Cuando Naruto alzó la vista, vio a lord Orochimaru inclinado sobre el. Trató de incorporarse y echarse hacia atrás al darse cuenta de que aquello no eran imaginaciones suyas, sino una situación de lo más real. Incapaz de hablar debido a la sorpresa, se encogió hacia delante en cuanto vio que el hombre alargaba el brazo para apartar el ribete de encaje que adornaba la parte delantera de su vestido mañanero.

—He oído que estaba enfermo —dijo Orochimaru, que lo miraba con los párpados entornados mientras seguía atrapado en el sofá—. Me apenó muchísimo que sufriera una aflicción semejante. Pero parece que el daño no ha sido permanente. Está—se detuvo y se humedeció sus gruesos labio tan exquisito como siempre, aunque un poco más pálido, tal vez.

—¿ Cómo... cómo sabía que estaba aquí? —preguntó Naruto—. Éste es el salón privado de los Marsden. No creo que ninguno de ellos le haya dado permiso...

—Conseguí que un criado me lo dijera —fue su petulante respuesta.

—Salga de aquí —espetó Naruto—. O gritaré que me esta forzando. Orochimaru rió con ganas.

—Querido, no puede permitirse un escándalo semejante. Su interés en lord Kendall resulta obvio para todo el mundo. Y los dos sabemos que el más mínimo descrédito asociado a su nombre sería un desastre para sus aspiraciones—. Sonrió ante el silencio de Naruto, revelando una hilera de dientes amarillentos y torcidos—. Así está mejor. Mi pobre y precioso Naruto... Sé muy bien cómo conseguir que el color regrese a sus pálidas mejillas. —Metió la mano en el bolsillo y sacó una gruesa moneda de oro que movió ante Naruto de forma tentadora—. Un regalo como muestra de mi simpatía por la horrible experiencia que ha sufrido.

La respiración de Naruto se convirtió en un jadeo indignado cuando Orochimaru se inclinó aún más hacia el con la moneda sujeta entre unos rechonchos dedos que trataban de apartar el corpiño de su vestido para dejar allí su regalo. Logró apartar la mano del hombre con un manotazo fuerte y rápido. Aunque todavía se encontraba bastante débil, el gesto fue suficiente para que la moneda saliera volando y aterrizara sobre la alfombra del suelo con un ruido sordo.

—Déjeme solo —le ordenó, furioso.

—Puta engreída. No hace falta que finjas ser mejor que tu madre.

—Cerdo... —Maldiciendo su debilidad y en medio de estremecimientos de repugnancia, Naruto lo golpeó, apenas sin fuerzas, cuando el hombre se inclinó de nuevo hacia el—. ¡No! —exclamó con los dientes apretados y cubriéndose la cara con los brazos. Resistió como pudo mientras lord Orochimaru lo agarraba por las muñecas—. No...

Un ruido metálico procedente de la puerta hizo que el hombre se incorporara, sorprendido. Temblando de los pies a la cabeza, Naruto siguió la dirección del ruido con la mirada y vio a su madre, de pie en la entrada, sujetando la bandeja del almuerzo. La cubertería había caído al suelo en cuanto Kushina comprendió lo que estaba sucediendo.

La mujer negó con la cabeza, como si le resultara imposible creer que Orochimaru estuviese allí.

—Se ha atrevido a acercarse a mi hijo... —comenzó a hablar con voz ronca, intensamente ruborizada por la furia, dejó la bandeja sobre una mesa cercana y se dirigió al hombre con voz calmada, pero furibunda—. Mi hijo está enfermo, milord. No permitiré que su salud se vea comprometida... Va a venir conmigo en este mismo momento y discutiremos este asunto en otro lado.

—No es discutir lo que me interesa en este momento —contestó Orochimaru.

Naruto percibió la rápida sucesión de emociones que, cruzaron el rostro de su madre: repugnancia, resentimiento, odio, miedo y, finalmente, resignación.

—En ese caso, aléjese de mi hijo —le contestó con frialdad.

—No —protestó Naruto con un gemido al darse cuenta de que Kushina tenía toda la intención de marcharse para estar a, solas con él—. Mamá, quédate conmigo.

—No pasará nada. —Kushina no lo miró, al contrario, mantuvo los ojos fijos y carentes de expresión en el rubicundo semblante de Orochimaru—. Te he traído una bandeja con el almuerzo, queridito. Intenta comer algo...

—No. —Desesperado e incapaz de creer lo que estaba sucediendo, Naruto contempló cómo su madre salía de la habitación con paso tranquilo por delante de lord Orochimaru—. ¡Mamá, no vayas con él! —Pero Kushina se marchó haciendo caso omiso de su ruego.

Naruto no supo durante cuántos minutos se había quedado mirando fijamente la puerta por la que su madre acababa de marcharse. No tenía intención alguna de acercarse a la bandeja del almuerzo. El olor de la sopa de verdura que flotaba en el, ambiente le estaba provocando náuseas. Descorazonado, se preguntó como habría empezado ese infernal asunto: si, Orochimaru habría obligado a su madre o si, en un principio, habría sido de mutuo acuerdo. Sin importar cómo hubiesen sido los comienzos; era obvio que aquello se había convertido en una farsa. Orochimaru era un monstruo y Kushina estaba intentando calmarlo con el fin de evitar que los arruinara por completo.

