La nieve caía lentamente del otro lado de la ventana. La brisa de invierno —gélida como en pocos años se había experimentado— soplaba, silbando entre las ramas de los árboles ya secos por el impetuoso clima. Arriba en el cielo, las nubes oscuras cubrían todas las estrellas y la luna. No había ni una chispa de luz en el exterior y aun así, Draco pensaba que el paisaje era hermoso. Sólo las siluetas de las plantas y árboles de su jardín, el viento cantándole una canción y la nieve, brillante y perfecta descendiendo lentamente.
Levantó su mano derecha con cuidado, largos y pálidos dedos a punto de apoyarse sobre el bulto en su vientre y deteniéndose a medio camino. Demasiada culpa, demasiados sentimientos. Draco no podía lidiar con todo ello. ¿Su bebé le perdonaría pensar en otro hombre que no fuera su padre? ¿Su bebé le permitiría pensar en otro Alfa?
Porque eso era justo lo que estaba ocurriendo. No podía dejar de pensar en Harry Potter.
Durante su estancia en la clínica, o lo que él había creído que lo era, Draco se había sentido sumamente confundido respecto a todo. No entendía como había llegado allí en primer lugar ni porqué estaba internado, nadie le había explicado nada, ni sobre su estancia, ni sobre las extrañas pociones que le hacían beber cada que él no actuaba como ellos deseaban, como se suponía que un Omega debía reaccionar y Draco con el tiempo comprendió, o le hicieron comprender, que era por su propio bien.
Cuando toda la incertidumbre y la confusión se trasformó en tranquilidad y buena disposición, las dosis de las pociones bajaron considerablemente y Draco poco a poco aprendía a comportarse como todos le habían dicho toda su vida que debía hacerlo y encerrado, en su enorme y lujosa habitación, el deseo de ser un Omega sumiso servicial creció dentro de él y esa nueva forma de pensar fue recompensada con nuevas libertades como pasear por el resto de la casa o salir por unos cuantos minutos a los jardines. Siempre supervisado por uno de esos hombres que al principio le habían hecho sentir inseguro.
Pero a veces, estar recluido en una clínica a la mitad de la nada podía ser realmente solitario y aterrador. Por supuesto, en aquel lugar Draco no era el único Omega, habían muchos otros como él, podía escucharlos llorar en las noches, sobre a todo a los recién llegados, aquellos que no comprendían que todo lo que la gente de esa lugar quería era hacerlos felices, encontrarles un buen Alfa que los amaría y los protegería, un Alfa al cual servir porque, ¿para qué otra cosa existían los Omegas de todas formas?
Era esa soledad la que a veces le hacía recordar; era el silencio el que traía a su memoria las imágenes de una vida que no sentía como suya y que de todas formas se encontraba almacenada dentro de su cabeza. Una infancia en una familia feliz, de cuyos recuerdos sólo había podido rescatar los rostros de sus padres, e incluso esos, con el tiempo fueron desvaneciéndose hasta convertirse en manchas borrosas e indistinguibles acompañadas con voces que parecían provenir del fondo del mar.
Draco no podía recordar su infancia o su adolescencia, pero extrañamente, la falta de estos recuerdos no lo tenían demasiado preocupado, se encontraba demasiado concentrado en convertirse en un buen Omega para su Alfa que era al único al que realmente podía recordar; el cómo se habían conocido en cuarto año, el Baile de Navidad al que habían ido juntos, las cartas que habían intercambiado cuando tuvieron que separarse y su feliz reencuentro cuando Draco estuvo en edad para desposarse y ser marcado.
Y eso le había parecido perfecto en ese momento.
Sí, los días habían sido solitarios, las noches lo habían sido más, pero a veces, cuando Viktor lo visitaba en la clínica y le hacía el amor hasta el amanecer, toda esa soledad y toda esa añoranza de no-sé-qué a la que Draco no podía darle ni un nombre ni un rostro, desaparecía. Al menos durante la mayor parte del tiempo.
Las pociones siguieron, las visitas también y Viktor se había convertido en parte del poco contacto humano que Draco mantenía en aquel precioso lugar. Ocupándose siempre de que estuviera cómodo y rodeado de las mejores cosas, de cariño, de atenciones. Justo como las personas de la clínica le aseguraron que sería tener un Alfa y Draco debía ser el mejor Omega de todos, en agradecimiento.
