los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Capítulo 15 Spinner´s Falls

Al volver con el anillo de plata, Jack se detuvo sólo para ponerse

sus harapos y bajó a las cocinas de palacio. El mismo chiquillo estaba

removiendo la sopa de la princesa. Jack le pidió de nuevo que le

dejara el cucharón, a cambio de una moneda. Y ¡plaf!, allá fue a parar

el anillo de plata. Jack desapareció antes de que el cocinero jefe le

viera y subió rápidamente las escaleras para ocupar su lugar al lado

de la princesa.

Pero ¿dónde has estado todo el día, Jack? —preguntó la

princesa Surcease al verle.

Aquí y allá, arriba y abajo, hermosa dama.

¿Y qué le ha pasado a tu pobre brazo? Jack bajó la mirada y vio

que el trol le había hecho un corte con su espada.

Ay, princesa, hoy he luchado con un chinche monstruoso en

vuestro honor.

Y siguió haciendo travesuras hasta que toda la corte se rió a

carcajadas...

De Jack el Risueño

Bella sintió que los dedos de Edward se detenían sobre su pelo. ¿La repudiaría ahora? ¿Se

levantaría para apartarse de ella? ¿O simplemente fingiría que no había oído aquellas palabras que la condenaban y no volvería a hablar de ello? Contuvo el aliento, a la espera.

Pero él se limitó a pasar los dedos por su cabello y dijo:

—Cuéntamelo.

Así que ella cerró los ojos y se lo contó, rememorando aquella época ya lejana y el dolor que casi había hecho detenerse su corazón dentro del pecho.

—Supe enseguida lo que era cuando empecé a marearme por las mañanas. Había oído hablar de mujeres que dudaban y que esperaban meses para contarlo porque no estaban seguras, pero yo lo sabía.

—¿Te asustaste? —Su voz grave sonaba firme, y costaba adivinar lo que sentía.

—No. Bueno —puntualizó ella —, quizá sí, al principio, cuando me di cuenta de lo que me

sucedía. Pero muy poco después comprendí que quería tener el bebé. Que, pasara lo que pasase, sería mi alegría.

No veía la cara de Edward, pero notó que su pecho subía y bajaba bajo su mano. Tenía el vello rizado en el hueco del esternón. Ella lo acarició distraídamente y se permitió recordar aquel gozo.

Tan fuerte. Tan fugaz.

—¿Se lo dijiste a tu familia?

—No, no se lo dije a nadie, ni siquiera a Esme. Creo que temía lo que me harían hacer. Que quisieran quitarme al bebé. —Respiró hondo, decidida a contárselo todo inmediatamente, por si no volvía a reunir valor para hablar de ello—. Verás, tenía un plan. Me iría a vivir con Phil, mi hermano mayor, hasta que empezara a notárseme, y luego me retiraría a una casita de campo con mi vieja aya. Tendría el bebé y lo criaríamos juntas, mi aya y yo. Era un plan absurdo e infantil, pero en aquel momento me pareció que funcionaría. O puede que fueran sólo cábalas provocadas por la desesperación.

Sintió resbalar lágrimas ardientes y comprendió que Edward debía de notar su humedad en el pecho. Empezaba a ahogársele la voz.

Pero él siguió acariciándole el pelo con delicadeza, y a ella su mano la reconfortaba.

Tragó saliva y concluyó su triste relato:

—Pero llevaba poco tiempo con mi hermano Phil cuando una noche me desperté de

madrugada con sangre en los muslos. Sangré mucho cinco días y, después, se acabó. Mi bebé había muerto.

Bella se detuvo porque tenía la garganta oprimida por la emoción y no podía seguir

hablando. Cerró los ojos y dejó que sus lágrimas se desbordaran y corrieran por su sien, hasta el pecho de Edward. Sollozó sólo una vez. Luego se quedó allí tendida, temblando de tristeza. Aquella era una vieja herida, pero en ciertos momentos parecía fresca y nueva, y su agudo dolor la pillaba por sorpresa. Había sentido dentro de sí la posibilidad de una vida, y se la habían arrebatado.

—Lo siento —dijo Vale a su lado—. Siento mucho que perdieras a tu bebé.

