El sol renacía una vez más, iluminando lo que hasta hace unos cuantos minutos permanecía oculto en la penumbra, aguardando por el momento en el que el ciclo volviera a repetirse.
En la capital de las injusticias, Marley, la población ya se encontraba moviéndose de un lugar a otro, comenzando su habitual y desgastante jornada de trabajo.
Todos los ciudadanos estaban demasiado ocupados en sus asuntos como para echarle una mirada a la pobre niña que yacía desparramada en el suelo, aún con la sangre brotando de su nariz como consecuencia del fuerte golpe que un mayor había aplicado en ella. Todo a causa de una simple razón: trató de hurtar un poco de comida para acallar los guturales y estruendosos sonidos con los que su estómago exigía ser atendido.
Sentía su piel caerse pellejo por pellejo. No era la primera vez que le sucedía, sin embargo, sí era la primera vez que alguien había sobrepasado sus expectativas en cuanto a violencia; el infeliz campesino no sólo había masacrado su carne con crueles patadas y puñetazos, también se había tomado la molestia de tirarle agua en su punto de ebullición, hecho del cual, afortunadamente, sólo sus piernas se habían visto afectadas.
El dolor por el cual atravesaba era tan brutal y desgarrador que ni siquiera tuvo ánimos para buscar otro lugar en el cual retorcerse, simplemente dejó que su masa corporal y graves heridas se fundieran en la tierra.
Podía sentir que sus huesos se desintegraban, como su machada y quemada piel ardía como el mismísimo infierno, podía sentir como poco a poco se desprendía de este vil mundo.
—Por Ymir, ¡Diago, ven y mira esto! —exclamó una mujer beta de cabello corto y rubio, de ojos color ámbar y semblante preocupado. Se hincó, aproximando sus brazos a la menor.
—¿Qué sucede, Gadea? —preguntó el hombre beta, acercándose a donde su esposa le llamaba. Una vez que la localizó, palideció al notar el horrendo estado en el que se encontraba la niña de apenas siete años—. ¡Diosa mía!
—¡Tranquila, Ilse! ¡Todo estará bien, mamá está contigo! —dijo la señora entre lágrimas, sosteniendo con suma delicadeza el malnutrido y ligero cuerpo de la pequeña.
La morena no protestó. No porque no quisiera hacerlo, sino porque ya no tenía la fuerza suficiente como para tan siquiera mover un sólo dedo. Cerró los ojos, a la espera de un destino mejor que la muerte.
No había comprendido las palabras de aquella beta, pero tampoco era como si le importara hacerlo. Después de todo, habitaban en Liberio, uno de los peores pueblos de la extensa Marley. Un lugar donde constantemente ocurrían desgracias, donde los caballeros violentaban y humillaban a los campesinos, donde los alfas se aprovechaban de los omegas e incluso mujeres betas, donde la gente era hostil y se preocupaba únicamente por sí misma, porque así fueron educados desde antes de nacer. Era, meramente, un lugar donde el caos reinaba y la superioridad de razas estaba fuertemente marcada.
Para cuando la harapienta niña abrió los ojos, el preocupado rostro de la misma mujer la observaba.
—Tú... ¿Cuál es tu nombre? —preguntó con la voz quebrada, tratando de sonar sutil. La niña podía percibir cierto disgusto en el ambiente; olía como a decepción y tristeza.
No respondió. Se limitó a intentar incorporarse, lo cual obviamente no consiguió.
—No, no, no —habló la beta, colocando ambas manos en los hombros de la menor—. Estás muy herida, pequeña. Necesitas descansar.
La morena dirigió sus cansados ojos al rostro de la mayor, sin expresar emoción alguna. En su corta vida, nunca nadie había mostrado ni la menor pizca de interés en ella. Entonces, ¿por qué ella sí lo hacía?
—Mi nombre es Gadea —se presentó la beta, sonriendo débilmente, como si tratase de esconder todo el tumulto de dolor que se arremolinaba en sus entrañas—, y esta es mi casa.
Por un instante, la mujer se sintió incómoda. La contraria únicamente se dedicaba a observar. No gesticulaba palabra alguna y su frío rostro carente de emociones tampoco emitía alguna señal que fuese de ayuda.
—Veo que no eres muy buena charlando —Gadea anchó su sonrisa, tornándose más sincera—. Está bien. Esperaré hasta que tengas ganas de conversar —se levantó de una silla de madera—. Por lo mientras, te traeré algo para comer. Debes estar hambrienta, ¿no es así? —la miró con cierta nostalgia, hecho que la menor dejó pasar por alto.
