La noche es joven, y el Jardín Gris lo sabe. Aprovecha cada segundo para mostrar todo lo que tiene; la vida no se detiene. Aunque hay bares, pub y discos, para que todos puedan tener una noche entretenida, fuera del pueblo, se pueden encontrar otro tipo de servicios especiales, que, a diferencia de las demás, las cuales pueden abrir al comienzo del anochecer, estas solo se les permiten abrir sus puertas a media noche, y solo por unas pocas horas; El negocio «Salda tus cuentas» es una de ellas, y Alfem junto a Macarona se dirigen allá.

—¡Retráctate! —dije Macarona con un puchero hacía Alfem, el cual se le ve un tanto aburrido, con su mano bueno en el bolsillo.

—Vamos Macarona —dice agotado de todo este tema, mientras no deja de caminar— ya llevamos discutiendo lo mismo todo el camino, no has parado desde que salimos del castillo.

—Es que simplemente no puedes decir que son malas solo por tener gustos extraños que no entendemos —se queja Macarona, no cree que Alfem deba hablar mal de quienes van a participar a esos lugares, que, si no fuera por trabajo, jamás pisaría.

—¿Perdón? —dice el otro apuntando su palma hacia su persona, como símbolo de indignación— Queras decir, que TÚ no entiendes; créeme, los que van a lugares como ese lugar, no van precisamente porque sean buenas personas, estoy seguro de que más de uno disfruta del sufrimiento ajeno.

—P-Pero, aun así… —dijo Macarona deteniéndose, insegura de lo que diría, era consciente de eso, pero no podía permitir que esto se quedara así— ellos no están haciendo algo fuera de lo permitido.

Alfem la observó perplejo, nunca pensó que ella, de todos los que conocía diría eso. Tiene razón, pero, como que olvida algo importante.

—Técnicamente, ellos no están haciendo nada malo… al menos no están lastimando a nadie que no quiera participar —insistía ella, con una mirada agacha, intentando comprender siquiera lo que ella misma estaba diciendo. Su amigo tenía razón, lo que sucedía de noche a fueras del pueblo eran actos deplorables, cosa que jamás ella podría entender, ¿cómo siquiera alguien podía disfrutar ese tipo de cosas?, pero no podía dejarse llevar, simplemente no quería que sus miedos se apoderaran de ella, y que volvieran a lastimar a una persona que amaba—. Ellos están acatando las reglas de la señorita Etihw, están jugando con esas reglas, solo están tratando de saciar un impulso que no pueden controlar.

Un atónito Alfem la mira con la boca abierta. Si se pudieran ver sus ojos, mostrarían una combinación de una gran lastima con furia; lo que ella decía solo era una verdad a medias. La mayoría de los que iban era por voluntad propia, pero había excepciones; ladrones, violadores, estafadores y todo tipo de criminales eran "donados" a algunos de estos negocios como mercancía, y usados como viera conveniente quien lo recibiera. Había hasta una subasta con más de lo que Alfem quisiera saber, si no fuera que la señora Etihw le puso un alto a esas cosas, los Mogekos, sobre "menores", ni siquiera quiere pensar que pasaría aquí.

Como alguien que vivió la vida como un juguete de una maniaca sádica caníbal fan de la tortura, no puede sentir más que asco por lugares "similares" a donde él estuvo, pero, aun teniendo ese precedente, no puede enojarse del todo con su amiga, ella a pesar de todo, estaba intentando entender algo que se aleja demasiado de su propia esencia, era probable que ni ella misma entendiera lo que estaba pensando. Verla tiritar de la impotencia, le demuestra que está haciendo un gran esfuerzo en ver lo bueno de todo esto.

—Macarona… —dijo Alfem caminando lentamente hacia ella— Realmente eres una persona muy linda —Cuando lo dijo, era como si se lo dijera más a sí mismo, como un pensamiento hablado, esa era la única explicación racional que pudiera tener este comportamiento—. Pero ser tan permisiva te podría traer problemas en el futuro… —se le veía algo cansado.

