Capítulo 15

LA SEDUCCIÓN

En la cama, en la cama… .Lo que está hecho no se puede deshacer.

En la cama, en la cama.

W. Shakespeare, Macbeth

Acto V, escena I

Terry escuchó el cencerro y entendió que estaban en el lugar equivocado.

Interrumpió bruscamente el beso, resistiendo al pequeño gemido de sorpresa de su esposa.

—No aquí—Hizo lo que pudo para ignorar la evidente desilusión que leyó en los ojos de ella y se dio cuenta que la palabra desilusión no describía ni remotamente lo que sentía él. Nada le habría gustado más que hacer a Candy su esposa allí, en ese momento, con el heno como lecho de bodas. Pero estaban en un establo. El Duque y la Duquesa de Grandchester no debían acoplarse en un establo.

—Tenemos una vaca que ordeñar —dijo.

Esto la hizo sonreír. Lo miró con adoración y él le contestó con una mirada lúgubre.

¡No quería ser adorado, maldición!

Candy bajó los ojos y jugueteó con una pajuela de heno. Terry era cruel, pero tenía sus buenas razones.

El efecto que su esposa ejercía sobre él lo irritaba, porque no podía controlarlo con una orden y ni siquiera podía rechazarlo.

De pronto, un pensamiento lo golpeó como un puño en el estómago. ¿Y si ella hubiese usado sus poderes mágicos sobre su persona?

¿Era por eso que no lograba controlar la atracción que probaba por su esposa, la necesidad física de poseerla?

La miró por un minuto, presa del deseo.

—¿Me has hecho un hechizo? —le preguntó.

Sorprendida, ella inclinó un poco la cabeza y contestó:

—No.

—¿Entonces, por qué me sucede todo esto?

—¿Todo qué?

—Apenas te miro, siento deseo de comportarme en un modo extraño. Creo que tu me has hecho un hechizo de amor. Quiero que lo deshagas . —Cruzó los brazos al pecho y agregó: —Inmediatamente.

Candy se lo quedó mirando un largo momento, y Terry se dio cuenta que su cautelosa mente de bruja estaba trabajando.

—Para borrarlo necesito besarte.

Él se puso rígido no sabiendo qué esperar.

—Adelante.

Con lentitud, Candy le puso los brazos al cuello y se levantó en la punta de los pies, acercando a su rostro la boca y aquel condenado lunar sexy. Después sus labios se unieron mientras ella desplazaba las manos desde su cuello a las mejillas.

Terry contó en latín, y esto le permitió mantener el control hasta cuando Candy trazó el dibujo de sus labios con la punta de la pequeña lengua curiosa que Terry sintió acariciar la suya.

La magia se desató. Gimió, pero se esforzó contando en griego,y después conjugando los verbos franceses. Probó de todo para luchar contra el deseo impelente de abrazarla fuerte y de poseerla sobre el heno.

Finalmente, Candy retrocedió, respiró profundamente, y dijo:

—Hecho.

—¿Ha desaparecido?

Candy se contuvo de reír.

—Sí

Terry no se sentía distinto de antes.

—¿Ya no tengo el hechizo?

—No más —confirmó Candy con una de aquellas sonrisas que le hacían perder la cabeza.

Terry se levantó y dijo:

—Nunca más. Nunca más debes hacer hechizos de amor, especialmente sobre mí. ¿Has entendido?

—Si, Terry. —Candy adoptó una actitud humilde, con la cabeza baja y las manos cruzadas adelante.

—Bien. Yo ordeño la vaca —dijo Terry, listo a discutir.

—Tú recoges los huevos.

Ella lo miró con ojos brillantes.

—¡Oh, que bien! Nunca he recogido huevos. ¿Y tú?

—No.

Después de unos minutos, el único sonido en el establo era el de la leche cayendo dentro del balde.

—Lo haces muy bien.

Candy había permanecido de pie después de haberle cedido el banquillo. Terry levantó los ojos. El instinto le decía que repitiera la orden que le había dado, pero ella le sonrió otra vez y una parte débil de él le sugirió que no debería quitarle la felicidad que transparentaba su rostro radiante.

—¿Estás segura de haberme borrado el hechizo?

—Por mi honor de bruja.—El rostro de pronto serio, Candy levantó la mano. Terry abrió la boca pero no salió ningún sonido.

