días, luego huyó y no pude seguirle—reveló tratando de contener el llanto.
—¿Qué?—espetó Marcel, aún no lograba entender qué diablos le pasa a Reiner, que si bien era cierto que tiene sentimientos hacia Bertholdt, pero no sabía que tan grande era tal sentir hacia aquel moreno.
—Él es mi mundo entero, si llega a morir juro que yo iré después—habló a la vez que presionaba un puño en su pecho.
—¡Él no va a morir!—bufó el castaño con frustración.
—Marcel, yo necesito verlo—expresó.
—¿Estás seguro?—indagó Galliard—. Puede ser muy fuerte...
—Sí...
—Debes ir a casa y pensarlo bien—recomendó el de ojos color café. Y el rubio sólo le dio la razón y se marchó.
Reiner salió del establecimiento con el corazón en la mano, caminó un par de cuadras de regreso a su casa, sus pies pesaban y su cabeza palpitaba de una forma extraña; sintió como si fuera a morirse, y no era para menos, aquel moreno era todo para él; porque en los pocos meses que tenían de conocerse ese hombre de ojos verdes se había adueñado de su ser.
Apenas llegar a su hogar se dejó caer sobre el sofá, su vista se nubló en seguida, su pecho ardió y supo que era hora de dejarlo salir. Lloró; lloró como nuca antes lo había hecho, ahogó un grito mordiendo su puño. Estaba hecho trizas...
Se levantó con la esperanza de hallar algo con que distraer su atribulada mente, anduvo de ambulante por la sala de su casa, revisó algunos rincones del estudio, por último decidió ir a su habitación. Para su desgracia, aquel lugar estaba peor que él mismo; cortinas cerradas, cama desecha, botellas de licor vacías en el suelo, entre otras cosas más.
Suspiró pasándose una mano por el cabello, estiró algunos mechones que casi le cubrían los ojos; necesitaba un corte. Se paseó por el recinto a la vez que recogía un poco del desastre, tomó entre sus manos su portafolio del trabajo y supuso que sería buena idea revisar...
—No...—susurró a la vez que observaba aquel regalo envuelto en papel brillante y decorado con un hermoso moño. Se armó de valor para rasgar aquel envoltorio. Quería y no quería hacerlo, deslizó los retazos del colorido folio hasta deshacerse completamente de éste. La portada de un álbum de fotos le saludaba.
Abrió aquel libro observando las memorias que aguardaban adheridas a sus páginas. Su mente viajó directamente a aquella ocasión en ese restaurante italiano...
La memoria olvida cosas pequeñas y fugaces, por eso me gusta, porque puedo tener al instante el recuerdo de algo pasajero pero hermoso a la vez y atesorarlo mientras viva.
—Berthy...—musitó mientras acariciaba una de las fotos. Trataba de no romperse leyendo lo que Bertholdt había escrito con su puño y letra; al parece había una dedicatoria bajo cada una de las fotos.
"Los milagros de la naturaleza ocurren por doquier, sólo hay que ser un poco observador para notar las maravillas que el mundo tiene preparadas para ti."
Decía justo debajo de aquella fotografía de flores creciendo en las grietas de un enorme muro de concreto. Pasó la página para encontrase con algo que le revolvió la mente por completo.
"No es necesario hacerse llamar profesional para ser un gran artista."
Inscrito estaba junto a la toma que Reiner había hecho con ayuda del pelinegro, aquella alfombra de flores amarillas que cubrían con esplendor el pavimento. Continuó aún si su corazón le decía que no.
"Recuerdo ese beso con sabor a tomate."
Con propio puño y letra el de ojos verdes había escrito. Esa noche fue especial, Reiner había accedido a ser fotografiado y seguido de eso los labios de ambos caballeros se vieron fundidos. Fue su primer beso juntos.
"La primera de muchas mañanas juntos, y cada una será mejor que la anterior; lo prometo."
Dicho mensaje estaba escrito y dedicado a la foto en la que aquel rubio vestía una bata mientras que posaba sin nada debajo de ésta. Esa mañana después de haber tenido su primera vez con Bertholdt.
"Die Liebe meines Lebens"
Por último, pero por ningún motivo menos importante, la frase que lo coronaba todo, algo que él nunca tuvo la oportunidad de decir ni escuchar, pero lo sabía muy bien. Estaba anotado junto a aquella fotografía de Braun con aperitivos adornado su anatomía...
