Vale, esta vez no merezco perdón, lo reconozco. Pero ¡por fin os traigo el final de esta historia! Y seguro que os pone un poco tristes que termine así que no ha sido para tanto que haya alargado la agonía. Me ha costado llegar al punto final, pero os traigo un final dulce y precioso que espero que disfrutéis y que os encante y os deje con muy buen sabor de boca.

Si este es el momento de hacer balance, sólo puedo daros las gracias por todo lo que habéis hecho por esta historia. Por leerla, sentirla, hacerla vuestra, emocionaros, contármelo después, y hacerme tan tan tan feliz a mí. Sólo me ha traído cosas buenas, y ya sólo por eso ha merecido muchísimo la pena. Así que, de verdad, millones de gracias por todo. Ahora sí y por última vez, tengo que pediros que, por favor, por favor, me contéis cositas cuando terminéis, porque ya no hay más oportunidades y de verdad que nada me hace más feliz que eso. ¡Hacedlo, por favor! Como un balance global y una forma de intercambiar impresiones sobre esta aventura tan larga que hemos vivido juntos, y que es tan importante para mí.

De verdad que sólo tengo palabras de agradecimiento para todos, para los que llevan al pie del cañón desde el primer capítulo, para los que llegaron a la mitad, y para los que se acaban de incorporar. Y para todos los que espero que lleguen en el futuro y también puedan emocionarse con esto y contármelo después. Gracias por vuestro apoyo, vuestra paciencia y vuestro tiempo. Ha sido increíble.

Tengo algunas ideas en la cabeza, así que espero poder volver pronto para seguir contando cosas sobre esta pareja tan maravillosa que Manolo Caro ha creado y ha tenido a bien regalarnos. Ojalá podamos volver a encontrarnos por aquí.

Sin nada más que decir, os dejo con el final de "Querer (no sin ti)" tal cual yo lo imaginé cuando empecé a escribir hace ya varios meses sobre Paulina atacada de los nervios conduciendo su coche hacia el aeropuerto. Aquí os la dejo, por fin en paz y junto a María José, sin duda el amor de su vida. Espero que lo disfrutéis tanto como he disfrutado yo escribiendo todo esto, y por favor, ¡por favor! No dudéis en contarme qué os parece en cuanto terminéis de leer, ¡hacedme feliz por última vez!

Millones de gracias a todos por todo esto, ¡ojalá que volvamos a leernos pronto!


La fuente de inspiración: No sin ti – Borja Navarro ( watch?v=JLQ9orNTWnk)


Banda sonora: Qué bien – Izal ( watch?v=dF5ryJMWWAs)

En la historia: Dígale – David Bisbal ( watch?v=dmez8Og89ig)


Pero no dejó de apretarla en toda la noche, para asegurarse de que nada perturbaba su sueño. Porque se merecía la calma total tras la dura tempestad que había atravesado para encontrarse de nuevo con ella. Y ambas se merecían la felicidad más real y sincera que pudiese existir, porque habían logrado volver al lugar al que pertenecían. Ese en el que estaban, en el que sólo existían ellas, para quererse y adorarse de la forma más especial que podía imaginarse. Esa forma única e indescriptible en la que sólo ellas podrían hacerlo, durante todo el tiempo que les concediese la pequeña eternidad de sus vidas.


Y qué genial, qué astuto, qué indecente, qué maravillosamente oportuno,

el soplo de viento que ha unido atrevido tu olor con el mío.

Y qué manera de perder las formas, y qué forma de perder las maneras.

Ya nada importa, el mundo ya se acaba, no quedará nada…

Disfrutemos de la última cena.

No sería lo mismo imaginarte que poder estudiarte con detalle.

Usaré cada segundo que pase para poner a prueba nuestras capacidades corporales.


En cuanto Bruno Riquelme de la Mora escuchó el primer pitido de su despertador, extendió ambos brazos hacia los extremos de su cama. Una sonrisa desbordante se pintó en su cara al asegurarse del vacío que ya intuía antes de comprobarlo. El vacío y el frío. Estaba solo. Y había estado solo toda la noche. Sin poder contener una carcajada, se apuntó la victoria como si hubiera sido propia. Detuvo el desagradable sonido que le exigía levantarse y se revolvió el pelo tras desperezarse. Todavía tenía que asegurarse de una cosa más antes de poder convencerse del todo de que lo que él consideraba inevitable había pasado de verdad.

Apoyó sus pies descalzos sobre el parquet templado gracias a la calefacción y, tratando de no hacer ni un sólo ruido, se deslizó ágilmente hacia el salón. Se encontraba en una especie de estado de euforia inimaginable en él a esas horas de la mañana en condiciones normales. Con lo que le costaba abrir los ojos y arrancar habitualmente. Pero hoy las condiciones tenían muy poco de normales. Se asomó al sofá y no pudo evitar una exclamación acompañada de una palmada de felicidad. Allí tampoco había dormido nadie. Premio.