Nuevamente, no hubo réplica alguna. Sólo esos desahuciados ojos que parecían implorar morir.
—Claro que sí —susurró la mujer, respondiendo a su propia pregunta—. En seguida vuelvo.
Cuando regresó, traía entre manos un plato bien servido, con un delicioso aroma que la pequeña niña jamás imaginó probar. Caldo de verduras, caliente y recién hecho.
La señora sonrió con ternura al notar el sorprendido rostro de la morena. Sin titubear, comenzó a devorar frenéticamente dicha comida sin siquiera tomarse el tiempo para saborearla. En menos de dos minutos, el plato se encontraba impecablemente vacío.
No dio las gracias, y a decir verdad, Gadea no esperaba que lo hiciera. La beta no insistió más en conversar, solamente le mencionó que era libre de quedarse durante el tiempo que quisiera.
La niña miró sus heridas, dándose cuenta de que éstas habían sido tratadas y estaban en proceso de cicatrización. Desconocía por completo a aquella mujer y sus razones para haberla ayudado, por lo que, por primera vez, creyó que se trataba de intervención divina.
Ellos le brindaron un techo, comida, vestimenta e incluso amor, como si fuese otro integrante de su reducida familia.
Los días transcurrieron, fieles a la misma rutina. Gadea llegaba, la alimentaba e intentaba hacerla hablar mediante preguntas, todo con tal de escuchar aunque sea una sola palabra salir de sus labios, pero jamás ocurrió. La beta llegó a pensar que quizás la niña no podía hablar y era por esa razón que la habían botado a su suerte.
Unas dos semanas después, bajo los cuidados de ambos betas, la morena se había recuperado parcialmente de sus heridas. Ya había recobrado las suficientes energías como para ponerse de pie, e incluso había aumentado levemente de peso.
Un día, salió de la habitación sin dirigirse a ningún lugar en específico.
Al cabo de unos cuantos pasos, llegó a la cocina, encontrándose con Diago.
—¿Por qué? —fueron las primeras palabras que pronunció desde que había llegado a esa casa.
Diago arqueó una ceja, evidentemente confundido. Tuvo que pausar su cena con tal de comprobar que la escena que estaba viviendo fuese verdadera.
—¿Por qué? —Diago devolvió la pregunta, en vagos intentos por encontrarle sentido—. ¿Por qué, qué?
Pero la morena no respondió. Sólo se quedó ahí parada, al lado del marco de la puerta, a un metro de distancia del beta. Su expresión facial era indescifrable.
Diago soltó un suspiro agotador y cerró los ojos durante unos segundos. Apartó su plato, negando continuar con su cena.
—Sabes... Gadea y yo teníamos una hija —habló lento, pausado, como si de un momento a otro hubiera entendido la pregunta—. Su nombre era Ilse. Era nuestra única hija, ya que Gadea quedó infértil después de un accidente. Nosotros la amábamos más que a nada —hizo un gran esfuerzo para no quebrarse, pese a que las traicioneras lágrimas ya bajaban por sus mejillas—. Ella... Ella tenía tu edad cuando desapareció sin dejar rastro. Un día salió a jugar con sus amigas, y ni ella ni las otras fueron vueltas a ver... Con vida —finalmente, su voz cedió ante el fuerte sentimiento de amargura que inundaba su corazón. Balbuceaba entre llantos, casi inteligible—. Cuando te vimos creímos que eras Ilse... Creímos... Que nuestra pequeña no había sido destrozada por los caballeros... Queríamos creer... Que era un milagro, que... Lo que vimos con nuestros propios ojos había sido una mentira —para ese punto, el señor no pudo contenerse más y rompió en llanto.
La niña no supo qué responder, así que lo más prudente que consideró hacer fue marcharse.
En su vida había visto a alguien llorar de esa manera. Era algo tan normal y natural que le aterraba el hecho de que ella no fuese capaz de hacerlo. Jamás había llorado, ni siquiera cuando sentía sus órganos retortijarse del dolor.
No lograba comprender los sentimientos. ¿Por qué las personas se preocupaban por alguien más que no fuese por sí mismos? No tenía sentido, así no funcionaba el mundo. Peor aún, ¿qué era una "hija" y porqué parecía ser tan preciada para ellos?
Se fue a dormir, deseando poder encontrar una respuesta a sus incógnitas.
A la mañana siguiente volvió a levantarse e ir a la cocina, pero esta vez se encontró con Gadea, quien tarareaba algo mientras cocinaba.
—¡Oh, hola! —le saludó alegremente la beta mientras esbozaba una sincera y cálida sonrisa—. Hoy te levantaste muy temprano, ¿no crees?
