Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«11»
Hinata debería haber almorzado primero, en vez de acercarse para averiguar por qué la puerta de la habitación de Naruto estaba abierta. El motivo de esto la contemplaba con mirada curiosa; la joven sentada al borde de la cama de Naruto —quien la rodeaba con el brazo— era una beldad, elegante y de aspecto mundano. Hinata se sentía como si acabara de abandonar el aula de clase... de hecho así era y, además, estaba fuera de su elemento.
—Tú debes de ser Hinata ¿verdad? —dijo la joven—. Me han dicho que Sasuke tiene una hermana, digo prima, que este año estaría disfrutando de su primera temporada social en Londres, pero esto es algo muy distinto, ¿no?
—¿Conoces a mi primo?
—¿Quién no lo conoce? Un joven tan apuesto y muy gallardo, si bien lo consideran un vividor y un tanto libertino.
Sus palabras sorprendieron a Hinata, pero lo que no la sorprendió fue la expresión cejijunta de Naruto que, corrigiendo a la joven, dijo:
—Solo es un canalla.
—Sí, sí, todos sabemos lo que sientes por él. —La mujer le palmeó la mejilla—.Pero el misterio es el motivo. ¿Por qué albergas una antipatía tan virulenta por Sasuke Uchiha? —preguntó, volviendo a mirar a Hinata—. ¿Tú lo sabes?
Hinata no conocía toda la historia, pero incluso si la supiera no pensaba revelársela a esa joven, y su expresión parecía confirmarlo porque antes de lanzarle una sonrisa la dama suspiró.
—¡Perdón, soy una olvidadiza! Soy lady Sâra Rõran, de York. Nos habríamos conocido en Londres si hubieses acabado allí, pero en cambio has venido aquí. ¡Un cotilleo maravilloso que compartiré cuando llegue a...!
—¿Es imprescindible, Sâra? —interrumpió Naruto.
—Por supuesto que sí, querido.
—Preferiría que no chismorrearan sobre mi persona —dijo Hinata en tono frío, y atravesó la habitación para coger su bolsito—. Y a menos que prefieras ocuparte de su herida en mi lugar... —añadió indicando la puerta con un gesto, sin importarle cuán grosera se mostraba.
Naruto podía esperar hasta estar completamente curado antes de retozar con su amante. Casi lo dijo en voz alta. Casi.
—¡No, por el amor de Dios! —dijo Sâra riendo y, cuando Hinata se dirigió al baño, le susurró a Naruto—: ¿Ya te trata como una esposa? Eres afortunado.
Enfurecida por ese comentario en voz baja que no pudo evitar oír, Hinata mezcló un poco más de polvo de hierbas del que debía. Le escocería, ella sabía que lo haría, pero no le importó y solo después se le ocurrió que ella no tenía derecho de expulsar a nadie de la habitación de Naruto.
Cuando regresó a la alcoba miró en derredor para asegurarse de que la mujer se había marchado. Todos se habían marchado, incluso Carl el mayordomo. El único que aún permanecía allí era el perro, tendido ante la chimenea.
No tenía intención de disculparse por su grosería. Naruto no debería haber recibido a esa mujer en su alcoba, fuera quien fuese para él, no cuando su futura prometida estaba en la casa. Si él creía que ella lo toleraría... Pero entonces se sumió en el desaliento. ¿Qué opción tenía en el asunto? Ninguna.
—¿Celosa?
Ella le lanzó una mirada furibunda y no pudo reprimir las palabras que surgieron de su boca.
—¿Celosa de una sinvergüenza chismosa? ¡Ni hablar!
Retiró la sábana de la pierna de él, aliviada al comprobar que los pantalones que Naruto se había puesto no cubrían la herida. Si hubiera tenido que ver cómo se los quitaba... Un rubor le cubrió las mejillas. Puede que hubiese visto mucha piel desnuda desde su llegada a Konoha, pero observar como él se desvestía hubiera acabado con ella. Sin embargo, él la observaba con demasiada atención, como siempre. Que rara vez le quitara la vista de encima cuando ella estaba en su alcoba resultaba inquietante.
¿Acaso la estaba evaluando? ¿Buscando algo que pudiese usar en contra de ella?
—Noto que hoy no he tenido que alzar la voz —dijo Naruto.
—¿Qué?
—¿Vuelves a oír?
