Hola gente linda...
Pido mil disculpas por tenerlos en ascuas con esta historia... No ha sido mi intención... Como recompensa por la largs larga espera, he decidido subir un capítulo semanal. Trataré de que no se me pase por tantos días las fechas de actualización...
No voy a dar tantas vueltas... Asi que...
Disfruten...
Serie Seducción de Laura Lee Gurhnke "Todos sus besos" (libro 2)
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Capítulo15
Cuando Eriol tomaba una decisión, no había nada que pudiera apartarlo de su camino. Hizo enviar una carta urgente para avisar al personal de mantenimiento de la casa de que el señor iba a ir en breve y que el piano de cola Broadwood tenía que estar afinado antes de su llegada. La mitad de los sirvientes de la ciudad fueron enviados a Nightingale's Gate con antelación para completar la plantilla, mientras que los sirvientes que se quedaron en Londres se encargaban de preparar el equipaje y Akiho y Molly intentaban controlar a Natalie, que estaba ilusionadísima porque, al fin, se iban al campo.
Al cabo de una semana, las tres estaban en el carruaje de Eriol, avanzando hacia el oeste bordeando la costa sur de Devonshire. Pasaron de largo Seaton y siguieron hacia el pueblecito pesquero de Torquay, para acabar encaminándose hacia Nightingale's Gate.
—¿Pero cómo es? —preguntó Natalie por enésima vez. Se puso de pie en el carruaje, al que habían retirado la capota, y abrió los brazos de par en par describiendo un gesto teatral que pretendía abarcar todo el paisaje que la rodeaba: los setos y las onduladas colinas hacia el norte y la costa hacía el sur—. ¿Se parece a esto?
—Tal vez.
—Sé que estamos cerca. Deberíamos estar llegando. ¿Cuánto falta?
—Poco.
—Papá —Natalie se abalanzó sobre su padre y le golpeó el hombro con el puño, juguetonamente—. ¿Por qué no me lo dices?
Eriol sonrió.
—Porque no dejas de preguntármelo.
Akiho y Molly se rieron al unísono, pero Natalie resopló, irritada. Volvió a sentarse en su sitio, junto a Akiho, y permaneció en silencio durante unos minutos. Pero más tarde, con la increíble insistencia que sólo tienen los niños, volvió a intentarlo—. ¿Es verdad que hay campos de manzanos?
—Sí, de manzanos, perales y ciruelos.
—¡Qué bien! ¿Y por qué se llama Nightingale's Gate? ¿Hay ruiseñores?
—Sí.
—Papá —protestó ella ante la escueta respuesta de Eriol—. ¿Por qué no me das más detalles?
Él negó con la cabeza.
—No hace falta —dijo mientras señalaba por encima del hombro hacia un arbolado promontorio que se levantaba al otro lado de la pequeña bahía de aguas someras que tenían justo enfrente—. Ahí lo tienes.
Natalie soltó un gritito y se levantó de un brinco, arrodillándose en el asiento del carruaje junto a su padre, con el cuerpo apretado contra el respaldo, inclinándose al máximo hacia adelante.
Akiho también se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos a ambos lados del cuerpo de su alumna para tener mejor vista del promontorio, donde había una gran casa de ladrillo en lo alto del acantilado, al abrigo de los árboles.
—Está muy bien situada. ¡Qué vistas tan preciosas sobre el mar debe de tener!
—¡Dios mío! —murmuró Molly—. Uno podría marearse mirando al mar desde ahí arriba.
Todavía de rodillas sobre el asiento, Natalie se volvió hacía su padre.
—¿Nos podremos bañar?
—¿Sabes nadar? —le preguntó él.
—Sí. —Cuando su padre le dirigió una mirada suspicaz, la niña se mordió el labio inferior y rectificó—: Bueno... no. Pero tú me enseñarás, ¿verdad?
—Claro que sí —le prometió, y luego miró a Akiho—. ¿Y usted? ¿Sabe nadar?
—Por supuesto que sí —le aseguró—. Ni siquiera recuerdo no haber sabido alguna vez.
—¡Así se habla, como una nativa de Cornualles de pura cepa!
Esas palabras despertaron en Akiho una dolorosa nostalgia por su antiguo hogar, y miró hacia el mar. Mientras viajaban hacia Devonshire, Akiho había hecho un gran esfuerzo por no pensar en la última visita que había hecho a la antigua casa de sus padres el otoño anterior, pero súbitamente aquel viaje hacia el oeste invadió su mente con brutal claridad. Ella esperando a la entrada de la casa donde se había criado, los rostros de sus cinco hermanas asomados tras las cortinas de encaje, mirándola fijamente, con el odio por lo que había hecho reflejado en sus miradas.
—Pero no veo la casa —la emocionada voz de Natalie interrumpió los pensamientos de Akiho y expulsó el pasado de su mente.
La niña se balanceó nerviosamente en el asiento, más impaciente que nunca.
—¿Y cómo vamos a subir hasta allí? —preguntó mientras el carruaje tomaba una curva hacia el interior, rodeando la bahía.
