Milady,

Ayer pasaron tantísimas cosas que no sé si me va a dar tiempo de escribirlas todas en el diario. Así que es posible que, si la entrada de hoy me queda demasiado larga, termine de escribirla mañana. Y casi será lo mejor, porque aún tengo mucho que asimilar.

Empecemos con que fue un día de colegio normal; luego teníamos entrenamiento, pero K. y yo nos inventamos una excusa para poder escaquearnos y pasar a saludar a casa de Lk.

Oímos la música desde lejos, lo cual indicaba que nuestros amigos estaban ensayando ya. Lo cierto es que había echado de menos las tardes con el grupo. Por lo general no puedo reunirme con ellos muy a menudo, y es por eso por lo que no pertenezco oficialmente a la banda, aunque Lk me lo propuso porque sé tocar el teclado. Pero es que desde que salgo con K. los veo todavía menos.

Por lo que M. me había dicho, también ellos tenían ganas de vernos a nosotros. Sin embargo, cuando llegamos M. se volvió para mirarnos y se puso pálida del susto, como si hubiese visto un fantasma.

–Ah, vaya, sois vosotros –dijo con una sonrisa forzada–. No esperaba... no esperaba que vinieseis por aquí.

Me quedé muy perplejo y algo dolido, porque no era eso lo que me había dicho el día anterior. K. se volvió para mirarme, como pidiéndome explicaciones; pero no hubo tiempo de hablar, porque M. nos empujaba hacia la puerta.

–Tenéis que marcharos antes de que os vea –nos susurró apresuradamente.

–¿Quién? –preguntó K.

–¿De qué estás hablando? –pregunté yo.

Y entonces oímos una voz conocida que me saludaba desde el otro extremo de la sala.

–¡AlterEgodeCatNoir! –llamó–. ¡Qué agradable coincidencia!

–Demasiado tarde –masculló M. entre dientes.

Y entonces vimos a L., que se acercaba a nosotros seguida de A. Sí, me refiero a L., la chica que odia a M., y sí, A. es su mejor amiga. Sabe que L. y M. no se llevan bien, pero no imagina hasta qué punto L. le hace la vida imposible a su amiga. De hecho piensa que M. es un poco exagerada.

Yo, que sé muy bien de lo que es capaz L., puedo asegurarte que no exagera en absoluto.

L. se detuvo ante nosotros y me dedicó una de sus falsas sonrisas. A K. tampoco le cae bien, así que entornó los ojos y cruzó los brazos ante el pecho sin decir una sola palabra.

L. la ignoró como si no estuviese allí y se colgó de mi brazo.

–No sabía que estarías aquí –dijo, mimosa–. ¿Has venido a escuchar la música de KS? Es un grupo muy bueno, ¿sabes?

–Los conozco, muchas gracias –respondí, cortante.

K. dio un paso al frente para encararse con L. No había manera de que ella pudiese pasar por alto su presencia, de modo que la miró y le sonrió también.

–¿Y tú eres...?

A. se dispuso a hacer las presentaciones, y justo un segundo antes de que abriera la boca comprendí por qué M. estaba tan preocupada.

–Ella es K., la novia de AlterEgodeCatNoir –dijo A., sonriente–. Creo que la conoces de antes. No viene a nuestro colegio, pero los dos entrenan juntos en el mismo equipo.

(No lo dijo con estas palabras. Mencionó específicamente el deporte que ambos practicamos pero, por si no lo habías notado antes, yo estoy evitando dejarlo por escrito en este diario porque no es muy común, y podría darte pistas sobre mi verdadera identidad).

L. no perdió la sonrisa, pero entornó los ojos.

–¿Novia? –repitió, y me maldije a mí mismo por no haberlo pensado antes–. ¡Qué... inesperada noticia! –comentó con fingida inocencia.

