Los encuentros sexuales siguieron dándose, pero Otabek procuró jamás besar a Yuri y este pareció aceptar en un tipo de acuerdo tácito.

Estar con Yuri se sentía bien, Otabek tuvo que reconocerlo. Tocar sus piernas sedosas, morder sus pezones, sentir sus manos tibias sobre su miembro, cuando su nombre salía de esos suaves labios, la forma en que rápidamente se habían acostumbrado al cuerpo del otro, hasta parecían disfrutar de placeres parecidos a la hora de tener sexo. La química de sus cuerpos dejaba enloquecido a Otabek.

Pero también, el tiempo de calidad que estaban juntos, hacía al muchacho sentirse ameno de una forma en la que solo sus hermanas habían logrado situarlo. Era algo demasiado puro, tan sutil y calmo, el aire alrededor de Yuri era liviano.

No supo en qué punto de sus encuentros había olvidado que estaba allí para sacarle secretos a Yuri. Y en concreto: cazarlo para matarlo.

— ¿Quieres conocer mi casa?

Yuri le preguntó un día. Otabek lo miró con detenimiento y algo de sorpresa.

— No te voy a atacar ni nada — el brujo lo miró insinuante — o quizá sí, pero de otro modo.

Otabek relajó su expresión, pero fue cuidadoso.

— ¿Para qué quieres enseñarme tu casa?

Yuri soltó otra sonrisa y desvió los ojos al suelo. El brujo jugó con el césped entre sus manos, subió y bajó sus hombros ¿acaso Yuri estaba siendo tímido?

— No lo sé... solo era una opción. De todas formas, solo Potya está allí porque no le gusta mucho el sonido del río, le da miedo el agua. Casi nunca quiere bajar por más que le pido compañía y me maúlla feo cuando le digo que está muy gorda y debe empezar a caminar más seguido. Ella solo se la pasa tirada al sol en su rincon favorito y no hace nada y... bueno, no importa.

Apretó los labios al terminar de hablar, sin atreverse a mirarlo, jugando y cortando hojitas del césped con sus dedos.

— Otabek, no te haré nada — dijo finalmente tras un incómodo silencio. Se echó al pasto, a su lado — olvídalo, ya no importa, quedémonos aq...

— Está bien, vamos.

Altin sintió algo muy parecido a la lástima al ver a Yuri desistir y escuchar su tono bajito. Pensó en la posibilidad de que el muchacho pudiera sentirse solo.

— ¿En serio?— Yuri levantó el rostro con una sonrisa animada— ¿en serio quieres ir?

No era como si quisiera con todas sus ansias, de hecho ni siquiera estaba seguro de su respuesta. La reticencia era uno de sus más grandes amigos. No obstante, quizá sí sentía un poco de curiosidad por saber cómo vivía Yuri, así que asintió el un corto vaivén.

El rubio sonrió mostrando su hilera de dientes blancos y se puso de pie, tirando de su mano para guiarlo.

— ¿Ahora mismo? — preguntó sorprendido.

— ¡Sí!

Yuri lo llevó en camino ascendente, por donde Otabek lo veía desparecer cuando sus visitas acababan y cada uno debía volver a sus hogares. Por el bosque, donde era todo más tenebroso y más oscuro por las ramas viejas y altas de los árboles que se encargaban de tapar el cielo. Había tanta maleza que Otabek no dudaba que nadie se había aventurado a ese lado del monte, ni siquiera había resquicio de un solo árbol talado.

En un sentido como arco, se acercaron de nuevo al río, pero esta vez había un pequeño sendero de rocas que permitía atravesarlo sin mojarse. Yuri lo cruzó sin ningún problema, ya acostumbrado al trayecto.

El brujo estaba hablando demasiado. Otabek ya había aprendido que cuando Yuri se hallaba excitado, agitado u otra emoción acelerada, tendía a hablar demasiado y muy rápido y nadie lo podía callar. Aunque tampoco es que le molestara, escuchar a Yuri hablar a veces era divertido porque saltaba de un tema a otro en un monólogo en el que movía las manos y sus ojos brillaban, además, su voz era bonita.

Tras el río, el camino solo era recto. Unos diez minutos así y voilà.

Si lo memorizaba así, Otabek veía aquel mapa mental como muy fácil. Lo único difícil era el inicio, o sea, llegar al río; el primer camino desde el pueblo. Lo demás hacia la casa de Yuri era pan comido.

El hogar del brujo se abrió entre un pequeño claro donde todo era color anaranjado, o eso fue la primera impresión de Otabek al ver la madera clara de la casa del muchacho y el piso repleto de hojas de árboles. El sol daba de lleno en aquel lugar y lo hacía ver como algo mágico y acogedor. Un lugar al que podías escaparte del barullo del pueblo y descansar por largos días sin hacer nada, solo disfrutando del entorno natural. El verde era algo que crecía natural por todo alrededor, era la esencia del bosque viviendo en ese lugar.

Yuri se mostraba emocionado por mostrarle su hogar.

— ¡Potya, ya llegué!— avisó cuando estuvo a tan sólo pasos de la puerta.

