Capítulo 13

BORRÓN Y CUENTA NUEVA

"Jamás quieras declarar tu amor,

Amor que jamás declarado ha de ser;

Pues el viento sopla

Silencioso, terrible, invisible".

–William Blake

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Peter no respondió la primera vez que Tony llamó. Estaba ocupado ayudando a Ned a empacar sus cosas para su viaje a Chicago. MJ también estaba ahí, gruñendo todo el rato.

En cierta forma, aquella casualidad puso en marcha una serie de eventos que, antes o después, terminarían colisionando.

—¿Tienes todo? —Peter jadeó por la última maleta que había cargado a la cajuela del taxi. Sudaba tanto, que contemplaba la posibilidad de quitarse la sudadera verde y su camiseta llena de protones, pese al clima frío.

—Creo que sólo faltó empacar su maquillaje —resopló MJ. En sus manos llevaba dos mochilas con la apariencia de albergar rocas, y en su cabeza los rizos estaban más enredados que de costumbre. Ella tenía un suéter gris de franela y pantalones negros—. En serio, ¿quién lleva tanta mierda para un viaje de una semana?

—Para tu información, van a ser dos semanas —Ned tomaba una soda de dieta mientras casi rozaba la nariz sobre la pantalla del celular, texteando como loco. En Chicago el sol brillaba, de modo que él había optado por unos shorts de verano, una camisa hawaiana y su siempre confiable sombrero—. Además, le prometí a Betty que le mostraría mi colección de videojuegos.

—¿Ella te pidió que lo hicieras? —La voz de MJ destilaba tanta incredulidad como escepticismo.

Ned levantó la mirada.

—No, pero… seguramente le encantarán, ¿cierto? ¡Son toda una súper antología de lo más retro en las últimas décadas!

MJ se le quedó observando a Ned sin parpadear ni una vez. De pronto, y para sorpresa de todos, giró sobre sus talones sin lanzar una respuesta sarcástica o venenosa y subió las escaleras que daban al apartamento.

—Demonios, ese viaje a Montauk sí que la volteó al revés.

Peter miró a Ned, pero su amigo había clavado la vista otra vez en la pantalla de su teléfono.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, evitando fijarse en la prolongación de mensajes llenos de corazones que parecía mandarle a Betty cada minuto.

—¿No lo has notado? Desde que conozco a MJ, siempre ha tenido un sólo y perpetuo estado de ánimo: irritada. Pero ahora es como si… es como si le hubieran quitado las baterías —dijo en un tono más delicado. Incluso bajo el teléfono y miró a Peter—. Rara vez discute conmigo, y bien sabes que a ella se lo toma como deporte. Ahora sólo se la pasa viendo su teléfono como una adicta —Peter estaba a punto de abrir la boca para decir a quién más se le parecía, pero lo dejó continuar—, y diría que incluso se le nota melancólica.

—Debió ser muy duro cuidar de su abuela enferma, ¿tal vez? —sugirió Peter, inseguro.

—Sí, tal vez —concedió Ned—. Aunque dijo que la había despedido en buenas condiciones.

—Ahora que lo mencionas, me da la impresión de que está enojada. ¿Recuerdas cuando Liz y ella se pelearon? Durante dos semanas se la pasó enfrascada en seis volúmenes de unos libros que, según sus palabras, pesaban más que mi cabeza. Apenas nos dirigió la palabra, y solía ir voluntariamente a detención para…

—Para dibujar caras tristes, sí, recuerdo mi retrato —Ned sacudió la cabeza, como si intentara apartar el recuerdo lejos—. Si quieres mi opinión, apuesto a que se trata de su padre. Siempre discuten por la carrera que ella eligió, y el otro día me dijo que tenían serios problemas de dinero. Apuesto a que su papá ya no quiere pagar sus cursos de fotografía y que…

—¡Hey! —gritó MJ desde la ventana de su apartamento—. ¿Quieren dejar de cuchichear como dos señoras ancianas? ¡El taxista intenta decirles algo!

Un hombre en sus cuarentas habló con un grueso acento de algo que pareció turco, y apuntó las manos desesperadamente en dirección a la calle.

