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XIII
Donde Orfeo Falló
—Parte 1—
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Albafica y Shion no cupieron en asombro cuando el ave de humo oscuro escapó, saliendo desde el pecho de Agasha con una esfera que resplandecía azul de su pico.
―¡Agasha! ―apresurado y sin dudar, Albafica alcanzó el cuerpo de la chica antes de que este cayese al piso.
Sus ojos verdes estaban abiertos; opacos y vacíos. Y su pálida piel, fría como el hielo.
Asustado como nunca en su vida, el Santo deslizó sus dedos por encima del interior de la muñeca izquierda de la chica donde no percibió ningún latido. Incapaz de aceptarlo, buscó con más ahínco en la yugular; pero tampoco había nada no había nada.
«No es posible», simplemente no lo podía creer. ¿Qué había pasado? ¡¿Cómo?!
Llamando su atención y gritando como un fénix al alzar en vuelo, el pájaro de pronto se detuvo posándose sobre algo invisible pero firme, como si ahí hubiese un sitio sólido que ellos no veían ni percibían. Prontamente, ese respaldo tomó la forma del delgado brazo izquierdo de la poderosa y hermosa diosa Psique.
Galante y orgullosa, la diosa pelirroja los veía con una sonrisa que advertía sólo su victoria.
―No puede ser ―masculló Shion asombrándose por el hecho de que la diosa pudiese ingresar al Santuario sin pasar por las otras casas. Se dice que sólo una vez el dios Hades pudo hacer tal cosa, y eso fue cuando Athena y él se enfrentaron cara a cara luego de perder a casi todo su ejército cada uno.
―Hola ―canturreó ella bajando grácilmente. Sus delicados pies no tocaron el suelo, sólo se mantuvieron elevados muy por encima de este.
―¡Psique! ―gritó Albafica sosteniendo a Agasha―. ¡¿Qué fue lo que le hiciste?!
Haciendo una pequeña y casi infantil mueca de irritación, Psique alzó la mano derecha recibiendo del ave la esfera azul, antes de que los otros Santos Dorados percibiesen su presencia y fuesen a su encuentro. Al verla Kardia silbó.
―Nunca había visto a un enemigo tan sexy.
―Gracias ―Psique le guiñó el ojo―. Albafica, creo que tu colega —miró a Shion—, ya sabe qué es esto.
El pájaro se empequeñeció luego de darle a la diosa la esfera azul y se sentó en su hombro desnudo.
―Es el alma de Agasha, ¿no es así? ―adivinó Shion.
―¿Su alma? ―masculló Albafica viendo atentamente la esfera.
―Así es.
Pronto, el golpe del báculo de la mismísima Athena rezumbó en el piso. Más de uno se asombró de verla tan molesta siendo que la joven Sasha era un alma pacífica.
―¿Qué significa esto, Psique? ―demandó la diosa Sasha con enfado. Su Ilustrísima iba con ella.
Sin temerle, Psique rodó los ojos.
―Ya te lo dije, querida. La Diosa Nyx quiere jugar, pero no al típico juego del gato y el ratón al que tú y los tuyos están acostumbrados. No, no ―divirtiéndose, la diosa pelirroja negó con la cabeza―. Como sabes, mi querida Athena, nada en esta vida es gratis. Nadie mejor que yo sabe eso ―declaró con acidez, recordando su vida como mortal. Llevó la esfera hacia su rostro donde casi la besó pero no la tocó.
Al mismo tiempo, Athena, su Ilustrísima y Albafica cayeron en cuenta de lo que Psique decía.
―Un alma humana insignificante… —siendo tan sensual como en la antigüedad, Psique mantuvo la esfera cerca de su cara pero sus ojos plateados se dirigieron hacia Athena—, por un deseo cumplido gracias a la sagrada agua quieta del lago Elefthería. Es un trato más que justo, ¿no les parece?
¡No! Eso no fue lo que ella misma le dijo a Albafica. ¡Ella no dijo que iba a llevarse algo a cambio! ¡Ella misma negó tener un precio!
―¡No dijiste que ese era el precio! ―Albafica apretó contra sí mismo el cuerpo muerto de Agasha, no quería que su cuerpo se enfriase más, no mientras aún haya posibilidades de regresar su alma.
―¿Y me creíste? ―se burló ella de regreso.
Albafica no podía detener el ritmo acelerado del corazón que golpeaba incesantemente su pecho, este latía furioso, por el miedo y el horror. Miedo a perder a Agasha para siempre. Horror por temer que fue él quien la entregó a Psique sin darse cuenta.
Agasha era la única persona a la que jamás podría quitarle la vida ni aunque su mismísima diosa se lo pidiese. Como consecuencia de esto, sus propios ojos empezaban a arder, su garganta se secó. No podía permitir que se la llevase.
¿Pero cómo? ¿Cómo podía hacer que Agasha abriese los ojos de nuevo? ¿Cómo regresarles el brillo de la vida? No importaba cuánto poder tuviese, la vida no era como un dulce: lo tienes, lo pierdes, compras otro o lo recuperas. Era como sostener agua entre tus manos y caminar en medio de un desierto con ella, cada día perdías mucha y no había esperanzas de tener más de la que se te había otorgado, además de que un leve tropiezo y bastaría para tirarla toda al suelo. ¿Este caso sería el mismo?
―Además, tú hubieses pagado cualquier precio de todos modos ―continuó Psique como si hablase de intercambiar peras por manzanas. Convencida de sus propias palabras, la diosa alzó los hombros con desinterés ante la cara pálida de Albafica.
―¡No lo hubiese hecho!
