Vampiro regalado
Y después de
Al final, la cosa puede cambiar.
Algunas personas lo llaman: destino.
La guerra iba a comenzar y no iba a ser agradable.
Podía sentirlo en cada parte de sus huesos. El aire olía a machos ansiosos, viejos y jóvenes, experimentados y emocionados por la idea de vivir su primer momento. En ambos bandos iba a reinar las tragedias. Habría Lores cayendo, hembras que perderían a sus machos, jóvenes que ni siquiera podrían entender por qué sus maestros los mantenían ahí pese al terror que sentían.
Pero las órdenes ya habían sido dadas y esclarecidas.
Si el rey iba a la lucha, ellos también.
Bien, no era el rey real, no era el que gobernaba, pero sí el suyo. Ellos podían seguirle hasta el final si era necesario. Aunque no podían negar que cierta parte de su narcisismo les hacía dudar de si su lealtad era la correcta.
Y sabía que muchos de los otros machos a su alrededor comenzaron a pensar en ello cuando la presencia del auténtico rey se notó ante su llegada. El macho no era tan enorme como lo fuera su padre, sin embargo, su energía sí. Y la furia que destilaba junto a una helada frialdad aterrorizó a muchos. Varios pasos atrás y gruñidos de terror escaparon de gargantas cercanas.
Sabían bien que entrar en su campo sería un terrible error. Los fulminaría con un simple gesto de su mano. Y sin embargo, esperaban que su propio rey fuera capaz de doblegarlo.
Atobe era viejo también. Algo más que ese macho. Debería de ser respetado. Aunque para ninguno de ellos era un secreto que su brazo perdido fue a causa del rey al que habían dado por muerto. Algunos rumores bromeaban a cuenta de la fuerza de Atobe. Otros, aseguraban que eso había aumentado la locura de Atobe y sus deseos de gobernar.
Imaginaba que los que apoyaban al joven rey y heredero debían de hacerlo por respeto, por amor a la vieja sangre o simplemente, por miedo. Al fin y al cabo, muchos habían afirmado ver al hijo mayor del antiguo rey.
No era ningún secreto que Ryoga caminaba entre los pasillos del castillo. Y algunos rumores afirmaban que compartía las sábanas de Atobe. Pero no era un rumor extraño conociendo los gustos más depravados de Atobe y que lo mismo le daba un bastón que una línea entre las piernas.
La cuestión real y que muchos se hacían era el por qué el primogénito no había heredado y sí el segundo hijo. Los rumores alrededor de la vieja sangre eran inmensos y algunos, hasta demasiado fantasiosos.
Él mismo podría preguntarse el por qué, pero realmente le daba igual. Iba a luchar por Atobe hasta la última gota de su vida.
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Kaidou suspiró mientras veía a Momoshiro emocionarse demasiado cada vez que llegaba alguien nuevo al campo de batalla. Cuando Ryoma apareció, estaba muy tentado a estrangularlo un rato.
—Momoshiro —nombró Ryoma sin mirarle—. Informa.
Como si de un camaleón se tratara, Momoshiro cambió. Se pasó las manos por el cabello y asintió. En un instante, comenzó a detallar la presencia de los más importantes jefes y lores. Incluso sabía perfectamente los que todavía estaban en camino y esperaban aún.
Ryoma, sin embargo, parecía impaciente. Era natural.
Él mismo se llevó la mano a la garganta ante el recuerdo asfixiante del collar. Le parecía sentir la frialdad rodeándole el cuello, aunque fuera por poco tiempo. Si se centraba en tener mejores pensamientos podría pensar en unos brazos cálidos de los que no podía despegarse. Aunque ahora sus temperaturas fueran muy distintas.
Esperaba que se mantuviera a salvo en el castillo. No podían descartar un ataque furtivo o el hecho de que si perdían esa batalla ellas serían las siguientes. Y generalmente, nunca dejaban que otro macho elegido las poseyera, así que podía imaginarse cuál sería el resultado.
No. Si iban a luchar debían de hacerlo y ganar. Perder no era una opción.
—¿Todo este jaleo por una mujer, Echizen?
Los tres se volvieron al escuchar la voz. Una figura se abrió paso entre varios machos. Era un macho peligroso, con un aura altiva.
—Akutsu —gruñó Momoshiro dando un paso hacia delante.
Ryoma levantó una mano para retenerle.
—¿Qué importancia tiene para ti el que yo quiera pelear por honrar la sangre de mi clan?
Akutsu pareció perplejo por un instante.
—¿Has encontrado a tu prima? ¿Es por esto? ¿Están mal entonces los rumores?
—Siempre hay rumores —gruñó—. Y estúpidos que se los creen.
Akutsu le miró. Una mirada severa que marcaba territorio. Kaidou simplemente siseó como respuesta.
—Los rumores hablan de una hembra humana. La que es dueña de la llave de lo que tienes en tu cuello.
Ryoma frunció el cejo.
—¿Y?
Akutsu pareció no esperar esa respuesta. Abrió la boca. La cerró.
—Hasta donde yo sé, el rey no tiene que dar explicaciones. Si no te parece bien, todavía estás a tiempo de cambiar de bando y luchar por otra monarquía —ofreció Shiraishi, quien había estado observando calladamente, haciéndose a un lado y mostrando el castillo de Atobe—. Sírvete.
Como respuesta, el macho escupió a sus pies y le dio la espalda, volviendo tras sus pasos. Ryoma suspiró y se volvió hacia ellos.
—Tened cuidado con los desertores e infiltrados —advirtió.
—¿Va a atacar usted de frente?
Ryoma le observó durante un segundo. Kaidou comprendió.
Él no iba a estar en el césped, iba a entrar directamente. Iba a ser la carne de cañón directa.
—Iremos contigo —animó Momoshiro dando un puñetazo en su palma.
—Sí —confirmó dispuesto a ello.
—No —negó Ryoma. Rotundo—. Iré solo.
—¡Señor…! —exclamaron los tres. Algunos machos cercanos volvieron su rostro hacia ellos, curiosos.
Ryoma negó.
—Os necesito en el campo de batalla. Y esto es algo que sólo puedo hacer yo. Si matas al rey, los soldados no luchan.
—Atobe tendrá una trampa preparada —opinó Shiraishi—. No puedes esperar que nos quedemos de brazos cruzados sin hacer nada.
—¿En serio vas a estar con una mano sobre otra mientras que otro macho querrá arrancarte la garganta, Shiraishi? —cuestionó Ryoma enarcando una ceja.
Shiraishi carraspeó. Levantó su mano vendada.
—No. Es distinto a…
—No. Como he dicho, os necesito aquí. Guiar al resto de machos y sobrevivir. Él piensa que todos estáis aquí para atacar, estáis para ganar tiempo. Mi tiempo.
—Es un acto suicida —recalcó cruzándose de brazos.
—Lo sé —reconoció—. Kaidou. Has de volver. Y Shiraishi…
—Sí, lo sé —aceptó este—. Me encargaré de Nanako y de su vástago futuro para heredar el trono.
Ryoma asintió y tras darles una última mirada a todos, se volvió hacia el castillo.
Kaidou sentía un nudo en el estómago. Algo que no sentía desde hacía muchos años. Pensar en que ese macho no regresara… le daba pánico.
Y lo peor de todo es que muchas veces sus sentimientos y premoniciones acertaban.
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Desde su posición, Ryoga vio pudo ver cómo empezó. Como si una campana hubiera resonado en medio de la noche ambos bandos comenzaron a correr contra el otro y al momento de encontrarse en el centro fue el estruendo más ruidoso del mundo. Sólo podía asemejarse los cañones de guerra.