Eriol no contestó, pero señaló hacia adelante, donde la carretera se bifurcaba en dos caminos. Uno seguía en línea recta y acababa al pie del imponente promontorio, donde había escalones tallados en la piedra del acantilado y una empinada senda que subía hasta la casa. El sendero de la derecha describía una curva alejándose del mar, y el carruaje tomó ese camino, que, remontando una serie de colinas cubiertas de hierba, los llevó hacia el noroeste en una ascensión serpenteante y gradual. Pasaron junto a la granja y el establo de las vacas y entre los campos de árboles frutales, donde los manzanos, los perales y los ciruelos estaban cubiertos de flores, y en cuya sombra pacía el ganado. Natalie quería parar, pero Eriol le dijo que no, que ya volverían al día siguiente. Pasaron de largo los establos de los caballos y los prados y, cuando Natalie acertó a ver un par de ponis de Devonshire, casi saltó del carruaje.
El vehículo se internó en una densa arboleda y el camino siguió serpenteando suavemente durante poco más de un kilómetro, hasta que empezó a subir por la empinada cresta que delimitaba el punto más alto del promontorio. Desde allí, el camino descendía suavemente hasta el paseo cubierto de gravilla que acababa delante de la casa. Era una casa solariega de ladrillo rojo, rodeada de árboles, con ventanas en la parte delantera y cubierta de plantas trepadoras. Había muchas flores, y el azul brillante del mar resplandecía al fondo entre los árboles.
Apenas se había detenido el carruaje, cuando Natalie bajó de un salto. Para Akiho, el resto de la tarde fue un constante y frenético correr de aquí para allá mientras intentaba controlar a la niña, que no dejaba de ir de una fantástica vista a otra. Le enseñó su cuarto y, a pesar que era la habitación de los niños, no pareció importarle, porque daba a los establos y podía ver los ponis desde la ventana. Satisfecha, se colgó del brazo de su padre y lo arrastró fuera de la casa para ver los alrededores.
También quería ver el mar, de modo que Eriol las condujo por el empinado sendero que bajaba entre las terrazas del jardín y luego por una senda que discurría entre árboles que llevaba a la escalera que habían visto antes. Ya de vuelta, Natalie se adelantó y subió corriendo los escalones de piedra hasta la casa, llamando a Molly para que saliera a ver la estrella de mar que las olas habían arrastrado hasta la orilla.
—Me siento como si hubiera andado cien kilómetros —le dijo Akiho a Eriol sin aliento mientras subían la parte más empinada del sendero—. ¿Le has enseñado ya todas tus propiedades?
—¿Todas? —Negó con la cabeza—. Incluso a la velocidad que corre Natalir, no podría enseñarle sesenta y cinco hectáreas en un día.
—No —sonrió Akiho—, supongo que no. ¿Dónde están las tierras de tu familia?
Eriol señaló hacia el noroeste por encima del hombro.
—Plumfield está allá arriba, en dirección a Honiton, a poco más de quince kilómetros de aquí. Allí también hay campos de árboles frutales. No sé si Yue estará allí ahora. No nos informamos sobre nuestros movimientos.
—Cuando tu hermano estuvo en tu casa de Portman Square ni siquiera se quedó a pasar la noche. No tuve el placer de conocerlo. No mantienen una relación muy estrecha, ¿verdad?
—No. —Eriol hizo una pausa y luego añadió—: La teníamos cuando éramos niños.
—¿Qué ocurrió?
—Desaprueba mi forma de ser. No tolera mis pasiones artísticas ni mis... digamos, indiscreciones. Cree que he deshonrado el nombre de la familia. Y yo tampoco es que tenga demasiada paciencia con él. Él concede mucha importancia al decoro y a los cánones sociales. Habla el idioma de los diplomáticos, un dialecto que a mí me resulta del todo incomprensible. —Se encogió de hombros—. Nos parecemos como un huevo a una castaña, eso es todo.
Akiho se detuvo a mitad de camino en los escalones de piedra para mirar a su alrededor.
—Este lugar es precioso.
Eriol se detuvo a su lado.
—Sí. Estuve buscando un terreno durante algún tiempo. Las tierras familiares están afectadas, pero tanto Yue como yo recibimos cuantiosas herencias. La mía incluía suficiente dinero para comprarme mis propias tierras —Eriol se rio mientras miraba al mar—. Creo que mi padre pensó que ésa era la única forma de que sentara la cabeza y me volviera respetable.
—Eriol...
Él la miró.
—¿Sí?
—Me temo que no funcionó.
Él le sonrió.
—Los hombres de mi familia siempre habían sido perfectos exponentes de la alta burguesía inglesa, rectos y honorables terratenientes. Estoy seguro de que sabes a qué me refiero.
Akiho pensó en su propio padre.
—Sí, lo sé.
—Los hombres de la familia Hirahizawa habían sido todos así: querían a sus caballos y a sus perros tanto como a sus esposas. Eran cazadores y pescadores, y se metieron en muy pocos líos en Harrow y Cambridge antes de casarse con la chica de campo apropiada que tuviera la dote adecuada y de establecerse como terratenientes de por vida. Mi padre se salió del redil al enamorarse inexplicablemente de una encantadora chica de Gales sin un penique y con la cabeza llena de ideas románticas. Tocaba la flauta, algo muy diferente de lo que los Hirahizawa tenían en el árbol genealógico, te lo aseguro.