—¿Por qué me preguntas? ¿Todavía lo sientes?

—Sí.

—Oh, bien, tal vez demora un poco de tiempo en desaparecer.

Él murmuró:

—Hará bien en apurarse.

—Bueno, es mejor que vaya a recoger los huevos —anunció Candy, sacándose una pajita detrás de la falda.

Él no contestó, porque se le había aparecido en la mente la imagen de ella con el cabello suelto, ondulante sobre la misma zona de la pajita, y más abajo sobre los muslos desnudos.

En el balde, la leche aumentaba. Terry retomó el control de sí y se concentró en su trabajo.

—¡Oh, Terry! ¡Ven a ver, he encontrado una cosa!

—¡Maldición! —refunfuñó él al balde de leche.

—¡Ven, luego!

Resignado, Terry se secó las manos en los pantalones, caminó alrededor de la vaca y vio su mujer correr a su encuentro. Candy le tomó un brazo y lo arrastró hacia un rincón del fondo.

—¡Mira! —Candy indicaba un baúl de libros y otro baúl recubierto de paja.

—¿Qué crees que contenga ese baúl?

—Seguramente algo que nadie quiere.

—¿Dónde está tu espíritu aventurero? Abrámoslo.

La expresión de curiosidad y alegre anticipación en el rostro de Candy no podía ser ignorada.

Terry desplazó el baúl con los libros encuadernados de piel y abrió la cerradura del otro baúl.

Cuando levantó la tapa, las bisagras crujieron y la cabeza impaciente de su esposa se interpuso en su visual.

—¡Oh, bondad divina, mira! —dijo Candy, extrayendo un gran sombrero de terciopelo rojo de las dimensiones de una silla de montar, con tantas plumas como una manada de avestruces.

Luego, con el sombrero en la cabeza, retrocedió un paso y se puso en pose.

—¿Cómo me veo? preguntó, dando un pequeño golpe arriba del monstruoso sombrero, que se le bajó sobre la nariz; las plumas aflojaron hacia delante, más allá del ala.

Ella las desplazó con un soplo y dijo:

—Puede que sea un poco ancho.

Antes de lograr controlarse, Terry no pudo evitar una explosión de risa; pero se repuso inmediatamente.

Ella empujó el sombrero hacia atrás y con la curiosidad en los grandes ojos verdes preguntó:

—¿Qué era ese ruido?

—Yo no he escuchado nada.

—Bueno, en cambio yo sí. ¿Puedo saber porque no quieres reír?

—Reír es de tontos. —Terry oyó en su propia voz gélida el eco de aquella paterna, se tensó por dentro y por fuera.

—Yo cero que reír es un regalo.

—¿No quieres ver qué otras cosas contiene el baúl?

—Quiero verte reír —murmuró ella.

—Y yo quiero cesar con estas tonterías, por lo tanto, llevaré dentro el baúl así podrás hurgar todo lo que te parezca.

—¿De veras? Te lo agradezco . —Ella sonrió feliz.

—¿Estás segura de haber eliminado el hechizo de mí?

—Juro que nunca te he hecho hechizos de amor.

Terry se dio cuenta que era sincera, y esto aumentó su frustración.

—¿Crees que podríamos tomar prestado también algunos libros?

—Sí —contestó el marido, colocándose la capa.

—Aparta aquellos que te interesan mientras yo llevo dentro el baúl.

—¿Y la tina? —Candy indicó un gran recipiente redondo lleno de heno.

—Y la tina —consintió Terry.

Cerró la tapa del baúl, lo levantó sofocando un gemido.

Esa condenada cosa pesaba una tonelada. Se estaba acercando a la puerta con gran esfuerzo cuando sintió una pequeña mano en el brazo. Se detuvo y tomó aliento, esperando no caerse con su carga.

Candy lo miró.

—Sabes hacer muy bien también esto.

—¿Qué quieres decir con esto?

—Acarrear cosas —contestó ella con orgullo en la voz. Le dio una palmadita en el brazo y corrió hacia atrás.

Con la cabeza alta, los hombros derechos y la expresión inmutable, Terry salió del establo decidido a no dejar caer el baúl hasta la posada.

"El tenebroso Duque de Dryden tiró de las riendas de su grueso semental de quijadas humeantes y exploró el pantano brumoso en busca de la joven gitana.

