Capítulo 13
Esa noche el local de Mei aparecía bullicioso por primera vez desde que llegaran las mujeres. Los habitantes de Konoha's Valley habían vuelto a su salón, no tanto para estar con las chicas como para echar una buena partida de cartas y beber whisky con los amigos.
Pero eso no le importaba a LeFleur. Estaban allí, habían regresado tal y como ella predijera y volvía a tener clientes. Estaba sirviendo un vaso de licor a uno de los vaqueros cuando observó por el rabillo del ojo que otro más entraba en el local.
Naruto Uzumaki. Su corazón latió acelerado al ver a ese hombre avanzar con paso decidido hasta el mostrador donde se encontraba.
¡Cuánto lo había echado de menos!
—Vaya, vaya, vaya… a quién tenemos aquí —canturreó, sin poder esconder una sonrisa de felicidad.
—¿Cómo te va, Mei? —preguntó él, amable.
—Puedes verlo tú mismo, mi local vuelve a tener ambiente. Supongo que pasar noche tras noche con la misma mujer puede ser una agradable novedad, pero pasado un tiempo… Ya ves, aquí están otra vez. ¿Tú también te has cansado ya de tu dama?
Naruto esbozó una media sonrisa que consiguió que el corazón de la madame acelerase aún más su ritmo.
—No, mi querida Mei —contestó—. No puedo hartarme de lo que aún no he probado.
Ella abrió la boca y cogió dos vasos de cristal. Los llenó de whisky y colocó uno delante del vaquero.
—No me lo puedo creer… ¿no te gusta la chica? —preguntó, intentando ocultar el deje de esperanza que envolvió sus palabras—. Debo reconocer que cuando apareció aquí esta mañana pensé que te había tocado en suerte un auténtico fantoche. Pero después de arreglarse la encontré bastante atractiva. ¿No te gustó el vestido de Ino? —parecía extrañada—. No me malinterpretes. Preferiría que vinieras aquí todas las noches y que calentaras mi cama, pero en el fondo la chica me cayó bien. ¡Se la veía tan ilusionada con su nuevo aspecto! No me importaría compartirte con ella cuando…
Naruto levantó una mano para que se callara. Cogió el vaso y bebió de golpe todo su contenido antes de volver a hablar.
—Tú sabías lo que pensaría de que mi mujer usara tu baño y aun así se lo permitiste. Y, además, la dejaste salir de aquí con ese vestido tan… tan…
—¿Tan qué? —saltó de pronto Ino, acercándose a ellos. Al parecer, había escuchado el comentario del vaquero.
—Bueno, tendrás que reconocer que no es muy recatado, Ino.
Ella se puso las manos en las caderas para enfrentarlo.
—Por supuesto que no lo es. ¿Acaso esperabas que confeccionase un vestido aburrido para mojigatas?
—No sé por qué te pones así, Naruto —intervino Mei—. Tu mujer lo luce muy bien y no es indecoroso. Simplemente, resalta su belleza. ¿Acaso no quieres presumir de ella? Sin duda, has tenido mucha suerte, vaquero —aprovechó la momentánea abstracción del hombre para continuar hablando—. Y respecto al baño, no me eches la culpa. Yo le advertí de lo que podía pasar. La gente es muy mal pensada y sabía que hablarían si descubrían que había estado aseándose en mi local. Pero esa mujer es testaruda y sabe muy bien lo que quiere. No puedo culparla por querer tener un aspecto limpio y tú en especial deberías agradecerlo.
—Cielo Santo, Mei, jamás te había escuchado dar un sermón semejante a nadie —protestó Naruto, extendiendo su vaso para que se lo rellenara—. Si llego a saber esto me hubiese quedado en casa.
Con la testaruda de su mujer. ¡Sí, ya se había percatado de ese pequeño detalle! Aún tenía presente la rabia con que había recogido los platos de la mesa solo porque no había usado su nombre. Sí, tenía carácter, sin duda. Y lo cierto era que Ino llevaba razón: su vestido hacía justicia a la increíble belleza de Hinata. Todavía estaba estupefacto con lo que se había encontrado al regresar de su viaje.