—Mi oído solo se vio ligeramente afectado, pero sí: me he recuperado —contestó Hinata, sin sonrojarse.
—Sâra es muy comprensiva respecto de mi difícil situación —comentó el vizconde como de paso.
¿De verdad creía que ella quería que le hablara de su amante?
—Yo también, aunque siento más pena por mí que por ti. Tú te limitarás a seguir haciendo lo que siempre has hecho, sea la que sea. ¿Qué es, dicho sea de paso?
Él empezó a quitarse la venda.
—Aparte de reunirme con mis administradores, que se encargan de las numerosas empresas de mis antepasados, crío caballos para el ejército, destinados a los oficiales, para ser exactos.
—¿Así que nada de purasangres para los soldados rasos?
—Tu tono insinúa que te disgusta la discriminación.
—Así es.
—No decido quiénes pueden montar los caballos que le envío al ejército. De vez en cuando me han encargado que compre manadas más numerosas para ciertas unidades especiales, pero a los soldados rasos no les proporcionan caballos de ninguna clase: caminan. Ese es uno de los motivos por el cual nos lleva tanto tiempo poner fin a esta maldita guerra.
Hinata se alegró al ver que una costra se había formado sobre la herida y que no había rastros de inflamación. El tratamiento de Kurenai había funcionado y él debería encontrarse mucho mejor, así que ¿por qué no lo había dicho? ¿Porque no quería que ella dejara de visitarlo? Pero era más probable que no quisiera verse obligado a darle las gracias a ella y a Kurenai.
Si su maldita amante no hubiera aparecido ese día, quizá no le habría aplicado el ungüento; oyó que soltaba un siseo cuando le aplicó la mezcla extrafuerte, pero él no dijo nada y ella se negó a mirarlo a la cara mientras le aplicaba el ungüento en la herida. Deseó no haber sido tan susceptible, ni haber fingido que tenía dolor de oídos durante los dos últimos días, porque si bien pasaba tanto tiempo en compañía de él, ambos aún se llevaban tan mal como el primer día que llegó a Konoha Park. Entonces y más que nunca tras leer aquellas líneas del diario de Ino, quería hablarle de Sasuke, de Ino y del bebé, y averiguar cómo había muerto su hermana. Pero sabiendo que el tema lo enfurecía optó por iniciar la conversación con un tema menos controvertido.
Antes de que pudiera hacerlo, y sin darse cuenta de que había aplicado más ungüento del necesario, él preguntó:
—¿Echarás de menos frotarme el muslo una vez que la herida haya cicatrizado? Hoy pareces disfrutar haciéndolo.
Hinata se apresuró a retirar la mano.
—Me distraje durante un momento.
—¿Pensabas en otras partes de mi cuerpo que te gustaría tocar?
Hinata apretó los dientes y se obligó a no morder el anzuelo y enfadarse.
—Me preguntaba a qué clase de empresas familiares te referías hace un momento.
—Por supuesto que te lo preguntabas —dijo él en tono irónico, pero al menos se dignó a contestarle—. A las minas de carbón, pero, después de que mi abuelo las extendió, la competencia se volvió un tanto feroz, así que construyó una flota de naves que le permitieron vender el carbón en el extranjero. La empresa naviera resultó bastante lucrativa y hoy en día transporta otros productos además de carbón. Y después están los temas de los arrendatarios, de los que suelo ocuparme personalmente.
—¿No crías ovejas? —preguntó ella, curiosa—. Vi muchas durante el trayecto a través de Yorkshire. Apuesto a que las ovejas adoran el brezo que crece aquí con tanta abundancia. Y quizá la lana resulta tan lucrativa como el carbón.
—¿Y tú qué sabes de ovejas?
—No mucho. Mi padre era dueño de granjas de ovejas, claro pasaron a manos de mi tío, pero no las administra, desde luego.
—No quiero oír hablar de tu familia.
Ella suspiró para sus adentros antes de tenderle una venda limpia y fue a lavarse las manos para eliminar los restos del ungüento. Tras descubrir la estupenda colección de libros de la biblioteca había pensado preguntarle si quería que le leyera, pero tal vez él prefería pasar el tiempo con aquella arrastrada mientras ella se encontraba allí. Se puso pálida cuando se le ocurrió que a lo mejor la mujer había sido su prometida, no su amante, en cuyo caso la conducta de Hinata hubiera sido inaceptable.