La muchacha había herido su orgullo y él quería vengarse llevándola a su cama…"

—Oh, Dios mío. —Candy cerró el libro con un golpe seco, y miró el título: "El Duque cobarde".

—Creo que este también me sirve —murmuró y agregó el volumen a la pila de libros que parecía aumentar cada vez que sacaba uno del baúl. Miró los otros títulos, después volvió hacia aquellos que había descartado: Shakespeare. La tía le había prohibido leer sus obras y lo había definido un zafio sassenach, es decir un inglés, que no sabía absolutamente nada sobre brujas escocesas.

Candy se acercó a la tina; la dio vuelta vaciándola del heno, después la arrastró hacia los libros.

Volvió Terry y miró la pila más pequeñas.

—Veo que te gusta Shakespeare —dijo y empezó a meter los libros en la tina.

—Oh, no. Esos no los quiero. Son los otros los que he elegido.

Él miró ceñudo el dorso de los libros. Tomó el primero de la pila.

¿Tom Jones?* Creo que no.—Y lo tiró en un rincón.

—Pero, lo he hojeado. Habla de un pobre huerfanito.

Ignorando la esposa, Terry leyó otro título.

¿Moll Flanders?*

—Su madre fue hecha prisionera por haber robado un poco de comida, antes que Moll naciera. Pobre pequeñita. Fue vendida a los gitanos. —También aquel tuvo el fin delanterior.

La voz del Duque aumentó de tono.

¿Fanny Hill?*

Candy enrojeció.

—Este me ha parecido… muy interesante.

Aún más fuerte él exclamó.

—¿El Duque Cobarde? —A la vista de aquel título Terry casi se sofocó.

Candy se estremeció, pero sabiamente permaneció en silencio.

—Esos no los lees. —Terry tomó en mano el último libro y leyó el título.

—Puedes leer este —dijo, poniéndole en la mano Robinson Crusoe —y Shakespeare.

Tomó los volúmenes descartados por Candy y los puso en la tina. Después dijo algo a propósito de la leche y fue hacia la vaca.

Candy miró el libro que tenía en la mano, vio que su marido estaba detrás de la vaca y deprisa lanzó El Duque Cobarde debajo de los volúmenes de Shakespeare y por seguridad,puso encima de la pila la canasta de los huevos. Después, con las manos detrás de laespalda y la expresión inocente, esperó a su marido canturreando.

Él llegó y le puso delante el balde de la leche.

—¿Crees que podrás llevarlo?

—Sí —contestó, después de haberlo sopesado.

Terry le ayudó a colocarse la capa, luego levantó la tina con los libros y salieron delestablo. Apenas salieron, ella se detuvo.

El viento se había calmado y todo estaba inmersoen el silencio. Entre el patio de la posada y el río congelado había algunos árboles que latormenta había desempolvado de la nieve. Parecían estar sumergidos en azúcar.

—¿Oh, no es bellísimo? —dijo Candy con un murmullo, encantada.

—¿Qué? —Terry desplazó el peso y miró alrededor.

—La nieve. Es un regalo del invierno. —No podía creer que él no lo viese.

—Yo no la definiría como un regalo. Más bien un ataúd. Por poco no hemos muerto en medio.

Candy apoyó el balde en el suelo.

—Mira a tu alrededor. ¿No puedes ver la belleza del paisaje? Parece que estemos enel país de las hadas. ¿Crees que el paraíso es así? —Tomó un puñado de nieve y lo levantóa la altura de los ojos.

—Si miras a través de la nieve ves la luz brillar y todo brilla como polvo de diamantes.

Terry frunció la frente.

—Mira —insistió ella.

—Yo veo solo el agua que está deslizándose por tu brazo —le contestó su marido ycomenzó a caminar.

Candy tiró la nieve ya derretida que tenía en la mano y miró la espalda del hombredelante de ella.

—¡Inglés testarudo! ¡Cree que le he hecho un hechizo de amor! —murmuró. Frustradapor la obstinada severidad de su marido, hizo una bola de nieve y se la tiró a la cabeza,furiosa.

Ella le tiró otra bola que lo golpeó en la cara y rió.

—¿Maldición, qué haces?

