CAPÍTULO XII
DISCO INFERNO

«Satisfaction came in a chain reaction
I couldn't get enough, so I had to self-destruct
The heat was on, rising to the top
Everybody is going strong, and that is when my spark got hot»


—¡Sirius! ¡Sirius!

James siempre fue demasiado entusiasta. Cualquier tontería definía su estado de ánimo y su día acababa siendo un cúmulo de picos emocionales.

Era la segunda vez en aquella mañana que me buscaba o, bueno, que gritaba mi nombre como un auténtico chalado por toda la Sala Común. ¿Por qué? Pues porque había quedado a estudiar con esa chica… ¿Irina? Posiblemente me lo estoy inventando. Bueno, digamos que se llamaba así. Estaba un curso por encima de nosotros, hufflepuff, rubia, de pelo rizado hasta la cintura, ojos verdes… Los ojos verdes siempre volvieron loco a James. Llevaba todo el curso babeando por ella y solo Godric sabe cómo lo consiguió.

—¿Qué pasa ahora? —Terminé la página del libro que me había tenido entretenido toda la mañana y lo dejé sobre la mesa. Mi amigo me miraba con reproche—. Vale, perdón. Venga, cuéntame.

Estaba seguro de que iba a ser una soberana gilipollez, una potteranada —así las llamábamos—, pero procuré aparentar interés.

Interés que dejé de forzar segundos después.

—La he perdido —confesó, con una gran sonrisa sobre su rostro—. Bueno, en realidad no ha sido para tanto… esperaba algo más, ¿sabes?

—¿Qué? —pregunté—. O sea, ¿ahora?

—En el baño de prefectos. Con Irina.

—Bueno, eso está bien, ¿no?

—Sí, sí muy bien. O sea… quería hacerlo ya, ya sabes, por lo que me has contado. ¿Tú la primera vez duraste mucho?

Me encontré mirando el reloj e intentando hacer cálculos imposibles, porque había estado fuera algo menos de una hora. ¿Se suponía que había visto a la chica? ¿Habían ido a la biblioteca? Porque quedar para estudiar en un baño no es lo que se consideraría normal. ¿Habrían siquiera estudiado? Pues claro que no.

—Según parece que más que tú, sí… —dije en tono jocoso.

—Vete a la mierda —respondió, fingiendo sentirse agraviado.

Tenía ganas de preguntar más. Quería un jodido informe detallado. Seguro que no era para tanto. Seguro que solo se habían magreado un poco y James ya estaba cantando victoria.

—Me ha dicho que si volvemos a quedar, pero… la verdad es que no me apetece, ¿es normal? No sé, tengo que pensar.

Mi amigo fingía hablar conmigo, pero se limitaba a intentar poner sus ideas en orden. Yo fingía escucharle, pero un pensamiento martilleaba mi cerebro: James había perdido la virginidad antes que yo.

Aquello no me gustaba; no me gustaba una mierda. A día de hoy sigo sin saber qué es. No eran celos, no era envidia. ¿Entonces qué? Supongo que mi gran y estúpido ego. Estaba acostumbrado a ser el primero en todo. El primero en poder hacer magia fuera de la escuela, el primero en aparecerse, el primero en comprar alcohol —al menos legalmente—. Hubo un punto en mi adolescencia en el que todo el mundo supuso que yo era un follador experimentado y, la verdad, no me molesté en desmentirlo.

Bien, pues si hasta ese momento no tenía ninguna prisa por perder la virginidad, pisé el acelerador porque no pensaba quedarme atrás. Sí, un pensamiento que no hace otra cosa que demostrar la puta planicie emocional de un crío. No tengo excusa.


La tan ansiada oportunidad se presentó sorprendentemente pronto.

No habían pasado más que un par de días, tres a lo sumo. Remus, James y yo estábamos paseando por los jardines de Hogwarts, pasando el rato —o más bien perdiéndolo—. Quedaba muy poco tiempo de verano y eso se mascaba en el ambiente. Los más pequeños jugaban en el lago, aprovechando los últimos rayos del sol de septiembre; los mayores intentaban aparentar que no les daba envidia. James se quitó la camiseta y los pantalones por el camino y se zambulló en el agua. Los susurros le persiguieron, porque era posiblemente el chico más atractivo de todo Hogwarts; porque era una jodida leyenda del quidditch, al menos en el colegio.

—¡Canuto! ¡Ven! ¡Dame un abrazo!