—¿Estabas comprometido con alguien? —soltó cuando regresó a junto a la cama.
—¿Comprometido?
—¿Comprometido para casarte con otra persona? ¿Es por eso que te niegas tan rotundamente a que nosotros nos casemos?
—No existe ningún «nosotros».
Si él volvía a andarse con rodeos quizás ella soltaría un gruñido de frustración, así que se lo preguntó de manera directa.
—¿Estabas comprometido para casarte con lady Rõran?
—No. A Sâra le gusta demasiado la sociedad londinense como para ser una buena esposa para mí. Solo es una de mis numerosas amantes.
—¿Numerosas? ¿Cuántas tienes a la vez?
—Las que sean necesarias para satisfacerme —dijo él en tono displicente y encogiéndose de hombros—. En general dos o tres.
Ella se quedó boquiabierta, pero solo un instante; era obvio que era otro de sus intentos de ahuyentarla, y sería mejor que lo fuese. Hinata decidió seguirle el juego y fingir curiosidad.
—¿Una a la vez o todas juntas?
Naruto pareció sorprendido, y también a punto de soltar una carcajada, pero no lo hizo.
—Esa es una idea interesante, pero en cuanto a tu pregunta inicial: no estaba comprometido, pero cuando haya acabado con tu primo pienso empezar a cortejar a mi vecina Shizuka Shaw.
Parecía estar diciendo la verdad, y Hinata se sintió muy mal. Recordó que en Leicestershire se le había ocurrido que él podría estar enamorado de otra, pero también que Chõji le había dicho que Naruto era el último de los Uzumaki y que quería seguir siéndolo. Lo cual no significaba que no se casaría, solo que no quería engendrar hijos; pero si eso era así ella tenía derecho a saberlo, ¿no? Sobre todo porque con el tiempo ella sí deseaba tener hijos.
—Entonces ¿piensas casarte pero nunca tocarás a tu esposa?
Naruto frunció el ceño.
—¿De dónde diablos sacas esas ideas?
Ella se ruborizó ligeramente. ¿Acaso Chõji le había mentido? ¡Pero ella no debía haber hecho preguntas! Porque insinuaba que la idea de que jamás compartieran un lecho podría preocuparla por otros motivos que los de tener hijos.
—Era una pregunta lógica —se apresuró a explicarle—. Chõji me dijo que querías ser el último de tu estirpe.
Naruto resopló.
—Esa es una idea que compartí con él una noche hace mucho tiempo, cuando estaba muy ebrio. No me di cuenta de que él creyó que hablaba en serio.
—¿Entonces no lo hacías?
—Sí, pero apenas durante una semana. Era una idea necia, producto de...
Hinata se preguntó por qué no acababa la frase, pero adivinó lo que iba a decir.
—¿Debido a la maldición?
Durante un instante él la miró con expresión calculadora.
—No, debido al ridículo generado por esos rumores cuando llegaron a Londres. A los jóvenes de esa ciudad les pareció divertido un aullido como los zorros cada vez que se cruzaban conmigo en la calle. En realidad tú ignorabas con quién te unirías en matrimonio, ¿verdad?
Parecía complacido de poder añadir esas palabras; un día ella se reiría de todos sus intentos de ahuyentarla y apartarla. No dudaba de que él acababa de contarle una mentira absurda y decidió ponerlo en evidencia.
—Nadie osaría hacerte algo así, no con lo feroz que pareces cuando te enfadas. Estarían aterrados y temerían que los mataras allí mismo. ¿Qué fue lo que realmente hizo que quisieras acabar con tu estirpe, aunque solo lo pensaras una semana?
Él la miró fijamente durante unos momentos; demasiado tarde, Hinata se dio cuenta de que acababa de llamarlo mentiroso. A lo mejor debería echar a correr...
Pero entonces él dijo:
—Porque mi hermana acababa de morir y estaba absolutamente desesperado, sin esperanzas para el futuro; en cambio ahora la perspectiva de vengarme contra tu primo lo vuelve más luminoso.
Pues a eso sí podía darle crédito. Que él volviera a decirle que se marchara, porque eso completaría su venganza y desproveería a su familia de todos sus bienes y su título.
¿O es que lo único que lo satisfaría sería la muerte de Robert?