Los gritos y los destellos al morir no tardaron en hacerse presentes. En nada, una capa oscura de cenizas corrompió el aire por parte de ambas bandas. Podía reconocer la estela de los Lores fieles a su hermano, más viejos, más brillantes y más experimentados en otras batallas. Al fin y al cabo, muchos de ellos habían luchado anteriormente para su padre.
Atobe, a su lado, sonrió. Apretaba entre sus dedos el cemento de la barandilla, rajándolo con sus uñas. La hembra híbrida estaba a su lado, con su cuerpo cerca al suyo y el rostro inmune a lo que estaba viendo. Más bien, parecía estar completamente ajena a lo que ocurría.
—¿Oyes los gritos?
Ryoga se volvió hacia Atobe de nuevo.
—¿Gritos? Sí, todos están gritando ahí abajo —recalcó.
Atobe negó y movió elegantemente su mano para descartarlo.
—No, esos no. Los gritos de los soldados más experimentados que he dejado al cuidado de los pisos del castillo. Tres guardianes especiales para la barrera que he puesto para protegernos. Estoy seguro de que Ryoma aparecerá pronto.
Suspiró y retrocedió.
A lo lejos se levantó una humareda de humo. Alguno de los vampiros en el terreno podía usar el fuego como elemento. Atobe lo ignoró y se adentró en la habitación. Ryoga lo siguió y a su vez, la hembra humana. Como un perrito.
Estaba tan concentrado en querer escuchar las voces de las que Atobe hablaba, que cuando la estaca se clavó en su pecho ni siquiera se percató.
—Generalmente, estas cosas sólo funcionaban antiguamente en películas o peleas en las que básicamente se arrancaba el alma del vampiro al que quieres matar. Si eres demasiado viejo, no te hacen efecto o justamente, al contrario.
Ryoga llevó los dedos lentamente hasta ella.
—Me preguntaba qué tipo de efecto creará en ti. Me gustaría esperar, pero no tengo tiempo. Necesito que mueras antes de que él llegue, así que puse un poco de mi sangre en ella. ¿Sangre de macho viejo? Sí, cada uno tenemos una cualidad. La mía es esa.
—Tú…
—Sí, lo sé. Realmente somos inmunes al veneno, pero no al sol. Llevamos en este mundo mucho tiempo y aprendí a crear mis propios venenos y a trabajar con el sol como ayuda. ¿Por qué diablos tengo humanos trabajando para mi sin que sean sacos de sangre? Ah, sí, para que me ayuden con esto. He estado usando a muchos machos inservibles y estaba muy tentando a envenenar a tu prima también antes de liberarla. ¿Sabes qué pasa? Que sabía que el primer macho que la alimentaría no sería tu hermano, así que guardé este as en la manga a este momento.
Ryoga trastabilló hacia atrás. Su cuerpo resbaló por las puertas hasta caer. Se aferró a las faldas de la hembra humana, jadeante.
Ella no se inmutó. Ni siquiera parpadeó.
Atobe sonrió.
—Fuiste un buen amante, de los mejores que he tenido. Un juguete interesante que mantuve conmigo, preguntándome cómo podría utilizarte. Cuando me encontré con tu hermano y vi que ella estaba de por medio, sólo fue mover los hilos y, tú, como un idiota, obedeciste todo. Sin preguntar, porque esperabas que te diera un trono que ni siquiera te mereces. ¿Quién es el rey, Ryoga? ¿El verdadero rey aquí, soy yo? ¿Tu hermano?
Se acercó a Sakuno lentamente y tomó uno de sus cabellos entre los dedos.
—No, no. El mejor rey es aquel que aprende a manejar sus piezas y, con especial cuidado, su reina.
Ryoga sintió las cenizas en la boca.
—Le tienes tanto miedo que tenías que planear algo tan rastrero…
—¿Miedo? ¿A tu hermano? —ironizó—. Es sólo un cachorro dando gigantes pasos con torpeza.
—Mientes —negó sacudiendo la cabeza—. Le temes. Y haces bien.
Atobe estalló en carcajadas.
—¿Por qué voy a temer a un rey muerto? —cuestionó levantando la única mano—. Sólo tengo que ser paciente antes de ver cómo cae a mis pies.
Chasqueó los dedos antes de desaparecer.
Ryoga bufó de dolor. Justo antes de que la vista empezase a oscurecerse, la puerta se abrió.
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Ryoma se detuvo en la entrada al ver el panorama ante sus ojos. De un rápido vistazo mientras se limpiaba los restos del último vampiro contra los pantalones ya manchados de otros restos. El bloqueo había sido una mierda inesperada que le había quitado mucho tiempo.
Pudo notar la estela de Atobe desaparecer unos segundos antes.
Ryoga estaba recostado contra las puertas del balcón y un reguero de sangre oscura hasta sus hombros. La estaca le atravesaba el pecho y apestaba a veneno. Retrocedió un instante para recomponerse.
Entonces, la vio. Al lado de su hermano y con el rostro impertérrito. Parecía que toda aquella calidez que la había distinguido se había extinguido por completo. Incluso podía ver leves gotas de sangre en su labio inferior.
No se movería de al lado de Ryoga aunque extendiera la mano.
—Llegas tarde… hermanito.
Ryoma pudo sentir la agonía en su voz. Le quedaba poco tiempo.
—Libérala.
Ryoga esbozó una sonrisa sangrienta.
—Libérala —exigió una vez más.
—Parece mentira, hermanito, que no seas consciente de quién eres.
Ryoma no comprendía sus palabras.
—El poder que tienes, es el tipo de poder que Atobe teme. Ha movido estas cartas y esperaba que con mi muerte, la perdieras a ella. Sin embargo… se olvida de cosas tan importantes como que eres capaz de desarrollarte a medida que el tiempo pasa. Es algo lógico que madures con la edad. Eres algo superior a un Lord como él.
Ryoma avanzó hasta arrodillarse junto a él. La humana sólo movió la cabeza para seguirle con la mirada.
—No lo volveré a repetir, Ryoga —advirtió. Pero su hermano sólo sonrió cansado.
—Ni yo tampoco: eres el rey.
A la vez que Ryoga expulsaba sangre por la boca ella se arrodilló, llevándose las manos a la cabeza. El grito se le clavó hasta en el alma.
Se olvidó de su hermano, cuyo cuerpo comenzaba a desintegrarse lentamente, cenizas oscuras, podridas.
Más tarde podría pensar alguna frase de tristeza hacia él, en ese momento, no.
El collar apretó su cuello. Por un instante, el dolor impidió cualquier acción por su parte, hasta que ella gritó una vez más.
Abrió los ojos y la buscó con la mirada. Sus colmillos se alargaron.
Eres el rey.
—Perdóname por esto.
Y mordió.
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Estaba acurrucada en un rincón en medio de la oscuridad. No comprendía qué estaba sucediendo. Su mente estaba bloqueada por completo. No podía regresar a ninguna parte y tampoco sentía la necesidad de que alguien la necesitara. Ni siquiera su cuerpo.
Cada bocanada de aire le rompía el alma y el frío era intenso. Había dejado de tiritar pero continuaba sintiéndolo, profundo, calando hasta sus huesos.
Apenas podía incorporar un sabor a su mente que no fuera metálico, algo que le revolvía considerablemente el estómago y, aún así, no podía expulsarlo ni de su mente ni de su boca. Había llegado a salivar ansiado que regresara cuando consiguió olvidarse de él, asqueándola profundamente.