—Oh, sí, sí, ya voy, lo siento, lo siento —se apresuró a decir Ned.

—Que te vaya bien en tu primer viaje con Betty —dijo Peter, dándole un abrazo—. Diviértete.

—Gracias. Aunque la mayor parte del tiempo estaremos en conferencias —dijo Ned sobre su hombro antes de separarse—. Nuestra única ilusión es probar las rosquillas con tocino. Tienen una sorprendente franquicia donde juntan el betún con carne y…

—¡Abuelitas! ¡Ya dejen de hablar sobre el mejor patrón de costura!

—Ella está bien —se dijeron Ned y Peter al unísono.

Antes de que Ned se metiera al taxi, y poniendo a prueba la frágil paciencia del conductor, hicieron su saludo mandatorio para despedirse.

—Sí, serás muy bien extrañado —bufó MJ desde la ventana—. ¡Adiós, señor Ned de Betty!

Ned le enseñó el dedo de en medio, a través de la ventana trasera del coche, mientras éste arrancaba.

Peter esperó hasta que el taxi desapareciera en el tráfico de la ciudad para subir a su apartamento. Rumbo a las escaleras, casi fue volcado por MJ.

—¿Ya te vas? —preguntó Peter, notando que sobre la espalda tenía su mochila negra—. Pensé que íbamos a almorzar juntos.

—Íbamos, pero luego recordé que tengo unas veinte clases atrasadas —con gesto impaciente, se alisó la maraña de rizos y los puso detrás de una oreja—. Aparentemente, preparar sopa de habichuelas con pepitas para tu abuela en Montauk no hace maravillas con tu promedio. Y mis profesores de fotografía demandan unos inexistentes avances en mi portafolio. Adiós, perdedor.

—Adiós, M —Pero su amiga ya se había evaporado— J…

Encogiéndose de hombros, Peter se dirigió a su apartamento bajo una lluvia constante que se había contenido hasta justo antes de que sus amigos se marcharan. Agradecía que hubiera sido así de oportuna, pero después recordaría enviarle un mensaje de texto a Ned. El mal tiempo siempre atrasaba los vuelos.

Atravesó la puerta de su hogar, y sintió el chapuzón de viento frío, como si un fantasma lo hubiera atravesado a cuerpo entero. Pronto descubrió que no era sino por la ventana que MJ había dejado abierta. Las paredes de piedra encerraban el aire gélido de afuera y se expandía por cada resquicio que no generaba calor. Peter se apresuró a cerrarla. Pero entonces lo que recibió a cambio fue un silencio ensordecedor. Miró a todos lados, como buscando la fuente de tanta calma, y sólo encontró un espacio vacío, demasiado amplio para alguien como él, que necesitaba ajetreo y movimiento.

Peter no estaba seguro de cómo le haría con tantos metros cuadrados a su disposición, pero ya se le ocurriría algo.

Podría empezar aprovechando a salir más con May, que, tras una extensa charla por teléfono la noche anterior, ambos se pusieron al día y prometieron cenar más a menudo. También ella le dijo que tenía algunas noticias importantes para él. Peter encontraría una tarde y un sitio adecuado para que pudiera contárselo. Bien, ¿qué más haría? Podría renfocarse en sus investigaciones de laboratorio. Día y noche, buscaría la forma de crear suficiente resistencia en un tejido que él lo llamaba "red de araña". Y con tanta soledad, incluso hasta podría dejar los platos sucios si quisiera. Okey, eso ya era un hábito irremediable que nunca dejó de perseguirlo. Entonces podría practicar la limpieza profunda. A Ned le gustaría eso cuando volviera.

Pero, mientras tanto, el tipo de clima que continuaba azotando Nueva York reclamaba una infusión de té caliente. Haría eso primero y luego todo lo demás.

Oyó su celular proviniendo de su dormitorio cuando estaba encendiendo la estufa.

Dado que no esperaba aquello, le tomó tiempo revisar las letras que aparecían en la pantalla. Así que, al leer el nombre de Tony, sintió que se le encogía el estómago y, al mismo tiempo, cientos de lucecitas prendieron en su interior y levantaron su ánimo de golpe, como si de repente hubiera parado una agonía que no sabía que estaba sintiendo.

