CAPÍTULO 13
A media mañana, Candy terminó de tomar un largo baño que estuvo libre hasta de la atención de Dulcie. La sirvienta, por supuesto, se mostraba petulante y poco comunicativa, pues la idea de tener a un yanqui en la familia no le gustaba más que a su amo. La casa estaba extrañamente silenciosa y Candy dedujo que los acontecimientos de hacía pocas horas habían dejado muy cansados a los Kleiss.
Con un suspiro entrecortado, sacó el vestido negro que había usado demasiado a menudo para su edad, puso a un lado el sombrero con velo negro, zapatos de tacones altos y un corsé. No regresaría al hospital esa mañana. En cambio iría al entierro de Bobby Johnson pues los familiares del muerto no podrían asistir. Junto a la tumba rendiría un silencioso homenaje y un momento de duelo en memoria de su hermano. Después, como antes, dejaría atrás su tristeza y seguiría trabajando.
Se atrevió a hacer que Jedediah preparara el carruaje y atara el mejor caballo de los Kleiss, porque no era probable que la familia los usara antes de mediodía. Varias manzanas antes de su destino dejó a Jedediah con el carruaje, bajó el velo negro de su sombrero y cubrió andando el resto del camino. En el cementerio, una larga hilera de nichos de ladrillos blanqueados aguardaban para recibir los ataúdes. Era en esas tumbas parecidas a hornos donde los muertos eran sepultados.
Candy se detuvo cerca del extremo de una hilera de tumbas y el corazón le dio un salto dentro del pecho. Albert Andrew se encontraba con el destacamento de soldados encargados de sepultar a los muertos y al ver su silueta alta y esbelta, Candy se sintió desmayar. Aunque había cerca de él otros hombres vestidos en forma similar, ella sólo veía al capitán. Pero no había motivo para temer, se dijo para tranquilizarse. Si él advertía su presencia nunca la relacionaría con Can detrás de su velo ni con la mujer a la que le había hecho el amor la noche anterior, porque sin duda creía que aquélla era Karen. Empero, no pudo evitar que le temblaran las piernas.
Se mordió un labio, reunió coraje y se mezcló con las otras mujeres de negro, muchas con niños prendidos a sus faldas. Quería mantenerse lo menos notoria posible mientras se desarrollaba la ceremonia. Había una larga fila de sencillos cajones de pino, todos prolijamente envueltos con banderas de la Unión. Para algunos soldados caídos éste era un lugar de descanso sólo temporario, hasta que los parientes pudiesen reclamar los cadáveres o hasta que la guerra terminara.
El capellán terminó sus plegarias sobre el primer ataúd y los soldados, a una orden del capitán Andrew, empujaron el cajón dentro del nicho y pasaron al siguiente. En las presentes circunstancias, la única forma en que Albert había podido asistir al funeral de Bobby Johnson debió de ser ofreciéndose voluntariamente para hacerse cargo del destacamento fúnebre, definitivamente una de las tareas menos populares.
Albert se hallaba todavía a varios nichos del ataúd de Bobby cuando miró a su alrededor y vio que frente al mismo se detenía una mujer menuda y esbelta. Llevaba negras ropas de duelo y después de inclinar la cabeza en una breve plegaria, colocó tiernamente un ramillete de flores sobre la caja cerrada. Intrigado, Albert vio que la delgada figura se retiraba inmediatamente a las sombras de un enorme roble donde permaneció mientras se acercaba la procesión. Aunque buscó febrilmente en su memoria, Albert no pudo poner un nombre a la mujer, pese a que había en ella algo remotamente familiar, algo en la forma de moverse con una gracia casi de muchachito.
Cuando el grupo se preparó a sepultar al soldado Johnson, Albert se volvió con intención de cambiar unas palabras con la desconocida. Pero el capellán vio la dirección de los ojos del capitán y la agradable silueta donde se posaban, tiró de la manga de Albert y aceleró la ceremonia.
