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Capítulo 13

Estaba irremediablemente enamorado.

La vida de Albert había dado un giro completo, se había convertido en el hombre más hambriento e insatisfecho de Escocia. Sentía un gran anhelo por ella, aunque lograba mantenerlo escondido en su interior. La devoraba con la mirada cuando nadie lo veía, o eso al menos creía. La castellana se mostraba ante él con toda la naturalidad posible, logrando desquiciarlo con esa risa franca y esa mirada limpia. El deseo que sentía por ella lo aturdía. La oía reír y el corazón detenía sus latidos para escucharla. La veía hablar con alegría y la sangre se paraba en sus venas ante la necesidad de que sus labios pronunciasen palabras de afecto hacia él. No se podía desear tanto a una persona y no hacer nada al respecto, pero suspiró amargamente, ¿cuándo había dejado de odiar a las mujeres...?

Candy dedicaba todo su esfuerzo en convertir su castillo en un lugar donde la vida resultase confortable. No sabía cómo, pero ahora tenían perreras donde guardar los canes, con lo cual las salas se mantenían pulcramente limpias. El consejo se mantenía en un sospechoso silencio ante la actuación de ella; Albert sabía que se sentían lo suficientemente cómodos para obviar el hecho de que una castellana tomara decisiones sobre la casa y parte de sus habitantes.

Las cuadras estaban ordenadas y las casas reparadas. Se habían arrancado las malas hierbas del jardín y se había limpiado el patio. La cocina del castillo estaba encalada y pulcra. Jamás hubiese concebido que su casa pudiese desprender semejante calidez. No se imaginaba de qué forma, pero Candy se había granjeado el afecto y la confianza de la mayoría de la gente. Sabía cómo despertar el interés de los más ancianos y estos le correspondían con enseres que fabricaban con sus propias manos. Así su casa disponía de sillas nuevas, y esteras limpias que olían a espliego. Los dormitorios tenían detalles que los hacían acogedores, como jarrones de barro cocido que los niños pintaban llenos de alegría y que adornaban con flores que cogían en el campo.

Los colchones estaban limpios de pulgas, las mantas lavadas y los pequeños armarios llenos de ropas que, por primera vez y no gracias a Irena, estaban remendadas. Candy había conseguido, con ayuda de algunas mujeres del pueblo, bajar a la feria de la frontera y comprar vacas y ovejas, además de gallinas y cerdos. Ahora disponían de huevos frescos todos los días y el huerto estaba limpio de brozas y de alimañas; pronto podrían disfrutar de verduras frescas, así como de carne.

Había gastado casi todo el dinero del que disponía en ellos, pero se la veía tan feliz que la risa de ella lograba conmoverlo profundamente, despertando en su interior una necesidad que trataba de ahogar a fuerza de voluntad. Resolvía las disputas de los miembros del clan con una facilidad que él jamás había tenido; poseía una vena de autoridad innata en ella que resultaba tan desconcertante como su alegría; la gente solía pararla a menudo para consultarle todo tipo de cosas. Sus tierras florecían bajo su cuidado y él sabía que eso iba a terminar muy pronto.

Waterfallcastle no parecía el mismo, ni él tampoco.

Guillermo estaba a punto de llegar y debían prepararla para su llegada, circunstancia que lamentaba casi a diario. La buscó y de nuevo la encontró en la fragua riendo con el herrero. El fornido escocés le estaba fabricando una espada liviana siguiendo las explicaciones de ella. Si no supiese que estaba felizmente casado y con cinco hijos, le habría arrancado el corazón por conseguir que la boca de ella se curvase en una sonrisa que no había despertado él. Se amonestó de forma dura e impaciente, no podía permitirse tener celos. ¡Dios del cielo! Pero los tenía.

—¡Mi señora! —Candy volvió los ojos con placer y Albert chasqueó la lengua porque sabía lo que esa mirada decía: ¡aquí viene mi amigo! Nunca había detestado tanto el significado de una palabra—. Es imprescindible que mantengamos una conversación.

Candy alzó sus ojos aún risueños y se despidió del herrero con un ademán de la mano; el herrero le correspondió con una inclinación de la cabeza. Entonces, le prestó toda su atención.

