Carpe Diem
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N/A: En el capítulo anterior se me olvidó contestar las reseñas. Las contestaré ahora, aunque creo que algunas las respondí por privado, pero bah, lo hago de nuevo. Las voy a poner abajo para que no quede tan raro al principio de la historia.
Gracias por leer y espero que os guste.
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Un traslador los llevó a la vetusta mansión en la que se alojarían en adelante. Parecía aún más antigua que la anterior y en no mucho mejor estado, más bien al contrario. Atardecía cuando llegaron, y bajo la luz tenue todo allí parecía frío, húmedo y en diferentes grados de deterioro y descomposición.
Las oscuras y estrechas ventanas de la casa parecían ojos que los vigilaran, y el oscuro bosque que rodeaba la casa una tupida melena negra. Los jardines estaban descuidados, las fuentes abandonadas, secas y llenas de suciedad, y en el camino de piedra a la enorme puerta de entrada, la hierba crecía de forma desordenada, dificultando el paso. Hermione no tuvo nunca una sensación tan fuerte de no ser bien recibida en un lugar. Olía a tejidos viejos y a alfombras podridas, y la joven bruja pudo observar que la formidable puerta de entrada, de doble ancho y que llegaba al techo del primer piso, estaba astillada y enmohecida por abajo.
Antes de que a Bellatrix le diese tiempo a sacar la varita, la enorme puerta se abrió de par en par, dejando ver un oscuro zaguán de suelo de mármol ajedrezado donde dos magos, uno muy anciano y otro joven y apuesto, esperaban junto con un elfo que portaba un candelabro en la mano. Hermione pensó que ambos, pero en especial el más joven, le recordaban a alguien, alguien que conocía muy bien, pero a quien no podía poner nombre en ese momento, mas su curiosidad no tardó en verse satisfecha.
-Buenas tardes, pasen, y consideren esta humilde morada como su hogar, -dijo el mayor de los magos ceremoniosamente. -Buenas tardes, joven Malfoy, -añadió volviéndose a medias y dirigiéndose exclusivamente a Draco. Los tres magos se intercambiaron un asentimiento, y a Hermione le dio la impresión de que se conocían de antes, pero sus relaciones eran frías.
-Buenas tardes, Parkinson. ¿Por qué no ha salido a recibirnos también tu esposa? ¿No se alegra de mi visita? –Preguntó Bellatrix, ajena a la tensa situación, de la cual se daba cuenta perfectamente, aunque no parecía merecer su interés.
-Ruego que la disculpen: se encuentra muy enferma. Hace meses que no sale de la cama.
-Qué inconveniente, -dijo Bellatrix con frialdad. –En fin, procuraremos no molestar a Mrs Parkinson con nuestras idas y venidas. Nos gustaría ir a nuestras alcobas, para descansar antes de la cena. En el caso de que ya hayan cenado, nos contentaremos con cualquier refrigerio. Ese no será problema.
-Estábamos esperándoles para cenar, por supuesto. ¿Vienen ustedes solos, o esperamos a más huéspedes?
-De momento estamos nosotros solos. Puede que mañana se nos unan mi hermana y su esposo, más Dolohov, Yaxley, y nuestra querida Dolores Umbridge.
Al pronunciar ese nombre, ambos magos se encogieron visiblemente. Bellatrix era temida y respetada, pero quien de verdad inspiraba terror era esa sádica vestida de rosa. Al menos a la familia Parkinson.
-Muy bien, se hará como Madame desee, por supuesto. Para mañana tendremos preparadas habitaciones también para ellos.
-No será necesario, Parkinson: de ninguna manera deseo abusar de tu hospitalidad. Solo tendremos una pequeña reunión a puerta cerrada. Con que nos puedes proporcionar una salita y un almuerzo informal será más que suficiente. Después Dolohov, Yaxley y Umbridge se marcharán a sus quehaceres.
El anciano señor Parkinson no pudo disimular un suspiro de alivio al saber que no tendría que soportar a esa horrible víbora mucho tiempo bajo su techo. El chico tuvo un escalofrío, y sus manos se engarrotaron para luego esconderse tras su espalda.
-Por favor, por favor, pasemos al salón. Aquí estamos muy incómodos. Les enseñare sus habitaciones: está todo preparado.
