Más de lo que querría admitir

XI. Si ella no te elige

TinaCeballos

"Somos capaces de amar muchas veces en la vida, de diferentes formas."

Loreley se acomodó en el sillón que ocupaba junto a la ventana, concentrada en un pequeño libro desgastado por la humedad. La primera vez que tuvo que limpiar la biblioteca, había descubierto, oculta entre los estantes más apartados de la entrada, una sección con revistas y una gran variedad de literatura escrita por miembros de las guardias; desde libros ilustrados a recopilaciones de mitos y leyendas, había sido totalmente inesperado encontrar un rincón como aquel en un cuartel destinado a feroces guerreros y metódicos aprendices de alquimia, demasiado absortos en sus tareas como para abandonarse al arte de la escritura.

"¿Llegan las personas a conocerse a sí mismas en el transcurso de sus vidas? La mayoría de ellas piensan que son de determinada manera, mientras que los demás las perciben de una forma totalmente diferente."

El autor del libro era Wilde, un miembro de Sombra que, por casualidades del destino, había tenido la oportunidad de conocer. Rozando la treintena y, aunque tenía la sonrisa más brillante que jamás había podido contemplar, la mayoría de sus escritos eran bastante dramáticos, rozando la melancolía y tiñendo todo con esa oscuridad que tanto caracterizaba a los de su guardia. Sumergirse en su narrativa siempre le permitía desestresarse y dejar de pensar en la problemática de Scarsh.

Miiko partiría al día siguiente a pesar del descontento general, y no era raro cruzar los pasillos y escuchar rumores o teorías sobre su precipitada marcha. Unas horas antes de su partida, decidió congregar a los habitantes de Eel para justificarse y apaciguar los ánimos.

—¡Orden! ¡Silencio he dicho! —comenzó. —Como todos sabéis, desde su fundación, Eel no ha experimentado muchos cambios, pero eso no significa que no seamos conscientes de que nuestras guardias tienen más necesidades actualmente que en aquellas épocas. —hizo una pausa. —Las exploraciones de los Absenta no pueden llevarse a cabo por falta de recursos, los Sombra no cuentan con salas de entrenamiento especializadas y los Obsidiana no pueden disputar sus torneos de rango dentro de nuestras murallas. —La muchedumbre enmudeció. —Desde la muerte de nuestro anterior líder, Yonuki Kaze, este lugar no ha sufrido ninguna mejora más allá de las reparaciones necesarias, por lo que llevamos meses replanteando una remodelación. Sé que mi proyecto es ambicioso, por eso necesito el visto bueno del Consejo, vuestro apoyo y la confianza en todos los beneficios que supondrá para nosotros, con el fin de poder soportar la transición.

El creciente murmullo interrumpió su discurso, aunque la kitsune permaneció firme en la tarima.

—Esto sólo es el principio. —les interrumpió, volviendo a llamar la atención de los allí presentes. —Si todo sale según lo planeado, sólo necesitaré dos semanas. Keroshane e Ykhar serán capaces de ocuparse de todo en mi ausencia y, por lo demás, no hay manera de que este lugar quede desprotegido mientras nuestros asombrosos líderes de las guardias estén con nosotros.

Después del largo discurso y de las ovaciones pertinentes, Miiko sólo podía pensar en la verdadera finalidad de aquel viaje. Separando la noche anterior aquellas carpetas empolvadas que todavía estaban en su escritorio, seleccionó las ideas más necesarias y razonables, preparando así un sencillo borrador acorde a la remodelación. Reunió entonces a los tres líderes de las guardias para comunicarles cuáles de sus ideas habían sido escogidas, ya que sólo unas pocas serían aceptadas y financiadas por el Consejo. La kitsune sabía que debía tomar más en cuenta los ambiciosos proyectos de Ezarel, puesto que Absenta era quién proporcionaba más ganancias y sostenía la economía de Eel, pero permitió que tanto Obsidiana como Sombra presentaran nuevas ideas antes de dar por concluida la selección.

—¡Ez! —gritó Nevra, alcanzando a su amigo de camino al invernadero, justo después de haber terminado la reunión.

—¿Qué pasa? —masculló el elfo, deteniéndose.

—Estaba pensando que podríamos quedar. —sonrió el vampiro. —Solos, nosotros dos.

—¡Espera un momento! —Ezarel lo miró detenidamente, fingiendo una mueca de horror. —Sabes que no bateo para ese lado, ¿verdad? —dijo, mientras su interlocutor arrugaba el ceño.

—¡Eso quisieras! —se defendió, risueño. —La verdad es que tengo que hablarte de una cosa.

—Sólo dime de qué se trata, no tengo tiempo para juegos de misterio.

—Se trata de Loreley. —respondió Nevra, poniéndose serio de repente. —Sé que siempre estás a su alrededor desde el incidente, como si fueras su centinela. ¡Cualquiera diría que te gusta!

—Ve al punto, Colmillos.

—Creo que puedo intentar romper mi suerte con ella.

El silencio lo inundó todo. Ezarel clavó sus ojos esmeraldas en su amigo.

—No dejaré que la uses para tus experimentos. —sentenció Ezarel, con voz gélida y autoritaria. La sola imagen de Nevra cortejándola lo enfurecía.

—Sé que no soy el hombre perfecto, pero la he estado observando estos tres años. ¡Sé que con ella puedo romper esta absurda predicción! —hizo una pausa. —Sabes lo duro que fue para mí.

—Si te acercas a ella te mataré.

Nevra lo contempló alejarse, desconcertado, con la desesperación brillando en su ojo derecho. Sabía que su destino había sido sellado, pero se había hecho ilusiones desde el momento en que la humana había llegado al Cuartel General. Respetaría su decisión, pero todavía no podía rendirse.

—¡Prométeme algo, Ezarel! —gritó, lo suficientemente alto para que su amigo lo escuchara. —Si ella no te elige, no te interpondrás.