Todos mis amigos saben que estoy saliendo con K., pero yo no se lo he dicho a L., y preferiría que no lo supiera. Porque alguna vez ha trabajado con mi padre y tiene contacto con su secretaria, y acabará por irse de la lengua, probablemente a propósito.

Pero mis amigos no lo saben, porque creen que L. es una chica encantadora y jamás haría algo así.

–No llevan mucho saliendo juntos, pero sus padres todavía no lo saben –explicó A.–, así que tienes que ser muy discreta al respecto, ¿vale? No queremos que nadie se entere.

–¡Por supuesto! –respondió L.–. Podéis confiar en mí. Sé guardar secretos –añadió guiñándome un ojo.

M. y yo cruzamos una mirada de horror. Conociendo a L., sabemos que le faltará tiempo para contarlo.

Estaba a punto de abrir la boca para decir que K. y yo no estamos saliendo en realidad, que solo somos amigos, pero entonces ella dio un paso al frente y se plantó delante de L.

–Espero que sea verdad que sabes guardar secretos –le soltó–, porque a nadie le gusta la gente que se mete donde no le llaman.

Pero L. se rió como si no hubiese captado su amenaza (aunque M. y yo sabíamos que lo había entendido perfectamente).

–¡Tienes toda la razón! –comentó, aún sonriendo–. Pero no tienes que preocuparte por nada, K. Sé muy bien cómo debo tratar la información importante –añadió con dulzura.

M. y yo cruzamos otra mirada. Eso también era una amenaza, claramente.

Un rato más tarde, mientras nuestros amigos escuchaban la nueva canción del grupo, M. se las arregló para hablar con nosotros dos a solas.

–Lo siento mucho –se disculpó, muy preocupada–. No sabía que L. iba estar aquí, A. no me dijo que la había invitado también.

–No te preocupes –la tranquilicé–, supongo que era cuestión de tiempo que se enterara.

–Bueno, ¿y qué importa si lo sabe? –planteó K.–. Sé que haría cualquier cosa por separarnos, pero tampoco es algo que dependa de ella, así que... ¿por qué le dais tanta importancia?

–L. puede ser muy retorcida cuando quiere –explicó M.–. Y lo peor de todo es que nunca actúa de frente, así que, aunque sepas que ha sido ella, no tienes manera de demostrarlo.

–Humm –murmuró K., pensativa–. No me gusta ese tipo de gente. Hacer cosas por la espalda es de cobardes. Si tiene algo que decir, que lo diga a la cara.

–Entonces no se saldría con la suya tan fácilmente –opinó M.–. No creo que se comporte así por cobardía, sino porque le conviene. –Sacudió la cabeza–. Seguro que va a intentar fastidiaros todo lo que pueda. Tenemos que estar muy atentos.

Asentí, conforme. Como K. aún parecía dudosa, le expliqué:

–Una vez, L. consiguió convencer a todo el mundo de que M. la había empujado por las escaleras, y el director la expulsó del colegio. Incluso sus padres la creyeron a ella antes que a su propia hija.

–Cómo se puede ser tan horrible –murmuró K., indignada.

M. desvió la mirada, apenada, y me arrepentí de haberlo mencionado. Aunque todo acabó bien, al parecer es un asunto que todavía la pone triste.

–Pero al final la propia L. admitió que había mentido y el director dejó que M. volviera a clase –añadí.

–Nunca llegué a entender por qué lo hizo –asintió M., pensativa–. Quiero decir que sé por qué mintió, básicamente por que me odia, pero no sé por qué cambió de idea y decidió decir la verdad al final.

Yo sí lo sé. Es una larga historia, milady. Tal vez te la cuente algún día, pero aún no es el momento. Hoy todavía tengo un precio que pagar por todo aquel asunto, pero nadie lo sabe, salvo L. y yo.

–Lo que queremos decir –prosiguió M.– es que L. es impredecible y no sabes por dónde puede salir. Pero si la toma contigo no puedes perderla de vista, porque se las arreglará para hacerte la vida imposible cuando menos te lo esperes.