Exhausto y abatido, Naruto se levantó del canapé, intentando no pensar en lo que podría suceder en esos mismos momentos entre su madre y Orochimaru. Hizo una mueca de dolor ante el aguijonazo de protesta de sus músculos. Le dolía la cabeza y se sentía mareado; lo único que deseaba era encerrarse en su habitación. Caminando igual que una anciana, consiguió llegar hasta la campanilla para tirar del cordón. No hubo respuesta alguna, aunque esperó durante lo que le pareció una eternidad. Puesto que los invitados se habían marchado, la mayor parte de los miembros del servicio disfrutaba de un día libre y no había muchas doncellas disponibles.

Naruto meditó sobre su situación al tiempo que se acariciaba con aire distraído los lacios mechones de pelo. Aunque sentía las piernas un tanto débiles, podía caminar. Esa misma mañana, su madre lo había ayudado a pasear por los dos pasillos que separaban su habitación del salón privado de los Marsden, situado en el piso superior. En ese momento, no obstante, estaba bastante segura de poder recorrer la distancia sin ayuda de nadie.

Hizo caso omiso de los destellos brillantes que danzaban de ente de sus ojos como si fuesen luciérnagas y salió de la estancia con pasos cortos y cautelosos. Permaneció cerca de la pared por si se diera el caso de que llegara a necesitar apoyo. Qué extraño era, reflexionó con tristeza, que incluso un esfuerzo tan insignificante lo obligara a jadear como si acabase de correr varios kilómetros. Furioso por su propia debilidad, se preguntó con remordimiento si no debería haberse tomado esa última taza de infusión de presera después de todo. Concentrándose en colocar un pie delante del otro, avanzó muy despacio por el primer pasillo hasta que estuvo cerca de la esquina que conducía al ala este de la mansión, donde se encontraba su habitación. Allí se detuvo cuando, escuchó unas voces, procedentes de otra dirección.

«¡Por las campanas del infierno!» Sería mortificante que lo viera en semejantes condiciones.

Rogando que las voces pertenecieran a un par de criados, Naruto se apoyó contra la pared y esperó sin hacer movimiento alguno. Tenía unos cuantos mechones de pelo adheridos a la frente y a las mejillas, que estaban pegajosas por el sudor.

Dos hombres cruzaron el pasillo frente a el, tan inmersos en su conversación que no percibieron su presencia. Aliviado, creyó que se había librado de ser vista.

Sin embargo, no fue tan afortunada. Uno de los hombres miró de soslayo en su dirección y lo vio de inmediato. A medida que se aproximaba a el, Naruto reconoció la elegancia masculina de sus largas zancadas antes de distinguir siquiera su rostro con claridad.

Al parecer, estaba destinado a ponerse en ridículo delante de Sasuke Uchiha. Con un suspiro, se separó de la pared e intentó componer una apariencia sosegada a pesar del temblor de sus piernas.

—Buenas tardes, señor Uchiha...

—¿Qué está haciendo? —lo interrumpió él en cuanto estuvo a su lado. Parecía estar molesto, aunque, en cuanto lo miró a la cara, Naruto leyó la preocupación en sus ojos—. ¿Por qué está aquí solo en el pasillo? .

—Me dirigía a mi habitación. —Naruto se sorprendió un poco cuando él lo rodeó con sus brazos, pasando uno por detrás de sus hombros y otro por la cintura—. Señor Uchiha, no hay necesidad...

—Está tan débil como un gatito —contestó él sin más—. Sabe muy bien que no debería ir a ningún sitio solo en semejantes condiciones.

—No había nadie que me ayudara —replicó Naruto, irritado. La cabeza le daba vueltas y descubrió que se había inclinado hacia él descansado en Sasuke parte de su peso. Su torso parecía maravillosamente sólido y fuerte, y podía sentir la frescura de la seda de su chaqueta contra la mejilla.

—¿Dónde está su madre? —insistió Sasuke al tiempo que le desenredaba un mechón rebelde de cabello—, Dígamelo y yo iré...

—¡No! —Naruto levantó la mirada hacia él con súbita alarma, mientras cerraba sus largos dedos en torno a las solapas de su chaqueta. Dios Santo, lo último que necesitaba era a Sasuke promoviendo la búsqueda de Kushina cuando lo más probable es que está se encontrara en ese mismo instante con Orochimaru, en una situación de lo más comprometida—. No es necesario que la busque— dijo con brusquedad—. Yo... no necesito a nadie. Puedo llegar solo a mi habitación, si me suelta. No quiero...

—Está bien —murmuró Sasuke, abrazándolo con más fuerza—. No pasa nada. No la buscaré. No pasa nada!. —Siguió acariciándole el pelo con una relajante cadencia.

Naruto se dejó caer sobre él mientras trataba de recuperar el aliento.

—Sasuke— susurró, apenas sorprendido por haber utilizado su nombre de pila que, hasta entonces, sólo había pronunciado en sus pensamientos. Humedeciéndose los labios resecos, lo intentó una vez más y, para su sorpresa, volvió a repetirlo—: Sasuke...

—¿Sí?

El cuerpo de Sasuke, fuerte y voluminoso, se vio asaltado por una tensión diferente y, al mismo tiempo, su mano le acarició la parte posterior de la cabeza con la más tierna de las caricias.

—Por favor... Llévame a mi habitación.

Sasuke le inclinó la cabeza hacia atrás con delicadeza y lo miró con una pequeña sonrisa en los labios.

—Cariño, si me lo pidieras, te llevaría a Tombuctú..