- ¿Y a ti qué te pasa hoy?

La voz de su papá le llegó nítidamente desde la cocina. En su emocionada carrera no se había percatado de que María José estaba ya levantada, esperándole como cada mañana. Se mordió la lengua, arrepentido de su falta de discreción. Se arrastró hasta la puerta mordiéndose los carrillos para intentar disimular la emoción que sentía. Se asomó y la observó en silencio, sin poder contener una nueva sonrisa. Estaba en pijama, completamente despeinada, y luciendo unas ojeras inmensas que, sin embargo, no empañaban ni lo más mínimo la expresión de paz exultante que inundaba su rostro. Sentada en una silla y apoyada sobre la mesa, consultaba algo en su móvil sin prestar demasiada atención, y un bostezo se le escapó de entre los labios. La imagen no se parecía en nada a la que solía encontrarse todas las mañanas, cuando le esperaba perfectamente vestida y maquillada para irse a trabajar. Pero desde luego que hoy no era un día normal. Y a Bruno lo que veía le pareció infinitamente más bonito. Estaba guapísima, radiante de felicidad. Ya había dispuesto su tazón de leche con Colacao exactamente a su gusto, como hacía siempre, un vaso de zumo recién exprimido, y la tostadora estaba funcionando. Siempre puntual y metódica, tan responsable que asustaba, porque seguramente lo único que quería hacer era poder volverse a la cama. Tenía que estar muerta de sueño. Y aún así se había levantado para atenderle, porque así era ella de solícita, siempre dejándose la piel por los que le importaban. En eso su mamá y ella eran muy iguales, aunque definitivamente opuestas en la forma de alcanzar el objetivo de proteger lo suyo. Además seguro que no se había levantado sólo por eso, quería asegurarse de que no faltaba a clase por quedarse dormido. No pudo contener un suspiro danzarín que acompañó a sus despreocupados pensamientos y llamó la atención de María José. Esta levantó la cabeza en su dirección y se percató de que estaba mirándola desde el quicio de la puerta.

- ¿Pero no te has vestido? - exclamó al verlo aún en pijama.

- ¿Y mi mamá? - Bruno no cambió de postura, pero eligió otra pregunta como respuesta a algo que era obvio por su atuendo, ampliando su sonrisa.

- Está dormida, y no se te ocurra despertarla porque necesita descansar - María José frunció el ceño al advertirle con severidad.

- ¿En tu habitación? - insistió su hijo de nuevo.

- Pues claro, ¿dónde va a estar si no?

- ¿Y tú? - María José le miraba frotándose los ojos, sin lograr encajar el interrogatorio al que la estaba sometiendo.

- Yo me he levantado para prepararte el desayuno - María José señaló el tazón, empezando a desesperarse con su hijo -. A ver si encima te vas a quejar por eso.

- No, que dónde dormiste tú.

- Ay, Bruno, ¿dónde voy a dormir? - chasqueó la lengua y rodó los ojos en cuanto tuvo la certeza de cuál era el objetivo que quería alcanzar el niño con tanta pregunta. No pensaba concederle ni medio milímetro de ventaja. Y no tanto por ella, que podía lidiar con él y divertirse a su costa sin problema, sino por Paulina, que iba a morirse ante el más mínimo comentario de su hijo. Se levantó de la silla y caminó hasta él para meterle prisa -. Venga anda, déjate de tonterías y espabila que al final llegas tarde. Que parece que te han dado cuerda esta mañana.

Le empujó hacia el pasillo, forzándole a ir directo a su habitación. Ella ocupó el espacio que él acababa de dejar libre, apoyada en el marco de la puerta, y no pudo contener la risa. Cerró los ojos y se tapó la cara para impedir que Bruno la oyese. La felicidad desbordaba cada poro de su piel. La adrenalina todavía la recorría de punta a punta. Había sido una noche maravillosa. Indescriptible. Como maravillosa e indescriptible era la mujer con la que la había compartido. Estaba poseída por un subidón que no podía controlar.

Paulina no había notado la vibración del móvil que avisaba a María José de que el día comenzaba y que eso implicaba que Bruno estaba a punto de hacer su aparición matutina como un huracán para irse a clase. La había observado durante un par de minutos, aprovechando que dormía, para disfrutar del espectáculo de su cuerpo desnudo reposando en paz sobre su cama. Había acariciado su piel con devoción y delicadeza, temiendo despertarla, y le había provocado un escalofrío ante el que no había podido evitar sonreír. Su piel era tan suave, y su olor era tan embriagador, que había sentido que podría quedarse el resto de su vida empapándose de ella con sólo mirarla. Su expresión era de la calma más absoluta, completamente ajena al bullicio que comenzaba a pie de calle, con el despertar de la locura diaria en la ciudad. Era increíblemente hermosa. Las ondas de su pelo cubrían parcialmente su rostro, pero no enmascaraban la felicidad que reflejaba. Porque sí, Paulina estaba bien, estaba tranquila, y estaba feliz. Entre sus brazos. Con ella. Qué suerte tenía, joder. Qué suerte. Ella sí que estaba pletórica, muchísimo más de lo que hubiera podido imaginar.

