TODAVÍA ME DUELES

Capítulo 16

"Punto sin retorno"

Si Yamato hubiera mantenido encendido su móvil, habría podido atender al menos una de las dieciséis llamadas que Takeru hizo con intención de informarle que Mimi había —por un inesperado acontecimiento de la vida—, ido a parar como huésped temporal y semi involuntaria al departamento que compartían Tai y Hikary.

Si Yamato hubiera mantenido encendido su móvil, podría haber ignorado las veintitrés llamadas, siete mensajes y cuatro correos que le envió su agente de América, incluidas las advertencias de seguirlo al mismísimo Japón para hacerle entrar en razón y hacer que obedeciera las peticiones de su disquera.

Si Yamato hubiera mantenido encendido su móvil, habría recibido las miríadas y miríadas de caritas, tristes, enojadas, llorosas e irritadas con las que Mimi le bombardeó desde su app de mensajería instantánea.

Sip.

Si Yamato hubiera mantenido encendido su móvil las cosas podrían haber sido muy diferentes.

Pero no lo hizo.

Así, mantuvo en pausa de todo lo que ocurría fuera del auto que conducía con rumbo a Shimame.

Su mente estaba poblada con cosas que parecían mucho mas importantes y apremiantes. Número uno: Llegar a la siguiente caseta de cobro de la autopista para poder comprar un café bien cargado. Número dos: Idear un plan mínimamente verosímil para hacerle creer a su querida abuelita que estaba de viaje con su esposa de mentiras. Y número tres: Contarle a Sora todo lo anterior y lograr que, por algún milagro diametralmente incompatible con su personalidad, decidiera participar de su mentira.

Suficiente en qué pensar para una semana entera, ¿cierto?

Como sea.

Tenía un objetivo, y la cuestión era como alcanzarlo.

Cuando Yamato detuvo el auto en la gasolinera más cercana (esa autopista parecía infinita), ambos se bajaron del auto cansados y somnolientos. Eran las tres de la mañana y las luces de la tienda de conveniencia resultaban cegadoras.

—Iré por algo de beber —dijo Yamato señalando las máquinas de café— ¿quieres algo?

—Vainilla francesa, por favor —él asintió y ella caminó directo al mostrador para preguntar la ubicación de los baños.

Mientras esperaba a que la máquina de café hiciera su trabajo, Yamato observó como el dependiente le informaba a Sora que no había servicio de sanitarios en el establecimiento.

Donde cualquier persona promedio se habría irritado quejándose del mal servicio, Sora sonrió y le preguntó al chico como había estado su día. Debía ser duro darles semejante noticia a los clientes de una gasolinera. Lo era. La tercera parte de los clientes le gritaban por esa razón, pero ¿qué podía hacer él mientras el gerente no reparara esa fuga? Uff, que mal. Hay gente tan maleducada… Medio minuto más tarde Sora atravesaba la tienda con las llaves de los baños exclusivos de empleados.

Yamato sonrió. Eso era tan Sora.

—Serías la estafadora perfecta si te lo propusieras —le dijo cuando regresaron al auto llevando consigo un par de bolsas con víveres (que no era otra cosa panecillos dulces y papas saladas).

—¿Cómo dices? —preguntó Sora abrochándose el cinturón, para después acomodar las bolsas a sus pies.

—Me refiero al chico de antes, lo hipnotizaste por completo.

Ella lo miró y, después de pensarlo un poco, se encogió de hombros. Tomó su café del portavasos, mientras él ponía el auto en marcha.

—Solo estaba siendo amable.

—Y siendo amable conseguiste lo que otros no logran rabiando.

—Ese fue solo el efecto secundario.

—Mentira. Sabías perfectamente lo que ocurriría.

Ella sonrió desviando la mirada, porque era cierto. Y luego la regreso, porque tenía un punto.

—No es mi culpa. Sencillamente sucede que toda la gente queremos lo mismo.