—Entonces, tú eres una mezcla de ambos lados de tu familia: amante de la música como tu madre y del deporte como tu padre. ¿De dónde te viene la vena salvaje?
Eriol le dedicó una sonrisa de pirata.
—Ésa es cosecha propia.
Akiho observó cómo el viento le arrastraba el pelo sobre la mejilla y él se lo apartaba agitando la cabeza. Se preguntó qué tendrían los hombres vividores y de mala reputación que tanto le atraían. Parecían ser su debilidad.
—Puesto que tu madre era música, debía de entender tu pasión por ese arte.
—Sí. Yo adoraba a mi madre. Ella sabía lo que era la música. La entendía de la misma forma que yo. Escribió poemas sinfónicos antes de que existiera un nombre para referirse a ellos. Ella era la única persona que valoraba y apoyaba mi talento musical. Mi padre nunca entendió por qué los dos sentíamos aquella pasión. A pesar de que quiso a mi madre hasta el día en que ella murió, nunca acabó de entenderla. Ni me entendió a mí. Yue tampoco me entiende. Se parece muchísimo a mi padre. Mi madre falleció cuando yo sólo tenía once años.
—Debió de ser un golpe muy duro para ti.
—Sí. —Se agachó y empezó a agarrar piedrecitas del borde del camino—. Cuando ella murió —prosiguió—, no tenía a nadie en la familia, ni en ninguna otra parte, que entendiera lo que hago y por qué es tan importante para mí. Empecé a rebelarme y a hacer lo que me venía en gana, y mi padre no fue capaz de controlarme. Le traía sin cuidado mi música y, por eso, a mí me traía sin cuidado lo que él pensara de mí. —Eriol se irguió, estiró el brazo hacia atrás y lanzó una de las piedras que tenía en la mano. Ésta salvó los salientes rocosos del acantilado y cayó al mar, describiendo un arco—. Después de Cambridge, pasé cuatro años en Europa. De gira. Primero, dando conciertos de piano, después, dirigiendo orquestas. —Lanzó otra piedra acantilado abajo.
—Entiendo que hayas dejado lo de las giras —dijo ella—. No necesitas el dinero. Pero ¿por qué ya no diriges?
—Simplemente, no lo hago. —No quiso extenderse más, y Akiho no lo presionó—. En cualquier caso, mi padre y yo nunca nos llevamos bien. Sólo vine a casa a visitarlo una vez antes de su muerte.
Akiho echó otro vistazo a los alrededores.
—Aun así, cuando estabas buscando unas tierras que comprar, fueron éstas las que acabaste escogiendo —comentó con delicadeza—. Unas que estaban cerca de donde te habías criado, con campos de árboles frutales, como la casa donde pasaste tu infancia.
—Sí. —Eriol la miró y sonrió—. ¡Santo Dios! Es verdad. Lo hice. Nunca había pensado en ello de ese modo. Lo único que sé es que me enamoré de este lugar desde el momento en que lo vi.
—Entonces, ¿por qué no fijas aquí tu residencia?
Eriol guardó silencio durante tanto rato que Akiho creyó que no iba a contestarle.
—Londres es... más fácil. Hacía tiempo que no venía aquí. Dos años, por lo menos.
—¿Pero por qué? —Akiho hizo un gesto intentando abarcar las magníficas vistas que se extendían ante ellos, los árboles a ambos lados, la blanca glorieta que resplandecía a escasos metros de donde se encontraban, y las terrazas cubiertas de hierba y plantas que descendían suavemente para fundirse con la salvaje maraña de arbustos y árboles silvestres hasta la caída en picado del rocoso acantilado—. ¿Cómo podías no venir?
—Había olvidado lo mucho que adoraba este sitio —murmuró. Luego sacudió la cabeza, se volvió y empezó a subir los escalones que llevaban a la casa.
—¿Lo adorabas? —repitió ella—. ¿Acaso ya no lo adoras?
—No sé. —Entró en una terraza y dio varios pasos por ella, luego se detuvo para volver a contemplar la vista—. Esto es tan condenadamente tranquilo, tan sereno. Me había olvidado de esta paz.
—Hablas sobre la serenidad y la paz como si fueran cosas malas. ¿No te ayudan a componer?
—No. —Ella vio cómo a Eriol se le tensaban los labios mientras se situaba de espaldas al mar. Se sentó sobre el murete de piedra que limitaba la terraza, los puños fuertemente cerrados a ambos lados del cuerpo. Cerró los ojos—. Ni siquiera sé lo que es la serenidad. Ya no.
Akiho pensó en Elian y sus erráticos cambios de humor.
—¿Y qué tiene de especial el alboroto? —preguntó ella, casi como si se lo estuviera preguntando a sí misma—. ¿Acaso tiene que ser todo emocionante, excitante, trepidante constantemente?