—¿Eh? ¿Por qué lo dices? —dudó Macarona ante tales afirmaciones.

—Quien sabe… Será que puedes llegar a ser amiga de las cosas más raras —dijo ensimismado, ignorando la inquietud de su amiga. Un suspiro es exhalado y retomó el paso.

—¿Amiga de cosas raras? —preguntó con una cara de incredulidad mientras lo seguía— Que forma más extraña de referirte a ti mismo —afirmó con una leve risa burlona.

—¿Tan obvio fui? —dijo con timidez, al ser descubierto tan fácilmente.

—Pues claro, tenemos que hacer algo con tu pésima autoestima —aclaró ella con el pecho en alto—, y como tu compañera con más experiencia, es mi deber guiarte. Así que lo primero, trata de recordar que tus defectos no son todo lo que eres. No creo que sea posible callar completamente esa voz que te dice lo malo y perverso que eres, pero si al menos pudieras ver un poco más tus virtudes, puede que disminuya con el tiempo.

—¿Puede que disminuya? —reprochó Alfem por la poca confianza en sus palabras— Parece que mi superior no me da una vista muy esperanzadora.

—¿Qué más quieres? —admitió fácilmente mientras se encogía de hombros— Aun sigo yendo a terapia.

—Me sorprende que aún no te den el alta —dijo con algo de curiosidad en su voz—, digo, estás de antes que llegara aquí.

—Bueno, técnicamente estoy en observación permanente, ya que aún no puedo… resolver mi dificultad… —dijo Macarona, volviendo a bajar la mirada, pero sin detener el paso—. Me avergüenza ver que después de tantos años, aun no le puedo hablar con normalidad; aunque gracias a Froze ya me llenado de determinación para poder enfrentarla… aunque ella me vuelva a evitar…

—Realmente la quieres de vuelta a tu lado —expresó su amigo con relajo y ternura—, aunque no sé qué vez en alguien así, por lo que he escuchado es alguien bastante rara, digo, para los estándares del Jardín gris.

—Nah, solo te falta ser un poco más observador, hay varios que tienen pasatiempos extraños —afirmó cansada, al pensar que hay varios "raritos" entre ángeles como demonios por igual—, así que ella tenga esos gustos… un tanto excéntricos, no es la gran cosa.

—Vaya, creo que me fijaré en los asistentes cuando hablen entre ellos, tal vez me enteré de algún secreto para sacarles dinero —dijo con una sonrisa maliciosa con su mano en la barbilla.

—Por favor no hagas eso o le diré tu secreto a Yosafire —Lo miraba con suspicacia, haciendo sudar rápidamente a su compañero.

—¡Traición! ¡Eso ni siquiera te afecta a ti! —gritó con terror, el miedo que sintió hizo que todo su cuerpo se encrespara.

—No me importa —insistió—, no lo hagas —dijo mientras lo seguía mirando con gran intensidad.

—Pero yo… solo estaba bromea…

La mirada acosadora no se detenía, ella sabía que él no bromeaba, quería sacarles dinero a sus subordinados para ir más seguido al bar karaoke con el señor Kcalb. Aún recuerda el mes entero cuando se había anunciado el proyecto y lo emocionado que se encontraba, diciendo todas las cosas que haría cuando por fin abriera. Este hombre no iba a perder una oportunidad para realizar su objetivo más fácilmente, así que tenía que ser firme con su amenaza, aunque fuera un poco extrema, tenía que ser así, por el bien del bolsillo de sus colegas.

Alfem, al no poder huir de tal amenaza cedió.

—Bien, no lo haré… —finalmente suspiró en son de derrota—, pero no le digas eso a Yosaf, eres la ÚNICA que lo sabe, así que no me traiciones, si ella se entera de eso…. ni siquiera me puedo imaginar mi destino.

—Posiblemente te deje hasta un trauma peor del que tienes ahora jaja —bromeó sonriendo—, Yosaf, aunque quisiera no podría hacer algo así de horrible.