—¿Qué es…?

—Ya sabes. Ser tratados amigablemente. Con consideración… Obtener un beneficio a causa de una buena acción no es un crimen.

Yamato fingió un suspiro.

—El poder de la gentileza está infravalorado. Con ella podrías conquistar el mundo, Sora.

—Adulador.

— Instigadora.

—¿Soy solo yo o parece que iniciamos una partida de scrable?

—¿Contigo? No, gracias. Prefiero evitar ser aplastado sin piedad, mientras me sea posible.

Ella desvió su sonrisa hacía la ventanilla. Demasiado adorable. Demasiado inquietante. Era mejor parar.

Yamato por su parte, la miraba cada pocos segundos.

Seriamente. Debía encontrar la manera de decirle a Sora que en unas cinco horas debía fingir ser su esposa, pero ¿cómo desviar la conversación, y peor aún, lograr que lo aceptara? Honestamente, era malísimo con la astucia.

De pronto, como de acuerdo con un humor menos ameno, leyó un letrero. Uno de tantos que parecen acercarse a la velocidad que uno avanza en la carretera.

Siguiente salida a la izquierda, Kyoto.

Siguió el letrero con la mirada hasta que lo hubieron pasado por completo, Yamato se dio cuenta que Sora hacía lo mismo.

—Así que tu padre ya no vive en Kyoto... —padres, matrimonios, ¿funcionaría dirigir la conversación en esa dirección?

—No. Ya no —respondió ella dándole otro sorbo a su bebida, aunque parecía saberle amarga—. Falleció hace tres años. Cáncer de colón. Lo enterraron en el cementerio de Odaiba.

Oh.

—...No lo sabía.
Sora agradeció en silencio que Yamato no fuera de aquellos que decían educadas palabras de pésame que de nada servían. Y de alguna manera también le confortaba que supiera.

Ella sacudió la cabeza como quitándole importancia al asunto. ¿Cómo podría haberlo sabido de cualquier modo? Dio otro sorbo a su vaso. Uno más bien largo y sostenido, como si quisiera acabarse el vaso entero. Apenas terminó, contradiciendo los efectos del café, añadió:

—¿Te importa si duermo un poco? Sé que dije que trataría de quedarme despierta para que no te diera sueño, pero he tenido un día…

Yamato negó con la cabeza.

—No hay problema. Adelante.

—Gracias.

Yamato exhaló lenta, muy lentamente. Sujetaba con ambas manos el volante. Oficialmente se sentía como un idiota.

Y sí.

La noticia de su boda ficticia quedaba suspendida.

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Si alguien le hubiese dicho a Tai cuando adolescente, que de adulto vería despertar en su cama a un ángel del Victoria´s secret fashion show, probablemente se habría considerado el chico más afortunado del planeta.

La realidad, sin embargo, distaba mucho de la fantasía.

Aunque era verdad que la chica era hermosa, no lo era tanto como para compensar el hecho de que fuera un absoluto dolor de cabeza. La lista de sus quejas y lamentos era interminable. La cama no era suficientemente blanda, el baño no era suficientemente grande, las almohadas eran demasiado chicas, el edredón olía a usado y los pijamas de Hikari —y este el peor de todos los crímenes— eran de algodón ¡de algodón por Dios santo! Una verdadera princesa duerme solo cubierta en seda...

¡Con un cuerno! ¿No tenía esa muñeca algún botón de apagado? Pagaría con gusto una pequeña fortuna porque así fuera.

Pero no.

Al final lo había sacado de su habitación porque el perfume de Hikari le daba migraña y su espalda no soportaría lo irregular del sillón. Había sido él quien había acabado durmiendo en el sofá y estaba tan harto de escuchar sus quejas a través de la delgada pared que dividía su habitación de la sala, que terminó durmiéndose con la firme intención de irse a trabajar lo más temprano posible al día siguiente.