Para entonces, el hombre que lo acompañaba había llegado junto a ellos y Naruto, mortificado, aunque no sorprendido, descubrió que se trataba de lord Westcliff.

El conde lo observó con fría desaprobación, como si sospechara a la que había planeado el encuentro de modo intencional.

—Señorito Namikaze —lo saludó sucintamente,—. Le aseguro que no había necesidad alguna de que atravesara el pasillo sin compañía. Si no había nadie para acompañarlo, podría haber llamado al servicio.

—Lo hice, milord —le contestó Naruto a la defensiva, al tiempo que intentaba apartarse de Sasuke, que no estaba dispuesto a permitírselo—. Toqué la campanilla y esperé durante un cuarto de hora, pero no vino nadie.

Westcliff la contempló con obvio escepticismo.

—Imposible. Mis criados siempre acuden cuando se les llama. —Bueno, pues al parecerlo de hoy ha sido una excepción —exploto Naruto—. Tal vez el cordón de la campanilla esté roto. O, tal vez, sus criados...

—Tranquilo —murmuró Sasuke, obligándolo a recostar de nuevo la cabeza sobre su pecho. A pesar de que Naruto no podía verle rostro, percibió la tajante advertencia que imprimió a su voz al dirigirse a lord Westcliff—. Continuaremos nuestra discusión más tarde. Ahora iré a acompañar al señorito Namikaze a su habitación. ..

—En mi opinión, no es una idea muy brillante —le dijo el conde.

—En ese caso, me alegro de no habértela pedido —replicó Sasuke con afabilidad.

Se escuchó el tenso suspiro del conde y, a continuación, Naruto fue vagamente consciente de sus mullidos pasos sobre la alfombra a medida que se alejaba de ellos.

Sasuke inclinó la cabeza y su aliento le rozó la oreja mientras le preguntaba:

—Ahora..., ¿le importaría explicarme lo que está ocurriendo aquí?

Todas las venas de Naruto parecieron dilatarse y cubrir su piel fría con un repentino y placentero rubor. La cercanía de Sasuke lo llenaba a partes iguales de satisfacción y anhelo. Rodeado por sus brazos, no pudo evitar recordar el sueño, la erótica ilusión de sentir el peso de su cuerpo sobre el. Aquello estaba terriblemente mal; se deleitaba en secreto con la sensación de estar envuelto por sus brazos..., aun sabiendo que no conseguiría nada de él, aparte de placer pasajero seguido de un deshonor perpetuo. Se las arregló para negar con la cabeza en respuesta a su pregunta, y el movimiento hizo que frotara la mejilla sobre la solapa de su chaqueta.

—No me convence su respuesta —contestó él con sorna.

Aflojó la presión de sus brazos de modo tentativo y con una simple mirada con los ojos entrecerrados comprobó que la debilidad le impedía guardar el equilibrio por sí solo, de modo que se inclinó para cogerlo en brazos. Naruto se rindió con un murmullo inarticulado antes de rodearle el cuello con los brazos. Mientras Sasuke atravesaba el pasillo camino de su habitación, le habló en voz baja:

—Podría ayudarlo, si me dijera cuál es el problema.

Naruto meditó la oferta un instante. Lo único que conseguiría contándole sus penas a Sasuke Uchiha sería una más que probable proposición de apoyo en calidad de amante. Y odiaba esa parte de sí mismo que se sentía tentado por la idea.

—¿Por qué iba a querer inmiscuirse en mis problemas? —le preguntó.

—¿Es que debo tener un motivo implícito para querer ayudarlo?

—Sí —contestó Naruto con un aire misterioso que arrancó a Sasuke una, carcajada. Al llegar a la puerta de su habitación, él lo dejó con suavidad en el suelo.

—¿Puede llegar solo a la cama o quiere que lo deje allí?

A pesar de que su voz traslucía una ligera burla, Naruto sospechaba que, si lo alentaba en lo más mínimo, eso sería exactamente lo que Sasuke haría. Por tanto, negó con la cabeza sin pérdida de tiempo.

—No. Estoy bien, por favor, no entre. —Le colocó la mano en el pecho para impedir que entrara.

Débil como era el gesto, fue suficiente para detenerlo.

—Está bien. —Lo miró, intentando ver a través de el—. Haré que suba una doncella para atenderlo. Aunque sospecho que Sai ya está haciendo sus pesquisas.

—Llamé a una doncella —insistió Naruto, avergonzado por el tono malhumorado de su voz—, Está claro que el conde no me cree, pero...

—Yo sí le creo. —Sasuke apartó la mano, de Naruto de su pecho con suma delicadeza, reteniendo sus elegantes dedos un instante antes de dejarla machar—. Sai no es, ni por asomo, el ogro que aparenta ser. Es necesario haberlo tratado durante algún tiempo para poder apreciar sus mejores cualidades.

—Si usted lo dice... —le contestó Naruto dubitativo, tras lo cual dejó escapar un suspiro y entró en la oscura y enrarecida habitación en la que aún flotaban los miasmas de la enfermedad—. Gracias, señor Uchiha.

Preguntándose con ansiedad cuándo regresaría Kushina, echó un vistazo a la habitación antes de volver a mirar a Sasuke.

La penetrante mirada del hombre pareció hacer aflorar todas las emociones que Naruto ocultaba bajo su tensa fachada y el joven percibió la multitud de preguntas que lo rondaban. No obstante, lo único que dijo fue:

—Necesita descansar.

