Capítulo 12

Aquella exasperante mujer le había dejado las costillas doloridas. ¿Quién iba a imaginar que tuviera tanta fuerza? Después de acomodar a Kyuubi en el establo y de ocuparse de su bienestar, Naruto se dirigió a la casa con paso decidido. Aún tenía que hablar unas cuantas cosas con su querida esposa y dejarle claro algunos puntos en lo referente a su desatado carácter.

Pero mientras se acercaba, la escuchó gritar. Fue un grito desgarrado, desesperado.

Un miedo helado se apoderó de su corazón y salió disparado hacia la casa. Abrió la puerta con tanta fuerza que la hoja rebotó contra la pared con un fuerte estruendo.

—¡Hinata! —la llamó, al no encontrarla en la sala.

Corrió hacia el dormitorio y la halló sentada en el suelo a los pies de la cama, con las piernas encogidas, abrazándose las rodillas. Tenía el rostro enterrado entre los brazos.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, tratando de serenar los latidos de su corazón ahora que había comprobado que ella estaba ilesa.

Miró en todas direcciones, buscando un posible intruso; pero Hinata estaba sola, allí no había nadie más. Se agachó a su lado y la tomó suavemente por los hombros, intentando que se incorporara.

—¿Qué ha pasado? —insistió, obligándose a suavizar el tono cuando notó que ella temblaba.

Hinata levantó la cabeza y Naruto observó que tenía las mejillas llenas de lágrimas. Se le contrajo el estómago al ver el miedo en sus ojos. Era la primera vez que la veía aterrada y descubrió que no le gustaba nada verla así.

—¿Qué…?

—Ha sido una visión, Naruto. Demasiado real.

—No te entiendo.

—No he tenido una visión así desde que era pequeña… Intenté olvidarme de ellas, intenté que no volvieran a asediarme. Pero hoy, no sé por qué, no lo he podido evitar.

Naruto no comprendía de qué estaba hablando. Algo le había ocurrido a Hinata; algo que la había aterrorizado inexplicablemente.

—¿Qué es lo que has visto?

En lugar de responder, Hinata emitió un gemido de angustia.

— Naruto, ¿puedes abrazarme?

Aquel ruego desconsolado tuvo un efecto inesperado en él.

Sintió nacer en su pecho la necesidad imperante de consolar a su esposa, que aún temblaba por la visión que decía haber tenido.

Se sintió torpe cuando ella alzó los brazos hacía él, buscándolo.

La estrechó con delicadeza al tiempo que la ayudaba a ponerse de pie. Hinata apoyó la mejilla contra su pecho y él dejó descansar la barbilla sobre su cabeza. El delicado aroma de su pelo, ahora limpio y brillante, lo cogió por sorpresa. Y a pesar del aturdimiento por el extraño comportamiento de la joven, su cuerpo reaccionó a su calor, endureciéndose. Acarició la espalda femenina con suavidad, deseando estrecharla con más fuerza. Mas se contuvo. En lugar de eso, elevó una mano hasta el delicado mentón y la obligó a mirarlo.

Sus ojos estaban desenfocados, como perdidos. Y aquello fulminó cualquier intento por ir más allá. No era el momento, se reprobó, ella estaba asustada.

—¿Quieres hablar de ello? —le preguntó, apartándola suavemente. Tenerla pegada a su pecho era una tentación demasiado fuerte.

Hinata se estremeció. Rehuyó su mirada y se abrazó el cuerpo, como si al separarse de él le hubiera invadido un frío terrible.

—Cuando era pequeña, mi madre siempre decía que tenía un don especial —comenzó ella, hablando en tono muy quedo—. Podía ver algunas cosas que les habían ocurrido a personas que ni siquiera conocía, o que iban a ocurrirles. Eso era motivo de discusión para mis padres. Mientras mi madre me ayudaba a sobrellevar mi extraña naturaleza, mi padre me veía como un bicho raro, como un esperpento del que se avergonzaba profundamente. Cuando mi madre murió, las cosas empeoraron. Empecé a verla a ella, a todas horas, como si fuese mi ángel de la guarda o algo así — Hinata suspiró y sus ojos se perdieron en los recuerdos—. Yo solo tenía ocho años, no creo que fuera algo tan malo que su presencia me acompañara siempre. Después de todo, era como si siguiera cuidando de mí… yo me sentía protegida. Pero mi padre jamás lo comprendió.