¡Jamás hubiera sospechado que aquella criatura con la cara hinchada y cuerpo febril pudiera transformarse en la sorprendente mujer que ocupaba ahora su cama!
Se tomó el ardiente licor a pequeños tragos mientras meditaba.
Ellas tenían razón, Hinata se merecía un vestuario en condiciones.
Y, aunque no había querido reconocerlo ante su esposa, no quería verla más con aquel enorme vestido prestado.
— Ino, quiero hacerte un encargo —dijo al fin, apurando las últimas gotas de su whisky.
Mei y ella intercambiaron una sonrisa de triunfo.
—¿De qué se trata?
—Quiero que le hagas más vestidos — Naruto frenó el entusiasmo de la rubia, que se disponía a aplaudir su idea, levantando una mano—, aunque te agradeceré que por esta zona —añadió, señalándose el pecho— le pusieras un poco más de tela. Es cierto que mi esposa tiene unos atributos dignos de admiración, pero no me hace gracia la idea de compartirlos con nadie.
Las dos mujeres contuvieron la risa a duras penas. Mei suspiró, embargada por una ambigua sensación. Era muy interesante ver al inconmovible Naruto Uzumaki encargando vestidos para su mujer y mostrándose celoso además. Se alegró por la chica, porque sabía que el vaquero había mordido fuertemente el anzuelo. Pero, con la misma certeza, sabía también que aquel hombre jamás volvería a calentar su cama.
Una auténtica lástima, sin lugar a dudas.
Le había esperado hasta bien avanzada la noche, pero Naruto no regresó de su paseo. Al final, se acostó en un rincón de la cama, dejando espacio para cuando su marido volviese a casa. Por desgracia, se quedó dormida antes de que eso sucediera.
Al día siguiente, Hinata se despertó tras soñar con él. Estaba confusa, puesto que aunque sabía que el vaquero no merecía ser el dueño de la balanza que desequilibraba constantemente sus emociones, en realidad lo era. En el sueño, él la besaba. Algo tan simple, tan rutinario en cualquier otro matrimonio, hacía que ella despertarse con un anhelo muy profundo latiéndole en el pecho. ¿Por qué había ido a dar con el único hombre de Konoha's Valley que no deseaba una esposa? ¿Por qué Naruto no la quería?
Desde que su padre se marchó, tuvo que salir adelante como buenamente pudo. Su abuela se ocupó algún tiempo de ella, pero era una mujer mayor y una enfermedad se la llevó antes de lo previsto.
Para Hinata fueron unos años muy duros. Tuvo que vivir con sus tíos y compartir habitación con su horrible prima Hanabi, que no desperdiciaba ni un solo momento para burlarse de ella y hacerle la vida imposible. Sus tíos tampoco ayudaban, pues tenían el convencimiento de que Hinata era una lastimera carga que se habían visto obligados a recoger y con su trabajo diario —largas jornadas de sol a sol—, no bastaba para pagar todos los inconvenientes y las molestias que les causaba. En cuanto pudo escapar de la tiranía de aquella casa, en la que había llegado a convertirse en poco más que una criada para su familia, se colocó en un hotel de Saint Louis, ganándose la vida limpiando habitaciones.
Después de todo, estaba acostumbrada al trabajo duro y por lo menos allí tenía un dormitorio propio.
Hasta que un día llegó a sus manos la oferta de matrimonio de un grupo de hombres asentados en California, que esperaban buenas mujeres para formar una familia y pudiesen así ayudar a que el pueblo de Konoha's Valley prosperara. Era su oportunidad. Tendría hijos y los vería crecer en una buena tierra, próspera y rica. Tendría un marido que la llamaría por su nombre, no chica, ni muchacha, ni estorbo, ni calamidad… Estaría rodeada de personas que se preocuparían por ella y le preguntarían al caer la noche qué tal había pasado el día. Y ella se lo contaría con una sonrisa de felicidad al saberse escuchada, porque sería consciente de que a partir de entonces ya nunca más estaría sola.
Para su desgracia, nada había salido como esperaba.
Miró el otro lado de la cama, vacío. Naruto ni siquiera había querido dormir a su lado. Una prueba más de la actitud helada del vaquero que no quería una esposa y que, por lo visto, no pensaba hacer uso del matrimonio. Eso era algo que la martirizaba.
