Lunes 15 de Junio 2015
Denver
Rachel Berry
13
Que Jesse me pidiese insistentemente que interrumpiera mi recorrido de diario de visitas a las tres librerías que teníamos en Denver, y me detuviese un par de minutos en la editorial para visitarlo solo tenía dos lecturas o razones posibles; Una, que tras un fin de semana repleto de discusiones y caras largas quisiera resarcirse y acabar con los malos entendidos con algo con lo que disculparse. O dos, que le hubiese pasado algo tan tremendamente bueno que no pudiese esperar a llegar a casa para contármelo, ni decírmelo por teléfono.
Cualquiera de aquellas dos situaciones eran motivos suficientemente importantes para él como para lograr que el mundo entero se detuviese por algunos minutos y se centrara en torno a él. Porque le encantaba crear ese clima de incertidumbre y sorpresa, porque le fascinaba ser el centro de atención y hacer las cosas a su manera. Esa manera que a veces solía desquiciarme, o por el contrario enamorarme aún más.
Aquella mañana, después de los cinco mensajes recibidos y una llamada, llegué a la editorial con la esperanza de que lo que tuviese que decirme me enamorase más que desquiciarme. Y por el ímpetu de su voz al teléfono más la insistencia por verme, estaba convencida de que había hecho algo que iba a terminar por acabar con mi mal humor acumulado durante todo el fin de semana por culpa de nuestras discusiones, y logrando que lo quisiera un poco más de lo que ya lo hacía. Lo que no sabía, ni llegaba a imaginar siquiera, es que mi humor iba a oscilar continuamente entre lo positivo y lo negativo. Y que sorprendentemente no iba a ser el culpable de ello.
Todo empezó nada más colarme en el ascensor tras saludar a las chicas de recepción. Tal vez suene extraño, de hecho, a mí también me lo pareció, pero reconocer a una persona por su olor sin que esté presente es algo que nunca me había sucedido, pero hacerlo y llegar a sentir un escalofrío al percibirlo era algo que escapaba a mi control. Y eso fue lo que me sucedió en aquel instante.
El aire, el ambiente en aquella cabina olía a ella, a mi Sheliak, a Quinn, sin duda alguna. Y eso que cualquier chica de las empleadas de la editorial podrían estar utilizando el mismo perfume que ella. Pues no. Fue tal la certeza de saber que aquel olor era única y exclusivamente de ella, que no pude evitar llegar a bloquearme por algunos segundos.
Y sí, solo por algunos segundos en los que mi cuerpo pasó de tensarse por culpa del escalofrío, a relajarse por completo al ser consciente de que la iba a ver. Algo que no era habitual en mí. Empecé a ser consciente como Quinn, a pesar de los nervios y la tensión que me habían llegado a provocar nuestros encuentros, empezó a convertirse en una especie de sedante natural que lograba echar abajo cualquier indicio de malestar solo con el simple hecho de pensar en ella o recordarla. Había empezado a transmitirme una calma fuera de lo común, y por ese mismo detalle no pasaba desapercibido para mí. Y todo gracias a nuestro acercamiento en el balcón de mi casa en la noche del sábado.
Aquel día fue realmente exhaustivo y decepcionante para mí. Primero porque supe que por cuarto año me iba a perder la oportunidad de asistir a una convención nacional de astronomía, con la consiguiente decepción que me provocaba. Y segundo, porque al llegar a casa y descubrí que Jesse había estado manejando sus hilos para convencer a Quinn de que mi amistad merecía la pena.
Algo que acabó por hundirme más. Porque no quería que la tocase a ella, como solía hacer con la mayoría de las personas que en algún momento de nuestra vida juntos se acercaron a mí. Porque no quería que echase a perder mi relación con ella, y desconfiara de mi después de tantos años con nuestra historia. Quinn era más especial para mí de lo que él nunca podría llegar a imaginar, y creer que podría estar acabando con ello sin siquiera ser consciente, hizo que mi decepción fuese aún mayor que el enfado. Sin embargo, esa charla con ella mientras observábamos Saturno y Bellatrix, ese momento en el que no pude evitar confesarle parte de mi pasado, algo que no solía hacer con nadie, hizo que una extraña estabilidad emocional se instalara en mí, y que los nervios al pensar en ella no volvieran a aparecer. Todo lo contrario. Incluso llegó a ayudarme a sobrellevar de mejor manera el fin de semana y mi disputa continua con Jesse sin siquiera ser consciente de ello. Cada vez que lo veía y recordaba lo que había hecho, pensaba en ella y de repente me llegaba a la mente su sonrisa, su voz, sus gestos, el entusiasmo que mostró al mirar por primera vez por el telescopio y esa sorpresa incrédula instalada en su rostro al descubrir Saturno. Y tener esa imagen en mi mente lejos de preocuparme, comenzó a ayudarme, a serenarme, a templar los ánimos y evitar que siguiera lanzándole dardos envenenados a mi marido cada vez que hacía o decía algo.
Por eso mismo, y sin que siquiera lo tuviese previsto, el primero de los cambios bruscos de humor que iba a sufrir en aquella mañana llegó en ese instante, cuando supe que la iba a volver a ver en su despacho trabajando.
