Capítulo 8

Alma

Enkidu despertó demasiado acalorado, sintiendo un dolor agudo en su cuello. Se incorporó y se sentó en la cama, tanteando por una jarra de agua.

A su lado, Gilgamesh descansaba relajado, con una sonrisa a medio borrar en su rostro. Enkidu no recordaba en qué momento cedió ante al sueño, pero Gilgamesh parecía que se hubiese dormido observando a Enkidu.

Enkidu se levantó de la cama y caminó algo desorientado, encontrando finalmente una tinaja con agua. Se sirvió en una de las copas de oro y bebió, sintiendo como si el agua arrastrara tierra y guijarros secos por su cuerpo. Examinó su cuello y recordó el sueño.

Algo abrumado, se colocó una túnica holgada y se dirigió al balcón de la habitación, en donde el aire fresco y agradable del oasis llegaba a su cabellera y la alborotaba. Se sentó en el borde del alfeizar y apoyó su espalda en un pilar, reflexionando sobre las palabras de Aruru.

¿Realmente él se había equivocado con respecto a Gilgamesh?

Por un momento tuvo miedo. Temió que su instinto interfiriera a tal punto de no ver la tiranía de Gilgamesh.

—Pero no puedo acabar con Gilgamesh—se dijo a su mismo Enkidu, observando el cielo estrellado.

¿Por qué no podía acabar con él si la fuerza con la que lo dotó Aruru era suficiente para arrancarle la vida? Gilgamesh era semidiós, pero no por eso era inmune al mal de los humanos: la muerte.

Enkidu no podía porque su corazón latía con mas fuerza cuando pensaba en él. La sensación de tener un amigo a su lado era increíblemente agradable.

La brisa recorrió su cuerpo cuando Gilgamesh, desnudo, se asomó al balcón.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Gilgamesh, apoyándose en la muralla— ¿No te dolía la cabeza?

—Ya no—dijo Enkidu, haciendo caso omiso—, sólo desperté con calor y vine aquí a observar el cielo.

Gilgamesh se acercó a su lado y se apoyó en el balcón, mirando su reinado, recorriendo las calles que de lejos se delineaban en el manto nocturno. Una que otra lucecilla escapaba de las esquinas de las casas y la quietud del mercado a lo lejos le parecía solemne. Sonrió orgulloso de ver su reino tan próspero y luego le dirigió la mirada a Enkidu. Su sonrisa se desvaneció cuando notó la seriedad de Enkidu.

La brisa nocturna despeinaba el cabello de Gilgamesh. Su expresión era entre desconcierto y enojo, aunque relajó su rostro y parecía más preocupado. Gilgamesh entornó sus ojos y se acomodó en el alféizar.

—¿Qué te agobia? —preguntó en un susurró Gilgamesh.

Enkidu, sin descender su cabeza, suspiró y contestó:

—Creo que alguna vez ya te lo dije. Tengo miedo de los dioses, de que se tomen mis decisiones a mal. He decidido entregarme a ti y aquello es todo lo contrario a lo que debía hacer.

Gilgamesh escuchó con curiosidad y reflexionó las palabras. Dedicó su atención a una casa que aún tenía sus luces colando por las ventanas. Se mantuvieron en silencio unos instantes hasta que Gilgamesh volvió a hablar:

—Sé que he cometido errores con mi reinado y sé que el hecho de que tu estés aquí no es precisamente una visita esporádica, pero quiero que sepas que estoy dispuesto a cambiar, mientras tu estés a mi lado siempre. Debes estar aquí.

Enkidu miró a Gilgamesh para luego reírse. Gilgamesh frunció el ceño y se cruzó de brazos, en actitud soberbia. La risa de Enkidu era contagiosa, pero el rey se contuvo.
—¿Qué es tan gracioso? ¿Qué te pasa?

—Me causa gracia la manera en la que dices las cosas. Para ti todo es un mandato, una regla, una obligación. Deberías aprender a decir las cosas con un poco más de humildad.

Gilgamesh, pasmado, cerró la boca luego de encontrarse desorientado. Parecía un niño ya muy crecido taimado. No dijeron nada y miró las murallas de Uruk, cuando Enkidu se incorporó para dirigirse nuevamente a la cama. Gilgamesh, le detuvo y Enkidu volteó a verle.

—Enkidu—comenzó Gilgamesh, aún sosteniendo su mano—, quiero decirte algo.