—Eso es lo único que he hecho hasta ahora. Me vaya morir del aburrimiento... Sin embargo, el mero hecho de pensar en hacer algo me deja exhausto. —Bajó la cabeza y miró con amarga concentración los pocos centímetros de suelo que los separaban antes de preguntar con cautela—: Supongo que no tendrá interés en continuar la partida de ajedrez esta noche, ¿verdad?

Se produjo un breve silencio tras el cual Sasuke contestó de forma lenta y algo burlona:

—Vaya, señorito Namikaze... Me siento abrumado al pensar que usted desea mi compañía.

Tan avergonzado estaba Naruto que no fue capaz de alzar la mirada y, con el rostro ruborizado, murmuró:

—Buscaría la compañía del diablo en persona con tal de hacer otra cosa que no sea estar en la cama.

Con una suave carcajada, él alargó el brazo y le colocó un mechón de pelo tras la oreja.

—Ya veremos —murmuró él—. Tal vez venga a su habitación más tarde.

Y, con esa promesa, le hizo una breve y experta reverencia y se alejó por el pasillo con su habitual paso confiado.

Naruto recordó, si bien demasiado tarde, algo acerca de una velada musical que había sido planeada para los invitados mientras éstos disfrutaban del bufé. No le cabía duda alguna de que Sasuke Uchiha preferiría quedarse con los invitados en la planta inferior a jugar una partida de ajedrez con un simple aficionado enfermo desaliñadoy con bastante mal humor. Hizo una mueca, deseando poder retirar la espontánea invitación... ¡Qué desesperado había parecido! Se llevó una mano a la frente y entró en la habitación casi arrastrando los pies, para dejarse caer con pesadez sobre la cama deshecha, como un árbol al que acabaran de derribar.

Cinco minutos más tarde, escuchó que alguien llamaba a la puerta y, acto seguido, dos doncellas de aspecto contrito entraron en la habitación.

—Hemos venido a limpiar, señorito —se atrevió a decir una de ellas—. El señor nos ha enviado...

Dice que debemos ayudarlo con cualquier cosa que necesite.

—Gracias —contestó Naruto, esperando que lord Sai no hubiese sido demasiado severo con las muchachas.

Se retiró a un sillón y se limitó a contemplar la vorágine de la actividad que siguió a la llegada de las doncellas. Con una velocidad que más bien parecía cosa de magia, las muchachas cambiaron las sábanas, abrieron las ventanas para permitida entrada del aire fresco, limpiaron el polvo de los muebles y trajeron una bañera que procedieron a llenar, con agua caliente. Una de las chicas ayudó a Naruto a desvestirse mientras que la otra traía unas cuantas toallas dobladas y un cubo de agua limpia que serviría para enjuagarle el cabello. Con un estremecimiento de placer, se metió en la bañera portátil ribeteada de caoba.

—Agárrese a mi brazo, señorito, por favor— dijo la más joven de las doncellas al tiempo que extendía el brazo para que Naruto se sostuviera—. Parece que todavía no es capaz de guardar bien el equilibrio.

Naruto obedeció y se sentó en la bañera antes de soltar el musculoso brazo de la muchacha.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó antes de recostarse en la bañera hasta que sus hombros quedaron bajo la superficie del agua, de la que ascendía una nube de vapor.

—Izumi, señorita.

—Izumi, creo que se me cayó un soberano en el saloncito de la familia, ¿te importaría buscarlo?

La chica la observó con expresión perpleja, preguntándose a todas luces por qué Naruto habría dejado caer una moneda de tanto valor al suelo y qué pasaría si el no era capaz de encontrarlo.

—Sí, señorito.

Se despidió con una inclinación recelosa y se apresuró a salir de la habitación.

Tras meter la cabeza bajo el agua, Naruto volvió a sentarse con la cara y el pelo chorreando y se enjugó los ojos mientras la otra doncella se inclinaba para frotarle el jabón sobre la cabeza hasta conseguir una buena cantidad de espuma.

—Es maravilloso sentirse limpio —murmuró Naruto, inmóvil bajo las atenciones de la muchacha.

—Mi madre dice siempre que es malo bañarse cuando uno está enfermo —le dijo la doncella con voz insegura.

—Creo que correré el riesgo —replicó Naruto, echando agradecida la cabeza hacia atrás mientras la muchacha le aclaraba el jabón del pelo con el agua limpia.

Tras limpiarse los ojos de nuevo, Naruto vio que Izumi había vuelto.

—Lo encontré, señorito —exclamó Izumi sin aliento, mostrándole la moneda que tenía en la mano extendida. Era muy posible que ésa fuera la primera vez que la muchacha veía un soberano puesto que el sueldo medio de una doncella era de ocho chelines al mes—. ¿Dónde quiere que lo ponga?

—Podéis repartirlo entre las dos —le contestó Naruto. Las doncellas lo miraron de hito en hito, incapaces de creer lo que acababan de oír.

—¡Vaya! ¡Gracias, señorito! —exclamaron al unísono, con los ojos y las bocas abiertos de par en par a causa de la sorpresa.

Consciente, por desgracia, de la hipocresía que suponía deshacerse del dinero de lord Orochimaru, cuando la residencia de los Namikaze se había beneficiado del dudoso auspicio del hombre durante más de un año, Naruto bajó la cabeza, mortificado por la gratitud de las muchachas. Al ver su incomodidad, las doncellas se apresuraron a ayudarlo a salir de la bañera, le secaron el pelo y el cuerpo, que se veía sacudido por continuos escalofríos, y lo ayudaron a ponerse un vestido limpio.