No obstante, él no lo dijo y en vez de eso confesó lo siguiente:
—Los incidentes de los aullidos sucedieron de verdad, pero solo dos veces a lo largo de unos años, y se limitaban a ser bromas de universitarios. Claro que me enfadé la primera vez que ocurrió, pero aquel día atrapé a uno de los muchachos y él estaba tan aterrado que soltó que se trataba de un desafío para que lo aceptaran en una hermandad... si yo me hubiera limitado a hacer caso omiso de ellos. La segunda y última vez el grupo de muchachos era más numeroso supongo que se envalentonaron porque eran muchos, pero aquel día me acompañaban dos amigos: Sai Seamons y Shikamaru Nara. Sai persiguió a cuatro de ellos calle abajo. Los dos restantes se limitaron a quedarse allí, riendo al ver lo rápido que sus amigos trataban de escapar...
hasta que Shikamaru le pegó un puñetazo a uno y abofeteó al otro con su guante. La respuesta fue: «No seas un maldito imbécil», antes de que ese también huyera. En realidad, Shikamaru no retaría a un joven a duelo por semejante tontería, pero en aquel momento me tronché.
Le pareció increíble que acabara de compartir eso con ella. En el interior del zorro se ocultaba un hombre distinto, uno que aún no había conocido, uno junto al que algún día ella podría reír... uno que tal vez podría amar. Pero entonces volvió a pensar que él tenía sus propios planes, planes específicos que se habían estropeado a causa de ella...
o mejor dicho: a causa de su primo. Todavía solo podía adivinar lo que Sasuke había hecho para poner en marcha tales acontecimientos.
Estaba a punto de volver a preguntárselo, pero se tragó sus palabras: ese tema solo lo enfurecía, de momento ya lo había presionado bastante, y, además, tenía una invitada con la que quizá prefería pasar el rato.
—Hoy no dejes que tu amiga te canse. Por ahora debes descansar. Regresaré por la mañana para examinar la herida.
—Regresarás esta noche para cenar, tal como acostumbras.
Hinata no tenía intención de discutir ni de cenar con él si Sâra Rõran aún
estaba en la casa. Como si no supiera qué se proponía, restregándole en la cara que tenía amantes y seguiría teniéndolas, tanto si estaban casados como si no lo estaban.
—¿A menos que finalmente hayas decidido marcharte? En cuyo caso puedes darle el ungüento a Sâra, ella cuidará de mí esta noche.
Hinata no respondió, pero cuando salió cerró la puerta de un portazo.
Lady Rõran pasaba la tarde en la habitación de Naruto; Hinata la pasaba en la suya, paseando junto a la pared que separaba su habitación de la del vizconde e intentando oír lo que ambos decían. Tras cuidar de Naruto durante toda la semana, el hecho de que le prestara atención a otra mujer con tanta rapidez le fastidiaba. Ahora comprendía por qué en aquella conversación que había escuchado a escondidas su primo le dijo a sus padres: «El zorro no la aceptará.» Porque Naruto estaba acostumbrado a estar con mujeres bellas y sofisticadas.
Ella no era para él bella ni sofisticada, se limitaba a ser un recordatorio flagrante de la muerte de su hermana y siempre lo sería. Aún era posible que Naruto no cumpliera con la exigencia del regente y sencillamente le dijera que se marchase. Quizá podía hacerlo y arreglárselas para conservar una de esas empresas familiares que había mencionado. Las minas de carbón o la empresa naviera aun bastarían para convertirlo en un hombre rico; tal vez ya le había enviado un mensaje al príncipe sugiriéndolo. O a lo mejor aquella arrastrada le metería esa idea en la cabeza ese mismo día...
Hinata se contempló las uñas e imaginó lo que quería hacer con ellas en ese preciso instante; después volvió a presionar la oreja contra la pared. Seguía sin oír nada. Puede que estuvieran hablando en voz baja... o dedicados a una actividad en la cual las palabras resultaban innecesarias. Esa idea la impulsó a emprender una larga cabalgada antes de la hora de cenar.
Cuando llegó al establo descubrió que Kurama había acabado por ir en busca del gato, cuyo olor había percibido en las ropas de Hinata. Estaba delante de la puerta, ladrando y con el pelo erizado, mientras Raston permanecía sentado al otro lado del umbral lamiéndose una zarpa... o afilándose las uñas.