Era un poco penoso ver al padre y al hermano de Pansy comportarse de ese modo servil: se notaba que estaban asustados. Con la deserción de la hermana y el hermano bajo arresto domiciliario por traición, la reputación de la familia estaba en un estado tan lamentable como su bóveda de Gringotts. La joven bruja no entendía por qué Bellatrix había elegido, entre todas las mansiones de mortífagos disponibles, esa precisamente.
Las habitaciones que les habían asignado estaban en el tercer piso de la mansión. A pesar de las más que evidentes goteras y de la humedad que levantaba el papel de las paredes, la bruja oscura comentó a Hermione que había elegido la última planta para tenerla para ellos solos. La privacidad era más importante que la comodidad, en su opinión.
La habitación de Draco estaba cerca de la escalera. Era luminosa, daba al jardín, y parecía relativamente cómoda. Allí lo dejaron cambiándose para la cena, mientras ellas avanzaban hasta el final del pasillo.
El elfo abrió la puerta de la habitación principal, y a pesar del estado de deterioro de toda la casa, la vista fue magnífica. La enorme cama con dosel rojo estaba situada en el centro de la habitación. A izquierda y derecha pudo ver dos mesillas de noche con lamparitas de gas. Un poco más allá, un enorme armario, y en el rincón más cercano a la puerta de entrada, un antiguo sofá de seda roja y dos sillones del mismo color conformaban algo parecido a una sala de estar. Gruesas alfombras persas cubrían el suelo, y una lámpara de araña adornaba el techo, que estaba decorado con un sinfín de molduras. Todos los retratos habían sido quitados, dejando tan solo un par de cuadros con motivos florales y paisajísticos: trozos cuadrados de pared con el papel más nuevo así lo atestiguaban.
Había también espejos, muchos espejos. La alcoba entera estaba llena de espejos de diversas formas y tamaños, todos con diseño rococó y marco dorado aunque tuviesen el cristal deslucido, y todos estaban habitados por el reflejo multiplicado y desvaído de los magos, la bruja, y la chica muggle. Hermione se sintió mareada por un momento: le dio la impresión de que había algo allí que la vigilaba, y buscó con la mirada un punto donde fijar su atención, recorriendo con la vista el mobiliario del vetusto dormitorio. Sus ojos buscaron la puerta de la opresiva habitación, y aparte de esta, encontró dos puertas más, una en cada extremo del cuarto.
Al fin sus ojos se dirigieron a un balcón acristalado, que le prometía un escape visual del opresivo dormitorio. Hermione apartó los gruesos cortinajes color escarlata que caían hasta el suelo y abrió las puertas, tocando los cristales con la mano, y a la pálida luz del atardecer contempló el espléndido paisaje que era el principal atractivo de esa habitación. Aunque la entrada principal daba al jardín, la parte trasera de aquél descuidado caserón solariego estaba en el borde de un acantilado. Era intimidante contemplar el mar desde aquellas alturas, y escuchar el oleaje romperse contra las rocas, aunque aquel atardecer neblinoso hacía que parte del encanto se perdiese.
-¿Te gusta, ratita? –Preguntó Bellatrix.
-Es… es alucinante, -apenas alcanzó a decir Hermione.
-Podrás asomarte todas las veces que quieras. Vas a dormir aquí.
Hermione se giró de golpe, boquiabierta. -¿Aquí? –Dijo apenas en un susurro.
-Sí, conmigo. Qué pasa, ¿algún problema? ¡Pensé que te había gustado el cuarto!
-No me vas a imponer que duerma contigo, de ningún modo. Antes prefiero dormir en el suelo. ¿Qué te has creído, que soy un juguete sexual?
-Te vas a congelar, ratita, -dijo Bellatrix riendo. –Ven, anda, reina del drama, -añadió la Dama Oscura abriendo una de las puertas.
-Veo que Madame recuerda bien la casa de la otra visita que hizo hace tantos años, cuando mi padre aún vivía. –Dijo el anciano Mr Parkinson.
-Recuerdo perfectamente esa visita, Parkinson: fue poco tiempo después de mi matrimonio con Rodolphus y nos quedamos en este mismo cuarto, -dijo Bellatrix suspirando.
-Este será tu dormitorio, ratita. Aunque la verdad, con lo estúpida que te has puesto, debería haber dejado que durmieras en el suelo. ¡A lo mejor el frío te ponía más suave!
Ante los ojos de Hermione se abrió una pequeña alcoba como la de un niño: hasta el ajado papel de las paredes tenía motivos infantiles de hadas y flores. A un lado había una pequeña ventana y bajo ella un escritorio, y pegada a la otra pared, una cama, una mesita de noche, y una cómoda. Toda la decoración era mucho más sencilla que en la habitación principal, pero aun así a Hermione le hubiese parecido cálida y acogedora, de no ser por la humedad.