Ese era el final de todo, muchas páginas en blanco sobraban, era como una especie de presagio que vaticinaba que no exista nada más allá...
Se preparó física y mentalmente para lo que le esperaba, lo primero fue deshacerse de aquel estilo desaliñado, seguido por su cabello relativamente largo... Era el nuevo él; la mejor versión de él mismo.
Se dirigió directamente a casa de su madre, entró por la puerta importandole un comino tocar o llamar a la misma. Cruzó por en medio de la estancia, observando los alrededores; nada había cambiado realmente. Pasó la cocina hasta llagar a la puerta trasera.
—Madre...—dijo apenas encontró a su progenitora, ella estaba en el jardín trasero tomando una taza de té—. Necesito hablar contigo.
—Reiner—habló la dama—, es un milagro que hayas decidido visitarme—se burló de su hijo a la vez que se ponía en pie para saludarle.
El rubio tomó asiento justo al lado de Karina, realmente él no sabía cómo sacar el tema a colación.
—Madre, necesito reconsiderar el tema del matrimonio...—soltó esperando que la dama no se energumenizara de repente.
—¿Por qué?—cuestionó ella con la mirada filosa hacia su primogénito a la vez que dejaba su taza de té abruptamente sobre el pequeño plato.
—Te seré sincero—inició por decir el de ojos mieles. La verdad es que traía un monólogo bastante practicado, no quería dejar cabos sueltos—, nunca creí que a estas alturas de mi vida me daría cuenta que me han estado manipulando todo el tiempo.
—¿A que te refieres? —inquirió la mayor mientras se cruzaba de brazos—. ¿Quieres aplazar la boda?
—No, madre—detuvo sin más—; quiero que se cancele.
—¡Imposible!—exclamó la rubia con indignación—. ¡Te vas a casar y serás feliz con ella, ya todo está arreglado!
—Ese es el problema...—manifestó llevándose una mano a la nuca—. No creo que yo sea feliz, ni tampoco ella.
—Reiner, no puedes hacer ésto—replicó Karina—. Tú le propusiste matrimonio a esa chica, no le puedes quedar mal.
—De hecho tú y su padre se han puesto de acuerdo, yo sólo la conocí a ella porque ustedes me la presentaron y le propuse casarnos porqué me lo pidieron—dijo Reiner sin atisbo de broma—. Además de todo, yo amo a otra persona, Historia no merece ser engañada de esa manera.
—¿Quién sabe qué tipo mujersuela se te ha metido en la cabeza?
—No es eso—reveló calmado.
—¿Entonces?—espetó la dama al borde de la euforia.
—Soy gay.
Sólo se oyó el ruido de la mano de Karina azotando la mejilla de su hijo en ida y vuelta. Ella fue rápida y precisa.
—¡Perfecto!—vitoreó con sarcasmo—. Ahora seremos el hazme reír de todo el mundo—expresó con desdén—. ¿Cómo le diré a tu padre que eres anormal?
—Yo hablaré con él, no es necesario que intervengas—murmuró con la cabeza baja. Reiner se levantó de su sitio dispuesto a abandonar el lugar, volteo por última vez hacia la dama que estaba sentada en aquel pequeño juego de sillas de mimbre—. ¿Dónde está él?—cuestionó en referencia a su padre.
—Está en su estudio.
—Mamá, la familia perfecta no existe...
El rubio se aproximó a dicho lugar que estaba ubicado dentro de la misma casa, subió las escaleras y caminó hasta dar con aquella puerta de madera tallada, tocó un par de veces hasta oír la voz de su progenitor permitiéndole pasar adelante.
—¿Por qué te golpeó?—preguntó Otto a su hijo, el mayor se mantenía de espaldas a la puerta revisando curiosamente su librería personal.
—Supongo que si viste lo que sucedió allá afuera, también pudiste oír. Por lo tanto no tengo que perder el tiempo explicando más cosas.
—Sabes que siempre buscamos lo mejor para ti—comentó a la vez que tomaba en sus manos el libro "El guardián entre el centeno".
—No lo creo así, padre—habló el rubio—. Siento que ustedes han estado manejando mi vida a su antojo para tener algo de que presumir. Porque sus méritos propios nunca son suficientes.
—No sabes lo que dices muchacho, ni tampoco sabes lo que quieres.