—No sé mi nombre.
Gadea se detuvo durante un minuto entero. Se quedó pasmada, enormemente sorprendida. No por la declaración de la menor, sino por el hecho de que finalmente le había dirigido la palabra.
—Vaya, eso sí que es un problema —contestó al cabo de varios minutos de silencio. Se dio la vuelta y caminó hacia la morena, luego, se colocó en cuclillas para estar a su estatura—. Afortunadamente, yo tengo la solución a todos tus problemas —le pellizcó la nariz juguetonamente—. A partir de ahora —se incorporó, agachando la cabeza para mirar a los ojos a la castaña—, tu nombre será Ymir. Como la Diosa, nuestra salvadora.
La morena sonrió, sin saber exactamente porqué lo hacía. Un extraño sentimiento la invadió, ¿acaso así se sentía la felicidad?
—Así que te gusta, ¿eh? —bajó su mano con la intención de acariciarle la cabeza, pero instintivamente la niña la evadió como si de un manotazo se tratase—. Ya veo... —su mirada se tornó comprensiva—. La Diosa pone en nuestro camino todo aquello que necesitamos. La Diosa es sabia, ¿lo sabías?
La castaña negó con la cabeza.
—Ymir, mientras estés con la Diosa nadie será tu enemigo —aseguró Gadea, dándose la vuelta para continuar preparando la comida.
La pequeña, ingenuamente, le creyó.
Un mes pasó. El gran muro que dividía la comunicación entre los betas y la niña, finalmente se rompió, dando paso al desarrollo de un bonito vínculo entre los tres.
Gadea no sólo cuidaba de ella como si fuese su hija, también le enseñó todo lo que sabía acerca de costura y cocina. Diago, por su parte, le pasó todos sus conocimientos sobre agricultura.
—No, cielo. Este trazo está muy separado de los demás, ¿lo ves? —señalaba la beta, corrigiendo las poco simétricas puntadas que ésta había dado.
—¡Así se hace, Ymir! —exclamaba con orgullo Diago, observando como la pequeña araba correctamente la tierra.
—¡Esto sabe fantástico! —le felicitaba Gadea una vez que terminaba de probar los platillos en los cuales únicamente orientó a la morena a preparar.
La niña aprendía rápido, era, irrefutablemente, habilidosa. Esbozaba una sonrisa sincera en la cual mostraba todos sus dientes como manera de agradecimiento ante los cumplidos que los mayores le ofrecían. Le gustaba demasiado esa sensación de pertenecer a una manada, de ser la cría deseada que tanto anhelaban.
Pero aquello no fue suficiente, mucho menos eterno.
Ymir tenía la libertad de salir de la casa y regresar antes de la cena. No se paseaba por ningún lugar en específico, tampoco es que le fuera muy agradable recorrer los caminos por los cuales en algún punto había sido golpeada y maltratada por desconocidos a los que trataba de robarles. Aún así, estaba tan acostumbrada a la libertad que simplemente no podía deshacerse de ella.
—¡Eres tú! —vociferó el mismo campesino que le había tirado agua hirviendo. Ahora sí pudo observarlo con claridad; era un alfa, uno muy viejo.
La pequeña no supo cómo reaccionar, por lo que sucumbió ante su intuición; echarse a correr en dirección al único lugar en el que sabía que jamás podría ser herida, su hogar.
El viejo continuó aventando un sinfín de maldiciones al viento, jurando que la niña se arrepentiría de haber nacido, hecho que a Ymir le pareció gracioso. Como si no lo hubiera deseado antes.
Una de esas noches en las que dormía plácidamente sin preocuparse por el mañana, como solía hacer, Ymir escuchó a los betas hablar acerca de ella.
—Creo que estás llevando esto demasiado lejos —opinó Diago, intentando sonar lo más suave posible, sin la intención de ofender a su esposa.
—Oh, ¿por qué lo dices? —quiso saber Gadea, desconcertada.
—Nuestra hija falleció, Gadea —aclaró como si la beta no lo supiera—. Esta niña... —parecía no encontrar las palabras adecuadas—, su sangre es ajena a la nuestra.
—¿Y por esa razón quieres deshacerte de ella? —la rubia sonaba herida—. No es un animal que puedes cambiar en el trueque, Diago. Es sólo una niña.
—Lo sé —coincidió el hombre—. Pero, sólo quería recordarte que antes de que ella apareciera, éramos tú y yo. Mi matrimonio siempre será más importante que...