A una indicación de Bellatrix, padre, hijo y elfo se retiraron, dejándolas solas. Hermione se sentó en la cama, y la mortífaga decidió que había llegado el momento de decirle a la chica lo mucho que le había disgustado (de nuevo) que maniobrase a sus espaldas.
-No sé qué piensas que ganas vistiéndote así, Maia. Yo te elegí tu ropa personalmente, pensando qué te quedaría mejor. ¡Parecías hasta de buena familia! Y mira lo que te ha traído mi sobrino ¡si ni siquiera es de tu talla!
-Mucho has tardado en reprochármelo…
-No quería hacerlo en público. He preferido tener la delicadeza de esperar a quedarnos solas.
Hermione no dijo nada. Aun estando enfadada con ella no había querido ser desagradable enfrente de desconocidos. Esto era un detalle por su parte, y tuvo que reconocer que lo agradecía. Era raro pensar que la Dama Oscura, la sucesora de Voldemort, estaba intentando ser buena con ella.
-Gracias Bellatrix. Gracias por eso. Es un detalle bonito que no hayas querido abroncarme en público. No te tomes a mal que Draco me comprase ropa: yo se lo pedí. Él solo quiso ser amable y que me sintiese más cómoda.
-¡Solo es cuestión de tiempo que te sientas cómoda con la ropa que yo te he dado! ¡Ni siquiera lo has intentado! Simplemente la has odiado, solo porque yo te he pedido que la llevases puesta.
-Bellatrix, no me lo has pedido. Me lo has impuesto. Hay una diferencia.
-¿Quieres que te lo pida? ¿Halagaría tu orgullo si te lo pido?
-¡No es eso! ¡No me entiendes!
-Estoy intentando hacerlo, Maia.
-No he tenido la posibilidad de elegir, ya lo has hecho tú por mí ¡si hasta me cambiaste el nombre!
-La libertad es una ilusión, Maia. ¿Te preguntaron tus padres si te gustaba tu nombre muggle antes de ponértelo?
-¡Es distinto!
-¿Por qué es distinto? Sé que yo no soy tu madre, pero también te aprecio. Si ella tiene derecho a ponerte un nombre feo y tú lo aceptas ¿por qué no aceptas el mío, que es mucho más bonito? No es tu nombre lo que rechazas ¡me estás rechazando a mí!
-¡Por favor, qué manipuladora! ¡Le estás dando la vuelta a todo para llevar la razón y quitármela a mí!
-Yo soy perversa y manipuladora, no como tú que eres inocente e ingenua y solo has estado conspirando contra mí con la víbora de mi hermana…
-¡Te lo he contado! ¡No fue algo que yo planease! ¡Ella vino contándome sus mierdas y ofreciéndome la libertad a cambio de ayudarla! ¡Pero yo no quise seguirle el juego!
-Me lo has contado solo porque yo lo sabía ya todo. Pero lo entiendo, Maia, y no estoy enfadada. Fue una tentación y tú no tienes tanta culpa como ella. Solo quiero que veas que ni yo soy tan mala ni tú tan inocente.
-¡Yo no soy así! ¡Yo no era así antes de que me metierais en vuestras movidas! –Exclamó Hermione casi a punto de llorar.
Bellatrix acarició su mejilla. –Calma, no pasa nada. Todo está bien. Ya te digo que no estoy enfadada contigo. Ponte esa horrible ropa muggle que te viene grande y con la que estás hecha un adefesio si quieres, si eso te hace sentir mejor. Ya te cansarás de llevarla y apreciarás la otra. ¿Contenta?
Hermione la miró con duda. Que Bellatrix diese su brazo a torcer y no amenazara con cruciarla ni con regalarla a algún mortífago era una novedad. En aquél momento la miraba muy de cerca, con sus rizos cayendo sobre su cara, y sus picudas uñas largas y pintadas de negro acariciando su mejilla.
-¿Piensas que soy una mala persona? –Preguntó Hermione.
-¿Te das cuenta a quién le estás preguntando eso? –Dijo Bellatrix por toda respuesta.
-Es bastante irritante que te contesten una pregunta con otra, -dijo Hermione frunciendo las cejas.