Fue instantáneo. El perfume colapsando mis vías nasales y su sonrisa merodeando por mi mente, logrando que yo también sonriese como una estúpida mientras las puertas se abrían y ante mí aparecía el largo pasillo que dividía aquella planta. Una sonrisa que se esfumó rápidamente al comprobar en mi camino hacia el despacho de Jesse, que Quinn no estaba en su puesto de trabajo, aunque había indicios de movimiento en él por las persianas completamente alzadas y esas modernísimas tabletas digitales que utilizaban para dibujar encendidas sobre las mesas. Supuse que habría tenido que salir o tal vez visitar a alguno de sus compañeros, pero ese pequeño detalle fue motivo suficiente para que de nuevo volviera a mí ese malestar en forma de mal humor.
Ni 30 segundos me había durado la felicidad por culpa de aquel primer revés que recibí. Obviamente, Jesse iba a percatarse rápidamente de mi decepción, aunque para él fuese otro motivo el que lo provocase.
—¿Se puede?—musité al llamar a la puerta, y él no tardó en gesticularme para que entrase sin más.
—¿Qué haces preguntando si puedes o no entrar?
—Es lo normal, preguntar antes de llamar.
—Aquí tienes libertad para entrar como y cuando te apetezca—me replicó levantándose de su asiento para recibirme como solía hacer siempre; con un beso que a pesar de las dudas, fue certero sobre mis labios.—¿Qué tal? ¿Cómo llevas la mañana?—me preguntó esperando alguna respuesta en la que detectar cuál era mi actitud.
—Bien, como siempre… Iba de camino hacia Lakewood.
—¿Qué tal en Hypatia 2 y 3?—me cuestionó aún sin dejar de acariciarme los brazos. Hypatia, Hypatia 2 e Hypatia 3 era la manera convencional entre nosotros de llamar a las tres librerías sin tener que hacer uso de las direcciones concretas en las que estaban situadas. —¿Todo bien por allí?
—Sí, todo bien. El sábado las chicas hicieron inventario y estoy recogiéndolos para llevar a cabo los pedidos.
—Perfecto. Ven… Vamos, siéntate. ¿Quieres un café?
—No, no, me apetece..
—Ok.
—¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante que me tienes que contar y que no puede esperar a esta tarde?
—Bueno, en realidad si te he pedido que vengas para darte las noticias aquí, es porque me gusta contarte estas cosas así, cara a cara, no porque realmente sea tan importante… Aunque para mí lo es y espero que también para ti. De todas formas…
—Jesse—lo interrumpí viendo como empezaba a acomodarse en la silla—¿Puedes ir al grano?
—¿Tanta prisa tienes? ¿O es que no me quieres ver?
—No digas esas cosas. Es solo que no me gusta que des tantos rodeos si me has llamado para decirme que tenías algo importante que decirme. Sabes que me pongo muy nerviosa.
—Ok, ok… Seré directo y breve—replicó dejándome expectante. –El director de Comic USA ha aceptado reunirse conmigo para atender nuestra oferta.
—¿Qué? No…
—Sí.
—No. ¿Estás bromeando?
—Para nada.
—Pero… Eso significa…
—Significa que estamos más cerca de ser la elegida para editar y distribuir una de las grandes compañías de comic del mundo.
—No me lo puedo creer… ¿Estás hablando en serio?—volví a insistir, y con toda la razón del mundo.
Aquella noticia no solo me había sorprendido, sino que además erradicó de un plumazo todo el mal humor que venía conteniendo.
Yo no tenía idea alguna del mundo en el que se movía Jesse, excepto por lo que había ido aprendiendo desde que me casé con él, pero era plenamente consciente de la magnitud de ese proyecto y lo que supondría para la editorial el poder conseguirlo. No todos los días se tenía la oportunidad de convertirse en la editorial de una asociación de dibujantes de comics con repercusión mundial. No todos los días tenías la oportunidad de poder distribuir miles y miles y miles de ejemplares de esos libretos que tantos fans reunían a lo largo y ancho del planeta. No todos los días tenías la oportunidad de prácticamente cuadriplicar tus ingresos con una simple firma de contrato. Esa reunión que Jesse me confesaba le daba opción a lograr todos aquellos privilegios que muy pocos lograban alcanzar en aquel mundo, y aunque para mí no resultase totalmente llamativo puesto que el dinero en mi vida poco o nada me aportaba, la alegría y la satisfacción al ver como él era capaz de alcanzar metas tan altas, me resultaba suficiente para sentirme plenamente feliz.
Sí, sé que puedo resultar terriblemente cínica al decir que el dinero no me importaba un bledo estando en mi posición. Por supuesto que tenía importancia en mi vida, pero no lo era todo. Había crecido valorando las cosas por el esfuerzo que cuesta conseguirlas, no por el valor que alguien le daba desde algún rincón del mundo, y por ese motivo nunca tuve como mío la fortuna que Jesse lograba amasar en su cuenta corriente. Y sí, digo su cuenta corriente porque de todos los beneficios que obtenía con la editorial, yo solo disfrutaba del techo y la comida. Todo lo demás, mi ropa, mi pequeños caprichos o los gastos que pudieran surgirme en mi día a día, los afrontaba con el sueldo que ganaba por ser la encargada de las librerías. Ese era mi negocio, y aunque es evidente que fue él quien puso la primera piedra para poder hacerlo real, fui recompensando poco a poco todos los gastos que se produjeron al principio con mi propio trabajo.