Sólo podía recordarle a la sangre.
No quería pensar en ello de nuevo. No quería reconocer lo que ocurría, la única locura que se le venía a la mente.
No.
Ella era una humana.
O quizás ya no…
Su mente no había borrado lo que había sucedido, el vano recuerdo de lo que pasó. Los colmillos atravesando su piel, la ponzoña entrando en su interior y quemándole todo el cuerpo. Ahora, ese recuerdo era añoranza y a la vez, dolor. Un dolor asfixiante que le estrangulaba el corazón, como si acabara de perder a alguien amado repentinamente y no comprendía bien a quién ni por qué.
También, vagamente, recordaba a su vampiro intentar salvarla, sus palabras y era todavía más nostálgico. Si lo pensaba detenidamente, sentía como si llevara años sin verle, sin escuchar su voz. ¿Qué tipo de tonalidad tenía? ¿Masculina? ¿Con un deje femenino?
¿Cómo era el tacto de su piel? ¿Suave? ¿Marfil y frío? ¿A qué olía? ¿Tierra de tumba? ¿A hombre? ¿A anciano?
Dios santo, lo echaba de menos. Demasiado. Más de lo que jamás habría pensado.
¿Acaso no había estado muerta de miedo con él? ¿Acaso no había sido simplemente un juguete, un banco de sangre, mientras que él se enfocaba en salvar a otra mujer?
Y, sin embargo, añoraba eso.
Cerró los ojos, apretando sus párpados lo más que pudo. Quería rememorar su imagen, recordarse cómo era, intentar diluir las sombras para enfocarse en aquel macho vampiro del que prefería pensar, al que prefería antes que aquel dolor inamovible.
Y como si la oscuridad fueran tupidas cortinas se separaron.
Vio una sombra altiva caminar hacia ella, translúcida. Lo primero que vino a su mente fue que se trataba de algún tipo de fantasma y retrocedió.
—No te asuste —dijo la voz. No era la que recordaba, la que quería ver—. Soy lo último que queda de mí en ti antes de desaparecer. Soy el macho que te convirtió en lo que eres ahora mismo. Pero no te asuste, otro macho te salvará y sabes bien quién es. Porque estás clamando por él en tu interior. Incluso ahora en medio de tu miedo no puedes evitar pensar en él.
Jadeó.
—Sé que te doy pánico ahora mismo, lo siento. También siento lo que te hice. Caí en una trampa ansiando algo que no era mío como un tonto. Como una mariposa que se empeña en aferrar una luz imposible de poseer. Sólo fuiste un daño colateral, pero aún así, no tenía derecho a hacer lo que hice. Supongo que cuando uno muere es cuando se da cuenta del mal que ha hecho en su vida. No te pido que me perdones, realmente eso no cambiaría nada para mí ni para tí, sólo te pido que vivas y cedas a lo que es inevitable.
No comprendía del todo esas palabras. Se clavaban en su cabeza como si alguien estuviera pinchando con agujas en la parte trasera de su nuca.
—Él te necesita más de lo que cree. Yo creé esa oscuridad suya sin quererlo y eso, es lo que Atobe teme. Si quieres vivir tranquila, has de liberarle. Es una bestia, pero tendrás que pararle.
La figura avanzó más, arrodillándose a su lado. Pudo verla más clara, reconociendo al vampiro que la atacara.
—Por favor, usa tu corazón. Termina con esto. Será un buen rey. Con humanos y con vampiros. Cree. Sigue tu instinto y… tu corazón.
Luego desapareció.
Un rugido posesivo rompió todo en mil pedazos. Y de estar en un lugar apretado, encerrada, pasó a estar en una enorme habitación, con su cuerpo siendo firmemente estrechado. Sentía el tirón en su cuello y la boca presionando su cuello ávidamente.
Desvió la mirada y reconoció aquellos cabellos, la forma de su cuello y hombros y el collar. Alargó las manos y lo tocó. Un suave empuje que rasgó por completo en millones de pedazos el collar. Vio la otra figura enfrente, con la estaca en alto detenerse. Los ojos se le abrieron por completo y tan pronto como estaba sobre ella, el vampiro se movió contra el otro.
Ryoma fue rápido y letal.
Le arrancó la estaca de las manos a Atobe, tirándola contra la cama. Todo cuanto tocó, se fundió hasta prenderse fuego. Asustada, retrocedió.
Abrió el balcón y salió, apoyándose contra la balaustrada.
El terreno era un caos completo. LLeno de cenizas, manchas oscuras. Del cielo caía una lluvia oscura que, al alargar la mano se percató de que eran muchas más flotando. Los gritos, los rugidos. Sus ojos parecieron agudizarse y reconoció a Kaidou, lleno de manchas oscuras luchando. A Shiraishi, a aquel vampiro pelirrojo que los recibiera aquella noche y a otro macho vampiro moreno unirse a él.
Los dos bandos parecían haber tenido pérdidas importantes y estar cansados. Nunca habría imaginado que eso fuera posible.
Vampiros agotados. Era hasta irónico.
Sus oidos parecían haberse vuelto más sensibles así como su olfato.
Se volvió en redondo al escuchar el gruñido de dolor y recordó la batalla que estaba sucediendo a su espalda. Ryoma y Atobe continuaban enzarzados en gruñidos, puñetazos y arañazos. Por un instante, le pareció que eran como dos gatos en medio de una batalla por poder. Y realmente era así.
Lo más extraño es que pudiera seguir sus movimientos. Se preguntó si con el paso de la batalla los vampiros se volverían más lentos.
—Llegamos justo al punto candente.
Dio un respingo y retrocedió.
Había otro macho vampiro en el balcón. Uno que parecía incluso más viejo y peligroso que los que había visto hasta ahora. Ni siquiera Atobe se asemejaba en algo. Permanecía cruzado de brazos, con una chaqueta amarilla colgando de sus hombros y llevaba el cabello algo largo de un azul extraño, apretado contra la cabeza por una cinta. A su lado, sobre lo alto de la balaustrada, otro vampiro permanecía impertérrito, mirando hacia abajo. Parecía incluso más serio que el que estaba junto a ella y, sin embargo, el primero le daba la sensación de peligro.
—Echizen no debería de jugar con juguetes rotos mucho tiempo —ironizó mirándola—. Supongo que tú eres la hembra que ha escogido. Interesante. ¿De qué clan eres?
Sakuno parpadeó sin comprender.
Vio su mano moverse lentamente hacia ella y sus dedos ahuecarse para tomar su mentón pero antes de que lograra su acción, otra mano lo retuvo, seguido de un grito de dolor que fue apagándose lentamente.
—Ah, majestad. Justo a tiempo.
—Yukimura —nombró Ryoma. Su voz fue ronca. Tenía manchas oscuras en las mejillas y de sus colmillos goteaba sangre negra.
—¿Has terminado de jugar? —preguntó el otro macho indiferente, mirando por encima del hombre del rey—. Has alargado demasiado esto. Sanada.
El otro macho se movió y desapareció para regresar arrastrando el cuerpo de Atobe. Le quedaba algo de vida, pero esta estaba extinguiéndose ya.
Se preguntó cómo era capaz de saberlo. Hasta ahora, no se había considerado capacitada para entender algo así y, sin embargo, lo absorbió como si fuera algo natural de toda su vida.
—¡LA GUERRA HA TERMINADO!