Su sueño era tan profundo que ni siquiera se había movido cuando, con todo el dolor de su corazón, se había apartado de su cuerpo para levantarse. Con cuidado para no perturbarla, sigilosa para que no notase que se iba. Había depositado un beso en su frente y le había susurrado que la quería, aunque no fuera a oírla, porque no podía consentir que se le olvidase. Y hasta le había parecido que sonreía. Ay, Paulina, Paulina,... Se había sentido tentada por sus labios justo antes de salir de la habitación, no podía negarlo, porque le habían parecido lo más apetecible del Universo en la última mirada que le dirigió antes abrir la puerta. Esos labios que la habían precipitado a la más dichosa de las locuras sólo unas horas antes. Tuvo que contenerse para no volver a devorarlos sin descanso, porque estaba segura de que la habría despertado y eso no podía hacerlo, todavía no. Tenía que dejar que se recuperarse del infierno mental que había pasado en los últimos meses. Qué noche habían vivido, joder, ¡qué noche!

Bruno salió de su habitación cinco minutos después de haberse encerrado allí, ya vestido y cargando con una mochila que dejó caer en el pasillo, a los pies de su papá. La miró de arriba a abajo. Estaba completamente perdida en sus divagaciones mentales y sonriendo como una idiota, y él negó con la cabeza. Esto había sido mucho más de lo que él había esperado. Como se descuidara le iba a tocar lidiar con demasiado derroche de amor adolescente del que supuestamente le tocaba vivir a él y no a sus papás, y eso no lo podía consentir. Había cosas que no necesitaba ver. Le dio un codazo según entraba en la cocina para traerla de vuelta a la tierra y se sentó delante de su tazón. María José se reactivó y entró tras él, directa a la cafetera. Bruno la vio ponerla en marcha justo antes de dejar ante él un par de tostadas recién hechas sin apenas prestarle atención, tarareando entre dientes una canción que él mismo le había enseñado a su mamá no hacía mucho, y no tuvo ninguna duda de que eso venía directamente de ella. Hasta esas confidencias les había dado tiempo a compartir. Y quién sabe cuántas más. La unión Riquelme de la Mora estaba de vuelta, y ahora parecía más fuerte que nunca. Sonrió con ternura al evocar en su cabeza la última imagen que conservaba en su cabeza de sus papás como una pareja feliz.

Lo cierto era que, en general, los recordaba como auténticos superhéroes. Eran el tándem perfecto, complementados hasta la médula. Puede que sus recuerdos estuviesen impregnados con algo de idealización por todo lo que pasaron después, pero siempre le pareció que estaban hechos el uno para el otro y que hacían el mejor equipo del mundo. La compenetración era impecable, al menos delante de él, y se querían con una devoción muy difícil de encontrar. Se respetaban, se admiraban y se apoyaban incondicionalmente. Y reían mucho juntos, eso se le había quedado grabado a fuego. Sobre todo porque lo siguiente que guardaba en su memoria era la imagen del momento en el que se rompieron de forma irremediable. Aunque siempre procuraron protegerle del dolor, al final también le había alcanzado. Porque la burbuja en la que le metieron no podía durar para siempre. Se lo explicaron, los dos juntos y en bastante sintonía, tratando de ocultar el rencor que se escurría entre sus palabras. Sólo fue testigo de una discusión, dura y fuerte, justo cuando su papá se fue de la casa para siempre. El resto del tiempo procuraron ser civilizados y seguir aparentando una unidad inexistente.

Bruno también se acordaba muy bien del destrozo, de la sensación de vacío, de la tristeza absoluta de su mamá y del dolor irreparable de su papá mientras seguía adelante con la decisión que había tomado. Recuerda haberse sentido incompleto en todas partes y percibir cuánto se estaban extrañando en silencio. Ninguno de los dos volvió a ser el mismo, pero la vida siguió su curso inexorable. Sellaron la herida como malamente pudieron y se resignaron a aceptar una realidad descorazonadora para los dos. Para los tres, para ser sinceros, pero él se acostumbró a lo que le tocaba y procuró que ninguno notase que él también echaba de menos lo que fueron juntos. Tanto que a veces le costaba respirar. Le tocó hacerse mayor muy rápido para poder convivir con la pérdida. Porque los dos le necesitaban de su lado, y él tenía que estar exactamente en el punto que cada uno de ellos requería, aunque ninguno fuese consciente de lo que su hijo se esforzaba para estar al lado de ambos.