—¡Ni de coña! ¡James! ¡No!

Jugamos como los dos críos que éramos. Él, persiguiéndome, empapado y en calzoncillos. Yo, delante, intentando escabullirme a sabiendas de que él ganaría porque era incansable. Remus observando a los imbéciles de sus amigos. ¿Peter? Peter estaba castigado, cosas que pasan cuando te dejas atrapar por la gata infernal del conserje.

Y entonces llegó ella.

La adolescencia había tratado jodidamente bien a Alecto. La suya era una belleza peligrosa, de esas que dejan petrificado. Cada vez que entraba en un lugar el mundo guardaba silencio. Los Carrow tenían ese efecto sobre las multitudes, y sobra decir que eso les encantaba, sobre todo a ella.

—Alecto.

Di un par de pasos en su dirección, sin intentar disimular la sonrisa. Lo que opinase el resto del colegio sobre mí y mis amistades me importaba menos cada día.
—Te estaba buscando.

Rompió la distancia que nos separaba. Sus dedos apartaron el pelo de mi cara, pasearon por mi cuello y se colaron por debajo de mi camiseta.

—¿Ya te has aburrido de tu nuevo novio? —pregunté. Ella soltó una carcajada. Sus manos se movieron hasta mi espalda y me rodeó por completo. Después se acercó a mi oído, supuse que para susurrar algo. Ese algo resultó ser un mordisco en mi cuello y su lengua en el lóbulo de mi oreja. Solté todo el aire de mis pulmones de golpe intentando redirigir la sangre de mi cuerpo de nuevo al cerebro. Alecto parecía complacida —Me voy a empezar a sentir mal, ¿acaso soy tu segundo plato?

Y eso no me podía importar menos.

—¿Acaso no soy yo el tuyo?

—Touché.

—Pero eres el más interesante de todos —Se pegó más a mí, hasta que sentí el rozar de su cadera contra mi erección. Aquella chica iba a matarme—. Siempre te haces de rogar.

Mis manos, antes inmóviles, despertaron. Las coloqué en su cintura.

—De rogar, Alecto, pero no soy de piedra.

Y no hubo nada más que decir. El resto del mundo parecía haber desaparecido. No sé si yo acabé buscando sus labios o ella los míos, pero terminamos comiéndonos la boca sin ningún tipo de pudor.

—Mañana hay salida a Hogsmeade.

—Genial, nos vemos, entonces.

Y no hacían falta más explicaciones porque, joder, todo el mundo lo había entendido.

—Por cierto, me encanta cómo te queda el pelo así.

Y se marchó.

—¿Qué se supone que acaba de pasar? —James fue el primero en hablar. Remus apartaba la mirada.

—Ni idea... —Dibujé una sonrisa de oreja a oreja—. Magia.

»Venga, vamos a buscar a Peter, ya tiene que haber acabado.


La mañana siguiente tardó en llegar. No le di demasiadas vueltas, al menos no hasta que llegó la noche. Si ya tenía problemas para dormir, los nervios a flor de piel hacían que el simple acto de cerrar los ojos se convirtiese en toda una hazaña. Las dudas que se amontonaban en mi cabeza me estaban haciendo perder el juicio. ¿Y si a ella no le gustaba? ¿Y si me temblaban las manos al desnudarla? ¿Y si no era capaz de desabrocharle el sujetador? ¿Y si no conseguía mantener la erección? Joder, ¿y si no sabía por dónde meterla?

Lo que sí que acabé metiendo fue la cabeza debajo de la almohada.

Cuando desperté, sentí que el aire pesaba un poco más que de costumbre y que alguien me había cosido los párpados. Miré el reloj; no había dormido más que un par de horas. Genial, justo lo que necesitaba.

Por supuesto, la idea de fingir que estaba enfermo pasó por mi cabeza, pero la descarté; era una excusa lo suficientemente pobre como para que hasta yo mismo me diese cuenta.

Me metí en el baño para intentar arreglar el desastre que la falta de sueño había ocasionado. Rocé el reflejo de mis ojeras en la superficie del espejo. Siempre habían estado ahí, pero aquel día la línea que las delimitaba era más oscura que de costumbre. Además, por aquel entonces me había dado por experimentar con el maquillaje y, por experimentar quiero decir pintar una línea negra que me daba un aspecto más… En realidad no tengo ni idea de qué aspecto me daba, pero me gustaba. Llamaba la atención.