–Que lo intente –gruñó K.

–Hablo en serio, K. –insistió M.–. Por favor, tened mucho cuidado con ella.

K. se quedó mirándola, conmovida, como si aún le sorprendiera el hecho de que M. se preocupe tanto por los demás.

No continuamos la conversación, porque de pronto oímos un revuelto en el piso de arriba. Subimos las escaleras para reunirnos con nuestros amigos, que estaban observando la pantalla del móvil de A. con expresión preocupada.

–¿Qué está pasando? –preguntó M., acercándose a Lk.

Él le pasó el brazo por la cintura con gesto protector.

–Parece que hay algo atacando París... otra vez.

–¿Qué? –exclamé.

Saqué mi propio móvil y vi que, en efecto, acababa de recibir una alerta del canal de noticias. K. y yo vimos en la pantalla un robot gigante que se abría paso por las calles de la ciudad. Los parisinos huían de él despavoridos.

–¿Será Gamer otra vez? –me pregunté en voz alta.

–No lo creo, no veo pirámides negras por ninguna parte –respondió M. automáticamente–. Quiero decir... –añadió, insegura–, que es un tipo de robot que no había visto antes...

–¡Vaya! –murmuró I., uno de los chicos de la banda–. ¿Llevará una persona dentro?

–¿Quieres decir que si está pilotado? –preguntó A.

J. murmuró algo, pero como suele hablar tan bajito nadie la entendió. Nadie salvo R., que dijo:

–¡J. tiene razón, podría ser un sentimonstruo!

Mientras nuestros amigos discutían sobre la naturaleza del robot gigante que amenazaba París, yo miraba disimuladamente a mi alrededor buscando una manera de escaparme con discreción para poder transformarme. K. lo notó.

–¿Qué haces, AlterEgodeCatNoir? Pareces nervioso.

–Es que... –farfullé.

–¡Está volando! –exclamó entonces I.

Volvimos a prestar atención a las pantallas. En realidad, el robot no volaba. Había dado un prodigioso salto que lo había elevado por encima de los tejados de París...

De pronto oímos un estruendo y todo el suelo tembló. Lk corrió a asomarse a la ventana.

–¡Ha aterrizado en el margen del río, junto al puente! –anunció–. ¡Tenemos que salir de aquí!

Supongo que no hay manera de explicarte lo que pasó a continuación si no te aclaro que la casa de Lk. y J. es un barco, uno de los muchos que están atracados a la orilla del Sena. Son ya muchas pistas para que averigües su identidad y, si investigas un poco, probablemente también la mía, pero ¿sabes qué? A estas alturas me da un poco igual. Necesito escribir todo esto y, de todos modos, no tengo muy claro qué es lo que sabrás cuando lo leas, ni lo que habrás olvidado, ni lo que querrás recordar.

Así que corrimos todos hacia la salida. El aterrizaje del robot había provocado una pequeño temblor de tierra y levantado grandes olas en el Sena, así que el barco se bamboleaba a un lado y a otro. Alargué la mano para tomar la de K., pero fue la de M. la que encontré. Yo me había quedado atrás a propósito, para despistarlos aprovechando la confusión y buscar un lugar para transformarme, y me sorprendió verla allí. Esperaba que estuviese con Lk., a la cabeza del grupo.

–¡M., corre, sal de aquí!

–¡No podía dejarte atrás! –replicó ella.

Así que no tuve más remedio que salir con los demás.

Corrimos por la ribera del Sena hacia las escaleras que conducían hasta la calle. Formamos una hilera para subir. Lk. se detuvo a mitad de camino y se volvió para mirarnos.

–¡M., AlterEgodeCatNoir, no os retraséis!

K. se volvió también hacia nosotros, alarmada al descubrir que éramos los últimos. Todos nuestros amigos estaban ya subiendo por la escalera, salvo M. y yo.

En aquel momento el robot aterrizó cerca de nosotros y todos se detuvieron un momento para mirarlo, impresionados.

