Naruto se fue sin intentar siquiera enfrentase con su gato y Hinata lloró.

Despreciable sucio imbécil, diciéndome que me ama.

¿Cómo se atreve a incrementar sus esperanzas? ¿Cómo se atreve a llegar a ella para admitir que le importaba? Matarlo parecía que era una mejor y mejor perspectiva a cada momento, si sólo pudiera reunir la fuerza necesaria para hacerlo.

No puedo hacerlo. No puedo acabar con su vida. Cobardía y debilidad de su parte, sin embargo, sólo tenía que pensar en sus hermosos ojos y expresión sincera para perder la fortaleza. Pero, tenía una amiga que podía ayudarla.

Rumbo a la torre de Ino, Hinata caminó por las calles con ritmo amenazador que incluso los demonios se movieron para resguardarse. Tal vez era el ceño en su rostro o la electricidad estática que hacia bailar su cabello o las bolas de fuego que continuo lanzando, una manifestación corporal de su agitación. Cualquiera que fuera la razón, nadie se atrevía a decir una palabra o pararse en su camino mientras hacia el corto viaje a visitar a su amiga.

Llamando a la puerta de la torre y admirando el nuevo llamador en forma de un hombre de rodillas con los brazos atados detrás de su espalda, golpeteó un pie con impaciencia mientras esperaba. Pasaron sólo unos instantes antes de que el portal ornamentado se abriera para revelar la figura apuesta de Sai, el mayordomo, en posición firme. Literalmente.

Desnudo excepto por un taparrabos que poco hizo para ocultar su erección, imprescindible para el personal en este lugar, Sai le hizo una reverencia.

—Si mi señora bruja me siguiera, La señora espera en el jardín.

Girando sobre sus talones, el mayordomo caminó por el pasillo, los músculos de su trasero bien formado flexionándose. Normalmente, se habría permitido admirar un espécimen tan excelente, aunque nunca pensaría en tocar, sin embargo, consumida con pensamientos de Naruto, todo lo que podía pensar era cómo su demonio lucía un conjunto mucho mejor de glúteos.

Arruinada.

Él la había arruinado hasta el punto de que ni siquiera podía admirar a otro hombre. Con la rabia ahora como compañera de su desgracia, anduvo sigilosamente por el jardín y encontró a Ino sentada en un juego de bancos de hierro forjado, tomando una limonada observando a su jardinero, quien llevaba nada más que un sombrero de paja, un minúsculo taparrabos y un par de tijeras. Apartando su mirada, Hinata se sentó frente a ella.

—Hola, Ino.

— Hinata. Tú, demonio travieso. Un pequeño diablillo me dijo que alguien tuvo suerte anoche, pero a juzgar por tu sonrisa no debió haber sido muy buena. Me sorprende. Naruto tiene una técnica impecable. O al menos eso he escuchado. Nunca lo probé por mí misma. Al parecer, pertenecer a un harem no le atrae. Él se lo pierde.

Los dedos de Hinata formaron garras en la parte superior de la mesa mientras luchaba por evitar salir volando a través de la mesa y enfrentarse a su amiga por siquiera atreverse a pensar en Naruto de manera sexual. En cuanto a su consulta... no había venido aquí a discutir sus travesuras en el dormitorio, pero conociendo a Ino, si no decía algo, encontraría una manera de sonsacárselo.

—Tuvimos sexo. Estuvo bien —admitió malhumorada.

—¿Por qué la cara enojada? ¿Te folló y huyó?

—No.

—¿Te hizo tragar cuando le dijiste que preferías escupir?

Con las mejillas llameando, Hinata dejo salir otro:

—No.

—¿Intentó insertar su gran herramienta en un agujero de salida?

—No.

—Entonces ¿qué tiene a tus bragas retorciéndose? No creo haberte visto así de molesta desde que Jiraiya te compró esa silla vibradora que le gustaba toquetar.

Ah, la silla. Ella había tomado represalias por esa broma electrocutándolo. No es que funcionara como esperaba. En lugar de gritar o lanzar humo de sus oídos, su jefe le agradeció con un malicioso: "Mis vellos púbicos nunca habían estado rizados. Gracias". Había tenido que saltarse el almuerzo y la cena ese día después de esa admisión.

