Le importaba un bledo si sonaba grosera. Toda su vida le habían dicho lo que tenía que hacer, cuándo y cómo tenía que hacerlo. Al fin vivía sola y no estaba dispuesta a que nadie, por mucho placer que le diera en la cama, le cambiara el nombre a su gato.

Crookshanks era suyo y Draco podía irse al diablo.

— Estaba desesperado. No se me ha ocurrido otra cosa. Y le he dado mi palabra.

— Pues deberías haberme consultado antes.

— ¿Qué? ¿Querías que iniciara negociaciones contigo desde el alféizar de la ventana, donde por cierto estaba desnudo?

— No hay ninguna necesidad de ser sarcásticos.

— No hay ninguna necesidad de ser irracionales, Hermione.

Dejaría pasar aquel comentario porque la otra opción era matarlo. ¡Y pensar que había empezado a gustarle mucho! ¡Agh! La ponía furiosa.

— ¿Te he pedido yo que salieras? No. De hecho, te he pedido que no lo hicieras.

— ¿De verdad pensabas que te iba a dejar salir a ti?

Hermione no podía recordar haber estado nunca tan furiosa.

— ¡Vaya, salió el macho! ¿Crees que eres más valiente que yo sólo por ser hombre?

— ¿Valiente? — él echó atrás la cabeza y soltó una carcajada, pero no parecía muy divertido — El valor no ha tenido nada que ver con eso. Tenía tanto miedo que no podía ver con claridad.

— ¿Y la irracional soy yo? ¡Ja! Si tanto miedo tenías, ¿por qué no me has dejado salir a mí?

— Porque no podía... me parecía que era lo que tenía que hacer.

Salió del dormitorio. Típico de un hombre largarse en mitad de una conversación que no iba como él quería.

Hermione se puso las bragas y el top y salió tras él.

— Me convence tu explicación — dijo con ironía — Me convence mucho.

— ¿No puedes dejar el tema? — Draco se sentó en el sofá.

— No, no puedo. ¿Qué quieres que haga si me gusta tener algo de lógica en mi vida?

— ¿Lógica? Tú no eres precisamente la mujer más lógica que he conocido.

— Eso tiene gracia, viniendo de un hombre que sale desnudo al saliente de un séptimo piso y le promete a mi gato cambiarle el nombre sin mi permiso porque le parece que es lo que tiene que hacer.

— ¿Quieres lógica? A ver qué te parece esto. He salido ahí porque, si no lo hacía yo, lo harías tú y yo no podría soportar que te ocurriera algo — Draco cerró la boca con fuerza, como si hubiera dicho ya demasiado. Y, bueno, la verdad era que había dicho mucho.

¿Había salido porque estaba preocupado por ella? La embargó un calor que no tenía nada que ver con el sexo y sí mucho con la emoción. No había sido para hacerse el macho y el valiente, lo había hecho por ella.

— ¡Oh! — musitó.

— Así que siento que te hayas enfadado, pero le he prometido otro nombre.

Draco no era un maníaco del control que intentaba dirigir sus asuntos. Y Hermione se sentía culpable.

— Creo que mi reacción ha sido un poco exagerada.

— Creo que sí. ¿A ti te gustaría ser un gato malo y llamarte Crookshanks? — él se estremeció visiblemente.

— Está bien. Vamos a ver qué se te ocurre a ti. ¿Qué propones?

— Es tu gato.

— Según una cultura antigua, después de salvarle la vida, ahora te pertenece a ti.

A él parecía horrorizarlo la idea.

— Pero yo no lo quiero.

— No te lo voy a dar; es sólo en un sentido figurativo. Te doy la tarea de ponerle nombre.

— Pero no la quiero.

— Pues lo siento. Tú le has prometido un nombre nuevo, así que dale uno.

— ¡Pero yo no sé poner nombre a animales!

Hermione puso los ojos en blanco. Aquel hombre era sexy, ilógico y exasperante.

— ¿Cómo que no sabes ponerles nombre? Hazlo y en paz. ¿Nunca has tenido un animal?

— No.

Tenía que estar bromeando.

— ¿Ni gatos ni perros ni un hámster?

— No.

— ¿Ni una rana?

— No. A mis padres no les gustaban los animales.

Hermione apretó los dientes. ¿Qué clase de personas eran capaces de descuidar a su hijo y encima le negaban un animal? A pesar de lo estirados que eran sus padres, en su casa había habido un perro, un hámster y varios peces de colores a lo largo de los años. Hasta una rana habría sido mejor que nada.