Y justo entonces aproveché para dar media vuelta y salir corriendo.

Mi idea era esconderme bajo el puente más cercano, que estaba a unos veinte metros de distancia. Pensaba que me daría tiempo a alcanzarlo antes de que nadie me echara de menos. Pero entonces oí la voz de M. detrás de mí.

–¡AlterEgodeCatNoir! ¿Qué haces?

¡Me había visto! Pero era demasiado tarde para rectificar, así que seguí corriendo como si no la hubiese oído. Me escondí bajo el puente y, una vez lejos de las miradas de todos, me transformé en Cat Noir.

Salí por el otro lado y me encaramé a lo alto del puente para examinar la situación desde arriba. Supuse que no tardarías en llegar, así que me preparé para hacer lo que mejor se da: distraer a los villanos para que se olviden de ti y así tengas más oportunidades de sorprenderlos.

Descubrí que mis amigos estaban ya en lo alto de la escalera, y se me encogió el corazón al ver que no habían ido a buscar refugio. Me estaban esperando a mí... y a M., que había salido corriendo detrás de mí y estaba a punto de llegar al puente.

–¡M.! –le grité desde arriba–. ¿Qué haces ahí? ¡Es peligroso!

Ella alzó la cabeza para mirarme.

–¡Cat Noir, cuidado! –exclamó.

Me volví justo antes de que el enorme robot descargara su puño contra mí. Salté en el último momento y el puño metálico se hundió en el puente, que se derrumbó bajo el impacto.

Aterricé en la orilla, cerca de M., y usé mi bastón como escudo para protegerla de los cascotes.

–¡Corre, M.! –grité.

Salté de nuevo hacia el robot y lo golpeé con el bastón para llamar su atención. Conseguí distraerlo un momento, aterricé sobre lo que quedaba del puente y me volví hacia M.

Y comprobé con espanto que no se había movido del sitio. Seguía paralizada, contemplando los restos del puente con gesto horrorizado.

–¡M., cuidado! –grité.

Pero era demasiado tarde: el monstruoso robot se había fijado en ella. Alzó la mano, y descubrí que tenía un arma acoplada el brazo. Y estaba apuntando a M.

Ella seguía sin reaccionar. Cuando por fin levantó la cabeza para mirar al robot... comprendí que no sería capaz de apartarse a tiempo.

Salté hacia M. sin pensarlo. Aterricé sobre ella y la protegí con mi propio cuerpo, rezando para que fuese suficiente como para hacer de escudo.

El rayo me impactó de pleno.

Ahora que lo pienso, podía haberme desintegrado, porque después de todo, y a pesar del traje, los portadores de prodigios no somos invulnerables. Pero en ese momento no se me ocurrió. Simplemente actué por instinto para protegerla.

Por suerte, no era ese tipo de rayo. Sentí que me abrasaba la espalda, pero aguanté como pude hasta que cesó. Después me sentí muy débil, pero aún fui capaz de abrir los ojos para mirar a M., que estaba acurrucada entre mis brazos, con los ojos abiertos de par en par.

Creo que le sonreí antes de caer desvanecido.

Lo siguiente que recuerdo es caer al agua de pronto. Eso me espabiló al parecer, porque abrí los ojos y me encontré sumergido en el Sena. M. estaba conmigo y tiraba de mí desesperadamente, aguantando la respiración todo lo que podía.

De nuevo actué por instinto. Como ya estaba transformado no podía contar con AquaPlagg, de modo que saqué mi bastón y se lo coloqué a ella en la boca para que pudiese respirar. M. dio un par de bocanadas y me lo devolvió. Respiré a mi vez porque empezaba a quedarme sin aire, pero luego me lo retiré de la boca y le insistí a M. por gestos para que lo usara ella. Accedió.

Me señaló una dirección determinada y, aunque aún no tenía claro qué estaba pasando ni por qué estábamos allí, me fié de M. y la seguí.