Todavía le hacía estremecerse.

Recuperándose de los recuerdos no deseados, capto la mirada interrogativa de Ino. Maldita sea, todavía quería una razón para su molestia.

—Me dijo que me amaba.

Ino parpadeó. Frunció el ceño. Abrió su boca, luego la cerró otra vez.

Sacudió la cabeza. Se dio golpecitos en su oído izquierdo y dijo:

—Lo siento. ¿Podrías repetir eso? Podría haber jurado que dijiste que confesó amarte.

—Lo dijo.

Sus ojos se ampliaron con expresión sorprendida, su amiga se inclinó en su silla.

—Felicitaciones.

—Disculpa. ¿No escuchaste lo que dije? El idiota dijo que me amaba.

—Sí. Eso es toda una proeza. Apostaba que esperaría hasta que empezara a envejecer en unos cien años antes de que él cayera en esa trampa.

—No lo hizo. Simplemente lo dijo.

Una arruga marco la frente de Ino.

—Ahora estoy confundida otra vez. ¿Estás diciendo que está mintiendo sobre confesar que te ama?

—Sí. Es parte de su engaño.

—¿Engaño? ¿Qué tipo de plan oculto podría tener?

—No sé, pero estoy segura de que no me va a gustar —se quejó Hinata.

—Vamos a omitir su confesión por un momento. ¿Y tú? ¿Lo amas?

—Sí, el bastardo miserable.

Los ojos de Ino se cruzaron y ella los cerró mientras tomaba una profunda respiración.

—Tal vez finalmente me estoy poniendo lenta con la vejez…

—¡Nunca, señora! —gritó una voz masculina.

—… pero no llego a ver la fuente de tu ira. Él te ama. Tú lo amas. ¿No hay un felices para siempre allí en algún lugar?

—¡No!

—¿Por qué no? — replicó Ino en un tono exasperado.

—Yo sé la respuesta —replicó una voz familiar.

Hinata gimió y colocó su cabeza sobre la mesa.

— Kushina —exclamó Ino—. Que agradable sorpresa. Escuché que las felicitaciones están en orden.

—Sí, gané la apuesta contra todos los que apostaron contra mí. Mi Naruto finalmente ha encontrado a una bruja lo suficientemente loca para hacerle enamorarse. ¿No es maravilloso?

—Ambas están locas —murmuró Hinata.

—Gracias —respondieron al mismo tiempo.

Levantando la cabeza, miró a las dos mujeres.

—¿Por qué ambas creen que me ama?

Ellas compartieron una mirada conspiratoria. Luego se encogieron de hombros.

— Naruto nunca antes dijo la palabra con A. O eso dicen mis fuentes —dijo Ino.

—Y yo te dije que eras la primera chica que llevó a casa —agregó su madre.

—¿Y qué? ¿Se supone que sólo debo creer que va a renunciar a joder cualquier agujero entre las piernas y establecerse conmigo?

Un doble asentimiento le respondió.

Y quería creerles. Pero...

—Oh, ¡no te atrevas compararlo con Menma! — Ino exclamó—. Naruto no se parece en nada a ese bastardo de dos caras.

—Mi hijo tiene honor —dijo Kushina con orgullo—. También tiene modales. Nunca se olvida de levantar el asiento para orinar y siempre lo baja cuando termina.

—Entonces, ¿piensan que simplemente debo lanzar la precaución al viento y permitirme creer?

—Es hora de que confíes otra vez —dijo Ino suavemente.

—No puedes vivir con miedo para siempre. Después de que matara accidentalmente al padre de Naruto, me volví loca de dolor durante mucho tiempo. Y cuando llegó Minato, tampoco quería permitirme amar. Pero él me derribó, y ahora, a pesar de que todavía estoy un poco loca, no podría estar más feliz. —La madre de Naruto sonrió—. Oh y mi esposo te dice gracias por conseguirme alcanzar la última tendencia de la moda. Ama el nuevo estado de mis pantis.

Hinata dejó a Ino y a Kushina discutiendo los méritos de ir por los alrededores con el trasero-al-aire. No era una conversación que pudiera tener, sobre todo, no con la mamá de Naruto. Pero mientras que la mujer parecía no poseer límites personales, ella e Ino le habían dado que reflexionar.