—¿Se lo contaste a tu padre? —la interrumpió Naruto, que no lograba entender del todo lo que ella le estaba contando.

Jamás había oído hablar a nadie de que tuviera visiones… excepto a Sarada. Pero claro, ella era especial. La niña era un personaje sagrado en su tribu, mientras que Hinata no era más que una mujer normal y corriente.

—Siempre le contaba todo, por muy extravagante que pareciera— Hinata esbozó una sonrisa triste—. Era demasiado inocente como para comprender que a sus ojos yo era una aberración. Un día, mis visiones me revelaron que se iba a producir un incendio en la iglesia del reverendo Johnson e intenté advertirles… Pero nadie me creyó. Y menos que nadie, mi padre. Cuando las llamas consumieron el ala derecha de la parroquia y tres personas perdieron la vida, me culparon a mí. No lo entendía… Yo ni siquiera había ido ese día a misa. Mi abuela, la única que me prestaba atención en aquel entonces, me retuvo a su lado toda la mañana. Y gracias a ella pude demostrar que no tuve nada que ver con aquel incendio.

—Es algo horrible —musitó Naruto, conmocionado con sus palabras—. ¿Quién podría culpar de algo así a una niña de ocho años?

—Gente como mi padre. Las personas que no entendían lo que me pasaba y que, por eso mismo, me tachaban de bruja. Decían que había algo maligno en mí… Desde aquel día, aprendí a controlar mi don. Lo ignoré, lo enterré en lo más profundo de mi ser. Ni siquiera sé cómo conseguí dominarlo — Hinata se pasó las manos por la cara, angustiada por los recuerdos—. Aunque de todos modos no me sirvió de nada, porque mi padre jamás me quiso. Era como si yo no fuese parte de la familia, nunca me llamaba por mi nombre. Decía: niña, vete de aquí, o chica, no vuelvas a repetir eso… — Hinata habló con voz grave, imitando el tono seco y autoritario de su padre. Suspiró con tristeza—. Al final, acabó marchándose de mi lado. Me abandonó…

Se le quebró la voz. Así que era a su padre al que le rogaba cuando deliraba de fiebre, pensó Naruto, atando cabos. Y su abandono había resultado ser un duro golpe para una niña de ocho años. Su tono rezumaba una tristeza tan profunda que Naruto dio un paso hacia ella, con la mano extendida. Pero Hinata no se percató, sumida aún en sus recuerdos.

—No había vuelto a tener una de mis visiones hasta hoy — susurró, con la vista perdida en el infinito.

—¿Qué es lo que has visto? —quiso saber Naruto, que en el fondo no se terminaba de creer que su esposa tuviera esa clase de poderes.

Hinata cerró los ojos y se estremeció de nuevo ante la imagen que había surgido en su cabeza.

—Una niña… Morena, de rasgos indios. Tenía unos ojos rojos muy poco comunes. Y aquel hombre se acercaba a ella con un hierro al rojo…

El vaquero notó que su corazón se saltaba un latido al escuchar aquella descripción. La niña de la que hablaba solo podía tratarse de Sarada. ¿Cómo demonios sabía Hinata…?

—¿Qué has dicho? —preguntó, con un hilo de voz.

—El hombre —se explicó ella, creyendo que no había sido clara en su exposición—, se acercaba a ella con la intención de marcarla con un hierro al rojo.

Su tono de voz evidenciaba el horror que aquellas imágenes le habían transmitido, pero Naruto lo ignoró. Aún intentaba procesar en su mente aquella información. ¿Estaba hablado de Sarada? ¿Alguien quería hacerle daño marcándola con un hierro al rojo? Sus pensamientos se volvieron frenéticos por el miedo que aquellas palabras le habían inducido. Y ese miedo se convirtió en un enfado irracional hacia su esposa.