—¿Tony? ¿Qué, qué estás…? No se supone que debes llamarme todavía —Aunque le intrigaba mucho, y en cierta medida le preocupaba, no pudo evitar una sonrisa—. ¿Cómo va tu…? Um… ¿está todo en orden?

Peter. —No, no lo estaba. Podía saberlo incluso por su tono. Algo había pasado—. Ven a la mansión. Necesitamos hablar.

—¿A la-la, la, mansión? ¿Por qué? ¿Por qué ahí? ¿Por qué no tu apartamento? ¿Qué pasó con tu…?

—Te lo explicaré todo cuando llegues. JARVIS está afuera esperándote.

—¿JARVIS? —repitió como si no recordase a quién le pertenecía ese nombre.

—Afuera, Peter. Mira en tu ventana.

La lluvia comenzaba a empañar la ventana, pero aquello no le impidió divisar el auto que opacaba en estilo y clase al resto de coches estacionados sobre la calle.

—Ah, ya lo veo. ¿Por qué quieres que…?

—Te lo explicaré cuando llegues.

Y cortó la llamada.

Mordiéndose el labio, Peter salió por la puerta, bajó las escaleras, y tuvo que regresar inmediatamente, porque había dejado la estufa encendida. La tetera producía el silbido de cuando ya estaba lista, con el humo sobresaliendo de la punta. Peter notó que le temblaban las manos casi de manera imperceptible mientras volvía a salir. En su mente se desarrollaban múltiples escenarios y posibilidades, la siguiente más alarmante que la anterior.

—Hola, JARVIS —le dijo al aire tibio del Audi cuando entró. El coche se puso en marcha sobre el instante en que Peter cerró la portezuela. Ambos asientos –conductor y copiloto– estaban vacíos.

"Hola, señor Parker"

—¿Sabes por qué Tony sonaba tan…um, preocupado? ¿Qué está pasando?

"Esa información será proporcionada por el señor Stark en breve"

—Genial —Mientras se preguntaba si JARVIS era capaz de pillar el sarcasmo, palpó sus bolsillos. Tal vez podría enviarle un mensaje a Tony en el camino—. ¡Mierda!

"¿Sucede algo, señor Parker?"

—Dejé mi celular a lado de la estufa.

"¿Debería darme la vuelta?"

—No, no, um, no, gracias. No lo necesitaré, ¿verdad?

"Eso no puedo saberlo"

—Sí, um, no, sólo… —observó que la calle por donde transitaban estaba repleta de vehículos. Sería difícil y tardado darse la vuelta—, está bien así.

"¿Seguro?"

—Sí, no te molestes. Estaré con Tony, ¿verdad?

JARVIS no dijo nada. Durante el viaje Peter se limitó a observar las incontables avenidas, cruces y tiendas que recorrieron, tratando de no pensar en la voz de Tony. Aquel tono que no necesariamente infería que algo terrible estuviera ocurriendo, pero algo no estaba bien tampoco.

La ansiedad que le había trepado por la columna vertebral no se calmó cuando el Audi sin conductor aparcó junto a la mansión, sino que se le agarró a la nuca como si tuviese garras.

—Gracias, JARVIS.

"Hasta pronto, señor Parker"

El auto se puso en marcha por sí solo, dejando a Peter cerca de la entrada.

Peter ya había estado antes en aquel lugar, con sus techos altísimos y su tecnología de punta. Sabía lo bonito que resultaba todo cuando no tenía los nervios estrujándole el pecho.

Al caminar hacia la mansión que supuestamente Tony y Pepper Potts habían comenzado a compartir, poco antes de dar inicio a su infructuoso matrimonio, Peter se vio a sí mismo como el alienígena intruso de un planeta distante pisando territorio ajeno y nuevo. Se sentía mal, en varios niveles.

No hubo necesidad de llamar a la puerta, ésta se abrió sola.

El alienígena asomó primero la cabeza, temeroso de anunciar su llegada. Buscó a Tony con los ojos. No lo vio, pero escuchó su voz.