Renovado tras el baño, aunque un poco cansado, se metió en la cama y permaneció allí tumbado entre las suaves y frescas sábanas de lino. Se quedó adormilado mientras las doncellas sacaban la bañera y apenas fue consciente de que salían de la habitación de puntillas. Cuando despertó, acababa de anochecer y su madre estaba encendiendo la lámpara de la mesita de noche, lo que hizo que Naruto parpadeara.

—Mamá —la llamó con voz somnolienta, aturdida por el sueño. Al recordar el anterior encuentro con Orochimaru espabilo de repente—. ¿Estás bien? ¿Te ha...?

—No me apetece discutir el tema —contestó Kushina en voz baja mientras la luz de la lámpara delineaba suavemente su perfil. Su semblante era una máscara de inexpresividad aunque la tensión le había provocado unas cuantas arrugas en la frente—. Sí, estoy bastante bien, cariño.

Naruto asintió de modo imperceptible, sonrojado, y deprimido, muy consciente del profundo sentimiento de vergüenza, que lo embargaba. Al sentarse, sintió la espalda tan rígida como si tuviese un atizador por columna vertebral. A pesar del agarrotamiento de los músculos que llevaba días sin usar, se sentía mucho mejor y su estómago rugía de hambre por primera vez en dos días. Salió de la cama y se acercó al tocador para coger un cepillo con el que adecentarse un poco el cabello.

—Mamá —comenzó con incertidumbre—. Necesito un cambio de aires. Tal vez vuelva al saloncito de los Marsden y ordene que me lleven allí una bandeja con la cena.

Kushina pareció escucharla a medias.

—Sí —le contestó con actitud ausente—, me parece una idea estupenda. ¿Quieres que te acompañe?

—No, gracias... Me siento muy bien y no está muy lejos. Iré yo solo. Probablemente quieras un poco de intimidad después de... —Naruto hizo una incómoda pausa antes de soltar el cepillo—. Volveré dentro de un rato.

Con un susurro casi inaudible, su madre se sentó junto al fuego y Naruto se dio cuenta de que la aliviaba la posibilidad de quedarse a solas. Tras recogerse el pelo en una larga trenza que dejó caer por encima del hombro, salió de la habitación y cerró la puerta sin hacer ruido.

Cuando salió al pasillo, llegó hasta el el quedo murmullo de los invitados que disfrutaban del bufé en el salón de la planta baja. Por encima de las carcajadas y de las conversaciones, se escuchaba la música: un cuarteto de cuerda con un acompañamiento de piano. Se detuvo para escuchar y la sorpresa lo dejó paralizado al descubrir que era la misma melodía, triste pero hermosa, que escuchara durante el sueño: Cerró los ojos y prestó más atención a la música al tiempo que la tristeza le provocaba un extraño nudo en la garganta. La melodía lo llenaba con esa clase de anhelo que no debería haberse permitido sentir.

«Dios mío —pensó—, la enfermedad me está convirtiendo en un sensible... Tengo que recuperar un poco la compostura.»

Abrió los ojos, comenzó a caminar de nuevo, y a punto estuvo de chocar de bruces con alguien que venía en la dirección opuesta.

El corazón pareció agrandarse en su pecho cuando, al alzar la mirada, se encontró con Sasuke Uchiha vestido con esa combinación tan elegante de blanco y negro, y cuyos labios acababan de curvarse en una lenta sonrisa. Su voz ronca hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

—¿Dónde cree que va?

Así que había venido buscarlo a pesar de la elegante multitud con la que debería estar relacionándose en la planta baja. Consciente de que la súbita debilidad que sentía en las rodillas tenían muy poco que ver con su enfermedad, Naruto comenzó a juguetear con el extremo de su trenza, presa de los nervios.

—A cenar al saloncito de la familia.

Tras darse la vuelta, Sasuke lo tomó del codo y lo guió por el pasillo, aminorando el paso para mantenerse junto a Naruto.

—No le apetece en absoluto cenar en el saloncito —informó él.

—Vaya. ¿No me apetece?

Él asintió con la cabeza para corroborar su afirmación.

—Tengo una sorpresa para usted. Venga, no está muy lejos —Mientras lo acompañaba de buena gana, Sasuke lo miró de arriba a abajo con actitud analítica—. Su equilibrio ha mejorado bastante desde esta tarde. ¿Cómo se encuentra?

—Mucho mejor —contestó Naruto, que se sonrojó cuándo su estómago rugió de forma audible—. Y un poco hambriento, a decir verdad.

Sasuke sonrió y lo condujo hacia una puerta ligeramente entreabierta. Entró tras Naruto en la estancia y Naruto descubrió que estaban en una pequeña y encantadora habitación de paredes recubiertas con paneles de palisandro, de las que colgaban varios tapices, y cuyos muebles estaban revestidos con terciopelo color ámbar. No obstante, la característica más sobresaliente de la estancia era la ventana que se abría en la pared interior y que daba al salón situado dos plantas más abajo. El lugar estaba oculto por completo a los ojos de los invitados que se encontraban en la planta baja, pero la música llegaba hasta allí a través de la ventana, abierta de par en par. Los atónitos ojos de Naruto se desplazaron hasta una mesita en la que se había dispuesto la cena, si bien las fuentes estaban cubiertas por unas tapaderas de plata.