—¿De dónde demonios te has sacado esa historia absurda? — estalló.

Hinata se giró como un rayo al escuchar su tono. Momentos antes la había consolado con dulzura y ahora, de repente, la atacaba sin motivo.

—¡No me lo estoy inventando! —fue lo único que se le ocurrió decir para defenderse.

—Ya, ¿y me puedes decir cómo termina tu visión? ¿El hombre consigue hacer daño a la niña? ¿Acaso la mata?

Hinata abrió los ojos, horrorizada.

—No he visto cómo terminaba la escena. Creo… creo que he conseguido cerrar mi mente justo a tiempo.

Naruto dio una palmada en el aire, decepcionado.

—¡Vaya, qué lástima! No podremos saber lo que fue de esa niña india…

Su tono era irreconocible. Supuraba tanta acritud y tanta agresividad que Hinata no supo a qué atenerse. No entendía qué era lo que le había molestado, porque momentos antes, parecía en verdad interesado en su historia. Hasta que mencionó a la niña.

—¿Te interesa saber lo que le ocurrió a la pequeña? —se atrevió a preguntar, intuyendo que ella era la razón de su enfado.

—¿Dónde has oído hablar de ella? ¿Quién te lo ha contado?

—¿Quién me ha contado… qué? — Hinata no lograba comprender nada—. ¿Acaso conoces a esa niña?

—¡No disimules ahora! Si de verdad has tenido una visión, dime ahora mismo lo que le ha ocurrido, ¿dónde está?

Naruto la cogió por los hombros y la zarandeó, esperando una respuesta. Pero Hinata se limitaba a mirarle con los ojos muy abiertos, presa del pánico.

—Solo he visto lo que ya te he contado. No sé qué le ha pasado,¿por qué crees que yo…? —se interrumpió al ver el profundo ceño de Naruto y la mirada colérica que le dirigía. Una sonrisa triste cruzó por su cara antes de contestar—. Ya. Piensas que me lo he inventado — dejó caer las manos a cada lado de su cuerpo, derrotada—. Eres como mi padre.

—No, lo que creo es que por algún ardid del destino que ignoro, has conocido mis circunstancias personales y estás intentando hacerme daño. No das la impresión de ser tan cruel y no creí que fueras capaz de utilizar estas sucias artimañas para llamar mi atención. Esto es algo muy serio y doloroso para mí, ¿no lo entiendes? Que me avergüences visitando el local de Mei a plena luz del día, puedo tolerarlo. Pero no consentiré que te burles de mí con esta malévola treta. No sé cómo te has enterado, pero no quiero que vuelvas a mencionar a la niña —espetó él, antes de volverse para abandonar el dormitorio.

Hinata no daba crédito. ¿Cómo habían llegado a esa situación? Apenas unos instantes antes había acariciado su espalda con ternura, estaba convencida. Por unos momentos, pensó que su marido sabría comprenderla, que podría confiarle sus extrañas e inquietante visiones como había hecho con su madre y con su abuela.

Pero se había equivocado del todo. Su extravagante naturaleza no era bien recibida.

Y, sorprendida, se dio cuenta de que, a pesar de la furia y el rechazo de su marido, lo que más le alteraba era el recuerdo de aquellos ojos rojos aterrados. ¿Quién era aquella niña? ¿De verdad Naruto la conocía? ¿Y cómo podía ayudarla?

Naruto aún temblaba cuando salió al exterior de la cabaña para tomar un poco de aire. Aquella mujer era realmente rencorosa y cruel.

Debería echarla a patadas de su casa; a fin de cuentas, aún no habían consumado el matrimonio y este tal vez podía anularse. Respiró hondo, intentando serenarse. ¿Quién le había hablado de Sarada?

¿Cómo podía saberlo? Sin duda, en cuanto se enteró, supo que era un arma muy poderosa contra él. ¿Qué mejor castigo para un marido que abandonaba a la esposa, que hurgar en sus heridas más profundas?

