Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Capítulo XVI
"Redención"
…
Al Laird que se paseaba como fiera en el corredor, sólo lo dejaron ingresar a la habitación una vez que Alice y Esme terminaron de limpiar y vendar apropiadamente a Isabella.
Les dirigió una mirada enfadada, y sus ojos se quedaron con la doncella de su esposa.
—Alice—llamó cuando se retiraban.
—Señor—respondió sin mirarlo. Parecía agotada y demacrada.
—Siéntate por favor. Quiero que me cuentes todo lo que ocurrió—por supuesto ya había oído comentarios y cotilleos por los pasillos, las murallas de piedra parecían murmurar cuando andaba por la fortaleza. No obstante, quería saberlo todo de primera fuente.
La joven asintió, apretando la falda entre sus dedos tomó asiento.
—Estábamos terminando de comprar algunas cosas que pidieron desde las cocinas, cuando comenzó a llover, fuerte. La gente se dispersó, buscando refugio y… entonces nos atacaron…
Y así continuó Alice, relatando lo sucedido con la mayor cantidad de detalles posibles. Edward notó que se crispaba en ciertas partes y parecía muy afectada con toda la situación.
— ¿No dijeron nada? ¿No pudieron identificarlos?
—No. Llovía demasiado, y estaban a cubierto.
Él asintió, aparentando una calma que no sentía. Su instinto le decía que Isabella estaba en más peligro que nunca, y quería protegerla a como diera lugar. Pero no tenía pistas, ni un inicio. No veía la conexión entre el primer ataque del clan Comyn y este nuevo asalto.
Frustrado, se levantó para alimentar el fuego.
— ¿Dispararon al azar?
Alice negó. Descartando la opción que fueran simples ladrones.
—Cuando Is… la señora quedó al descubierto, comenzó todo.
Definitivamente iban por ella. Tendría que traer a Emmett de regreso, necesitaba a sus hombres de confianza para salvaguardar la vida de su esposa. Y él era su mano derecha.
— ¿Cómo está Renesmee?
—Conmocionada, quería venir a ver a la señora. Pero no lo consideré prudente. Es mejor dejarla descansar.
Se produjo un breve silencio.
—Ella me salvó la vida, a mí y a Renesmee…yo… no supe cómo reaccionar. Lamento no…
Edward alzó la mano, acallándola.
—Isabella toma sus propias decisiones. Si eligió protegerte, y a la niña, es porque así lo quiso. No sientas culpa por eso. Sólo quédate a su lado, no esperes que te lo pida, jamás lo hará. Yo lo hago. Deposita una gran confianza y afecto en ti, no la decepciones.
Por supuesto él sabía que su mujer protegería a quienes quisiera, con su propio cuerpo si fuera necesario.
No pudo evitar sentir orgullo y temor al mismo tiempo; el comportamiento errático de Isabella podía ponerla en riesgo de perecer tan deprisa como un latido de corazón. Se había interpuesto entre la flecha y Renesmee, aceptando la herida, incluso si significaba la muerte.
Apretó las manos, al recordar sus propias palabras alentándola a ello aquella noche en la tienda.
—Sí, señor—los hombros de Alice se encontraban tensos.
—Puedes retirarte, debes descansar.
La chica asintió, deseó buenas noches y se marchó, dejándolo solo con sus pensamientos sombríos. Cierta parte de él quería encerrarla entre las cuatro paredes de una habitación para protegerla, pero eso sería otra forma de matarla.
Tratar con una mujer como Isabella era un completo desafío. Nunca sabía si obraría bien o mal, si lo tomaría como una afrenta o insulto.
Se sentó en la cama, junto a su chica de cabello de fuego. Le acarició el rostro con suavidad. Pensando en cómo del estallido tan anhelado de pasión, habían terminado odiándose.
Dobló la mano con la herida de espada, consciente que si la voluntad de la joven hubiera sido lastimarlo en serio, no sería algo tan simple de tratar.
—Tenemos tanto de qué hablar, Mo Chride (mi corazón) —le besó la frente, y luego se tendió abrigando su espalda. Abrazándola con cuidado.