—Aquí, Peter.

Otra vez ese tono, pensó mientras se guiaba por el sonido. ¿Por qué parecía tan disgustado o, mejor dicho, como si intentara no parecer disgustado?

Verlo, iluminado por la luz chispeante de cinco lámparas de techo sobre una enorme sala, no aminoró aquel hecho fehaciente.

Su cara estaba surcada de arrugas, enmarcada por un pelo sin arreglar. Fuera de eso, su ropa lucía tan pulcra como siempre, con una playera gris azulada con botones, pantalones azules y un reloj táctil. Parecía un hombre envejecido, fruto de las preocupaciones más que por la edad, pero que había insistido en vestir juvenil y despreocupado.

—Tony, ¿qué está pasando?

—Toma asiento.

La sala era una estancia espaciosa, y en ella había una mesa ovalada sobre la cual estaban dispuestas varias licoreras, además de vasos de cristal fino y unas antigüedades de cerámica. Alrededor de la mesa, esponjosos sillones rojizos estaban a la disposición, como invitando a poner los pies en alto y una copa entre las manos.

Pero Peter, que tenía las manos metidas en el regazo, pensó que jamás se había sentado en el lugar más incómodo de la galaxia. Dominando el impulso de atropellar sus preguntas, esperó. En el largo proceso de esperar, reconoció que Tony estaba pálido. Inclusive parecía enfermo.

—No sé cómo decirte esto, Peter —inició Tony, sin mirarlo a los ojos—. Ni siquiera he podido ensayarlo en mi cabeza. Así que perdóname si sueno demasiado brusco, o repentino, o directo; incluso a mí me cuesta asimilarlo. Simplemente te lo diré —inspiró hondo—. Pepper está embarazada.

Asombrado, Peter habría dado un paso atrás, como si lo hubiera golpeado, de haber podido.

—Aunque en la luna de miel no hicimos mucho excepto ocasionalmente gritarnos en la cara, hubo un momento en que… bueno, logramos reconciliarnos justo antes de que sucediera el problema con Obie. Ya sabes, lo que salió en las noticias y la razón por la que regresé tan pronto. Desde entonces, Pepper se negó a dormir en la misma cama que yo.

Miró a Peter para luego desviar la mirada un segundo después. Peter se preguntó qué clase de expresión le estaba deformando la cara para que Tony fuera incapaz de sostenerle la mirada.

—Pero esa es la razón por la que Pepper regresó, y es la razón por la que quiere arreglar las cosas entre nosotros. No quiere hacer esto sola —Tony cerró los ojos y tardó en pronunciar sus siguientes palabras, como si éstas fueran pesadas, tan pesadas que las encontraba difíciles de vocalizar—. Y yo tampoco quiero que lo haga sola. Esta mañana moví mis cosas del apartamento hasta… aquí.

—¿Ella está aquí? —Consciente de la forma en que su voz sonaría, Peter hizo la pregunta de todos modos, porque el terror de verla le aplastaba el estómago.

—No —dijo Tony, desatando uno de los cien nudos que se arrebujaban en su garganta—. Fue de visita a casa de su madre para comunicarle la… noticia.

—¿Ella sabe?

Tal vez no había sido muy claro, pero observó la comprensión destellando en la mirada de Tony. También observó la monstruosa culpa y una negación de cabeza.

—Sé perfectamente que no es la situación ideal para criar un bebé —se excusó de inmediato—. Tres días antes, formulaba múltiples aproximaciones para pedirle el divorcio, y estaba convencido de que ella, en el fondo, también lo querría. Pero ahora la situación es diferente. Voy a ser padre. Y un padre no puede llevar una doble vida. Un padre no puede abandonar a su familia.

Un frío amargo y brutal le llegó directamente a los huesos, que parecieron hacerse frágiles y finos como cristal. La temperatura de la sala pareció descender unos diez grados y Peter comenzó a temblar. Aun así, haciendo acopio de todas sus fuerzas, abrió la boca:

—Lo que te dije antes… acerca de darme explicaciones…lo mantengo. No soy yo quien las merece. Pero, aun así, reconociendo que no tengo voz ni voto y que probablemente no quieres saber mi opinión en el asunto… no creo que un padre que se sienta atrapado en su vida, en su matrimonio, sea exactamente lo mejor para un niño.