Más ¡quién lo diría! cuando uno está dispuesto a rendirse a la esclavitud laboral de nuestros días, ¡zas!, despiertas con la noticia de que es fin de semana. Así que después de maldecir medía docena de veces, Tai se dijo que lidiaría con ello armándose de una cuchara grande y un tazón lleno a rebosar de cereales dulces, probablemente viendo dibujos animados en su gran televisor.

Ya se había puesto a ello cuando Hikari salió de su cuarto, camino a la puerta.

—Hermano, me voy a mis clases de fotografía —tomó las llaves que colgaban de un gancho junto a la puerta—. Tk quedó de venir a darle una vuelta a Mimi, para ver como está. Así que cuando llegue, le abres. No vallas a dejarlo a fuera como la otra vez...

—Ya te dije que eso fue un accidente —e hizo una mueca cuando su hermana le plantó un beso de despedida en la mejilla.

—Seguro —dijo sin mucha convicción dando media vuelta hacía la puerta mientras se colgaba el bolso al hombro—. Ah, y pórtate bien con Mimi, ¿de acuerdo?, ¡nos vemos!

—¿Qué yo me porte bien? pero si ella es la que...

Pero Kari ya había salido.

—¿Yo soy la que qué, perdón? —dijo Mimi saliendo tranquilamente de su habitación vistiendo un pijama con estampado de gatitos que evidenciaba a la verdadera dueña.

Tai ni siquiera se molestó en contestarle y se aplastó de malas en el sillón en el que todavía estaban revueltas las mantas con las que había dormido.

—Kary me dijo que podía desayunar lo que quisiera —siguió diciendo alegremente Mimi mientras caminaba hacía a la cocinita—. Pero honestamente —abrió el primer gabinete que tuvo a mano—, no creo que "lo que quiero" esté entre estas latas...

Inspeccionó uno y dos gabinetes más, le echó un vistazo a las gavetas y luego al refrigerador. Su rostro mostraba un puchero constante, ¿no habría algo medianamente comestible en esa casa? Ohh, fruta.

—Tomaré algo de esto, no te importa, ¿cierto?

Tai, que ya había encendido la tv, abrazaba su cereal con una mano y subió el volumen con la otra, en un ademán que bien podía interpretarse como que le daba igual.

Mimi asintió, aunque ya se había hecho de un cuchillo y después de lavar las frutas las cortó en trozos —no había necesidad de pedir permiso para todo, ¿cierto?—, las soltó dentro de la en la licuadora que estaba en una esquina de la encimera. Licuó todo alegremente mientras tarareaba una canción pop de moda.

Parecía de buenas, aunque de vez en cuando miraba con reprobación la risa desparpajada con la que Taichi estallaba cada vez que Pardo hacía algo gracioso.

En el primer comercial Tai se levantó con intención de rellenar su plato de cereal, pero recordó que se había acabado el de sabor tutifruti y, apenas lo hizo, descubrió otra cosa.

—No hay leche. La última vez que me fije quedaba medio litro.

—La usé para mi licuado —dijo Mimi a sus espaldas, sentada en la barra con su vaso medio lleno—, hay más si quieres, lo dejé en...

—Esto es naranja, ¿por qué esto es naranja? —preguntó sosteniendo el vaso de la licuadora con cara de asco—. Dijiste que era licuado.

—Es de papaya.

—Iugh —pretendió que le venían arcadas—. Odio la papaya.

—Es buena para la piel... y el cabello. Probablemente tú lo necesitas más para la segunda opción. Tus puntas se ven algo secas.

—Graciosa, muy graciosa —ironizó mostrando una sonrisa que pretendía ser lo contrario—. Genial, ahora tengo que recibir consejos de nutrición de parte de una barbie parlante —gruñó para sí mismo dándole la espalda en busca de algo menos desagradable de comer.

—¿Sabes qué es más gracioso? —Mimi no se pudo resistir —. Encontrar artículos claramente femeninos en el cuarto de un tipo como tú...