Cierto que encontraba en su marido una cualidad insensible que la crispaba como nunca antes nada lo había hecho. Y ni en sus sueños más locos habría imaginado enamorarse de un hombre tan frío, capaz de abandonar a una mujer herida a su suerte. Pero, igual que se había percatado de lo molesto que le resultaba cargar con ella, se había dado cuenta de que, a veces, él dejaba de mirarla con ese hielo en la mirada. Solo eran unos segundos, pero ella se daba cuenta. Se sorprendía por encontrar algo más que no fuese escarcha en esos ojos azules que la estudiaban con inusitado detenimiento. En esos escasos momentos lo veía como realmente era: apuesto, fuerte, con el rostro bronceado por el sol y ese gesto arrogante que lo diferenciaba de otros hombres que había conocido.
Era en esas raras ocasiones cuando Hinata se preguntaba qué era lo que su marido veía en ella, o no veía, para no querer saber nada de su persona en el aspecto marital. Ahora ya no olía mal y hubiese jurado que le agradaba su nuevo aspecto. Entonces… ¿por qué él no…? Ya le había dejado bien claro al principio que no la necesitaba para satisfacer sus impulsos sexuales, pero era de suponer que ahora que estaba totalmente repuesta acudiera a ella para aplacar sus instintos más primarios.
Tras el sueño de aquella noche, descubrió que el anhelo que prendía en su corazón iba más allá de un simple beso con su marido.
Ella quería más. Quería una vida nueva junto al hombre que había decidido casarse con ella. Y, para bien o para mal, Naruto Uzumaki había sido ese hombre. Si para lograr su beso soñado tenía que conquistarle, por Dios que lo haría. No había cruzado desiertos, valles y montañas para acabar viviendo en una casa extraña junto a un desconocido. No, de eso nada. Y daba gracias por el aspecto físico de Naruto, que le facilitaría mucho su cometido. No era lo mismo seducir al atractivo vaquero que a un patán malformado y con falta de higiene.
Uf, no, menos mal.
Se levantó y se encaminó hacia la ventana, abriéndola para permitir que la brisa de la mañana inundase la habitación. Comprobó que hacía un bonito día. El cielo estaba claro y el aire traía aroma a romero y flores de azahar. Hinata inspiró profundamente para llenar sus pulmones. ¡Ah, aquella era una tierra maravillosa! Lo notaba, sentía la abundancia de aquel verde valle flotando en el ambiente.
Desde la ventana podía ver la porción de su parcela que quedaba al este, donde florecía un bonito naranjo y varios arbustos crecían salvajes, creando una mixtura de fragancias de albahaca, tomillo y orégano. Todo era muy agradable.
—Buenos días.
Su corazón reaccionó ante la voz grave de Naruto. Se giró y lo vio apoyado en el quicio de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho, observándola. ¿Cuánto tiempo llevaba allí plantado?
Se le veía imponente, ocupando todo el hueco de la puerta. Y era tan atractivo… Hinata sintió un hormigueo en el estómago, producto seguramente de la sensibilidad que aún perduraba tras el vívido sueño de la noche. Se encontraba mucho más receptiva y los encantos de aquel hombre impactaron con fuerza en sus sentidos. Se obligó a serenarse antes de responder para que no notara la turbación que la embargaba.
—Buenos días a ti también. ¿Qué tal has pasado la noche?
No pudo ocultar el reproche de su pregunta, aunque si esperaba alguna reacción por parte de su marido, se equivocó.
—Algo incómodo, para serte sincero —contestó, con el mismo tono frío que acostumbraba.
Una chispa de decepción prendió por unos segundos en su ánimo. ¿Es que ese hombre no podía mostrar algún sentimiento, para variar? No pudo contener un agrio comentario al respecto.
—No tienes que usar la butaca del salón. Tienes una cama bien hermosa y yo ya estoy recuperada. ¿O me crees tan débil que supones que aún sigo convaleciente?
—Tienes muchos defectos, mujer, pero he comprobado que la debilidad no es uno de ellos —espetó él, sin cambiar el gesto de su cara.