La voz seca del macho clamó alrededor del castillo. Los machos fueron deteniéndose, primero con curiosidad y, después, entre vítores y lágrimas de derrota. Muchos machos desaparecieron al instante en que vieron el cuerpo de su anterior amo. Otros, simplemente, se arrodillaron y dejaron el destino a su suerte. Muchos clanes fueron postrando las rodillas.
Atobe gruñó una última vez antes de desaparecer en minúsculos trozos de ceniza, danzando junto a los que ya revoloteaban el aire.
Sanada se sacudió de los dedos los pocos restos que quedaron. Se percató que algunos de los machos que habían estado luchando junto a Kaidou y Shiraishi llevaban colores llamativos como los ellos dos y que empezaron a acercarse a otros para saludar y, tres de ellos, intentaban detener a uno que todavía gritaba en busca de más emoción, con el cabello intercalando en diferentes tonalidades y ojos rojos.
Ryoma gruñó y le soltó en un gesto seco para asomarse. Rápidamente pareció comprobar a los machos que respetaba y a los demás.
—Aquellos que se nieguen a postrarse para él, que demuestren su desacuerdo ahora que estáis a tiempo —rugió Shiraishi desde el centro del campo—. Si no es así.. ¡Arrodillaros ante el rey!
Uno a uno, los vampiros fueron haciéndolo. Incluso los dos que estaban junto a ellos en el balcón. Sakuno observó la escena atónita. Podría haber sentido el corazón latirle en la garganta de la emoción, excepto que había dejado de sentirlo.
Jadeó. No logró nada.
Temerosa, miró su mano y luego, la guió hasta su pecho.
—Ups, parece que va a entrar en shock.
Ryoma se volvió rápidamente hacia ella. Al contrario que el resto de vampiros él sí parecía ser más rápido, más ágil, pese a que un momento atrás había visto su pelea, se percató de que simplemente se había tomado su tiempo en matar a Atobe, probablemente, en algún tipo de venganza personal. ¿Por su hermano?
Empezó a boquear sin resultado y cuando levantó los ojos hacia él, estaba entrando en pánico.
¿Era ella la que debía de detener a Ryoma? ¿A qué se refería Ryoga? ¡Ella era la que estaba entrando en un caos completo!
—¿Qué ha pasado…? —exclamó.
Ryoma apretó los labios en una fina línea. Fue el otro macho el que habló.
—Que te has convertido en vampiro, querida.
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Cuando la puerta se abrió las hembras vampiras estaban ya con los dientes fuera y listas para cualquier ataque, sin embargo, cuando el olor de Shiraishi y muchos otros machos emparejados les llegaron, el terror cambió al puro alivio.
Siendo una hembra de tan poco tiempo apenas había estado consciente de que su fuerza había roto uno de los largos candelabros de oro y que al ver a Kaidou, demacrado y con aspecto cansado, su mundo acababa de pasar de gris a colores en un instante.
Avanzó hacia él a rápidos pasos, esquivando otras parejas y familiares que se unían en ruidosos abrazos que sonaban como placas de metal encontrándose. Si ella misma hizo ese ruido no le importó. Sólo podía pensar que finalmente podía estrechar a su macho entre sus brazos, besarle y que ya nada importaba.
Excepto una cosa más, por supuesto.
Cuando se separaron y ambos se cercioran de estar a salvo, no pudo contenerse.
—¿Y ella?
—Está… viva —respondió él sosteniéndola del talle para que no se alejara—. No puedes verla. Aún no.
Tomoka parpadeó para intentar disipar cualquier enfado que estuviera creciendo en su interior. Ser tan temperamental con su dosis de fuerza nueva no era nada bueno.
—¿Está alimentando al amo? —cuestionó. Comprendía la intimidad que había en esa parte.
Kaoru negó.
—Es algo más complicado. Sólo has de tener algo de paciencia.
—¡Sabes que yo no tengo de eso!
El macho sacudió la cabeza.
—Por una vez, tenla.
Tomoka siseó entre dientes.
—Ya la tuve cuando alimentaste a Nanako.
Él siseó como una serpiente entre los dientes.
—Vale, vale. Lo intentaré. Pero es que me muero de ganas de verla y…
—Tendrás mucho tiempo después para eso —aseguró él dando un rápido vistazo por el lugar—. ¿Ha venido alguien aparte de nosotros?
—No —contestó—. Aunque por suerte, muchas hembras respetan a Nanako mucho. Casi hubo un motín con algunas de ellas. Querían ir a pelear y otras.. de repente han desaparecido. De imprevisto.
Kaoru cabeceó lentamente, pasándose una mano por los cabellos. Lo llevaba tirante hacia atrás, seguramente, porque debería de haber usado el pañuelo que llevaba atado alrededor de su brazo.
—Muchos machos han muerto hoy y algunos de ellos eran los creadores de las hembras que escogieron para toda su vida.
Tomoka tomó aire, aunque no le hiciera realmente falta. Una costumbre humana que tardaría años en perder.
—Comprendo.
—Yo… —susurró—. Creí que pasaría. Tenía un mal presentimiento —confesó entre dientes.
Por supuesto. Si el rey moría, ella también. Y Kaidou, quien nunca experimentó un temor como aquel durante toda su vida como vampiro, acababa de despertar el sentimiento más terrorífico que puede acoplarse en su corazón: La muerte de un ser amado por encima de todos los demás. Era algo que los vampiros sólo experimentaban con su pareja para siempre.
Tomoka sintió que todo el mundo desaparecía. Tomo al macho entre sus brazos y lo besó, tan profundo como pudo, tan pasional y tan lleno de sentimiento que supo que eso iba a durar por infinito tiempo.
—¡Eh, buscaros una habitación!
Kaoru se movió un poco y por el rabillo del ojo vio que había levantado el dedo corazón hacia Momoshiro, quien sonreía con An de su brazo.
La hembra humana no había demostrado tener miedo de las demás y menos de ella. Más bien, al despertar, le había dado un gran abrazo y besó repetidas veces sus mejillas, agradeciendo que continuara viva. Tomoka había querido disculparse con ella y su vampiro, sin embargo, An no había querido escuchar sus disculpas e imaginaba que su macho tampoco.
Y eso, de algún modo, aliviaba las culpas.
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Sus dedos tamborilean por encima del reposabrazos antes de irse a sus labios. Ryoma lo observa en silencio. Sabe que es un vampiro tan viejo como su padre, cerca de su hermano, quizás, pero su inteligencia y maldad van cubiertas por una sonrisa siniestra y una habilidad que le revuelve el estómago.
Lo que menos quiere en ese momento es tener una conversación con él. Hay muchos otros asuntos que resolver, pero por encima de otro hay uno más importante en esos momentos que le gustaría estar tratando más que una reunión con Lores que no iba a llevar a ninguna parte. Aunque no estaban todos presentes, por supuesto.
A parte de Yukimura, que le había seguido de regreso a su castillo con una inquisidora mirada, Shiraishi, quien se había asegurado de que su hermana estuviera a buen recaudo, Kaidou y Momoshiro, que se unieron a ellos tras asegurar a sus hembras, sólo dos o tres más permanecían presentes, curiosos por lo mismo que Yukimura.
—Así pues; una hembra humana.
Ryoma tuvo que hacer su mejor esfuerzo por controlarse.
—Sí —respondió cambiando de postura en el sillón. Nunca en su vida le había parecido más molesto.
—Has cambiado una pura sangre por una hembra humana —recalcó, como si los demás no hubieran escuchado su informe.
Deseaba tanto gruñir, volatizarlo, enviarlo de regreso a su castillo de una patada en su trasero, que hasta le parecía estar babeando de deseo.