—Ah… ¡¿Te imaginas?! ¡Un destino peor que la muerte! —dijo con gran dramatismo, abrazándose a sí mismo de forma exagerada, fingiendo gran temor, y como si pudieran leerse la mente mutuamente concordaron que eso sería imposible.

Ambos se miraron y rieron. Entonces unas luces parpadeantes de distintos colores les llamó la atención desde una corta distancia. Se quedaron quietos al ver su destino, Macarona tenía su mirada fija, un temor la estaba garrando desde los tobillos, impidiéndole que pudiera mover los pies; este solo era el inicio, así que tenía que ser valiente. Tragó saliva, y rompiendo el hielo que le impedía moverse, dio el primer paso.

—Ya llegamos —Respiró profundo, apoderándose de sus miedos y ansiedades que le evocaba ver aquel lugar que no entendía, y que posiblemente, nunca lo haría, pero, aun así, simplemente no puede darse el lujo de odiar—, no perdamos más tiempo y veamos en que tenemos que ayudar.

Era un edificio que no parecía muy alto, pero si lo suficiente para entregar una presencia imponente, mientras estaba escondido entre los grandes arboles del bosque. Era muy ancho, su forma era redonda, y evocaba la potencia de un coliseo, rodeado de diversas luces, que no eran simples lámparas de colores, sino, eran antorchas, antorchas cuyas llamas cambiaban de color cada cierto tiempo para crear patrones de movimiento.

Mientras se acercaban al recinto, podían notar a más personas que estaban conversando afuera, en unas mesas y sillas que estaban puestas, ya que había un pequeño local de comida ahí. Aunque había un buen número de gente, no se podía llamar una muchedumbre, pero no era una cantidad menor.

Cuando Macarona y Alfem, estuvieron suficientemente cerca de la entrada, la cual se componía de una gran puerta de hierro fundido, con algunas muestras de óxido con grandes pilares en sus costados, algo le llamó la atención a la ángel, haciendo que esta mirara para todas partes.

—¿Qué pasa? ¿Buscas algo? —le preguntó Alfem al ver su comportamiento.

—Bueno, sí. ¿Dónde está la entrada de servicio? —respondió un tanto perdida.

—¡Ah! Eso —expresó recordando ese detalle— Según lo que me han dicho los asignados, debería estar en el otro extremo, escondido de la gente. Supongo que es como cualquier otro negocio, pero el hecho que solo exista una sola salida de servicio, con el tamaño descomunal de esta cosa, da que pensar.

—Uhhmm… Esto… —murmuraba para sí misma con un aura poco agradable, se veía emproblemada mientras Alfem la mirada un tanto desconcertado.

—¿Estás bien Macarona? —preguntó un poco preocupado al mismo tiempo que calmado, ella era buena para preocuparse de más.

—Es que, nos tomará como una hora el rodear este lugar —dijo como si un ovillo de pensamientos no la dejaran explicarse correctamente.

—Eso he escuchado, y es fácil deducirlo por el tamaño de esta cosa —dijo Alfem mientras miraba el edificio con su mano en la nuca—, pero que hay con eso, ¿no quieres caminar?

—Sí- digo ¡NO! ¡No es que no quiera caminar! Digo sería mejor si te llevo, pero realmente no sabría, te podías caer ¡Ah! —exclamó al morderse la lengua en su propio caos, así que, tras lamentarse la herida, respiró profundo para ordenar sus ideas— Estaba pensando que sería mucho mejor volar en este caso, pero había olvidado que no puedes y se me ocurrió que… sería bueno que yo te llevara, pero eso sería vergonzoso, solo digo, que viendo qué tipo de gente es la que viene aquí, además esta tu brazo…

—Ah… solo era eso —la miraba Alfem con una mirada perdida, quedo un tanto pasmado al sentir lo que los demás experimentaban cuando el creaba una tormenta en un vaso con agua.

—¡¿Ah?! ¡No me mires así! —se quejó efusivamente Macarona, sintiéndose ofendida al ver que su amigo se burlaba de ella.