—¿No era eso lo que querías? ¿Más hijos? —interrumpió, ahora sonaba furiosa—. ¿No era por esa razón que todos los días le rezábamos a la Diosa con tal de que me devolviera el privilegio de la reproducción? ¿No es por eso que corté mi piel como castigo a mis pecados cometidos? —cuestionó, elevando la voz con su notorio enojo—. Incluso la nombré como nuestra salvadora, porque le prometí que el día en el que me otorgase una nena a modo de agradecimiento la llamaría como ella.
—¡Es una maldita criminal! —gritó el beta, colmando su paciencia.
—Por la Diosa, es sólo una niña —se compadeció la mujer, incrédula—. ¿Qué crímenes pudo haber cometido un alma inocente como la suya?
—Más de los que te imaginas, tanto así que han colocado precio por su cabeza. Al parecer se entrometió con un burgués que tenía contacto directo con algún mugroso caballero.
—No puedes estar hablando en serio.
—¿Por qué te mentiría? —se sinceró—. Te lo dije; siempre te pondré a ti primero, por encima de cualquier otro. Te lo juré el día de nuestra boda y pienso mantenerme firme hasta la muerte.
—No es que no confíe en ti, pero... Es extraño. En un pueblo como este, en el que cada quien se sale con la suya... ¿Por qué poner tanto esmero en una niña? ¿Qué cosa pudo haber hurtado que fuese tan valiosa? Quiero decir, seguramente sólo tomaba lo necesario como los demás niños callejeros, ni más ni menos.
—No es por las cosechas —aclaró su esposo, soltando un suspiro pesado—. Es porque nosotros la tenemos.
—¿A qué te refieres? —indagó Gadea. No tenían sentido sus oraciones, ¿qué querría alguien de mayor rango que ellos tuvieran? ¿Acaso ejercerían alguna especie de intercambio?
—Saben su nombre, Gadea. Saben lo que sucedió con Ilse. Ellos lo saben todo —explicó el hombre, vagamente—. No quiero... Que algo nos pase. No por ella.
—Me niego a dárselas —pronunció con firmeza, demostrando determinación en su mirada—. Este es un reto que la Diosa colocó en nuestro camino para que...
—¡Sólo escúchate! —interrumpió su esposo, cansado del ignorante comportamiento de su mujer—. De no ser porque te conozco más que a mí mismo, juraría que pactaste con ella. ¡Ellos creen que continuamos con el culto que Eren Krüeger dejó tras morir! ¡Gadea, ellos vendrán por la mañana!
Ymir no quería escuchar más. Pese a ser tan pequeña, comprendió la gravedad del asunto. Sabía la clase de demonios que eran los caballeros, y también sabía de sobra que estaba poniendo en riesgo a su manada quedándose con ellos.
Sin dudarlo más, se cambió de ropa, tomando sus andrajosas prendas y colocándoselas nuevamente. Dobló la vestimenta de la cual acababa de despojarse y la dejó encima de la cama.
La morena tomó una decisión, y fue que, tan abruptamente como había llegado a sus vidas, se esfumaría. Lo último que quería era causarle problemas a las personas que se habían sentido como un hogar.
Se las ingenió para salir por la ventana que estaba en su habitación, de tal manera que los betas no pudieran escucharla, ni detenerla.
Y una vez que estuvo afuera, corrió hasta que sus piernas se negaron en continuar. Debía alejarse, sólo así jamás sería encontrada y su familia estaría en paz.
No supo de ellos durante una semana. Ymir había vuelto a su habitual rutina, evitando todo contacto o acercamiento con su manada. Esperaba que no estuvieran preocupados por ella.
No volvió a encontrarse con el viejo alfa, hecho que agradecía infinitamente. Tampoco había recibido otra brutal paliza, todo gracias a su astucia y mejorados movimientos.
Cuando el cielo se teñía naranja, la pequeña corría hasta el bosque, refugiándose en los árboles. Eran su nuevo domicilio. Ahí nadie la molestaba ni maltrataba. Ahí estaba segura.
Despertó gracias al brusco piquete de un pájaro en sus fosas nasales. Luego de maldecirlo y gritarle a los cuatro vientos lo mucho que lo odiaba, se percató de que se encontraba en las ramas de un árbol, relativamente alejada del pueblo.
Pero aquello no fue impedimento para que no escuchara los gritos de horror por parte de los pueblerinos. Algo andaba terriblemente mal, podía olfatearlo.
Bajó del árbol rápidamente, acercándose al pueblo. Sintió una fuerte punzada en su corazón, como si la hubieran apuñalado, pero no había daño físico. Cayó al suelo durante unos instantes, cuando inmediatamente de sus ojos salieron involuntarias lágrimas. No había manera de retenerlas. Un sentimiento desconocido se apoderó de su corazón, y miles de colores oscuros y pútridos eran visibles para ella.