Sin embargo, siempre había algo, un pequeño y casi muerto sentimiento que le decía a Draco que algo no estaba del todo bien, un sentimiento que las pociones siempre ayudaban a mantener en silencio, un sentimiento que terminó de morir cuando supo que estaba embarazado.
Aquel suceso hizo que su Omega se anclara a Viktor como su Alfa, a pesar de que aún no había sido marcado por él, el collar alrededor de su cuello impidiéndoselo. Fue como si Draco se hubiera dado cuenta, repentinamente, de que ese Alfa era el único para él y servirle y obedecerle fue tan natural como respirar. Draco había encontrado una razón para vivir, su Alfa y su cachorro lo necesitarían y él haría cualquier cosa para protegerlos, por eso, cuando se encontró con el Auror Potter y sintió toda su determinación tambalearse, sintió miedo.
El auror llegó a la clínica para salvarlo, o eso era lo que había dicho, aunque claramente Draco no estaba ni se sentía en peligro. Al rubio le había sorprendido bastante ver a otro hombre que no fuera Viktor en sus habitaciones pero cuando el shock inicial pasó, pronto se percató de lo rápido que su corazón latía con la presencia de aquel hombre que era claramente un Alfa. Cuando los ojos del auror se encontraron con los de Draco, fue como si todas las emociones que no había logrado sentir en mucho tiempo despertaran, atropellándose unas a otras, confundiéndolo hasta el punto se no poder distinguir una emoción de otra.
Era como el destino.
Draco se había sentido muy feliz cuando se había enterado de su embarazo, porque era un bebé suyo y de su Alfa y con ello Draco había podido cumplir una de las principales tareas de un Omega, pero en aquel momento, con el Auror Potter mirándolo, no pudo más que sentir vergüenza e intentó ocultar su no muy abultado vientre, sabiendo que era imposible que él no se hubiera dado cuenta. Fue la primera vez que Draco sintió repugnancia por sí mismo y por lo que crecía dentro de él y todo había sido culpa de ese hombre.
Draco no quería estar cerca de él, un buen Omega jamás traicionaría así a su Alfa. Pero aun así desde ese día, dos semanas atrás, no había podido dejar de pensar en él; en sus preciosos e imposibles ojos verdes, en su fuerte pecho y en lo delicioso de sus feromonas, en su precioso cabello negro y en su piel ligeramente bronceada, pero sobre todo, en esa mirada que le había dedicado al encontrarlo, como si Draco fuera su mundo entero y él no lo comprendía y seguir pensando en él y reviviendo ese momento en su mente, le hacía sentir como una basura.
—Draco, estoy de vuelta —dijo una voz desde la puerta, sobresaltándolo.
Draco se puso de pie de un salto, nervioso. Sabía que era imposible que su Alfa supiera en que pensaba, pero la culpa lo hacía actuar así de sospechoso. No podía... no debía ocultarle nada a su Alfa e incluso así se sentía incapaz de confesarle que sentía algo por un auror al que recordaba vagamente del colegio y que sabía que era famoso por haber vencido al que no debía ser nombrado.
—¡Alfa!
Viktor miró a sus espaldas y le hizo un ademán para que bajara la voz. Draco se mordió el labio inferior
—¿Estás bien? —le preguntó y Draco asintió caminando rápidamente hacia él para ayudarle a deshacerse de su abrigo. Viktor cerró la puerta detrás de él.
—Lo siento, Alfa, olvidé que me pediste no llamarte así frente a los demás —le dijo con aprehensión mientras quitaba los broches del abrigo con manos dedicadas.
Viktor suspiró, como si de verdad comprendiera su pequeño error y Draco se sintió muy aliviado.
—Tus padres no querían que fueras a esa clínica y nadie debe saber que fui yo quién te llevó a allí. ¿Lo entiendes, verdad? Ellos podrían enojarse y apartarnos.
Draco asintió, tomando entre sus manos el abrigo de su Alfa y dejándolo cuidadosamente sobre el respaldo de una de las sillas.
—Lo entiendo.
—Eres un buen Omega, Draco.
La satisfacción de escuchar esas palabras hizo que Draco se sintiera realmente complacido consigo mismo y con todo su trabajo, olvidando sus previas preocupaciones. Aún era un buen Omega, aún podía ser un buen Omega para su Alfa y para su cachorro.