—Vamos, capitán — lo regañó el hombre—. El deber primero, como usted ya sabe. Estos hombres merecen su atención por el momento. Más tarde habrá tiempo suficiente para las condolencias.
Cuando el capellán llamó la atención a Albert, Candy soltó un largo suspiro de alivio. Su vestido era suficiente para ocultar su verdadera identidad a la distancia, pero no quería dar a Albert el beneficio de que la examinara de cerca.
La bandera fue retirada cuidadosamente doblada. Albert volvió a poner las flores y el ataúd de pino, con esa modesta semblanza de belleza, fue deslizado dentro del nicho. Albert se disculpó, pero cuando se abrió camino entre los hombres, la mujer delgada y vestida de negro se alejaba casi corriendo. El capitán apuró sus pasos, impulsado a seguirla por razones que no conocía.
Candy miró ansiosamente hacia atrás y su corazón tembló de nuevo cuando vio quién venía tras ella. Esperó hasta pasar el portón del cementerio y entonces levantó su velo y sus pies parecieron tener alas. Ciertamente, quería llegar a su carruaje antes que Albert le diese alcance y por eso no vio, hasta que fue demasiado tarde, al hombre pequeño y de pelo oscuro que se interponía en su camino.
—Mon Dieu! — gritó airadamente Jacques DuBonné, retrocediendo para evitar la colisión—. ¡Mire por dónde camina!
Algo aturdida, Candy se llevó a la frente una mano trémula para serenarse. Fue entonces que Jacques notó la menuda y graciosa figura de negro y quedó prendado de la belleza de ese rostro. Repitió su exclamación, ahora en tono admirativo, y su mirada recorrió con atrevimiento las suaves curvas del cuerpo de la desconocida. Era raro encontrar una mujer hermosa que, por su pequeño tamaño, lo hiciera sentirse tan grande y varonil.
—¡Mademoiselle! — Se inclinó profundamente y se quitó su sombrero de copa baja—. Permítame presentarme…
No llegó más lejos. Mirando frenéticamente hacia atrás, Candy vio que Albert se acercaba rápidamente. En ningún caso tenía tiempo para Jacques DuBonné. Pasó rauda junto a él y dobló corriendo la esquina. Llegó al carruaje, subió, y sin aliento, le ordenó al cochero negro:
—¡De prisa, Jedediah! ¡En marcha! ¡EI capitán Andrew me sigue!
Jedediah agitó las riendas sobre el lomo del caballo y gritó:
—¡Vamos, bestia! ¡Vienen los yanquis!
Doblaban para tomar otra calle cuando Albert apareció en la esquina. Lo único de la desconocida que alcanzó a ver fue el sombrero negro y el velo que ondeaba detrás de ella como una banderola burlona.
Ceñudo, Albert se volvió y tropezó con Jacques DuBonné, quien lo miraba con la boca abierta. Pasó un momento hasta que el cajun recuperó el habla.
—Volvemos a encontrarnos, ¿eh, doctor? — Señaló con el mentón la dirección por donde había desaparecido el carruaje. — ¿Conoce usted a la señorita?
Albert arqueó una ceja.
—¿Y usted?
El francés rió.
—Parece que en una cosa estamos de acuerdo, ¿eh, capitán? Ella es un bocadito muy dulce, ¿verdad?
—Supongo que ha sido informado del legítimo título de propiedad de la señora Hawthome. — Albert ignoró deliberadamente al hombre y sacó un cigarro de su chaqueta. — Nadie en el banco pudo explicar cómo había sucedido. Un descuido, dijeron. — Pellizcó con la uña del pulgar la cabeza de un fósforo de azufre, acercó la llamita a su cigarro y chupó lentamente. — Pero después de investigar, me enteré de una muy interesante coincidencia. Se han producido hechos similares en los que la decisión favoreció a un tal Jacques DuBonné, porque no pudieron aportarse otras pruebas. Extraño, ¿verdad? — Clavó los ojos en el hombrecillo. — Si la señora Hawthome no hubiera tomado la precaución de conservar ese papel, se habría visto expulsada de su hogar y usted se habría adueñado de la propiedad por una fracción del verdadero valor. — Se encogió de hombros. — Por supuesto no tengo pruebas, pero diría que usted ha sido muy afortunado al encontrar un amigo en el banco.