Algunas personas, o muchas tal vez, pensarán que soy estúpida al querer ganarme mi propio sueldo estando casada con Jesse, con quien me podía permitir el lujo de vivir completamente ajena a todo, disfrutando de una mansión y sus comodidades, y sin preocuparme por nada que no fuera aprovechar cada momento de vida. Lo que no saben es que yo disfrutaba siendo útil, esforzándome cada día por tener una recompensa que iba a disfrutar y valorar mucho más habiéndomela ganado por derecho. Y Jesse lo sabía. De hecho, fue lo primero que pactamos antes de decidirnos a dar el paso hacia el altar. Él ambicionaría sus proyectos, buscaría la forma de seguir manteniendo el nivel de vida que había tenido desde pequeño sin poner en riesgo nuestro matrimonio, y yo haría exactamente lo mismo con los míos, permitiendo que solo una parte de esos beneficios, los que nos corresponden por ser un matrimonio, ayudasen a que nuestra convivencia fuese más holgada y cómoda.
Aquella noticia, a pesar de no involucrarme directamente, era motivo suficiente para hacer que me sintiera realmente orgullosa de él. No por las consecuencias positivas que traía firmar un contrato de ese calibre, sino por ver cómo una vez más había logrado superarse y demostrar que era todo un empresario, que no necesitaba la ayuda de nadie para seguir manteniendo su ambición intacta y llevarla a cabo con total y absoluta destreza.
Eso era lo que me alegraba, y él lo sabía. Por eso no tardó en sonreírme como lo hizo ante mi sorpresa. Por eso no tardó en levantarse de su silla para acercarse a mí y pedirme que lo abrazara con la mirada, sabiendo que había encontrado la excusa perfecta para acabar con las rencillas que aún nos mantenían distantes.
—Es una locura, Jesse… Pero me alegro muchísimo por ti.
—Lo se… Sé que lo haces, y eso me da más fuerzas para conseguirlo.
—¿Y cuándo te reúnes con él?
—No, no lo sé. Está de viaje por Europa, pero una de sus secretarias me ha confirmado que quiere reunirse conmigo para escuchar la propuesta. Después tendrá que deliberarla con el resto de la comisión, pero eso no me preocupa… Sé que si le convenzo a él, lo tendré hecho.
—Estoy segura de que lo vas a hacer, y cuando lo consigas más te vale estar preparado… Es algo grande.
—Muy grande. Básicamente triplica en ejemplares y ventas al último contrato, y eso significa mucho trabajo. Voy a tener que contratar a más gente—añadió sonriente mientras buscaba mi cintura para atraerme hasta él.—Me hace muy feliz verte sonreír.
—¿Cómo no voy a sonreír? Estoy orgullosa de ti.
—¿Lo estás?
—Claro…
—¿Cuánto?
—Mucho, muchísimo… Ya lo sabes. Nunca te rindes y eso…
—Te quiero—me soltó sin dejar que terminase mi frase, regalándome una caricia en la mejilla mientras apartaba mi pelo—Te quiero muchísimo, Rachel. Y quiero pedirte una y mil veces perdón por las veces que me equivoco.
—No, no quiero hablar de eso ahora…
—Pero yo sí. Sabes que todo lo que hago, lo hago buscando tu felicidad, ¿Verdad?—insistió—Sé que no pienso las cosas antes que hacerlas, pero te juro que todo lo hago buscando tu bien. Quiero que seas feliz, y haría cualquier cosa por ello.
—Soy feliz así, Jesse. Soy feliz siendo yo misma, aunque ello me lleve a caminar más despacio que el resto o a dejar escapar algún que otro tren. Me gusta ser yo misma, y me gusta estar con la gente con la que deseo estar. Por eso suelo ser selectiva…
—Lo sé, pero aun así… Lo siento, de verdad, te veía tan… Tan entusiasmada con Quinn que pensé que tendría que echarte una mano—apuntilló logrando que mi estómago se revolviese con una sensación agridulce que no me gustó en absoluto. Lógicamente sabía que Jesse aprovecharía ese momento para volver a sacar el tema que nos había tenido durante todo el fin de semana enfadados, al menos a mí con él. Y si además había una buena noticia para camuflarlo, con más razón. Pero realmente no me apetecía hablar de ese hecho con él. No me gustaba imaginarme esa escena y avergonzarme al intuir el rostro de Quinn al vivirlo. Porque estaba completamente convencida de que lo había pasado mal, por mucho que me insistiese en que no le había dado apenas importancia.
—Ya está, Jesse… Olvidémoslo.
—¿Tú lo harás?