Viktor levantó una mano y acarició suavemente la mejilla de Draco quién, al contacto, inclinó la cabeza, ronroneando satisfecho por la atención, como un Omega debía hacerlo. Su Alfa siempre debía sentirse seguro de él, Draco tenía que hacerlo sentir como el mejor Alfa del mundo.
—Te he traído tu medicina —declaró sacando un frasco con una poción azul turquesa de su túnica.
Draco abrió los ojos lentamente, parpadeando un par de veces con confusión.
—Pero Alfa, las personas del ministerio me han dicho que no debo...
La mirada de Viktor se ensombreció y las piernas de Draco flaquearon, trayendo a su memoria recuerdos dolorosos de cuando no había sido un buen Omega y su Alfa lo había castigado, como era su deber. Draco no quería ser castigado, no quería hacerlo enojar ni contradecirlo.
—¿Es que acaso ellos saben lo que es mejor para ti? —preguntó enterrando sus dedos en la mandíbula de Draco—. ¿Quién mejor que yo para cuidarte, Omega? ¿No fui yo él único que se preocupó por ti cuando estabas realmente mal? ¿Quién te llevó a esa clínica? ¿Quién vio por ti? ¿Quién te protegió? No fueron las personas del ministerio, ni tus padres, ni esa que llamabas tu mejor amiga, Parkinson, fui yo.
Draco tragó saliva, aterrado, pero no de Viktor, sino de la vocecita dentro de su cabeza que por un segundo, tuvo la voluntad suficiente para gritarle que no le permitiera que lo tratara así.
—Yo... he olvidado para que me dijiste que es —dijo con voz temblorosa.
Entonces Viktor aflojó su agarre y le sonrió con dulzura, acariciando su nuca de manera cariñosa.
—Nunca habías sido tan distraído, Draco. Ya te lo he dicho muchas veces, esto te mantiene estable, a ti y al bebé. ¿Recuerdas? Lo empezaste a beber cuando sospechamos que estabas en estado.
Draco asintió pero él no lo recordaba para nada de esa manera. De hecho, la había a comenzado a beber antes de saber que estaba embarazado, pero sus recuerdos siempre eran una maraña confusa de todo y de nada y no podía estar realmente seguro.
—¿Es la que se toma antes de dormir? —le preguntó y Viktor asintió.
Draco tomó la botellita entre sus manos y la dejó en su mesita de noche, en un claro indicativo de que la tomaría. Viktor, satisfecho, lo atrajo hacia él y le besó.
Por un momento, creyó que Viktor acariciaría su vientre, pero no lo hizo, nunca lo hacía, como si su cachorro no existiera. Eso, el principio, había hecho que Draco se sintiera completamente rechazado, pero como buen Omega, nunca cuestionó las acciones de su Alfa. Aún mantenía la esperanza de que, cuanto más creciera, Viktor comenzara a encariñarse con él, pero Draco no lo forzaría.
—Esta noche, después de cenar, vuelve al dormitorio sin mí ¿de acuerdo? Tú padre y yo arreglaremos algunos asuntos —Draco asintió—. Es sobre el asunto del collar. Esta noche definitivamente voy a convencerlo de que lo retire y entonces podré marcarte. Estoy seguro de que con eso podremos irnos de aquí, vivir sólo tú y yo y todos los cachorros que puedas darme.
Un par de semanas antes, Draco hubiera estado seguro de que, de recibir esa noticia, el Omega hubiera saltado de felicidad. Durante mucho tiempo, no había otra cosa que Draco hubiera deseado; sólo poder vivir junto a su Alfa, lejos de cualquiera que quisiera separarlos, pero ahora, cuando pensaba en ser marcado por él, el rostro del auror Potter saltaba a su mente y no le dejaba tranquilo.
—Por supuesto —aceptó, deseando con todo su corazón sonar sincero—. Pero no fuerces a padre, sabes que si siente presión de algún tipo menos lo hará.
—Dijo que quería asegurarse de que estuvieras bien emocionalmente, pero yo creo que sólo está asustado de perderte, lo que es comprensible si tomamos en cuenta que él cree que fuiste secuestrado o algo así. Además está el asunto del bebé, él no sabe que es mío.
—Tal vez... tal vez podríamos decirle, él entendería y nos dejaría estar juntos —dijo Draco en voz bajita. Como si temiera hacerlo enojar.