Ella no podía hablar. Sólo pudo asentir con la cabeza.

Edward le levantó la cabeza para verle la cara. Sus ojos de color esmeralda tenían una mirada intensa.

—Yo te daré un bebé, mi queridísima esposa. Todos los bebés que quieras. Lo juro sobre mi honor.

Bella le miró, maravillada. No se avergonzaba de lo ocurrido (de ella misma), pero

esperaba que su marido montara en cólera, no que se compadeciera de ella.

Edward la besó; sus labios se movieron tiernamente sobre los suyos, y aquel beso fue como un voto entre ellos, honesto y sagrado. Vale los tapó con la colcha, remetiéndola cuidadosamente por el lado de Bella, y la estrechó entre sus brazos.

—Duérmete, esposa mía.

Su voz hosca y sus tiernas manos la reconfortaban. Bella cerró los ojos. Sus últimas

lágrimas habían cesado, y sentía el latido del corazón de Edward bajo su oído. Era fuerte y firme, y, escuchando su compás, se fue quedando dormida.

El día siguiente amaneció oscuro, con el cielo gris y una fina llovizna. La tía Esther los despidió con un sabroso desayuno y mucha cháchara. Después, les dijo adiós con la mano. Cuando por fin doblaron una esquina y su casa se perdió de vista, Bella se apartó de la ventanilla y miró a Vale.

—¿Cuándo llegaremos a casa de sir Jasper?

—Hoy, creo, si no surge ningún contratiempo —contestó su marido.

Tenía las piernas atravesadas en el carruaje, como de costumbre, y el cuerpo recostado en el asiento, pero su ancha boca se inclinaba hacia abajo en una leve mueca. ¿Qué pensaba de ella? No la había tratado de forma distinta esa mañana, al levantarse, vestirse y desayunar, pero su confesión de la víspera tenía que haberle dejado perplejo. Un hombre no esperaba que su flamante esposa hubiera tenido un amante tiempo atrás, y mucho menos que hubiera estado embarazada de él.

Bella apartó los ojos de Vale y miró distraídamente por la ventanilla. Vale había acogido

bastante bien la noticia, pero, cuando tuviera tiempo para pensarlo, ¿le molestaría? ¿Empezaría a reconcomerle la idea de que no fuera virgen en su noche de bodas? ¿Se volvería contra ella?

Bella lo ignoraba y, angustiada, miraba desplegarse los cerros de las Tierras Altas.

Se detuvieron a almorzar, ya tarde, junto a un arroyo ancho y claro y comieron el fiambre, el pan, el queso y el vino que les había preparado la cocinera de la tía Esther. Wolf correteaba por allí y estuvo ladrando a las vacas que había cerca (unas vacas peludas, con flequillo sobre los ojos) hasta que Vale le gritó que parara. Luego se acercó y se echó a roer un hueso de jamón.

Viajaron toda la tarde y cuando empezó a caer la noche Bella notó que Vale estaba

inquieto.

—¿Nos hemos perdido? —preguntó.

El cochero me ha asegurado que sabía dónde estábamos la última vez que hemos parado — contestó Vale.

—¿Nunca has estado en casa de sir Jasper?

—No.

Continuaron media hora más, Webber dormitando al lado de Bella. La carretera estaba

obviamente llena de baches y mal conservada, porque el carruaje se zarandeaba y brincaba. Por fin, justo cuando se desvanecía la última luz del día, oyeron gritar a uno de los hombres.

Bella miró por la ventanilla y creyó ver la silueta difusa de un enorme edificio.

—¿Tu amigo vive en un castillo? Vale también se había asomado.

—Eso parece.

El carruaje tomó despacio un estrecho camino y avanzaron zarandeándose hacia la casa

solariega. Webber se despertó sofocando un gemido. Bella no veía luz en el edificio.

—Sir Jasper sabe que venimos, ¿verdad?

—Le escribí —dijo Vale. Bella miró a su marido dudosa.

—¿Te contestó?

Pero Vale fingió no oírla y un instante después se detuvieron delante del inmenso edificio.

Fuera se oyó un grito y cierto barullo y, tras una pausa, la puerta del carruaje se abrió.

El señor Yorkie sostenía en alto un farol cuya luz lanzaba sombras amenazadoras sobre su

lúgubre cara.