—No te enojes —dijo aun pasmado— es solo que —reflexionó— es una buena idea, solo que tienes razón, pero con caminar un poco ya los perderíamos y podrías llevarme, pero con este brazo malo, podría ser problemático, no podría sostenerme correctamente y no quiero caerme.

El desgano se estaba apoderando de ellos, ninguno quería caminar rodeando el lugar, no era por temas de energías, sino de tiempo, el tan solo pensar en rodear ese círculo gigante daba pereza.

En eso Alfem, se queda mirando al frente de ellos, observa la gran puerta de hierro; él no mueve ningún músculo; mira la puerta detenidamente, el sigue inmóvil; la sigue mirando, entonces respirando profundamente, chasquea los dedos y dice—: ¡Lo tengo! …Realmente somos un par de idiotas.

Macarona, lo mira con algo de sorpresa después que su amigo la sacara del trance en el cual estaba.

—Solo entremos por la puerta principal y ya, no creo que a nadie le importe —dijo Alfem apuntando al frente.

Era como si una campañilla hubiera sonado en la cabeza de Macarona tras escuchar tal declaración, soltó las siguientes palabras «tienes razón», no había ninguna regla que prohibiera a los trabajadores no poder entrar por las entradas principales, las entradas de servicio son obligatorias cuando el local aún está cerrado al público, pero ahora ya estaba abierto, así que toda esa charla fue un desperdicio de oxígeno y tal vez una prueba de que se encontraban cansados por la hora.

—Somos unos tontos —lloraba Macarona rendida a tal absurda situación, en la cual estaba involucrada, tal vez, ¿juntarse tanto con Alfem en este último tiempo le estaba contagiando algo de su ser? No lo sabremos— Realmente unos tontos.

—Vamos, tranquila, debes estar agotada, no has descansado nada desde hoy en la mañana. Mejor entremos, y encontremos a alguien que nos explique en que podemos ayudar —dijo señalando la gran puerta— Lo bueno que una vez que lleguemos ahí nos podremos teletransportar con tranquilidad, al menos eso es un alivio.

Se encaminaron hacia la gran entrada y al colocar su mirada dentro de aquel sitio, sus ojos se transformaron en platos al contemplar ese sitio; la idea de que un lugar así hubiera sido construido en tan solo un mes era impresionante, se notaba que los Mogekos habían ayudado a preparar este local.

Al entrar fueron recibidos por un hall enorme, que en la derecha como izquierda estaban las recepcionistas, para al fondo ver una pared de vidrio transparente, que permitía ver la gran arena junto con las enormes galerías que la rodeaba, todo, con la forma de cono que se hundía en el suelo. La cantidad de personas que estaban eufóricos en las gradas hacía como si, fueran fieras olas que cantaban al son de la golpiza que estaba en el escenario. En el techo colgaban pantallas que no solo mostraban la pelea, sino también números, que se suponía que eran las apuestas o estadísticas, como otro tipo de cosas que nuestros protagonistas no tomaron mayor atención.

La cantidad de personas que se situaban ahí era para no creer, y este local solo era uno entre muchos nocturnos de aquel festival. Había tanta gente como variedad de estas, uno pensaría que solo hallarían demonios o cosas por ese estilo, pero había desde ángeles, hasta algo con apariencia infantil paseando por ahí.

—Ya estamos aquí, ahora encontremos a alguien que nos diga dónde está el encargado —dijo Alfem, escondiendo lo abrumado que estaba al ver este lugar, no parecía tan malo, y eso le molestaba. No era un pensamiento moralista, sobre que todo el mundo estuviera festejando un asesinato en vivo, no era tan hipócrita para juzgar a otros por algo que, tal vez, algunos considerarían hasta un deporte, lo que le incomodaba era el hecho que todos se vieran normales, como si esto fuera algo común, de toda la vida, cosa que le recordaba a él mismo y eso lo irritaba.

