Bucciarati y Abbacchio decidieron actuar de forma responsable y no comerse la boca sobre dos hombres inconscientes vestidos como trabajadores de una mazmorra sexual. Utilizaron dos de las correas de Secco para limitar su movimiento cuando despertasen y fueron a investigar el resto del edificio. El plan de Bruno consistía en terminar con aquello que los había llevado hasta ahí, volver a por los niños, llevarlos hasta un lugar seguro, empotrar a Leone hasta que se olvidase de su propio nombre y si sobraba tiempo ir hasta la mansión de los Joestar para acabar con el padre de Giorno.
- Mi Doppio. Mi precioso y adorable Doppio. Mi queridísimo Doppio. Mi crujiente Doppio. Mi Doppio extra grande con doble de patatas fritas.
- Jefe, estoy aquí - se quejó Doppio desde debajo de la mesa de café.
- Perfecto, entonces no necesitas moverte. Tengo una misión de extrema importancia para ti – dijo Diavolo acomodándose en el sofá y abriendo las piernas -. Pásame el mando de la televisión, que se me cayó antes al suelo.
Doppio alargó el brazo hasta alcanzar la forma negra que se escondía entre los pliegues de la alfombra.
- Está... Pringoso.
- ¡Doppio, no! - gritó Diavolo, incorporándose -. Eso no es el mando, sino uno de los juguetes del perro. Dime que no tienes ninguna herida abierta en las manos, oh, mi amado Doppio...
- No, jefe. Ya me has hecho dos revisiones completas hoy para asegurarte. Pero no entiendo qué hace esto aquí. Se supone que Secco no tiene permitido subir al piso de arriba.
- Oh, Doppio. Mi dulce e inocente Doppio. A veces un hombre debe seguir sus instintos primitivos e introducirse un objeto de silicona por el recto.
Doppio asintió gravemente y siguió buscando el mando. Cuando lo encontró, irguió la cabeza y se lo entregó a Diavolo.
- Gracias, Doppio, te debo mi vida – dijo este mientras se limpiaba los dedos llenos de restos de Doritos en sus muslos desnudos.
- De nada, jefe – contestó Doppio lleno de orgullo.
- Admira mi intelecto, Doppio. Mi amor por ti hace que se me ocurran las ideas más espectaculares para facilitarte el trabajo.
- ¿A qué te refieres, jefe? - preguntó Doppio sin comprender, pero ya a punto de echarse a llorar ante la idea de que Diavolo hubiera hecho algo pensando en él.
- No tienes ropa que lavar si no me pongo ropa, mi Doppio a la carbonara.
Su secretario se había dado cuenta de eso hacía mucho. Pero prefería que Diavolo no se cuestionase qué hacía debajo de la mesa.
- Sin duda alguna tu mejor ocurrencia hasta la fecha, jefe - respondió mientras un leve rubor subía por sus mejillas.
- Y tú eres el único hombre con vida para apreciarlo. Exterminar a la raza humana valdría la pena solo por convertir este mundo en nuestro paraíso, mi pequeño Doppio.
- Simplemente estando contigo ya me siento en el paraíso, jefe.
- Gracias, mi perrísimo Doppio, pero no podrías estar más equivocado. El mundo está lleno de hombres envidiosos, hombres que matarían por estar donde yo ahora mismo.
Doppio le dio la razón y empezó a arrastrarse hasta el centro de la habitación. El olor a comida basura y fluidos corporales empezaba a ser insoportable y necesitaba salir durante unos minutos para despejarse. Diavolo no se había duchado desde que empezó el apocalipsis; habían cortado los suministros de agua y se negaba a bañarse en una tina en el jardín por miedo a que alguien le viese la cara. Permanecía encerrado en su habitación comiendo Cheetos y tirándole los tejos a Doppio. En resumen, nada había cambiado desde su época en el local de juego.
Doppio aspiró el aire del pasillo. Su cabeza solo podía pensar en meterse bajo un chorro de agua caliente para quitarse la suciedad de la piel, pero la zona de su bajo vientre insistía en volver a entrar en la sala y limpiarle los restos de comida a Diavolo a lametazos. Decidió que eso último no era muy profesional y se dirigió al baño.
Giró la esquina del pasillo y vio a un hombre en ropa interior de encaje y a otro con la camisa abierta. Se disculpó instintivamente, pensando que había interrumpido algo privado, hasta que se dio cuenta de quién se trataba.
- ¡Bucciarati! - Doppio dio un par de saltos en el sitio, sin saber exactamente cómo reaccionar, y finalmente decidió estrujar a Bruno en un abrazo entusiasta – No sabes cuánto me alegro de que estés bien.
Le dedicó una enorme sonrisa y siguió sujetándolo entre sus brazos, ignorando por completo la falta de ropa sobre el cuerpo de Bucciarati.
Siempre se habían llevado muy bien a pesar de que sus tareas nunca coincidían. De hecho, Bruno lo consideraba su persona favorita de todas las que trabajaban en el local. Se dedicaba al crimen organizado y su estabilidad mental era cuestionable, pero no era un mal chico.
Le dio unas palmaditas en la espalda.