—Confío en ti y en que no volverás a hacer algo así. Por mi parte todo está olvidado—repliqué procurando sonar convincente, y supuse que él me creyó al regalarme otro beso que ponía punto y final a la conversación, pero no a las sorpresas y al vaivén de mi humor. Porque de nuevo la sorpresa y el entusiasmo que me provocó aquella noticia, pasó a un segundo plano cuando me recordó lo que había hecho por intentar que Quinn no huyese de mí, y de repente, cuando sentía ese pesar en mi estómago mientras trataba de olvidarlo, de nuevo una sonrisa traviesa apoderándose de sus labios me llevó al otro extremo. Una sonrisa que escondía algo que a juzgar por su mirada iba a sorprenderme aún más.—¿Qué?—musité aun sintiendo sus labios sobre los míos.
—¿Tienes planes para el 4 de Julio?—me preguntó recuperando un poco la distancia entre los dos, deshaciendo el abrazo y alejándose de mí.
—¿Para el 4 de Julio? Pues no… Ya deberías saber que no.
—Pues no, no lo sé. Porque yo si tengo planes y espero que quieras acompañarme—replicó sacando un sobre de uno de los cajones de su mesa—3, 4 y 5 de Julio. Salt Lake City.
—¿¡Qué!?—exclamé viendo cómo se acercaba con el orgullo escapando por cada poro de su piel.
—ALCon 2015—añadió logrando dejarme sin palabras, y yo creo que incluso sin vida.—He conseguido acreditaciones para eso tres días.
—No.
—Sí.
—No… Pero, ¿Cómo diablos lo has hecho? ¿Estás hablando en serio?—murmuré aún sin creérmelo, sin atreverme a coger el sobre que me ofrecía sonriente.
ALCon es la convención nacional de astronomía por la que pasé prácticamente todo el sábado lejos de casa, tratando de conseguir unas acreditaciones que me permitirían participar en las conferencias de los astrónomos y astrofísicos más importantes que se iban a dar cita en el lugar, y las cuales no pude conseguir bajo ningún concepto. Ese fue el motivo que me llevó a aquel sábado a estar completamente abatida antes de saber la jugarreta que había estado haciendo Jesse con Quinn.
No había muchas oportunidades como aquella para alguien como yo. Esas convenciones eran anuales y yo ya llevaba cuatro años sin poder asistir a una de ellas. Motivo suficiente para olvidarme por completo de lo que pasaba por mi mente.
—No me lo puedo creer. ¿Cómo las has conseguido?—insistí aún sin querer creer lo que tenía entre mis manos.
—Contactos… He, he hecho algunas llamadas, varios promotores... Ya sabes.
—Oh Dios, cielo… Sabes que deseaba con todas mis fuerzas poder ir.
—Lo sé, por eso en cuanto me dijiste que no las habías conseguido me puse manos a la obra. No te he dicho nada antes porque quería estar seguro de tenerlas en mis manos, y no ilusionarte sin saber si las iba o no a tener. Y en cuanto me han llegado esta mañana, quería verte para mostrártelas… Quería ver tu cara.
—Oh Dios… No, no sé qué decirte.
—No tienes nada que decirme. Tómalo como parte de mi regalo de cumpleaños—me respondió guiñándome un ojo.—He intentado que sean para toda la semana, pero ha sido imposible. Sé que solo son tres días, pero estoy seguro de que los vas a disfrutar de igual manera.
—Gracias—musité sin poder contenerme y abrazándolo de nuevo—Gracias, cielo.
—No me des las gracias. Somos un equipo, ¿No?
—Sí, así es…
—Bien. ¡Ah!, del resto también me encargo yo.
—¿Del resto?
—Sí. No pensaras que vamos a ir y venir de Salt Lake cada día, ¿No? Voy a reservar en algún hotel y pasamos allí algunos días. Nos vendrá bien para descansar también. ¿Te parece?
—Pero…
—Nada de peros—me interrumpió contundente—Yo he conseguido las acreditaciones, yo hago las reservas en el hotel que me parezca. Nada de quejas. Ya te he dicho que forma parte de mi regalo de cumpleaños así que no puedes replicarme con nada. Solo disfrutar y dejar que yo lleve las riendas, ¿De acuerdo?
Lógicamente no, no lo estaba, pero no podía negarme a aquello. A Jesse le encanta tener todo controlado y ser él quien manejase la situación, más aún si se sentía realmente orgullo tras haber logrado algo que yo ya había dado por perdido, demostrándome a mí y a él mismo que era capaz de cualquier cosa por hacerme feliz. Por eso mismo no podía replicarle nada de lo que me estaba ofreciendo, y simplemente tenía que limitarme a aceptar y dejar todo en sus manos.
—Así me gusta—susurró sabiendo que mi silencio era una afirmación, y dejando de nuevo un beso sobre mis labios que iba a volver a agitar mi estado. Pero esa vez no fue su culpa, sino la de ella.
Yo ni siquiera la vi aparecer, solo cuando los ojos de Jesse se desviaron por encima de mi cabeza tras besarme pude percatarme de su presencia, y ni siquiera estaba cerca.
—Pobrecilla…—lo escuché susurrar justo cuando mis ojos la descubrían caminando por el pasillo, con varias carpetas casi más grandes que ella y Margot, la secretaria de Jesse, a su lado portando varios libros más.—Si vieras la cara que ha puesto cuando le he dicho que Francesco está en New York y no va a poder echarle una mano con los bocetos…
—¿Cómo? ¿Está sola?—le pregunté sin dejar de mirarla a ella. A Quinn por supuesto.