—¿Qué cosa dices? —y sacó media cabeza del refrigerador.

—Encontré esto en tu habitación —puso una cajita negra de terciopelo sobre la mesa—. Bonita, no lo negaré.

—¿De dónde sacaste eso? —dijo lanzándose como un rayo sobre la mesada para tomar la cajita, a la defensiva— ¿estuviste hurgando en...?

—Está vacía, claro—le interrumpió con cara fingida confusión—. Lo que no comprendo es porqué tu prometida no se quedó también con la caja. Ahh… no la necesitaba, supongo. El anillo se usa diariamente —Tai se irguió conteniendo sus emociones—, ¿cuándo fue que se comprometieron...? Ah, no. Una pregunta más interesante sería ¿cuándo es la boda, verdad?

—Nada de eso es asunto tuyo... —y se guardó enojado la cajita en el bolsillo.

—Y sin embargo —pausó Mimi para darle el último sorbo a su vaso de licuado, aunque quizá también para darle cierto efecto dramático—, creo que sí lo es...

Tai la miró entrecerrando los ojos, desconfiado.

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No era necesario leer los letreros de la carretera para adivinar que se acercaban a Shimane, con el sentido del olfato bastaba. Ya desde la última área de descanso que pasaran se podía percibir el aroma húmedo del ambiente. En cada respiro se presentía la inmensidad del mar cercano y la frescura de sus lagos. Amanecía cuando pasaron junto al Nakaumi y el cielo era completamente azul cuando pasaron por el Shinji. Una hora más y estarían desayunando con la abuela.

Yamato veía de cuando en cuando el rostro de Sora reflejado contra el cristal. Ya no fingía dormir, sencillamente parecía hipnotizada por la continua sucesión de árboles que pasaban felices a sus lados. Las montañas les daban un aspecto interesante y el verde lucía especialmente bello a la luz del día.

¿En qué pensaría?

Como si hubiera escuchado los pensamientos, Sora dijo de pronto:

—Esto me recuerda al viaje de Chihiro...

Entendió a lo que se refería. Después de dejar atrás la autopista y las ciudades principales, la carretera iba haciéndose cada vez más estrecha, el camino más accidentado y los árboles parecían querer comprimir el auto por los costados. Era bonito, sin embargo.

—¿Estamos cerca?

—Si, es justo aquí —Giró a la derecha. El camino de asfalto cambió a terracería y a unos doscientos metros el camino terminaba abriéndose para dejar a la vista la casona de la abuela. Todo madera y tejas al puro estilo tradicional japones—. Hemos llegado.

¿Como se había permitido llegar a casa de su abuela sin rebelarle a Sora el plan de su padre? Yamato no lo sabía. Había empezado la conversación varias veces en su cabeza, y había volteado a ver el GPS cada dos segundos por las últimas doce millas. Pero cada vez que se giraba hacia Sora recordaba lo de su padre y la conciencia se lo impedía. Su padre había muerto y él ni siquiera se había enterado. Tampoco había estado allí. Llamaría a Tk para quejarse, ¿qué clase d informante era? Siempre estaba llamándole para contarle impertinentes noticias sobre gente que no le importaba, ¿cómo pudo pasársele esto?
Pero le reclamaría tamaña negligencia en otro momento porque, diablos. Habían llegado.
Estacionó el auto a corta distancia de la entrada.

Era ahora o nunca.

—Esto es hermoso —dijo Sora admirando el techo de tejas y los árboles que parecían enmarcar la casona— nunca me dijiste que el lago estaba tan cerca.

Efectivamente, el lago que se extendía cercano a un costado de la casa. Sora estiró la mano para abrir la portezuela y admirar el paisaje, tan despreocupada, e inconsciente de los hechos.
Pero antes de que la abriera. Yamato se acercó y, estirándose para sujetar su mano, la detuvo.
—Sora espera —ella lo miró—. Hay algo que necesitas saber…
Entonces él percibió lo mucho que había invadido su espacio personal y se replegó lentamente a su asiento.
—Antes de salir creo que tenemos que hablar…
Sora, que se había quedado sin aliento por un segundo, recuperó su mano y, con ello, la compostura.