Cuando Chõbee se acercó, el gato volvió a encaramarse a las vigas y el perro se lanzó hacia dentro tratando de darle caza, pero eso no ocurriría. Hinata le dijo unas palabras de consuelo y trató de acariciarle las orejas, pero Kurama no estaba interesado.
—Pronto abandonará, así que no se preocupe por el gato —dijo Chõbee.
Hinata sonrió un poco.
—El que más bien me preocupa es Kurama. Raston puede volverse muy desagradable en una pelea.
—Mandaré llamar a Chõji para que lleve el perro a la casa. —Entonces Chõbee la sorprendió con una solicitud—. Royal se siente atraído por su yegua Rebel, milady, pero nadie tiene ganas de proporcionarle el ejercicio que ese bruto necesita mientras su señoría se recupera. Royal apenas tolera que lo almohace y lo ensille, y no deja que nadie lo monte a excepción de lord Uzumaki. ¿Le importaría que mi ahijado cabalgue en su yegua a lo largo del cerco que separa ambos prados? Confiamos en que Royal los persiga o al menos se mantenga a la par.
—Yo podría tratar de montarlo. —El anciano caballerizo pareció tan espantado que ella se apresuró a añadir—: No importa. Adelante: inténtelo cuando regrese de mi cabalgada.
—No tarde demasiado en regresar, milady. Anoche mi mujer vio dos anillos en torno a la luna y eso anuncia la llegada de una gran tempestad. Fue precisamente en un día muy tormentoso, hace unos cien años, que la hija mayor de los Uzumaki perdió la vida.
Nadie sabe si se debió a la maldición o solo fue un accidente cuando su carroza se deslizó por un terraplén en medio de una tempestad.
Ella lo miró fijamente. ¿Es que todos los aldeanos eran tan supersticiosos? Eso explicaría por qué los rumores acerca de esa estúpida maldición habían persistido durante cientos de años y también el motivo por el cual se inició el rumor sobre el hombre zorro.
Hinata sonrió amablemente, aunque dudaba que ese día lloviera puesto que lucía el sol y las nubes no eran muy oscuras. Kurenai también pronosticaba a menudo chaparrones que jamás acontecían.
Pero dado que acababan de hablar de dos caballos que obviamente querían aparearse, Hinata consideró que era un buen momento para mencionar uno de sus propósitos.
—No me importaría que Rebel y Royal pastaran juntos durante un tiempo.
Chõbee se sonrojó.
—Me encargaría de ello, pero Royal es un magnífico caballo de carrera. Su cría vale miles de libras. En realidad no lo han apareado desde que su señoría comenzó a criar caballos para el ejército. Pero usted podrá hablar de ello con él una vez que estén casados.
Todos los demás suponían que habría un casamiento, los únicos que seguían confiando en que no lo hubiese eran la novia y el novio. Al recordar que en ese instante Naruto estaba poniendo en práctica su última táctica para que ella se marchara, no empezó a trotar cuando ensillaron a Rebel sino que partió al galope tendido.
Esa vez cabalgó hacia el noroeste, alejándose de los caminos. Pasó junto a varios campos arados donde ya crecían los cultivos. La zona al norte y al sur de la aldea estaba sembrada de granjas; incluso había un huerto con árboles frutales plantados en hileras, pero solo pasó junto a una única granja de ovejas. Naruto había dicho que tenía arrendatarios; ¿acaso era el dueño de las tierras pero dejaba que quienes vivían en ellas hicieran lo que les viniese en gana? Pensó en visitar la aldea, que desde lejos parecía muy pintoresca, pero ese día no estaba de un humor sociable y siguió cabalgando.
El paisaje de Yorkshire era hermoso y ella disfrutaba del viento tibio que le agitaba los cabellos mientras galopaba por los campos. Por algún motivo, el paisaje le agradaba más que el de Leicestershire, a lo mejor porque era más silvestre y las tierras de cultivo daban paso a los yermos brezales. O tal vez sencillamente le gustaba porque estaba lejos de su familia.
Aunque se enfrentaba a un vizconde grosero e imposible, allí se sentía libre; pero ¿y si Naruto se salía con la suya y pronto se veía obligada a partir? Decidió prolongar la cabalgada más de lo previsto y ver más de Yorkshire mientras aún podía.