—Pues sí, pero me ha dicho que no me preocupe, que ella puede avanzar lo que me había prometido. Pero realmente me ha dado pena… Se le veía un poco agobiada. De hecho, le he dicho a Margot que se ponga a su disposición y que le ayude en todo lo que necesite.
—Bien, pero… No, no deberías cargarla con tanto trabajo, apenas lleva una semana.
—Lo sé, pero no puedo hacer otra cosa. Le he dicho que se lo tome con filosofía, y que dé prioridad a lo que crea conveniente. Yo, yo no le exijo nada, Rachel, son los contratos los que nos exigen puntualidad en las entregas. Y el miércoles tengo reunión con uno de los representantes de los autores. Tengo que mostrarle al menos algunos bocetos y ella lo sabe.
Lo supuse, pensé sin perderla de vista. No sé si se percató de mi presencia porque en ningún momento la vi dirigir su mirada hacia nosotros. Aunque la verdad es que dudo que lo hubiese podido hacer a juzgar por el tamaño de las carpetas que portaba. Llegó incluso a provocarme algo de ternura al ver como utilizaba parte de su espalda y el trasero para abrir la puerta y colarse en el despacho, con Margot siguiendo sus pasos en todo momento.
—Espero que Margot sepa ayudarle.
—Lo hará. Ya sabes que tiene capacidad suficiente para llevar muchas cosas a la orden del día, y además bien.
—¿A Quinn le ha parecido bien que le pidas que la ayude?
—Quinn no sabe que yo se lo he pedido.
—¿Cómo?
—Le comenté a Margot la situación y me dijo que ella se encargaba de ayudarla. Según Robert, a Quinn no le agrada mucho que todos estén pendiente de ella, así que mucho mejor que crea que es algo que ha salido de Margot.
—Veo que Robert te habla mucho de ella, espero que tú no vayas hablando demasiado de mí.
—Cielo, yo no tengo nada que decirle a nadie de ti, excepto que eres la mujer más guapa, sexy e inteligente que un hombre puede desear—susurró tratando de provocarme, pero teniendo a Quinn en mi punto de vista poco o nada iba a conseguir. Tal vez Robert no le había hablado de esa capacidad de su chica de lograr ser el centro de atención, aunque no le gustase en absoluto.
—Esperemos que con su ayuda sea más que suficiente.
—Tranquila, algo me dice que Margot se va a esforzar mucho para que las cosas le salgan mejor.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso? ¿Acaso te teme?—mascullé buscándolo con la mirada, justo cuando precisamente la secretaria abandonaba el despacho de Quinn dejándola a solas con aquellas montañas de carpetas y libros sobre una de las mesas.
—¿A mí? Para nada, pero seguro que quiere caerle muy bien a Quinn—añadió provocándome más curiosidad de lo que ya lo hacía con su sonrisa traviesa.
—¿Por qué dices eso?
—Creo que le gusta.
—¿Cómo? ¿Qué le gusta quién?
—Quinn.
—¿Quinn? ¿A quién?—insistí casi por inercia, porque mi mente ya se había encargado de bloquearme por completo y mi estómago volvió a dar un vuelco completo arrastrándome de nuevo al más absoluto y puro mal humor.
—A Margot—me replicó extrañado por mi reacción—¿A quién si no?
—¿Me estás diciendo que a Margot le gusta Quinn?
—Te estoy diciendo que creo que le gusta. Ya sabes que a Margot le gustan las chicas, y en estos últimos días la he visto merodeando mucho por su despacho. Y cuando le he explicado la situación, ni siquiera me ha dejado acabar. Ha sido como un regalo para ella… Es síntoma inequívoco de que le…
—¿No le has dicho que tiene novio?—lo interrumpí completamente molesta, o tal vez ofendida, no lo sé. Solo sé que en ese instante incluso yo misma fui consciente de mi actitud.
—Pues… No, no le he dicho nada. No voy hablando de la vida privada de los trabajadores. No soy quien.
—Pues tal vez deberías avisarla sutilmente. No creo que Quinn se sienta cómoda con una chica acosándola.
—¿Qué? Nadie la está acosando… Te he dicho que es percepción mía, no que sea cierto. Además, en el caso de ser real no creo que sea problema alguno. Quinn sabrá perfectamente cómo solucionar el tema. No creo que sea la primera ni la última chica que se acerca a ella de esa manera…
No. No dije nada. Y no lo hice por dos motivos; El primero, porque escucharlo hablar de aquella manera llegó a provocarme un nuevo sentimiento de culpabilidad al no confesarle mi historia con ella. Y segundo, porque en ese preciso instante sonó su teléfono abortando cualquier replica por mi parte. De hecho, cuando vi como tomaba asiento tras atender la llamada y su rostro se volvía serio, supe que el destino me estaba dando una tregua, o tal vez la oportunidad de salir indemne de aquel repentino suplicio que empecé a vivir por culpa de aquella estúpida idea. Estúpida con mayúsculas.
Radical, tal vez, pero no era capaz de concebir que en la vida de Quinn pudiese existir otra mujer. Así que ni me lo pensé. Le hice un pequeño gesto a Jesse avisándole de que saldría del despacho, y él asintió aún con el rostro serio por la llamada en cuestión. Supuse que era un asunto importante, pero para mí apenas tuvo repercusión alguna.