Tan solo tenerla entre sus brazos, le calmó la ansiedad y el temor a perderla. Para él siempre fue alguien importante, pero hasta ahora, no fue capaz de dimensionar cuánto.
Susurró, contra su piel, promesas de protegerla con su propia vida si fuese necesario y jamás había estado tan convencido como en ese momento.
-o-
Cuando Isabella abrió los ojos, lo primero que sintió fue una sed como nunca antes. Le dolía la simple tarea de tragar. Ni hablar de intentar pronunciar una palabra. Sólo podía producir un sonido entre animal y humano.
— ¿Isabella? —llamó una voz familiar, y trató de incorporarse de prisa. Manos gentiles la detuvieron. Mismas que segundos después, le tendieron un recipiente con agua fresca.
El amargo de las hierbas ingeridas quizá cuántas horas antes la atacaba aún más. Bebió con desespero, pidiendo más en silencio.
Se negaba a mirarlo. No ahora que tenía que recuperar fuerzas, no quería ver su cara por temor a lo que pudiera sentir, y ser incapaz de huir en caso de abrumarse.
— ¿Cómo te encuentras? —interrogó luego que terminara de beber por segunda vez.
Ella se incorporó despacio, sintiendo dolor, pero decidiendo que era soportable.
—Mejor—miró el vendaje de su brazo. No recordaba nada después de la infusión, pero su piel estaba limpia. Rezó a los dioses celtas para que fuese Esme quien se encargara de la labor.
— ¿Tienes hambre? —continuó, luego de un incómodo silencio.
— ¿Dónde está Alice? ¿Cuánto he dormido?
—Con este serán casi dos días.
— ¿Dos días? ¡Dhia!
—Mi madre volvió a darte infusión la noche anterior, es por eso. No ibas a soportar dos días en cama, a menos que estuvieras durmiendo—él le sonrió, pero Isabella se limitó a verlo con seriedad. Cuando le quiso tocar la cara, se retiró con brusquedad—.No eres tú quien debería estar enojada, mujer—espetó con voz brusca, molesto e impotente por ver que nada había cambiado pese al largo sueño de su esposa—Te has expuesto de muerte, la señora de Inverlochy, usando su propio cuerpo como escudo, ¿crees que es razonable?
—No te atrevas a regañarme, ¡no soy una maldita niña ni alguien que vaya a temer de tus palabras! —su garganta resintió el tono firme que empleó.
— ¿Y tienes el descaro de alzarme la voz? Mallaichte bàs! (¡La muerte maldita!) Pudiste haber muerto.
— ¡Eso habría sido perfecto para tus planes! No finjas que te importo de algún modo, ya tienes tu alianza con el clan Swan, aún si ya no soy parte de él, tienes al maldito ejército de Charlie a tu disposición, ¡ya no soy más que tu esposa por ley! Mejor romper con esta farsa, ¡dame mi libertad!
El rostro de Edward fue de la estupefacción a la ira, sin preocuparse demasiado, se colocó sobre ella, pero la joven no cedió ni un milímetro. Sus narices estaban rozándose, cuando él habló.
— ¿De qué demonios estás hablando? —interrogó con voz contenida.
—No vas a amedrentarme con tu cercanía. Si algo me ocurre, pretendo señalarte como el culpable. Estoy herida, tus padres están aquí, sólo tendría que decir que jamás consumamos el matrimonio y pedir la anulación de esta estupidez. Ya toleré demasiado.
— ¿Y qué harás después? Tú misma has dicho que ya no eres el clan Swan, si dejas de ser mi esposa, no serás una McCullen. No tendrías nada, no pertenecerías a ningún lugar.
Las palabras de Edward fueron tan crueles y frías, que Isabella tuvo que luchar porque el escozor en sus ojos no fuera superior a la furia.
—No necesito estar atada a un hombre para encontrar mi lugar. Y si fuera el caso, ¡me casaría con cualquiera que fuera menos bestia que tú! —con la mano buena quiso darle un merecido puñetazo, sin embargo, él la detuvo. Atrapó su muñeca.