—Os espero esta tarde en la biblioteca —Candy dilató las pupilas sin comprender; su tono había sonado demasiado seco—. Necesito resolver un asunto de suma importancia con vos.

Ella varió la postura del pie mientras se limpiaba la falda.

—Ahora, sería un momento adecuado.

Albert negó con la cabeza.

—Esta tarde —dio media vuelta y la dejó sin darle la oportunidad de objetar nada.

—¡Esperad, Albert! —él se dio la vuelta con el ceño fruncido y la mirada alerta—. Iré a coger unas moras y arándanos en la parte norte del camino; Brenna me ha prometido hacer unas tartas si le consigo suficientes frutos. Después iré al río; si os apetece daros un baño, estáis invitado. Prometo mantener mis ojos apartados para que no se resienta vuestro pudor.

Albert volvió a negar con la cabeza como tantas veces a lo largo de esas dos semanas; mantenerse a distancia de ella era la única forma de conservar la cordura. Lo descolocaba con esa actitud juguetona. Candy ni siquiera se imaginaba el peligro que corría estando cerca de él. Con una maldición se apartó de ella antes de que fuese demasiado tarde.

—No olvidéis poneros nuestros colores y que Jimmy os acompañe.

Candy asintió con una sonrisa un tanto decepcionada. Jimmy tenía diez años, pero era un muchacho encantador y hablaba por los codos. Se despidió de él tan alegre como siempre.

Albert se quedó en medio del camino contemplándola. De nuevo el corazón había comenzado a dar saltos desbocados por ella, y cuando al fin cesaron los estertores de la incertidumbre y los latidos acelerados por los sentimientos profundos que le inspiraba, consiguió respirar de nuevo con normalidad, pero solo cuando ella se hubo perdido en la distancia. Sus ojos dejaron de contemplarla ávidos, sin resignarse del todo.

La castellana se le había metido en la sangre y circulaba por su cuerpo como un potente veneno que lo aturdía. Jamás podía haber imaginado que una mujer pudiese conseguir captar de nuevo su atención de forma completa y absoluta. Tras la perfidia de Karen había jurado que nunca volvería a posar los ojos en una mujer, no volvería a confiarse tan ingenuamente, pero la castellana le hacía doblar los huesos de hambre insatisfecha. Los intestinos se le hacían nudos dolorosos cuando la contemplaba reír, y la imposibilidad de tenerla lo sumía en un abismo negro en el que estaba a punto de caer de forma implacable.

Estaba realmente preocupado. Jimmy finalmente no la había acompañado y ella había desoído sus consejos de no ir sola.

Albert había decidido ir en su busca. Rezaba para que su tardanza se debiese a que se había olvidado del tiempo remoloneando en el agua, y no algo peor. Llegó a la orilla del remanso donde solía bañarse; el agua estaba quieta, no había sido removida en mucho tiempo. Caminó a la ribera del río realmente preocupado. La llamó a voces pero no obtenía ninguna respuesta. Comenzó a caminar tomando la dirección contraria porque conocía un lugar donde las moras y las bayas» eran extraordinariamente grandes. Imaginó que cabía la posibilidad de que Jimmy le hubiese dicho dónde encontrarlas. Llegó al comienzo del bajo muro hecho de piedras que separaba el barranco del camino. Las moras más dulces crecían siempre en los lugares más peligrosos. El camino giraba hacia la derecha siguiendo la forma del terreno; antes de llegar a la curva divisó el zarzal que crecía por el lateral del muro que daba al barranco y vio las ramas espinosas que sobresalían por las piedras adoptando formas enrevesadas. Supo dónde estaba ella antes de llegar.

Se quedó tan estupefacto al verla que temió caerse al suelo de espaldas por la impresión recibida.

Candy no podía moverse, había trepado por el muro para poder coger las moras gordas y jugosas que se burlaban de ella desde su privilegiada altura, pero había tenido la mala suerte de quedar enganchada en las ramas llenas de espinas que la habían aprisionado por completo al tratar de liberarse. Estaba boca abajo en la fría piedra, que desde su posición alcanzaba la altura de un metro, las piernas le colgaban laxas y se le había subido la falda por los esfuerzos infructuosos de intentar bajarse y soltarse, con lo cual, tenía su trasero parcialmente expuesto a la vista.