Yukimura miró a los otros machos, como si esperase que se unieran a su sarcasmo, estudiando sus rostros.
—Oh, venga ya —dijo—. Esto no ha ocurrido nunca en la casa real. Además, estamos hablando de una humana que pasó a ser un híbrido enfermo y finalmente, una vampira.
—Eso sólo nos confirma que el rey presente es realmente el heredero del trono. Ha sido capaz de utilizar su propia ponzoña para convertir a un híbrido que habría terminado convirtiéndose en un desecho en una vampiresa que bien podría pasar por una pura —puntualizó Shiraishi. —Como añadido, déjame decir que quien tenía esa capacidad era su hermano mayor, Ryoga, al que Atobe asesinó. Tenemos pruebas de que anteriormente algunos híbridos fueron abandonados en la ciudad en busca de nuestro rey y que fue Ryoga el causante. Los vampiros que teníamos custodiando cualquier ataque extra por parte de Atobe en las ciudades, nos han confirmado que tras su muerte ellos también han perecido.
Yukimura entrecerró los ojos.
—Sigues siendo un mayordomo muy aburrido, Shiraishi —protestó.
—Sólo hago mi trabajo.
Yukimura se encogió de hombros.
—En realidad, eres un Lord, podrías darle la patada al rey y vivir tu propio condado, tener tus sirvientes y no…
—Estoy donde quiero estar —interrumpió Shiraishi—. Algunos vampiros viejos seguimos chapados a las antiguas leyes y nos va bien. ¿Acaso quieres terminar como Atobe?
Yukimura entrecerró los ojos. Por un instante, la habitación se congeló. En cualquier otro momento, si hubiera estado más relajado quizás, habría perdido el sentido de la vista, del oído, probablemente el olfato.
Se levantó y caminó hasta aferrarse de su hombro.
—Hoy ya hemos tenido suficientes muertes y una guerra. Muchos estamos tensos y cansados y tenemos muchos otros deseos que continuar peleando en vano sólo para divertirte, Yukimura. Así que detente.
Impuso su voluntad sobre la de él.
Se dio cuenta que le empezaba a gustar su evolución. Por un gesto conocido se llevó la mano hasta el collar sin encontrarlo. Sakuno lo había roto en mil pedazos sin percatarse de ello y esa libertad era… maravillosa.
Echó las manos hacia su espalda cuando Yukimura se calmó. Shiraishi, quien se había levantado y llevado su mano hasta la vendada, se sentó con una disculpa.
—Dentro de tres días convocaré al consejo para, no sólo anunciaros el nuevo señor que ocupará el lugar de Atobe y sus tierras, sino también la organización de mi nuevo reinado. Y, también, confirmaré si la hembra que he escogido por encima de una hembra de pura raza, la cual escogió a otro macho, me acepta o no. Espero que esa vez te presentes, Yukimura.
El vampiro anciano tardó sólo tres segundos en afirmar.
—Sabes que estoy algo enfermo por mi edad, pero estaré aquí.
—Bien.
Hizo un gesto y el vampiro, junto a sus hombres y su segundo al mando desaparecieron. Los otros machos fueron desapareciendo, obedientes.
—Caray —exclamó Momoshiro—. Creo que tus poderes han aumentado. ¿Fue sencillo la lucha contra Atobe?
Ryoma intentó hacer memoria.
En el momento en que Sakuno le había liberado todo había cambiado. El mundo a su alrededor, el poder que irradiaba por su cuerpo, sus sentidos. Fue capaz de predecir a Atobe, de moverse al compás de sus gestos, lentos y aunque letales, aburridos. Se percató de que era una batalla claramente a su favor. El poder había estado a punto de írsele de las manos cuando la escuchó a ella y sintió la presencia de Yukimura.
Atobe fue fácil de detener y Yukimura también.
Con el collar no se había percatado de hasta qué punto había mejorado con el paso de los años.
Había sido capaz de usurpar la ponzoña de otro macho incluso. ¿Qué más podría hacer? Por un instante, mientras los machos iban marchándose y antes de materializarse en la habitación donde ella esperaba, sopesó la idea de comprobarlos.
Podía ser un tirano. Podía ser un buen vampiro.
O podía ser un término medio.
Pero cuando entró en la habitación y vio sus ojos, comprendió que después de todo, sólo podía hacer una cosa y era poner el mundo a sus pies.
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Algo más había cambiado y no era sólo ella.
Pudo notarlo nada más que entrase en la habitación y se quedase de pie, como si le diera tiempo a reaccionar, a moverse. No era para menos. Horas antes había entrado en pánico y casi había destruido la habitación que perteneciera a Atobe mientras los recuerdos iban apareciendo sin cesar en su mente, organizándose como si de un puzzle se tratara. Era algo que claramente no iba con ella, en el pasado nunca se habría sentido de esa forma y menos, habría dañado la propiedad de alguien por la furia y la impotencia.
Más bien, sentía que los años que había pasado bajo el yugo de sus padres y siendo la perfecta señorita Ryuzaki habían quedado muy lejos. Y, sin embargo, en esos momentos se sentía como alguien capaz de simplemente demostrar su feminidad y encandilar con un simple gesto de su mano. Como si pudiera comerse el mundo.
Pero había otra cosa que llamaba su atención y era lo consciente que estaba siendo con ese macho. Sí, hasta ahora había sido muy difícil no serlo, pero había pasado de simplemente a aceptar lo que estaba por venir que el hecho del presente de desear que ocurriera lo que hiciera falta.
—Supongo que estarás enfadada.
¿Lo estaba? Se miró las manos, las uñas, luego las ropas. Nada más regresar Ryoma había ordenado que le dieran la ropa que gustase llevar y quemasen la que Atobe le había puesto. Lo agradecía. NO había escogido algo llamativo, la novedad no la hacía sentirse tan descarada.
Y más que enfadada, se sentía estafada.
—Tú no querías transformarte en lo que eres ahora —recalcó él como si fuera capaz de leerle la mente.
Tuvo que darle la razón. Asintió y caminó lo más lentamente que pudo hasta la cama para sentarse. Ryoma la siguió con la mirada. Podía notarla sin siquiera tener la necesidad de mirarle. Desde que había despertado, sentía que estaba mucho más enlazada a él que antes y, ahora sin collar, le parecía un macho todavía más increíble que antes.
Libre, especialmente.
—¿Qué somos exactamente ahora? Porque tú eres libre, no me necesitas. Me alegro que seas libre —confesó—. Pero hace que me cuestione en qué punto me encuentro.
El vampiro macho se lamió los labios antes de moverse hasta el sillón frente a ella. Pasos lentos, torpes, como si quisiera asegurarle que no iba a tomar ningún tipo de acción hacia ella. Se sentó y se tocó la boca con los dedos antes de hablar.
—Somos todo y a la vez nada —respondió—. Yo no te cree, pero te salvé. No me convierte en tu creador como con Osakada, por ejemplo —explicó—, pero tampoco alguien lejano como hubiera sido de otro modo. Claro que de no haberte salvado estarías muerta tras la destrucción de Ryoga.
Sakuno asintió, asimilando ese hecho.
—Mi creador está muerto. Ryoga vendría siendo algo así como mi padre. ¿Verdad?
—Sí —confirmó.
—Esto te convierte en mi tío o algo así.
Ryoma parecía estar sonriendo cuando su boca se estiró levemente, mostrando sus colmillos, ahora más anchos y largos que los que recordaba.