—Me ha costado un dolor de cabeza decidir qué podía despetar su apetito —confesó Sasuke—. Así que le dije al personal de la cocina que pusiera un poco de todo.

Abrumado e incapaz de recordar otra ocasión en la que un hombre hubiese llegado a semejantes extremos para que el se distrajera, Naruto descubrió que, de pronto, le resultaba muy difícil decir algo. Tragó saliva y recorrió la habitación con la mirada para evitar encontrarse con los ojos de Sasuke.

—Todo esto es encantador. Yo... yo no sabía que existía esta habitación.

—Poca gente lo sabe. La condesa suele sentarse aquí en ocasiones, cuando se encuentra demasiado débil para bajar. —Sasuke se acercó a el y deslizó sus largos dedos bajo la barbilla de Naruto, obli-gándolo de ese modo a que lo mirara a los ojos—. ¿Cenará conmigo?

El pulso le latía con tal rapidez que estaba segura de que él podría sentirlo bajo los dedos.

—No tengo carabina —contestó con un hilo de voz.

Sasuke sonrió ante la respuesta y apartó la mano de su barbilla.

—No podría estar más seguro. No tengo intención alguna de seducirlo cuando es obvio que está demasiado débil para defenderse.

—Eso es muy caballeroso por su parte.

—Lo seduciré cuando se encuentre mejor.

Reprimiendo una sonrisa, Naruto alzó una ceja y le dijo: —Parece muy seguro de sí mismo.

¿No debería haber dicho que va a «intentar» seducirme?

—«Nunca des por adelantado el fracaso», eso es lo que mi padre suele decirme. —Apoyó uno de sus fuertes brazos en su espalda y lo condujo a una silla—. ¿Le apetece un poco de vino?

—No debería—contestó Naruto, apesadumbrado, al tiempo que se hundía en una de las mullidas sillas—. Es muy posible que se me suba a la cabeza.

Sasuke sirvió una copa y se la ofreció, sonriendo con esa expresión traviesa y tentadora que el mismo Lucifer se esforzaría por emular.

—Vamos —murmuró él—. Yo lo cuidaré en caso de que acabe un poco achispado.

Mientras daba un sorbo a la excelente y suave cosecha, Naruto le lanzó una mirada irónica.

—Me pregunto con qué frecuencia la ruina de un doncel comienza con esa misma promesa...

—Aún no he sido el causante de la ruina de ninguna dama—contestó tiempo que apartaba las tapaderas de los platos y las dejaba a un lado—. Por lo general, suelo perseguirlas una vez que ya están arruinadas.

—¿Ha habido muchas damas arruinadas en su pasado? —preguntó Naruto, incapaz de contenerse.

—Unas cuantas —replicó él, mirándolo directamente a los ojos con una expresión que no era ni contrita ni jactanciosa:— Aunque en los últimos tiempos, todas mis energías se han visto absorbido por un pasatiempo muy diferente.

—¿Cuál?

—La supervisión del desarrollo de una locomotora en la que tanto Westcliff como yo hemos invertido dinero.

—¿En serio? —preguntó Naruto, cuyo interés acababa de despertarse, tras la confesión—. Nunca me he subido a un tren ¿Cómo es?

Sasuke sonrió y su rostro adquirió una expresión infantil a causa del entusiasmo que apenas lograba contener.

—Rápido. Emocionante. La velocidad media de un tren de pasajeros es de unos ochenta kilómetros por hora, pero Consolididated está diseñando un modelo expreso de seis cilindros combinados que debería alcanzar los ciento diez.

—¿Ciento diez kilómetros por hora? —repitió Naruto, incapaz de imaginar que se pudiera viajar a semejante velocidad—. ¿Y no resultará incómodo para los pasajeros?

La pregunta provocó una sonrisa en Sasuke.

—Una vez que el tren alcanza una velocidad constanté, se nota el movimiento.

—¿ Cómo es el interior de un vagón de pasajeros?

—No muy lujoso —admitió Sasuke, sirviéndose un poco mas de vino en su copa—. Sólo recomendaría viajar en un vagón privado; especialmente a alguien como usted.

—¿ A alguien como yo? —repitió Naruto con una sonrisa amonestadora—. Si está dando a entender que soy una consentido, le aseguro que está muy equivocado.

—Pues alguien debería encargarse de que lo fuera.

La cálida mirada del hombre se deslizó por las arreboladas mejillas de Naruto y descendió por su esbelto torso antes de volver a clavarse en sus ojos. Al hablar hubo cierta nota en su voz consiguió dejarlo sin aliento:

—No le vendría mal que lo mimaran un poco.

Naruto inspiró con fuerza con el fin de recuperar el ritmo normal de su respiración. Deseó con desesperación que él no lo tocara, que mantuviera su promesa de no seducirlo. Porque si no la cumplía... Que, Dios lo ayudara, no estaba seguro de poder resistirse.

—¿ «Consolidated» es el nombre de su compañía? —le preguntó con voz tembloroso, intentando recuperar el hilo de la conversación.

Sasuke asintió con la cabeza.

—Es el socio inglés de Fundiciones Shaw.

—¿ La empresa que pertenece al prometido de lady Konan, el señor Yahiko?

—Exacto. Yahiko está ayudándonos a adaptarnos al sistema de producción americano, cuyo método de fabricación de locomotoras es mucho más efectivo que el británico.