Tardé aproximadamente media eternidad en salir del baño. Dando golpes en la puerta, James insistía en que abriese porque necesitaba mear.

—Vamos, Pipi-Potter, pasa.

Ni se molestó en cerrar.

Peter y Remus me miraban.

—¿No vais a aprovechar la salida de hoy? —pregunté.

—Desde que podemos escaparnos cuando queramos han perdido su gracia —respondió Peter, encogiéndose de hombros. Tenía toda la razón.

—Te vas con Alecto, entonces.

Parecía que Remus esperaba una respuesta; el problema era que no había formulado ninguna pregunta. Asentí.

—Deseadme suerte, joder, estoy de los nervios.

—¿Nervios?

—Sí, joder. Es Alecto —contesté, como si eso lo explicase todo—, lo mismo saca una fusta o alguna mierda de esas.

La excusa barata al menos sirvió para que Remus no pudiese ocultar una sonrisa.

El patio del reloj estaba atestado, supongo que como siempre. Peter tenía razón: Hogsmeade había perdido la gracia y el castillo prácticamente vacío era la polla; vía libre para merodear. Con las manos en los bolsillos, buscaba a mi compañera sin querer desplazarme demasiado, o tan siquiera mezclarme con el resto. Seguro que parecía un completo idiota allí plantado. En aquellos momentos me daba cuenta de que, pasaba tanto tiempo con mis amigos que en realidad no conocía a mucha más gente.

Alecto apareció cuando estábamos a punto de marcharnos. Me consuela decir que fue ella la que tomó la delantera, porque yo no tenía ni idea de cómo comportarme. Como si fuera una marioneta, pasó mi brazo por sus hombros y así comenzamos a caminar: como dos completos gilipollas, si se me permite el apunte.

Nunca había entrado en Astrastea y tampoco me llamaba la atención. De hecho el nombre me ponía de los nervios; sonaba a tetería o a adivino barato, no a sitio donde pasar la noche. Fruncí el ceño y abrí la puerta. Paredes de piedra desnuda, una gran alfombra de lo que en algún momento fue rojo y un pequeño mostrador al final.

—Buenas, chicos, ¿puedo ayudaros?

La habitación era pequeña; la cama y la mesilla ocupaban la mayor parte del espacio. Al fondo se escondía un baño. Estuve tentado de meterme allí y no salir… ¿nunca?

Me senté en la cama y mandé las botas de una sacudida a una esquina del cuarto. Después sequé el sudor de mis manos en el pantalón. Alecto tomó una de ellas, la puso sobre su pierna y me besó en la mejilla. Fui yo el que le mordió la boca.

Y ninguno se atrevía a dar el siguiente paso… o eso pensaba.

Siempre me ha dado por pensar demasiado, darle demasiadas vueltas a las cosas. Alecto me la estaba comiendo y yo, cachondo perdido, no podía evitar pensar cuánto tiempo era el adecuado, si iba a parar ella o tenía que interrumpirla yo. En por qué habíamos dejado las persianas subidas. En que odiaba que el techo tuviera gotelé.

Terminar de desnudarnos fue cosa de un segundo. Y luego… joder, ¿por qué me está costando tanto explicar esto? Luego estábamos follando y aquello parecía más una pelea. Por estar encima, por morder más fuerte, por lamer más, por dar más.

—Lo has traído, ¿verdad?

Asentí y me levanté en busca de mis pantalones. Recuerdo que intentaba caminar como si fuera alguien importante; el hecho era que solo mis amigos me habían visto en pelotas y, mierda, quería fingir que aquello no me daba vergüenza. El bote estaba en el bolsillo lateral de mis pantalones; el líquido era blanquecino y mis ganas de beberlo brillaban por su ausencia.

Estaba tan malo como parecía. De hecho, estaba peor, pero había que calmar a los soldaditos y esa era la única manera.

Fue completamente nefasto, al menos el primero de ellos. Podría entrar en detalles de «así no», de «me haces daño», de «joder, no sé qué pasa» y una larga lista de cosas que no son remotamente fáciles de explicar. Miré el reloj; aún teníamos toda la tarde para nosotros y lo único que habíamos sacado en claro fue que éramos unos putos cerdos así que…

—¿Cuánto dura el efecto de la poción?

—Ocho horas.

—¿Seguro?

—Completam… oh, joder.

Y hasta aquí puedo leer… O escribir. O, bueno, lo que sea.