Lo que él sin duda no había imaginado jamás es que lo que había pasado en los últimos meses gracias a la muerte de Roberta pudiese suceder de nuevo, por más que lo hubiese deseado. La vida le había sorprendido de manera brutal, y aunque tenía muchísimo miedo de que todo volviese a hundirse, no podía sentirse más feliz. Las dos personas más maravillosas del mundo entero se merecían lo mejor que el futuro pudiese regalarles después de tanto dolor. Y si ellos eran capaces de utilizar esta oportunidad para reconstruirse, ¿quién era él para cuestionarlos? Aunque le produjese un pudor terrible pensar en ser espectador de escenas empalagosas que no quería presenciar, y aunque su mente adolescente y hormonal le mandase flashes de situaciones que no quería ni pensar que pudiesen suceder de verdad, no podía impedir que volviesen a quererse como nunca dejaron de hacerlo en la distancia.

- Y entonces, ¿cómo les fue en la cena? - Bruno decidió tensar un poco más la cuerda mientras se sacudía de encima sus turbios pensamientos, y probar así hasta dónde podía llegar. Porque no tenía nada mejor que hacer mientras engullía el pan bañado en aceite, y porque le divertía hasta el infinito ver a su papá en un estado de euforia tan extremo. Acababa de sentarse frente a él con su taza de café recién hecho humeando, pero seguía sin prestar atención a nada más que a lo que estaba recordando en su cabeza.

- Muy bien - le respondió, enfocando su mirada en el niño.

- Y veo que terminaron la noche mejor aún - forzó una sonrisa que mostraba todos sus dientes, tratando de incomodarla.

- Pues no seré yo la que se queje, la verdad.

- ¿O sea que todo seguía dónde lo dejaron? - la sincera sonrisa que ella mantenía le indicaba que sus palabras no la estaban molestando en absoluto, y eso le provocó -. Como que les faltó tiempo para engancharse de nuevo, ¿no?

- Ya había pasado tiempo más que suficiente - murmuró María José -. Y todo está mejor, Bruno. Muchísimo mejor. Tu madre es una mujer extraordinaria.

- Ni tanto, ¿eh? - estuvo a punto de liberar una carcajada, pero la severa mirada de su madre ante el comentario le disuadió de su intención, haciéndole buscar desesperado otra cosa que poder comentar -. Cuidado que se te cae la baba - María José rodó los ojos y chasqueó la lengua con desaprobación, apurando su café.

- No sabes la suerte que tenemos de tenerla - susurró más para sí misma que para su hijo mientras ignoraba sus muecas -. Lo de anoche ha sido… Guau. De verdad que te deseo que algún día encuentres una mujer que sea al menos la mitad de lo que es tu madre. Sólo con eso te bastaría.

- Ya, papá - Bruno sintió un pequeño cosquilleo de nervios al percatarse del rumbo que estaba tomando la conversación y se apresuró a terminarse el tazón de leche.

- Es increíble, Bruno. Si pudieses entender sólo un poquito lo maravillosa que es… No te imaginas cómo ha sido esta noche, cómo ha estado conmigo, todo lo que...

- ¡Papá, por favor! - el desagrado se coló en el susto de sus facciones y se levantó a toda prisa para dejar sus platos en el fregadero, sacudiendo su cabeza -. ¿No ves que no necesito que me cuentes todos esos detalles de lo que hicieron?

- Tú has preguntado, ¿no? - María José rio con ganas, levantándose también. Se encontraron frente a frente y se observaron intensamente durante un par de segundos. Bruno no sabía qué decir ni cómo escabullirse de lo que él solito había provocado -. El que pregunta corre el riesgo de conseguir respuestas - continuó su papá, y se acercó para besar con ternura su frente -. Anda, tira para el baño que no llegas.

Bruno suspiró aliviado de no tener que escuchar ni una palabra más que le invitase a proyectar unas imágenes de las que no quería ni ser consciente, al tiempo que encontraba la mejor y más original manera de salir airoso y ganar la partida. Había una cosa que aún podía hacer y que divertiría y sonrojaría a María José a partes iguales.

- No ha podido olvidar, mi corazón… - comenzó a tararear en un susurro, situando su mano derecha sobre su corazón y cerrando con fuerza los ojos -. ...aquellos ojos tristes, soñadores que yo amé…

- ¡Bruno! - golpeó su brazo cariñosamente justo antes de que él tuviera tiempo de apartarse para esquivar el golpe - ¡Cállate! - al abrir sus ojos se encontró con los de su papá completamente ruborizados. Nueva victoria para él. Desde luego hoy era su día.

- Y ahora sé que es ella todo lo que yo buscaba... - siguió entonando con solemnidad junto a su oído, haciéndola reír.