—Nadie responde a la puerta, señor.

—Pues habrá que llamar más fuerte —contestó Vale.

Salió de un salto del carruaje y se volvió para ayudar a Bella. Webber se bajó con cuidado,

y Wolf salió a toda prisa y corrió a unos arbustos a aliviarse. La noche era muy oscura y un viento frío soplaba por el camino. Bella se estremeció.

—Espera. —Vale alargó el brazo hacia el interior del carruaje y sacó un manto de debajo de su asiento. Se lo echó sobre los hombros y le ofreció su brazo—. ¿Vamos, esposa mía?

Ella tomó su brazo y se inclinó para susurrar:

—Edward, ¿qué vamos a hacer si sir Jasper no está en casa?

—Oh, habrá alguien por aquí, no temas.

La condujo por los anchos escalones de piedra, tan antiguos que estaban desgastados por el centro, allí donde incontables pies los habían hollado. La puerta era enorme, de al menos tres metros de altura, y tenía grandes bisagras de hierro.

Vale la aporreó.

—¡Eh! ¡Abrid! ¡He aquí unos viajeros que quieren un fuego caliente y una cama blanda! ¡Eh! ¡Withlock! ¡Sal a abrirnos la puerta!

Siguió aporreando la puerta cinco minutos o más y, luego, de pronto, se detuvo con el puño en el aire. Bella le miró.

—¿Qué...?

—Shh.

Y entonces lo oyó. Dentro del castillo se oía un suave arañar, como si alguna criatura

subterránea se hubiera despertado. Vale volvió a golpear la puerta, sobresaltando a Bella.

—¡Eh! ¡Venid a abrirnos!

Se oyó un golpe seco al descorrerse un cerrojo y la puerta se entornó lentamente. Un hombre muy bajo apareció en el umbral. Era bastante recio y su cabello rojizo y algo canoso sobresalía por todos lados alrededor de su cabeza, como el penacho de un diente de león. Tenía la coronilla completamente calva. Llevaba un largo camisón y botas y los miraba ceñudo.

—¿Qué?

Vale sonrió, encantador.

—Soy el vizconde de Vale y ésta es mi señora esposa. Hemos venido a visitar a su amo.

—No, de eso nada —contestó aquella criatura, e hizo amago de cerrar la puerta.

Vale alargó una mano y paró la puerta.

—Sí, así es.

El hombrecillo empujó la puerta, intentando cerrarla, pero no se movió.

—Nadie me ha dicho que fueran a venir visitas. No tenemos las habitaciones limpias, ni viandas en la despensa. Tendrán que irse a otra parte.

Vale ya había perdido su sonrisa.

—Déjanos entrar y luego hablaremos de cómo acomodarnos.

El hombrecillo abrió la boca, obviamente dispuesto a seguir presentando batalla, pero en ese momento Wolf se les unió por fin. El perrillo echó un vistazo al criado de sir Jasper y decidió que era el enemigo. Comenzó a ladrarle con tanto ímpetu que sus cuatro patas se levantaban del suelo. El hombrecillo pelirrojo soltó un agudo chillido y retrocedió de un salto. Vale no necesitó más. Abrió la puerta de golpe y entró con el señor Yorkie a su lado.

—Quédate junto al carruaje hasta que estemos listos. —Le ordenó Bella a Webber, y

entró en el castillo con más calma, detrás de los hombres.

—¡No pueden hacer eso! ¡No pueden! ¡No pueden! —chillaba el hombrecillo.

—¿Dónde está sir Jasper? —preguntó Vale.

—¡Fuera! Ha salido a cabalgar y puede que tarde horas en volver.

—¿Sale a montar a oscuras? —preguntó Bella, sorprendida.

La campiña que habían atravesado era muy abrupta, pedregosa y escarpada. No le parecía

sensato salir a cabalgar de noche y a solas.

Pero el hombrecillo se alejaba apresuradamente por un ancho pasillo, delante de ellos. Le

siguieron y se detuvieron cuando abrió una puerta.

—Pueden esperar aquí, si quieren. A mí lo mismo me da.

Se volvió para marcharse, pero Vale le agarró por el cuello de la camisa.