—¿Tú qué sabes? —replicó Tony con tanto ímpetu que los dos se sorprendieron—. Lo siento. Es sólo que…No tienes idea…Yo nunca tuve un padre. Es decir, lo tuve, simbólicamente hablando, pero nunca estaba ahí. Y si bien, no engañó a mi mamá, era mucho más devoto a su otro amante: el trabajo. Nunca desarrolló tiempo ni cariño para su familia. Y yo aprendí a sentarme a la hora de la cena junto al mayordomo mientras él cerraba un trato para destruir el mundo, a sabiendas, o quizá no. Nunca se lo pregunté, porque nunca estaba ahí. Entonces me hice mayor, él murió, y decidí que no quería ser ese hombre. Yo quería ser algo diferente.

—¿Siempre quisiste un hijo?

Había dado en el clavo. Incluso lamentó haberlo hecho. La expresión de Tony fue penosa.

—Es lo que es. Me costará, seguro, pero sé que no estará mal. Sólo que no podía quedar más lejos de todo lo que había imaginado cuando imaginaba cómo sería mi vida. Lo cual no quiere decir que sea malo, solo que… si me hubiesen dado un millón de opciones para adivinar adónde me llevaría la vida, jamás habría acertado.

—¿Qué te imaginabas? —No podía creer la serenidad con la que hablaba, aunque en su interior sentía como si le hubieran asestado una puñalada en el corazón.

—A ti no, definitivamente —Tony casi sonrió—. Eres lo más inesperado que me ha sucedido. A menudo lo inesperado es lo que te cambia la vida. Y tú me has cambiado en formas que no te imaginas.

—Pero no soy suficiente —dijo Peter. Las palabras brotaron con una sensación de temerario abandono. Ya nada le importaba—. Nunca he sido suficiente, porque si no, jamás te habrías…Y ahora no estarías…—De repente sintió mucha presión: en la garganta y detrás de los ojos. No podía permitirse ceder a ella.

—Tal vez necesito averiguar si puedo dejarte ir. Tal vez necesito intentarlo con Pepper una vez más, por el bien de mi hijo. Quizá sea lo mejor para todos.

—Tal vez deberías pensar en qué te hace feliz, en lugar de considerar qué es lo mejor.

—Ojalá fuera así de simple. Pero la vida es más complicada que eso. Tengo que hacer lo correcto por mi hijo. O hija. Todavía no sabemos—dejó escapar un suspiro imperceptible, como si intentase que pasara por alto—. Respecto a lo de Obie; voy a repetirte lo de siempre: lo tengo bajo control. No es necesario que te involucres. En realidad, haz todo lo contrario. Deberías… deberíamos dejar de vernos. Para siempre. Lo siento, Peter. Espero que lo entiendas y que consigas perdonarme. No puedo olvidar mis responsabilidades sólo por... —Peter creyó que iba a terminarlo con "ti", pero lo que Tony dijo al final fue—: un momento de maravillosa debilidad.

De alguna forma, eso resultó ser mucho peor.

—Así que fui un "momento" —Notó que el calor le subía al rostro y a la vez se le formaba una bola de hielo en el estómago. No estaba seguro de si era el resultado de la tristeza, el dolor o la rabia—. Déjame decirte algo: Tu "momento" y mi "momento" no transcurrieron al mismo tiempo. Mi momento empezó cuando tenía quince años. El tuyo inició hace dos meses. Mi "momento" empezó en el baño, cuando abriste la puerta y me viste desnudo.

Tony se puso rígido, pero Peter siguió adelante, empuñando la verdad con labios secos y un corazón agitado.