―Claro que sí ―lo miró burlona―, no olvides que yo puedo leer el corazón humano. Si tu verdadero deseo hubiese sido tener a salvo a esta mujer, posiblemente yo no hubiese tenido poder sobre su alma. A todo esto, ¿cuál es el verdadero deseo de tu corazón? ¿Eh, Albafica de Piscis?
Athena se acercó con más enfado.
―¿Qué logra Nyx llevándose el alma de Agasha? Ella es una aldeana común.
Rodando los ojos, Psique resopló.
―Si ella quisiera la tuya, Athena, no le costaría mucho conseguirla ―esa amenaza puso en alerta a todos los presentes, menos a Albafica―. Basta con girar unas cuantas cuerdas… ―meció el alma de Agasha de un dedo a otro, jugando con ella―, y todos bailan al mismo ritmo. Ni siquiera tú eres inmune a ello. Cada vez que pisas suelo humano… ―sonrió cínicamente―, sólo te haces más humana.
Los Santos Dorados se apresuraron a tomar sus posiciones defensivas para luchar en caso de que Athena diese la orden.
―No, no, no ―canturreó Psique―. No se atrevan a mover un solo dedo. Porque para empezar, si el alma de esta mujer deja de tocar mis manos se evaporará como si fuese arena. Dejará de existir. Y dado a que mi querida Nyx la quiere a ella, no les aconsejo buscarse enemistad con mi señora ―amenazó parando a todos ipso facto―. Porque deben saber que la gran Nyx produce temor en la mayoría de los dioses, hasta en el mismísimo Zeus. Ni qué decir sobre poder aplastar a Hades con un solo dedo; ustedes sabrán si quieren desafiarla —en sus ojos hubo un brillo desafiante y burlón. Incluso cruel. La diosa en verdad quería verlos intentando atacar—. Pero les advierto que ella no obedece la ley de "no batallas entre dioses en suelo humano", si la hacen manifestarse, va a arrasar con este pequeño sitio y con todas las almas humanas en él. ¿En serio vale el precio?
Athena apretó el báculo con fuerza. Al verla indispuesta a ganarse a Nyx y Psique como enemigas, los Santos comprendieron que Psique no bromeaba y Athena conocía bien a las diosas.
Además estaba en juego el alma de una inocente. Y quizás las de muchas otras también.
―Sólo vine a llevármela a ella, es todo. Como te lo dije antes ―se acercó y miró a Albafica cara a cara, quien se moría de ganas por apretar su cuello con sus propias manos―. Tu deseo está cumplido.
―¿Y se puede saber cuál era? ―le gruñó conteniendo su rabia―. ¿Qué es lo que vale tanto como para llevarte a Agasha?
Cual niña, la diosa sonrió.
―La libertad es invaluable.
―¿Qué dices?
―Ya oíste, deseas la libertad. No sólo para ti, sino para todos aquellos Santos consagrados a Piscis.
―¿Libertad? ―masculló Dohko compartiendo miradas con Shion.
―Desde que bebiste el agua, declaraste libres de esa maldición que tanto te aquejó a ti y a tu maestro, y a todos los Santos consagrados a Piscis posteriores a ti. Libres de recibir el veneno que les otorga la capacidad de proteger a su querido Santuario como si nada pasase; libres para disfrutar del contacto humano. Libres para sentir el sol y saberse humanos ―sonrió como si fuese una diosa generosa―. El alma de esta humana es un pequeño precio a pagar por tan semejante don. Deberías ser más agradecido. No sólo estás salvado tú, sino todos los que vengan después de ti. Y admite que la señora Nyx y yo estamos siendo generosas.
Antes de que cualquier otro hablase, Psique lanzó la esfera hacia arriba para que el ave levantase vuelo desde su hombro, la tomase de nuevo con su pico y se levantase al cielo, atravesando el techo de la Casa de Piscis.
―¡No! ―gritó Albafica sin poder soltar el cuerpo de Agasha.
―¡Psique! ―exclamó Athena―. ¿Entonces esto sí fue otro de tus engaños? ¿Cómo te atreviste?
―Nada de eso ―musitó la diosa sin dejar de sonreír―. Verás, yo te lo dije. Mi diosa necesitaba relajarse, y se siente tan sola ―suspiró con una fingida tristeza―. Vamos, anímense. Yo no puedo estar con ella todo el tiempo. Al final Nyx decidió que quería un poco de compañía y el alma de esa muchacha no está nada mal. No hay codicia, ni odio. Sólo un corazón roto y solitario; como el de mi señora. Créeme, le hago un favor a Agasha, después de todo, ¿qué le queda aquí? No tiene familia, ni amigos, ni siquiera una mascota. ―Se rio como si hubiese dicho algo con mucho sentido―. Ellas dos se llevarán bien.
Dando una vuelta grácil; Psique usó su mano para centrar su cosmos, el cual rodeó el cuerpo de Agasha, levantándola de los brazos de Albafica. Hizo un movimiento de dedos para que el cuerpo vacío fuese envuelto con una sábana blanca que apareció por su voluntad. Siendo cuidadosa, la descendió al piso.
―No hay mayor honor que morir por un dios ―decretó fríamente Psique―, Agasha estará bien; el Inframundo no la tocará. Aunque no puedo decir lo mismo del resto de ustedes ―barrió con su mirada a todos los presentes hasta llegar con Albafica―. Espero que seas feliz con tu obsequio. ―Entonces ella misma también desapareció.
"Ten mucho cuidado con los regalos de los dioses. Nunca sabes qué sorpresas puedan venir con ellos".
Esas palabras tenían tanto sentido que dolían.
Albafica cayó de rodillas justamente enfrente del cuerpo con la sábana que hasta hace unos minutos había pertenecido a una bella muchacha que le había tratado como un ser humano común.
¿De verdad… la había perdido?
…
―Despierta, despierta, pequeña ―oyó una voz amable y suave a los lejos.