Otabek observó el pequeño huerto que tenía el chico casi a la entrada de su hogar, donde con indicaciones dibujadas se podía saber dónde estaban las zanahorias, los tomates, las lechugas, rábanos y las papas. Tenía algunas otras especias separadas en pequeñas macetas, como orégano, cilantro, menta, romero, etcétera.

La mullida gata de Yuri miró a su dueño desde su posición como gallina empollando desde una de las ventanas laterales, donde tomaba el sol sobre un cojín color marrón. Se estiró y maulló con desinterés al rubio, pero se puso de pie de un brinco cuando vio a Otabek. Comenzó a maullar como loca, como si pidiera explicaciones de por qué estaba él allí.

— Otabek está de visita, no es malo.— dijo Yuri simplemente, ignorando a su gata.

Potya lo observó con sus grandes ojos celestes y pareció estudiarlo de pies a cabeza. Otabek se mantuvo alerta por si se le ocurría saltar a rasguñar su cara, pero en cuanto la gatita pareció satisfecha, se volvió a recostar lentamente siguiéndolos a ambos con la mirada.

Yuri abrió la puerta de madera con una pequeña ventana redonda a la cabeza y lo dejó pasar a su hogar. Fue entonces que Otabek tuvo vista plena de lo que era el mundo del chico.

Su casa era de un piso, por fuera parecía pequeña, pero resultó ser muy espaciosa y acogedora.

En la entrada había un perchero con varios abrigos y sombreros, en el suelo varias botas desperdigadas. La ventana desde la cual Potya tomaba el sol, al lado izquierdo de la entrada, eso pertenecía a la salita; conformada por un sofá cubierto por una manta color celeste, una silla amplia y hecha de mimbre en un rincón, con dos cojines parecidos al que usaba Potya en el espacio de la ventana. Había una maceta adornando la redonda mesita de centro y una alfombra mullida sobre las lisas y claras tablas del suelo. Había una chimenea al fondo y a su lado varios trozos de leña apilados. A un lado de aquello, un librero bajo y dos estantes superiores sobre él, todos llenos de libros y cuadernos que parecían demasiado ajustados.

Al lado opuesto de la entrada, o sea, al derecho, se desprendía un pasillo iluminado con tres puertas y una entrada abierta que vislumbró era la cocina.

Yuri mantenía todo limpio y ordenado, eso lo sorprendió un poco. Su casa siempre era un campo de batalla donde los zapatos de Bibi se perdían bajo cualquier cama, Ori nunca encontraba sus medias y todos los calcetines siempre se mezclaban y a veces quedaban impares. A veces Otabek olvidaba hacer su propia cama y aunque intentaba mantener la sala limpia, se despistaba dos segundos y Bibi regaba todos sus juguetes por todos lados. Sin mencionar que era él mismo el que muchas veces olvidaba la tapa arriba del inodoro y hacía enfadar a su hermana menor (Ori, porque a Bibi parecía darle todo igual) que le decía que era un asqueroso.

— Esa es la sala — empezó a señalar rápido Yuri — esa puerta es el baño, este es el cuarto de mi abuela, que luego pasó a ser de mi mamá, pero que yo hice un estudio cuando murieron porque tenían muchos libros y hojas tiradas por todos lados. Esa es la cocina, pero no es muy importante.

Oh, Otabek lo miró de soslayo mientras seguía parloteando. Yuri había mencionado cosas sobre su abuela, pero nunca había mencionado a su madre.

Señaló la última puerta.

— ¿Y ese es tu cuarto? — preguntó.

Yuri asintió, se mordió el labio.

— ¿Quieres ver mi cuarto?

— Puede ser una opción.

Se mantuvieron la mirada, ¿estaban hablando de lo mismo? Otabek solo había dicho que quería ver el cuarto de Yuri y... oh, fue cuando se percató que eso también podía llevarse al plano sexual. Pero Yuri asintió y se mostró un poco sonrojado, tomó el pomo de la puerta y la abrió dándole vista a lo que era su espacio.

Sonrió y jugó con sus manos. Otabek no sabía si era su imaginación o ese día Yuri había estado demasiado tímido con él, ¿qué demonios le pasaba?

Le echó una mirada al cuarto del chico. Era bonito. Tenía ese no-sé-qué que a Otabek lo hizo pensar: sí, definitivamente este es su cuarto.

Las paredes eran de un anaranjado suave, su cama tenía muchas mantas aterciopeladas con un montón de cojines de todo tipo, tamaño y colores. Su ropero tenía dibujos hechos a mano de una representación del cielo, con esponjosas nubes blancas y el fondo de un celeste muy claro. Tenía un pequeño escritorio lleno de hojas blancas y papeles rayados, un tintero a su lado, un tablero en la pared con varios dibujos y un estante con muchos frasquitos de colores que supuso eran pociones o algo por el estilo; su cerebro lo clasificó así: cosas peligrosas, cosas mejor de lejos. Tenía en un rincón un caldero pequeño y el techo tenía varias estrellas desperdigadas.

Pudo imaginar a Yuri recostado, por la noche, entre las mantas, mirando el techo con esos ojos gigantes y capaces de admirar todo en silencio y con gran atención. Ese era el cielo nocturno de Yuri. El pensamiento hizo sonreír a Otabek.


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