María José negó con la cabeza, dando por perdida la batalla. El ingenio de su hijo para lograr sorprenderla escapaba a cualquier límite imaginable. Pero le encantaba su agudeza, con ese toque de malicia, que ponía a trabajar a toda marcha cuando quería dejarla fuera de juego. Y esa canción lo había conseguido, por supuesto que sí. A Bruno no se le había escapado que ella la escuchaba mucho últimamente, en soledad, y que se quedaba absorta perdida entre sus recuerdos, sin duda pensando en su mamá y en todo lo que estaba pasando. Y había sabido utilizarla en el momento más oportuno para desarmarla. Lo escuchó entrar en el baño y encerrarse dentro, sin dejar de cantar el estribillo de la canción con toda la pasión posible. Ella se puso a recoger la cocina sin poder contener la sonrisa. Le hacía increíblemente feliz saber que lo que esa letra decía había quedado atrás para ellas esa noche. Se concentró tanto en el estropajo y el jabón, y en rememorar hasta el último detalle de lo que acababa de vivir, que no fue consciente de que el hilo musical ideado por el niño continuaba sonando de fondo en su casa, ni de que el grifo del baño se cerraba, ni de que dos puertas se abrían simultáneamente, hasta que el sonido de su voz llegó claramente a sus oídos desde el pasillo, provocando que su corazón perdiese un latido.

- ¿Esas canciones tan de la chingada son las que te enseña tu papá desde que estás acá?

Paulina de la Mora hacía ya un rato que se removía en la cama, escuchando sus voces entre sueños. En algún momento, antes de recuperar totalmente la consciencia, había alargado la mano para comprobar lo que ya sabía, que la cama estaba fría y vacía, y que estaba sola. Que María José estaba lidiando con el tremendo despertar de su hijo, y que había salido de allí sin que ella se percatase. Ya la echaba de menos. Se sorprendió a sí misma al pensar en algo así, porque creía que ya se había acostumbrado a la soledad de sus noches, pero al parecer volver a las buenas costumbres se consigue casi de inmediato. Ahí sí se despertó del todo, dibujando una radiante sonrisa en su rostro al recibir de un bombazo todos los recuerdos de lo que habían vivido juntas unas horas antes. Un pinchazo de su nuca le recordó justo después todo lo que se había pasado con el alcohol, pero el dolor no empañó ni lo más mínimo su felicidad. Las endorfinas desbordaban cada célula de su cuerpo. Se sentía pletórica, poderosa, en paz. Amada y deseada como hacía años que nadie la hacía sentir, exactamente desde el momento en el que se separaron la primera vez. No tenía palabras para describirlo, porque había sido lo más alucinante que le había pasado en su vida. El miedo se había esfumado y había podido disfrutar de ella por completo. Y se había entregado como nunca lo había hecho antes, sin preocuparse por lo que estaría pensando de ella en el proceso. Y había podido quererla de la mejor forma que había encontrado, y sentirse plena y completa de nuevo a su lado. Se habían recuperado de la forma más brutal y sincera que existía en el mundo. Y todo había ido increíblemente bien, ninguna había huido en medio de la noche ni se había arrepentido de lo que había pasado. O, al menos, ella no. Y estaba escuchando a María José en la cocina, así que estaba prácticamente segura de que ella tampoco. Se querían con locura, se lo habían demostrado, y estaban juntas de nuevo. Juntas. De nuevo. Exactamente como ella lo había suplicado. Tal cual María José se lo había concedido. Y no podría imaginar nada mejor, ni en cien mil años de existencia sobre la tierra.

Resopló al identificar la canción que su hijo tarareaba con devoción al otro lado de la pared, dentro del baño, y supo que ya no podría dormirse más. Además, para no variar, la agobiaba ser ella la que estaba en la cama mientras los demás comenzaban el día. Aunque sabía que aún necesitaba horas de sueño para terminar de recuperarse, se desperezó y se preparó para el frío que la iba a atrapar en cuanto se atreviera a destaparse y saltar de la cama a toda velocidad en busca de su ropa. Estaba completamente desnuda y sintió el escalofrío al posar sus pies sobre el suelo. Le llevó menos de dos minutos vestirse con la misma ropa que había utilizado la noche anterior, y se envolvió de nuevo con su bata para intentar evitar destemplarse. Se notaba muchísimo la bajada nocturna de la temperatura. Trató de domar su pelo con sus dedos y se lo recogió con la goma que aún llevaba en su muñeca en una coleta alta que le despejó el rostro al instante. Rehusó mirarse en el espejo antes de salir de la habitación, porque sabía que se vería horrible, con unas ojeras tremendas y con la cara a medio componer por acabar de despertarse. Aunque también intuía que la felicidad que corría por sus venas como el más maravilloso de los chutes la estaría haciendo brillar con un equilibrio mental que ya creía olvidado e imposible para ella.