Viktor soltó una carcajada.
—Hay muchas cosas que no entiendes, Draco.
—Entonces explícamelas, Viktor.
Se miraron a los ojos, como retándose, hasta que Draco se percató de lo que estaba haciendo y agachó la cabeza.
—Mientras sigas haciendo todo lo que te diga estaremos bien, Draco y podremos estar juntos.
Draco no dijo nada, en su lugar, permaneció en silencio, su mirada clavada en su vientre abultado y una extraña rabia invadiendo su cuerpo.
Buscando algún tipo de consuelo hacia esos sentimientos tan poco propios para alguien como él, acarició su barriguita y se recordó que debía confiar en Viktor, después de todo, era su Alfa y su Alfa jamás querría hacerle daño, ¿verdad?
Cuando llegó la hora de la cena, el Alfa y el Omega bajaron silenciosamente hacia el comedor donde Lucius y Narcissa ya los esperaban.
Como todas las noches anteriores desde que Draco había regresado, en la mesa no se había servido nada que no fuera del gusto del joven heredero. Narcissa ponía especial empeño en hacer sentir bienvenido y cómodo a su hijo y Draco no podía evitar sentirse un poco culpable por haberle hecho creer que había desaparecido cuando en realidad había estado perfectamente a salvo, pero Vik le había hecho prometer no decir nada y Draco cumpliría.
La cena comenzó y transcurrió sin muchas ceremonias, parecía que los únicos que hablaban en la mesa eran Narcissa y Viktor quién respondía todas las preguntas dirigidas al Omega y algunas otras dirigidas a sí mismo. Parecía que conforme pasaba el tiempo, Narcissa se cansaba de esa extraña dinámica, pero Draco no se había atrevido a señalar nada. Sin embargo, era obvio que las cosas no se quedarían en ese estado mucho tiempo y cuando finalmente llegó el postre, Narcissa fue quién soltó la bomba.
—Draco —puntuó, haciendo a un lado a Viktor quién no se lo tomó muy bien—, tú padre y yo lo hemos pensado, creemos que lo mejor es que te deshagas del embrión.
—¡No puedes! —exclamó Draco, llevando sus manos automáticamente a su vientre y mirando a su Alfa con desesperación, sus instintos Omega a flor de piel, concentrándose únicamente en la protección de sus cachorros—. Yo... nosotros- yo... Alf-Viktor, por favor.
Lucius y Narcissa le dirigieron una mirada al susodicho quién, con toda la calma del mundo, dejó su cuchara de pastel sobre el platito de porcelana y les regresó la mirada.
—Draco y yo lo hemos discutido, vamos a conservar al bebé.
—¿Vamos? —preguntó Lucius con la ceja enarcada.
—Draco y yo somos predestinados, es natural que queramos casarnos y formar una familia, sus instintos Omega son fuertes, aunque ese bebé no sea deseado, lo quiere y va a protegerlo y yo como su Alfa lo acepto. De hecho, estaba a punto de pedirte que me dieras algo de tu tiempo para hablar sobre ese collar que le has puesto.
La palabra predestinados sonó a oídos de Draco demasiado errónea.
—No creo que Draco esté listo para... —comenzó a decir el patriarca de los Malfoy, mirando a su hijo de pie, con la silla volcada en el suelo y con pánico en los ojos.
—¿Podemos discutirlo al menos? —preguntó Viktor.
Lucius buscó apoyo en su mujer, pero ella miraba a su hijo con el entrecejo fruncido y el hombre no tuvo más opción que aceptar mientras se ponía de pie y seguía a Viktor fuera del comedor, hacia su despacho.
—No pueden hacer esto. Es mi cachorro —le reprochó a su madre.
—Es producto de una violación, Draco ¿puedes entenderlo?
El cuerpo de Draco tembló ante esa palabra. De repente, sus piernas se sentían débiles. Viktor no lo había... él no lo había... ¿o lo había hecho...? Joder, se sentía tan confundido, la cabeza le dolía y no tenía idea de que pensar.