Hinata apretó los dientes. Ya estaba; lo había vuelto a hacer.
Con una sola frase, había conseguido que el hormigueo de su estómago se aplacara tan de golpe como había comenzado. Seguía sin llamarla por su nombre y, para colmo, le había vuelto a recordar la multitud de fallos que poseía. Se volvió de nuevo hacia la ventana abierta para que no viera la sombría expresión de sus ojos. ¿Y había pensado en seducirle? ¡Aquel hombre era tan sensible a sus encantos como un asno!
—¿Tienes hambre? —le preguntó él, haciendo caso omiso a su indignación.
—Sí.
—Ven. Ya que te has levantado, desayunaremos juntos. He preparado algunas cosas.
Lo siguió, borrando su descontento para concentrarse en el cometido que se había impuesto a sí misma. A pesar de todo, quería que su matrimonio funcionara. Debía seducirle, por más que aquella idea le resultara tan imposible en esos momentos. Suspiró, desanimada. ¿Cómo demonios iba a conseguirlo si a ratos lo detestaba con toda su alma? Sacudió la cabeza; tenía que intentarlo, no podía conformarse con un matrimonio indiferente en el que ella no fuera más que una mujer —sin nombre, por cierto—, que habitase en un dormitorio en la casa y él un esposo dedicado exclusivamente a su manutención. Ella quería más, mucho más; y lo había descubierto gracias al sueño de aquella noche. Solo con recordarlo, volvió a estremecerse.
Se sentó a la mesa que Naruto ya había preparado. Tenían café y leche, panecillos calientes, tortas de maíz, algo de tocino frito y los restos del estofado de carne que había sobrado del día anterior. Sus tripas gruñeron ante el delicioso olor de la comida y se relamió anticipadamente.
—¿Quieres que te sirva? —preguntó, consciente de que uno de los aspectos fundamentales que los hombres apreciaban en una mujer era que se ocuparan de ellos.
—Si no te importa… —respondió él, ofreciéndole el plato.
Ella comenzó a llenárselo con un poco de todo, admirando la delicada elaboración de cada uno de los alimentos. No sería fácil complacer a un marido que colaboraba en las tareas domésticas de tan buena gana.
—¿Lo has preparado tú?
—He estado solo mucho tiempo y he tenido que aprender algunas cosas. Un hombre no puede vivir únicamente de frijoles y sopa de arroz.
—Bueno, ya no estás solo —musitó Hinata, colocándole el plato delante con un cuidado exquisito—. Te agradezco mucho este detalle; no todos los hombres cocinarían para sus esposas —luego recordó algo más—. Y también te agradezco que me consiguieras la jojoba, no creas que me he olvidado.
El vaquero mantuvo silencio tras sus palabras y Hinata se sintió algo decepcionada. Ella intentaba abrir una brecha en el muro que los separaba pero él continuaba reticente a explicar sus sentimientos. ¿Por qué cocinaba para ella, por qué le había conseguido la jojoba? Necesitaba oírselo decir y decidió azuzarle un poco más.
—Quería decirte que… bueno, que soy consciente de que he sido una carga para ti desde el principio. Supongo que te habré causado muchas molestias. Tú esperabas una mujer para que te ayudara a crear un hogar y en lugar de eso te encontraste conmigo. Pero, como te dije ayer, ya me he puesto a trabajar en el huerto y espero poder ayudarte en todo lo que necesites. Para eso vine aquí.
Él se limitó a mirarla con intensidad. No dijo nada para aliviar el pesar que detectó en las palabras de la joven.
—Comamos, que se enfría —se limitó a gruñir.
Hinata dejó ver su decepción con otro suspiro. Su tarea de seducirle iba a resultar mucho más difícil de lo que supuso en un principio.
En la cama de Mei se estaba muy a gusto y Jiraiya lamentó tener que abandonarla, pero el deber le llamaba. Jamás había faltado al trabajo, ni un solo día desde que estaba al mando de aquel rancho, y no iba a empezar ahora por más que el cuerpo desnudo de la mujer le tentara como un diablo.
—Eres mala, LeFleur —la amonestó, observando cómo ella se estiraba, perezosa y sensual—. Tápate un poco o jamás conseguiré abandonar este cuarto.