—Lanzándote bolas de nieve

Contestó Candy, mandándole otra y dando de nuevo en elblanco.

—No lo encuentro divertido. Para inmediatamente.

Por toda respuesta Candy lo golpeó de nuevo, esperando que él se relajase un poco y letirase una bola como respuesta.

—¡Para! —repitió él.

Limpiándose la cara.

—¿Nunca has jugado con la nieve? —Se pasó una bola de una mano a la otra pensando en qué parte de su cuerpo golpear.

—Los Duques no juegan.

—Me refería a cuando eras un muchachito.

—Nunca he sido muchachito. Era el heredero de Grandchester. —Lo dijo con voz dura,rígido.

Candy notó que estaba tenso y se dio cuenta que no podía ver el niño que había en él,

porque nunca lo había sido.

Derrotada, decidió renunciar, por el momento. Tomó el balde de la leche y se dirigióhacia la posada.

Cuando ella pasó cerca, Terry le dijo:

—Tú no puedes comportarte como una niña cualquiera. Eres la Duquesa de Grandchester.

—No del todo —Las palabras le salieron de los labios antes que pudiese retenerlas.

Fue adelante y abrió la puerta de la posada.

Terry la siguió al interior Y dejó caer la tina de un golpe.

—¿Qué diablos significa?

—Yo no soy verdaderamente tu mujer. —Candy apoyó la leche y se dio vuelta, las manos sobre las caderas. Ya no podía más, y debía afrontarlo.—Creo que tu tienes miedo de mí.

Funcionó. En el rostro de su marido apareció un relámpago de orgullo herido y unmomento después la tomó bruscamente entre los brazos. Todavía con cólera, la miró.

—¿Qué más podrías hacerme todavía, que tu no hayas ya hecho? NO tengo ningún

miedo de ti.

—No he hecho ningún hechizo de amor, Terry. No puedo controlar muy bien mi magiapara poder hacerlo.

—¿Quieres decir que me convertí en un cretino? —De improviso en su mirada brillóuna expresión más primitiva que la rabia y su boca se cerró sobre la de ella. En su besohabía violencia y pasión. Había picado el anzuelo. La pasión creció deprisa y sus labios nose separaron hasta que no llegaron al piso de arriba.

Él abrió la puerta de la habitación conuna patada y la cerró.

—Terry —murmuró Candy contra su mejilla y le puso la mano en el corazón. Lo miró.

El Duque estaba silencioso. Respiró profundamente y no dijo nada. Parecía que

estuviera luchando para controlar un demonio. interior: tenía la mandíbula apretada, lasmanos rígidas, los labios apretados.

Ella rogó en silencio:

" No luches, amor, te lo ruego, te lo ruego". Le tocó la mejilla:

—Mi Terry—murmuró.

Como nieve bajo la lluvia de primavera, la tensión se disolvió. Él la besó, rozándoleapenas los labios. La tocó con la boca como quien saborea un vino delicioso.

Candy ya había experimentado esa ternura escondida bajo el barniz de hielo y de orgulloque la escondía.

Terry la recostó delicadamente sobre el colchón delante del fuego y Candy se encontró denuevo en sus brazos.

El Duque de Grandchester besaba con la misma autoridad y seguridad que había atraído a la aprendiza de bruja.

Ella adoraba su sabor, la sensación erótica de su lengua contra la propia.

Le hacía desear algo más, le provocaba la necesidad de estar todavía más cerca.

Nada en el mundo era más maravilloso que ser estrechada, besada y amada por él.

Terry desabotonó el vestido y le acarició la espalda a través de un desgarro de la

camisa. Su boca se desplazó hacia la oreja, los pelos de la barba le raspaban la mejilla y leprovocaban piel de gallina. Le tocó la epidermis delicada de su largo cuello.

Candy abrió losojos y lo miró.

Él contestó a la pregunta contenida en su mirada:

—Tienes la piel tan suave.

¿Era así de suave adentro, pecosa?

—Terry.

—Eres mi esposa, mi Duquesa en todo salvo en un punto de vista —murmuró.

—Ahora, pecosa…Te deseo ahora.

Candy gimió un sí y la boca de él trazó un sendero húmedo a lo largo del cuello. Al mismo tiempo le hizo descender el vestido de los hombros hasta la cintura junto con la camisa destrozada y ella sintió el aire sobre sus senos desnudos; intentó esconderlos contra su pecho.