—Tú no lo entiendes. —Abrió los ojos, pero no la miró. Se bajó del murete y reemprendió la marcha hacia la casa.
Akiho lo observó alejarse y algo la instó a llamarlo.
—¿Eriol?
Se detuvo, pero no se volvió.
—¿Sí?
—Me gustaría entenderlo.
—Dudo que pudieras. —Con estas palabras, entró en la casa.
No fue hasta que se acostó en la cama aquella noche que Eriol se dio perfecta cuenta de por qué había dejado de ir al campo. Allí no había ninguna distracción. Nada con lo que entretenerse. El lento paso de las horas. Nada que pudiera distraerle a aquellas horas de la noche salvo el canto de los ruiseñores. Nada que le permitiera evadirse de aquel odioso y rechinante ruido que oía dentro de la cabeza.
«Me gustaría entenderlo.»
¿Cómo iba alguien a comprender lo que era aquel ruido enloquecedor, día tras día, noche tras noche? A menos que lo oyera y lo viviera, nadie podría entenderlo.
Intentó acallarlo, pero, como era habitual, cuanto más se esforzaba por ponerle fin, más estridente se volvía. Tenía el láudano a mano, listo para embotarle los sentidos en una modorra inducida que podría pasar por descanso. También se había llevado hachís consigo pero, extrañamente, tenía ciertas reticencias a utilizar cualquiera de los dos. Pensó en Nstalie y el hachís que había fumado la noche que había estado en Angeline's. Por alguna razón que no podía definir muy bien, no quería volver a tener la mente turbia y los sentidos embotados. No era algo propio de un padre.
Se estiró sobre un costado y, mirando fijamente al exterior a través de la puerta acristalada del balcón, observó cómo la fresca brisa marina jugueteaba con la fina cortina blanca a la luz de la luna. Sólo con que pudiera pasar la noche como cualquier mortal... «¡Menuda bendición poder recostar la cabeza, cerrar los ojos y conciliar el sueño!», pensó.
Sabía, por experiencia, que, a la larga, la mente se rendiría a las demandas del cuerpo y el sueño lo reclamaría. «Mañana tal vez, o quizá pasado mañana, pero no esta noche», se dijo. Se destapó, se levantó de la cama y salió, completamente desnudo, al balcón.
Las noches de principios de mayo todavía eran algo frescas en la costa, pero él apenas percibió el frescor de la brisa marina. Inhaló la fragancia de las plantas del jardín que había justo debajo y el penetrante olor a salitre del mar todavía más abajo. La luz de la luna reflejaba las crestas de las olas en la distancia, como chispas blancas en la oscuridad de la noche.
Eriol volvió a entrar en su dormitorio y cerró la puerta del balcón. Entró en el vestidor. Con cuidado de no despertar a Ren y a tientas en la oscuridad, localizó un par de pantalones bombachos negros, descolgó su batín favorito del perchero que había en la puerta y salió del vestidor. Se deslizó dentro de los holgados pantalones y se puso el batín de seda negra sin preocuparse de atárselo. Dado que no podía dormir, decidió trabajar en la sinfonía y bajó al estudio de música. Puesto que en Nightingale's Gate el estudio estaba en la planta baja y bastante alejada de los dormitorios, probablemente no despertaría a nadie.
La luz de la luna le permitió ver lo bastante bien como para encontrar una lámpara de aceite y cerillas en el salón antes de pasar por el primero de los tres arcos que llevaban al estudio. Se sirvió un vaso de clarete, abrió la puerta acristalada que daba al jardín para dejar entrar el aire fresco y se sentó en la banqueta del piano, tapizada con terciopelo, colocando la lámpara en la repisa que había a la derecha del atril. Ren ya había dejado una pila de partituras, un juego de escritorio y la carpeta de la sinfonía en que Eriol estaba trabajando sobre la tapa cerrada del piano, todo preparado para cuando él quisiera ponerse a trabajar. Para amortiguar el ruido, dejó la tapa bajada.
Puestos a elegir, prefería el piano de cola Broadwood de Londres que el de Devonshire, porque tenía un abanico más variado de tonalidades, pero uno no podía cargar un piano de cola en el portaequipajes de un coche de caballos y llevárselo, como quien dice, puesto. Aquel instrumento era casi tan excelente como el de Londres y, cuando pasó la mano por el teclado, comprobó que la señora Stone había seguido sus instrucciones. Estaba perfectamente afinado.
Tocó escalas durante diez minutos, luego tomó un sorbo de vino y revisó lo que había escrito.
Se había quedado a mitad del segundo movimiento y, conforme su mirada repasaba las notas que había garrapateado en los pentagramas, recordó por qué lo había dejado allí. Estaba bloqueado. Los acordes que finalmente habían funcionado en el planteamiento femenino no pegaban en el segundo movimiento, más lento y lírico. No sabía muy bien por qué. Probó distintas variaciones sobre el tema, pero ninguna lo satisfizó, y ése era el problema. Había perdido la facultad de saber con seguridad lo que funcionaba y lo que no, y, consecuentemente, no podía sentirse satisfecho con lo que llevaba escrito y seguir adelante. Se quedaba bloqueado constantemente.