—¡Malditos bastardos hijos de puta! —gritó con toda la tristeza, ira y frustración que había acumulado en ese poco tiempo. Sabía lo que ese momentáneo dolor significaba, y aún con todo el temor de confirmarlo, se dirigió hacia la casa de los betas.
Nunca había sentido tanta impotencia como la que experimentó en ese preciso momento. Sentía su garganta desgarrarse, apretaba tan duro la mandíbula que escuchaba sus dientes rechinar desagradablemente, y sus puños se contraían tanto que sin darse cuenta sus uñas comenzaron a clavarse en sus manos, haciéndola sangrar.
—¡Miren, esa es la niña! —escuchó a la gente gritar y señalarla, pero ninguno seguirla.
—Por favor, ¡manténganse fuertes! —suplicó Ymir, sintiendo el lazo cada vez más imperceptible. De uno había perdido por completo la conexión.
Se detuvo una vez que llegó a su destino. Perpleja, paralizada ante la puerta de madera derribada. Un inmenso dolor, más allá de las atrocidades que habían degollado su espíritu, poseyó su ser.
Se adentró a la casa, encontrándose con aquello que ya predecía y tanto le asustaba comprobar.
Diago yacía inerte sobre el suelo, ahogándose en lagos del vital líquido carmesí. No habían tenido piedad con él, pues múltiples marcas de espadas estaban tatuadas sobre su piel. Había defendido a su esposa, tal y como le había jurado ante el altar y le había recordado la noche anterior.
Aún sentía el lazo de Gadea, cada vez más débil, pero ahí estaba. No dudó más y continuó en su búsqueda, importándole muy poco si los caballeros se habían ido ya o no. Ella sólo quería encontrar a la beta.
—Por favor, no te desvanezcas —imploró una vez más, buscando con la mirada desesperadamente el cuerpo de la beta.
Entró a la habitación en la que anteriormente se había hospedado, hallando lo que tanto ansiaba ver.
—¡Gadea! —chilló y se aproximó hacia ella, abrazándola no sin antes asegurarse de que no la lastimaría—. ¡Gadea, estoy aquí!
La beta sonrió, acariciando los cabellos de la castaña.
—¡Por favor, quédate conmigo! —suplicó, mirándola con preocupación y sufrimiento, ignorando las manchas de sangre que atravesaban su ropa.
—Estaba... Esperándote —musitó la beta, con trabajo y una voz sumamente ronca, tomando grandes bocanadas de aire entre cada palabra—. Tienes... Que irte...
—No me iré sin ti —protestó Ymir, tan terca y necia como sólo ella podía ser.
—No tienes... Mucho tiempo...—pasó su mano entre los castaños cabellos de la menor—. Liberio... No —se corrigió—, Marley no es... Seguro para... Ti... Huye... A Paradis...
—¡Eso no me importa! —gritó la morena, con desesperación—. ¡Gadea, te llevaré conmigo!
La beta sonrió. Tan ampliamente como siempre solía hacer.
—La Diosa... Es grande... Ten fe y... Confía en ella... —pasó sus delgados dedos por la frente de la niña, persignándola—. Ella... Te guiará a... Casa...
—¡Mi hogar es contigo! ¡Con Diago y Gadea! —frunció el ceño, con tristeza—. ¡Yo lo siento tanto! ¡Si no me hubiese ido, nada de esto hubiera pasado!
—No... Es tu... Culpa —la miró con ternura, bombardeando la mente de la castaña con millones de escenas en las que la beta tenía la misma expresión.
—¡Cielos, Ymir! ¡Sí que le haces honor al nombre, eres una Diosa! —aseguró la beta, sonriendo complacida al ver los perfectos trazos que la menor había hecho sobre la ropa—. Eres fascinante.
—Sí que lo es —concordó Diago—. También es muy buena en el campo, ¡y ni se diga con los animales! Es más, puedo asegurar que desde que ella llegó, la producción ha aumentado por lo menos la mitad.
—¿En serio? —el rostro de la mujer lucía sorprendido—. ¡Vaya, eres impresionante! —declaró una vez más, pasando sus brazos alrededor de la menor, envolviéndola en un cálido abrazo.
Y todos sus sentidos murmuraban: manada, hogar, amor, felicidad.
La palabra "salvadora" abarcó toda su memoria, cubriendo aquellas memorias en nostalgia.
Los ojos de la rubia se abrieron con desmesura, y con las pocas fuerzas que le quedaban, empujó a la morena hacia un lado.