—De eso se trata, querido. Ahora que he perdido a Naruto solo me quedas tú.
Jiraiya dejó escapar una risa sincera. Aquella mujer poseía una franqueza admirable.
—Por cierto, ¿le avisaste de la fiesta que hemos preparado para esta noche?
—Sí, ayer estuvo por aquí un rato —ante la mirada interrogante de Jiraiya, Mei se encogió de hombros—. No te preocupes, solo bebió unas copas, charló con nosotras y se marchó. ¡Y le encargó un montón de vestidos a Ino!
Jiraiya rió con más ganas. Terminó de vestirse y abrió la puerta para marcharse.
—Ya sabía yo que al final acabaría aceptando a la muchacha. Se ocupará de ella y será un buen marido, a pesar de sus protestas.
—Estoy convencida —le secundó Mei, acurrucándose de nuevo entre las sábanas. Que Jiraiya madrugara para ocuparse de sus reses no significaba que ella tuviese la obligación de salir de la cama a una hora tan temprana.
En cuanto abandonó la habitación de Mei, Jiraiya se encontró en el pasillo cara a cara con Jirōbō Wyatt. Contuvo un gesto de disgusto ante el desaliñado aspecto de aquel individuo. Desde que lo contratara, no había conseguido verlo con buenos ojos y seguía observándolo de cerca. Tenía algo… no se fiaba de él.
—Patrón —le saludó, con una inclinación de cabeza.
—Buenos días, Wyatt. Hoy quiero que te unas al grupo de Suigetsu Smith en la ladera norte. Hay unos cuantos maverick nuevos que ya tienen edad de ser marcados.
—No hay problema.
El viejo lo observó partir hacia la salida y en cuanto desapareció de su vista, Marla, otra de las chicas de Mei, salió de la habitación que acababa de dejar el vaquero.
—Hola, Curtis —le saludó, con voz cansada.
—¿Cómo te encuentras hoy, querida? —le preguntó, preocupado por su aspecto.
La chica miró hacia el final del pasillo para comprobar que el hombre había desaparecido.
—Para serte sincera, estoy un poco asqueada. Ese Wyatt no es plato de buen gusto.
Jiraiya lamentó profundamente aquel comentario. No podían prohibirle la compañía de las chicas si pagaba sus servicios y las trataba bien.
—Voy a darme un baño antes de desayunar.
—Muy bien —indicó Jiraiya, colocándose el sombrero para marcharse también. Entonces, se le ocurrió algo—. ¿Has pensado en ofrecerle a ese tipo uno de vuestros baños antes de meterle en tu cama?
La chica esbozó una sonrisa amarga. Se ajustó la bata de seda y se abrazó el cuerpo con un estremecimiento.
—¿Crees que no lo he hecho?
—Y, por tu cara, diría que no aceptó.
—No todos los hombres son como tú, Jiraiya. Qué le vamos a hacer.
Quería hacer las cosas bien. Se dio cuenta en el momento en que Mei alabó a su esposa y le confirmó la suerte que había tenido con ella. Siempre había respetado la opinión de la madame y le agradaba que en esta ocasión fuera favorable respecto a Hinata.
La búsqueda de Sarada, a juzgar por la funesta mirada de Obito cuando se separaron, se había suspendido. Y, a pesar de que deseaba con toda su alma encontrar a los responsables de su desaparición, sabía que era una tarea muy complicada. Un gran pesar se había instalado en su corazón al reconocer que no tenía ninguna esperanza de encontrarlos algún día, al igual que había perdido la esperanza de hallar a la niña con vida.
Su tierna y mágica Sarada. Perdida para siempre.
Ni siquiera le reconfortaba que Hinata supiera algo de la niña.
Porque en realidad, ¿qué era lo que sabía? Que alguien se acercaba a ella con intención de hacerle daño. Aquel dato no arrojaba ninguna luz sobre su desaparición, más bien todo lo contrario. Si acaso, hundía aún más sus ilusiones de hallarla sana y salva. Y ahora que se había convencido de que Hinata no había pretendido hacerle daño al confesar aquella supuesta visión suya, no le quedaba más remedio que aceptar la sugerencia de su amigo Obito. Una esposa podía ayudarle a superar el dolor y la enorme pena que aplastaba su ánimo, le había dicho.