Eriol dejó de tocar. Se frotó los ojos con las manos y emitió un chirriante sonido de irritación con los dientes apretados.
—¿La cosa no va bien?
Miró hacía arriba al oír la suave voz de Akiho. Estaba en camisón, bajo el segundo arco que separaba el salón del estudio de música, con una lámpara en la mano, el cabello recogido en una gruesa trenza que le caía sobre el hombro, los pies desnudos bajo el sencillo dobladillo del camisón. Tenía unos pies preciosos.
Eriol inspiró profundamente y la miró.
—Te he despertado.
Ella bostezó y asintió con la cabeza.
—Lo siento. Creía que no se me oía desde arriba.
—Había dejado la ventana abierta para que entrara la brisa marina y te he oído. —Miró a su alrededor: paredes de color azul pizarra, columnas color crema con molduras y un mobiliario macizo y nada ostentoso—. Son bonitas, estas dos habitaciones.
—¿Qué tal está tu dormitorio?
—Bonito. Papel verde sauce en las paredes y una alfombrilla de suave tacto. Me gusta. De hecho, me gusta toda la casa, Eriol. —Se acercó al piano como si se dispusiera a sentarse a su lado para mirar la partitura, pero se detuvo—. ¿Puedo echarle un vistazo o no dejas que nadie vea tu trabajo?
Eriol hizo un gesto de adelante con la mano hacia las partituras que descansaban sobre el atril.
—Pero no seas crítica —le advirtió con una risita—. Detesto lo que he escrito.
Ella no se rio.
—No criticaré —le prometió, y se colocó tras él para echarle una ojeada a la partitura. Dejó la lámpara en la repisa situada a la izquierda del atril y se inclinó hacia adelante. Colocó la mano derecha sobre el teclado y tocó torpemente unas cuantas teclas—. A pesar de mis escasas habilidades como pianista, creo que es precioso.
—Gracias por tus palabras. —Eriol miró la partitura y frunció el ceño, visiblemente insatisfecho—. Pero es un desastre. De principio a fin.
—¿Un desastre? Pero si suena de maravilla.
—No está bien. No puedo explicar por qué. —Se apretó el cráneo con ambas manos al tiempo que emitía un hondo suspiro y cerraba los ojos—. Simplemente, no suena bien.
Akiho le puso una mano en el hombro.
—Tal vez deberías dejarlo y relajarte un poco. —Se inclinó hacia adelante acercándose a su oreja—. Con Liszt, siempre funcionaba.
Akiho se rio y empezó a alejarse, pero él la agarró por la cintura a fin de retenerla.
—Ah, no, no —le dijo—. No te vas a ir así como así. ¿Y tú cómo sabes lo que funcionaba con Liszt?
—Lo he dicho en broma —le dijo entre risas, tomándole las muñecas e intentando zafarse de él—. Sólo estaba bromeando, lo juro.
Tras aquella confesión, la dejó marchar y ella salió de la habitación.
—Voy a la cocina a prepararme una taza de té.
—No hace falta que te lo prepares tú. Llama a una criada.
—¿A estas horas de la noche? ¿Por un simple té? —Negó con la cabeza—. Las criadas trabajan muy duro durante el día y necesitan dormir. Me lo prepararé yo misma. ¿Te apetece una taza?
Él se encogió de hombros.
—Detesto el té —dijo mientras levantaba su vaso—. Además, ya estoy bebiendo clarete. Pero creo que haré esa pausa que me has sugerido.
—¿No te gusta el té? —Mientras él se levantaba, ella lo miró, aparentemente desconcertada—. ¿Cómo es posible que no te guste el té? A todo el mundo le gusta y más a los ingleses.
—A mí no.
Eriol la siguió a la cocina. Mientras ella entraba en la despensa y rebuscaba entre las reservas de té de la señora Blake, él echó carbón a la caldera de la cocina y puso a calentar un cazo de agua.
—¿Te apetece comer algo? —preguntó Akiho desde la despensa. Apareció en la puerta con una caja de té en una mano y una sonrisa en la cara—. He encontrado una lata de galletas de mantequilla.
—Tráela.
Ella se rio.
—No sé por qué, pero pensé que te apetecerían.
Salió de la despensa y dejó la lata en la mesa que había en el centro de la cocina. Mientras ella se preparaba el té, Eriol se entretuvo comiendo galletas y observándola.
—¿No te echas nada en el té? —preguntó él mientras Akiho se llevaba la humeante taza a la boca.
—Antes sí, pero... —Hizo una pausa y miró a otro lado mientras se le escapaba una risita nerviosa, como si se avergonzara de algo—. Hace tanto tiempo que tomo el te sin leche ni azúcar que ya no recuerdo su sabor.
Eriol sabía a qué se refería y por qué le avergonzaba hablar sobre ello. No había pensado mucho sobre las condiciones de miseria y desesperación en que había tenido que vivir Akiho e, incluso cuando lo había hecho, no había reflexionado sobre el efecto que aquella vida había tenido sobre ella. Sintió rabia contra sí mismo por no haberlo hecho, rabia y también vergüenza.