Enkidu se devolvió y se sentó nuevamente en el alfeizar. Gilgamesh ponderó las palabras y luego habló:

—Quiero que Ninsun, mi diosa madre, te bendiga y te proteja ante los dioses. Irás conmigo mañana—Gilgamesh guardó silencio un momento y se replanteó sus palabras, para no sonar como si estuviese ordenando a Enkidu.

Sabía que no era la manera más dócil de pedirlo, pero sus palabras eran sinceras. Venían de su corazón más que de su mente o de su deseo de abarcar todo. Desnudo como estaba, tornó su semblante como el regente que era.

"¿Ves, Aruru?" pensó Enkidu cuando volvió a incorporarse y se encauzó hacia Gilgamesh "Él no es el rey arrogante que todos creen, puede ser justo y bondadoso"

Enkidu no contestó, pero la suavidad de sus rasgos aseguraba que se encontraba complacido por la petición. Gilgamesh indicó el interior y habló:

—¿Quieres dormir? —Gilgamesh se adentró y lo dejó a solas.

Enkidu asintió y se encaminó a la cama, donde se relajó y finalmente cedió al cansancio.

Enkidu pudo volver a dormir aquella noche, esta vez sin sueños sobre Aruru.

Enkidu despertó. Gilgamesh se encontraba sentado a su lado, comiendo frutas picadas y bebiendo zumo. Aún estaba desnudo y masticaba pensativo, jugando con la copa en sus manos.

—Buenos días—susurró Gilgamesh con voz suave, luego de percatarse que su compañero había despertado—. Hoy las cosas serán un poco diferentes.

—¿Diferentes? —preguntó Enkidu, incorporándose y apartando el cabello de su rostro, para luego sacar un trozo de durazno. Aún estaba adormilado— ¿A qué te refieres?

—Debí utilizar palabras más adecuadas. Serán diferentes de ahora en más. Tendrás obligaciones a mi lado y por supuesto, tus deberes serán a la altura de tu cargo. Eres parte del consejo de Uruk y debes estar a mi disposición—agregó Gilgamesh, sirviendo zumo en otra copa para Enkidu—. Hoy haré una fiesta, quiero celebrarlo, pero antes, iremos al templo de Ninsun, para presentarte a mi madre y que ella te bendiga.

Gilgamesh ofreció frutas y pan a Enkidu, quien comió a gusto. El rey parecía absorto en sus pensamientos, planificando el día. Siduri, fue citada en uno de los salones de reuniones y Gilgamesh se aseó y vistió para apresurarse a hablar con ella, dejando a Enkidu a solas.

Enkidu se levantó y se observó desnudo en un espejo. Rememoró el camino de sus manos fuertes y ágiles sobre su cuerpo cuando lo abrazó. A pesar de que llevaba a Shamhat y a Mathma en su memoria, ellos no tenían el encanto intenso que Gilgamesh provocaba en él. Se permitió disfrutar al pensar en todo esto y se vistió, para caminar por el palacio, sin embargo, dos jóvenes sirvientas le esperaban en el vestíbulo del baño. La habitación de Gilgamesh era una suerte de pequeña casa, con baños y salas amuebladas de exquisitos cojines de plumas suaves y perfumadas, en donde algunas consortes se divertían previo a sus aposentos. Ahora estaba vacío, exceptuando por las dos chicas que mantenían la mirada baja, quienes estaban presentes para acompañar su sesión de limpieza.

En el transcurso de su baño asistido por las dos sirvientas, Nidasag y Shamhat llegaron a la instancia. Luego de que fuese vestido con una túnica sencilla posterior al baño, ambas se acercaron a su lado para hablarle:

—Enkidu—dijo Shamhat alzando la cabeza—. Espero de ahora en más que guíes al rey por el camino de la sabiduría.

Shamhat acarició el cabello peinado de Enkidu y le sonrió maternalmente.

—Señor—comenzó Nidasag, sin dirigirle la mirada—, hemos venido a prepararle. Por favor, acéptenos como sus consejeras personales.

Enkidu enmudeció ante la idea de tener consejeras: ¿Gilgamesh ordenó tal cosa? ¿Gilgamesh dentro de su egocentrismo, dejaría que él tuviese su propio consejo?

Impresionado, asintió distraído mientras Shamhat se reía enternecida, adivinando en parte los pensamientos de Enkidu.