—No. Deja que te mire.—Terry la estrechó fuerte mientras boca y lengua seguían labase del cuello y se deslizaban hacia un seno.

—Deja que te saboree, quiero sentirte húmeda para mí.

Su boca se cerró sobre un seno y lo succionó; la lengua se deslizaba sobre la punta.

Candy gimió y le sostuvo la cabeza contra el pecho, mientras él siempre abarcaba más,succionando siempre más fuerte, y a cada golpe ella advertía una sensación profunda en la parte más íntima de su feminidad. No había imaginado que se produciría tal éxtasis durantela relación sexual entre un hombre y una mujer. Cerró los ojos y se abandonó totalmente aesa sensación maravillosa.

Terry continuaba con su dulce tormento, y llegado a un cierto punto, ella ya no eracapaz de pensar.

Nunca se había sentido más viva, más consciente de lo que sucedía en su propio cuerpo. Le parecía sentir la sangre transformarse más densa y fluir por las venas como miel.

Advertía intensamente la diferencia entre ella y Terry.

La piel de su marido era distintade la suya, pero suavizada por el espeso vello de los brazos que ella acariciaba.

Sus músculos eran duros, la piel oscura. Y en esta diferencia había una cierta atracción exótica,que le provocaba una excitación antigua como el tiempo.

La sensación de la lengua de él sobre la punta del seno provocaba escalofríos en la piel y la respiración le salía con el ímpetu de la marea. Sintió su boca en el torso, en elpecho y otra vez en los labios. Ella no sabía dar un nombre a lo que quería, pero tenía a sumarido apretado y se movía contra él guiada por una instintiva lujuria.

Como si hubiera captado su deseo, Terry le deslizó la mano a través del muslo, después la desplazó debajo del vestido y le pasó la palma al interior, acercándose hacia el punto más sensible de su cuerpo. Al fin, la tocó allí y ella finalmente encontró lo quedeseaba. Candy le hundió el rostro al lado del cuello, gimiendo, cohibida y aliviada al mismo tiempo.

Terry le acarició el vello y el capullo interno de la vulva. Su caricia le provocó una oleada de placer tan intenso que brotaron lágrimas de sus ojos. Gritó.

—Pecosa, ábrete para mí.

Candy lo hizo y él continuó acariciándola con más intensidad, y después le empujó dosdedos entre los labios internos y comenzó a mimar la parte más íntima de su cuerpo.

En ese momento, Candy tuvo la certeza que era él el hombre destinado a hacerlo; no habría nuncacreído posible una caricia tan íntima, pero el placer que le daba era tal que no lo habría detenido por todas las magias del mundo.

—Desabróchame la camisa —ordenó Terry con un murmullo, luego movió un dedo más profundamente, masajeando entre los pequeños labios, especialmente al pasar sobre elcapullo sensible.

A Candy le temblaban las rodillas y su respiración se aceleró. Instintivamente restregó los senos contra el pecho de él.

—¡Omnipotencia divina! —Terry le capturó la boca con un beso violento y la estrechóaún más contra sí.

Con gestos frenéticos se quitó las prendas y las botas, sin soltarla nunca.

—Levántate —le ordenó cuando terminó.

—No puedo. Las piernas no me sostienen.

Él le bajó la ropa desde los pies, las tiró lejos y después le aferró los glúteos y con unamano le levantó una pierna y le dijo:

—Pon las piernas a mi alrededor.

Candy obedeció y se sintió expuesta, advirtió frío en la parte íntima que él había acariciado. Terry se acuclilló sobre sus talones y su sexo acarició las partes que él anteshabía tocado con los dedos. Los brazos de Candy estaban rodeando el cuello de su amado,sus bocas fundidas una con la otra.

Terry le aferró de nuevo los glúteos para hacerla levantar y bajar mientras él movía lascaderas arriba y abajo, provocando una deliciosa fricción en sus partes íntimas, al mismo ritmo que sus bocas.

Candy oía el latido del corazón del marido, mientras el propio le pulsaba en las orejas. Setendió hacia él, si bien sus manos en los glúteos le controlaban los movimientos. Quería más.

—Te lo ruego —imploró contra su boca.