¿Por qué de repente se sentía tan perdido? Durante su estadía en la clínica no se había sentido así, entonces... ¿Por qué? ¿se debía a que no había tomado su medicamento en dos semanas, cuando los aurores todavía lo vigilaban de cerca por su supuesta desaparición? ¿A eso se refería su Alfa con estabilidad? Probablemente, pero extrañamente esa nueva inestabilidad que estaba mostrando, parecía mucho más normal y natural acorde a la actitud de toda la gente que lo rodeaba, todos excepto su Alfa.
—¿Draco, te encuentras bien?
Draco abrió los ojos, percatándose de que los había cerrado con fuerza y que se aferraba a su vientre como si fuera la única verdad en su vida.
—Sí, sí, yo... me iré a dormir.
Draco salió de allí, escuchando el sonido chirriante de la silla donde su madre había estado sentada, la escuchó decir su nombre nuevamente y pedirle que esperara, que hablarían sobre el asunto pero él escapó de allí, incapaz de saber que hacer sin que su Alfa le diera instrucciones. Así que simplemente se encerró en su habitación, cerrando la puerta a sus espaldas y jadeando como si hubiera corrido un maratón, de repente, el dolor de su cabeza transformándose en mareos y manchas negras ante sus ojos.
Con dificultad, se apartó de la puerta, su nublada vista enfocada en la pequeña botellita con poción azul que descansaba sobre la mesita de noche.
Desesperado por beberla y obtener algo de alivio llegó hasta ella y la tomó entre sus manos, esperando, rogando a todos los dioses que todas sus dudas y toda su confusión desaparecieran y le permitieran vivir una vida tranquila como el Omega perfecto para Viktor, que le permitieran criar a su hijo, pero sobre todo, que le permitieran abandonar los sentimientos que guardaba por Harry Potter.
Con manos temblorosas destapó el frasco, liberando un aroma dulce, como el de jugo de moras que extrañamente le traía malos, terribles recuerdos. El contenido remolineaba como si se hubiera formado un pequeño océano en el interior de la botella de cristal y despedía un suave vapor blanco y burbujeante. Draco la miró, las manchas se hicieron más grandes y un dolor punzante le atravesó el vientre, casi como si el embrión lo urgiera a beberse eso. Las palabras de los aurores pidiéndole que no aceptara ningún tipo de poción desconocida y Viktor reclamándole su falta de confianza; todo se mezclaba dentro de su cabeza y con un grito de desesperación al no poder manejar la situación, Draco simplemente arrojó el frasco contra la pared, perdiendo todo su contenido.
—
Lo tomó del brazo, sus delicados dedos sujetándolo con firmeza como si temiera que de un momento a otro, Draco simplemente se desvaneciera. No que no tuviera razones para pensarlo, su pequeño cachorro no se había sentido demasiado bien los últimos días, aunque en realidad él no había dicho una sola palabra, Narcissa lo daba por hecho por las ojeras debajo de sus ojos y la palidez de su piel. Sin embargo y aunque ella había insistido en traer a casa un medimago, Viktor se las había arreglado para convencer a Lucius de que sólo era cansancio, historia que Draco mismo había respaldado sin que Cissa comprendiera en realidad porqué.
Desde que su hijo había sido rescatado de manos de la horrible gente que lo tenía cautivo, era obvio para todos que algo había cambiado en él, el orgulloso y bravo heredero Malfoy se había convertido en la viva imagen de un Omega del medievo, sumiso y siempre obediente con cualquier Alfa que pusiera su atención en él, eso había incluido algunos aurores del ministerio, su padre y el que aparentemente era su predestinado, Viktor Krum. Era como si lo hubieran adiestrado a inclinarse instintivamente ante sus feromonas y Narcissa no podía soportarlo, no cuando ella y Lucius habían hecho todo para que su hijo creciera libre y feliz de la antigua y casi extinta opresión a los Omegas.
Pero Draco no parecía atribulado por su nueva personalidad y eso era lo que más preocupada tenía a su madre, era como si toda la vida hubiese sido de esa forma y cada vez que ella le preguntaba que rayos le habían hecho para cambiar de esa manera, Draco insistía en que no sabía de qué estaba hablando y se marchaba a su habitación. Esta actitud de recluirse se hizo más recurrente con el pasar de los días y para cuando Narcissa menos se había dado cuenta, Draco sólo permitía que su Alfa lo visitara en su habitación, lo que en realidad era un problema en muchos sentidos, los aurores aún querían el testimonio del Omega que se negaba a hablar, los medimagos aún tenían que hacerle un chequeo a él y al cachorro del que estaba embarazado, pero sobre todo, Narcissa debía asegurarse de que nada malo sucedía con su pequeño.