—Estoy de acuerdo. Creo que debemos pensar en la manera más educada de decirle a la abuela la razón de nuestra visita.
—Justo de eso quería hablarte. No he sabido cómo abordar el tema antes, pero, verás, mi padre ha pensado su propia manera de hacer las cosas y...
—Oh, la abuela —alertó Sora señalando a la viejecita que se salía de las amplias puertas de madera. Será mejor que salgamos.
—Sora, espera, espera, esto es importante…
—Me explicarás el plan de tu padre luego. No podemos hacerla esperar.
—No entiendes, esto es...
—No pasa nada. Habla tu primero. Te seguiré la corriente —Matt la miró como si no tuviera idea de lo que estaba hablando—. Puedo hacerlo. Aún si el plan de tu padre es que finjamos que acabamos de robar un banco y necesitamos un escondite para evadir la justicia.

—Hasta eso suena sensato comparado con lo que se le ha ocurrido.

—No puede ser tan malo. Ahora, bajemos a saludar. Nos está mirando.
—Pero...
—Acomódate un poco el cabello, no le gustará que lo lleves desaliñado—y le pasó sin pensarlo la mano rápidamente por el fleco, antes de salir apurada a saludar.
Yamato se quedó solo un segundo en el auto. Percibiendo la sombra del hormigueo que los dedos de Sora le habían dejado sobre la frente.

Respiró hondo. Seguro de que todo saldría mal.
Exhaló y salió a enfrentar su destino.

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Takeru salía del anticuado elevador de un edificio promedio en las afueras de la ciudad cuando un torbellino furibundo de castaña cabellera lo empujó al tomar el sitio que él había dejado en el elevador.

—¿Taichi? —dijo girándose para ver como las hojas del elevador empezaban a cerrarse —¿todo bien?

—Nada puede estar bien cuando tengo al enemigo en casa. Te juro que esa chica me va a causar una ulcera. Y te culpo a tí, y a tu irresponsable hermano por ello. Es un...

Pero Takeru no llegó a saber lo que era su hermano descrito en el florido vocabulario de Taichi, porque las puertas empezaron a cerrarse hasta que se sellaron por completo.

—¿Qué es lo que le hiciste a Tai? —le preguntó a la pelirrosa una vez que estuvo en el departamento con ella —parecía bastante alterado hace un momento.

Mimi se encogió de hombros.

—Lo que pasa es que es un gallina, y de eso yo no tengo la culpa.

—¿Gallina? —Takeru enarcó una ceja.

—Nada más le faltan las plumas.

—¿Mimi…?—preguntó en un tono de advertencia— ¿qué le dijiste?

—Nada malo ¡palabra! —y levantó una mano solemnemente—. Solo le propuse que saliéramos juntos. Una treta sencilla de pinchazo de celos, ya sabes. Mi Matti me ve salir con él, su prometida lo ve salir conmigo y ¡voilá! Los tendremos de regreso, adiós al peligro. Pero resulta que no sabe lo que le conviene. ¿Qué? ¿por qué me vez así? Es él el que me ha insultado ¡Me ha dicho que estaba loca antes de salirse corriendo y gritarme que no tenía idea de lo que estaba hablando!

Takeru se llevó una mano a la frente a la vez que negaba con la cabeza, mortificado.

—Oh, Mimi. Eso ha estado muy muy mal…

Ella se cruzó de brazos molesta.

—¿Por qué? ¿ya no quieres ser mi cuñadito? ¿Tú también estás del lado de la pelirroja? No entiendo por qué. Si está comprometida con el loco despeinado—Takeru levantó las cejas—. ¿Te sorprende que lo sepa? No ha sido difícil de adivinar. Hasta encontré la caja del anillo.