Una espada se clavó en la costilla de la beta, quien se quejó del dolor mediante un sonoro grito y una desagradable escupida de sangre.
—Así que tú eres la mierda que causó problemas —se burló un caballero.
La menor no contestó. Se limitó a desearle la muerte mediante su mirada, como si eso sirviese de algo.
—¡Soy yo, maldición! ¡Si quieres matar a alguien, aquí está la indicada! —vociferó la niña, poniéndose delante de la beta, con los brazos extendidos como si fuera a evitar que lastimaran a la rubia.
—¿Desde cuándo recibimos órdenes de a quién matar y a quién no? —preguntó el otro, riéndose con sorna por las acciones de la menor—. Nos importa una mierda si eres tú a la que buscan, nosotros sólo aniquilamos herejes.
Ymir frunció el ceño con confusión. No entendía una sola palabra proveniente de ellos.
—Escucha, niña. No me va asesinar infantes —confesó el que inicialmente se había burlado—, así que lárgate, vive en la calle y finge que nada de esto pasó.
—¡Los mataré! ¡A todos ustedes! —gritó y se abalanzó contra ellos, recibiendo una fuerte patada en su estómago por parte de ambos. No fue al mismo tiempo, sino, uno detrás del otro.
—Y pensar que tengo consideración porque son niños —dijo el mismo—. Bueno, te lo advertí. Despídete de tu mamá.
La espada pasó fugazmente por el cuello de la beta. El crujido de sus articulaciones y venas desprenderse, fue un sonido que Ymir jamás logró olvidar. Incluso en un momento como ese, su semblante era sereno, pacífico, hasta mostraba una sonrisa calmada y una mirada llena de dulzura.
El lazo se consumó. Su vida había sido arrebatada, y por ende, su conexión ahora fluía a través del aire, alejándose para convertirse en nada.
—¡NO! —protestó la morena aunque la cabeza de Gadea ya no estuviera unida a su cuerpo—. ¡Hijos de puta, les arrancaré los ojos y los tiraré a los perros! ¡Los destrozaré! —juró, levantándose aún sin recuperar el aire por completo.
—Que molesta —dijo uno de ellos, enterrando la punta de la espalda en el brazo de la niña—. Esto debería mantenerte ocupada.
Sus quejidos se hicieron presentes. Su piel había sido aruñada millones de veces, pero jamás con un objeto así de filoso. Su espíritu de guerrera no tardó en hacerse notar, pues con la otra mano sostuvo la espada, intentando alejarla de su carne.
Pero todo fue en vano, y lo sabía. Aún así, no pensaba darse por vencida. La rabia y hambre de venganza que recorría su mente no se detendría, por lo menos no hasta verlos muertos.
—¿Eres idiota o algo así? —retiró la espada, viendo como la mano derecha de la niña ahora sangraba por la presión que ella misma había ejercido anteriormente—. Sea como sea, me gusta. Tienes la cara llena de odio —sonrió burlón, soltando una risotada—. No intentes nada estúpido, niña. No querrás acompañar a tu madre.
Ambos caballeros salieron de la casa. Ymir no los siguió porque sabía que no podía vencerlos, y no podría vengar a Gadea y Diago si ella estaba muerta.
No convivió mucho tiempo con ambos betas, era verdad. Pero ellos en dos meses le hicieron olvidar la nauseabunda vida que llevaba entre las calles, se habían sentido tan reales como una familia normal.
—Huye... A Paradis... Ve... Con la Diosa...—las palabras de la beta resonaban en su cabeza.
Miró por última vez el vacío cuerpo de aquella mujer. Se encargó de memorizarlo, de inmortalizar dicha escena en su mente, de jamás olvidar a quienes murieron a causa de ella. La sangre que brotaba de su brazo no era nada comparado al dolor mental por el cual atravesaba.
Todos esos años, desde que tenía consciencia, no había hecho otra cosa más que preocuparse por sí misma. El mundo le había dado la espalda desde el momento en el que obtuvo la dicha de respirar, la misma Diosa parecía haberse olvidado de su existencia.
Pero Diago y Gadea le habían mostrado que la moneda podía tener dos caras, que había cosas por las cuales valía la pena seguir en este feroz mundo.
Y el remordimiento y la culpa resurgieron de su interior, arrasando con cualquier otra emoción. Las palabras de la beta lograron consolarla.
—No... Es tu... Culpa.
—Sólo aniquilamos herejes.
Se desplazó con cautela en el pueblo, con la intención de pasar desapercibida. Ahora que su rostro era conocido no podía darse el lujo de pasearse libremente. Por lo menos no en Liberio.