—Siempre he oído que los motores fabricados en Gran Bretaña son los mejores del mundo — observó Naruto.

—Eso es discutible. Sin embargo, incluso si así fuera, están poco estandarizados. No hay dos locomotoras construidas en Gran Bretaña que sean exactamente iguales, lo que frena en gran medida a producción y hace que las reparaciones sean complicadas. En cambio, si siguiéramos el ejemplo americano y fabricáramos las piezas a partir de un mismo molde, con calibres y modelos regularizados, podríamos construir un motor en cuestión de semanas en lugar de meses y llevará cabo las reparaciones en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras conversaban, Naruto se dedicó a contemplar a Sasuke con creciente fascinación, ya que jamás había escuchado a un hombre hablar acerca de su profesión de ese modo. Según su experiencia, el trabajo no era un tema del que los hombres estuvieran dispuestos a hablar, más aún si se tenía en cuenta que el mero concepto de «trabajar» para ganarse la vida era la marca distintiva de las clases bajas. Si un caballero perteneciente a la clase alta se veía obligado a trabajar, trataba de ser discreto en lo que a su profesión, se refería y fingía dedicar la mayor parte de su tiempo a actividades ludicas. Sin embargo, Sasuke Uchiha no hacía esfuerzo alguno por ocultar la satisfacción que le proporcionaba su trabajo... Y, por alguna razón, Naruto encontraba esta peculiaridad atractiva, por extraño que pareciera.

A petición suya, Sasuke ofreció una explicación más extensas de sus negocios y le habló de las transacciones en las que había estado inmerso para comprar una fundición, anteriormente en manos de compañía del ferrocarril y que estaba siendo remodelada con el fin de adaptarse al sistema de producción americano. Dos de de los nueve edificios que se alzaban en las más de dos hectáreas que ocupaba la fábrica ya habían sido transformados en una fundición donde producirían pernos, pistones, varillas y válvulas según un moldes previamente fabricado. Todos estos elementos, junto con algunas partes que ya habían sido importadas de la Fundición Shaw, ubicadas en Nueva York, se utilizarían para fabricar motores de cuatro y seis cilindros que se venderían en toda Europa.

—¿Con qué frecuencia visita la fundición?— preguntó Naruto antes de dar un bocado a un trozo de faisán cubierto por una cremosa salsa de berros.

—Cuando estoy en la ciudad, todos los días. —Sasuke contempló el contenido de su copa de vino con el ceño ligeramente fruncido—. Ya llevo demasiado tiempo fuera; tendré que regresar a Londres pronto para comprobar los progresos.

A Naruto debería haberle alegrado la idea de que él abandonara Hampshire en poco tiempo. Sasuke Uchiha era una distracción que no podía permitirse y le resultaría más, fácil concentrar sus atenciones en lord Kendall una vez que Sasuke abandonara la propiedad. Sin embargo, la noticia lo dejó bastante deprimido y se dio cuenta de lo mucho que disfrutaba de la compañía del hombre y de lo solitario que parecería Stony Cross Park cuando él se marchara.

—¿ Volverá antes de que la fiesta concluyá?—le preguntó, aparentemente concentrado en desmenuzar con el cuchillo un trozo de faisán.

—Depende.

—¿De qué?

Su voz fue muy suave.

—De si tengo los motivos suficientes para regresar.

Naruto no lo miró. En cambio, se hundió en un incomodo silencio y se volvió hacia, la ventana, a través de la cual les llegaban la exuberante melodía de Rosamunde de Schubert, sin ver nada en realidad.

Al postre, se escuchó un ligero toque en la puerta antes de que un sirviente entrara a retirar los platos. Manteniendo el rostro apartado de Sasuke, Naruto se preguntó si las noticias de que habían cenado a solas tardarían mucho en extenderse por las dependencias de la servidumbre. No obstante, en cuanto el criado se marchó, Sasuke lo tranquilizó, como si acabara de leerle el pensamiento:

—No dirá ni una palabra a nadie. Sai lo recomendó por su capacidad para mantener la boca cerrada en lo referente la los asuntos confidenciales; Naruto le dedicó una mirada angustiada.

—Entonces... ¿El conde sabe que usted y yo...? ¡Estoy seguro de que no debe de haberle gustado!

—He hecho muchas cosas que el conde no ha aprobado —replicó él con voz pausada—. Del mismo modo que yo no apruebo algunas de sus decisiones. No obstante, y con el fin de mantener nuestra beneficiosa amistad, no solemos enfrentamos. —Se puso de pie, apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, de modo que su sombra cayó sobre Naruto—. ¿Le apetece jugar una partida de ajedrez? Hice que subieran un tablero... por si acaso.

Naruto asintió. Mientras contemplaba sus cálidos ojos negros, cayó en la cuenta de que, tal vez, ésa fuera la primera noche de toda su vida adulta en la que se sentía plenamente feliz estando donde estaba. Con ese hombre. Sentía una curiosidad enorme sobre él, una necesidad acuciante de descubrir los pensamientos y sentimientos ocultos bajo su fachada exterior.

—¿Dónde aprendió a jugar al ajedrez? —le pregutó, tras observar los movimientos de las manos de Sasuke mientras éste colocaba las piezas sobre el tablero para comenzar la partida.

—Me enseñó mi padre.

—¿Su padre? —preguntó perplejo.

Los labios del hombre se alzaron levemente con una sonrisa socarrona.

—¿Es que un carnicero no puede jugar al ajedrez?