Inhalando fuerte, Agasha abrió los ojos en lo que debía ser el espacio floral más hermoso que pudiesen sus ojos admirar. A su lado, un fascinante e hipnótico río de agua azulada corría al son de un melodioso ritmo natural que la relajó.
―¿Dónde estoy? ―se llevó una mano a la cabeza, la sentía a punto de explotar.
―En los Campos Elíseos ―respondió la voz hermosa de hace unos momentos.
Soltando un respingo, Agasha se giró para encarar a la mujer más impresionantemente bella que hubiese podido ver. Usando una trasparente toga azulada con oro precioso. La mujer en cuestión era alta, de exótica piel oscura, un cabello que se alzaba como si fuese humo. Con unos grandes ojos negros que parecían ser el reflejo del cielo al caer la noche, adornados por unas largas y pobladas pestañas.
Era… hermosa.
―¿Quién es usted? ―suspiró Agasha, anonadada por su presencia. Dudaba que en el mundo real hubiese una mujer como ella.
―Soy Nyx, la diosa de la noche.
Oh, oh.
Ahora sabía por qué esta dama parecía de otro mundo, porque no era humana.
―No estoy soñando ―masculló asombrada. Agasha no pudo creerlo pero lo veía.
―Eso hace Morfeo, pero yo no soy él ―respondió Nyx a una pregunta que Agasha no había hecho―. Bienvenida a los Campos Elíseos —repitió el nombre de su ubicación.
―¿Los Ca-Campos…?
―Psique tomó tu alma para mí, como pago por el deseo del mortal Albafica de Piscis; tú ahora estarás aquí conmigo.
Mareada por la información, Agasha miró que su ropa raída había desaparecido para dar paso a una toga rosa transparente que dejaba al descubierto su piel; cohibida intentó cubrirse con sus brazos, lo que hizo que la diosa Nyx sonriese.
―No seas tímida, no hay nada de qué avergonzarse.
―Di-disculpe… pero…
Asombrada, Agasha miró sus perfectas manos sin cicatrices ni signos de resequedad. Sus uñas estaban perfectas. Y sus muñecas, oh dioses, estaban adornadas con pulseras de oro y rubís. Su brazo derecho luciendo un brazalete de oro sólido y el broche de la toga que usaba era del mismo material. Su cabello estaba precisamente trenzado con algunos mechones afuera; retocado de flores que cubría su melena en cascada hacia su hombro izquierdo. Y sus pies descalzos sobre las suaves flores coloridas del campo habían dejado la suciedad y algunos callos para mostrarse delicados; suaves incluso.
―Esto no puede ser real ―miró a Nyx pidiendo su piedad―. Eso quiere decir… ¿morí?
―Así es ―Nyx no borró su sonrisa―. Oficialmente estás muerta.
Los ojos verdes de Agasha se agrandaron con impacto.
¿En qué momento pasó?
…
Déjame preguntarte algo. ¿Alguna vez haz sentido el dolor de ver partir a la única persona que te importaba, justo enfrente de tus narices?
Si la respuesta es no, entonces no sabes lo que Albafica sintió al acercar sus dedos temblorosos a la nariz de Agasha cubierta por la sábana.
Nadie ahí supo qué diablos estaba pasando.
¿A qué trato se refería Psique? ¿Por qué mencionaba a la diosa Nyx, cuál era su papel aquí? ¿Y por qué Athena y su Ilustrísima parecían estarse reprendiendo internamente? Nadie supo qué decir o hacer. Sólo sabían que una humana muerta se hallaba cubierta por una sábana blanca en medio de la Casa de Piscis, y Albafica parecía haber muerto con ella.
Dohko sintió mucha pena, y pensar que hasta hace unos momentos había sido un tanto irrespetuoso con la muchacha. Por su lado, Shion no supo si acercarse a Albafica o no.
Nadie supo qué hacer.
Desde que había caído de rodillas no hablaba, ni siquiera sabían si él seguía respirando al menos.
Estaba perdido en un abismo terrible.
Apretando su puño libre, Sasha desvió su mirada, debió haber sabido que Psique no se iría así sin más. Para evitarse pleitos innecesarios, no sabía sido a ella a la que decidió atacar sino a alguien que ni siquiera pudo saber qué fue lo que le ocurrió. Una humana inocente había sido asesinada justo enfrente de ella y no pudo hacer nada para evitarlo.
Apretando su báculo; harta de tantas injusticias producidas por su cruel Panteón, Athena decidió llamar a alguien que debería saber qué estaba ocurriendo en realidad.
Ella era la diosa Athena, y nadie se llevaba un alma en frente de sus narices sin que hiciese algo para detenerlo.
Llamando su potente cosmos, Sasha alzó su báculo hacia arriba y luego dio un fuerte golpe en el piso.
―¡Eros, yo Athena, te invoco en tu forma humana!
Nadie ahí supo qué había exclamado Sasha. Lo que tampoco previnieron fue la repentina presencia majestuosa de otro dios, uno que rivalizaba con el de Psique o quizás superior.
Un hombre alto, apuesto de ojos azules, cabello rubio y ondulado hasta su espalda; con un traje de combate griego antiguo, Eros con una galanura exquisita, meció su cuello como si el grito de Athena le haya destruido algún tímpano.
―Preciosa, ya deberías saber que Ares no puede vernos juntos. El bastardo aún nos odia y me cela porque cree que me amas ―se rio como si hubiese contado un chiste hilarante—. Bastardo asqueroso.
Nada anormal que Eros no tuviese ni una pizca de cariño por su progenitor. El dios de la guerra realmente nunca se hizo querer por sí mismo.
―Esto es serio ―espetó Athena. Todos sus Santos se mantuvieron al margen, incluso su Ilustrísima, por lo que dejaron hablar a la diosa―. ¿Qué planea Psique, hacer?