Al poco tiempo, se le ocurrió una idea brillante; robó uno de los caballos del establo de Diago, luego dejó a los demás libres.
Recorrió lo más que pido, haciendo presión en su brazo (para así evitar detener el sangrado) con una sucia pieza de tela que había arrancado de su propia ropa. Avanzó bastante, hasta llegar a la aldea más cercana.
Perdió la noción del tiempo. Probablemente había estado cabalgando durante dos horas. Oh, esa era otra cosa que debía agradecerle en otra vida a Diago, el enseñarle a montar en caballo.
Ymir cayó desplomada, con pocas fuerzas como para bajarse decentemente de encima del animal.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó una niña de su edad. De tez pálida y ojos oscuros como la noche, cautivadores.
La morena se levantó como pudo, encarando a la contraria.
—No le digas a nadie que estoy aquí —Ymir la abrazó, desmayándose encima de ella.
Para cuando abrió los ojos, volvió a encontrarse con la tranquilizante mirada de la misma niña.
—Veo que estás mejor —comentó la azabache, sonriéndole ampliamente—. La herida que tienes en tu brazo es algo profunda, fue difícil de tratar. Dime, ¿con qué te la hiciste?
—¿Quién eres y en dónde estoy? —frunció el ceño, mirándola hostil. Se incorporó, notando el vendaje bien hecho que cubría su herida.
—Vaya, que maleducada —suspiró, fingiendo derrota—. Mi nombre es Pieck, y este es mi hogar.
La morena se abalanzó contra ella, apretando fuertemente las muñecas de la pelinegra. Quedó encima, inmovilizando a la contraria.
Cualquiera hubiera temido, o al menos, se hubiera asustado espontáneamente. Pero este no era el caso; el semblante de la azabache lucía tan calmado como siempre había estado. Ni se inmutó.
—¿Quién más, aparte de ti, sabe que estoy aquí? —preguntó, acercando su rostro al de la pelinegra. Ambas podían sentir sus respiraciones.
—Nadie, tal como me pediste —sonrió, entrecerrando los ojos—. ¿Podrías hacerte a un lado? Me estás lastimando.
La morena no cedió. Se limitó a ejercer más presión.
—Escúchame, si alguien se llega a enterar...
—No lo harán —interrumpió Pieck, aún sonriendo. Aquella niña, hasta cierto punto, era escalofriante—. Nadie sabrá de tu llegada.
—Más te vale que así sea —la soltó, sentándose a un lado de ella—. Mi nombre es Ymir, y quiero llegar a Paradis.
—Paradis —repitió la azabache, tratando de hacer memoria—. ¿Tienes idea de en dónde queda eso? —preguntó, porque ella sí sabía.
La pecosa negó con la cabeza.
—Es una isla. Tienes que llegar al sur de Marley y viajar en una embarcación. ¿Sabes cuán lejos estás de ese lugar?
Volvió a negar, algo fastidiada.
Pieck no insistió. Todo lo contrario, permaneció en silencio y optó por mejor buscarle algo de comer. Cuando regresó, charlaron un poco más. Nada relevante ni profundo, mucho menos personal. Sólo fue una conversación trivial.
—Puedes quedarte el tiempo que gustes —mencionó la azabache, recordándole a Gadea—. Mi madre falleció al darme a luz, por lo que sólo vivo con mi padre, y él casi nunca está en casa. Tampoco tengo hermanos, así que sólo seremos tú y yo durante todo el día.
Incluso diciendo cosas crudas como esas, Pieck permanecía serena. Ella tenía toda la paciencia que a la morena le hacía falta.
—¿Por qué eres amable conmigo? —inquirió Ymir, desconfiando de la bondad de la pelinegra.
—¿Por qué no serlo?
—Eso no tiene sentido —sentenció la morena, con el ceño fruncido.
—Porque —su sonrisa se anchó—. Me hubiera gustado que alguien lo hubiese sido conmigo.
Los días pasaron, convirtiéndose en semanas, incluso meses. El padre de Pieck jamás sospechó de la presencia de un tercero, y no porque fuera un descuidado, sino porque su hija era demasiado astuta. Tres veces a la semana repetía comida, los demás días, dividía sus porciones para ella e Ymir.
Poco a poco se fueron conociendo más. Compartieron anécdotas, gustos y pensamientos. Se agradaban mutuamente, se complementaban. Ymir fue abriendo nuevamente su corazón, dejándola entrar en él.
Algunas veces salían, pero no lo hacían muy a menudo. Normalmente los demás niños molestaban a Pieck, o la mal miraban. Era marginada, y los adultos, poco empáticos.
—¡No tienes mamá, no tienes mamá! —gritaban burlones al unísono, lanzándole cosas.