—Me viste desnudo —repitió, hondando el incómodo silencio de Tony—. Y luego yo te espié mientras te dabas un baño. Ambos fueron por accidente. Bueno, no tanto el segundo. Yo… —ante la mirada inquisitiva de Tony, Peter se detuvo y explicó—: El día de mi cumpleaños, me invitaste aquí, a la mansión. Llegué y pensé que no estabas aquí. Así que me puse a…merodear. Estuvo mal lo que hice, lo sé, pero no pude evitarlo. No sabía que había entrado a tu habitación, es decir, lo sabía, pero no…Saliste del baño y te vi por algunos segundos. Es inexcusable. Lo siento. Pero desde entonces yo… ¡Y han sido muchos momentos, no sólo uno! —De repente había comenzado a temblar—. Como la vez que me enseñaste a armar un motor y tuve una erección delante de ti. O cuando estábamos en la terraza y me ibas a besar, pero te detuviste y luego actuaste como si nada. Han sido muchas cosas, y cada día, mientras te movías arriba de mí, pensaba que ya no había actuaciones entre nosotros. Sólo la verdad.

Tony miró hacia otro lado. Lo hacía a menudo, cada vez que Peter reunía el valor para hablar y transmitir con una sola mirada varios recuerdos que amplificaban la tensión entre ellos.

—No quisiste hablarme de lo que sentías —farfulló.

—No podía. Si hubiera tenido las palabras, me habría atragantado. Tú estabas ahí, formalizando tu relación con ella, y yo no podía hacer nada más que observar. Después te comprometiste y… bueno, te casaste. No te culpo en absoluto por lo que yo estaba pasando. No lo sabías y yo no creí conveniente decirte.

—¿Pero por qué no me dijiste cuando empezamos a…? —regresó la mirada hacia Peter, pero encontró reticencia, como si se estuviera obligando a mirarlo—. Te habría ahorrado el sufrimiento.

—Principalmente por eso. Sufrimiento, sí, pero deseaba sentirlo, aunque fuera un poco. También porque pensé que no querías escucharme. Ya tenías bastantes problemas con la empresa, tu matrimonio y luego yo; si decidía arrinconarte con unos sentimientos que seguramente no ibas a poder corresponder, te habrías alejado de mí, y yo no deseaba eso. Deseaba tenerte, aunque fuera un poco. Me di cuenta muy tarde de que no quiero tenerte si no puede ser por completo.

Tony hizo un ruido de estrangulamiento en su garganta. Peter casi se detuvo justo ahí y entonces, pero ahora que las puertas estaban abiertas, las palabras se apresuraban unas tras otras.

—¿Tony?

Silencio.

Calló el tiempo suficiente para respirar hondo.

—Te amo. Siempre te he amado. Quizá no desde el primer día en que te conocí, pero se acerca bastante.

—Lo siento…No puedo…No puedo escuchar eso ahora. No puedo. JARVIS te llevará a casa. Tienes que irte.

Se levantó, retirando consigo las últimas cenizas de esperanza. Incluso bajo una visión borrosa, Peter pudo ver la distancia que se extendía entre ellos, y parecían kilómetros, no simples metros.

Con mucha dificultad, se levantó también él. Temía que, si se movía rápido, algo en su interior se iba a romper.

Tony desapareció tras una puerta, que Peter desconocía hacia dónde llevaba, pero sabía que no podía ir detrás de él.

Regresó entonces por el mismo camino que lo trajo.

Antes de abrir la reja de la entrada, un agarre, tremendamente desesperado, se cerró en torno a su brazo izquierdo.

—Espera —Tony jadeó. Nunca lo había visto llorar, pero parecía al borde de un colapso nervioso—. Por favor. Espera. Como has dicho muchas cosas, hay algo que yo también quiero confesarte. Me ha estado matando por dentro durante mucho tiempo. Y no creo que vaya a existir otro "momento".

La batalla interna en los ojos de Tony sería intrigante si no fuera por el escalofrío de terrible anticipación que se deslizó por la columna de Peter.

—Antes de casarme —inició lentamente—, Pepper puso varias condiciones… objeciones, diría yo. De las cuales, si no hacía algo, no nos casaríamos. En ese entonces pensaba que era lo normal. Le di lo que ella quiso. Pensé que me iba a odiar a mí mismo si no cedía. Sin embargo, hubo una petición que me causó más dolor que ninguna otra. Y fue en la que yo dejara de ser tu mentor.