Jacques se permitió una sonrisa burlona.
—Como usted dice, señor, no tiene pruebas.
Mientras Albert sonreía lentamente, el hombre se tocó el ala del sombrero, abruptamente se volvió y se alejó murmurando entre dientes.
Albert miró hacia la esquina por donde había desaparecido la viuda con su carruaje y después regresó pensativo al cementerio. Por alguna razón, esa esbelta silueta le interesaba mucho.
Cuando toda posibilidad de persecución quedó descartada, Jedediah redujo la marcha y Candy se desplomó en el asiento y cerró los ojos como tratando de tranquilizar su agitado corazón. Había aprendido la lección: dondequiera que se encontrara con Albert, él se sentiría curioso. En el futuro tendría que ser más cuidadosa cuando saliera vestida de mujer.
—¿Adónde vamos ahora, señorita Candy?
—Al hospital, Jedediah. Si el capitán está ausente quizá pueda ver un momento al doctor Martin.
Pero cuando llegaron, los carros fúnebres estaban entrando en los establos y a la distancia Candy vio a Albert en su birlocho con el capellán. Sabía que él pronto llegaría al hospital y no podía volver a arriesgarse.
Como el anciano doctor tenía la costumbre de regresar a mediodía a su casa para almorzar, Candy ordenó a Jedediah que la llevase a la residencia del doctor Martin. Allí, una mujer negra de cara agria abrió la puerta y condujo a Candy al estudio del doctor para que esperara.
El reloj había dado las doce antes que el birlocho del doctor entrara en el patio y se apeara su canoso conductor. Martin entró en la casa ceñudo y pensativo. Era muy leal a esos soldados que estaban a su cuidado y no podía sentirse muy desdichado por esos pocos que escaparon y que podrían evitar pasar el resto de la guerra en una prisión federal. Pero había otras cuestiones de qué ocuparse.
—Santo Dios, criatura — dijo el doctor—. Representas tan bien el papel de Van que es difícil recordar que eres, después de todo, una mujer muy hermosa.
Candy arrojó el sombrero a una silla y se quitó los guantes. Había tenido demasiado tiempo para pensar.
—Sus palabras son muy amables, doctor Martin — dijo por fin, con gracia—. Pero últimamente yo misma tengo el mismo problema. Este papel de muchachito me cansa.
—¡Criatura! ¡Criatura! — El hubiera querido consolarla, pero Candy lo miró fijamente, con la angustia marcada en sus delicadas facciones.
—¡No soy una criatura! — Sus labios temblaron con la declaración. — ¡Soy una mujer crecida! — Se retorció sus delgadas manos. — Y ansío que un hombre me trate como a una mujer.
De pronto el doctor Martin comprendió y la miró fijamente mientras ella se paseaba llena de irritación.
—¿El capitán Andrew, quizá? Me enteré de que se casó con Karen esta mañana.
Candy lo miró. El anciano médico se encogió de hombros.
— El capitán lo mencionó esta mañana — dijo.
El ceño de Candy se disolvió en una triste introspección. Caminó lentamente hasta la ventana y quedó mirando hacia afuera. Un largo suspiro, extrañamente interrumpido a la mitad, le hizo levantar sus delicados hombros. Cruzó los brazos y su voz sonó apenas audible en la silenciosa habitación.
—¿Qué voy a hacer? — No esperó respuesta—. Veo a Karen y otras mujeres vestidas con gusto y con el pelo largo. — Se miró sus manos enrojecidas antes de pasarse los dedos por el pelo que llevaba bien corto—. Y debo cortarme el mío como un muchacho y llevar estas ropas de viuda o harapos de muchacho y nunca puedo permitirme la libertad de disfrutar de lo que realmente soy.