Ahora Takeru hizo una mueca de dolor.

—Por favor, dime que no estuviste hurgando entre sus cosas.

Mimi rodó los ojos.

—¿Para qué otra cosa crees que insistí en quedarme en su asquerosa alcoba en lugar de la linda y limpia habitación de Kary? No tienes idea la cantidad de alergias que tuve inventar para lograrlo. Al pelo de gato, al perfume floral, a la alfombra e incluso a los helechos de sombra. Fue una odisea, créeme.

—Oh, Dios; Mimi…

—Y lo peor es que no ha valido la pena —se quejó recargando la barbilla en su mano, tristona—. El bobo ha salido huyendo. Por segunda vez. Primero del bar de mi hotel y ahora de su propia cocina. Debe estar en negación, ¡como si yo no supiera de eso! Pero honestamente no comprendo porque no entiende que lo mejor para ambos es que sigamos mi plan.

Tk se pasó un mano por la rubia cabellera. No quería. Probablemente no daría buenos resultados. Pero sabía que debía decírselo.

—Mimi, lo siento. Sé que has estado pasando un mal rato y que mi hermano no se ha portado de lo más… em… considerado contigo. Pero Tai no tiene la culpa de eso, así que no debiste…

—¿¡Qué hice yo!? Solo le propuse un razonable, aunque desesperado plan para que ambos obtuviéramos los que queremos. ¡Lo que nos pertenece! Y en todo caso él rechazó mi propuesta. ¿Es eso tan malo? Y para colmo me trata con la punta del zapato, ¿qué no sabe quién soy?

—No lo entiendes, Mimi. La razón por la que él no quiere oír hablar del tema no es la que imaginas... Tampoco es que sea una mala persona. De hecho, probablemente hay muy pocas personas en el mundo tan buenas como él. Te lo aseguro —Mimi levantó una sola de sus perfiladas cejas. Se daba cuenta de que Tk se alargaba, pero no tenía idea de a donde quería llegar—. Lo que quiero decir es que Tai no quiere saber nada de Matt y creo que es más sano que tampoco sepa mucho de Sora.

—No entiendo. ¿Por qué no querría saber que su prometida está viéndose con su ex? Aunque sea doloroso es mejor saberlo que permanecer en la ignorancia; ¿cómo pueden solucionarse las cosas si no? yo por ejemplo he pensado en…

—Mimi —la detuvo TK, con un largo y lamentable suspiro que evidenciaba lo poco que quería decir las siguientes palabras—. Han terminado.

—¿Cómo...?

—Han roto el compromiso—Mimi parpadeó—. La ruptura es más bien reciente y él… no lo ha tomado muy bien. Así que creo que una muestra de agradecimiento por tu parte (en vista de que eres una invitada en su casa), sería no mencionarlos en la medida de lo posible.

Takeru cerró los ojos en espera de una lógica y explosiva reacción de parte de la pelirrosa. Esperó un segundo y luego dos más, pero la explosión seguía sin llegar. No hubo gritos, ni manotazos, ni siquiera un empujoncito. Abrió los ojos lentamente y se encontró con los ojos castaños de Mimi entornados en una expresión inusualmente seria.

—Mimi… ¿estás bien?

Ella no dijo nada por un momento. Tenía los ojos clavados en la encimera de la cocina. Permaneció así por un instante que pareció eterno, antes de decir con voz apagada:

—¿Fue antes o después?

—¿Perdón?

—¿Antes o después? —dijo esta vez con más energía. Takeru no entendía la pregunta y ella debió notarlo en su expresión porque explicó conteniendo un sollozo— La ruptura. ¿Fue antes o después de que mi Matti y yo llegáramos a Japón?

Tk tragó saliva, preguntándose desesperado qué se hacía en esos casos.