—Espera. —Miró a Bella—. ¿Puedes quedarte aquí con Wolf mientras Yorkie y yo vamos

a buscar habitaciones y algo de comer?

El salón estaba a oscuras y no era muy acogedor, pero Bella levantó la barbilla.

—Claro.

—Bravo, mi dulce esposa. —Edward la besó suavemente en la mejilla—. Yorkie, enciende unas velas para la vizcondesa. Luego le diremos a este amable señor que nos enseñe la casa.

—Sí, milord. —Usando su farol, el señor Yorkie encendió cuatro velas (todas las que había en la habitación). Después, los hombres se marcharon.

Bella oyó alejarse sus pasos y luego se estremeció y miró a su alrededor. Estaba en una

especie de sala de estar, pero no muy agradable. Aquí y allá había grupos de sillas, muy antiguas y muy feas. El techo de madera labrada era sumamente alto, y la luz de las velas no penetraba del todo la oscuridad de la parte superior de la habitación. Bella creyó ver colgando jirones de telarañas viejas. Las paredes eran también de madera oscura y labrada y estaban decoradas con cabezas de animales disecados: varios ciervos apolillados, un tejón y un zorro. Sus ojos de cristal eran espeluznantes en la oscuridad.

Sacudiéndose el miedo, se acercó con decisión a la gran chimenea de piedra gris que había al fondo del salón. Era, a todas luces, muy antigua (seguramente más antigua que todos los paneles de madera labrada) y estaba completamente ennegrecida por dentro. Encontró una caja a su lado con varias astillas y un leño que colocó con esmero dentro de la chimenea, intentando no pensar en las arañas. Wolf se acercó a ver qué hacía, pero enseguida volvió a alejarse para seguir investigando entre las sombras.

Bella se levantó y se sacudió las manos. Palpó la repisa y por fin encontró un jarrón con

cerillas polvorientas. Encendió una con una vela y la acercó a las astillas, pero éstas no prendieron

y la cerilla se apagó enseguida. Entonces cogió otra y estaba a punto de encenderla cuando Wolf comenzó a ladrar.

Bella se volvió, sobresaltada. Tras ella había un hombre, alto, delgado y sombrío. El pelo,

largo hasta los hombros, colgaba enmarañado alrededor de su cara. Estaba mirando a Wolf, que se hallaba a sus pies, pero al moverse Bella giró la cabeza hacia ella. Tenía el lado izquierdo de la cara desfigurado por unas cicatrices, que el resplandor parpadeante de las velas iluminaba espantosamente, y la cuenca del ojo de ese lado aparecía hundida y vacía. Bella dejó caer la cerilla.

El criado de Withlock les estaba diciendo que no había sábanas limpias en toda la casa, y Edward estaba a punto zarandearle, enojado, cuando oyó ladrar a Wolf. Miró a Yorkie y, sin decir palabra, dieron media vuelta y bajaron corriendo por la sinuosa escalera, a oscuras. Edward iba maldiciendo.

No debería haber dejado sola a Bella.

Al llegar frente al salón, se detuvo para acercarse sin hacer ruido. Wolf no había vuelto a

ladrar desde esa primera vez. Edward se asomó a la habitación. Bella estaba en un extremo, de espaldas a la chimenea. Wolf se hallaba a su lado, con las patas tiesas, pero en silencio. Y frente a ellos había un hombre muy alto, vestido con polainas de cuero y una vieja casaca de caza.

Edward se tensó.

Withlock se volvió y Edward no pudo evitar dar un respingo. La última vez que le había visto sus heridas estaban en carne viva y sangraban aún. El tiempo había curado las que cubrían el lado izquierdo de su cara, cicatrizándolas, pero no había mejorado su aspecto.

—Masen —dijo Withlock con voz rasposa. Su voz siempre había sido ronca, pero después de lo de Spinner's Falls parecía haberse rajado, como dañada por los gritos—. Aunque ahora eres Vale, ¿no? Lord Vale.

—Sí. —Edward entró en la habitación—. Ésta es mi esposa, Bella.

Withlock inclinó la cabeza, aunque no se volvió para saludarla.

—Creo que te escribí para decirte que no vinieras.