-Mira quién fue a hablar de ser irritante. Podríamos poner una fotografía de tu cara al lado de esa palabra en el diccionario, como definición gráfica, -dijo Bellatrix, sentándose a su lado en la cama, muy cerca de la joven.
Hermione la miró relajando el ceño, y soltó una breve risa. Bellatrix estaba muy cerca, sus narices casi se tocaban. Sonreía de medio lado, y a la gryffindor no le hizo falta saber legilimancia para ver claramente en su mirada lo que iba a pasar a continuación.
Los labios de Bellatrix se posaron sobre los suyos, de forma breve. Ya se habían besado antes, pero había sido… raro. En realidad esa vez no contaba, pensó Hermione. La chica puso su mano encima de la de la bruja, y luego pasó a acariciar ella también su rostro, mientras miraba sus oscuros ojos. Hermione pensó que era hermosa, y se extrañó de no haberse dado cuenta antes. Debía de haber estado muy distraída para no haberse percatado de algo tan evidente.
Que Bellatrix era preciosa no era siquiera discutible: sus ojos eran grandes y negros, sus facciones aristocráticas con un toque aniñado, su pelo rizado y salvaje y su cuerpo esbelto, fuerte, y ágil como el de una adolescente. Era mucho más hermosa que Ginny, que Tonks, y que todas las otras mujeres que le habían parecido atractivas. A su manera era incluso más hermosa que Fleur, porque el intenso brillo azabache de sus ojos oscuros era algo que ni tenía ni tendría nunca la veela.
Esta vez fueron ambas las que buscaron a la vez los labios de la otra, con mejores intenciones que resultados, pues al besarse chocaron, lo que provocó las risas de ambas. Un momento después volvieron a intentarlo, y esta vez Hermione la vio venir y se estuvo quieta, recibiendo sobre su boca la de la otra bruja, que rápidamente pasó la punta de la lengua sobre la delicada piel de sus labios para abrírselos. Hermione se dejó hacer, pero cuando la bruja oscura le metió la lengua, decidió contraatacar y buscar ella también su lengua.
Bellatrix sabía a menta. No a caramelos de menta o pastillas para la tos, sino a menta auténtica. Era como si hubiese estado masticando una fresca hoja de menta justo antes de besarla, lo que unido a su habitual perfume de jazmines y la suavidad de sus labios y su lengua en contacto con la suya, hizo que Hermione se sintiese afortunada de estar viviendo ese momento. Una de las manos de la bruja oscura se deslizó por detrás de Hermione, metiéndose entre su pelo y empujando su nuca contra ella.
Pararon para tomar aire, y las dos volvieron a reírse. Esta vez fue Hermione la que acarició con su nariz la de la Dama Oscura, buscando volver a sus labios. Ella no tardó en complacerla, y volvieron a besarse. Hermione sintió el suave empujón de Bellatrix, y se dejó llevar, encontrándose con que de pronto estaba tirada en la cama con la líder de los mortífagos encima.
Bellatrix se apoyaba con los codos sobre la colcha, sujetando el rostro de Hermione con las palmas de las manos. Hermione abrió mucho los ojos cuando notó la rodilla de la bruja abrirse paso de golpe entre sus piernas.
La slytherin sonrió de forma lasciva al percatarse de su sorpresa, mirándola por un momento a los ojos antes de recorrer con besos la línea de su mandíbula y susurrarle al oído "no tengas miedo, no pasa nada", mientras Hermione sentía cómo la rodilla de Bellatrix empujaba abriendo sus muslos. Por suerte llevaba los vaqueros puestos, pensó, pero enseguida sintió las manos de la bruja intentando torpemente abrir la cremallera de sus pantalones, preguntándole al mismo tiempo al oído cómo se abría la prenda. Hermione puso una mano sobre la suya, retirándosela.
La reacción de la mortífaga fue retirar la mano de la cremallera para colocarla en el hombro de Hermione y tirar de su escote. Se escuchó un ruido como de una costura al romperse, y la Dama le susurró al oído que no se preocupara, luego ella lo arreglaría con un hechizo, mientras su mano se colaba por la abertura y acariciaba el encaje del borde de su sujetador.
-Qué delicado. Me encanta, Maia. ¿Esto también te lo compró mi sobrino?
-No, este es el sujetador que llevaba cuando fui… cuando… bueno, cuando vine a vivir contigo. Me lo regaló Dora hace algunos años, -dijo Hermione antes de poder pensarlo bien.
Hermione pudo ver cómo la bruja torcía el gesto en cuanto escuchó ese nombre.