Durante la mañana, Shamhat y Nidasag se dedicaron a embellecer a Enkidu. Tomaron sus cabellos y los recortaron para darle una forma más ordenada, sin mermar en el largo de estos. Nidasag delineó sus ojos y colocó polvos brillantes en su cabello, que soltaban destellos con los rayos del sol. Ambas mujeres, asistidas por las sirvientas, vistieron a Enkidu con las telas más exquisitas y las joyas más bellas, luciendo como un miembro del consejo. Sus dedos fueron cubiertos por anillos de oro y sus muñecas de pulseras de lapislázuli. Su pecho fue adornado con cadenas y su frente, con una argolla sencilla de oro. Shamhat estaba feliz del resultado final.

Enkidu se puso de pie y se miró al espejo de plata, completamente sorprendido de lo que veían sus ojos. Se llevó una mano a su rostro y palpó sus labios. Enkidu pasó de ser un hombre sencillo que dormía desnudo en las piscinas de los jardines a un consejero de una ciudad importante, bañado en oro y perfumes costosos, con telas confeccionadas por las mejores manos artesanas de toda Babilonia.

Nidasag y Shamhat caminaron detrás de Enkidu hasta que fue conducido al salón del trono. Gilgamesh hablaba con Siduri, algunos sabios del consejo y un guardia.

Cuando Gilgamesh se percató de la presencia de Enkidu, él se apartó de los escuchas y fue tras él. Enkidu parecía incómodo, le miró como rogando piedad y Gilgamesh la devolvió, con cierta arrogancia. El rey se aclaró la garganta y aprovechó que en el salón del trono se encontraba la mayoría de los miembros del consejo de sabios.

—Escuchen todos—dijo Gilgamesh con firmeza, logrando el silencio absoluto enseguida—, He decidido escoger a Enkidu, mi amigo, como consejero personal del concilio de sabios. Todos deben reconocer sus palabras con la misma obediencia con la que reconocen las mías. Sus deseos son órdenes, sus mandatos deben cumplirse al pie de la letra. Quién desobedezca será juzgado como un traidor.

Los presentes asintieron al unísono, inclinándose ante Gilgamesh. El rey se volteó a ver a Enkidu y se acercó para hablarle:

—Enkidu, jamás creí que te vería vestido así—dijo Gilgamesh, a medida que, en el salón, las voces volvían a cubrir el silencio—. Deberías siempre andar así de presentable en mi presencia y no como un simple monje de Ishtar. No sé que te dio con andar con esas túnicas holgadas siempre. Este palacio es para gente digna que deben vestirse acorde a la belleza del lugar. Espero lo hayas entendido de ahora en más. Debes acompañarme al templo de Ninsun. Hay un carruaje preparado para ello.

Enkidu asintió y habló en voz baja, como si fuese un secreto:

—¿Siempre traes esta cantidad de metal encima? Pesa mucho. Prefiero andar con las túnicas suaves y no son de Ishtar, yo no soy nada de Ishtar e igual las uso.
Gilgamesh soltó una carcajada de alegría y los sabios del consejo supieron que vendrían tiempos de abundancia.

Enkidu y Gilgamesh fueron conducidos a un carruaje adornado con el lujo del rey, con cintas bordadas en oro, cortinas exquisitas de seda y el interior era cubierto de mullidas almohadas blancas y rojas de plumas suaves. Una pequeña tinaja de oro contenía uno de los mejores vinos de su repertorio y Gilgamesh sirvió en dos copas: le encantaba ver que Enkidu disfrutaba mucho de aquel brebaje. Gilgamesh vestía sus usuales prendas lujosas, sólo que Enkidu robaba las miradas, porque todos acostumbraban a su cabello rebelde y sus ropas sencillas. Ahora, vestido como un rey, era aún más atrayente.

—Me pregunto—comenzó Gilgamesh con un tono de seguridad característico en su voz— ¿Cómo es que vivías antes sin sentir frío, hambre o necesidad de comer? Ahora te deleitas abrigándote bajo mis mantas, te sacias de caramelos de dátiles y frutas con salsas.

Enkidu reflexionó las palabras de Gilgamesh un momento, mientras saboreaba el vino. Miró el fondo de aquel líquido borgoña y suspiró.