—No tenemos ese tipo de cosas entre nosotros —dijo—. Si Ryoga hubiera sido de otra forma, si todo hubiera sucedido de una manera menos… drástica, igualmente, no serías nada mío. Sólo la criatura de mi hermano. Tomoka no sería nada de él tampoco. Las hembras son libres de escoger con quién moverse y a quién amar. En nuestro caso… sólo soy el que te terminó de ayudar en convertirte en vampiresa y no quedarte en un híbrido sediento y asesino sin escrúpulos, que es lo que estabas siendo. ¿Lo recuerdas?
Asintió.
Recordaba levemente las cosas, pero estaba segura de una cosa: había atacado a Tezuka. Sintió un cosquilleo en su boca, como si fuera capaz de recordar el sabor de su sangre.
—Él… ¿está bien?
Ryoma cambió de postura, claramente incómodo.
—Está vivo y por ahora, humano.
Sakuno ladeó la cabeza.
—¿Por ahora?
Él carraspeó.
—Nanako se ha… encaprichado con él… para toda la vida.
Sakuno encontró aquello demasiado irónico. Ryoma había estado buscando a su prima incesantemente, exponiéndose incluso al peligro y arrastrándola a ella consigo. Había seguido un rastro falso y sufría por cada decepción. Y ahora, ella escogía a otro macho por encima del amor que sentía él por ella. Era trágico también.
—¿Te sientes bien?
La pregunta le sorprendió tanto que no pudo esconderlo.
—¿Por qué no debería de estarlo? Ella es libre de escoger. Además…
Hizo una pausa demasiado larga, llamando su atención.
—No, nada.
Sí, había algo más. No, no iba a presionarle. Las palabras que el fantasma de Ryoga le dijera seguían latentes en su memoria.
—Voy a tener que alimentarme de otros humanos...
—No necesariamente, si encuentras un macho.
Su voz sonó ronca, arrastrándose contra su garganta. Le recordó a cuando le conoció y lo poco que hablaba de sí mismo. Claro que la forma de mirarla era muy distinta a ese entonces.
—Además, tenemos donantes anónimos y el castillo cuenta con una buena despensa de ello. No pasarás hambre.
Sakuno cabeceó.
—Eso… por supuesto, si quieres quedarte —recalcó con un carraspeo a la vez que volvía a cambiar de postura.
—Yo… —balbuceó. Realmente no había nada que la invitara a marcharse y tampoco para quedarse. Bueno, quizás Tomoka, pero claramente esa hembra ya había hecho su nido de amor propio y no la seguiría—. No me importa quedarme. Especialmente, hasta que pueda controlarme.
Recordaba lo sucedido en la habitación.
—¿Por qué me dejaste destruir todo aquel lugar?
—Porque lo necesitabas —respondió encogiéndose de hombros—. Los recién nacidos son mucho más poderosos y si se descontrolan, es mejor tenerlos controlados. Era mejor que destruyeses paredes y muebles a personas o vampiros. ¿No crees?
—Sí… Aunque todo parece tan lento que no me doy cuenta de qué hago.
—Te enseñaré todo eso —prometió levantándose. Caminó lentamente hasta ella, extendiendo una mano—. Te mostraré qué es ser una vampira hasta que lo controles sin necesitarme y también te alimentaré hasta que encuentres un macho adecuado para ti. Eso lo menos que puedo hacer para…
—No necesitas disculparte —interrumpió tomando aquella mano lo más delicadamente que pudo. Él soportó la brusquedad de su gesto—. Yo también hice mal. Juzgue todo sin saber, grité, lloré, pataleé y hasta fui egoísta al negarme a ti… a hacer tratos contigo y… No quiero seguir en eso.
Era también algo de ironía que hubiera estado tan en contra de convertirse en el monstruo que había estado pensando que eran y, que en esos momentos, sin embargo, fuera el lugar en el que deseaba estar.
La vida terminaba dando muchas vueltas y cuando menos lo pensabas, algo cambiaba. Incluso una mirada, una sonrisa o simplemente, el gesto de sostener otra mano en las suyas.
Un día, encuentras un hombre en tu cama, descubres que es un vampiro y te ves inmersa en ese mundo. Derramas sangre, sudor y lágrimas. Sólo puedes ver el lado negativo de todo aquello hasta que, te percatas que estabas mirando al lugar equivocado, que sólo había que moverse a otro lado para poder ver de forma correcta y más clara lo que realmente sucedía.
También descubres que aquellos sentimientos contra los que estuviste luchando todo el tiempo están más arraigados en ti misma de lo que esperabas.
Ves a la otra persona con colores que mucho antes no eras capaz por culpa de la oscuridad que el terror te daba abrirte y, también, porque él mismo te aterrorizó sin tregua alguna. ¿Acaso terminaban siendo alguna clase de personaje masoquistas en esa vida? No lo sabía, pero sí que había pasos que eran irremediables dar y que muchas veces, necesitabas tener paciencia para que el cielo se abriera.
Aunque en ese momento, de abrirse el cielo y dejar entrar la luz, ella dejaría de existir.
Su nueva vida consistiría en vivir lo que hasta ahora le había parecido aterrador como algo que la acompañaba de la mano. Vivir la noche, aprender a cazar pero disfrutar de la comodidad del nuevo mundo. Aprender a controlar su fuerza, poder sostener un recién nacido entre sus brazos sin lastimarle. Aprender qué clase de poder secreto poseía.
Ryoma iba a educarla en cada uno de sus pequeños pasos. Descubriría que los vampiros eran mucho más que simple chupópteros de sangre o los demonios de aquellas historias paganas o literatura romántica cliché.
Entendería que podía disfrutar de muchas de sus aficiones de humana con mucha más tranquilidad que antes y que ahora, abrazar a otros como ellas podía crear un sonido que le parecía hasta maravilloso.
Tendría un sinfín de lectura y conocimiento y hasta podía aprender ese idioma que se le resistía. Comprendió las jerarquías y también, el ritual para que un macho se convirtiera en un Lord. Asistió a la primera boda vampírica y a otra en un vampiro y una humana.
Y aprendió a pelear. Era mucho más divertido de lo que pensaba con sus nuevos poderes y era maravilloso no tener que contenerse con Ryoma. El vampiro era más resistente incluso de lo que le había parecido y que ambos no se agotaran llevaba a largas horas y días de entrenamiento que terminaba por unificar lo que ya sabía.
Porque todo aquel aprendizaje la llevó a comprender y aceptar una verdad que había ido ocupando lentamente su mente y, aunque ahora no latiera como antes, su corazón.
Estaba, desde la punta de los dedos hasta las raíces de su cabello, enamorada de Ryoma.
Por más que intentaba echarle la culpa, comprender que era él el causante de su nueva vida a la que su mente humana se arraigó en pensar como una maldición, no podía. El odio quedaba erradicado por completo.
Se percató de que seguirle con la mirada era su hobby favorito, escuchar su voz hasta el punto de esconderse detrás del trono a ojos de los demás y centrarse en él mientras hablaba o daba órdenes, era maravilloso. Aunque luego tenía que huir cuando Shiraishi la descubría y regañaba. Fue por eso que terminó haciendo una buena amistad con Kintarou, algo cómplice en sus fechorías.
La amistad con Tomoka continuó, aunque esta estaba más enfocada en la vivencia con su macho y en ser mimada a más no poder por él. Y An, a la que hacía tiempo que no veía, la recibió con los brazos abiertos, pero no podía alejarse de su marido. Algunos vampiros continuaban recelosos ante la idea de que la comida caminase del brazo de uno de ellos y hasta tuviera más nivel social que ellos, al fin y al cabo, estaba casada con un Lord.