Y se sentía sola e impotente. Con todos los asuntos legales por arreglar y la prensa, Lucius no había estado mucho tiempo en casa y Narcissa realmente necesitaba del apoyo de su Alfa, que juntos encontraran la solución al problema, como habían hecho desde siempre. Ella había esperado por semanas para encontrar una oportunidad de tratar el asunto y cuando simplemente fue imposible, decidió que era momento de tomar sus propias medidas.
Así que esa mañana simplemente se levantó después del desayuno y obligó a su hijo a salir de paseo por el Londres mágico, aprovechando que Viktor se encontraba en Bulgaria por entrenamiento y que Draco no lucía tan decaído como otros días. Así que allí estaban, en medio de la calle, caminando lentamente, uno al lado del otro, únicamente mirando los escaparates de las tiendas. En completo silencio.
—No hace tanto frío para ser invierno —dijo Narcissa en un intento por comenzar una conversación. Draco simplemente asintió, ajustando su abrigo alrededor de su vientre.
Un poco decepcionada por lo mal que estaba saliendo su plan de charlar y pasar tiempo con su hijo, suspiró, fijando su vista al frente. Fue entonces que distinguió una figura conocida no muy lejos de allí, de pie frente a una joyería con la mirada perdida en algún punto, tal vez en alguna pieza. Lucía bastante diferente a como Narcissa lo recordaba de la vez que irrumpió en su casa, exigiendo ser tomado en cuenta para cortejar a su entonces renuente hijo para desposarlo.
Harry Potter no vestía sus túnicas de auror y su expresión era fría y vacía, casi como le hubieran arrancado el alma, muy similar al efecto del beso de un dementor. Pálido y con manchas bajo sus ojos, una descuidada barba de días y su cabello más despeinado que nunca. No que hubiera dejado de lucir atractivo, pero era obvio que no lo estaba pasando muy bien.
Narcissa miró a su propio hijo quién mostraba una apariencia similar y entonces, por alguna razón, recordó aquella fiesta del ministerio, tantos años atrás, cuando había visto a Draco interactuar con el hijo de los Potter tan naturalmente, tocándose, siguiéndose.
Frunció el ceño, comprendiendo y tomando una decisión.
—Auror Potter —saludó a Harry y Draco se tensó visiblemente, al parecer, enterándose recientemente de la presencia del otro hombre—. Buenas tardes.
Harry miró a Draco y algo de color regresó a su rostro, sólo para que sus ojos se inundaran de tristeza al percatarse, nuevamente, de la barriguita del Omega.
—Señora Malfoy —saludó cordialmente—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Escuché que ya no está a cargo del caso de Draco.
—Sí, yo... mis superiores creyeron que era lo mejor, pero le aseguro que la Auror Tonks está haciendo su mejor trabajo, aunque si Draco decide testificar, las cosas serán más rápidas.
Draco agachó la mirada.
Narcissa vio la interacción entre ambos jóvenes. Era como si a Potter le doliera ver a su hijo y aun así no pudiera apartar la mirada. Draco, en cambio, evadía cualquier tipo de contacto, demasiado avergonzado, demasiado confundido. Ya antes Narcissa había notado la falta de memorias en su hijo, una especie de lagunas en situaciones específicas, pero ahora, parecía que si Draco estaba cerca de Potter, no estaba en esa especie de indiferente letargo y eso no podía ser algo malo.
—Lo entiendo totalmente... —le respondió sonriendo—. Y respondiendo a su pregunta, de hecho, creo que sí hay algo con lo que puede ayudarme. —Harry enarcó la ceja—. Justo ahora me dirigía a Gringotts, con todos los gastos que hicimos para encontrar a Draco necesito checar el estado de nuestras bóvedas y Draco siempre se aburre dentro de las reuniones financieras. Tampoco me fiaba de dejarlo sólo en casa, Lucius y Viktor no están, así que... ¿podría cuidarlo un par de horas? Él aún es un Omega sin marcar pero yo comprendería si tiene cosas que hacer y...
—Lo comprendo totalmente, señora Malfoy —dijo Harry a pensar de que Narcissa creyó por un momento que rechazaría su petición—. ¿Está bien si la esperamos en la terraza de la Heladería Florean Fortescue?