—¿Por dónde deberíamos empezar? —preguntaba su compañera, la cual, al estar tan nerviosa con todo el ruido y la gente no notaba que el ánimo de su amigo había cambiado. Ella solo miraba de un lado a otro viendo la gente pasar y esperando ver a alguien que le resultara familiar.

—Primero veamos si encontramos alguna entrada que nos lleve a detrás de bambalinas —dijo mirando entre la multitud, buscando si en alguna pared cercana hubiera alguna puerta, pero la gente le impedía ver el lugar con claridad—. Mejor preguntemos a las recepcionistas —dijo hastiado—, tratar de encontrar a ciegas a alguien, en este lugar tan grande, será una pérdida de tiempo.

—Tienes razón, iré a preguntar —dijo Macarona tomando marcha hacia la recepción.

Quien estaba detrás del mostrador era una mujer con una sonrisa forzada, era una demonio, pero parecía un zorro, que no le era para nada familiar.

—Disculpe señorita, ¿en dónde podemos encontrar a algún encargado del sitio? —preguntó Macarona de manera formal a la mujer en la recepción— Como puede ver, hemos venido a prestar apoyo.

—Oh vaya, por su vestimenta diría que son los pobres infelices- digo los amables asignados del aseo que nos vienen a brindar apoyo, ¿Qué fechoría hicieron para que los enviaran aquí? —sonreía la recepcionista con obvia burla—. La señorita Alela Grora es la encargada de supervisar este lugar, ella debería estar en la sala de seguridad, es aquella puerta gris, detrás del stand de apuestas, de seguro que los está esperando.

Ambos alzaron la vista buscando donde apuntaba aquella mujer con cara de zorro sonriente, ahí estaba, una puerta pequeña detrás de un stand con Mogekos, con la cantidad de carteles que había no era de sorprender que no lo vieran al entrar.

—Ahí está —dijo Alfem sin ánimos.

—Vamos entonces —dijo Macarona en caminándose para allá— y muchas gracias señorita, nos vemos —volteo despidiéndose de la mujer que agitaba su mano en son de despedida sin borrar esa falsa sonrisa de su cara.

Ya estando más tranquila por tener un punto de inicio pudo notar el malestar de su compañero, desde su punto de vista podía ver perfectamente los ojos molestos detrás de los lentes. Esta, sin pensarlo mucho le preguntó—: ¿Estas bien? Te vez peor que de costumbre.

—Nada en especial —dijo sin ánimos mientras Macarona lo seguía mirando con unos ojos curiosos, esperando una mejor respuesta—, es solo que… me siento más incómodo de lo que esperaba.

—Tranquilo —pronunció Macarona sin mayor emoción—, supongo que nos podremos tranquilizar una vez estemos trabajando.

—Bueno, le preguntaré a esos Mogekos si es que Grora está realmente detrás de esa puerta, por alguna razón la tipa de recepción no me da confianza —Una cara de desagrado y asco se forma en su rostro, debe ser por esa sonrisa permanente que en ningún momento se iba de su cara.

Entonces cuando Alfem levanta la mano en son de saludo, pero antes que pueda emitir alguna palabra, un gran grito se escucha desde la zona central, los vidrios que los separan retumban con ese gran estruendo; al parecer algo sucedido con la lucha, un ganador se ha hecho presente, y las pantallas pronuncian los ganadores y perdedores de las apuestas. En eso cuando nuestra ángel y demonio están distraídos, la puerta se abre y deja salir a alguien familiar.

—Esos sujetos sí que me están dando trabajo… Vaya chicos así que ya llegaron —dijo Alela Grora, al salir de aquella sala y ver a ese par en aquel lugar—. Por lo que veo también entraron por la puerta principal jeje —rio.

—Si… la entrada de servicio está muy lejos —dijo Macarona un tanto avergonzada.

—Jaja. Tranquila, nadie entra por esa entrada —dijo con un buen ánimo—. Bueno chicos, llegaron en un buen momento, los jefes ya me pusieron al tanto, así que síganme, hay trabajo por hacer.