El doctor todavía estaba considerando cuál debía ser su respuesta cuando la sirvienta entró en la habitación con una gran bandeja cargada con una tetera, un tazón de sémola, una fuente de pollo frito y otra más pequeña con pan de maíz caliente. El delicioso aroma tentó a la joven que nada había comido desde el mediodía anterior. Aceptó agradecida un plato que le ofreció la sirvienta y por el momento olvidó su preocupación. Su espíritu joven se recuperó. Se sentó en la silla que graciosamente le ofreció el doctor y mientras comían hizo un breve relato de los acontecimientos ocurridos desde que ella dejara la oficina de él la tarde anterior, sin mencionar su íntima aventura con Albert.
—Tío Angus me culpa de haber llevado al capitán Andrew a su casa. Temo que ya no soy bienvenida en la casa de los Kleiss. Debo buscar otro empleo y otra residencia. He podido ahorrar algún dinero, pero difícilmente podría sostenerme con la paga de un muchachito que hace la limpieza. Necesitaré pagar alojamiento y comida dondequiera que vaya y he venido aquí a preguntarle si usted sabe de algún empleo que yo pudiera tomar.
El doctor se levantó de su silla y empezó a pasearse, evidentemente muy preocupado. Por fin habló:
—Candy, ya he tenido que defender a Can esta mañana para que no sospecharan que él tomó parte en la fuga. Si Can desapareciera ahora se habríria una investigación que podría poner en descubierto su verdadera identidad. Eso sería muy difícil de explicar. — Apoyó las manos en la mesa y miró a Candy a los ojos.— Tampoco puedo recomendarte que seas menos cuidadosa con tu identidad. Ahora ofrecen una recompensa de doscientos dólares por una tal Candice White.
Candy abrió los ojos con sorpresa.
—Parece — continuó Martin — que los prisioneros confederados se apropiaron de un vapor que tenía a bordo más de cien mil dólares en dinero para la paga de los soldados. La media docena de yanquis que lo custodiaban fueron muertos, y los que huyeron del hospital obligaron al capitán a llevarlos río arriba. El vapor regresó esta mañana y ya se han ordenado medidas para perseguir a los culpables.
—Pero por qué…
El doctor Martin levantó una mano para detener la pregunta.
—Había una mujer de pelo rubio y pequeña estatura que esperaba con caballos en la orilla. Oyeron que uno de los rebeldes la llamaba, y el nombre que usó no fue otro que… Candice White.
Candy quedó atónita. El doctor guardó silencio. Cuando al fin ella lo miró, el médico continuó :
—Tu mascarada debe continuar. Si Candice White es detenida, será ahorcada o por lo menos pasará muchos años en una prisión yanqui. No hay escondite más seguro que la casa de los Kleiss, porque es allí donde se sabe que Can, el muchacho, esta viviendo. Can debe regresar a su trabajo o lo buscarán para interrogarlo. Si no lo encuentran las cosas pueden ponerse muy difíciles para Angus y Leala.
Candy meneó con vehemencia la cabeza y cerró los puños. Deseaba desesperadamente encontrar un fallo en los razonamientos del doctor y poder escapar a su odioso papel de muchachito, pero supo que no le sería posible.
Pasó la semana y todavía todas las tropas federales seguían acuarteladas. Hasta la nueva novia tenía que pasar las noches sin su esposo. Karen se enfurecía ante esta crueldad y ridiculizaba las notas que Albert le escribía para disculparse. Eso era demasiado para que ella pudiera soportarlo y entonces se retiraba a su habitación malhumorada, con alivio para todos los demás de la casa.