Buceamos hasta que llegamos a la orilla. Salimos los dos, empapados y jadeando. Tiré de M. para ayudarla a levantarse y miré alrededor.

El robot se alejaba río abajo. Mis amigos ya no estaban junto al pretil del río; debían de haber ido a buscar refugio por fin. A ti no te vi por ninguna parte, así que comprendí que tenía que seguir enfrentándome al robot yo solo hasta que llegaras.

Pero antes debía asegurarme de que M. estaba bien.

Me volví hacia ella. Estaba empapada y temblaba de frío, pero su rostro pálido y su expresión desolada no tenían nada que ver con eso. Se había quedado contemplando los restos del puente con los ojos llenos de lágrimas.

La sujeté por los hombros con suavidad.

–M... ¿te encuentras bien?

Ella intentó hablar, pero no le salió la voz.

–M-mi-mi... –empezó. Le temblaba tanto el labio que no pudo continuar. Tragó saliva y dijo por fin–: M-mi amigo estaba debajo del puente. Le ha caído el puente encima –gimió, y dos lágrimas rodaron por sus mejillas– y no he podido hacer nada...

Tardé unos segundos en comprender que se refería a mí. Como no me había visto salir de mi refugio como Cat Noir, pensaba que yo seguía allí cuando el puente había colapsado bajo el puño del gigante.

–M... –murmuré, conmovido. Le tomé la cara con las manos y le alcé la barbilla para que me mirara a los ojos–. ¿Te refieres a AlterEgodeCatNoir? Está a salvo, M. Lo saqué de debajo del puente justo antes de que llegaras. Lo he visto subir hasta la calle por otra escalera.

Me miró como si no terminara de creer lo que le estaba diciendo.

–Está a salvo –repetí, con suavidad–. Está bien, te lo prometo.

Se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez. Entonces se abrazó a mí con todas sus fuerzas, hundió la cara en mi hombro y se echó a llorar de puro alivio.

–Gracias... –dijo entre sollozos–. Gracias por salvarlo...

La envolví en un abrazo de oso para reconfortarla lo mejor que pudiese. No esperaba que se derrumbase de aquella manera, y menos... por mí, o sea, por mi alter ego. Porque no me estaba dando las gracias por haberla salvado a ella, sino... por haberlo salvado a él, o sea, a mí mismo. Parecía como si la simple posibilidad de que el robot me hubiese matado... la hubiese destrozado por dentro.

Recordé también que ella se había puesto en peligro en primer lugar por ir a buscarme. Porque me había visto salir corriendo y quería asegurarse de que estaba a salvo.

Seguí abrazándola mientras se desahogaba. No puedo explicar lo que sentí, milady. ¿Recuerdas que hace unos días te dije que nunca había estado del todo seguro de si a M. le caía bien o no? Quizá por eso me pilló tan de sorpresa darme cuenta de hasta qué punto le importaba.

Cuando me separé de ella, también yo tenía un nudo de emoción en la garganta. Le acaricié la mejilla con la yema del dedo, retirando una lágrima de paso.

–Todo saldrá bien, ¿de acuerdo? –susurré–. Ladybug y yo derrotaremos al gigante y ella lo arreglará todo, como siempre.

Me pareció que por su rostro cruzaba una breve expresión de angustia, pero desapareció tan deprisa que pensé que lo había imaginado. Ahora, volviendo la vista atrás... ya no estoy tan seguro.

Pero sonrió.

–Sí –susurró–. Ladybug lo arreglará.

Inspiró hondo. Parecía tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo... no sé cómo explicarlo. Alzó la barbilla y me miró, decidida, aunque aún temblaba como un flan.

–Entonces tendrás que ir a ayudarla, ¿no?

Te confieso que lo que más deseaba en ese momento era volver a abrazarla. Quería asegurarme de que iba a estar bien, de que volvería a sonreír. Con una sonrisa de verdad, quiero decir. Quería protegerla a toda costa, no solo de robots gigantes o malvados villanos, sino de cualquier cosa que la hiciese sufrir.