—¿Y esos imbéciles qué se creen? —preguntó Ymir, fulminando con la mirada a los demás niños, quienes hicieron caso omiso y prosiguieron con sus crueles acciones.
—Sólo volvamos a casa —susurró, tan tranquila como siempre.
—¡Bola de inútiles! ¡Les arrancaré el pellejo! —gritó Ymir, furiosa. Tomó una rama y comenzó a golpear violentamente a uno de los niños, mientras los demás observaban, incrédulos.
Pieck abrió los ojos con desmesura. Se quedó pasmada, estática, al igual que los otros.
—¡Ymir, ya fue suficiente! —ordenó la azabache, tomando del hombro a la castaña.
Fue hasta entonces que la pecosa se detuvo, no sin antes gruñirle a los otros niños, quienes salieron corriendo despavoridos hacia todos lados, incluido al que había golpeado.
—¿Por qué hiciste eso? —interrogó Pieck una vez que se encontraban en su casa.
—No dejaré que nadie lastime a los que me pertenecen —dijo, con una posesividad digna de un alfa. Sus ojos clamaban dolor, pese a que su expresión permanecía dura.
Ymir la abrazó. Con tanta fuerza como si su vida dependiera de ello. Transmitiéndole todo lo que las palabras no le alcanzaban a expresar.
Inesperadamente, el padre de Pieck abrió la puerta de su alcoba.
—¡Qué demonios! —vociferó el señor Cartman, mirando con una mezcla de tiberio e ira tal escena—. ¡Aléjate de mi hija!
Y una vez más, la pecosa tuvo que marcharse en busca de otro hogar.
Desde que se encariñó con Pieck, su objetivo dejó de ser llegar a Paradis. Aún recordaba las instrucciones, no tal claramente como el primer día, pero lo hacía.
En la aldea, los rumores sobre Ymir no tardaron en hacerse esperar. Ya todos los aldeanos sabían que ella era la misma chica que huyó de Liberio, y que su cabeza tenía precio.
Para el día siguiente, la castaña decidió emprender nuevamente su viaje hacia la isla. Pero esta vez, se llevaría a Pieck consigo. Más su sorpresa fue que, unos cuantos metros antes de llegar a la casa de la azabache, toda la aldea brotaba en llamas. Naranja y rojo, eran todos los colores que podía percibir.
—No... No...—musitó, atónita—. ¡No! —corrió hacia la casa de Pieck. La aldea estaba desolada—. ¡Pieck, Pieck! —le llamó, inútilmente. Ya no había nadie ahí, o por lo menos no con vida—. ¡No me digas que no fui capaz de protegerte!
No podía sentir el lazo porque no habían forjado ninguno. Era una relación distinta a la que formó con los betas, pues ellos olían a familia, manada. Y en cambio, Pieck, olía a... Pareja, y eran muy jóvenes como para conectar.
—¡Vayamos a Paradis! —exigió la pecosa, levemente sonrojada. Frunciendo el ceño, como era de costumbre.
La pelinegra sonrió, soltando un suspiro lastimoso.
—Lo haría, pero no abandonaré a papá mientras él viva. No puedo pagárselo así. No a él.
—No me gusta recordar el pasado —había respondido Ymir en alguna ocasión, cuando Pieck le preguntó acerca del mismo.
—El pasado nos hizo como somos.
Y tenía razón, pero Ymir se había encargado de sepultarlo en lo más profundo de su memoria.
¿En qué momento se habían convertido en lo que actualmente eran?
·͟͟͞͞ɴᴏᴛᴀᴅᴇᴀᴜᴛᴏʀᴀ
╭ ⁞ ❏. Publicado: agosto 18, 2018.
┊ ⁞ ❏. Editado: jueves 3 de octubre, 2019.
No me cancelen xfabor, mi lado multishipper escribió esto, no yo. Se los juro, Mayami me lo confirmó.
No digan que no les avisé que este capítulo sería el pasado de Ymir.
Pregunta de vida o muerte:
¿Pieck x Yelena o Pieck x Zeke? (El que mencione a Porco le doy un balazo ok no).
Siento que en algún momento, de tanto que atascas una obra con sucesos, en vez de llegar a parecer épico y asombroso comienza a fastidiar y volverse aburrido, predecible y repetitivo, muy diferente a lo que solía ser. Espero que éste no sea el caso, y de ser así, espero que me digan: "Koogos no mames ya bájale al drama".
Oficialmente el capítulo más largo. Bueno, no me tiren piedras, ya pronto veremos qué pasó con Geografía y la Mineral. Sólo sean pacientes.