—No recibí ningún mensaje —contestó él con sinceridad.

—Hay quien se tomaría eso por una señal de que no es bien recibido —contestó Withlock con sorna.

—¿De veras? —Edward respiró hondo para controlar la ira que brotaba dentro de su pecho. Le debía mucho a Withlock (cosas que jamás podría pagarle), pero aquello también le atañía a él—. Claro que el asunto que me trae aquí es extremadamente urgente. Tenemos que hablar de Spinner's Falls.

Withlock echó la cabeza hacia atrás como si hubiera recibido un golpe en la cara. Miró fijamente a Edward con su ojo azul claro, entornado e inescrutable.

Finalmente asintió.

—Muy bien. Pero es tarde y sin duda tu esposa estará cansada. Wiggins os enseñará unas

habitaciones. No prometo comodidades, pero pueden calentarse. Hablaremos por la mañana. Después podréis marcharos.

—¿Tengo tu palabra? —preguntó Edward. No le extrañaría que Withlock desapareciera y no volviera a casa hasta que se hubieran marchado.

Withlock ladeó la boca.

—Tienes mi palabra. Hablaremos por la mañana.

Edward asintió con la cabeza.

—Te lo agradezco.

Withlock se encogió de hombros y salió de la habitación. El hombrecillo pelirrojo (Wiggins, al parecer), que se había quedado junto a la puerta, dijo de mala gana:

—Supongo que puedo encender el fuego en sus habitaciones.

Se volvió y salió sin decir nada más.

Edward exhaló un suspiro y miró a Yorkie.

—¿Puedes ocuparte de acomodar a los demás sirvientes? Mira a ver si hay algo de comer en la cocina y búscales aposento.

—Sí, milord —dijo Yorkie, y se marchó.

Edward se quedó a solas con su esposa. Se volvió con reticencia para mirarla. Ella seguía en pie delante de la chimenea. Cualquier otra mujer ya estaría histérica. Pero no Bella.

Le miró fijamente y dijo:

—¿Qué ocurrió en Spinner's Falls?

Ángela Webber extendió con cuidado las brasas con el atizador y colgó una cazuela del gran garfio de la chimenea. Era una chimenea enorme, la más grande que había visto jamás. Tan grande que un hombre adulto podía meterse dentro y ponerse de pie. Ella ignoraba para qué quería alguien una chimenea tan grande. Era mucho más incómoda que una de tamaño normal.

El agua de la cazuela comenzó a hervir enseguida y Ángela echó dentro el conejo troceado que el señor Yorkie había encontrado en la despensa. Una doncella era una sirvienta de las más elevadas, y entre sus deberes no estaba el de cocinar, pero allí no había nadie más que pudiera preparar la cena. Sin duda el señor Yorkie sabía hacer un estofado de conejo (y mejor que el suyo), pero estaba atareado buscando habitación para sus amos.

Ángela echó unas zanahorias troceadas en la cazuela. Estaban un poco mustias, pero tendrían que servir. Añadió unas cebollitas y lo removió todo. De momento el guiso no tenía muy buen aspecto, pero tal vez mejorara cuando hubiera cocido un poco. Entonces suspiró y se sentó en una silla cercana, ajustándose el mantón alrededor de los hombros. Cuando trabajaba en la cocina, solía dedicarse a fregar platos y a limpiar. El señor Yorkie le había dado el conejo, las zanahorias y las cebollas y le había dicho que lo cociera todo, y eso había hecho.

Wiggins, aquel desagradable hombrecillo pelirrojo, no les había sido de ninguna ayuda. A Ángela le recordaba a un trol de cuento de hadas. Y había desaparecido en cuanto el señor Yorkie había dado media vuelta, dejando que los criados de Masen se las apañaran como pudieran en aquella casa desconocida.

Se levantó y se asomó a la cazuela borboteante. Quizá debiera añadir algo más. ¡Sal! Eso era. El señor Yorkie la tomaría por una mema si no le ponía sal al estofado. Se acercó a un gran aparador que había en un rincón y se puso a rebuscar en él. Estaba casi vacío, pero consiguió encontrar la sal y un poco de harina.