—Estoy cansado de ser el títere, de hacer lo que los demás digan. Empezaré a vivir para mi mismo—expresó con seriedad—. Sólo quería decirte que la boda se cancelará, no se preocupen por el dinero; yo me encargaré del reembolso—pagaría todo aunque quedara en la calle, simplemente no quería deberle nada a nadie.
—Así que es cierto...—musitó con un deje de desprecio—. Por un momento tuve la esperanza de que mis oídos me hubiesen traicionado, pero veo que no es asi—se acercó un poco más a su primogénito dejando de lado el libro que había tomado anteriormente.
—Bien—dijo Reiner.
—Ah, una cosa más—agregó el mayor—; no cuentes conmigo ni con tu madre.
—No necesito tu ayuda Otto...
¿Porqué no pudo decir todo eso desde el principio?
—¿Estás completamente seguro?
—Sí.
—Entonces esperame allá, yo estaré llegando a eso de las tres.
—Está bien, pero antes debo hacer algo importante. Creo que llegaré un poco más tarde.
—Vale...
Honestamente no se sentía preparado para nada de lo que iba a acontecer a continuación. Había decido dejar lo más difícil al último, pero prácticamente no pudo esperar mucho; necesitaba verlo.
Se dispuso a elegir un atuendo apropiado, tomó una chaqueta de lana junto a unos pantalones tejanos relativamente ajustados; todo complementado por unos botines cafés a la altura del tobillo. Se vistió con algo de prisa, tomo las llaves de su auto y se dirigió hacia su primera parada.
Condujo un par de kilómetros de camino hasta una pequeña floristería en el centro de la ciudad, compró el arreglo ornamental más lindo y costoso que vendían en ese lugar, escribió con su puño y letra una hermosa dedicatoria en la pequeña tarjeta que tenía adherida.
Lo segundo era ir a retirar un objeto bastante especial, fue y así lo hizo. Ya con el artefacto en su poder estaba listo para ir a ver al amor de su vida.
Los nervios le carcomen su ser de adentro hacia afuera, sus manos sudorosas resbalan al tomar el volante de su coche y el palpitar de su corazón no era ni medio normal. Llegó al hospital sintiendo el estómago revuelto de sobremanera, se aproximó a ls recepción donde una dama vestida de blanco le atendió con amabilidad.
—Habitación C-21, tercer piso.
—Gracias.
Una vez recibida la información, abordó el ascensor, todo era extremadamente callado en ese lugar, las paredes con colores claros le provocaba cierta sensación de repelús. Inesperado, podría describirse, pero aquel piso tercero era todo un caos; personas desesperadas llorando en las esquinas, enfermeras transportando con rapidez carritos repletos de medicamentos, pero todo seguía silencioso al fin y al cabo. Suspiró entrecortado mientras avanzaba en su andar, dio vuelta en la esquina del pasillo, llevaba un enormes arreglo de las flores mas hermosas y costosas que pudo encontrar.
Una señora de cabellos azabaches le miró con extrañeza al igual que un caballero de ojos color esmeralda. Reiner pasó de largo hasta dar con la habitación C-21.
—¡Oye, espera!—una voz masculina le detuvo—. ¿Conoces a mi hijo?
—Sí señor, yo soy amigo de Berthy—respondió el rubio.
Amigo... ¿Más mentiras?
—Berthy...—dijo el caballero mientras sonreía vagamente—. Casi nadie le llama así..., debes ser alguien especial para él.
—Fuimos muy cercanos por un tiempo—reveló el fornido—, trabajamos juntos en una revista.
—Ya veo—atinó el hombre de ojos verdes.
—No quisiera ponerle sal a la herida, pero ¿qué han dicho los doctores?
El mayor se pasó una mano por el cabello con algo de desespero—. Dijeron que fue un golpe muy fuerte, el casco le protegió un poco pero no fue suficiente—se detuvo para secar algunas lágrimas que se acumulaban en sus párpados—, tiene un par de costillas rotas y una pierna también, según los exámenes que le practicaron recientemente, no hay nada peligroso en su cabeza—murmuró mirando los ojos mieles de Braun—. Pero aún no entiendo porque no ha desperado, los doctores tampoco se explican porque.
—¿Puedo pasar?—espetó con sumo respeto.
—Adelante...
"Die Liebe meines Lebens". Significa: "El amor de mi vida"