Intentó mantener la cabeza fría. Bien mirado, tal vez podría sacar provecho de la situación. Podría averiguar de dónde había sacado su mujer aquella información y así quizás diera con la pista para encontrar a su ahijada.

¿Cómo podía alguien llegar a ser tan cruel con sus sentimientos? Por mucho que le hubiese molestado su abandono, consideraba excesiva esa revancha. ¿Una actuación tan melodramática solo para vengarse de él?

Recordó los temblores de su cuerpo y su mirada horrorizada cuando la encontró hecha un ovillo a los pies de su cama. Si lo meditaba bien, ella no sabía que él estaba saliendo del establo en el momento en que chilló. Tal vez no estuviera actuando… Tal vez estuviera asustada de verdad. Naruto resopló, frustrado por no saber qué pensar. Se había dejado llevar por la ira de una manera precipitada, solo por el miedo que sentía cada vez que escuchaba hablar de Sarada. No se había molestado en averiguar nada más. ¿Y si Hinata tenía en verdad esas visiones de las que hablaba?

No… Se dijo. Aquello era algo increíble. No obstante, reconoció, debería darle una oportunidad. Ella se había quejado amargamente de que su padre la había repudiado por lo mismo y él no quería cometer el mismo error. Además, pensó, sintiendo que se había conducido como un completo estúpido, tanto si había sido una visión como si no, Hinata parecía saber cosas de Sarada. ¿No debería, por lo menos, hacer el esfuerzo de llevarse bien con ella para averiguar todo lo que pudiera?

Estaba dispuesto a intentarlo. Dejaría de lado la idea de que aquella escena de Hinata era una treta para vengarse de él y le daría una oportunidad. Después de todo, se dijo, recordando lo que había sentido al tenerla entre sus brazos, lo estaba deseando.

Regresó a la casa después de pasar un buen rato en el establo con Kyuubi, tranquilizándose y repitiéndose una y otra vez que Hinata no podía ser tan cruel. Se convenció a sí mismo de que tenía que haber algún otro motivo oculto para que ella le confesara aquella visión, y esperaría lo que hiciera falta para averiguarlo.

Cuando entró en la sala, se encontró con un copioso plato de estofado aguardándolo en la mesa.

—Pensé que tendrías hambre —dijo Hinata al escucharle entrar, sin levantar la vista del pan que cortaba a rebanas.

Naruto se dirigió al aguamanil y se lavó las manos. Se fijó en que ella había cambiado el bonito y descarado vestido por otro que le estaba dos tallas más grande. Un delantal protegía la enorme falda y comprendió lo que había tratado de decirle: aquellas prendas no hacían justicia a su atractivo. Y, aun así, se sorprendió conteniendo las ganas de empujarla contra la mesa de madera para levantar la tela que escondía sus perfectas piernas.

—Veo que has encontrado una ocupación femenina que sí se te da bien —exclamó, sentándose a la mesa.

Al instante, lamentó su sarcasmo. ¿No se había propuesto darle una oportunidad? Ella le miró mientras se acomodaba en la silla de enfrente y le dedicó una fría sonrisa.

—Yo que tú, esperaría a probarlo antes de afirmar algo así.

Naruto la observó, no parecía muy enfadada. ¿Habría meditado ella también para llegar a esa especie de tregua no declarada que se había adueñado de la situación?

Hundió la cuchara en el humeante plato y probó la carne sin miramientos. No era una delicia, pero tampoco estaba tan mal. Asintió y siguió comiendo en silencio, observando los cuidados movimientos de su esposa. Era satisfactorio comprobar que tenía buenos modales en la mesa y, seguramente, en todos los aspectos de su vida.

También se fijó en que la estancia tenía otra luz. Era como si su esencia femenina hubiera impregnado la casa durante su ausencia.

Todo parecía más colocado, las estanterías de la cocina estaban más llenas y sospechaba que la alacena también. Había colgado cortinas de color azul pálido en las ventanas y había al menos un par de jarrones repletos de flores adornando la sala.

—También me he tomado la libertad de trabajar en el huerto —indicó Hinata al notar el escrutinio de Naruto a su alrededor—.Espero que no te moleste, me moría de aburrimiento.