—De modo que soy una bestia, ¿no? —la forzó a tenderse y le elevó el brazo por sobre la cabeza—. Pues bien, esta bestia se ha cansado de esperar. ¿Quieres anular el matrimonio? Veremos si puedes hacerlo luego que por fin te reclame como mi mujer.
El corazón de Isabella latió tan rápido que temió perder el conocimiento. Sin embargo, esta vez no experimentaba esa sensación de secreta satisfacción al saberse en dominios de Edward. No, ahora sentía tantas cosas, que no quería esto.
Él bajó el rostro, con intención de besarla. Ella lo volvió al lado opuesto.
—Te lastimaré tanto como tú me estás lastimando en este momento—su voz sonó ahogada por las emociones que la embargaban. No podía decidir si le dolía más la herida o el que Edward no tuviera con ella las delicadezas que de seguro tendría con Angela, porque a ésa si la consideraba una mujer y no un compañero.
Apretó los dientes, luchando por no sucumbir al angustiante nudo en su garganta. Si huía, ¿a dónde podría ir? Él tenía razón, no pertenecía a ningún lugar, ¿cuándo el mundo se volvió tan sombrío y estrecho que ya no tenía espacio para ella?
Despacio, él dejó de presionarla, y sostuvo con suavidad su muñeca.
El arrepentimiento y la culpa, llenaron de vergüenza al guerrero. No podía perder así la cabeza, no cuando Isabella estaba herida, en peligro. Sus ansias de controlar sus acciones, de ponerla bajo protección le estaban comiendo el pensamiento, la razón. Y dejaba sólo sus deseos incrementados por el temor a perderla.
La miró, contraído por la gran vulnerabilidad que exhibía ese rostro bello. No pudo evitar acariciarle la mejilla con los dedos, dándose cuenta de lo frágil que era. Aun si respondía, aún si podía pelear y dirigir una batalla, seguía siendo una mujer, una persona. Y él había impuesto su voluntad, su mal criterio por sobre las necesidades de ella.
Se creía un gran conocedor de las féminas, pero no sabía nada.
—Perdóname, Mo Nighean (mi mujer) —ella pareció tensarse cuando le besó la frente—.No tengo excusa, me comporté como la bestia que has descrito. No necesitas esto ahora, se supone que debo protegerte, cuidarte en tus momentos de debilidad… y sólo te ocasiono más tormento.
Isabella volvió el rostro hacia el masculino. Irremediablemente tocada por las palabras del guerrero. Ninguno que ella conociera, aceptaría sus errores con tanto pesar y claridad, masticando el orgullo.
— ¿Por qué juegas así conmigo? —interrogó, desprovista de su natural fuerza para pelear.
—No estoy jugando, Mo Bheatha (mi vida), ¿por qué insistes en eso?
—Me sometes a la humillación y luego dices cosas como estas. No es justo, y no lo entiendo. Sé que no soy tu ideal de belleza, comprendo que mi carácter es complejo… pero no tienes por qué exponerme a la ignominia de esta manera, no en donde vivo.
— ¿Cuándo te expuesto a la vergüenza? —la miró directo a los ojos.
En un inicio, Isabella pensó en guardar silencio. Pero quería exponerlo, quería que supiera que ella estaba al tanto y que no iba a permitirlo… no bajo el mismo techo al menos. No se creía tan poderosa como para evitar que la viera del todo.
—Te oí, la otra noche… con Angela en la escalera hacia la torre.
Edward cubrió su rostro de seriedad. Confirmando los hechos. Aquello fue más doloroso que lo esperado.
Trató de apartarse, ocultando la expresión que no podía controlar. Él lo impidió, sin embargo, contemplándola con intensidad.
—No es lo que crees —le acarició la cara con los nudillos, sus ojos se volvieron cálidos, su expresión dulce.
—Oí cómo te proponía calentar tu lecho, oí cómo se besaban.
—Es cierto que eso pasó, pero no escuchaste la conversación completa.
—Ya no importa—ella trató de rehuirle. La detuvo, gentil.
—La rechacé, y le pedí que regresara a Inverness.
— ¿Y por qué sigue aquí? ¿Por qué parecía como si fueran a salir juntos?