―¿Disculpa?
―Psique acaba de jugar con mi paciencia, llevándose el alma de uno de mis aldeanos como tributo a la diosa Nyx. No me pongas a prueba.
―Yo jamás te pondría a prueba, lindura ―Eros alzó los hombros―. Ya sabes que Psique es independiente, pero le debe varios favores a Nyx. Si ella hizo algo, ¿por qué siempre recurren a mí? ―Se fastidió negando con la cabeza.
Sasha ignoró su tono.
―¿Favores?
―Digamos que mi madre aún no termina de aceptarla ―Eros suspiró con tristeza―. Y el resto no están muy felices de compartir espacio con una humana que recibió la ambrosía porque un dios la ama. Sobre todo si ese dios se trata de mí.
―Eso lo sé. Yo nunca le negué mi mano. ¿Por qué su traición?
―Nunca le negaste la mano, en el sentido educado; pero jamás se sintió bienvenida ni por ti.
―Eso no justifica que se lleve almas frente a mis narices.
―Supongo que tienes razón. ¿Y qué se supone que quieres que yo haga? Sabes que eso de la recolección de almas no es mi área.
Sasha estaba a punto de sacarle la verdad a Eros a base de golpes, pero alguien la interrumpió.
―Dime cómo recuperarla ―masculló Albafica desde el suelo.
Soltando un suspiro, Eros desvió la vista y alzó una ceja cuando vio a Albafica parándose con las intenciones de recuperar a Agasha.
De hecho varios presentes fruncieron los ceños cuando lo notaron; de forma demencial Eros y Albafica tenían cierto parecido, como si fuesen hermanos o algo así, incluso su altura era la misma. Salvo por el cabello, el tono de piel y el lunar en el rostro de Albafica, el resto parecía ser inmensamente parecidos.
Nada feliz con esos detalles, el dios del amor se cruzó de brazos.
―¿Tú? ¿Quieres recuperar un alma que Nyx se llevó? ―haciendo una mueca divertida, Eros lo desafió―. Quiero verte intentándolo, humano.
―Eros ―advirtió Sasha―, Psique declaró que no habría pago por el agua de Elefthería y resulta que sí lo había. Mintió.
―Wow, mi querida esposa miente a veces ―fingiendo sorpresa, Eros sonrió con su natural galanura―. Gracias por el dato, no me había dado cuenta.
―Olvídalo, llamarlos a ustedes es inútil.
Athena iba a darse la vuelta para ignorarlo cuando Eros la interrumpió.
―Espera, pequeña. No dije que no me conmovieses.
Atentos, los presentes vieron al apuesto Eros pasar de Albafica para ir con Agasha. Tomó la sábana creada por su esposa y la alzó con fuerza para descubrir el cuerpo sin alma.
―Es linda ―llevó una mano para acariciar su frío rostro―. Hey, tú ―llamó a Albafica―, ¿es tu mujer?
―Sí ―dijo sin pensárselo.
―Lo supuse.
―Disculpa, pero, ¿cómo deduces esas cosas? ―quiso saber El Cid.
―Verás, yo soy el dios del amor, cosa de la que estoy muy orgulloso. Y para variar soy tan subestimado que no tienes idea de lo que te podría hacer sin siquiera hacerte un rasguño ―siguió acariciando cada centímetro de la cara de Agasha mientras hablaba—. No tengo necesidad de ello.
―No eres un dios guerrero ―dijo Sage con tacto.
―Oye cálmate anciano, sé cómo usar bien una espada —decretó ofendido—. Pero prefiero mi zona de confort.
—¿Qué sería…?
—En este mundo hay dos grandes fuerzas que mal encaminadas causan desastres. El odio y el amor. Si uno odia, o ama de más, puede causar mucho más mal que bien o viceversa. Por qué no les explicas, hermanita, ¿por qué ningún dios busca joderme a mí?
Athena suspiró.
―Eros es capaz de destruir a alguien sin siquiera la necesidad de dejarse ver. En la Era Mitológica era temido por su afición de unir humanos por diversión con flechas de pasión, luego las flechas de odio hacían que sus allegados se traicionasen entre ellos y causasen caos. Guerras, ríos de sangre, desastre absoluto.
El dios se rio.
―No hay nada más divertido que ver a los humanos matándose por un amor ilusorio —susurró con malicia—. Por ejemplo. Un día a un rey le pareció divertido desafiarme; se burló de mí en uno de mis templos. Lo quemó, lo destruyó, e hizo que mis sacerdotisas fuesen violadas por sus hijos y soldados, luego las mataron dejando sus pedazos por todos los alrededores.
»A mí me pareció divertido hacer que su linaje que fuese a la basura. Sólo usé una pequeña flecha roja e hice que su heredero se enamorase de su esposa. —Su voz gélida y llena de satisfacción hizo que todos tragaran saliva—. Sí, hice que el bastardo se enamorara y se metiera a la cama de su propia madre; lo hice odiar a su padre a tal punto que lo arrojó a una jauría de leones en un coliseo apenas tuvo la oportunidad.
»Luego hice que sintiese atracción por una de sus hermanas lo que ocasionó que la violase; de esa unión salió otro bastardo que más tarde lo mataría por el odio que su madre sentía al verlo y de los maltratos que sufrió de su parte.
»El bastardo número dos tomó el control del reino y durante años fue un sádico empedernido que terminó suicidándose cuando le clavé una flecha de amor hacia otro hombre, un anciano con tuberculosis ―se rio al recordarlo, luego les sonrió a los Santos con sadismo―. Y esa es sólo una historia.
Soltando un gruñido, Athena masculló tan asqueada por ese relato como se sentía el resto de audiencia.