- Hola, Doppio. Yo también estoy feliz de verte. Me encantaría hablar largo y tendido sobre lo mucho que te he echado de menos una vez haya tenido unas palabras con tu jefe.
- ¡Genial! Seguro que le hace mucha ilusión que os refugiéis con nosotros. No sé si te habrás dado cuenta, pero le encanta estar rodeado de gente homosexual.
- Ya, bueno - resopló Abbaccio -. Necesitamos hablar a solas con él durante aproximadamente veinte minutos, así que si pudieras utilizar ese tiempo para alejarte de la habitación e ir a buscar un par de bolsas de basura nos harías un gran favor. Bueno, igual nos lleva media hora teniendo en cuenta que nunca he matado a nadie.
Bruno le puso una mano en el hombro para llamar su atención.
- Ah, cierto - rió Abbaccio -, Bucciarati. Danos diez minutos.
Doppio comenzó a hacer ruidos extraños con su boca.
- Tururururu - canturreó mientras ponía los ojos bizcos y dejaba caer los hombros -. Oh, vaya. Turururururu. Voy a tener que cogerlo, chicos. Turururururu. Creo que son los proveedores de las máquinas tragaperras. Prometieron venir a arreglarlas esta semana.
- Estamos en medio de un apocalipsis zombie.
Doppio le dirigió una mirada confusa. Acto seguido, se quitó el zapato izquierdo y se lo pegó a la oreja.
- ¿Diga?
Abbacchio le agarró la manga de la camiseta temiendo que pudiera echarse a correr.
- Leone – lo tranquilizó Bucciarati.
Bruno dio un paso hacia delante y volvió a poner sus manos sobre los brazos de Doppio.
- ¿No te gustaría ser libre? - le preguntó.
- ¿Libre de qué? Ya soy libre. El jefe me deja comprar todas las figuritas de Hatsune Miku que quiera. No podría pedir nada mejor.
- Pero, ¿de verdad quieres hacerle la colada a un hombre adulto toda tu vida?
- No... - murmuró Doppio con una sonrisa boba y las mejillas coloradas.
- Ven con nosotros. Nos ocuparemos de él y...
- Espera, Bruno – lo cortó Abbaccio – no estarás pensando en adoptar a un hombre de 33 años, ¿verdad? Te recuerdo que ya tenemos tres hijos. Cinco si contamos a Trish y al crío que has recogido viniendo hacia aquí.
- Leone, es superior a mí.
- ¿Trish está contigo? - preguntó Doppio con voz temblorosa.
- Sí. Está con nosotros y está a salvo. De momento. Si queremos asegurarnos vamos a tener que hablar a solas con Diavolo.
- Diavolo nunca le haría daño. Es su hija.
- La dejó a su suerte en el local infestado de zombies.
Doppio se mordió el labio.
- Está más segura rodeada de zombies que con Diavolo.
- Entonces me das la razón.
- No. Bueno – Doppio cerró los ojos -. No veo qué soluciona el matarlo.
- Sabemos que está implicado en el apocalipsis. O bien que este forma parte de sus intereses.
- Lleva la última semana encerrado en su habitación sin hacer nada más que comer comida basura y masturbarse – Doppoo estaba empezando a perder los papeles -. No supone ninguna amenaza. Por favor.
- ¿No quieres dejar de ser un esclavo? Ven con nosotros y con Trish.
- No. Tengo que quedarme con él. Ese es el sentido de mi vida.
- ¿Y Trish? – insistió Bucciarati – Hazlo por ella.
Doppio miró al suelo.
- Hay muchas cosas que podría haber hecho por ella, pero ahora es demasiado tarde. Solo tú puedes curarla para que sea feliz, Bucciarati.
- No tienes la culpa de nada – le aseguró Bruno -. Cualquier secuela que pueda tener es culpa de su padre.
- Yo soy su padre.
El pasillo quedó en silencio y Doppio soltó un suspiro.
- Éramos jóvenes e inexpertos. No podíamos ni sabíamos hacernos cargo de una niña pequeña, y el negocio de Diavolo era tan peligroso…
- Entonces, ¿el padre eres tú y Diavolo es su…? – preguntó Abbacchio, algo perdido.
- Padre.
- La gente trans existe, Leone – dijo Bucciarati.
- Y es muy válida – añadió rápidamente Abbacchio.
- Ojalá las cosas hubiesen sido diferentes – se lamentó Doppio.
- Puedes cambiarlas ahora – sugirió Bruno.
- No. Mi vida está junto al hombre que se está masturbando en la habitación contigua. Bucciarati, ya sabes lo mucho que significa para mí.
- No puedo dejarlo así, Doppio. Hay demasiado en juego.
- Confía en mí. Lo vigilaré las veinticuatro horas del día y lo mantendré a raya si intenta cualquier tontería. Te llamaré cada sábado simplemente para hablarte de los capítulos de La Rosa de Guadalupe que ha visto esta semana porque no tiene más que hacer y sus días del crimen organizado se acabaron. ¿Por favor?
Bucciarati no podía simplemente decir que no. Doppio era muy mono.