Diez minutos después estaba intentando amasar en un cuenco harina, sal, mantequilla y agua cuando el señor Yorkie entró en la cocina. Dejó su farol y se acercó al lugar donde ella luchaba a brazo partido con la masa. Después se quedó allí callado, a su lado, mirando el cuenco.

Ella le miró con enojo.

—Es masa de croquetas para el estofado. He intentado hacerla como se lo he visto hacer a la cocinera, pero no sé si es así y puede que sepa a engrudo. Yo no soy cocinera, ¿sabe? Soy doncella, y no se espera de mí que sepa cocinar. Tendrá que contentarse con lo que sé hacer y, si resulta que sabe fatal, no quiero oírle ni rechistar.

—Yo no me he quejado —contestó el señor Yorkie con suavidad.

—Pues no lo haga.

—Y me gustan las croquetas.

Ángela se apartó un mechón de pelo de los ojos con un soplido. De pronto se sentía tímida.

—¿Sí?

El asintió con un gesto.

—Sí, y esa masa tiene una pinta estupenda. ¿Llevo el cuenco a la chimenea, para que se cueza

con el estofado?

Ángela irguió los hombros y asintió. Se frotó las manos para quitarse los restos de masa y el señor Yorkie cogió el gran cuenco de loza. Juntos se acercaron a la chimenea, donde él sostuvo el cuenco mientras ella echaba cuidadosamente cucharadas de masa en el estofado. Cubrió la cazuela con una tapa de hierro para que las croquetas se cocieran y se volvió hacia el señor Yorkie. Era consciente de que le sudaba la cara por el calor del fuego y de que algunos mechones de pelo suelto se le habían pegado a la piel, pero le miró a los ojos y dijo: —Ya está. ¿Qué tal?

El señor Yorkie se inclinó y dijo: —Perfecto.

Y luego la besó.

Bella amontonó mantas en el suelo mientras veía a su marido pasearse por la habitación.

Vale estaba muy nervioso esa noche, como si en cualquier momento fuera a perder el dominio de sí mismo y a salir huyendo de la habitación. ¿Qué hacía sir Jasper cabalgando tan tarde, y a oscuras? ¿Acaso él también intentaba escapar de sus demonios?

Él, sin embargo, seguía allí, y Bella daba gracias por ello. Su marido no había respondido

aún a su pregunta sobre Spinner's Falls. Bebía de un vaso de whisky y se paseaba por el cuarto, pero seguía con ella. Y eso tenía que ser buena señal.

—Verás, fue después de lo de Quebec —dijo él de repente. Estaba de cara a la ventana y podía parecer que no se dirigía a ella, de no ser porque no había nadie más en la habitación—. Era septiembre y teníamos orden de ir a Fort Edward a pasar el invierno. Ya habíamos perdido más de un centenar de hombres en la batalla y habíamos dejado atrás a otra treintena, demasiado maltrechos para soportar la marcha. Nos habían diezmado, pero creíamos que lo peor ya había pasado. Habíamos ganado la batalla, Quebec había caído, y sólo era cuestión de tiempo que los franceses se rindieran por completo y que ganáramos la guerra. Se habían cambiado las tornas.

Se detuvo para beber un trago de whisky y dijo con voz queda:

—Teníamos tantas esperanzas... Si la guerra acababa pronto, podríamos volver a casa. Eso era lo único que queríamos: volver a casa con nuestras familias. Descansar un poco después de la batalla.

Bella remetió una sábana alrededor de las mantas. Olía un poco a moho del baúl en el que

había estado guardada, pero tendría que servir. Mientras trabajaba, pensó en Edward cuando era más joven, marchando con sus hombres a través de un bosque otoñal, al otro lado del mundo.

Estaría eufórico tras ganar una batalla. Y feliz ante la perspectiva de regresar a casa.

—Avanzábamos por un estrecho sendero, con cerros escarpados a un lado y, al otro, un río que bordeaba un barranco. Marchábamos en fila de a dos. Emmett acababa de acercarse a mí a caballo para decirme que tenía la impresión de que la columna avanzaba demasiado estirada. Su cola quedaba media milla atrás. Decidimos informar al coronel Biers y pedirle que ordenara aflojar el paso a los que marchaban en cabeza para que los de atrás nos cogieran. Fue entonces cuando nos atacaron.