—Por supuesto que no. Es más, te lo agradezco, así dispondremos de nuestras propias verduras.

—Me encantará ayudar en lo que pueda, Naruto. No quiero ser una carga para ti y lamento la encerrona que te preparó Jiraiya — Hinata sintió de pronto el impulso de sincerarse y de que él hiciera lo mismo. Lamentaba la terrible escena que acababan de protagonizar y quería borrarla de su mente. Parecía que Naruto también había decidido olvidarla, puesto que ya no parecía enfadado. ¿Tal vez había decidido creerla? No podía saber lo que pasaba por la mente del vaquero, pero quiso aprovechar aquel momento de paz para dejar las cosas claras entre ellos—. Tal vez sería un buen momento para decirme lo que esperas de mí.

Naruto se quedó mirándola, hipnotizado por aquellos labios sugerentes que hablaban con tanta serenidad. Sin duda, la mujer estaba acostumbrada a poner las cartas sobre la mesa. ¿Qué quería de ella? Antes de lo ocurrido con Sarada, había deseado una familia.

¿Aún la deseaba? Contempló embelesado el brillo azul de aquel pelo negro que enmarcaba el rostro de bellas facciones. Había sido toda una sorpresa encontrarse a su vuelta con que su esposa era en realidad una mujer muy hermosa y, a juzgar por los cambios evidentes en la cabaña y en el huerto, también muy trabajadora.

—Por el momento, me conformaré con que nos llevemos bien — dijo al fin—. Sigo sin comprender lo que te ha ocurrido hace un momento, y no puedo creer del todo esas historias tuyas sobre visiones y premoniciones… No te prometo nada, pero haré el esfuerzo de entenderte. Comprendo que has debido tener una infancia dura y puedo imaginar lo que significó para ti que tu padre te abandonase. Yo te prometo que no me marcharé como hizo él. Este es tu hogar ahora y quiero que te sientas a gusto.

Hinata nunca le había escuchado hablar tanto desde que llegó. Y aunque su discurso estaba destinado a tranquilizarla y a intentar que comenzara a sentirse cómoda con su nueva vida, lo cierto era que la joven deseaba mucho más. Y se dio cuenta justo en ese instante.

—Es decir, que tendré un hogar, pero no un marido que crea en mi palabra —su tono dejaba entrever su decepción.

—He dicho que lo intentaré, ¿de acuerdo? —se defendió Naruto—. Tampoco puedes pretender que un vaquero que se pasa todo el día con el ganado se crea por las buenas que su mujer posee extraños poderes…

En eso tenía razón, meditó Hinata. Que él hubiese prometido no marcharse y, además, intentar comprenderla, tendría que bastarle por el momento. Aun así, no se conformó. Su visión había sido muy poderosa y Naruto no había reaccionado como un hombre incrédulo.

Todo lo contrario, lo había visto realmente afectado.

—Aprecio mucho que intentes confiar en mi palabra. Para mí es importante… Imagínate cómo me siento al saber que alguien podría estar haciendo daño a una niña pequeña y yo soy incapaz de ayudarla.

Naruto se puso tenso. La miró con todo el dolor que sentía tras esas palabras.

—¿No sabes quién es esa niña?

—No —contestó Hinata en un susurro—. Pero tú sí, ¿verdad?

El vaquero cerró los ojos y suspiró, fatigado.

—La conozco. Tal vez por eso prefiero no creer en tus visiones; no quiero que sea verdad. Me duele demasiado imaginar que alguien pueda estar haciéndole daño y yo no pueda socorrerla.

—¿Vas a decirme quién es?

Naruto guardó silencio. Hinata comprendió que aún no estaba preparado para contarle aquella historia y le dolió que no confiara en ella. Pero no pensaba presionarle, aguardaría hasta que él la necesitara.

—Comprendo que para ti es duro, así que prometo decirte cualquier cosa que te sea de ayuda —añadió finalmente—. Si logro averiguar algo más de la niña, tú serás el primero en saberlo.