Se sorprendió al toparse con un rebaño de vacas, una de las razas escocesas de pelaje largo cruzada con los corpulentos Aberdeen Angus. Los habitantes de la zona eran muy autosuficientes y cultivaban o criaban todo lo necesario para llenar la alacena.
Atravesó un arroyo que más al norte se ensanchaba considerablemente; se detuvo para contemplar las aguas y se preguntó si el pescado que le sirvieron la noche anterior provendría de ese río. Siguió avanzando y giró hacia una solitaria liebre que había visto a lo lejos. Cuando se acercó se dio cuenta de que era un perro, un perro bastante grande. Refrenó la yegua, pero la curiosidad la hizo avanzar un poco más al trote. No se veía ninguna morada cercana de la cual el perro pudiera haberse alejado, solo las ruinas de otro de aquellos pequeños castillos; en el caso de este solo quedaban en pie algunos muros, así que no merecía la pena investigarlo. Se preguntó si el perro se había perdido.
Rebel se negó a acercarse más al animal, así que Hinata desmontó y maneó las patas de la yegua para que no escapara. Cuando se aproximó el perro no huyó, se quedó sentado junto a un gran montículo cubierto de hierba, observándola. Se asemejaba al perro de Naruto pero era más grande, todo su pelaje era rojizo. Era hermoso, un grueso borde negro le rodeaba los ojos de un color que también parecían negros, lo más extraño era su cola, parecía que tuviera varias, como el zorro de la mitología japonesa Kitsune.
Se detuvo a unos pasos de distancia y tendió la mano para que el animal pudiera olfatearla, pero el perro no se acercó y ella tampoco lo hizo; intentar hacerse amiga de un perro tan grande tal vez no fuera una buena idea, pero alguien era el dueño de ese animal. No parecía feroz. Entonces alzó el morro como si olfateara el aire. ¿Había percibido el olor del perro de Naruto en su mano?
De repente, el perro soltó un aullido melancólico; Hinata se estremeció y retrocedió, y retrocedió un poco cuando el perro se levantó.
—Bueno, quizá sepas...
Se interrumpió cuando el perro volvió a aullar y agitó las orejas. Se le ocurrió una idea increíble: que el animal nunca había oído una voz humana. Era muy improbable, así que siguió hablando.
—Probablemente, sepas encontrar el camino de regreso a casa mejor que yo. O podrías seguirme: eres tan bonito que tal vez alguien de Konoha sepa a quién le perteneces.
Se volvió y echó a correr hacia Rebel. Una vez montada en su lomo se sintió mucho más segura y echó un vistazo al perro... si es que era perro, porque no cabía duda de que era lo bastante grande como para ser un lobo o un zorro. Pero descartó la idea con rapidez, no solo porque los lobos estaban extinguidos en Inglaterra y porque los zorros no merodeaban por esos lugares, eso era lo que quería creer, además ese animal no parecía fiero ni amenazador en absoluto, tal como lo sería un de esos animales, ¿verdad?.
El perro volvió a sentarse sin dejar de observarla. Deseó disponer de algo para alimentarlo, pero lo único que tenía era una zanahoria que había traído para Royal, que no se había aproximado al cerco para comerla. La extrajo del bolsillo y se la arrojó al perro. Ignoraba si comería una zanahoria; tal vez más tarde debería darle una al perro de Naruto para averiguarlo.
Mientras se alejaba miró por encima del hombro una última vez. El animal no se había movido, pero soltó otro aullido. Hinata se estremeció y azuzó a Rebel impulsándola a galopar.
—¿Es que hoy todo el personal de tu hogar entrará aquí? —protestó Sâra cuando otra doncella que jamás había visto entró en los aposentos de Naruto con una jarra de agua—. Incluso tu cocinera trajo la cena. Nunca solía hacerlo.
Estaban sentados a la mesa de ajedrez que Naruto había ordenado traer de la sala de estar. No era exactamente lo que Sâra creyó que haría allí ese día, pero era buena perdedora y no quería que él pusiera a prueba su pierna herida más de lo necesario. Sâra y su madre eran las únicas personas con las que había jugado al ajedrez que tenían una oportunidad de ganarle. Chõji sabía jugar, pero no tenía la paciencia suficiente y solía perder adrede para poner fin a la partida.
Naruto movió su reina.