—Antes sólo vivía por sobrevivir. Era una bestia sin forma. Me alimentaba por mero instinto. Realmente no necesito comer, podría vivir sin comer ni tomar este delicioso vino. Sigo siendo esa bestia que se ocultaba en el bosque, pero he adoptado esta forma después de ver a los humanos. Conocí criaturas míticas, peleé con muchas de ellas, pero con el tiempo, dejé mi enorme forma bestial y me convertí en lo que soy. Con Shamhat y Mathma dejé atrás mis cornamentas, lo que era mi última conexión a esa bestia blanca que era y ahora soy un intento de humano. En cualquier momento podría volver a mi forma original, pero me siento cómodo así. Así me quieres a tu lado.

Gilgamesh escuchaba el monólogo de Enkidu en completo silencio, intrigado por sus palabras. A medida que se acercaban a la salida de Uruk, Gilgamesh obtuvo un montón de preguntas más en su mente.

—Entonces si puedes cambiar tu forma, ¿Por qué elegiste la actual? Algún referente tienes que haber tenido.

—No lo sé. Creo que mi cuerpo es más bien el deseo de ser tu igual más que ser tú en especifico.

—¿Y por qué no el cuerpo de una mujer? —cuestionó Gilgamesh, observando como los muros se iban alejando a medida que avanzaban al templo de Ninsun, cerca del río Éufrates— Supongo que aquello es porque eres hombre, ¿No?

Enkidu mantuvo el silencio un momento. Miró por la ventanilla cubierta con una tela translúcida y sonrió tristemente.

—No lo sé… soy hombre físicamente porque Aruru así lo quiso, pero no me hizo sentir ni como hombre ni como mujer. No soy ni hombre ni mujer, no tengo alma y corazón. Soy un arma simplemente y las armas no merecen esos atributos.

Gilgamesh se encontraba confuso ante eso: ¿Cómo alguien no era ni hombre ni mujer? Supuso que por la naturaleza especial de Enkidu, aquello era posible. Se mantuvo pensativo unos momentos y regresó a sus preguntas:

—¿Cómo sabes que no tienes alma? —dijo, acomodándose en los almohadones, ladeando su copa, observando como el vino lagrimeaba en la superficie.

—Últimamente no estoy seguro de ello—manifestó Enkidu, mirando hacia afuera—, me siento extraño. Las emociones me dominan y nunca me ha pasado eso. Creo que tener emociones es parte de tener un alma, pero no se de dónde ha salido algo así en mi pecho—dijo, acariciando una de sus manos.

—Dices que no tienes corazón, pero cuando... cuando estoy contigo, lo siento latir fuerte—dijo Gilgamesh, bebiendo el contenido de su copa.

—Sí, corazón en este cuerpo tengo, pero lo que no tengo es corazón ligado al amor, a la compasión y el buen actuar. No tengo nada de eso.

—Mientes—dijo Gilgamesh, cruzándose de brazos—. En ese caso, tienes corazón.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Enkidu en una quietud casi mortal.

—Porque... Tú eres...—Gilgamesh no supo que contestar, por lo que Enkidu lo tomó como una afirmación a sus propias palabras.

El resto de la travesía se llevo a cabo en completo silencio, debido a la incomodidad de la situación. Enkidu cantó suave, mientras el tramo se acortaba más y más y veían el río a lo lejos.

Cuando llegaron al templo de Ninsun a las orillas de unos canales artificiales, los sacerdotes aguardaban en la salida, inclinados y con los rostros cubiertos con telas traslúcidas de color rosáceo. Gilgamesh y Enkidu descendieron del carruaje y se encauzaron al interior, el cual estaba a oscuras, sólo iluminado por velas y antorchas. En lo alto de un pedestal, una silla de oro cubierta por las mismas telas rosácea era desvelada por un tragaluz. Gilgamesh, en calma y en el silencio de lo inusual, se arrodilló ante el altar, trayendo consigo a Enkidu. Un sacerdote encendió mirra y así comenzó el ritual.

—Diosa madre Ninsun—dijo Gilgamesh, en una actitud que nunca había visto Enkidu en él—. Hace mucho no he venido a tu templo, he sido un hijo descuidado. Espero sepas perdonarme.