Lo dejé allí atendiendo sus asuntos y me fui directa hacia el despacho de Quinn, donde ya completamente a solas, la vi meterse de lleno en su trabajo. O mejor dicho, en la búsqueda de algo que debía estar en aquellas enormes carpetas.
Dos golpes en la puerta me sirvieron para llamar su atención, y para mi sorpresa, su gesto al verme tras ella no fue el que esperaba ni por asomo. Ni siquiera me sonrió.
—¿Se puede?—cuestioné abriendo la puerta poco a poco.
—Sí, claro… Pasa.
—Hola… ¿Qué tal? Te veo ocupada, ¿Molesto?
—No, no claro que no—musitó forzando la sonrisa, algo que me descompuso—Pasa.
—¿No… No molesto?
—No, claro que no. Estoy un poco liada con todas estas anotaciones, pero puedes estar tranquila… Nunca me molestas. ¿Qué haces por aquí? No esperaba verte un lunes…
—Yo tampoco. Jesse me pidió que viniese para tratar unos asuntos.
—Oh, genial… ¿Todo bien?
—Sí, era un tema de trabajo.
—¿Y lo demás? Ya sabes…
—Pues, sí… Ya está todo casi olvidado—le respondí siendo consciente de como realmente parecía preocuparle mi situación con Jesse.
—Bien, me alegro. El sábado me fui de tu casa un poco preocupada.
—Pues está todo bien—le insistí recibiendo la primera mueca de sonrisa sincera, o al menos eso creí percibir. —¿Y tú? ¿Pasaste bien el domingo?
—Oh, sí, ya sabes… Con los albañiles en casa dando los últimos retoques.
—¿En domingo?
—Sí, en domingo. Y lo peor es que Robert estaba fuera, así que de nuevo tuve que soportarlos yo. Es agotador.
—Vaya, lo siento… Podrías haberme avisado y te hacía compañía.
—¿Para qué? ¿Para hacerte sufrir?
—Bueno, compartir siempre está bien y si es algo malo, se sobrelleva mejor, ¿No crees?
—Supongo, pero imagino que tendrías cosas más interesantes que hacer un domingo que estar metida en mi casa viendo como colocan el parquet.
—No te creas. Había gran premio de motos, lo que significa que mi querido marido no se ha separado de la televisión en todo el día. Eso sí que es un sufrimiento. Al menos contigo me habría entretenido hablando.
—Viéndolo así, prometo avisarte la próxima vez.
—Espero que así sea…—Le repliqué sintiéndome un tanto incomoda por la situación, y no precisamente por su actitud, la cual había cambiado paulatinamente hasta ser completamente cordial, sino porque Quinn no había dejado un solo instante de buscar y mirar en los papeles que tenía repartidos por la mesa, y eso me hacía creer que realmente la estaba molestando. Sin embargo, no había olvidado el motivo que me hizo presentarme ante ella sin siquiera pensarlo. Un motivo que en ese preciso instante iba a adquirir una magnitud considerable en mi cabeza, e iba a provocar que por primera vez en mi vida actuase de manera irracional.—En fin, he venido solo a saludarte, porque aunque me digas que no, sé qué puedo llegar a molestarte…
—¿Se puede?—su voz. Fue su voz la que me interrumpió en mi despedida mientras Quinn me cuestionaba con la mirada, y ambas terminamos girándonos hacia la puerta—Disculpadme, no quiero interrumpir pero… Te traigo esto, Quinn—añadió Margot colándose sin esperar respuesta alguna por nuestra parte, y acercándose hasta la mesa para dejarle sobre ella un vaso de cartón con un café humeante que inundó toda la estancia con su olor.
—Pero…
—Nada de peros. Sé que no has desayunado, y como no piensas salir de aquí hasta que acabe el día, yo me encargo de traértelo. Te va a sentar bien.
—Vaya… Gracias, de verdad no es necesario, pero muchas gracias.
—De nada—le respondió regalándole una radiante sonrisa que me descompuso por completo. Aunque lo que peor me sentó fue ver como Quinn la imitaba perfectamente, y lo hacía con total y absoluta naturalidad. –Si necesitas algo, ya sabes que solo tienes que levantar el teléfono. ¿De acuerdo?
—Ok. Muchas gracias, Margot. Te debo una.
—Es un placer—replicó acompañando la sonrisa con un guiño de ojos mientras yo seguía allí, observando la escena con las palabras de Jesse merodeando por mi mente.—Y no, no me debes nada. La próxima vez me invitas tú al café.
—Eso está hecho.
—Bien, no os interrumpo más—añadió mirándome de soslayo antes de volver a ella para despedirse de nuevo con su sonrisa.
—Gracias, Margot—repitió completamente agradecida. Ella no le dijo nada, pero si se giró hacia mí antes de abandonar la estancia, y lo hizo para lograr que de nuevo, una vez más en aquella mañana y ya había perdido la cuenta, mi mal humor volviera a adueñarse de mí.