Por eso quería hacer las cosas bien. No quería tomar su cuerpo solo porque estuviera en su derecho; no quería que ella se limitara a servirle porque fuera su marido. Quería una compañera en la vida y una amante tierna y entregada en la cama. Pero, para ello, necesitaba primero ganarse su confianza. Ganarse su… ¿su corazón?
Naruto, que había pasado la noche en vela mirando la puerta entreabierta de su dormitorio, se sorprendió ante aquella absurda revelación. La imagen de Hinata desnuda lo torturaba desde el primer día, pero ahora, de repente, aquella idea nueva lo dejaba sin aliento. Sí, quería que ella se entregara a él como una esposa enamorada. Necesitaba saber que Hinata acudiría a él anhelando sus caricias, deseándolas igual que él la deseaba a ella. Y no únicamente por la mera obligación marital.
Aquella mañana, cuando la encontró levantada mirando por la ventana, volvió a reafirmarse en su propósito. La exquisita belleza de su esposa, extasiada admirando el paisaje, lo enervó como pocas cosas lo habían conseguido. Su larga cabellera negra caía por su espalda algo despeinada por la noche de sueño y su perfil azulado lo atraía como un cebo al pez. Sí, su mujer era realmente bella. Y aunque había llegado a él dispuesta a formar parte de su vida, no podía conformarse con la idea de que tal vez solo lo había hecho para paliar su soledad. De acuerdo, él se había visto obligado a tomarla en matrimonio por obligación y no tenía derecho a exigir nada; pero no podía evitarlo, ahora necesitaba algo más de ella. No tenía muy claro exactamente qué, pero sabía que precisaba escuchar de los labios de Hinata —tiernos labios, maravillosos—, una frase, una afirmación… algo. Algo que le confirmase que ella era especial, que era suya y que no se habría conformado con cualquier hombre. Solo con él.
En cuanto Mei le habló de la fiesta que pensaba dar Jiraiya en honor a las mujeres, supo que era su oportunidad.
Quería que le viera distinto, pretendía que cambiara toda su percepción respecto a él. Desde que había llegado, reconoció, no la había tratado con mucha amabilidad. Recordó las amargas lágrimas de desolación el día de su llegada, cuando comprendió que nada era como ella había imaginado o esperado. No había tenido una bonita boda, no había sido una novia feliz. Y tenía que resarcirla por eso.
Deseaba sorprenderla y agradarla.
Sin embargo, no sabía cómo hacerlo.
No era capaz de cambiar su actitud hacia ella. Lo había descubierto durante el desayuno, cuando ella le dedicó aquel agradecimiento por sus cuidados y él tuvo la oportunidad de aclararle que en realidad no le habían supuesto ninguna molestia; todo lo contrario. En lugar de eso, se había quedado callado y le había sugerido que comiera rápido para que el estofado no se enfriara. Era lógico que ella pensara que carecía de sentimientos.
No era así; lo que ocurría era que no sabía cómo demostrarlos.
Se quedaba atorado y su orgullo le aconsejaba ser todo lo rudo posible para evitarse el ridículo ante una situación que no se veía capaz de manejar. Nunca había tenido la necesidad de mostrarse galante con ninguna mujer. Por regla general, aceptaban su forma de ser y no pedían nada más a cambio. Una noche de pasión y, a la mañana siguiente, Naruto se deshacía de ellas con facilidad.
Lógicamente, ninguna se había convertido en su esposa. Por eso con Hinata todo era mucho más complicado.
Cuando terminaron el desayuno, le soltó de sopetón sus planes.
En el acto, lamentó haber sido tan brusco; en lugar de arreglarlo, se envaró aún más y la frustración le agrió el tono que debía haber sido amable.
—Esta noche hay un baile, ¿quieres que vayamos?
Hinata se quedó pasmada. Le miró con aquellos ojos perlas que tanto le turbaban y, tras asimilar sus palabras, una sonrisa iluminó su bello rostro.
—Sí, claro. Me encantaría.