Si Karen se enfurecía por la ausencia de su marido, Angus lo hacía por la presencia de Candy. La causa de esta última se volvía más peligrosa con cada hora que pasaba. Los soldados que regresaron de perseguir a la banda de rebeldes trajeron una historia que provocó la ira de todo el mundo. Todos los heridos escapados del hospital habían sido hallados, no lejos de donde dejaron el barco. Habían sido muertos por la espalda y dejados donde cayeron, dieciséis en total. Prendas de uniformes azules estaban dispersas entre los cadáveres y había un uniforme de capitán médico. La mujer, los caballos, el dinero y los hombres que sacaron a los soldados heridos del hospital no fueron hallados. Las huellas pudieron rastrearse hasta donde desaparecían en un pantano con densa vegetación. El roano del capitán Andrew fue hallado vagando cerca del muelle donde fue asaltado el barco.
La indignación cundió entre los ciudadanos sureños. Cuando hacía una semana que Candice White era considerada una especie de heroína ahora era tildada de perversa y traidora y tenida por la misteriosa ramera de una banda de delincuentes y piratas que con increíble crueldad robaron y mataron a hombres honrados, azules y grises por igual.
Los yanquis elevaron la recompensa a un millar de dólares yanquis de oro y los sureños prometieron silenciosamente considerar héroe de la ciudad al que pudiera llevar a Candice White ante la justicia. La plantación de Briar Hill fue confiscada por los federales y se dio la noticia de que sería vendida. Hasta entonces, sería ocupada para preservarla de quienes, movidos por su odio hacia Candice White, intentaran destruirla.
En las esquinas, los airados ciudadanos se reunían y vigilaban con abierta sospecha a los que pasaban. Era afortunado que buscaran a una hermosa joven y no a un muchachito vestido con andrajos cuando Candy se dirigía al hospital por la mañana temprano. El aire general era de tensión y podían oírse murmullos de indignación dondequiera que se reuniera un grupo de gente.
Ese sentimiento también se detectaba en el hospital y hasta los heridos yanquis estaban indignados por la cruel carnicería. Candy acababa de dejar sus cubos y estropajos cuando un cabo uniformado y armado la buscó e insistió en que lo acompañara. A paso vivo la llevaron otra vez al segundo piso y estaba jadeando cuando el hombre se detuvo ante una puerta vigilada.
—¡Espera aquí! — le ordenó secamente al muchacho, y golpeó la puerta, que se abrió. El cabo conversó brevemente con alguien.
—Ven. — Le hizo un gesto a Can, abrió completamente la puerta y lo empujó al interior de la habitación.
Candy ahogó una exclamación y sintió pánico. Nunca había visto tantos uniformes con dorado e insignias como los que había en la larga habitación. Albert estaba sentado en el extremo de una gran mesa y su rostro se veía lleno de preocupación aunque le dirigió una sonrisa tranquilizadora. A su lado estaba el doctor Martin, y el rostro del anciano estaba pálido de ansiedad por Candy. El y ella cargaban con todo el peso de un secreto que podía destruirlos a ambos, al capitán Andrew y a muchos más.
El general médico Mitchell se inclinó hacia adelante en su silla de la cabecera de la mesa y Candy clavó sus ojos en las estrellas que indicaban el grado del oficial.
—Tranquilízate, muchacho — dijo el general en tono amable—. Esto no es un tribunal ni un proceso. Es simplemente una comisión que investiga el asunto.
Candy asintió y se limpió la nariz con la manga de su chaqueta, mientras se rascaba una oreja con la derecha, recordando lo que había dicho la señora Hawthorne.
—Necesitamos hacerte algunas preguntas. El doctor Martin nos ha informado de tu reciente pérdida. Sólo puedo ofrecerte mis humildes condolencias.
Candy se limpió nuevamente la nariz, sin apartar los ojos de las estrellas doradas del general.
—Tengo motivos para creer que tú rescataste del río al capitán Andrew, la noche de la fuga.