—¿Por qué no salimos afuera y nos sentamos en el jardín? —sugirió él agarrando el vaso de vino y señalando la puerta de la cocina.
—¿Ahora?
—¿Por qué no? Deberías saber que el mejor momento para sentarse junto al mar es por la noche, y a ti te gustan los jardines, sobre todo los de rosas. ¿Por qué no nos sentamos en la glorieta? Si no me falla la memoria, allí hay varias sillas.
—Las hay. Me he fijado esta tarde.
Salieron de la casa por la puerta acristalada del estudio de música y bajaron, guiados por la luz de la luna, por los serpenteantes escalones del jardín hasta que llegaron a la estructura en forma de cúpula donde había cuatro sillas de hierro, pintadas en color blanco, alrededor de una mesa a juego.
Akiho no se sentó. En lugar de ello, dio un sorbo al té, dejó la taza y el plato sobre la mesa y se acercó al borde de la glorieta, desde donde la senda seguía descendiendo entre árboles y jardines, acantilado abajo. Observó las olas iluminadas por la luna.
—Siempre he echado esto de menos —murmuró—. Londres, París, Florencia, Viena, adondequiera que fuera, siempre añoraba el mar.
Eriol se le acercó y se situó detrás de ella.
—Akiho, ¿vas a contarme alguna vez por qué te dedicabas a vender naranjas y vivías en una buhardilla en Bermondsey?
Ella dudó y luego dijo:
—Mi marido había fallecido y yo no tenía dinero.
—Pero tú vienes de buena familia. Lo supe desde el principio. Se te nota en el acento, en la forma de hablar. En la forma que tienes de moverte, como si hubieras pasado buena parte de tu vida entre libros y aprendiendo buenos modales. Hay algo muy... elegante en ti. Eres de buena familia.
—Sí.
—¿Entonces por qué no volviste a Cornualles tras la muerte de tu marido? ¿Por qué no volviste a casa?
Ella no contestó. Pasaron varios minutos y, cuando él pensaba que no se lo iba a contar, ella habló.
—Lo hice una vez. Fue un error. Ahora no puedo volver a casa nunca más.
Ella lo miró. Su dolor, reflejado en su rostro iluminado por la luna, le dolió también a Eriol. Le recordó la sensación que había experimentado en el carruaje cuando sacó a Natalie del prostíbulo y la arrastró a casa hacía una semana. Sentía la misma opresión en el pecho, la misma indignación. Sufrir por otra persona, algo que llevaba años sin sentir.
—Akiho —murmuró y alargó la mano para tocarle la cara, pasando los dedos sobre el húmedo reguero que le había dejado en la mejilla una lágrima indiscreta que brillaba a la luz de la luna—. Cuando te pregunto sobre tu pasado, siempre te alteras. ¡Por Dios, cariño! ¿Qué fue lo que te pasó? ¿Te hizo algo tu marido? —El mero hecho de preguntárselo le oprimió todavía más el pecho. Pero ella negó con la cabeza, y él probó de nuevo—. Entonces, tu familia. ¿Qué te hizo tu familia que te resulta tan doloroso que ni siquiera puedes hablar sobre ello?
—Ellos no me hicieron nada. Fui yo quien se lo hizo a ellos. Por eso no puedo volver a casa.
A Eriol, la idea de Akiho haciendo algo para hacer sufrir a alguien se le antojaba como algo absurdo, imposible. Se sentía culpable sólo por tomarse el postre de la cena a media tarde. Como ella misma había reconocido, nunca obraba con maldad.
—Tonterías —dijo él, sin creerla—. ¿Qué fue eso tan horrible que hiciste?
—Me fugué con un hombre hace ocho años.
—¿Qué? —Por lo que sabía de ella, aquello parecía tan fuera de lugar que Eriol estuvo a punto de reírse, pero la expresión que vio en el rostro de Akiho lo detuvo—. Hablas en serio.
Ella asintió y se mordió el labio inferior, como si fuera una niña pequeña que se ha portado mal y va a quedarse sin postre.
—Él era francés. Sólo hacía una semana que nos conocíamos. Tenía mala reputación, era pobre y me llevaba diez años. Yo tenía diecisiete y era la chica más formal y responsable que uno se puede imaginar. A nadie se le habría pasado por la cabeza que Akiho Shinomoto, la chica más sensata, de más altos principios y, sí, más decente de todo Stillmouth provocaría el mayor escándalo que asoló Land's End en cincuenta años.
—De modo que te fugaste con un hombre. Muchas chicas lo hacen. Siempre es un escándalo, pero generalmente la pareja de novios acaba siendo perdonada y aceptada por la familia.
Hubo una larga pausa. Entonces dijo:
—No cuando no sientan la cabeza y se dedican a viajar por toda Europa sin contraer matrimonio durante dos años. Ese tipo de cosas no son bien vistas en mi familia ni en Stillmouth. La respetabilidad y la reputación lo son todo para una mujer, sobre todo en un pueblo pequeño.