―Menos mal que Psique llegó a tu vida.
―Mi madre estaba impresionada por mi mente retorcida y me pidió matarla porque no podía concebir que fuese más bella que ella. Amo a mi madre, pero Psique cautivó mi pútrida alma ―con cuidado, delineó los labios de Agasha―. Ella me hizo prometer que no volvería a hacer miserables a los humanos. Después de todo, todos tienen un compañero y serán miserables igual con o sin mi intervención.
Se levantó cubriendo el cuerpo de Agasha de nuevo con la sábana.
―No hay nada más temible que un dios como Eros que no sabe controlar sus propias emociones y mucho menos la ira ―espetó Sasha con cierto resentimiento.
Eros no la contradijo.
―Si el rey no hubiese interferido en mi templo, no me habría cabreado. Es más, él hubiese vivido una larga vida con hijos leales y rectos. Su esposa habría muerto por una enfermedad y en su honor habría edificado un centro médico para su gente ―explicó con parsimonia―. Su hijo heredero se habría casado con una aldeana de la cual se habría enamorado de no ser por mis flechas; la mató cuando la conoció por detenerle el paso cuando debió haberla amado.
»Pobres humanos tontos. Al llenar el corazón de odio de aquel hombre hice que matase a su mujer destinada a sangre fría cuando su destino era amarla hasta su vejez; el rey final no habría nacido en esa época y al hacerlo lo habría hecho con forma de un jabalí salvaje que terminaría devorado un león, como debía ser. Pero… todo pasa por una razón, cuando el bastardo sádico murió el siguiente en la lista resultó ser piadoso, decido no seguir los malos pasos de su señor padre ejerciendo hasta el fin de sus días, su rol como un rey honorable.
Nota mental en las cabezas de todos los presentes: "Jamás hacer enfadar a Eros".
―Mi querida esposa me hizo reflexionar en mis acciones y desde entonces veo de lejos a los humanos. Quien quiera adorarme que lo haga, el que no, mejor que ni me mencione. Puedo ver a los humanos conectados. Lo que ustedes llaman "almas gemelas".
Miró a Albafica.
―Ella es para ti lo que Psique para mí, lo veo bastante bien. Mientras mi esposa puede leer el corazón, yo puedo verlo y comprenderlo sin errores, ella aún es una pequeña bebé que cree saber más que yo y sin embargo aún la amo con la misma intensidad. Mujeres ―suspiró―, no podemos vivir con ellas ni sin ellas.
Mientras Santos como Kardia y Manigoldo asintieron. Athena estrechó su mirada sobre él.
Ignorándola, Eros echó una mirada al cuerpo de Agasha y luego regresó a Albafica.
―El rencor y la desesperación no son buenas compañeras, acepta mi consejo, debes encontrar un modo de alejarte de ellas. Sólo así podrás recuperar su alma.
―¿Existe tal modo? ―Suspiró el Santo de Piscis llegando hasta el punto que a él le importaba.
―De no ser así, Orfeo jamás habría tomado la estúpida decisión de ir por su amada al Inframundo.
Los Santos restantes comenzaban a ver por dónde iba esto; no les gustaba.
―Es cierto, el alma de esta mujer está ahora en los Campos Elíseos en los territorios de Nyx. Si realmente quieres salvarla, deberás ir por ella.
―Pero ―interrumpió Dohko―, ¿no se supone que para ir allá debes…?
―Es una enorme falta a los dioses que un mortal, vivo, ingrese a los Campos Elíseos. ¿Debes morir? Sí. Pero puedes volver. Para eso existe el límite de los tres días.
―Eros, ¿qué estás pensando en hacer? ―masculló Athena.
―Tú lo sabes ―respondió Eros―. Viniste a mí por una respuesta y te estoy diciendo algo que tú ya sabes.
―¿Qué debo hacer? ―preguntó Albafica decido.
Sea cual sea el riesgo, él iba a correrlo si con ello lograba traer a Agasha de vuelta a él.
―Ten cuidado, humano ―avisó Eros―. Verás, el tiempo entre el mundo de los vivos y los muertos es distinto, fuera de su entendimiento por lo que no perderé tiempo explicándoselos. Para hacer que tu alma llegue a ella deberás primero asegurarte de que tu alma sea digna de entrar a los Campos Elíseos una vez que tu cuerpo muera, podrás ir por ella.
Athena suspiró llamando la atención de Sisyphus.
―¿Señorita? ―el Santo de Sagitario fue hasta ella.
―No es nada, es sólo que…
Eros la vio de reojo.
―Otra cosa, ingresar a los Campos Elíseos te restringe de tu fuerza mortal; es decir, todo poder que crees tener aquí se desvanecerá. Allá no serás más que otra alma y como tal puedes ser evaporada sin ningún problema. ¿Entiendes los riesgos? Nyx no es nada paciente ni mucho menos compasiva, ¿por qué crees que son muy pocos los que la visitan?
―Lo comprendo, y lo haré.
―Bien, espero que lo hagas mejor que Orfeo. Porque tú prueba será aún peor. Prepárate para sangrar.
El dios desapareció de su lado, reapareciendo en el techo de la casa con dos alas blancas extendidas; alzó su mano derecha convocando un arco dorado de extremo resplandor, a su lado, el arco de Sagitario parecía un juguete.
Al tenerlo en sus manos, una flecha negra se hizo presente. La apuntó con fuerza hacia su objetivo.
―¿Tuviste en cuenta mi historia? ¿Sabes lo que es esto?
Athena miró con preocupación e impotencia. Sage la vio.
―¡Mi señora!
―¡No interfieran! ―exclamó ella apretando los dientes esperando que el dios supiese lo que estaba a punto de hacer.