Peter se mantuvo inmóvil en su lugar sin apenas parpadear. Tony prosiguió.

—Creo que te lo dije antes, pero Pepper siempre estuvo celosa de tu tía. Estaba celosa de muchas cosas, pero sus inseguridades la llevaron a ser una persona…quisquillosa, por decirlo así. Ella creyó que, alejándome de ti, me alejaría también de la tentación que "indiscutiblemente" me causaba tu tía. Lo digo con todo el sarcasmo del que soy capaz, porque nunca pensé en May Parker de esa forma.

Peter continuó mirándolo, sin saber qué decir. ¿Acaso importaba ahora?

—Me dije a mí mismo que si te dejaba solo, era únicamente porque sabía que tienes todo lo que necesitas para crecer en tu propia persona, sin demasiada influencia mía. Aun lo pienso.

Siguió un silencio enturbiado sólo por el eterno goteo del agua.

—Adiós, señor Stark.


Peter sentía una opresión en el pecho y pensó que desaparecería si lo dejaban solo y caminaba. Es por eso que rechazó la oferta de JARVIS de llevarlo a casa.

Las calles estaban desiertas y húmedas por la lluvia. Pocas personas transitaban en la acera, los tejados goteaban y el pavimento hacía resbalar.

Echó a andar en el frío a buen ritmo. Sorbiéndose la nariz, inclinaba la cabeza hacia atrás y miraba hacia arriba. Quería contribuir a que la gravedad devolviera las lágrimas a los ojos.

Llevando consigo nada más que ropa y sus penas, de alguna manera Peter estaba poniendo un pie delante del otro, pero no sentía las piernas. Lo que sí sentía era el peso de los dedos de Tony en su brazo, como aún lo estuvieran aferrando.

Se dirigió a Union Square. Llegó a un parque donde solía pasear con sus amigos, contemplando las hojas del sendero: hojas doradas y crujientes que era una masa putrefacta. Escuchaba los coches pasando sobre los charcos y sentía que el agua era empujada hasta sus pies.

Después, siguió andando. Quizá le tomara hasta el anochecer llegar a su apartamento, pero él necesitaba ese tiempo para acostumbrarse a la idea de que todo estaba acabado.

Sobre un amplio cruce, Peter esperó a que la luz cambiara para que él pudiera pasar.

La noticia se propagaría como una infección, iba pensando. Tony Stark, genio, multibillonario, filántropo, recién casado, recién peleado y recién conciliado con su esposa, tendría un bebé. Una descendencia para el mundo. Algunos lo llamarían su legado. Los medios se volverían simplemente locos. Seguirían el embarazo y el nacimiento, tratándolo todo como una historia de farándula. Su vida familiar estaría en la pantalla durante años, merodearían videos en internet sobre los primeros pasos del infante, se colarían viajes familiares, discursos de graduación, escándalos, cumpleaños, riñas (si es que sucedían en público), y futuras bodas, futuros planes; todo lo que aguardaba para esa familia con ese apellido estaría a disposición del público. De alguna manera, a Peter le alegraba ya no formar parte de eso.

Pero el aturdimiento estaba ahí. Aquella sensación sorda de pena también.

La luz peatonal cambió a verde.

Tratando de contener las lágrimas, porque sabía que si dejaba escapar una sola no podría retenerlas, cruzó la avenida. Quería sentirse furioso con Tony por haberlo enamorado hasta el tuétano. Quería sentir la ira quemarle la sangre, pero lo único que había era aquella pena, terrible y honda. Tampoco podía decir que Tony pareció complacido ni engreído al saber que Peter estaba enamorado de él. Realmente pareció conmocionado y luego triste. ¡Oh, dios, eso era peor!

Pero lo peor de todo era que Peter todavía quería a Tony y que, en su corazón desesperado de 18 años, sabía que no volvería a amar a nadie más.

La luz peatonal estaba en verde.

Es por eso que Peter no vio la furgoneta que lo aventó seis metros sobre la acera.

El dolor hendió en la cabeza de Peter como un golpe de espada. Todo se esfumó. Su consciencia se escabulló a un estanque de oscuridad sin fondo.