—Por supuesto, yo... —Naruto sintió que lo cubría un profundo rubor. Se sentía abochornadopor su falta de tacto—. Lo siento.

La sonrisa de Sasuke se mantuvo en su lugar mientras lo observaba.

—Parece tener una impresión equivocada con respecto a mi familia. Los Uchiha pertenecen a la clase media. Tanto mis hermanos como mis hermanas asistieron al colegio, al igual que yo. Mi padre ha dado trabajo a mis hermanos, que también viven sobre la tienda y por las noches, suelen jugar al ajedrez.

Más relajado al no percibir censura alguna en su voz, Naruto cogió un peón y lo giró entre los dedos.

—¿Por qué no eligió trabajar junto a su padre, como han echo sus hermanos?

—Fui un muchacho bastante problemático en mi juventud —admitió con una sonrisa—. Cada vez que mi padre me ordenaba que hiciera algo, yo siempre me esforzaba por hacer lo contrario.

—¿Y qué hacía él? —preguntó Naruto con un brillo travieso en los ojos.

—En un principio, trató de mostrarse paciente conmigo. Cuando vio que eso no funcionaba, aplicó el método opuesto. —Sasuke hizo una mueca ante el recuerdo y su sonrisa se tornó triste— Créame, no le gustaría mucho que la vapuleara un carnicero; sus brazos suelen ser tan gruesos como el tronco de un árbol.

—Puedo imaginármelo —murmuró Naruto, mirando de soslayo la amplitud de sus hombros al tiempo que recordaba la musculosa dureza de sus brazos—. Su familia debe de estar muy orgullosa de su éxito.

—Es posible —contestó él, encogiéndose de hombros en un gesto evasivo—. Por desgracia, parece ser que mi ambición ha servido para que nos distanciemos. Mis padres no permiten que les compre una casa en el West End; y tampoco entienden que quisiera vivir allí. Así como tampoco creen que el mundo de las inversiones sea un trabajo adecuado. Serían mucho más felices si me dedicara a algo más... tangible.

Naruto lo estudió con atención, consciente de lo que él había dejado en el tintero durante la breve explicación. Siempre había sabido que Sasuke Uchiha no pertenecía al las esferas en las que se solía moverse. Sin embargo, hasta ese momento no se le había ocurrido que también estuviese fuera de lugar en el mundo que había dejado atrás. No podía evitar preguntarse si se sentiría solo en alguna ocasión o si estaría demasiado ocupado para darse cuenta.

—Se me ocurren pocas cosas que sean más tangibles que una locomotora de cinco toneladas — puntualizó Naruto, en respuesta a su último comentario.

Sasuke dejó escapar una carcajada y alargó el brazo en busca del peón que Naruto tenía en la mano. No obstante, Naruto fue incapaz de soltar la pieza de marfil y sus dedos se enlazaron durante un instante mientras sus miradas hacían lo mismo, cediendo a la intimidad del momento. Naruto se quedó atónito al percibir la calidez que ascendió desde su mano hasta el hombro para extenderse al instante por todo su cuerpo. Era algo semejante a estar ebrio por la luz del sol; el calor lo inundaba en una corriente continua de sensaciones y, junto con el placer, llegó la repentina y alarmante presión tras los párpados que anunciaba la llegada de las lágrimas.

Aturdido, Naruto retiró la mano con brusquedad y el peón cayó y rebotó sobre el suelo.

—Lo siento —se disculpó con una trémula carcajada, asustado de repente por lo que podría suceder si seguía a solas con él durante más tiempo. Se alejó de la mesa tras ponerse en pie con torpeza—. A- acabo de darme cuenta de que estoy muy cansado... El vino parece haberme afectado, después de todo. Debería regresar a mi habitación. Creo que todavía tiene mucho tiempo para alternar con los invitados, de modo que su noche no será un completo ,desastre.

Gracias por la cena, por la música y...

—Naruto. —Sasuke se movió hasta llegar a su lado con elegancia y rapidez, y colocó las manos en su cintura. Bajó la mirada y lo estudió con el ceño fruncido por la curiosidad—. No tendrás miedo de mí, ¿verdad? —murmuró.

Naruto negó con la cabeza, sin pronunciar una sola palabra. —Entonces, ¿por qué ese repentino empeño en marcharte?

Podía haber contestado de mil formas diferentes, no obstante, en ese momento, fue incapaz de demostrar sutileza, ingenio o agilidad verbal alguna. Lo único que pudo hacer fue contestar con la misma falta de tacto de un mazazo.

—No ... no quiero esto.

—¿Esto?

—No voy a convertirme en su amante. —Dudó por un instante antes de seguir hablando—: Puedo aspirar a mucho más.

Sasuke meditó la franca respuesta con cuidado, sin apartar las manos de su cintura para poder sostenerlo.

—¿Quieres decir que puedes encontrar a alguien con quien casarte? —preguntó por fin—, ¿o que tienes la intención de convertirte en el, amante de un aristócrata?

—Da igual, ¿no es cierto? —murmuró Naruto, apartándose del apoyo de sus manos—. En ninguno de los dos escenarios aparece usted.

Si bien se negó a mirarlo a los ojos, sintió que su mirada lo atravesaba y se estremeció al sentir que esa resplandeciente calidez que lo invadiera poco antes lo abandonaba.

—Lo llevaré de vuelta a su habitación —dijo Sasuke sin mostrar emoción alguna, antes de acompañarlo a la puerta.