Se detuvo un instante ante la puerta y agudizó el oído. Aún escuchaba a su hijo en el baño, ya con el grifo cerrado, y a María José en la cocina. Inspiró y espiró un par de veces y luchó por contener la sonrisa que desbordaba su rostro, reflejando un poquito del éxtasis que sentía por todo lo vivido, y otro poquito del ansia que la devoraba al pensar en volver a verla. Como si los pocos minutos que llevaban separadas ya hubieran sido más que suficientes. Accionó el picaporte de la puerta al tiempo que su hijo hacía lo mismo una puerta más allá y se encontraban frente a frente en el pasillo, mientras ella se frotaba los ojos tratando de evitar la ceguera que el golpe de luz le había provocado.

- …Tal vez usted la ha visto, dígale que yo siempre la adoré, y que nunca la olvidé, que mi vida es un desierto y muero yo de sed… - Bruno sonrió con todas sus fuerzas al descubrirla recién levantada en el pasillo, y se acercó a toda prisa en su dirección. Ella chasqueó su lengua, parpadeando para intentar enfocarle adecuadamente. El sonido del agua corriendo se detuvo en la cocina y pudo identificar los pasos acelerados de su papá. No tenía mucho tiempo antes de que le impidiese seguir sacándole partido a esa situación tan surrealista que estaban viviendo -. ¡Buen día, má! - se acercó a ella y la abrazó efusivamente al tiempo que besaba su mejilla, mientras ella devolvía su abrazo desconcertada -. Pues es que me pareció muy apropiada para el momento, ¿no?

- ¡Bruno! ¡Te dije que no la despertaras!

La figura de María José apareció en el umbral de la puerta de la cocina y se dejó caer contra el marco de la puerta, divertida. Paulina se volvió hacia ella, con las mejillas encendidas por un repentino rubor, y le sonrió tímidamente. Ella se perdió en su mirada y dejó que el júbilo resonase en su interior. Quiso correr a cubrirla de besos, pero se contuvo porque su hijo aún seguía justo ahí, a su lado, riendo y sin dejar de cantar a gritos. Estaba guapísima, completamente arrebatadora. Volver a verla recién levantada, con su belleza natural al descubierto, sin maquillajes ni adornos, sabiendo que así había pasado la noche entre sus brazos, la eclipsó y amenazó con hacerla perder la razón. Oh Dios, joder. Maldito Bruno, tenía que largarse de ahí ya.

- Se despertó sola, yo ni armé alboroto - señaló el muchacho, fingiendo una inocencia que distaba mucho de sus intenciones reales cuando se había esforzado por hacer de forma discreta el ruido justo para interrumpir su sueño. El niño alternó su mirada entre las dos y llenó de nuevo sus pulmones de aire -. Y dígale también que sólo junto a ella puedo respirar. No hay brillo en las estrellas, ya ni el sol me calienta, y estoy muy solo aquí. No sé a dónde fue, por favor, dígale usted…

- No te apures, no pasa nada - Paulina golpeó el hombro de su hijo para tratar de detener su canto, y acto seguido acarició con ternura su mejilla -. ¿Ya te vas para la escuela, mi amor?

- Sí, . Sí que dormiste bien, ¿cierto? - Bruno le guiñó un ojo sugerente y se alejó de ellas hacia el perchero para tomar su abrigo y ponérselo, volviendo junto a su mamá para mirarla otra vez a los ojos, sin ocultar su sonrisa. Estaba a punto de soltar su última bomba -. Mira qué cara de bien relajadota te dejó mi papá - besó de nuevo su mejilla ignorando la rigidez que le invadió al escucharle, y se colgó la mochila en el hombro -. Aunque a lo mejor todavía quieres reposar y recuperar un poquito más de toda la energía que perdiste anoche.

- ¡Bruno! - la reprimenda de su papá, contenida en una sola palabra, le indicó que ya había llevado al límite sus posibilidades, y se dio por satisfecho.

- Ya me voy - besó también la mejilla de María José y se alejó a toda prisa hacia la puerta. Había llegado el momento de desaparecer -. ¡Después nos vemos! ¡Que tengan un lindo día!

Paulina estaba roja de vergüenza mientras le observaba dirigirse hacia la puerta de la calle, y María José aprovechó para aproximarse a ella con toda la calma del mundo, disfrutando de la visión de la mujer esperándola impaciente justo delante de ella. Al final su hijo se había salido con la suya, pero no le importaba en absoluto porque por fin iba a marcharse de allí para dejarlas solas. Ella la miraba tratando de evitar un ataque de pánico por lo que se estaba reproduciendo en su cabeza, que no era más que una imagen de su hijo despertándose en medio de la noche, viendo y escuchando cosas muy poco adecuadas para su edad. Y todo por culpa de ellas y de la pasión desenfrenada que habían liberado de forma muy inconsciente, teniendo en cuenta que tenían a un adolescente durmiendo en la habitación de al lado. La sola idea la hacía querer morirse. María José rodeó su cintura con sus manos y besó delicadamente su frente, transmitiéndole una paz que ella buscaba recobrar de forma desesperada tras el apuro que le había generado el comentario de su hijo.