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Harima Ishida, la abuelita de Yamato, no era todo lo intimidante que Sora había temido. Era, de hecho, todo lo contrario. Era una viejecita tradicional y tranquila que apenas los vio, quiso alimentarlos. El desayuno ya estaba listo. Los esperaban. Se sentó con ellos en la sala principal de su tradicional casa, toda madera y puertas de papel.

—Yuri, sirve, por favor —dijo a la jovencita que ayudaba en los quehaceres del hogar.

Pronto los bonitos cuencos de cerámica que tenían delante estuvieron bien servidos de arroz, sopa miso, soja fermentada, pescado a la parrilla, algunas verduras encurtidas y una ensalada pequeña. Hacía años que Sora no desayunaba así. No desde que había dejado a su madre para vivr sola y había reemplazado aquellos desayunos completos por unas barras de cereales y un café bien cargado.

—Esto se ve delicioso —dijo tomando un cuenco de arroz después de dar gracias—. Lamentamos las molestias. La decisión de venir ha si do un poco precipitada.

La abuela de Yamato sonrió y negó con la cabeza.

—No es nada.

—Cuando el señor Hiroaki llamó para decir que venían —explicó Yuri—, nos pusimos tan contentas, la abuela tuvo que regañarlo por no avisarle con más tiempo.

—Es bueno que ya estén aquí, de todas formas —dijo Harima sirviendo el té con gracia.

—Me encanta el té verde —dijo Sora recibiendo su taza—. Gracias.

—Café para el señorito Yamato, —dijo Yuri acercándole su taza—… aunque tal vez ya no debo llamarlo así.

—Nunca debiste llamarme así en primer lugar, Yuri—dijo detrás de su taza de café.

—Es cierto nunca le ha gustado, pero siento raro llamándole sólo por su nombre. Después de todo fue usted quien me contrató. Y ahora con la señorita Sora aquí, parece menos apropiado.

—Puedes hablarme de forma informal, Yuri —la animó Sora—, no hay problema.

—No, no. Sentiría rarísimo, la llamaré señorita Sora… Aunque tampoco es muy preciso que digamos ¿cierto? ¿No se siente raro ser "señorita, casarse y al día siguiente ser llamada "señora"? Es como si le pusieras a la persona mil años encima…

—¿Cómo? —sonrió Sora sintiéndose de pronto inexplicablemente incomoda.

—Esas cosas no se dicen, Yuri —dijo Harima.

—Perdón abuela, pero es que no puedo dejar de emocionarme… ¡El señorito Yamato y su esposa! Todavía no me acostumbro a la idea. Supongo que sería más fácil si nos hubieran invitado a la boda…

Sora casi escupió el contenido de su boca.

—Yuri, ¿puedo tener un poco más de arroz? —Intervino Yamato extendiéndole su tazón.

—Si, si, enseguida voy por más —tomó plato que le ofrecía, y se encaminó a la cocina.

Sora miró a Yamato interrogante, pero él no le devolvió la mirada. Estaba ocupado tomando un trozo de pescado.

La abuela asentía bebiendo su té.

—Es un alivio que al final hayas elegido a una japonesa —dijo Harima sonriéndole bondadosamente a Sora.

—La abuela siempre temió que terminaras casándote con una extranjera —Dijo Yuri entrando de nuevo con el cuenco rebosando de humeante arroz—, viviendo tan lejos por tantos años. Temía problemas. Ya vez lo que ocurrió con tu padre… Claro que nos habría encantado estar en la boda, pero la abuela sabe que los jóvenes de hoy no son como antes, y ya no requieren a los mayores en las ocasiones especiales. Pero la señorita Sora es japonesa y eso es suficiente para ella.

—Creo que hay un malentendido, se apresuró a corregir Sora, nosotros no…

—Hicimos una boda propiamente dicha —completó Yamato—. No es que no consideráramos importante incluir a la familia. Pero fue una decisión espontánea. Como este viaje… De hecho, venimos a presentarte nuestros respetos.