Eros sonrió a Albafica antes de disparar la flecha a su corazón. Ni la poderosa Armadura de Piscis pudo repelerla, esta claudicó como papel bajo la punta afilada hasta enterrarse en el pecho de Albafica, el cual no murió, sólo bajó la cabeza y dio 3 pasos atrás por el impacto.
―¡Albafica! ―exclamó Shion siendo retenido por Dohko.
―No lo hagas.
―Esto no puede ser bueno ―musitó Manigoldo a Kardia y Dégel.
El Santo de Escorpio vio a su compañero caer de rodillas con la flecha enterrada en su corazón, a medida de que esta se iba adentrando en su pecho, el cabello de Albafica se iba ennegreciendo centímetro a centímetro iniciando desde las raíces.
―¿Qué demonios? ―musitó Hasgard con asombro ante lo que veía.
Por arte de magia, la Armadura de Piscis abandonó el cuerpo de su maestro. Creyeron que Albafica había muerto, pero no, el cuerpo del Santo se levantó con lentitud como si nada lo hubiese herido.
Al mismo tiempo, Eros bajó desvaneciendo su arco, miró a Athena y sonrió.
―A partir de ahora su tiempo se acaba hasta que la flecha infecte por completo su corazón una vez que pase eso el odio lo consumirá por completo. Aún así no hay nada más que garantice su entrada a los Campos Elíseos que vencer al odio ―informó severo―. Independientemente si cumple con su misión o no, ya no depende de mí. Me debes un favor Athena, ahora todo queda en manos de tu humano.
Eros se desvaneció.
Shion fue en ayuda de Albafica. Ayudándolo a levantarse. Bastante pronto el Santo de Aries se dio cuenta de que no podía tocar la flecha, a pesar de verla bien y no identificarla como un objeto transparente, al rozarla no la sintió. Como si no hubiese nada, pero de la herida de Albafica salía sangre real que sí pudo sentir.
―Shion ―musitó Albafica con la cabeza baja―. Esta flecha… es una flecha de odio. Lo siento recorrerme… me siento alterado… no sé cómo describirlo ―dolido, Albafica flaqueó sus piernas.
―Vamos, vamos, levántate.
―Oye, niño. ¿Estás bien? ―preguntó Dohko, queriendo saber por su condición.
―¿Acaso me veo bien? Imbécil —espetó.
Albafica se atragantó cuando vio la cara estupefacta de Dohko. Se tomó la cabeza con las manos sintiendo un dolor inmenso. La flecha ingresó un poco más a su pecho.
―Lo siento.
Esta vez Albafica lo dijo en serio. Jamás le había dicho algo así a nadie, menos a un Santo tan respetable como Dohko de Libra.
―Debo decir que lo resistes bien ―dijo Sasha acercándose―, pero no durará. Cuando la flecha haya entrado en tu cuerpo, como dijo Eros, el odio te habrá consumido por completo. Espero que puedas repelerlo.
―¿Y eso qué significa, mi señora?
Albafica lo supo.
―Que deberemos matarlo por el bien de la humanidad si no lo logra ―dijo Kardia.
―¿Sólo entonces podrá ingresar a los Campos Elíseos? ―preguntó Manigoldo―, vaya mierda.
El Santo de Cáncer iba a tocar la flecha negra, pero como pasó con Shion, su mano la traspasó.
―Así que por eso las víctimas de Eros no pueden librarse de su destino, la flecha no puede ser sacada por otro que no sea un dios.
―Por otro que no sea Eros, de hecho. Y aún a veces ni él es capaz de detener el proceso ―informó Sasha―. Los humanos que no tienen un cosmos tan elevado como ustedes. Ni siquiera podrían ver la flecha si no fuesen Caballeros.
―Lo repito, vaya mierda.
Albafica se mantuvo de pie apenas.
―¿Por qué la armadura se fue? ―quiso saber repentinamente.
―Un corazón lleno de odio jamás es correspondido ―explicó Sage―. Posiblemente…
―¿Posiblemente qué? ―gruñó Albafica mirándolo con un deseo de matarlo tan palpable que Shion se interpuso―. Y tú, tú la trajiste aquí. Tú la mataste.
Muy tarde, Shion comprendió que Albafica se refería a Agasha.
La versión falsa que él le había dicho a su compañero fue para evitarle a ella más disgustos. Estúpidamente pensó que su presencia traería más bien que mal. Ahora se arrepentía profundamente de haberle insistido a Agasha porque se quedase.
―Yo no la maté y lo sabes ―espetó convencido de si bien parcialmente fue culpable de involucrar a Agasha en un problema que no la involucraba, tampoco era responsable de su muerte.
―¿Cómo creerte? No dices más que mentiras.
Con o sin armadura, el cosmos de Albafica era elevado.
―¿Mentiras?
―¿Acaso mentirás al decir que no te aprovechaste de ella cuando fuiste a buscarla a su casa esta mañana? ―gruñó cual perro sarnoso.
¿Este era el poder de la flecha de odio de Eros?
Era peor de lo que cualquiera se pudiese imaginar, y la punta de la flecha aún era visible. ¿Qué ocurriría cuando esta ingresase por completo en su corazón?
Las raíces del cabello de Albafica ya estaban teñidas de negro, la flecha por su parte había se perdido 4 centímetros adentro de su víctima.
―Yo no me aproveché de nadie, y jamás tocaría a Agasha ―dijo Shion sin quitarle los ojos de encima.
Ambos Santos se rodearon el uno al otro cual tigres a punto de empezar a morderse entre ellos, Dohko estaba listo para interferir, Kardia a pesar de su estado no iba a consentir sangre derramada innecesariamente luego de saber que Albafica no estaba siendo él mismo.
―Bastardo mentiroso ―bisbiseó Albafica.