—Quizá solo sientan curiosidad por saber qué estás haciendo aquí cuando ha pasado casi un año desde tu última visita.
Sâra adelantó el alfil para obligarlo a desplazar su reina hacia el fondo del tablero.
—Y no olvidemos el motivo más probable: que ya prefieren a tu futura novia y creen que estoy tramando algo en contra de ella.
—Este solo es el quinto día de su estadía —dijo Naruto en tono burlón.
Sin embargo, él también había notado que Hinata había seducido al personal. Era como si, más que unos días, hubiese estado en Konoha Park durante semanas, tal vez por haberla visto con tanta frecuencia en un tiempo tan breve.
—¿O quizá lo que preocupa a tus criados es que el príncipe podría no tardar en adueñarse de tu finca?
Él frunció el entrecejo.
—Me casaré con ella si no me queda más remedio. Pero no quiero hacerlo, y punto. Será un matrimonio infernal, así que ¿por qué no habría de hacer todo lo que está en mis manos para evitarlo?
—Pero ¿y si no lo es? ¿Y si ella no se parece a su primo en absoluto? Haya hecho lo que haya hecho Sasuke para merecer tu ira, sabrás que nadie lo considera más malvado que cualquiera de los típicos vividores libertinos y egoístas. Así que, ¿por qué habrías de condenar a tu novia solo porque es la prima de un hombre que tú...?
—El papel de casamentera no te sienta nada bien, Sâra.
Ella rio.
—Harás lo que te venga en gana y da igual lo que digan los demás. Solo estaba distrayéndote. Jaque mate.
Él también rio y se puso de pie. Ella pernoctaría en su casa e incluso le ofreció dormir en la cama de él, prometiendo que tendría cuidado con su pierna. Naruto declinó el ofrecimiento, pero le pidió que le hiciera compañía hasta que llegara la hora de retirarse. Había confiado en que Hinata se reuniría con ellos para la cena que habían disfrutado hacía unas horas. Sâra había estado tendida en la cama a su lado y él la rodeaba con el brazo mientras conversaban. Había calculado el momento con precisión... y la comida llegó, pero no Hinata.
Se dirigió a la ventana septentrional que daba al parque para contemplar la puesta de sol. La orientación de la casa le permitía ver una parte de la salida del sol y el sinuoso camino, pero el ocaso debía ser muy luminoso para que pudiera apreciarlo y esa noche no pudo hacerlo: oscuras nubes cubrían el cielo.
—Parece estar lloviendo al norte. Menos mal que no intentaste regresar a casa antes de que oscureciera.
Sâra también se acercó a la ventana.
—Eso tiene mal aspecto —dijo.
—Es probable que haya pasado mañana por la mañana, cuando te marches.
—No me importa viajar bajo la lluvia, pero no me gusta hacerlo de noche y el viento parece estar soplando hacia el norte. Puede que la tormenta no llegue hasta aquí —agregó, bajando la vista—. ¿Deberías apoyarte en esa pierna?
—Solo lo hago cuando Chõji no está en la habitación. Es una condenada mamá gallina. No me duele, Sâra. Y el doctor volvió a coserme los puntos cuando los primeros se abrieron.
—¿De verdad no te duele? —preguntó ella con una sonrisa de complicidad y, con mirada elocuente, le apoyó la mano en el muslo sano.
Él rio, adivinando lo que estaba pensando.
—Solo logré deshacerme de la fiebre hace un par de días. La herida solo está entumecida, quizá debido a ese ungüento de bruja que esa muchacha ha estado aplicándome.
—Deberías haberte casado conmigo cuando tuviste la oportunidad, querido, entonces no te encontrarías en este apuro.
Eso no hubiera evitado los duelos; Uchiha todavía debía pagar por lo que había hecho. Naruto no podía compartir eso con Sâra, era demasiado aficionada al cotilleo y no podía confiar en que no divulgara el motivo de la muerte de Ino por todas partes. Sin embargo, y puesto que lo ignoraba, los problemas de él parecían hacerle gracia. Pero era verdad que también dijo que le gustaban las agallas de la muchacha. Mujeres, no había nada escrito sobre sus gustos y sus caprichos.
De repente, la puerta se abrió y Chõji comentó:
—Algo le ha ocurrido a lady Hyuga. No ha regresado de la cabalgada.
Naruto empezó por sonreír.