Naruto asintió, agradecido por sus palabras y algo más tranquilo.

Todo aquello era demasiado raro y le sobrepasaba, pero ya no creía que Hinata quisiera hacerle daño. Se la veía afectada y casi podía confiar en que, si llegaba a saber algún dato más sobre Sarada, se lo comunicaría inmediatamente.

Continuaron comiendo en silencio un buen rato, hasta que el vaquero notó que Hinata no dejaba de observarlo.

—¿Qué ocurre?

—Hemos hablado de lo que esperas tú de este matrimonio, pero… ¿no vas a preguntarme lo que espero yo de ti?

Los ojos cobalto la estudiaron unos segundos antes de contestar. Estaba claro que su esposa había decidido aclarar su situación pese a todo y esperaba resolver todas las dudas acerca de su futuro en una sola conversación.

—¿Qué esperas de mí, mujer?

Hinata apretó los dientes y dejó la cuchara con cuidado sobre el plato, intentando controlarse.

—Espero que me llames Hinata —siseó.

Naruto aguardó a que dijera algo más.

—¿Ya está? —preguntó, cuando ella guardó silencio.

—Sí. Estoy convencida de que todo lo demás vendrá en cuanto seas capaz de recordar mi nombre.

Se levantó furiosa y tiró la servilleta sobre la mesa. ¿Qué le estaba ocurriendo? Su marido no había dicho nada que mereciera aquel arrebato, pero se sentía muy frustrada. ¿Qué era lo que quería oír? ¡Maldición! Estaba esperando palabras bonitas, palabras… de amor. ¿Cuándo había perdido la cabeza de esa manera? Durante todo el viaje tuvo bien claro lo que le esperaba a su llegada: un matrimonio de conveniencia y sin amor. Se conformaba con que su marido no fuese un hombre antipático y desaliñado, y que fuera capaz de mantener un trato cordial. Bien, pues Naruto no era en absoluto desagradable y estaba haciendo un esfuerzo por tratar de que ella se sintiera lo más cómoda posible. ¿Es que aquello ya no era suficiente?

Comenzó a recoger los platos sin mirarlo, con movimientos enérgicos. El enorme vestido le hacía bolsas bajo los pechos y Naruto lamentó que tuviera que usar aquella prenda. Tendría que permitirle llevar el diseño de Ino, después de todo, mientras encargaba a una de las otras mujeres vestidos más modestos. Pero no se atrevió a decírselo. Algo había vuelto a molestarla, tal vez el hecho de que no usara su nombre… ¡Qué idiotez! No estaba acostumbrado a tratar con mujeres, reconoció; al menos, no con una esposa. Había descubierto que era bastante complicado entenderla y no sabía cómo contentarla.

¿Sería siempre tan difícil, o era porque Hinata era especial? Intuyó que cualquier cosa que dijera en esos momentos seguramente no haría más que empeorar la situación, así que decidió retirarse y dejarla a solas hasta que se le pasara el enfado.

—Voy a ver a Jiraiya. Mañana me incorporo de nuevo al trabajo con las reses y quiero hablar unos asuntos con él.

Hinata se giró justo a tiempo para verle salir de la cabaña. Un sentimiento de vacío se instaló entonces en su pecho. Su esposo había regresado, sí, pero las cosas no iban como a ella le hubiese gustado. Tal vez debería dar las gracias simplemente por lo que tenía y dejar de soñar con cosas imposibles. Después de todo, ¿qué esperaba? Naruto ni siquiera quería una esposa. La había aceptado a regañadientes, por obligación. ¿Acaso pretendía hacerle cambiar de parecer en el par de días que llevaban juntos?

Suspiró y se dejó caer en la butaca. Acarició los reposabrazos de madera sopesando la posibilidad de que Naruto pasara allí la noche en lugar de hacerlo en la cama, con ella. Ya no estaba convaleciente y no tenía por qué dispensarle tanta consideración. ¿Se acostaría a su lado o la rehuiría como había estado haciendo desde que llegó? No le quedaba más remedio que esperar a la noche para saberlo…

Continuará...