—Más de lo que querría admitir—

XII. Prejuicio

TinaCeballos

Edición: Aslaug

Loreley se levantó temprano para recaudar el dinero de las prendas que había decidido subastar, después de su correspondiente lavado y puesta a punto. Sin embargo, su humor empeoró considerablemente al darse cuenta de que la gran mayoría no se habían vendido, aunque los precios estuviesen por los suelos.

—La mayoría de estos conjuntos aparecen por aquí a cada hora. —se justificó el encargado. —Si quieres deshacerte de ellos, ¡dónalos a la Caridad!

En silencio, recogió las prendas sobrantes en una bolsa y se dirigió hacia la pequeña oficina de Caridad. Bolsas con ropa idéntica a la suya, en diversas tonalidades y tallas, estaban cubriendo casi la totalidad del suelo; por aquí y por allá había varios familiares echando un vistazo a las prendas, removiendo todo a su paso, supervisados bajo la atenta mirada de la niña que se encargaba de todo. Al entregar sus pertenencias con cuidado, se fijó en un bonito sweater azul que colgaba de una percha, en una esquina cercana.

—Ese tiene un pequeño costo. —mencionó la pequeña, apareciendo de repente a su lado.

Una vez entregadas las respectivas monedas, se dirigió con su nueva adquisición hacia la biblioteca. Loreley no trabajaba en los invernaderos ni como alquimista, por lo que no estaba atada a ningún horario estricto como el resto de aprendices; al haberse ofrecido para echar una mano en la biblioteca, al no pertenecer a Eel propiamente, se encargaba de realizar la limpieza, mantenerla organizada y realizar el Test de las guardias, contando, a mayores, con la libertad de aceptar misiones o administrar su tiempo libre a placer. Aquel día todos estaban ocupados con la salida de Miiko, por lo que, al tener el día libre, decidió entrar a la biblioteca a leer, la cual permanecería cerrada hasta la mañana siguiente.Después de un buen rato leyendo uno de sus libros favoritos de cuentos, los de los hermanos Grimm, la puerta sonó tras de ella.

—¡Está cerrado! —gritó desde su asiento, sin girarse.

—¡Soy yo, Lore! —le respondió Alajéa desde el otro lado, con voz entrecortada por la falta de aire. —¡Ábreme, por favor! Ha pasado algo importante.

Loreley se incorporó rápidamente y cruzó la habitación en unos segundos, accionando el pomo y dejando entrar a la sirena, que estaba pálida y empapada en sudor.

—Se supone que debería estar cuidando de Colaïa y de Scree, pero he estado ocupándome de varias misiones de mi guardia para ganar algo de dinero extra. —hizo una pausa, y su rostro se ensombreció. —Ellas estuvieron echando una mano en la cantina, por lo visto estropearon la salsa y dejaron las verduras mal peladas, ¡Karuto me está buscando ahora mismo para cortarme la cabeza!

—¡Lo siento! —dijo su amiga, aguantando la risa. —Quizás debería haberle estado echando un ojo a Scree en tu lugar.

—No, no te preocupes. La verdad es que pensé que juntas no lo harían tan mal, además de que no tenía pensando retrasarme tanto con las misiones.

—Siento que es mejor que te ocultes en la biblioteca hasta que Karuto se tranquilice y descargue su ira. —comentó Loreley, reconfortándola. —De esta manera no te tocará la peor parte. Por cierto, —se aventuró. —¿qué eso de que te has confesado a Nevra?

La sirena enmudeció, desviando la mirada ligeramente incómoda.

—Bueno, a veces hay que hacer ciertas cosas para cerrar un ciclo. —se miró las manos. —No es que yo hubiera tenido una oportunidad con él, pero realmente nunca llegué a confesarle lo que sentía. Estoy quedando con otras personas, pero no dejaba de compararlas instintivamente con él. —levantó la mirada, con determinación. —Así que comprendí que una parte de mí no había aceptado renunciar a él, así que decidí tomar las riendas y declararme. Ahora me he rendido definitivamente, además de que estoy completamente centrada en los pedidos de Ezarel, ¡ya sabes cómo se pone si no trabajas a su manera!

—¡Has hecho lo que tenías que hacer! —Loreley sonrió, apoyando una mano sobre la de su amiga. —Debió de ser muy difícil para ti dar el paso. Las personas suelen malinterpretarte a veces.

—Eso es porque soy una sirena, y suelen desconfiar debido a la fama traicionera de mi especie. —se hizo un silencio. —De todas formas, por más chismes que inventen sobre mí, sólo me importa lo que piensen mis amigas.

—Eres una chica fuerte, Alajéa.

—Tú también. —respondió esta, sonriéndole con dulzura. —¡Esos cuentos son horrendos! —exclamó de repente, al darse cuenta del libro que su amiga tenía en el regazo.

—¿Horrendos? —Loreley contempló el ejemplar de los hermanos Grimm, sin entender bien a qué se refería la sirena.

—¡Nunca entendí como en tu mundo se pueden escribir cosas tan feas! —exclamó, arrebatándoselo y abriendo las hojas sin delicadeza. —En Caperucita Roja, el lobo le da de comer a su propia abuela recién cocinada, lo que la hace volverse adulta para poder violarla. ¡Es espantoso! —su amiga frunció el ceño, extrañada. —En la Bella Durmiente, su hijo le succiona con la boca la aguja envenenada clavada en su dedo, y en Blancanieves, ¡dulce Oráculo, esa es la peor de todas! Sabías que ella...

—¡Ya entendí! —la cortó Loreley. —Lo que pasa es que en la actualidad se modificaron los cuentos de forma que sean apropiados para los niños. —esta vez fue Alajéa quién se mostró incrédula. —En Caperucita Roja, el lobo se traga a la abuela y se disfraza para hacerse pasar por ella, pero la niña lo descubre con el leñador, por lo que le abren la barriga, sacan a la abuela, se la llenan de piedras y lo tiran al río.

—No me convence, sigue pareciéndome demasiado grotesco.

—Tienes algo de razón. —sonrió su amiga. —No ha sido el mejor ejemplo, pero sin duda no tiene comparación con la versión original, que parece que es la que tú has leído.

—Espero que mis hijos nunca lean ese tipo de libros. —comentó la sirena, arrugando la nariz. —Ese otro libro de leyendas, el que a veces sueles leer, muchas de ellas son reales e incluso diría que situaciones comunes en nuestros días. ¡Son mucho más adecuadas!

—¿En serio? ¿Cuáles exactamente?

—Bueno, las adivinas que leen la suerte, por ejemplo. No estoy seguro de que sean precisamente hermanas del Oráculo como indican los libros, pero no suelen fallar en sus predicciones, que son escasas y muy codiciadas por las cortes reales actualmente. —Loreley se levantó hasta el estante para recoger el libro y lo abrió con delicadeza, contemplando el hermoso dibujo de esas mujeres. —O por ejemplo, la poción de Amoraura, que es fácil de obtener mezclando caramelos de Amora con otros componentes alquímicos comunes.

—¿¡Esa poción es real!? —exclamó Loreley, anonadada.

—Por supuesto, son las que fabrica tu guardia durante San Valentín. —respondió Alajéa, con una sonrisa traviesa. —Aunque estoy segura que ese día no prestaste la suficiente atención.