―¡Escuchen lo que dicen en presencia de la diosa! ―gritó Hasgard. Sisyphus estuvo de acuerdo, no claudicó su posición frente a Sasha, quien veía atenta el acontecimiento.
―Albafica, reacciona ―pidió Asmita quien hasta el momento se había mantenido al margen―. La flecha de odio te está haciendo imaginar cosas que no vienen al caso. ¿Acaso olvidas tu misión de recuperar el alma de Agasha?
―¿Por qué recuperar el alma de una mujer como ella?
Eso no sonó como el anterior hombre que había enfrentado cara a cara a Eros y Psique por Agasha.
―La flecha convierte todo el amor en odio ―explicó Sasha a Sisyphus en voz baja―. Posiblemente ni él lo sepa, pero Albafica originalmente siente un aprecio genuino por Agasha pero la flecha lo hará odiarla más que a nadie, si Albafica se deja consumir por ese odio, al morir su alma será condenada al hades y no a los Campos Elíseos.
Sisyphus de Sagitario miró con temor cómo Albafica giraba su atención a la chica que, sin su alma, quedó a merced de un hombre que ahora la odiaba con la misma intensidad que al parecer una vez la amó.
Incluso Kardia abrió los ojos desmesuradamente cuando Albafica convocó una rosa blanca sin dejar de ver a la chica. Luego la lanzó hacia ella.
―¡No, Albafica! ―gritó Shion.
La rosa se clavó en el suelo cuando el cuerpo de Agasha fue removido velozmente por Regulus de Leo. Al sostenerla entre sus brazos, el joven Caballero miró a su colega con temor sin soltar a la aldeana.
―¡¿Qué te ocurre?! ¡Estuviste a punto de matarla!
Albafica ennegreció su mirada al ver cómo Regulus estrechaba su mirada sobre él.
―Esa era la idea ―masculló convocando otra rosa blanca―. Apártate, mocoso. O te mataré igual.
Buscando ayuda con la mirada, Regulus encontró la respuesta en Hasgard. Asintió y en un segundo a otro, acomodó el cuerpo de Agasha entre sus brazos para luego salir corriendo de la Casa de Piscis con ella. Al mismo tiempo Hasgard se lanzó contra Albafica para darle tiempo a Regulus de esconder el cuerpo de la chica hasta que descubriesen el modo de evitar que Albafica la matase y condenase su alma al hades en vez de ir a los Campos Elíseos por ella.
La cuenta regresiva había empezado a correr, Albafica debía vencer el poder de la flecha de Eros o todo esfuerzo por recuperar a Agasha sería en vano.
El gran hombre de Tauro se molestó al ver a su amigo peleando contra él para quitárselo de encima.
―¡¿Acaso esa es toda tu fuerza, Albafica?! ¡¿Una simple flecha era más que suficiente para matar el amor que sentías por esa chica?!
Decidido a no dejar escapar a su presa y aún más enojado por la interferencia de Hasgard, Albafica usó una complicada técnica cuerpo a cuerpo para zafarse de su captor, logrando encestarle un puñetazo en la quijada. Exitosamente usó su velocidad inhumana para ir tras Regulus, o más bien, tras Agasha.
Seguido de él, corrieron El Cid, Manigoldo, Kardia, Dohko y Shion.
Sisyphus ayudó a Hasgard a incorporarse.
―Recuérdame jamás pensar que Eros es un dios inofensivo ―se sobó el golpe dejado por su colega―. Esto será complicado, ¿deberíamos seguirlos?
―Ya hay seis de nosotros tras Albafica, no podemos dejar desprotegido el Santuario ―declinó el Santo de Sagitario depositando la fe en su sobrino y compañeros.
Dégel, Asmita, Hasgard y él eran los únicos Santos que quedaban para cuidar el Santuario de algún invasor. ¿Dónde diablos estaba el Santo de Géminis cuando se le necesitaba?
―Si Albafica no lo logra, tanto su alma como la de Agasha estarán perdidas ―musitó Sasha sintiéndose imponente por no poder evitar el desastre que presagiaba.
―Como Orfeo fue a buscar a su amada y falló. Albafica deberá recuperar no sólo el amor que siente hacia Agasha, sino también su confianza.
―¿Qué sabes tú, Asmita? ―preguntó Dégel a su colega por sus palabras.
―Qué es obvio. Albafica creyó la mentira de Psique, él pensó que, como ella dijo, el agua sólo le quitaría la maldición por un par de horas cuando en realidad su deseo fue desvanecer de tajo la maldición de la sangre envenenada. Es decir, Albafica creía que tenía tiempo límite antes de recluirse de nuevo cuando la realidad es que él ya era libre.
Los Santos escucharon su explicación.
―Eso explicaría su malhumor ―interrumpió Hasgard―. Según Eros, esos dos estaban destinados a estar juntos. Creo que cualquiera estaría irritable por tener que dejar a la única persona que amarás en toda tu vida —puso una pequeña pausa antes de agregar—: Y él ni siquiera lo sabía.
Sasha se contrajo en su sitio, sólo su Ilustrísima lo notó.
―Cuando Kardia fastidió a Albafica, fue como si toda esa rabia y desesperación explotase. Dejar a Agasha fue sólo el inicio. Su alma no soportó más dolor y finalmente terminó por desatar toda su rabia acumulada sobre la primera alma que se le cruzase.
―Sí, Kardia siempre ha tenido más bolas que cerebro y una destreza inigualable para sacar de quicio a cualquiera ―meditó Dégel.
―Luego llegó Psique para llevarse el alma de Agasha ―contribuyó Sasha―, si el plan original era llevarse sólo a Agasha, ¿por qué Eros respondió a mi llamado cuando nadie más lo ha hecho en una guerra contra Hades?
