"La geometría de tu perfección"

.

.

.

.

—"Quiero que me trates suavemente"— Enfatizó Yukina, sonriéndole placentero.

La piel de Onodera ardía en llamas, para esos extremos en que se encontraba totalmente embelesado en su canto.

Lo veía y al mirarlo, no paraba de pensar en que él era perfecto; sin duda alguna, él era la perfección en toda la extensión de la palabra, en toda la ternura que pudiera existir en su reducido mundo de escombros.

Hacerle frente a sus sensaciones le causaba temor a Onodera, y un gran temor que invadía una parte de su cerebro aprisionado por un mar de pensamientos que se contrariaban unos con otros, y el ciclo parecía no tener fin.

Y si ese ciclo se esfumaba, él por fin podría ver todo con suma calidad.

Notó cuando Yukina paró de cantarle, lo miró expectativo, frotando los dedos entre sí con cierto nerviosismo.

Era la primera vez (desde que lo conoció) que él estaba nervioso.

Una vista linda a ojos de Onodera, quien, carraspeó antes de decir su supuesta opinión:

—Cantas muy bien— Su voz salió temblorosa, algo que al instante lamentó, pero la tranquilidad de Yukina al recibir la respuesta fue benéfica para él.

—Gracias, Onodera— Sonrió complacido con su comentario. —¡Lo aprecio mucho!— Aplaudió victorioso, abriendo paso a sus facciones infantiles que aún se hacían visibles en su rostro, y fue una vista agradable para Onodera, quien lo vislumbró con sus ojos verdes que se explayaron de sus orbes.

—Qué dices si te invito a un café?— Sugirió Yukina, energético. —Por esta zona hay buenos cafés, yo conozco algunos—

—No, gracias— Se negó a ser invitado por café, y si aceptaba sería darle continuidad a algo que le daba miedo a experimentar. Pero, había algo que lo incitaba a aceptar, una corazonada que le decía que todo estaría bien.

—Bueno, lo siento— Se disculpó avergonzado. —Creo que me pasé de largo invitándote a un café si estás cansado— Onodera pescó una mirada entristecida en los ojos de Yukina, lo cual, fue la detonante que le hizo cambiar de opinión:

—Sólo treinta minutos— Dijo con la voz corta, casi ahogada.

Escuchó un suspiro asombrado.

—De verdad?— Los ojos de Yukina se alumbraron cual bolas de cristal, surgiendo en sus labios una sonrisa cálida. —Sí, Onodera, lo que tu quieras— Juró, dando pequeños brincos de un pie a otro, reluciendo aun más su sonrisa explayándose al corazón agitado de Onodera, que ya estaba rendido a esas sonrisas peligrosas por parte de su acompañante.


En cuestión de minutos, Yukina lo llevó a una cafetería que en tamaño era relativamente pequeña, donde sólo atendían dos meseras y constaban de diez mesas para dos personas, máximo cuatro.

Onodera pidió un capuchino bien cargado de expreso, mientras que Yukina ordenó un latte con endulzante natural.

Onodera lo analizaba con detalle, tamborileando sus dedos en la mesa.

—Me dio mucho gusto cuando aceptaste a que te invitara a un café— Admitió Yukina con los ojos mirando al cielo, donde Onodera percibió un color distinto en su rostro. Acaso Yukina estaba ligeramente sonrojado? —No me lo esperaba— Dijo entre risitas, habiendo bajado la mirada del techo.

Onodera gruñó a lo bajo, sintiéndose empalidecer.

—No exageres— Refunfuñó, desviando la mirada.

—No lo hago— Refutó Yukina, obstinado. —Lo que te digo es verdad, no estoy mintiendo Onodera cuando te digo que me da mucho gusto ir por un café contigo—

—Lo has de decir por tus ideas del romanticismo— Expresó desdeñoso; él simulaba ser un completo idiota sólo para no someterse de fondo a sus deseos internos, porque no debía, pero lo hacía, y quizás no era lo mejor, sin embargo la corazonada que sintió momentos atrás lo sedujo a hacerle caso a sus instintos y darle pie a ese muchacho a conocerse.

—No— Respondió Yukina, con la cara desencajada. —Onodera, yo sé que esas son ideologías que te pueden resultar ilusas, pero créeme cuando te digo que me da gusto poder estar contigo, lo juró!— Exclamó irrevocablemente, parpadeando ansioso. —Digo la verdad— En sus ojos pudo ver un guiño de súplica, del cual él no pudo resistirse.

—Ya deja de alardear tanto— Se quejó Onodera, tomando la taza del capuchino entre sus manos y bebió un poco.

Yukina se recompuso, haciendo una mueca de desconcierto que acallaba los anhelos de enlazar su mano a la de Onodera, pero esos eran pensamientos que no se permitía decirle tan pronto.

—Admito que me agrada que me digas las cosas que a ti te dan disgusto— Confesó Yukina, reposando los antebrazos en la mesa, bajando la cabeza hasta tener la barbilla descansando en sus antebrazos. —Porque así evitaré malos entendidos contigo, Onodera—

—No es para tanto— Quiso disminuir la atmósfera de tension en que la mesa estaba rodeada. Todo por su culpa. —Yukina— Lo llamó, a lo que él respondió, mirándolo atento desde su punto de estar. —Sabes, yo soy muy desconfiado con las personas, en especial a aquellas que apenas conozco— Hizo una breve pausa, agregando: —No tengo esa facilidad para abrirme, como la tienes tú— Su boca se torció en una mueca de dolor contenido.