—¿Viviste con tu marido durante dos años antes de casarte con él? —Eriol no salía de su asombro—. Akiho, tú nunca robaste dulces de la cocina de tu casa. Nunca te portaste mal. ¿Qué ocurrió para que te fugaras con un hombre que apenas conocías y vivieras con él sin contraer matrimonio durante dos años enteros?
—Perdí la cabeza.
Él la miró, sorprendido.
—¿Qué?
—Quiero decir que me enamoré. Me enamoré perdidamente de mi marido la primera vez que lo vi. —Esbozó una nostálgica sonrisa que hizo que a Eriol se le revolvieran las tripas—. Me hizo reír. Hizo que me sintiera viva por primera vez en mi vida. No sabía cuánta dicha puede llenar el corazón de una persona hasta que conocí a mi marido.
Eriol miró hacia otro lado. No soportaba pensar en que Akiho pudiera estar enamorada de otro hombre. No soportaba imaginársela haciendo el amor con otro hombre, sobre todo con un francés, sobre todo con su marido, un hombre que había sido capaz de esperar dos años antes de casarse con ella.
—¿Y él estaba enamorado de ti?
—Sí.
Eriol frunció el ceño.
—¿Entonces por qué no se casó contigo desde el principio e hizo las cosas como Dios manda? Era un desgraciado. Un desgraciado franchute —exclamó.
—¡Oye, oye! —Akiho empezó a reír entre llantos, secándose las lágrimas de la cara con el dorso de ambas manos—. Vamos a ver... ¿Con cuántas mujeres has vivido tú?
—Con siete.
—¿Te casaste con alguna de ellas?
—No es lo mismo. Yo no estaba enamorado de ellas, ni ellas lo estaban de mí.
—¿Puedes afirmarlo con seguridad?
Eriol pensó en todas las amantes que había tenido. No podía imaginarse que alguna de ellas pudiera haberse enamorado de él, pero no estaba seguro de ello. No podía estarlo.
—¿Acaso puede alguien estar completamente seguro de los verdaderos sentimientos de otra persona? En mi caso, nunca se planteó la posibilidad del matrimonio. Pero seguro que tú esperabas casarte, ¿no?
—Por supuesto que sí, y sabía que nos acabaríamos casando, cuando él estuviera preparado. Él no era del tipo de hombres que sientan fácilmente la cabeza. Le costó un tiempo.
—Yo tampoco soy del tipo de hombres que sientan fácilmente la cabeza, pero no habría vivido con una chica respetable de buena familia sin casarme con ella. Él debería haberse casado contigo.
—Lo hizo —le recordó ella—. Un día me lo dijo como quien no quiere la cosa mientras desayunábamos: «Deberíamos casarnos.» Así de fácil. Y nos casamos.
—¿Y seis años después de la boda tu familia sigue sin perdonarte? —preguntó él.
—¿Perdonarme? —Akijo casi se atraganta al pronunciar la palabra. Bajó la cabeza y añadió—: Eriol, tengo cinco hermanas. Ninguna de ellas se ha casado, ni siquiera han tenido pretendientes. Nunca tuvimos mucho dinero. Lo suficiente para vivir cómodamente, pero nunca pudimos ofrecer grandes dotes. Todas mis hermanas siguen viviendo en la casa familiar y probablemente morirán siendo unas solteronas por culpa de mi deshonra. Mi hermano se casó con una mujer respetable, pero no con la mujer que amaba, quien rompió su compromiso por mi culpa. Jaques me dio dinero cuando se lo pedí, pero soy demasiado orgullosa y estaba demasiado avergonzada y... —Se detuvo y exhaló un hondo suspiro—. ¡Fue un escándalo! Las consecuencias de mi elección arruinaron tantas vidas. No se me ocurrió pensar en esas consecuencias cuando me fugué. Mi hermano me contó que mis padres se hundieron a raíz de mi deshonra y murieron al poco tiempo, sumidos en la pena y la vergüenza. Yo era la niña de sus ojos y les partí el corazón. Mis hermanos sólo quieren olvidarme y olvidarse de todo cuanto ocurrió. Y no los culpo por ello.
—Yo sí los culpo. —Estaba indignado y no intentó ocultarlo—. Tus padres murieron porque todos acabamos siendo algún día pasto de los gusanos. Tus hermanas deberían dejar de amargarse por lo mal que las ha tratado la vida y buscarse hombres con agallas, hombres a quienes les importe un comino lo que dictan las normas sociales. Tu hermano parece ser como la mayoría de los hombres de grandes principios y recta moral que conozco. Sólo aceptan las invitaciones procedentes de personas distinguidas, van al club para estar lejos de sus esposas y frecuentan los burdeles porque se casaron con mujeres respetables en vez de con las mujeres de quienes estaban enamorados. Y, si su novia lo dejó sólo por lo que habías hecho tú, significa que ella no merecía casarse con él. Y en lo que a ti respecta... —Hizo una pausa para coger aire—. Akiho, creo que eres la persona más buena y compasiva que he conocido. Eres demasiado buena para todos ellos.
Akiho lo miró, conteniendo las lágrimas, profundamente asombrada y conmovida por las palabras que acababa de oír.
—Gracias —logró decir al cabo de un rato.