―A todo se agrega a la diosa Nyx y la cuartada de Psique, que para ella esto no es más que entretenimiento ―agregó Sisyphus.
―Pues vaya modo de divertirse ―farfulló Hasgard―, por si no tuviésemos suficiente con Hades y compañía.
―Sea como sea, hay dos almas en juego ―Dégel se dio la vuelta dispuesto a marcharse.
―¿Irás también?
―No puedo dejar a Kardia solo o podría hacer otra estupidez ―le respondió a Asmita―. Volveremos tan pronto como este drama se resuelva.
―Tengan cuidado ―susurró Sasha―. Mucho cuidado.
…
―Ya veo ―susurró Nyx―, así que tu padre inculcó en ti su amor por las flores.
Agasha asintió honrada de que la diosa Nyx quisiera saber sobre ella. Por primera vez en su vida se sentía como alguien importante, es decir, ella siempre se sintió importante al hacer los encargos desde su negocio al Santuario para la diosa Athena, pero cada vez que Nyx la halagaba por su destreza al amarrar los tallos de las flores para crear coronas y pulseras, era alimentar un ego tan grande que Agasha no sabía que tenía. Se sentía realizada y sumamente feliz.
―Lamentablemente él me dejó hace poco tiempo ―suspiró, luego se le ocurrió―: ¿no estará por aquí?
Nyx la miró.
―Posiblemente sí ―respondió como si de pronto el cambio de tema la molestase.
―¿Y usted cree que pueda encontrarlo? Yo… realmente quisiera verlo…
―Agasha ―la llamó Nyx―. Aún no acabas mi arreglo ―le señaló el trabajo que la chica había dejado de lado cuando se puso a hablar de su padre.
Apenada, Agasha se sentó sintiéndose mal por estar a punto de salir corriendo.
―Disculpe. Lo terminaré.
Recuperando esa sonrisa grácil, Nyx asintió y se volvió a acostar encima del resto de las flores.
―Me gusta tener compañía ―habló la diosa―. Los otros dioses me fastidian con su superioridad, sobre todo ese bastardo de Apolo.
―¿A-Apolo?
―El niño brillante atrae polillas ―bromeó usando un juego de palabras con su nombre (Apolo-polillas). Cuando Agasha lo captó soltó una carcajada―. Te lo digo francamente, de no ser porque su hermana (otra estúpida) es como una aliada para mí, ya habría asado a Apolo con su propio sol sólo para dárselo de comer a su madre.
Aferrándose a su aliento, Agasha tomó de un montón de rosas que antes había tomado, una de color blanco para integrar con las otras.
―Me sorprende que esté tan sola ―dijo Agasha pensando en que eso no debería ser así―, es usted muy divertida.
Nyx sonrió tristemente.
―Los odio y ellos me odian ―los ojos de Nyx parecieron cristalizarse por lágrimas―. Podría destruirlos a todos sin sudar y eso les arde en sus culos podridos; mis hijos Thánatos e Hýpnos son unos ineptos que no saben a quién deben ofrecer su lealtad. Sirven como perros al captor de mi esposo, Érebo.
―¿Esposo?
―Soy casada, mi niña.
―Wow, se ve muy joven ―opinó Agasha recordando que hablaba con una diosa―. Disculpe, no quise ofenderla.
―No lo haces ―musitó Nyx limpiándose sus lágrimas.
―Seguro sus hijos algún día verán que usted les necesita más que Hades.
―¿Cómo sabes que hablaba de Hades?
Agasha bajó la mirada.
―Son los únicos dioses que conozco que son aliados de Hades.
―Ya veo, qué reputación tan baja se han hecho con los mortales ―masculló Nyx―. Antes eran reconocidos por ser dioses independientes y leales a sus creencias, pero desde que se dejaron engañar por el cerdo del Inframundo pasaron a ser sombras suyas. Marionetas a sus órdenes. Estoy avergonzada de ellos.
La chica no supo por quién sentir lástima, si por Nyx o por los dioses que en efecto, eran más recordados como ser los secuaces de Hades que por ser ellos mismos.
Sea como sea Agasha no pudo decidir nada pues en su pierna derecha se clavó un dolor que no creyó poder sentir.
Gritó soltando la flor que iba a poner en el arreglo.
―¿Niña?
Agasha se llevó una mano al área afectada (la pantorrilla interna derecha) y para su sorpresa vio que no era nada.
―¿Qué pasa?
―Y-yo… no sé. Me dolió de pronto la pierna.
―Imposible, las almas en los Campos Elíseos son ajenas al dolor.
―Quizás lo imaginé. ―Aunque aún le punzaba, en su interior, Agasha supo que esto no estaba bien.
―Si vuelve a pasar, avísame. ¿De acuerdo?
Agasha asintió ante la amabilidad de Nyx.
―Lo haré ―dijo volviendo a tomar la flor entre sus manos.
—CONTINUARÁ—
Última actualización de este 2019.
¿Todos listos para celebrar? 7u7
Les aviso que en esta parte no hubo gran cosa en los cambios salvo por unos cuantos errorcillos pero nada relevante.
Por otro lado, seguro hay quienes no están muy de acuerdo sobre este arrebato de Albafica, y no creen que sea odio genuino como debería ser. Pero digamos que tampoco es como si tuviese mucho tiempo para hacer que Albafica maquille planes maléficos para matar a Agasha o a alguno de sus compañeros.
Digamos que en este fic, la flecha de odio de Eros, esta tiene diversos modos de actuar y en el caso de Albafica, que ya estaba demasiado alterado; las acciones fueron instantáneas y violentas. A diferencia de cómo es él en realidad: serio y cauteloso.
Iré editanto los capítulos restantes. Ojalá sigan leyendo y disfrutando.
¡Saludos y feliz año nuevo a todos!
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