—¡Sí, señor! — Las palabras brotaron en torrente cuando ella se lanzó a su declaración con ansiosa precipitación—. El venía flotando sobre un árbol, cerca del muelle del ferrocarril, y siguió flotando cuando las ramas se atascaron en el fondo. Cuando yo lo llevé a la orilla estaba completamente desnudo, excepto sus calzoncillos largos, por supuesto, y…
—Despacio, muchacho — dijo el general con apenas un asomo de sonrisa—. Nos gustaría tener todo esto muy claro. ¿A qué hora viste al capitán en el río?
—Debió de ser antes de las once — murmuró Candy mordisqueándose la punta de un dedo y levantado los ojos al techo—. Sí, ese viejo reloj estaba dando las once cuando yo lo hice entrar en la casa. — Miró otra vez las estrellas del general y dejó que su voz volviera lentamente a adquirir velocidad. — Sabe usted, como él estaba en calzoncillos, y como el capitán me consiguió el empleo, no quise hacerlo cruzar la plaza desnudo, quiero decir en calzoncillos. Por eso lo llevé a mi casa. Fue antes de las once. Quizás alrededor de las diez — concluyó con súbita seguridad.
—¿Y el capitán Andrew pasó toda la noche en la casa de Kleiss? — El general insistió en este punto.
—¡Oh, sí, señor! ¡Usted sabe, hum, ahí está el problema! Quiero decir que pasó la noche con… hum… quiero decir… tío Angus trajo su viejo revólver y…hum… bueno… ¡yo estaba durmiendo, sabe usted! Y… bueno… el capitán se golpeó en la cabeza y quizá tenía revueltos sus… — Candy agitó una mano en círculos alrededor de su oído y miró con recelo a Albert, quien había apoyado los codos sobre la mesa y se tomaba la cabeza con ambas manos mientras el doctor Martin era presa de un acceso de tos. La mayoría de los otros oficiales presentes estaban estudiando atentamente el techo.
—Y…hum… bueno, de todos modos… se dejó sorprender con mi prima Karen y, bueno, sí señor, creo que puede decirse que él pasó toda la noche allí.
—Es todo, Can. — El general tomó una pila de papeles que tenía delante. — Puedes marcharte ahora, y gracias.
Candy se puso de pie y murmuró:
—No es nada, señor.
El cabo le abrió la puerta para que saliera y sólo cuando ella estuvo sola en la sala de oficiales sus rodillas cedieron. Se sentó temblando en una silla y trató de recobrar la compostura.
Momentos después estaba levantando sus estropajos y sus cubos cuando vio una sombra ante ella. Levantó la mirada y se encontró con Albert. Lentamente, dejó los útiles de limpieza y se enderezó.
—Creo que lo he puesto en dificultades.
—No. — Albert miró al muchachito, suspiró lentamente y se pasó una mano por el pelo. — Yo ya les había dicho todo lo que podía recordar. Ellos sólo querían tu confirmación.
—¿Y?
—¡Lo hiciste muy bien! Ahora deja esas cosas. Quiero que hagas algo para mí. No sé cuándo podré salir para volver a ver a la señora Hawthorne y… — sacó un sobre de su chaqueta — ella puede necesitar esto, aunque nuestro amigo Jacques no volverá a molestarla. Han encontrado al responsable que se ha quedado sin empleo. Por lo menos, ningún banco de los alrededores le dará trabajo. El título de la propiedad ha sido verificado por el banco. Está aquí con su carta. — Miró atentamente a Can y golpeó el sobre con sus nudillos. — ¿Tú serías capaz de llegar hasta allí sin perderte, o sin que nada te suceda?
Candy desprendió el botón superior de su chaqueta.
—Creo que ya lo he metido en muchos problemas.
—¡No, maldición! — estalló Albert—. ¡Yo me he metido en un montón de problemas! ¡Y no te acerques al río! ¡Esta vez podría intentarlo yo mismo! — Le volvió la espalda y se detuvo. — Y puedes tomarte el resto del día libre.
Se alejó rápidamente por el pasillo y Candy no vaciló, porque con la señora Hawthorne, por lo menos por unos momentos, podría lavarse la cara y actuar como lo que era.
CONTINUARA