—No te preocupes— Le aseguró Yukina, levantando su cabeza de la mesa. —Para mi no es un impedimento conversar contigo, yo puedo ajustarme a tu paso, no es necesario que te ajustes al mío, porque me interesa ir a tu ritmo— Manifestó seguro, asintiéndole. —Por mi, no debes ni siquiera porqué preocuparte, porque a mi ya me hace feliz poder estar así contigo— Sonrió bastante satisfecho, cerrando los párpados.

—Bueno…—Onodera soltó una risa de nervios, desviando la mirada; él estaba totalmente ruborizado.

Yukina abrió los ojos, observándolo curiosamente.

—Qué?— Él inquirió, intimidado.

—El café está bueno?— Preguntó.

—Sí— Respondió de inmediato. —Y el tuyo?—

—Bastante bien— Dijo complaciente. —De hecho, aquí a veces ponen buenas canciones— Onodera frunció el ceño, confundido. —Me refiero a canciones de grupos que me gustan, no canciones románticas necesariamente— Repuso, riéndose.

—Oh…— Suspiró, sin entender a lo que se refería Yukina.

—A ti te gusta la música, Onodera?— Lo miró con un deje de interés, tomando un largo sorbo de su latte.

—No— Pronunció, con un deje de duda.

—Ya veo…— Asintió levemente, alargando su voz que se mitigaba con lentitud.

—Pero, las que has tocado en la guitarra— Repuso Onodera, alarmado. —Me han gustado—

—En serio?— Frunció las cejas, incrédulo.

Onodera asintió, creyéndose un tonto por tratar de reconfortar a su acompañante de alguna manera, porque le disgustaba verlo triste.

—Bueno— Tapó su boca con la mano, dejando entrever un sonrojo de sus mejillas que Onodera alcanzó a ver con énfasis. —Gracias—

—No, bueno, yo— Se trabó con su lengua terriblemente. De seguro, él pareció torpe haciendo semejante ridiculez.

—Yo aprecio tu halago— Agregó Yukina, gustoso.

Oh, cuán perfecto podría llegar a ser ese muchacho!

No cabía dudar que ese muchacho Yukina tenía dominado por completo al indomable Onodera, con sólo unas sonrisas inofensivas, pero lo suficientemente peligrosas para capturar la total atención de Onodera.

En el camino de regreso, Onodera ya no iba arrastrando sus pies, al contrario, él los usaba con mejor control puesto a que su nivel de energía había acrecentado gracias a la compañía que disponía a su lado.

Tanta energía que se desbordaba por el espíritu de Yukina, contagió el cansancio extremo del joven editor.

Onodera le notificó que prefería ser acompañado hasta la estación del metro, a lo que Yukina respondió favorablemente, sin faltarle los dejes de galantería.

—Bueno, gracias por acompañarme— Onodera dijo con una ligera inclinación de cabeza.

—El gusto es todo mío—Repuso Yukina, bonachón. —Espero verte pronto, Onodera— Agregó a lo bajo, provocando un sonrojo agresivo en Onodera, que tosió de lo mismo.

—Sí, bueno, como sea— Se quejó, con voz fingida. —Pues, gracias— Se despidió agitando la mano, yéndose a paso rápido a la estación.

Cuando Onodera estaba sentado en el metro, no le cabía en la cabeza cómo era que no le pidió a Yukina su número de celular, o tan siquiera decirle de una mejor manera las gracias por ser tan amable con una persona como él.

En cierta forma, se creía un completo inútil cuando se encontraba en compañía de Yukina, quien siempre sonreía a su lado, quien lo saludaba con alegría y quien quería conocerlo como realmente era.

Apretó el agarre de su portafolio, recargando su cabeza en la ventana del metro, suspirando soporífero y ancho.

El pecho se le apretujaba cada que veía a Yukina, el corazón le daba vuelcos precipitados cuando escuchaba su voz, y también cuando lo tenía de frente.

Esas sensaciones se acrecentaban en su ser.

El metro seguía su curso, sin tomar en cuenta las cosas que pasaban por el problemático editor; zarandeándolo y sacudiéndolo hasta el hartazgo solemne del pensamiento crítico con respecto a él.

Bajó la cabeza, dejando que los mechones de cabello castaño se postraran por encima de sus cejas, rozando la punta de sus pestañas; se sentía parpadear, mientras cabeceaba debido al sueño que se iba apoderando de él.

En su mente aparecían imágenes en movimiento, secuencias sin un principio ni fin, secuencias que albergaban en su estructura simbólica una serie de escenarios diversos de gran envergadura.

Le invadía el raciocinio, pero no daba entrada a que sobornara su mente.

Muy a su pesar, la geometría de la perfección de Yukina era tal que el cuerpo se le acaloraba, y cambiaba de color; sentía que cuando pensaba en él, su cuerpo entero se tornaba distinto.

.

.

.

.

P.D. Espero que les haya gustado este capítulo.