—Sólo iba a acompañarla a elegir montura y escoltas para su regreso. Ya te he dicho que mantenemos buenas relaciones, los McCullen y Weber, debo velar por su bienestar.
Isabella guardó silencio.
— ¿Es cierto que iban a casarse?
—Ella siempre quiso eso. Por mi parte siempre la vi como un familiar.
—Un familiar que cumple con tus gustos femeninos.
Él sonrió, complacido. Era más que evidente que la joven sufría de un fuerte ataque de celos, le gustaba. Así como a él le hervía la sangre de sólo pensar en que alguien más la tocara, le sucedía a ella.
Eso quería decir que iba por el camino correcto.
—Creo que mis gustos han sufrido un gran cambio, Mo Chride (mi corazón) —le apartó el pelo de la cara con delicadeza, observándola con adoración.
Isabella también lo notó, y tuvo que concentrarse para seguir hablando. Sus ojos verdes jamás le habían parecido tan atractivos.
—¿Qué quieres decir?
—Oh, leannan (cariño)… prefiero a las mujeres de ojos dorados—le besó los párpados, haciendo cosquillear la piel de la joven—, el cabello rojizo como el fuego, caótico, libre—cogió unos mechones, que también besó con devoción—, con nariz respingada—fue el turno de esa parte de su rostro—con aroma a flores silvestres—continuó por su cuello, seduciéndola tan tiernamente que Isabella no pudo evitar darle más acceso—;delgadas, fuertes—sus clavículas recibieron la misma atención—, con pechos del tamaño justo, pálidos, coronados con un botón de flor delicado y suave—Isabella sintió que se le calentaba el rostro, al percibirlo besando cada uno de ellos por sobre la ropa.
Entonces él alzó la cabeza, mirándola con ternura y ardor.
—En pocas palabras, lass (muchacha), tú eres la única mujer a la que veo hermosa, a la única que deseo con todo mi corazón, y cuerpo.
Isabella no supo cómo responder, por primera vez, su lengua parecía haberse quedado dormida.
— ¿Te abrumé, mujer? —se burló, con gesto tierno, mientras le acariciaba el cabello—entonces creo que no te diré toda la verdad.
La joven frunció el ceño, recuperándose de inmediato.
—¿Cuál verdad?
—No creo que sea el momento idóneo para hablar de estos asuntos.
—Yo puedo decidir eso.
—Es probable, pero yo no lo diré en este momento—cuando Edward se imaginaba hablando de esta clase de cosas, siempre lo acompañaba un sentimiento de vergüenza. Sin embargo, nada en él se asemejaba en absoluto a la vergüenza.
— ¿Es algo malo? No estás jugando conmigo, ¿verdad? Porque jamás te lo perdonaría, McCullen.
Él la beso castamente. Sonriendo a continuación.
—No, no lo es—la acarició con la mirada. Adorando cada parte de su rostro.
Ella le cogió la mano que jugaba con sus despeinados rizos. Y la extendió frente a sus ojos.
— ¿Te hice mucho daño? —interrogó, observando el vendaje.
—Sabes que no—lo observó con sus ojos dorados.
—Quería hacerte sufrir, pero no fui capaz de matarte.
—Lo sé—con la misma mano, le acunó la mejilla. Y sin dejar de mirarlo, apoyó la cabeza en su palma.
Aquel simple gesto despertó tanto la ternura, como el deseo en el guerrero. Era algo tan sutil, pero poderoso que él se sintió rebosante de energía.
Significaba que lo aceptaba.
No pudo resistirse a reclamar sus labios, besándola con gentileza al inicio, pero luego con ardor. La joven pareció disfrutar del contacto tanto como él, pues fue quien profundizó el beso, apoderándose de la boca masculina. Lo sedujo a niveles insospechados, con el dulce y dominante actuar de su lengua, llevándolo a un estado de ardor imposible para él por un simple beso.
Los dedos diestros de la chica alcanzaron el cabello del hombre, y jalando de ellos logró separarlo unos centímetros de su cara. Lo miró con intensidad, con los ojos dorados oscurecidos.