Narcissa sintió a Draco aferrarse a su brazo, como pidiéndole que no lo dejara. Ella respondió:
—Por supuesto —dijo, antes de marcharse.
Draco se mordió el labio inferior con fuerza, su corazón latiendo a mil por hora y su maltrecho cuerpo sintiéndose mucho mejor que en días por sólo oler las feromonas de ese Alfa. Debió haber sabido que tarde o temprano tendría que enfrentarse a ese hombre y a lo que causaba en él pero jamás había esperado que sería tan pronto. ¿Viktor se enojaría si descubriera que Draco se sentía atraído por él? ¿Lo abandonaría? ¿Lo rechazaría? ¿Qué pasaría con el bebé?
—¿Nos vamos? —La voz del auror lo sacó de sus pensamientos llenos de dudas, pero sobre todo le hizo sentir consternado. ¿El alfa le estaba preguntando? Viktor muy rara vez preguntaba, él simplemente ordenaba—. Vamos, no voy a hacerte nada, te compraré un helado —insistió y su voz hizo que Draco temblara, siguiéndolo hasta la heladería.
Una vez instalados en la terraza y Draco siendo el único con una copa de helado triple de chocolate en sus manos, el silencio se instaló entre ellos, pero Malfoy podía sentirlo, el montón de preguntas que el auror quería hacerle, preguntas que Draco no podía contestar sin desobedecer a su Alfa. ¿No era eso lo que habían estado haciendo todos los Aurores que hablaban con él? ¿Intentar sacarle información?
—¿Está rico? —preguntó Harry en su lugar. Sin preguntas complicadas y Draco se sintió aún más confundido. Asintió ante la pregunta—. Tú... no me recuerdas, ¿cierto?
—Eres Harry Potter —respondió con simpleza.
—Estuvimos saliendo —aseguró y Draco, quién llevaba una cucharada de helado hasta su boca, se detuvo para mirarlo—, estuvimos saliendo hasta que desapareciste.
—Lo siento, no sé de qué hablas. —Y no mentía pero algo dentro de su cabeza le dijo que, tal vez, era algo que debía intentar recordar.
Ese sentimiento era propio de los últimos días desde que Draco se negó a tomar la medicina que Viktor le llevaba y desde entonces sólo se había sentido más y más confundido, teniendo sueños tan vívidos como si en algún punto hubieran sido realidad. Sueños bellísimos junto a Potter y pesadillas horrendas en la clínica. Sus recuerdos se mezclaban con esos sueños y sus sentimientos se encontraban hechos un mar de tormento que sólo se habían apaciguado ahora que estaba con Harry, tomando un helado como si fuera lo más normal del mundo. Como si Draco no tuviera ya un Alfa.
—Tu... tu pancita no parece tan grande —dijo Harry y Draco no pudo pasar por alto el dolor en la voz del hombre. Tal vez había sido verdad que habían estado saliendo, tal vez se querían, pero entonces, ¿por qué nada más ser «rescatado» había tenido la necesidad de correr hacia Viktor? ¿Por qué no podía recordarlo? No parecía que Harry quisiera engañarlo, no se sentía de ese modo.
—Estoy terminando el primer trimestre —respondió algo incómodo.
Harry sonrió tristemente.
—¿Has asistido a consulta? Ya sabes, para asegurarte de que está bien. Ese día tú no parecías herido pero...
—He tenido consulta en casa —mintió, muy conmovido por la preocupación del auror.
—Eso es bueno, tal vez entonces querrás considerar hablar con los aurores, darles tu testimonio sobre el secuestro. Esa horrible gente está suelta y tal vez podrías ayudar a encontrarlos. Sé que lo que te hicieron —miró su vientre—, debió ser horrible pero...
—No recuerdo nada —respondió de golpe mientras un flash invadía su cabeza: manos atándolo, obligándolo a beber algo, golpes, calor. Parpadeó sin entender que estaba recordando.
—No tienes porque tener miedo de hablar, nadie va hacerte daño.
Una mano sujetando su cabello con fuerza, alguien golpeándolo.
—¿Por qué? —preguntó con las manos temblándole, el helado abandonado en la mesa—. ¿Por qué insisten en decir eso?
Una poción extraña cada día, algunos golpes más, maldiciones.