—He pensado que sería una buena oportunidad para conocernos un poco mejor y para dejarnos ver juntos, como marido y mujer. Así nadie se llevará a engaños.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Me refiero, por ejemplo, a la impresión equivocada que le causaste a Kiba. No quiero que nadie se forme ideas erróneas contigo.
Hinata apretó los labios y Naruto se dio cuenta de que no había dicho las cosas como debería. ¡Rayos!
—Ya veo. He dado tan mala imagen paseándome por el pueblo con un vestido de ramera, que ahora quieres exhibirme vestida de adefesio, mostrando a todo el mundo que soy tu solícita esposa y que llevaré puesto únicamente lo que tú me digas.
—No es eso, mujer —la cortó él, con sequedad. En realidad, estaba disgustado consigo mismo por no ser capaz de manejar la conversación—. Quiero proteger tu reputación. Y de verdad creo que en la fiesta tú y yo podemos…
—¿Mi reputación o la tuya? —espetó ella, con los ojos chispeantes de furia.
—Mi reputación me trae al fresco. Por si no lo sabes, soy oficialmente el vaquero menos sociable de Konoha's Valley.
Hinata suavizó su gesto ante esa revelación.
—Tal vez si no te mostraras tan distante podrías cambiar esa percepción.
—¿Soy distante contigo? —se le escapó la pregunta de repente.
Los ojos perlas de Hinata destellaron con un brillo acusador.
—Tengo que reconocer que esperaba un poco más de interés por tu parte.
El vaquero se inclinó hacia adelante en su silla, para aproximarse más a ella.
—¿Sí? ¿En qué sentido?
Ella se envaró. Jugueteó con la servilleta aunque no apartó sus ojos de la mirada directa que le dirigía.
—Bueno, un marido interesado hubiese querido… conocerme un poco mejor.
El rostro de la mujer se tiñó con un rubor intenso y Naruto sintió un tirón en las entrañas. ¿Acaso le estaba reprochando que no se hubiera interesado por ella sexualmente? Tuvo que reprimir una sonrisa ante la evidente decepción de Hinata.
—Hasta ayer, siempre has estado convaleciente en mi presencia. No sé qué opinión te merezco, pero no me aprovecho de mujeres enfermas.
Hinata asintió, aceptando sus palabras como una excusa perfecta por su falta de interés. Pero aún la pinchaba una duda que necesitaba resolver.
—¿Y tú qué opinas de mí?
La risa suave de Naruto la cogió desprevenida. Era un sonido ronco y cálido; le gustó escucharlo.
—Creo que ya he comentado en numerosas ocasiones lo que pienso de ti —contestó, poniéndose nervioso. Ella lo observaba con demasiada intensidad y sabía que esperaba oír lo que un buen marido le diría a su esposa.
—Puedes volver a decírmelo —lo impelió ella, al ver que guardaba silencio.
—Mujer, eres testaruda, charlatana y bastante torpe. Después de atravesar más de tres mil millas, te caes por un terraplén antes de llegar a tu destino. No sabes coser y apenas sabes cocinar. Acudes al burdel del pueblo a pleno día y sales de él vestida como una de las chicas de Mei. ¿Aún quieres que siga?
Ella apretó la mandíbula. Cuando era capaz de mirarla con aquella media sonrisa socarrona sin inmutarse, y sin importarle lo más mínimo sus sentimientos, sentía ganas de abofetearle.
—No, gracias. No quiero escuchar más cumplidos. Me conformaré con que al menos, esta noche, retengas tu lengua cuando hables de mí a tus amigos. No me gustaría convertirme en el hazmerreír de la fiesta cuando que presumas de todas esas virtudes que derrocho.
—Te prometo que ese tipo de comentarios no saldrán de mi boca —aseguró él.
Ella se levantó hecha una furia y se encerró de nuevo en el cuarto. En el acto, la sonrisa de suficiencia se esfumó del rostro de Naruto. ¿Por qué era tan estúpido? ¿Por qué no le podía dedicar un piropo a su mujer? Tal vez así se hubiera evitado ver en sus ojos el brillo de las lágrimas a punto de derramarse.
—Eres un idiota, Naruto. Un completo imbécil —se reprochó, mirando la puerta cerrada de su dormitorio.
Continuará...