Él gimió una respuesta que ella no entendió. Los sentidos del oído y la vista eran como si hubieran desaparecido. Solo le quedaron el gusto y el tacto.

Terry la siguió en el colchón,sus sexos todavía unidos; después retrocedió y Candy gritó, pero después de un instante sintióque la penetraba y la inundaba con su potencia.

Candy se tensó:

—Hace daño.

—No te muevas.

—Terry se detuvo y su respiración se hizo más fuerte, penetró más profundamentehasta que algo lo bloqueó. Candy se estremeció, cuando delicadamente, él se hundió contra labarrera.

—Basta —protestó.

Terry retrocedió un poco.

—Lo siento tanto, pecosa —dijo y empujó más fuerte.

Ella gritó, luego se mordió un labio para contenerse. Le empujó hacia atrás los hombros.

—Relájate. No lo haré más hasta que no estés lista.

—¿Hay algo más? —Candy no logró disfrazar el horror en su voz.

Él también respiró hondo e imprecó entre dientes.

—Me duele.

—Lo sé.

—Si te duele también a ti. ¿Por qué lo haces?

Terry murmuró algo, luego se desplazó ligeramente y puso la mano entre los dos, para acariciarle levemente el pequeño capullo sensible, pero no fue más como antes. Ella sentíael ardor y el dolor. Terry le murmuró algo en el oído y su voz profunda la calmó. Con sus caricias logró darle placer.

Candy sintió crecer una maravillosa vibración dentro de sí y se retorció.

Lentamente, Terry se desplazó y ella creía que tenía intención de separarse de sucuerpo. Pero no fue así; se introdujo aún más dentro de ella, lentamente, y así lentamentese retrajo, sin dejar de acariciarla. El dolor cesó y quedó sólo la presión y una vibración que continuó creciendo.

Cuanto más se movía él dentro de ella, más ella gozaba y se sentía empujada hacia él límite de algo maravilloso que esperaba alcanzar, aunque fuera sólo por un instante. Se sostenía apretada a los hombros de su marido, sentía sus músculos duros, tensos y húmedos. Le habría gustado verlo, pero los ojos no querían abrirse. Suspiró su nombre acada empujón.

Después, poco a poco se sintió como liberada en un vuelo, ligera, en un éxtasis que crecía dentro. Su sexo estrechaba al de él y el placer le invadía el alma.

Parecía que la delicia no iba nunca a terminar, y aún estaba gozando cuando sintió supropio cuerpo calmarse. Su corazón estaba lleno de amor por ese hombre, que en un momento mágico le había hecho conocer la otra cara del paraíso.

Terry continuó moviéndose dentro de ella, más deprisa y más profundamente, como siquisiera tocar su alma. Candy tuvo la certeza que ya lo había hecho, inmediatamente antes de librarse de nuevo en ese vuelo maravilloso que la llevó más alto que la primera vez.

Oyó pequeños gritos sofocados que ella misma emitía, incapaz de contenerlos.

Vibraba a cada empuje de su marido, y cada vez con mayor intensidad. Llegó un ciertopunto en que percibió en la piel algo leve, apenas palpable. No podía ser Terry, que lesostenía las manos en las caderas y continuaba moviéndose entre sus piernas.

Después lo oyó imprecar fuerte y refrenarse dentro de su cuerpo, llenándola con el calor de la vida, y pulsar y vibrar como lo había hecho ella. Candy se agarró con fuerza. Suscuerpos se movían al unísono y el tiempo se había detenido.

Lentamente, Candy volvió en sí.

Olió perfume de rosas en el aire y de nuevo el roce suave como de una pluma sobre losbrazos y la cara. Abrió los ojos

Centenares de pétalos volaban por la habitación. Los mirópero no dijo nada, porque su cuerpo todavía cantaba por el placer de haberse unido alamado. Jadeaba, como él.

Sus respiraciones resonaban en el silencio de la habitación. Sus corazones latían alunísono. Los pétalos se posaban sobre ambos y parecían salir desde el punto en que suscuerpos estaban unidos. La respiración de Terry ahora era normal. Ella le sacó algunos pétalos de la espalda húmeda y la acarició, murmurando:

—Ahora entiendo porque hemos hecho esto.

Terry sintió a su esposa mover las caderas debajo de las suyas.

—Ahora es adecuado —la oyó decir alegremente.