¿Estoy siendo necia? ¿Es momento de que deje de revolcarme en el miedo y permitirme confiar otra vez? Lo peor que podría pasar era que Naruto rompiera su corazón.

Pero lo mejor era vivir con el hombre que amaba. Nunca estar sola. Disfrutar de la risa en su vida otra vez. Seguramente el beneficio, aunque resultaba temporal, ¿valía la pena el riesgo?

Se debía a sí misma dejar de ser una gallina sobre el amor. A veces una chica se quedaba atascada con un perdedor que rompió su corazón. Sin embargo, a veces una bruja se sacaba la lotería y debía disfrutar de las riquezas mientras duraran. Y además, había hechizos para hacer que los penes se cayeran si un hombre se atrevía a desviarse. Pero, ¿cómo decirle? Me pregunto si lo asusté permanentemente con mi berrinche.

Si realmente la amaba como dijo, entonces no dejaría que un berrinche lo detuviera. Entrando en el castillo, todavía perdida en sus pensamientos, le tomó un momento notar al diablillo que revoloteaba frente a ella.

—¿Qué es?

—Tienes correo. —Eso se movió, empujando un sobre hacia ella. Ella se lo arrebató de las garras de la pata, pero antes de que pudiera preguntar quién lo envió, la traviesa criatura revoloteaba alejándose.

El sobre rojo sellado llevaba sólo su nombre. Comprobó rastros de magia pero no encontró ninguno. Lo abrió y sacó la misiva de su interior.

Hinata leyó la nota dos veces, segura de que había entendido mal, pero no, no había ningún error en el mensaje.

Tenemos a tu amante demonio. Consíguenos cualquier forma de que no volvamos al Infierno o lo mataremos. Dolorosamente. No hagas nada, y sin embargo lo mataremos. Y luego desapareceremos. Espero que disfrutes quemarte viva por una eternidad.

Deseoso de poder verte arder otra vez, Menma.

Podrido, maldito bastardo. Como si lo fuera a dejar escapar. Sin embargo, lo que realmente le hizo correr frío por la sangre fue la parte de la amenaza.

Tiene a Naruto.

Lo que la sorprendía. ¿Cómo una pobre excusa de un alma condenada consiguió derribar a un guerrero del calibre de Naruto? No importaba.

Necesitaba hacer algo. Dejar morir a Naruto, aunque resolvería su dilema con él, nunca cruzó su mente.

Lo amaba. Él podría lastimarla. Tomar su amor y pisotearlo, pero eso no significaba que pudiera dejarlo morir. Tengo que salvarlo. Pero, ¿cómo?

En el plano mortal, ¿sus poderes disminuían, y por los términos de su contrato, era aún más débil contra sus enemigos? O, ¿no lo era? Con su cerebro poniéndose en marcha, realizó una llamada telefónica a su jefe, llamando a su línea privada.

—¿Haces esto con el propósito de afligirme cuando estoy haciendo cosas importantes? —preguntó secamente.

A juzgar por la risa, podía adivinar lo que hacía Jiraiya.

—Saluda a Tsunade por mí, ¿sí?

Él gruñó.

—Esto no es gracioso, bruja. ¿Qué pasa ahora? Ya te dije, que no puedo regresar la maldición.

—Lo sé. Lo que quiero saber es si todas las cláusulas se transfieren.

Un minuto después, colgó y se froto la barbilla pensativamente. Buenas noticias, pero todavía necesitaba más ayuda.

La vida de Naruto pendía de un hilo y no quería arriesgarse. Hizo otra llamada telefónica. De hecho dos y luego se dispuso a ir a la guerra. Y para aquellos que se preguntan, se trataba de una falda corta, un top y tacones. A diferencia de otras heroínas que salvaban a sus hombres en rasgados pantalones vaqueros como un marimacho, Hinata pretendía hacerlo con estilo, estilo sexy, porque si jugaba sus cartas, no sólo terminaría la maldición, sino que conseguiría reclamar un premio.

Y sé lo que quiero.

Fácil acceso, un demonio agradecido y ella inclinada, viendo las estrellas.

Continuará...