-Eso debió ser hace mucho. Deberías renovar con más frecuencia tu ropa interior, -dijo fríamente.
La joven bruja supo que había metido la pata. Pensó rápidamente en cómo arreglarlo, y supo que las palabras no serían suficientes, así que con rapidez pasó ambas manos tras la nuca de Bellatrix, para atraerla hacia sí y volverla a besar. Bellatrix parecía haber olvidado el desliz del sujetador cuando unos golpes sonaron en la puerta.
-Madame, la cena está lista, -dijo el elfo tras la puerta, con su desagradable y aguda voz.
-¡Maldita sea! –Resopló la bruja oscura. -¡El caso es no dejarme en paz!
-No tenemos por qué ir si no quieres. ¿Quién te va a decir nada?
-No quiero ser grosera con los Parkinson en nuestro primer día aquí. Bien es cierto que ya no son lo que eran, pero aun así...
-Los Parkinson son la familia de…
-Sí, de la antigua novia de Draco. Tu compañera de clase. Esa zorra traidora. Una vergüenza para sus padres, lo mismo que su hermano. Yo los hubiese matado a los dos.
Hermione no dijo nada, y miró a la pared.
-Te parece excesivo ¿verdad? ¿Sabes lo que es para una madre ver que su hija, en la que ha depositado sus ilusiones, se revuelca en el cieno? No, no lo sabes, y yo solo espero que nunca lo sepas. Sería menos cruel desearte la muerte.
La bruja no estaba gritando, pero había tal intensidad y amargura en su voz que Hermione no se atrevió a preguntar nada. Hasta donde ella sabía, la hija de Bellatrix había muerto siendo un bebé. Tal vez esté pensando en su hermana. Tuvo que ser un golpe duro para la madre de las hermanas Black la huida de Andrómeda con un nacido de muggles, se dijo la joven bruja.
Se levantaron de la cama alisándose la ropa, y salieron al cuarto principal. Había oscurecido completamente, y con un movimiento de varita, Bellatrix hizo que la lámpara de araña y todas las velas y candelabros se encendieran a la vez. Hermione se sintió abrumada al verse tantas veces reflejada desde diferentes ángulos. El mismo cuarto parecía tener una geometría extraña cuando se reflejaba en los espejos. La joven bruja se detuvo un momento para contemplarse en uno de ellos. Tenía razón Bellatrix: estaba hecha un fantoche con la ropa tres tallas más grande que le había comprado con la mejor de las intenciones Draco. Tras ella vio en el espejo a Bellatrix, colocándole sus manos en los hombros. Parecía un poco ausente: solo estaba allí su cuerpo, pero su mirada estaba vacía. Bajo la luz de las velas, tuvo una sensación extraña, como de pérdida y tristeza. Debía ser el ambiente de la casa el que la influía.
-Vamos ratita. Nos están esperando.
-Esta habitación me da miedo. Tiene algo que me deprime, algo que no me gusta.
-Toda la casa es deprimente. Los Parkinson hace tiempo que no son una familia feliz. Sus hijos los han avergonzado públicamente. No me extraña que la pobre mujer haya caído enferma.
-No es justo, -murmuró Hermione bajando la vista, pensando que no era justo que Bellatrix cargase sobre Pansy la responsabilidad de la enfermedad de su madre solo por seguir su corazón.
-Ya sé que no es justo. Esta alcoba me recuerda a alguien que conocí en Azkaban: una mujer que envenenó a su hija cuando descubrió que planeaba escapar con un muggle. La juzgaron y la condenaron, pero su vida había acabado mucho antes, con la doble traición de su hija. Decía que su espíritu se le aparecía en los espejos de su casa, y que su propio marido la delató al Wizengamot cuando el fantasma de su ingrata hija se lo contó todo. ¡Ni siquiera tras la muerte dejó de dañar a su madre!
-A mí me parece que la vida que acabó, en el sentido literal de la palabra, fue la de su pobre hija, -dijo Hermione en un tono prudente mientras bajaban enormes escaleras de desgastados peldaños.