Necesitó de un momento para encontrar la voz:

—No capto si es un cumplido, pecosa.

—Sólo quería decirte que no hay necesidad que te detengas, porque ahora está bien.Has sido muy amable al refrenarte.

Él dio una gran risotada.

—¡Te has reído! ¡Oh, Terry, lograste reír! ¡Estoy tan contenta! —Candy calló por unmomento. Luego agregó:

—No sé qué es lo que encuentras tan divertido, pero no importa, te has reído. —Él movió la cabeza y rió de nuevo, pensando en cómo habría reaccionado ella si hubiera sabido la verdad del mecanismo de sus cuerpos. La sintió suspirar y se acomodó con la caracontra su cuello.

Pensó que debería darle las gracias. Cerró los ojos. La intensidad de su acoplamiento lo hizo sentir como un joven inexperto. Cuando la miraba notaba sensaciones demasiado profundas para ser reales.

Una parte de él hubiera querido acurrucarse en su sonrisa y permanecer. Dios, olía a rosas en pleno invierno…

Terry desplazó los labios sobre los de ella, pero no tocó la piel, aquello que sintió teníala consistencia de un pétalo. Terry levantó la cabeza y vio capas de pétalos, por todos lados, también sobre su cuerpo desnudo. Y su esposa le estaba mirando como si él le hubiese regalado todas las estrellas del cielo.

—Hay pétalos por doquiera. Pétalos de rosa. ¿Por qué?

Ella permaneció en silencio. Y su rostro adquirió una expresión casi culpable.

—No lo sé.

—Estamos en pleno invierno. Las rosas no florecen en este momento. No soy un idiota. ¿Creías impresionarme tramando esta farsa?

—¡Pero yo no hice nada! No a propósito, en todo caso. Han llegado solos. —Giró el rostro:—No siempre puedo controlar la magia. Es la maldición de los White. —Él se diocuenta que estaba avergonzada, cuando dijo:—Lo siento.

Terry tendió una mano y le pasó un dedo por la orilla de su cabello; nunca lo había hecho con ninguna mujer. Le retiró los pétalos y las horquillas de la cabellera. Lentamente desenredó la maraña y los nudos, peinándola con los dedos. Tenía el cabello tan largo quecaía hacia abajo desde el colchón.

Ella lo miró, fascinada de lo que le estaba haciendo.

—Son tan largos, pecosa. Nunca he visto nada parecido.

Los restregó con los dedos, probó su peso. Miró a su esposa, su insólita cara, los profundos ojos verdes que veían el mundo de manera tan distinta a la suya. Ella veía diamantes, él hielo; ella veía hadas, él muerte; ella amaba la vida, él la despreciaba.

Cerró los ojos para poder expulsar la confusión..

Cuando los reabrió se dio cuenta quela piel blanca de ella tenía marcas rosadas, provocadas por la barba, en la barbilla,alrededor de los labios y en los senos. Hizo recorrer la boca sobre aquellas marcas; eran las marcas de la posesión.

Nunca más podría decir que no era realmente su esposa, porque lo era.

Pero no era por el gusto de la posesión que la sangre circulaba más veloz, era por el orgullo.

Y no le importaba nada de la brujería ni de cualquier otra cosa, porque sentía resurgir de nuevo el deseo. Rodó por el colchón junto a ella en una cascada de pétalos.

Candy estaba encima del sexo de su marido restregándolo contra su vello. Cuando Terry acomodó la posición para entrar en el túnel suave y húmedo, Candy se retrajo, los ojos grandes y preocupados. Él trató de besarla de nuevo, pero ella no se lo permitió.

—Terry.

—¿Algo no está bien? —preguntó él pensativo.

—¿No podrías encogerlo un poquito?

Terry retuvo la risa murmurando a su oído:

—No te preocupes, pecosa, lo haré de modo que se adapte.

—Y así fue.

CONTINUARA

*Tom Jones, de Henry Fielding, novela romántica inglesa.

*Las aventuras amorosas de Moll Flandes, de Daniel Defoe, novela que cuenta las peripecias de una huérfana, prostituta que acaba consiguiendo la felicidad.Lo

*Fanny Hill, memorias de una mujer del placer, de Jhon Cleland, una de las novelas clásicas más célebres de laliteratura libertina (erótica).