—Señora —musitó a modo de despedida y yo me limité a asentir forzada como respuesta. Margot no tardó en hacer lo que tanto empecé a desear, y desapareció de nuestra vista sin mediar palabra alguna más. Y yo lo agradecí, lo agradecí tanto que ni siquiera me percaté como Quinn me miraba completamente embobada y me sacaba de aquellos pensamientos que tan poco bien me hacían.
—¿Señora ?—susurró tomándose un pequeño respiro para probar el café—No me acostumbro a eso.
—Yo tampoco, por eso sigo llevando mi apellido.
—¿Me contarás el por qué algún día?
—Bueno… El sábado te dije que lo haría cuando me invitases a tomar café, pero veo que se me suelen adelantar a ese hecho—repliqué tratando de camuflar el malestar que ello me producía.
—Es una buena chica, al menos eso me está demostrando… Y es curioso, porque el primer día que vine a hacer la entrevista me cayó fatal. Pensaba que era una soberbia y un poco prepotente. Pero es un encanto…
—¿Sabes que le gustan las chicas?—solté casi sin pensar, y ella a punto estuvo de atragantarse con el sorbo de café.—Deberías tener cuidado si no quieres vivir alguna situación comprometida.
—Tranquila… Sé cómo sobrellevar estos temas. Te recuerdo que he vivido durante 6 años en San Francisco—me respondió y yo intuí que empezaba a burlarse de mí. En mi estado, probablemente era la peor postura que podía tomar, sin duda.
—Muy bien, mejor para ti.—Mascullé completamente patética, sin poder evitar que el malestar quedase completamente reflejado en mi cara, y viendo como Quinn empezaba a percatarse de la situación—Será, será mejor que te deje trabajar y no te entretenga más.
—¿Estás bien?—me interrumpió curiosa.
—Eh… Sí, perfectamente.
—¿Seguro? Hace un momento estabas muy sonriente besando a tu marido, y ahora estás seria. ¿De verdad que estás bien?—añadió y yo no pude evitar centrarme en su mirada. En su mirada y en el gesto que me regalaba completamente orgulloso, dejándome completamente descolocada.
No tenía ni idea de que me hubiese visto en el despacho de Jesse, pero por lo que había dejado entrever, no solo me había visto sino que además había prestado atención a mi actitud con él. No me lo esperaba, y mucho menos esa respuesta a modo de réplica.
—¿Por qué debería estar mal? Ya, ya te he dicho que mis problemas con Jesse se han solucionado, que me han dado un par de buenas noticias y he venido a saludarte. Y como bien dices, Margot si es una buena chica, pero siento la obligación de avisarte que tal vez pueda acercarse a ti con otras intenciones más que las de ayudarte. Si me dices que sabes cómo sobrellevar la situación, perfecto… Mucho mejor. No quiero que te sientas incomoda aquí.
—No lo haré, te lo aseguro. Y gracias por el interés… Te agradezco que me hayas avisado, pero lo cierto es que ya lo sabía, Margot me ha hablado de su chica…
—¿Qué? ¿Tiene pareja?
—Pues sí, al menos eso me ha dicho. Tampoco es que hayamos hablado demasiado. Hoy es el primer día en el que realmente he estado más tiempo con ella, y porque se ha ofrecido a ayudarme a transportar todas estas carpetas del señor Duncan. Está de viaje también y me toca a mí buscar los detalles de las vestimentas de los soldados romanos.
—Oh… Bien, perfecto entonces…
—Puedes quedarte tranquila—añadió recuperando esa sonrisa encantadora que de poco servían mis reprimendas— Por ahora solo voy a aceptar su café como algo extra oficial. Todo lo demás estará relacionado con el trabajo.
—Sí, si tú lo crees conveniente… Espero que no te pida un tatuaje.
—No se lo haré.
—¿No?
—Ya no hago tatuajes, ¿Recuerdas?
—Pues a mí me dijiste que si me lo harías si me decidía.
—Pero tú no eres ella, ni cualquier otra—sentenció volviendo matarme de placer. Y sí, literalmente. No sé lo que tenía, no sé lo que era, pero escucharla hablar de aquella manera, escuchar cómo me ponía antes que a nadie en un asunto tan especial como era el hecho de hacer tatuajes, lograba llenarme de un orgullo tan placentero que me era imposible poder camuflarlo. Y por supuesto, mi mal humor desapareció de nuevo dando paso a otra revolución en mi interior.—Sabes que para ti siempre estoy disponible.
—Bien… Es bueno saberlo.
—¿Te vas a decidir? ¿Vas a dejar que vuelva a tatuarte? Me dijiste que lo habías pensado, y que…
—Estoy buscando el tatuaje perfecto—la interrumpí sin saber por qué. O mejor dicho sí, lo hice porque me sentía tan completamente orgullosa por ser el centro de su atención, que ni siquiera pensaba en lo que decía. De hecho, mentí rotundamente al decir aquello. No había buscado tatuaje alguno, es más ni siquiera volvió a rondar por mi mente desde el encuentro en la librería, pero en ese instante lo dije. Una vez que lo hice ya no tuve valor de volver atrás.
—¿Si? Bien. Me apetece mucho volver a tatuarte. Espero que te decidas pronto, el verano no es una buena época para hacerlo y ya está a la vuelta de la esquina.