—No vuelvas a besar a nadie más, McCullen, o yo misma te cortaré la lengua—advirtió con tanta vehemencia, pasión y autoridad que Edward se sintió incapaz de contradecirla.
Se limitó a asentir y ella lo recompensó con un beso que lo hizo sudar, y gemir cuando le mordió el labio. No le importaba que Isabella jugara así con él, que tomara el poder y lo sedujera a su modo. Le gustaba, lo excitaba porque el deseo era mutuo.
Las cosas escalaron de nivel, y pronto Edward se descubrió presionándola contra el colchón, besándole el cuello con claras intenciones de saciar su sed con sus pechos orgullosos bajo el fino tejido.
— ¡Edward! —oyeron de repente, ambos sobresaltados porque no escucharon pasos y ni la puerta siendo abierta.
Esme maldijo a su hijo al verlo aprovecharse de la vulnerabilidad de su esposa. Sorprendida de la clase de bestia que había criado.
— ¡Qué crees que estás haciendo! Ella no está en condiciones, ¡sal de aquí ahora mismo!
—Madre, no…
— ¡Fuera he dicho! —exclamó, iracunda y al hombre no le quedó más remedio que acatar, resoplando fastidiado.
Una vez que salió, procuró cerrar la puerta con llave
—Lamento tanto que se comportara así—dijo a la joven, mascullando otras palabrotas entre dientes.
Isabella no pudo evitar sonreír.
—En realidad, no estaba…
Ella alzó la mano, parándola.
—No lo justifiques. Es un pedazo de bestia, qué vergüenza.
Esme se parecía bastante a la Swan, después de todo. Cuando la ofuscación ganaba terreno, las procacidades fluían con un ritmo y maestría sorprendentes. Cualquiera que las oyera, procuraría cubrir los oídos de los pequeños para salvaguardarlos de la vulgaridad.
— ¿Cómo te encuentras, lass? —interrogó entonces, deteniendo la retahíla de insultos, algunos ya conocidos por Isabella y otros que se le antojaron maravillosos.
—Bastante bien. Diría que ya estoy lista para levantarme de esta cama. Y comer, estoy muriendo de hambre—cuando hizo el intento de levantarse, la inesperada fuerza de Esme la detuvo.
—No, aún no es tiempo. Es mejor que permanezcas recostada un poco más.
La joven sacudió la cabeza.
—Ya estoy bien. No fue tan grave, sólo debo cambiarme los vendajes.
—Insisto. Prefiero que descanses—ambas se midieron con la mirada, y finalmente la Swan cedió.
—Sólo me quedaré un día más—sentenció.
—Sí, claro—parecía como si Esme no lo dijera en serio. Pero Isabella lo dejó pasar, alborotada como nunca en su interior. Sentía tantas cosas diferentes, que no podría decidir cuál de ellas era mejor. La herida era una de sus preocupaciones más lejanas, o lo era hasta que Esme comenzó a retirar la tela que envolvía su brazo y fue consciente, una vez más, de su carne lastimada.
—Va cicatrizando bastante bien—comunicó la mujer, alegre porque sus cuidados surtían efecto— ¿Aún duele demasiado?
—Molesta un poco, aye.
—Te daré otra infusión, pero primero deberías comer algo. El agua no basta, y ya estás muy delgada.
La joven se sentó, dócil. Poniendo precaución en no utilizar el brazo herido, deseaba que sanara lo más pronto posible.
—Ten, come—aceptó con una sonrisa la bandeja que exhibía alimentos que se le antojaban deliciosos. Comenzó con un suculento trozo de cordero.
—No quiero seguir durmiendo durante dos días más—anunció comiendo con una calma que no sentía. Sus entrañas le exigían comer de prisa, atiborrarse hasta que sus mejillas estallaran. Por supuesto, no lo hizo. Esme se había portado excelente con ella, y no le retribuiría sus cuidados con semejante espectáculo.
—No lo harás, la infusión está más diluida. Es para facilitarte el sueño—explicó, sentándose a su lado en una silla.
— ¿Cómo están Alice, Renesmee y Quil? Espero que Edward no le haya hecho daño. Se portó a la altura; aceptó mis órdenes.