Hablaba en tono desapasionado, y Bella se apoyó en los talones para mirarle mientras

hablaba. Edward seguía de cara a la ventana, con la ancha espalda muy derecha. Bella deseó poder acercarse a él, rodearle con sus brazos y estrecharle con fuerza, pero ello interrumpiría el fluir de sus palabras. Y sentía que, como si de punzar una herida infectada se tratara, su marido necesitaba drenar toda aquella podredumbre.

—Cuando estás en plena batalla, no piensas —continuó él en tono casi divertido—. El instinto y la emoción se apoderan de ti. Sientes espanto al ver a Johnny Smith atravesado por una flecha. Y rabia cuando los indios se abalanzan sobre tus hombres gritando y los matan. Sientes miedo cuando matan a tu caballo. Y una oleada de pánico cuando comprendes que debes saltar o quedarás atrapado bajo el animal e indefenso ante un hacha de guerra.

Bebió otro sorbo de su bebida mientras Bella intentaba asimilar sus palabras. Se le había

acelerado el corazón, como si sintiera el mismo arrebato de pánico que su esposo había

experimentado hacía mucho tiempo.

—Luchamos bien, creo —dijo Vale—. Al menos, eso me han dicho. Yo no puedo evaluar la

batalla. En ese momento ves los hombres que hay a tu alrededor, la pequeña parcela de tierra que defiendes. El teniente Thomas cayó, y también el teniente Knight, pero sólo cuando vi a Biers, nuestro comandante, sacado a rastras de su caballo comprendí que estábamos perdiendo. Que acabaríamos todos muertos.

Se rió, pero su risa sonó seca y quebradiza, muy distinta a su risa de siempre.

—Debí sentir miedo entonces, pero curiosamente no lo noté. Estaba en medio de un mar de cadáveres y blandía mi espada. Maté a unos cuantos salvajes. Sí, maté a unos cuantos, pero no a los suficientes. No a los suficientes.

Bella sintió el escozor de las lágrimas en los ojos al oír su voz triste y cansada.

—Al final cayó el último de mis hombres y ellos se abalanzaron sobre mí. Caí con un golpe en la cabeza. Caí encima del cuerpo de Tommy Pace. —Se apartó de la ventana y se acercó a la mesa en la que estaba la jarra de whisky. Se llenó el vaso y bebió—. No sé por qué no me mataron. Deberían haberlo hecho. Habían matado a casi todos los demás. Pero cuando recuperé el sentido estaba atado por el cuello a Jacob Black y Sam Uley. Miré a mi alrededor y vi que Emmett también formaba parte del botín. No te imaginas la alegría que sentí. Emmett, al menos, había sobrevivido.

—¿Qué ocurrió? —susurró Bella.

Él la miró y ella se preguntó si había olvidado que estaba en la habitación.

—Nos obligaron a marchar a través del bosque durante días. Días y días con poca agua y

ninguna comida, y entre nosotros había algunos heridos. Jacob Black había recibido un disparo en la parte carnosa del antebrazo durante la batalla. Cuando John Cooper no pudo seguir caminando a causa de sus heridas, lo llevaron al bosque y lo mataron. Después de aquello, cada vez que Jacob tropezaba, yo apoyaba el hombro en su espalda, apremiándole a seguir. No podía permitirme perder otro soldado. No podía permitirme perder otro hombre.

Ella sofocó un gemido de horror.

—¿Estabas herido?

—No. —Edward tenía una horrible media sonrisa en la cara—. Tenía un buen chichón en la cabeza, pero por lo demás estaba perfectamente. Seguimos en marcha hasta que llegamos a una aldea india en territorio francés.

Bebió más whisky, estuvo a punto de vaciar el vaso y cerró los ojos.

Bella sabía, sin embargo, que la historia no acababa allí. Algo había causado las horribles

cicatrices que sir Jasper tenía en la cara. Respiró hondo, armándose de valor, y preguntó:

—¿Qué ocurrió en el campamento?

—Practican una cosa llamada «carrera de baquetas», una linda manera de dar la bienvenida al campamento a los prisioneros de guerra. Los indios, hombres y mujeres, forman dos filas. Hacen pasar a los reos, uno por uno, entre las filas. A medida que pasa el prisionero, los indios le dan patadas y le golpean con gruesos garrotes. Si se cae, a veces le golpean hasta la muerte. Pero ninguno de nosotros se cayó.