—¿No ha regresado? —Pero entonces se volvió y notó la expresión preocupada de Chõji—. ¿Cuánto hace que se marchó?
—Ya hace al menos tres horas. No regresó a la hora de la cena.
Entonces realmente se había marchado por su propia voluntad. Naruto se sorprendió; no creyó que alardear de su amante en las narices de Hinata funcionara, pero tal vez eso, añadido a su enfado, por fin había logrado expulsarla.
—Esa es una buena noticia.
—No, no lo es. Su doncella está desesperada. Jura que su ama no partiría sin ella y yo estoy de acuerdo. Además, tampoco se marcharía montada a caballo; algo le ha sucedido y pronto oscurecerá.
El alivio de Naruto desapareció.
—Naruto gritó a su ayuda de cámara —. Tráeme unos pantalones en buen estado y mi abrigo para la lluvia.
—Tú no puedes salir —protestó Chõji.
—Por supuesto que sí. Si ella muere en el brezal el príncipe creerá que yo la maté. Supongo que alguien ya ha ido a la aldea para comprobar si se encuentra allí, ¿no?
—Fue el primer lugar donde la buscamos.
—Haz ensillar a Royal.
—Por favor, Naruto, no puedes volver a montar tan pronto. Solo quería tu permiso para reunir a todos los hombres y empezar a buscarla.
—También puedes hacer eso, pero no hay muchos que dispongan de cabalgaduras y que puedan recorrer distancias para buscarla, y no disponemos de suficientes sillas de montar para usar mis caballos. Además, ella es mi responsabilidad. Podría desear que no lo fuese, pero resulta que es así, así que no me discutas.
En cuanto Chõji abandonó precipitadamente la habitación, Sâra dijo con tono seco:
—Supongo que buscaré una botella de brandy para llevarme a la cama.
—¿No estás preocupada por ella?
—¿Por qué habría de estarlo? Estoy segura de que la encontrarás. Quizá cabalgó hacia la lluvia y se ha cobijado en alguna parte.
—Puede ser.
Kurama siguió a Naruto y ambos abandonaron la habitación. Primero entró en la habitación de Hinata para coger algo que le perteneciera y dárselo a oler al perro. Sin embargo, la habitación de Hinata era casi espartana, como si no hubiera desempacado... o como si se hubiese llevado consigo lo que necesitaba. Todavía podía ser que no estuviera perdida sino huida. Resultaría mucho más difícil encontrar a alguien que no quería ser encontrado.
Su cocinera lo esperaba en la planta baja y le tendió un saco con comida.
—No ha comido. —Fue todo lo que dijo.
La inquietud de la cocinera resultaba evidente y también la de Chõbee. En el establo, el anciano mozo de cuadra le tendió otro saco de provisiones y fijó dos farolas a la silla de montar de Royal antes de alcanzarle las riendas a Naruto.
Oyó gritar a alguien y miró hacia la casa. La doncella de Hinata se acercaba a él a la carrera y Chõji intentaba detenerla, pero ella se zafó y siguió corriendo hacia Naruto.
—¿Qué ha hecho hoy para disgustarla? —preguntó airada—. ¡Ella nunca emprende largas cabalgadas a menos que esté disgustada!
Él no tenía tiempo para responder a esas acusaciones y ni siquiera se dirigió a Kurenai.
—Llévala a la casa —le dijo a Chõji antes de dejarlos allí.
Antes de desmontar para dejar que Kurama olfateara las cintas que había cogido del tocador de Hinata, Naruto recorrió la parte trasera de los prados.
—Encuéntrala —ordenó al perro.
Había llevado a Kurama de caza con la suficiente frecuencia como para saber que podía confiar en que captaría el olor de Hinata.
Kurama solo olfateó en derredor unos minutos antes de echar a correr en la dirección que Chõbee había dicho.
Aunque aún no había oscurecido del todo, encendió una de las farolas antes de que la lluvia lo alcanzara. A escasa distancia, hacia el norte, se distinguía el diluvio; parecía una densa cortina gris que ocultaba la tierra. Kurama se lanzó hacia allí, pero Naruto refrenó su caballo. ¿De verdad seguiría cabalgando hasta meterse en esa tempestad?
¿Por ella?
Espoleó al semental, pensando que ya tenía otro motivo más para sentir aversión por Hinata Hyuga.
.
.
Continuará...