–¿Seguro que estarás bien? –le pregunté, no muy convencido.

–Sí. –Sonrió otra vez, y era de nuevo esa sonrisa sin brillo–. Gracias por todo, Cat Noir. Eres un verdadero héroe.

Sentí que el momento había pasado, así que sonreí también y le hice una reverencia.

–Siempre al servicio de todas las doncellas en apuros y especialmente al tuyo, M. Y ahora, si me disculpas...

No había dado ni dos pasos cuando ella me llamó otra vez.

–¡Cat Noir!

Me volví para mirarla. Estaba seria, pero ya no temblaba.

–Gracias otra vez –me dijo–. Por todo. De verdad.

–Para eso están los héroes –respondí sonriendo.

–Lo digo en serio –insistió ella–. Lo que has hecho hoy por él... y por mí... significa mucho para mí.

Estuve a punto de decirle que, después de todo, era mi trabajo, pero por alguna razón respondí:

–Volvería a hacerlo sin dudarlo. Todas las veces que hiciera falta.

La mirada de ella se suavizó.

–Lo sé –respondió sin más.

Cruzamos una mirada, y de nuevo tuve ganas de abrazarla. Pero me contuve.

Me despedí otra vez con un gesto y me alejé de allí.

Y bueno, qué te voy a contar. Sí que era un sentimonstruo, había sido generado por Mayura utilizando las emociones negativas de alguien que estaba muy enfadado, luchamos contra él, lo derrotamos, blablabla.

Te disculpaste por haber tardado tanto en aparecer, pero te vi seria y pálida y supuse que no te encontrabas bien. Cuando nos despedimos, me sonreíste con cariño, y no sé qué pensar al respecto. Quiero decir que me alegro de que las cosas vayan mejor entre nosotros, pero siento que todavía estás luchando en tu propia guerra y aún no me permites combatir a tu lado.

Si estás leyendo esto, supongo que no entiendes por qué hablo tanto de M. Después de todo, no es una información que vayas a necesitar si pierdes la memoria en el futuro.

Ni yo mismo lo sé, la verdad. Supongo que es porque no puedo contárselo a nadie más. Plagg dice que la mejor forma de devolverle la sonrisa a M. es regalarle montones de queso apestoso, y ahí es donde empiezan y terminan sus consejos. Y lo que ha pasado hoy en el río ni siquiera puedo contárselo a Lk., porque M. se echó a llorar delante de Cat Noir, así que en teoría yo no debería saberlo.

En realidad, todavía no sé qué ha pasado hoy en el río. Solo sé que M. sufría porque pensaba que yo estaba muerto, y la forma en que ha reaccionado al enterarse que no era así... me ha impactado mucho. En el buen sentido, quiero decir. Y no sé cómo sentirme, porque es bonito saber que le importo tanto, pero por otro lado siento remordimientos por haberle hecho creer que estaba bajo el puente, y por haberla puesto en peligro sin querer.

Después la llamé, es decir, mi alter ego la llamó para asegurarle que estaba bien, y para pedirle disculpas por haberla asustado. Y luego fui a verla como Cat Noir, para asegurarme de que ella estaba bien, pero eso ya te lo contaré mañana, porque ya es muy tarde, mañana tengo que madrugar y además... quiero dejarlo aquí, en este momento. Recordando que he podido abrazar a M. para consolarla, y lo que me ha hecho sentir.

Recordando que, por alguna razón que aún no comprendo, ha derramado ante Cat Noir todas las lágrimas que había estado reteniendo todo este tiempo. O quizá no haya sido por Cat Noir, sino por su alter ego. O por los dos, no sé.

Tengo tanto sueño que ya no sé ni lo que escribo. Te pido disculpas, milady. Mañana volveré a escribir, y espero poder tener las ideas más claras.

Siempre tuyo,

Cat Noir.