—Gracias a Dios —musitó ella.

—Eso pensamos nosotros en su momento. Ahora no estoy tan seguro.

Se encogió de hombros y bebió más whisky. Se dejó caer en una silla. Empezaba a hablar con cierta dificultad.

—¿Edward? —Quizá fuera preferible no seguir adelante. Bella temía lo que venía a

continuación. Edward ya había sufrido bastante, era tarde y estaba cansado—. ¿Edward?

Pero él no parecía oírla. Miraba fijamente su vaso de whisky, como si le hiciera gracia.

—Y entonces empezaron a divertirse a lo grande. Se llevaron a Emmett y ataron a Withlock y a Black a unas estacas. Sacaron varas al rojo vivo y... y...

Respiraba agitadamente. Cerró los ojos y tragó, y pese a todo no pareció capaz de continuar.

—No, oh, no —musitó Bella—. No tienes que contármelo, no.

El la miró, asombrado, triste y trágico.

—Les torturaron. Les quemaron. Las varas estaban al rojo vivo, y las empuñaban las mujeres... ¡Las mujeres! Y luego el ojo de Withlock... ¡Dios! Eso fue lo peor. Les grité que pararan y me escupieron y empezaron a cortar dedos a los hombres. Comprendí entonces que debía guardar silencio, hicieran lo que hicieran, porque si gritaba, si mostraba alguna emoción, sólo empeoraría las cosas. Y lo intenté, Bella, lo intenté, pero los gritos y la sangre...

—Oh, Dios mío, Dios mío. —Bella se había acercado a él.

Se inclinó y le abrazó, acercando la cara de Vale a su pecho. Ya no podía refrenar las lágrimas.

Lloraba por él.

—Al día siguiente nos llevaron al otro lado del campamento —susurró Vale contra su pecho—.

Iban a quemar a Emmett. Le crucificaron y le prendieron fuego. Creo que ya estaba muerto, porque no se movió, y di de nuevo gracias a Dios. Di gracias a Dios porque mi mejor amigo estuviera muerto y ya no pudiera sentir dolor.

—Shh —susurró Bella—. Shh.

Pero él no se detuvo.

—Cuando se extinguió el fuego, nos llevaron de vuelta al otro lado del campamento y siguieron torturándonos. La cara de Withlock y el pecho de Black. Una y otra vez...

—Pero al final os salvaron, ¿no? —preguntó ella, desesperada. Tenía que dejar atrás aquellas horrendas imágenes y llegar a la parte más esperanzadora. Había sobrevivido. Estaba vivo.

—Después de dos semanas. Dicen que el cabo Cullen guió hasta allí a un destacamento que pagó nuestro rescate, pero yo no lo recuerdo. Estaba aturdido.

—Estabas desesperado y herido. —Bella intentó reconfortarle—. Es comprensible.

Él se apartó violentamente de sus brazos.

—¡No! No, estaba perfectamente, absolutamente intacto.

Ella se quedó mirándole.

—Pero la tortura...

Él se abrió la camisa para dejar al descubierto su ancho pecho.

—Tú me has visto, mi querida esposa. ¿Tengo alguna cicatriz en el cuerpo?

Ella miró desconcertada su pecho intacto.

—No.

—Porque no me tocaron. Torturaron durante días a los demás y a mí no me tocaron.

¡Santo cielo! Bella seguía mirando fijamente su pecho. Para un hombre como Vale, ser el

único que no tenía cicatrices tenía que ser mucho peor que soportar las heridas.

Ella respiró hondo y formuló la pregunta que él parecía aguardar:

—Pero ¿por qué?

—Porque yo era el testigo, el oficial de mayor rango después de que mataran a Emmett, el

único capitán. Me hicieron mirar y, si daba un solo respingo al ver lo que hacían, hundían más el cuchillo, clavaban con más fuerza el hierro de marcar.

La miró y sonrió horriblemente, con un brillo demoníaco en la mirada.

—¿Es que no lo ves? Torturaron a los demás mientras yo miraba.