Las demás vampiras que hasta ahora la habían tratado fríamente y más de una querido arrancarle la garganta, pasaron a respetarla poco a poco y hasta convertirse en buenas cotillas. Shiraishi, quien parecía un estirado vampiro macho terminó siendo mucho más divertido y siempre tenía cosas interesantes que contar, especialmente, información acerca del rey.
La educó, sin embargo, en historia vampírica y aunque lloró lágrimas de sangre, no cesó hasta que comprendió y entendió todo el pasado. Aunque fue interesante en algunas partes, especialmente cuando llegó el momento de aprender acerca de los padres de Ryoma y Ryoga.
Nanako, por su parte, le había agradecido muchas veces el luchar contra la cabezonería de su primo y lograr mantener con vida al hombre del que estaba enamorada. Tezuka se había disculpado con ella a su manera y también, agradeció mantenerlo con vida, sin embargo, no aceptó una disculpa por haberle atacado. Eso fue mucho antes de que Nanako lo convirtiera y que Ryoma lo convirtiera en acontinuación.
Parecía que ambos machos habían dejado atrás las rencillas y que Ryoma aceptara a Tezuka como el macho perfecto para su prima.
La relación entre ambos primos le parecía cálida y respetuosa, especialmente, desde el enlace entre Tezuka y ella. Sakuno esperaba que Ryoma demostrara algún tipo de sentimiento a cuenta de perder a la hembra por la que había movido cielo y tierra, sin embargo, sus palabras fueron inesperadas.
—Tardé en darme cuenta que ya la había encontrado.
Cuando Sakuno quiso indagar más, Ryoma ignoró cualquier ataque interrogativo por su parte. Así que simplemente le quedaba sacar conclusiones.
Muchas eran las hembras que deseaban llamar la atención del rey desde entonces. Las que solían aparecer en busca de asilo, acompañar a sus progenitores para alguna reunión o humanas que suplicaban ser convertidas para casarse con él.
Ryoma las había despachado con una paciencia inimaginable.
Aunque luego no tardaba en refugiarse con ella en el tejado para respirar algo de aire fresco y aliviarse de tal presión.
—¿Por qué tanta presión con esto? —cuestionó ella uno de esas veces.
—Porque soy el rey. Debo de tomar una reina y traer un heredero.
Sakuno había parpadeado con cierta inocencia.
—Ahora eres libre, deberías de estar disfrutando.
Él la había mirado por un instante y ella tragó, sintiendo mariposas en el estómago. Ya debía de saber que ciertos gestos humanos no eran necesarios y, aún así, los seguía teniendo.
—Dije algo inadecuado. ¿Verdad?
—No —negó rascándose la barbilla—. Simplemente es un sueño. Ahora que he vuelto no puedo hacerlo. Hay muchos vampiros que no están conformes y otros, que siguen presos de esos seres. He de organizar una guerra contra ellos y no sé si es correcto o no. He de erradicarlos para controlar mi pueblo pero…
Sakuno comprendió.
—Destruir el enemigo natural de algo podría crear una sobrepoblación —terminó por él. Ryoma asintió—. El problema es que no os erradica, os mantiene como si fuerais animales.
Él estudió su rostro aquella vez y Sakuno pudo ver cierta melancolía y entonces, comprendió.
—Nos. Lo siento.
Él llevó una mano hasta su cabeza y la dejó un momento ahí. Y fue un gesto maravilloso. Quizás, con quien más tenía Ryoma paciencia era con ella misma.
Al menos, al contrario que el resto de vampiras o humanas, podía ocupar un lugar especial en su corazón y en su tiempo.
—Has de buscar un macho adecuado para ti.
Sakuno se estremecía cada vez que escuchaba esas palabras, vinieran de quien vinieran. Aunque de quién más le dolían era del mismo Ryoma.
Siempre las dejaba caer cuando ella estaba con la guardia más baja, sorprendiéndola. Alguna que otra vez había sentido que sus ojos le fallarían y se echaría a llorar. La única manera de evitarlo era sonreír y fingir interés en otra cosa.
Eso generalmente provocaba que Ryoma frunciera el ceño.
Cada vez era peor. Al parecer, la ansiedad de Ryoma de encontrarle el macho correcto era tal que gruñía cada vez que lo ignoraba.
—¿Las hembras han de buscar un compañero urgentemente o son libres de mantener el tiempo que quieran su soltería?
Recordaría la cara de Shiraishi por mucho tiempo. Las cejas levantadas y los ojos muy abiertos. Su boca inclinada y abriéndose lentamente. Incluso estuvo a punto de tirar la copa de sangre que había estado sujetando durante un rato entre sus dedos antes de tomársela.
—No sé si he comprendido bien —contestó—. Pero las hembras de nuestra especie son libres de escoger el macho que deseen y en el momento adecuado. Dada nuestra longevidad no es necesario que sea lo más rápido posible, pero sí el indicado. Hay muchos falsos enamoramientos por la costumbre de experimentar ciertos placeres y suele confundirse y convertirse en obsesión. ¿Por qué lo pregunta?
Sakuno le había explicado lo que ocurría con la idea de conseguir más respuestas a sus dudas, pero Shiraishi sólo sonrió y finalmente, se tomó la copa de un rápido trago.
—Le contaré algo, señorita —dijo—. Cuando Ryoga apareció para secuestrarla, el amo entró en un bucle de oscuridad y furia. Se encerró y si no llega a ser por el regreso de Nanako no habría salido. Y, también le diré que nunca ha perdido tanto tiempo con otra vampira que no fuera un familiar. Por favor, saque sus propias conclusiones.
¡Eso no era justo! Podía sacar tantas que eran infinitas.
Lo único que se le ocurrió fue recurrir a Nanako.
La hembra la escuchó con mucha paciencia, sonriendo de vez en cuando y otras, frunciendo el ceño. Era hermosa. Podía comprender perfectamente qué viera Ryoma en ella, qué hiciera que se enamorase de ella siendo un niño y por supuesto, que Tezuka también la escogiera.
—Ryoma es un macho complicado que le da vueltas a las cosas y a veces, no sabe cómo actuar o comportarse. Si tuviera que pelear, tener una reunión o incluso una clase, lo manejaría mejor que el tema social. Era la clase de niño que se dormía bajo los árboles para escabullirse de las clases o que se subía a los tejados y se acurrucaba detrás de la chimenea. Si no, se iba a jugar con un viejo gato que teníamos de mascota. Es un caso esquivando los sentimientos.
—Suena adorable.
—Lo era. Pero ya es un macho adulto y debería de ser capaz, aunque tenga miedo. Pensé que cuando se enterase de mis sentimientos por Tezuka todo sería un caos y, sin embargo, el caos estaba organizándolo por otra mujer. Incluso… —dudó. Suspiró y luego se encogió de hombros—. Bueno, creo que Tezuka me perdonará.
—¿Sobre qué?
—Tres días después de vuestro regreso de la guerra, Ryoma prometió informar a los Lores acerca de si la hembra que había escogido le había aceptado o no. Cuando Tezuka se unió a ellos le explicaron que todavía no había confirmado eso y que se ponía de un tedioso mal humor cuando alguien preguntaba.
—Entonces… —farfulló. Le dolía el pecho—. Entonces, todavía siente algo por ti.
—No, el dijo, y palabras textuales de Momoshiro: por encima de una hembra pura.
Nanako le sonrió, la tomó de las manos y dio unas palmaditas sobre estas.