—Y es gracias a eso que están a salvo, aquí. En Inverlochy—la castaña no contradijo sus creencias. No iba a contarle cómo trataron de matarla al primer día.
El ataque no provenía de los McCullen en esta oportunidad, sino, que de alguien más. Y ella sospechaba que se trataba del clan Comyn. Los motivos, aún se le escapaban, pero estaba segura que lo descubriría tarde o temprano.
—Todos están bien. Y muy agradecidos, la pequeña quería verte, pero aún no creo que sea tan buena idea.
—Es mejor que no me vea así o podría sentirse culpable. No deseo eso. Es una niña bastante peculiar, no me gustaría que su coraje se viera empañado por una carga que no le corresponde.
Esme la escuchó en silencio.
—Eres más sabia de lo que esperaría de alguien de tu edad. Y con tu fama.
Isabella dejó de comer, para mirarla con atención.
—La gente siempre está adornando la verdad, para bien o para mal.
—A ti te ha tocado más mal, que bien.
Se encogió de hombros.
—No me preocupa esa gente. Tengo otros asuntos más importantes que atender.
—Como a mi hijo—por suerte, no estaba comiendo nada en ese momento o lo habría escupido—.Es un hombre muy fuerte y atractivo, me imagino que debe darte trabajo.
Ella no supo cómo responder a eso, de manera que guardó silencio y retomó su alimentación.
—No le permitas cosas que no quieras, hen (chica). Lo críe con principios, y un fuerte respeto hacia las mujeres… pero es un hombre, a fin de cuentas. La vida en estas tierras los estropea, los hace pensar que sus necesidades están por sobre cualquier cosa, por eso debes ser firme—transmitió con seguridad. Y la joven no tuvo más remedio que asentir.
—Sé cómo defenderme—acotó, bebiendo un cuenco con sopa que fue un verdadero agasajo para sus sentidos y estómago.
—Aye, he visto sus heridas. Has sido una rival digna, eso me tranquiliza. No tendré que cargar con el resentimiento si llegase a aprovecharse de ti.
—No creo que haga algo como eso.
—Bien, si tú lo dices, así debe ser. Ahora me retiraré, tengo asuntos que arreglar con Angela.
La chica asintió.
—Regresa a Inverness, por si querías saberlo.
—Edward ya me lo ha dicho.
—Bien—sonrió Esme, viendo a la joven comer con ansias. Le agradaba cada día más, y apoyaba con fuerza la decisión de su hijo de enlazar su vida a la de la Swan.
En cuanto Esme salió de la habitación, la joven engulló con velocidad el resto del cordero, olvidando los cubiertos. Sólo cuando sintió el estómago pesado, dejó de comer. Y vigilando la entrada, comenzó a ponerse de pie.
No fue tan fácil, pero tampoco le costó demasiado. Probó algunos movimientos con el brazo lastimado, y apretó los dientes ante el dolor, pero continuó hasta volverlo más soportable. No podría practicar el arco por unas semanas, no obstante, sabía que podría haber sido mucho peor.
Anduvo por el dormitorio, estirando sus músculos agarrotados luego de la inactividad de los pasados días. Miró por la ventana, todo cubierto de oscuridad, excepto, por las antorchas cuya luz era engullida con facilidad.
Unos golpes en la puerta, la hicieron voltear. En cuanto la puerta se abrió, la joven no supo qué decir.
Hola, hola! ¿Qué les pareció este capítulo? Me muero por saber qué piensan.
Sé que me he tardado, pero Voilá, aquí estoy jaja. Les quiero agradecer por los reviews tan lindos que me han dejado, por las alertas y favoritos. Gracias por leer esta pequeña historia que hago con mucho cariño. Por cierto… no he cambiado nada respecto a los rr anónimos, probablemente la plataforma sufrió algún problema.
Tengan la certeza que no me olvido de ustedes, pero agradezco mucho a quienes están pendientes del fanfic y esperan las actualizaciones.
Y nada, mis amores, por ahora, las dejo, pero prometo volver lo antes posible.
Un abrazote a todas, y espero leerlas pronto!
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.