- ¡Se guardan un tantito para después, que lo están soltando todo muy rápido!

Las dos se volvieron rápidamente hacia la puerta con unos ojos cargados de ganas de asesinarlo, porque su malicia parecía no tener fin, pero sólo alcanzaron a ver cómo se cerraba tras él, y el silencio tras la tempestad llenó la estancia.

- Ay no, qué vergüenza - articuló Paulina, completamente abochornada.

- No se ha enterado de absolutamente nada - ella la pegó a su cuerpo, intentando calmar sus ánimos. No había sabido detenerlo a tiempo, pero no quería tener que pagar las consecuencias, porque a ella le daba igual lo que él pensase. No podía contener la felicidad que la inundaba al volver a verla junto a ella -. Sólo te está haciendo rabiar - buscó sus labios y los rozó lentamente, disfrutando de volver a sentirlos a su disposición -. Aunque bien podría haberte oído anoche, que no te has cortado ni un poquito - murmuró sobre ellos, ganándose un golpe cariñoso en su hombro.

- Bueno, ya contigo también.

María José ignoró su comentario y navegó en sus ojos castaños, esos que tanto le gustaban, y que estaban completamente llenos de felicidad e ilusión. Brillaban con luz propia, seguramente igual que los suyos. Allí estaba su mujer, en el pasillo de su casa, regalándole la mejor mañana que podía imaginar sólo a ella. Qué fantasía, joder.

- Buenos días, preciosa - le dijo, volviendo a besarla. Paulina respondió a su beso con intensidad, como si hiciese siglos que sus labios no se encontraban, y rodeó su cuello con sus brazos para pegarla más a ella. Cuando se quedó sin aire se separó lo justo para poder besar su nariz y juntó sus frentes, cerrando sus ojos. Sus corazones volvían a danzar desbocados en sus pechos, ninguna terminaba de creerse lo real que era tenerse como se tenían en ese momento.

- Hola - respondió con voz melosa, sabiéndose deseada.

- ¿Has dormido bien?

- Pues tenía ya mucho tiempo que no dormía así - reconoció, hundiendo el rostro en su cuello para dejarse abrazar.

- ¿Y la resaca? - la vio arrugar la nariz y rio. Sabía a la perfección lo que eso significaba, que era poco más o menos que se estaba muriendo. Paulina no hizo caso de su risa y se concentró en olfatear el ambiente, logrando identificar un aroma que conocía muy bien -. ¿Preparaste café?

- Preparé café, pero tú no vas a probarlo - afirmó María José, tajante -. Todavía le debemos unas cuantas horas a la cama.

- Ay, puedo tomarlo y seguir durmiendo después - Paulina la miró haciendo un puchero, conocedora de cuánto le costaba resistirse a sus súplicas. María José se mantuvo firme y negó con la cabeza.

- Prefiero no arriesgarme. Tengo que encargarme de que descansas todo lo que debes, no voy a perderte por extenuación ahora que te acabo de recuperar - se acercó a su oído y la hizo estremecer -. Y me consta que la noche ha sido larga y que no has dormido demasiado.

- Ya, por favor.

Paulina levantó los brazos en señal de rendición y se separó de su cuerpo tras besar su mejilla. No iba a persuadirla de nada, lo sabía bien, y no tenía ánimo para empezar una pequeña guerra por el simple placer de salirse con la suya, porque no iba a llevarlas a ningún lado. Su cabeza no daba para más, y tampoco lo necesitaba. Lo único que quería es que ella volviese a abrazarla con todas sus fuerzas mientras el mundo se detenía. Le guiñó un ojo y entró de nuevo a la habitación, directa al baño. Tenía que vaciar su vejiga si pretendía seguir durmiendo. María José la siguió y se deshizo de la bata para esperarla tumbada en la cama. Ella regresó sólo dos minutos después y, repitiendo sus movimientos, se dejó caer justo a su lado y se acurrucó en su pecho, estrujándola con todas sus fuerzas y depositando pequeños besos por su clavícula. María José cerró los ojos y dejó que la paz la invadiera mientras acariciaba su espalda con ternura. Había perdido la cuenta de cuántos momentos mágicos estaban viviendo juntas desde que se habían reencontrado. No podía creerse la suerte que tenía, qué jodida maravilla era todo.

- ¿Estuve bien? - susurró Paulina de repente, pillándola con la guardia baja.

- ¿Qué?

- Yo… Anoche. Que si lo hice bien… Contigo - se separó un poco de ella para poder encontrarse con su mirada, mostrándole que la suya estaba poseída por el apuro de atreverse a hacerle esa pregunta, que seguramente le estaba quemando por dentro. Porque su Paulina no soportaba no saber o no controlar algo, no concebía el estado de calma mental, no existía para ella. Por muy feliz que estuviese. Se mordió el labio inferior y volvió a interrogarla con la mirada -. Ya sabes.