—¡Jóvenes, siempre actuando sin pensar en la tradición! —exclamó Yuri como si fuera mayor, cuando en realidad era mucho más joven que ellos.

Sora volvió a sentir que se le revolvían las tripas.

¿Iba a vomitar?

Yamato tosió discretamente a su lado.

Seguía sin mirarla, pero tomó su mano debajo de la mesa instándola a no decir más.

Ella se contuvo, pero no entendía nada y dslizó los dedos fuera del agarre de Yamato, molesta. Tomó de nuevo los palillos, tratando de comer como si nada pasara, pero no le pasaba ni un bocado.

—Yo iré al templo ahora a dar gracias como es mi costumbre —anunció la abuela cuando hubieron terminado.

—Seguramente orará para que tengan uno o dos retoños regordetes —dijo Yuri en un susurro que quería ser confidencial sin lograrlo siquiera un poco.

—Ustedes han conducido toda la noche—dijo la abuela, poniendo los palillos sobre su cuenco—. Vallan y descansen un poco, yo los veré por la tarde.

Mientras la abuela se levantaba de su sitio, camino al vestíbulo, Yamato y Sora se quedaron en su sitio, como hipnotizados viendo la forma en que Yuri tomaba todos los trastos y los acomodaba diestramente en una bandejita. Pronto salió con ellos camino a la cocina, tarareando alegremente.

Apenas hubieron quedado a solas Sora miró a Yamato.

—¿Casados? —Dijo en un susurro— ¿Cómo pudiste pesar que esa era una buena idea?

—Intenté decírtelo en el auto, pero no escuchaste…

—Y yo tan tranquila desayunando ¡Dios!

—Sabía que enloquecerías.

—¿Y cómo más podría reaccionar? ¿es tan difícil rentar una habitación de hotel? No puedo mentirle a la abuela. Debemos decir la verdad.

—No, no podemos. Es muy tarde para eso. Sería un disgusto muy grande.

—¿Qué más podemos hacer? ¡Esto es ridículo! Tú quédate con la abuela, yo rentaré una habitación...

—Sabes que esa no es una buena idea.

—Lo sé, lo sé. Pero ¿engañar a tu abuela con que estamos casados sí lo es? Oh, Matt, si se entera que esto es mentira…

—Es por eso que no se enterará. Es solo un fin de semana.

Sora lo miro cansada.

—¿Y luego, qué? ¿Le dirás que tu matrimonio duró sólo un fin de semana?

—Sólo un poco más largo que el de mis padres.

Sora giró la cabeza en desaprobación. Eso estaba tan mal.

—De acuerdo, mala broma. Pero en serio, podemos hacerlo. Solo… se mi esposa –lo dijo con esos ojos—un fin de semana. Sólo eso y yo me encargaré de lo demás.

Sora se quedó muda… Enojada, pero muda. No podía creer que dijera esas palabras, así, tan fácil.

—Papá aseguró que la prensa se ocupara en otros asuntos si logramos superar este fin de semana, uno solo y estaremos del otro lado... mi abuela no se enterara de nada y después podremos decir que nos divorciamos como la mitad de las parejas de estos tiempos. Regresaremos a Tokio más tranquilos y tu seguirás con tu vida.

Sora se quedó mirando esos ojos un poco más de lo necesario, sopesando sus posibilidades, y solo después de lo que parecieron largos segundos exhaló audiblemente. Yamato lo sabía. Seguía molesta, pero estaba cediendo.

—Lo haremos juntos. Saldremos de esta.

Sora trataba de no hiperventilar y en cambio, inhaló y exhaló.

—Lo intentaré.

—Muy bien —dijo Yuri volviendo entrar a alegremente a la sala—. La abuela se ha ido, pero volverá al atardecer como ha prometido. Mientras tanto, les mostraré su habitación.

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Continuará…

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N/A: Cómo esto se convirtió en un chick flick, es un misterio, aún para mí.