—¿Disculpa?
Más fiebres, más pociones, el celo interminable.
—Miedo, secuestro, violación. No lo entiendo.
Golpes, palabras hirientes, llanto, frustración.
—¿Draco?
—Es lo mismo con mamá. No deja de decir lo mismo. No lo entiendo.
Penetración, fluidos, sudor, sangre, pociones y fiebre, nuevamente, una y otra y otra vez.
—Draco...
Un bebé.
—¡Cállate! —dijo volcando la silla, poniéndose de pie.
Su respiración era irregular y su corazón amenazaba con salirse de lo frenético que corría dentro de su pecho. Harry seguía sentado frente a él, como si no comprendiera su repentino ataque de pánico. Draco se percató de que le había gritado a un Alfa y casi de inmediato cayó de rodillas.
—Lo lamento, lo lamento Alfa, lo siento —repetía una y otra vez, esperando el golpe, el castigo, pero nunca llegó.
En su lugar, Harry se arrodilló a su lado y abrazándolo susurró:
—Dios, Draco. ¿Qué fue lo que te hicieron?
El sonido de una cámara se escuchó y un flash los iluminó.
—
—¿Qué diablos es esto? —Azotó el ejemplar de El Profeta sobre la mesa de noche. Draco se encogió sobre sí mismo, aterrado. En él se podía ver un artículo en primera plana sobre su reunión con Harry en aquella heladería, breve y sin nada especial a excepción de la foto que habían tomado en el momento preciso en que Harry lo había abrazado.
—Alfa, escucha, no fue nada yo...
—¡No quiero escuchar tus malditas excusas! —gritó con fuerza—. Parece que las malas costumbres nunca se olvidan, siempre has sido una zorra y de las peores. Pudiste haber sido un buen Omega, obediente y amoroso con tu Alfa, pero tus padres nunca supieron criarte bien, siempre hiciste lo que quisiste cuando quisiste y yo estaba dispuesto a ayudarte, a componerte, pero siempre has sido necio.
—Alfa, por favor, he sido un buen Omega —sollozó, temiéndose lo peor.
—Hice de todo, Draco, hice todo por ti, todo para que jamás volvieras a verte con ese idiota pero parece que mis medidas no fueron suficientes, parece que aún te quedan lecciones por aprender.
Draco jadeo ante la varita del hombre, la empuñaba amenazante y con los ojos fuera de órbita por la furia. El rubio enredó sus manos alrededor de su estómago y se inclinó sobre él para protegerlo.
Viktor soltó una carcajada burlona pero Draco no pudo hacer ni decir nada más antes de que la primera maldición se estrellara contra su cuerpo.
—
Primero que nada, quiero agradecerles a todos ustedes que han llegado hasta aquí pese al sufrimiento, pero sobre todo, a aquellos que comentan la historia pidiendo no tarde con el siguiente capítulo pese al angs y la tragedia. Les he prometido un final feliz y una historia fluff y eso es lo que van a tener pero tienen que ser pacientes.
Sé que muchos ya se estarán dando una idea de hacia donde se va encaminado todo esto y espero que la estén disfrutando tanto como yo disfruto escribirla. Debo confesar que, si tarde en subir este capítulo, se debió principalmente al montón de comentarios negativos que generó el capítulo anterior, no hacia la historia, eso puedo comprenderlo, sino a mi persona. Sinceramente no entiendo cual es el problema en simplemente dejar de leer una historia cuando ya no te gusta, incluso hubieron personitas que dejaron su comentario tipo "no puedo con esto, lo siento, ya leeré otras de tus historias" y eso es súper válido, pero creo que yo jamás le he faltado al respeto a nadie como para que me traten así.
En fin, ya he bloqueado y borrado los comentarios de esa gente, también lo he hecho en el imbox y espero no volver a toparme con algo así por que, por respeto a los que todavía leen, quiero terminar este fanfic tranquilamente. No me importa si maldicen a mis personajes, no me importa la cantidad de groserías que usen, siempre y cundo sea a un personaje ficticio y no a mí o a cualquier otro de mis lectores.
En fin.
Ya saben, siempre pueden dejar sus teorías en los comentarios, expresar su frustración y su tristeza, siempre con respeto. Y a todos los que han seguido leyendo, les espera una recompensa *corazones, corazones*
Gracias por leer, votar y compartir.