"Mis deseos han sido concedidos bajo tu misericordia, madre, ha llegado alguien que quiere oírme. No es un sirviente, es el arma de los dioses. Él ha decidido caminar a mi lado y me ha regalado su amistad y fraternidad. Madre, sé que los dioses no planeaban esto que estás presenciando, pero ambos hemos cambiado nuestro destino para forjar una alianza. Me he puesto en sus manos para comprender los consejos que me has dado y que no he sabido interpretar. Él me guiará, peleará conmigo, reirá y jamás nos separaremos, pero necesito tu bendición, tu aprobación y que reconozcas esta amistad ante los dioses. Juntos demostraremos que las cosas pueden cambiar si nuestras voluntades son lo suficientemente fuertes.

Gilgamesh dejó de hablar y un gorgoteo de agua comenzó a emanar de la silla. Lentamente, una figura humanoide de una hermosa mujer de cabellos rubios se materializó, dejando que la luz sobre su trono destellara su piel blanca, joven y firme. La mujer sonreía bondadosa, como sólo una madre lo haría, con el pecho regocijarte en felicidad. Enkidu miraba a la diosa y Gilgamesh mantenía la cabeza gacha, tal como sus súbditos lo hacían con él. Ninsun contemplaba a Enkidu y él descendió la vista con algo de pesar.

—Amado hijo mío, Gilgamesh rey de Uruk—habló Ninsun, con una voz que parecía provenir del eco de las paredes—. La última vez que te vi eras muy joven aún para comprender mis palabras, pero hoy regresa un hombre y un rey fuerte a mi casa. Mi alegría no da abasto en su totalidad.

"Enkidu—dijo, dirigiéndose a él—, arma de los dioses, la espada y la lanza, trozo de paraíso y obra de Aruru. Tu bondad es mucho más grande que el de muchos dioses y tu misericordia es capaz de apaciguar a la bestia más feroz y desalmada en todo el mundo. He sentido nobleza en tu mirada, la dulzura de tus pestañas me ha transmitido calma. Eres un ser de luz celestial. No hay malicia en ti y has transmutado el odio y la maldad a tu alrededor. Eres digno de acompañar a mi hijo en sus aventuras. Por favor, querido Enkidu, guíalo en su camino en este mundo y has de sus días, los más maravillosos. Acepta mi tutela como si fueses mi hijo y confía en mí, yo defenderé tus palabras y acciones ante los dioses, ante Aruru y todo aquel que ose juzgarte. Se el confidente de Gilgamesh rey de Uruk, se amigo, su razón y comprensión.

Enkidu asintió, sin emitir palabra alguna ante las peticiones de Ninsun. Sus manos temblaban y parecía como si fuese a colapsar.

El problema de Enkidu es que temía a los dioses y Ninsun, aunque fuese madre de Gilgamesh, era una diosa. Sentía que tarde o temprano, ella también lo juzgaría por sus acciones.

Gilgamesh alzó la vista y miró a su madre. Ninsun llevaba un simple collar de cuero, adornado con una pequeña flecha de oro al final de este.

—Este collar—comenzó Ninsun, hablándole a Enkidu—, representa mi unión de madre e hijo con Gilgamesh. Él posee uno igual, pero hoy te lo regalo a ti, para que permanezcan unidos como buenos amigos hasta el fin de los tiempos.

Enkidu iluminó su rostro cuando Ninsun colocó el collar en su cuello. Él no llevaba nada para darle y con algo de nerviosismo, se apartó para hablarle a Gilgamesh.
—Gilgamesh, jamás cruzaré armas contigo y no llevaré a cabo la misión de los dioses, porque ellos se han equivocado en el juicio que han emitido en tu contra. He conocido tu compasión, algo que ellos vociferaban que no poseías. Sin tu existencia, la mía no tendría sentido. Estoy feliz de ser tu amigo.

Ninsun desintegró su cuerpo en agua y desapareció.

Gilgamesh se sorprendió ante tales palabras. Pestañeó un par de veces y pensó un momento en qué decir hasta que finalmente sonrió. Su sonrisa no era la arrogante de siempre, la llena de lujuria cuando veía a sus consortes bailar. No era la sonrisa de burla o de altanería que ponía cuando el consejo de los sabios refrenaba sus ideas. Era una sonrisa sincera y esa sonrisa lo hizo más bello, más humano y a la vez, mas divino. Gilgamesh nunca en la vida se había sentido completo, las riquezas que acumulaban eran producto del vacío de su existencia, pero en ese momento, él era un hombre completo.

Y así lo sería, por la eternidad de sus días.

O al menos así lo creía fervientemente y eso era suficiente para él.