- ¿Volvemos a lo de morirnos de la vergüenza? - exclamó riendo, jamás entendería por qué de repente ese tipo de conversaciones le suponían tanto esfuerzo -. Ha sido increíble, Paulina. Deja de preocuparte por idioteces - se acercó a sus labios y los besó fugazmente -. Estuviste exquisita, ha sido una de las mejores noches de mi vida. Y todas las mejores son contigo. Me tienes loca - ella bajó la mirada sin poder contener una sonrisa sonrojada -. ¿Y yo? - le preguntó, fingiéndose inocente -. ¿Estuve bien?

- ¡Ay, María José! ¿Cómo no? - la miró sin poder ocultar su sorpresa ante semejante pregunta -. Tú siempre sabes cómo hacerla conmigo. O sea, yo ni me puedo aguantar de sonreír de lo feliz que me siento.

Las dos rieron al unísono, dejando escapar ese pequeño resquicio de duda que dejaba en el aire la posibilidad de que la otra no lo hubiese vivido de la misma manera. Funcionaban juntas, les iría bien. Podían volver a hacerse felices. Ya lo estaban haciendo, de hecho. Hasta un punto casi inimaginable. Estaban listas para enfrentarse de nuevo al Universo y a todo lo que les tuviese preparado, y a salir victoriosas de cada batalla. Porque ahora sabían que se tenían de manera incondicional y con una devoción absoluta. Como siempre fue, incluso en el silencio de la distancia. Nada se había perdido, su amor había salido intacto de la más dura de las guerras. Y allí estaban ellas, dispuestas a disfrutarlo como nunca, siendo exactamente quienes estaban destinadas a ser.

La tranquilidad que se palpaba en la habitación volvió pesados los párpados de Paulina, que con las suaves caricias de su acompañante dejó que su respiración aminorase el ritmo y se preparó para dejarse caer en los brazos de Morfeo.

- Pau, te juro que mientras yo esté a tu lado no te va a faltar ni uno solo de todos los putos orgasmos que te mereces - murmuró María José, deseando que aún pudiese oír esa promesa que necesitaba decirle y que le quemaba por dentro -. Y espero poder quedarme a tu lado siempre - sintió que se removía entre sus brazos y sonrió al saber que había llegado a tiempo. Ella se tomó un minuto antes de responderle con un hilo de voz casi imperceptible, dominado por el sueño que estaba a punto de ganarle la partida.

- Te devuelvo la promesa, porque yo no quiero que te vuelvas a ir nunca.

- ¿Hay trato entonces? - preguntó, besando su frente.

- Trato - Paulina arrastraba las palabras, pero aún alcanzó a localizar a tientas su mano y entrelazar sus dedos con los suyos -. Te amo, María José.

- ¿Y si empezamos a ponerlo en práctica ya mismo? - sugirió, sabiendo de antemano que su mujer estaba luchando por no quedarse dormida sobre ella.

- ¿Que no me querías para que durmiese más? - exclamó ella haciendo un gran esfuerzo por sonar convincente y lograr evitar una tentadora oferta, y pellizcó uno de sus dedos.

- Por supuesto - rio y la apretó muy fuerte, no podía quererla más -. Descansa, Paulina. Nos queda todo el tiempo del mundo.

- Más tarde seguimos - la oyó murmurar justo antes de dejarse vencer por el sueño de una vez por todas.

- Claro - colocó cuidadosamente un mechón de su pelo tras su oreja y sonrió, embriagada por su cautivadora belleza -. Te amo, Paulina de la Mora. Te amo con locura - susurró, cerrando sus ojos también.

Se dejaron mecer por la paz que sentían, acunadas por la más pura de las alegrías, y se abandonaron al descanso que las dos tanto necesitaban, dentro de ese pedacito del mundo que estaba reservado sólo para ellas.

Ninguna sabía qué pasaría mañana. Ninguna sabía lo que iba a venir ni cómo. Llegarían guerras, de eso no tenían ninguna duda. Nada sería fácil y tendrían que ponerse a prueba todo el tiempo. Pero se habían elegido otra vez, y sólo por eso cualquier cosa merecería la pena. Porque fuese lo que fuese lo que les sucediese, podrían con ello. Porque estaban juntas. De nuevo. Y, sobre todo y ahora sí, preparadas para disfrutar de esa exclusiva e íntima, efímera pero inquebrantable, y de alguna forma eterna, porción de felicidad que la vida había decidido concederles, en la más maravillosa de las treguas que hubieran podido imaginar.

Y sería juntas.

De nuevo.

Juntas.

Déjame un minuto en ti.

Siento que no puedo huir, y te juré que no iba a estar.

Pero es que no he podido.

No sin ti.