—¿Qué tal si le enfrentas? Pregúntaselo cara a cara y expón tus sentimientos. Creo que es lo mejor. Habéis pasado por mucho y estoy segura de que por entonces te daba mucho miedo, rabia, incomodidad y frustración. Es hora de que pongas los puntos sobre las íes.
Nanako la soltó.
—No quiero excusarle, pero permite que te diga que te diga que fue muy temperamental por miedo a mi pérdida. Ahora, estoy seguro que bajo esa insistencia teme perderte a ti.
Sakuno no podía dejar de sopesar todo cuanto llevaba aprendiendo, no sólo de la cultura vampírica, si no de Ryoma y sus sentimientos. Era cierto que siempre había parecido un puzzle complicado cuando realmente era más sencillo de completar de lo que parecía. También debía de reconocer que comprendía la ansiedad que experimentó hacia Nanako, al fin y al cabo, ella misma vio en sus propias carnes que aquella vida no era un camino de rosas, especialmente con un collar rodeándote el cuello.
—Ahora que lo pienso… rompí el collar en medio de mi transformación. Si llego a dejarlo más tarde… él estaría muerto. Actué instintivamente, supongo. Eso quiere decir que por entonces yo ya…
Sonrió. A sí misma, a su descubrimiento. Al destino. Lo que fuera exactamente que moviera los hilos.
Y corrió por el pasillo. Podía haberse transportado frente a él, sabía que estaba leyendo en su dormitorio algunos documentos para la siguiente reunión con los Lores, pero necesitaba sentir la brisa contra su piel, reírse como una colegiala mientras se levantaba las faldas, subía las escaleras y esquivaba a la servidumbre. Shiraishi, quien salía de la habitación le sonrió y sostuvo la puerta.
—Buena suerte.
Cuando la puerta se cerró tras ella le dio las gracias mentalmente.
Ryoma se había remangado para no mancharse los puños de tinta y sostenía una pluma entre los dedos con al que estaba escribiendo un nuevo documento. No levantó la vista de las hojas pero sabía que era consciente de su presencia por la forma en que su nariz se arrugó y el ceño se frunció.
Cuando dejó la pluma, se echó hacia atrás para mirarla.
—Desde que me convertí has estado haciéndome la misma pregunta —comenzó antes de que él hablara—. Recomendándome que debería de buscar un buen macho, el macho perfecto para mí. El idóneo. Aquel al que mirase y comprendiera todo de mí. Aquel del que quisiera saber más y más. Con el que seguramente querría despertarme cada anochecer durante toda mi vida.
Él cabeceó silenciosamente. Pudo ver que sus dedos se apretaban contra el escritorio un instante antes de buscar otra postura más cómoda.
—¿Lo has encontrado? Has tenido mucha libertad por el castillo para hacerlo —recalcó. Pudo notar un deje tirante en su voz. No pudo evitar sonreír.
—Sí.
Él tomó su tiempo antes de continuar.
—Bien. Dime quién es. Os apoyaré monetariamente en la boda. Te daré tu dote y también os pondré honorarios para siempre. Un surtido de sirvientes y os buscaré un hogar cerca de aquí. Si es un buen partido, le convertiré en Lord. Y si es humano, mis colmillos están a tu servicio.
Su voz era monótona, como si estuviera en una reunión aburrida. Era la marca de indiferencia más sutil que podría conocer, aunque su mirada estaba torva y sus ojos brillaban de una forma posesiva.
—Al principio no le toleraba. Más bien, no tenía ni idea de qué hacer con él. Me asustaba un poco y encima, era mi responsabilidad. Con el paso del tiempo fui descubriendo cosas más aterradoras y también buenas, como que es fiel, leal, algo tosco y frío, torpe y puede dormir mucho. Es muy poco hablador y realmente sólo se le suelta la lengua cuando tiene que hablar de negocios o cuando le sacas la conversación. No es aburrido pese a eso. Es cuidadoso y paciente conmigo.
Ryoma gruñó levemente, sus colmillos se alargaron y tomó la pluma entre sus dedos para distraerlo.
—Sólo necesito el nombre, no una descripción de lo fantástico que es —espetó.
Sakuno no pudo evitar sonreír.
—¿Seguro? —La mirada en sus ojos delataba lo muy al límite en que se encontraba. Esperaba tener suerte—. Oye, cambiando un poco de tema. ¿es cierto que cuando me secuestró Ryoga te encerraste en el dormitorio y no dejabas entrar a nadie? ¡Podría haberme muerto!
—¿Qué tiene que ver eso? —cuestionó poniéndose en pie. Sabía que mentalmente estaba deseando matar a Shiraishi.
—¡Ryoma Echizen! —exclamó.
—¿Qué? —ladró tirando la pluma contra la mesa—. Sí, mierda, eso sucedió. ¿Y qué?
Se pasó una mano por el cabello, frustrado. Volvió a tomar la pluma.
—Dime el dichoso nombre.
—Ryoma Echizen —repitió poniendo las manos tras su espalda.
Él levantó la cabeza para mirarla.
—¿Qué? —repitió fastidiado—. No voy a responder a nada más.
Soltó una risita, dando unos cortos pasos hasta llegar a s altura. Se apoyó contra el escritorio y aprovechó su altura para, de puntillas, buscar sus labios. Un casto beso. Él podría haberse apartado perfectamente. No lo hizo.
Movió la mano hasta quitarle la pluma. La puso sobre el papel más cercano y movió la mano.
—Ryoma Echizen.
Él parpadeó. Durante un segundo parecía estar completamente perdido. Después, sus manos se movieron hasta asirla de las axilas e incorporarla. La puso de rodillas sobre la mesa, como si de una niña pequeña se tratara y presionó su boca contra la suya.
Y cuando estaba disfrutando de lo profundo del beso, la implicación y la cercanía de una unión completa, él se separó.
—Espera —susurró—. No puede ser. Yo fui un…
—Sí, lo fuiste —reconoció—. Pero también me salvaste muchas más veces de las que creo incluso. La sociedad y mi miedo, la venta y la corrupción que hay tras todo eso. Fuiste mi vampiro regalado pero estaba muy equivocada. No fue Tomoka quien me hizo el regalo, si no tú, al existir. Es complicado. Ni yo misma esperaba esto y sin embargo, siempre fue. Parece que soy masoquista.
—Bueno, tampoco eres de piedra —recordó.
Sakuno rememoró algunas de las peleas, algunos de los momentos tensos entre ellos y fue correcto. Debían de estar ahí para ser lo que eran ahora.
—Pues tendrás que aguantar más de ellos —puntualizó—. ¿Estás dispuesto?
—Eso debería preguntarlo yo —corrigió encogiéndose de hombros —. ¿Sabes que al emparejarte conmigo serás reina?
—Estoy educada para la alta sociedad —recordó—. Aunque sabes que lo aborrecía bastante, es diferente. Creo que será diferente.
—¿Por qué?
—Porque esta vez, tú estarás de mi mano.
Le tomó la mano izquierda entre las suyas y sonrió.
—¿He de decirlo de algún modo?
Él sacudió la cabeza.
—Al cuerno lo correcto cuando estemos a solas.
La tomó de la nuca y esa vez, su boca fue atrapada bajo la suya. Y sí, la magia funcionó. El maravilloso enlace del que Tomoka le había hablado, esa forja especial entre ellos, el vínculo final.
Ryoma Echizen, vampiro macho, rey y heredero, el más poderoso de su generación: era suyo. Y ella, sólo una humana transformada: era suya.
FIN
Nota:
Vampiro regalado ha terminado, pero no te lo pierdas que queda un epílogo que saldrá el año que viene y con ello, se finalizará.
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