-Ella consiguió vengarse de su madre, imagino que tras eso quedó satisfecha. A su madre no le espera descanso ni en esta vida ni en la otra. ¡Y todo por culpa de la desobediencia de su hija! ¡Una hija que desobedece, deja de ser hija para convertirse en una enemiga!*
Hermione suspiró. Discutir con Bellatrix era perder el tiempo. Luego con una media sonrisa pensó que era curioso que la bruja no viera contradicción entre sus palabras y sus hechos. Odiaba a los muggles y a los sangre sucia, pero al parecer no tenía problemas en tener sexo con ellos. Se acordó a tiempo de la legilimancia, y volvió la cara para evitar problemas, pero por el rabillo del ojo vio que la bruja oscura no estaba por la labor: se hallaba sumida en sus propios pensamientos, y reservaba la poca atención que le quedaba para no tropezar bajando las escaleras.
El ambiente de la cena fue gélido. Los Parkinson estaban asustados, y mientras el padre intentaba ser amable (tal vez demasiado amable), el hermano de Pansy apenas se atrevía a hablar, quizás temiendo cometer algún desliz que fuese luego usado en su contra.
Bellatrix pronto se excusó para retirarse a su alcoba, sugiriéndole a Hermione que hiciera lo mismo, pero antes le pidió al elfo que le subieran una botella de buen vino y dos copas. Hermione alzó un poco la ceja, mas guardó silencio. De un modo objetivo, Bellatrix era hermosa, eso nadie se lo podía negar. Quizás mañana decidiese cruciarla o asesinarla, pero eso podría ocurrir de cualquier forma. Carpe Diem, se dijo a sí misma Hermione: no pensaba morir siendo virgen, y ya estaba harta de ser una buena chica, ¿de qué le había servido eso nunca?
Cuando llegaron a la sala de los espejos, como Hermione había decidido llamarla internamente, dio las buenas noches y se dirigió a su cuarto, escondiendo una sonrisa pícara. Puede que desease ser seducida por la bruja más malvada de toda Europa, pero no se lo iba a poner tan fácil. Bellatrix pareció sorprenderse, y la cogió por el brazo.
-¿No te quedas? Aquí hay dos copas, y no me apetece beber sola.
-No me gusta este cuarto. Me inquieta. No me extraña que Pansy haya salido tan desagradable habiendo crecido aquí…
-Eres muy quisquillosa para ser una sangre sucia ¿no te parece?
-Lo que tú digas, Madame Tenebrosa.
-Vámonos al tuyo. No tengo problemas. Podemos quitarnos las botas, sentarnos en tu cama, y fingir que estamos en los dormitorios de Hogwarts haciendo una fiesta clandestina. Imagino que ese podría ser más tu estilo. Sí, definitivamente en esa mierda de cuarto te encontrarás más cómoda.
-¿Qué quieres hacer, beber conmigo, o seguir con lo que estábamos haciendo antes? –Preguntó Hermione con una sonrisa cínica.
-Podrían ser ambas actividades, ¿no te parece? Creo que las dos cosas podrían gustarnos. –Le respondió Bellatrix con la misma expresión en su rostro.
Hermione no dijo nada, sino que cogió la mano de la mortífaga, tiró de ella hacia su cuarto, y cerró la puerta detrás, para evitar por más tiempo la inquietante visión del reflejo multiplicado de los espejos.
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*La frase no es mía, aparece en La casa de Bernarda Alba, de Lorca.
Reseñas:
-Gracias Sara porque siempre has estado por aquí apoyando.*Emoticono feliz*.
-Eledi: Sí, como Bellatrix resulta que no estaba tan en la inopia después de todo, Hermione trata de minimizar los daños. Y bueno, Bellatrix está de buen ver, así que ok a todo XD
-Guest 1: Sí, cambiarle el nombre a alguien porque te da la gana es de ser bastante tirana, aunque lo hagas "con buena intención". Yo creo que ya la desafía bastante, no puede pasarse mucho porque Bellatrix siempre va a ser Bellatrix (Madame Cruciatus).
-Guest 2: Sí, está claro que los va a traicionar a todos. Estoy deseando llegar a esa parte, va a haber mucho drama *emoticono de corazón roto*.
-Bellatrix 996: Lo que más me gusta de tus reseñas, aparte de que son muy largas y súper detalladas *emoticono de corazón* es que te encanta la trama de la Orden, que (lo reconozco) es mi favorita. Me he reído mucho imaginando a Draco en el Primark comprando bragas de la talla XXL y diciendo: estas mismas van a valer. Y Pansy persiguiendo a Narcissa para contarle detalles sórdidos mientras ella se tapa los oídos con las manos es una imagen muy cómica. Tengo que seguir con la historia de Brovis, puede que a ti sea a la única que le haga gracia, pero como a mí también me gusta, ya somos dos XD