—No se merecen, —Él la miró y deseó con todas sus fuerzas apartar aquella profunda pena de su rostro y de su mente. En un intento de distraerla, le sonrió—. Me gusta que me lo hayas contado.
Ella frunció el entrecejo con suspicacia ante su sonrisa.
—¿Por qué?
—Hasta hoy, estaba empezando a creer que debería escribir al arzobispo de Canterbury para proponer tu santificación. Es un alivio saber que no tengo que hacerlo. Cartearme con obispos me pone de los nervios.
Ella se rio y sus risas se mezclaron con hipidos.
Eriol alargó el brazo y rebuscó en el bolsillo de la bata de Akiho. «Seguro que lleva un pañuelo», pensó. Lo encontró y se lo ofreció.
—Ten.
—¿Cómo sabías que llevaba un pañuelo en el bolsillo?
—Las buenas chicas siempre llevan un pañuelo encima. Suénate la nariz y no derrames ni una sola lágrima más por haber hecho lo que querías hacer realmente y por disfrutar de algo de felicidad. Y, por el amor de Dios, Akiho, deja de flagelarte porque te enamoraste de alguien que no era del agrado de tu familia ni de tus vecinos. Una chica no puede elegir de quién se enamora, supongo.
Ella le dirigió una sonrisa de lo más inesperada.
—¿Y seguirás opinando lo mismo cuando Natalie se enamore de un hombre que tú detestes?
Confundido, la miró fijamente y sintió como si acabaran de darle una patada en el estómago. «¡Maldita sea! ¡Nunca se me había ocurrido nada semejante!», se dijo.
—Eso no sucederá.
—¿Ah, no?
—No. La encerraré en su habitación. ¿Bastarán veinte años?
—Lo dudo. Además, ¿qué te hace pensar que el hecho de estar encerrada impedirá que se enamore? —Sintió un escalofrío y se rodeó el tronco con los brazos—. Tengo frío. ¿Vamos adentro?
En vez de contestar, Eriol se quitó el batín y envolvió a Akiho en sus sedosos pliegues. Luego le puso las manos sobre los hombros, la volvió en dirección al mar y dejó resbalar ambos brazos por los costados de su cuerpo, rodeándola por la cintura. Ella se puso tensa inmediatamente e intentó zafarse, pero él no se lo permitió.
—Aplícate tu propio consejo y relájate. Sé que soy el hombre más mujeriego y descarado de toda Inglaterra, exceptuando a Byron, por supuesto. Pero no intentaré nada deshonesto. Te lo prometo.
Ella le tomó la muñeca con una mano.
—Como ya te dije una vez, podrías ser un buen amigo de cualquier mujer.
—No, no podría. Siempre intentaría mirarle furtivamente debajo de las faldas. —Apretó la espalda de Akiho contra su pecho y la mantuvo así durante largo rato, calentándola entre sus brazos. Con la mejilla apretada contra su pelo, escuchó el mar que rugía ante ellos y los ruiseñores que cantaban en los árboles circundantes, mientras inhalaba las fragancias del jardín y del mar y sentía el movimiento ascendente y descendente de la respiración de Akiho entre sus brazos. No lograba recordar la última vez que había abrazado a una mujer de aquel modo, por el mero placer de hacerlo. Debía de hacer mucho tiempo.
No fue hasta que iniciaron el camino de vuelta a casa que Eriol se percató de que no había oído el pitido que solía taladrarle la cabeza durante todo el rato que habían estado fuera. Ahora se había convertido en un tenue zumbido, y él sabía que aquello tenía alguna relación con Akiho, que le transmitía una paz que llevaba años sin sentir. «Si pudiera acallar ese ruido todo el tiempo —se dijo, aun sabiendo que era imposible—. El chirrido volverá, con la misma insistencia de siempre, probablemente durante el resto de mi vida.»
Cuando entraron en la casa, Akiho volvió a su cama y Eriol al piano. En cuanto se sentó y miró la partitura, supo lo que estaba mal.
«Es excesivo —se dijo mientras se desvanecía por completo su anterior frustración—. Los acordes son demasiado densos para esta parte de la composición. Necesito algo más ligero. —Como si su dedo tuviera vida propia, tocó la tecla de una nota menor, suavemente, sin apretar hasta el fondo, con el delicado sonido de una apoyatura—. Eso es. Exactamente eso.»
Agarró la pluma, la introdujo en el tintero y garabateó una serie de notas, alternando notas principales con las notas más breves y ligeras de los tonos adyacentes. Al cabo de un rato, hizo una pausa para revisar lo que acababa de escribir. Era perfecto. «Las notas de Akiho —pensó—. Encajan perfectamente.»
oOoOoOoOoOo
Hasta que Eriol pudo componer algo!! Yo no sé cómo sería eso de sentir un pitido constante en la cabeza... como nos describe Eriol, debe ser horrible...
Por fin Akiho se abrió ante Eriol... yo creo que nuestro compositor tiene razón.. ¿ustedes qué opinan?
Espero les esté gustando mucho y me disculpen... nos leemos en el próximo capítulo...