—Dime cuando podrías hacérmelo, y yo estaré lista.
—¿Hablas en serio?
—Sí, completamente en serio—repliqué gritándome a mí misma por lo que estaba haciendo. Pero no era capaz de evitarlo.—Dime un día y allí estaré.
—¿Estás segura? Solo tengo que avisar a Trevor para que me prepare una sala.
—Ok… ¿Cuándo estás libre para hacerlo?—solté completamente inconsciente.
—Pues… Bueno, ya ves que entre semana tengo bastantes cosas que hacer, pero el fin de semana suelo tener más tiempo.
—Perfecto, ¿El sábado?
—¿Este sábado?—musitó completamente sorprendida—¿Hablas en serio?
—Sí, ya te dije que… Que quería hacérmelo. Y si dices que el verano no es buena época, pues hagámoslo antes de que llegue. El tatuaje, quiero decir…—respondí con una convicción que incluso a mí me desconcertó. Estaba completamente fuera de sí, dejándome llevar por la indescriptible sensación que tuve al ver su sorpresa, al demostrarme que yo estaba antes que cualquier otra para un menester como aquel. No sé si era orgullo, satisfacción o placer, pero era lo suficientemente fuerte como para tenerme a su merced y dejarme llevar cometiendo aquella locura. Porque de eso sí que estaba segura; Era una completa locura.
—Ok, hablaré con Trevor—musitó ella aún sin creerme demasiado. O al menos eso pude intuir al verla fruncir los labios descolocada por la situación. Hecho que hizo que mi repentina locura se convirtiera en una decisión firme.—Te, te aviso cuando me diga alguna hora… ¿De acuerdo?
—Ok, estaré esperándote.
—Bien… De todas formas, deberías planteártelo cuando sepas lo que realmente quieres tatuarte. Es algo que va siempre…
—Tranquila—la interrumpí al ver como pretendía regalarme un sermón, hecho que denotaba que no creía por completo en mis palabras. –Sabré lo que quiero cuando llegue el día. Tú encárgate de tener la fecha—le solté con una seguridad brutal.
—Oh… Ok—balbuceó dando de nuevo un sorbo al dicho café, demostrándome que por fin parecía haber empezado a creerme. Y eso era lo que necesitaba en aquel instante. Tal vez el olor del café me influía negativamente para hacer de mi reacción un completo y absoluto ataque de celos, pero no me importó en absoluto. Necesitaba asegurarme que cuando saliese por la puerta y viese a Margot merodeando por recepción, el orgullo llenase mi pecho al saber que por primera vez en toda mi vida alguien que me fascinaba como Quinn lo hacía, me dedicaba parte de su tiempo libre y su atención.
Sí, lo sé. Era una completa estúpida al pensar de esa manera, pero el ser humano es capaz de lo mejor y lo peor, y yo soy humana, y como cualquier otro ser humano soy factible para cometer errores aun sabiendo con antelación que lo estaba haciendo. Y lo cierto es que me daba igual lo que pudiese acarrearme aquella decisión. Me daba igual que para saciar esa necesidad de tener toda su atención tuviese que cometer la estupidez de tatuarme para toda la vida, sin querer hacerlo.
—Bien… Será mejor que te deje para que sigas trabajando. Estaré esperando tu llamada.
—Claro. Te llamo…
—Perfecto. Espero, espero que te sea leve—añadí procurando salir airosa de esa desesperante sensación que siempre se apoderaba de mí cuando me tenía que despedir de ella. Se hacían eternas, y ambas éramos consciente de lo ridículo de la situación.—Si necesitas algo ya sabes que puedes contar conmigo.
—Lo sé—me sonrió un tanto más cómplice—Y lo tengo en cuenta. Gracias por venir a saludarme y a… Distraerme un poco de ésta locura. Se agradece.
—Me alegro… —musité anclándome ya a la puerta, y descubriendo como Jesse no nos perdía de vista desde su despacho. Hecho que me hizo reaccionar de nuevo—Por cierto, el tema del tatuaje… No, no vayas a comentarle nada a mi marido. Prefiero que sea una sorpresa.
—Oh, ok.
—¿Me guardarás el secreto?
—Sabes que ni siquiera hace falta que me lo pidas. Tus secretos son los míos.
Una sonrisa. No pude hacer otra cosa más que sonreírle completamente agradecida por sus palabras, y llena de orgullo de nuevo por tener su atención, por su complicidad. Una sonrisa que lógicamente se iba a desvanecer de mi rostro al encontrarme de nuevo con Jesse y ser consciente de lo que acababa de hacer. Sin embargo, no me molestó en absoluto. Me despedí de Quinn con la satisfacción de ganarle la batalla a Margot, aunque ni siquiera hubiésemos empezado una guerra, y desde ese momento poco o nada me iba a hacer cambiar de humor.
Estaba sentenciada. Había vendido mi piel a una nueva sesión de dolor intenso, de nervios y noches pensando en la dichosa aguja mientras escuchaba los reproches de mi madre retumbando en mi cabeza y el deseo imperioso de que un tornado irrumpiese de repente evitando que llevase a cabo los planes. Lógicamente, ya sabemos que en Denver esa posibilidad era una completa utopía.