— No me gustan nada tus padres — declaró. Estaba deseando decirles lo que pensaba.

Draco pareció sobresaltarse, como si lo sorprendiera que le disgustaran sus padres por su causa. De pronto sonrió.

— No te preocupes — dijo — Tú tampoco les encantarías a ellos. Eres demasiado... suelta para su gusto.

— ¿Suelta? Eso me gusta — y ella no quería caer bien a personas así — Pero no te vas a librar de bautizar al gato. O le cambias el nombre o se queda con Crookshanks y no cumples tu promesa.

— Eres una mujer muy dura — protestó él — Brutus.

— No. No puedo vivir con un gato llamado Brutus. Prueba otra vez.

— Magnus.

Hermione hizo una mueca.

— Olvídalo. He tenido una idea genial. Le pondré yo el nombre.

— Me parece bien. ¿Cómo se va a llamar?

— Draco. Le pondré tu nombre.

Y sorprendentemente, él no pareció molesto ni enfadado, sino más bien complacido de que le pusieran su nombre a un gato.

— Parece contento con su nuevo nombre. ¿Tú qué piensas? — preguntó Hermione.

Draco el gato estaba sentado encima del frigorífico con los ojos cerrados y sin hacerles ningún caso. Draco el hombre pensaba que estaba loca y que resultaba adorable.

— Está loco de alegría.

Hermione se echó a reír y él hizo mentalmente una foto. Quería recordar siempre aquel momento. Estaban metidos en una conversación absurda en una cocina que era un horno sin electricidad, y no recordaba haber sido nunca tan feliz.

Ella se puso de puntillas y lo besó en los labios.

— Aunque no te guste admitirlo, eres un hombre muy agradable.

Su ternura lo sorprendió.

— ¿No me has llamado beep hace poco?

— No son mutuamente exclusivos. Se puede ser las dos cosas.

Lo miraba de un modo que hacía que a él se le acelerara el corazón. Pero ella se equivocaba. El noventa y nueve por ciento del tiempo era beep y ella estaba despechada por lo de Harry y le adjudicaba cualidades que no tenía.

— Tendrás que hablar con Harry — dijo.

— No, no tengo que hacerlo. Pero supongo que lo haré.

— Tienes que cerrar ese punto o tendrás que buscarlo más tarde para quitarte una adicción al Prozac — comentó él.

— Me conoces muy bien — ella le tiró un paño de cocina a la cabeza.

Él lo atrapó con la mano.

— Parece que lo has asimilado bien.

— No soy propensa a la histeria.

Draco enarcó las cejas, recordando la escena que había hecho ella cuando él había vuelto a la habitación. Había estado al borde de la histeria. Por él. Todavía le costaba creerlo.

— Bueno — rectificó ella — Si creo que alguien que me importa puede morir, eso es distinto, pero en líneas generales no soy propensa a la histeria — lo miró de arriba abajo y detuvo los ojos en la parte delantera de su pantalón — Y tú me has ayudado a superar mi dolor por el rechazo.

— Me alegro de haber servido de algo.

— Puede que no me creas en absoluto, pero casi me siento aliviada. No de que Harry sea gay y me haya engañado, eso me cuesta aceptarlo. Pero creo que los dos sabíamos que algo no funcionaba. Y cuando empecé a soñar contigo... bueno, eso hace que pienses que no estás preparada para meterte en el matrimonio.

A Draco lo sorprendía todavía haber sido el objeto de sus fantasías.

— Los sueños no son un buen indicador — musitó — ¿Habrías anulado el compromiso si Harry no se hubiera acostado con otra persona?

Hermione pensó un momento la pregunta.

— No lo sé. Espero que no. No lo odio, pero no me gusta su infidelidad ni que te haya encargado contármelo a mí.

— ¿Todavía lo quieres? Es evidente que lo has querido.

— No estoy segura — ella se tocó el punto del dedo donde había estado su anillo de compromiso — Lo quería. Y supongo que, cuando se me pase el enfado, lo querré todavía — él sintió un nudo en el estómago — Pero no como debería quererlo para casarme con él. Nos divertimos juntos, pero entre nosotros no hay pasión auténtica.
Lo miró a los ojos — No hay intensidad. ¿Me comprendes? — Draco apartó la vista. La comprendía muy bien — Harry y yo no tenemos eso.

Cierto que era una mujer adulta y podía tomar sus propias decisiones. Pero en algún punto había estado lo bastante segura para querer casarse con Harry. Él sabía de primera mano que podía ser ilógica y emocional y no quería que tomara una decisión de la que luego se arrepintiera.