Albert se mareó al contemplarla. ¡Estaba petrificado!

—¿Albert? ¿Albert sois vos?

Candy intentó mover la cabeza que tenía apresada entre las ramas, el pelo se le había enredado de tal forma que le resultaba imposible moverlo sin arrancárselo. Intentó reptar de nuevo hacia atrás, pero lo único que consiguió fue que las ramas enganchadas en sus ropas las estirasen todavía más y se las subiesen; ahora tenía expuesto el trasero completo. Hasta sus finas bragas estaban medio desgarradas por las caprichosas espinas.

—¡Espero que seáis vos, porque me encuentro en un verdadero aprieto!

Él seguía sin responder; solo tenía ojos, que no podía desviar de esas nalgas perfectas, turgentes e incitadoras.

—¡Válgame Dios, Albert! ¿Vais a ayudadme o no?

Albert tragó saliva violentamente, y viéndola en esa postura tan erótica, una parte de su anatomía que se había mantenido dormida durante tanto tiempo, terminó por despertarse y rugir con un espasmo violento.

¡La sorpresa lo hizo jadear!

Un deseo posesivo se hizo eco en Albert, que de pronto lo vio todo rojo. No podía pensar, tenía toda su energía concentrada en su entrepierna, que latía y palpitaba sin control con una necesidad acuciante y desesperada.

—¡No puedo moverme! —el suspiro de alivio que lanzó Candy la dejó atontada, por un momento había creído que la persona que observaba su culo al descubierto no era Albert—. ¡Dejaos de tonterías y ayudadme!

Él seguía inmóvil, sintiendo cómo el caos se adueñaba de sus sentidos por completo.

—Si me acerco terminaré por tomaros. Acabáis de dejarme sin voluntad.

Ella creyó que estaba exagerando.

—¡Eso es inaceptable! Sabéis que no tenéis ese problema conmigo, hay una parte de vuestro cuerpo que está fuera de esta discusión.

Albert jadeó con sorpresa:

—Creedme si os digo que esa parte de mi cuerpo acaba de cobrar vida y actúa por su propia voluntad sin consultarme.

Csndy no sabía si ponerse a gritar de frustración o darle una patada cuando se acercase.

—¿Y qué sugerís? Yo no puedo soltarme sola, vos no pensáis ayudarme —el gemido lastimoso de él le llegó al alma—. ¡Albert...!

Él seguía sin contestar, y sin acercase. Candy pudo oír sus jadeos entrecortados y la lucha que libraba en su interior intentando no abalanzarse sobre ella.

—¿A qué nos enfrentamos? «Tan práctica y tan deliciosa», pensó él. —A no poder separar las manos de vuestro cuerpo una vez las ponga encima.

—Pues tendremos que arriesgarnos. Albert gimió con impotencia.

—No, muchacha, el riesgo será para vos pues yo me he rendido a lo inevitable.

—¡Basta, Albert! Sois un hombre maduro con pleno control sobre vuestras emociones —él seguía sin moverse, ella lo alentó—. Acepto un revolcón en pago a vuestra ayuda.

Él no necesitó más aliciente que su consentimiento.

Se dirigió como un toro embravecido hacia ella, que seguía aguardando. Su miembro estaba duro, parecía que iba a estallarle debajo del kilt, y supo que una vez sus manos la tocasen, Candy no tendría escapatoria.

Las espinas se habían apropiado de la ropa de tal forma que le fue imposible liberarla con ellas, así que optó por rasgar sin ninguna delicadeza la tela que la envolvía; las ramas no permitían soltarla con facilidad. Albert observó los profundos arañazos que Candy se había infringido cuando intentaba soltarse sin éxito. Comenzó a quebrar las ramas una a una y las fue tirando hacia el barranco por encima del zarzal. Ahora le tocaba el turno al cabello. Albert tardó más de lo que pensaba, tenía que estirarse sobre la espalda de Candy para llegar a su pelo enredado, y sin proponérselo, las nalgas de ella se frotaron con esa parte de su anatomía que había decidido por sí misma despertar de su letargo en el momento más insospechado e inoportuno.

—¡Dejad de moveros! —exclamó con una ansiedad profunda en la voz.

—¡Se me están clavando las piedras en los senos! Pesáis demasiado.

La mención de los pechos de ella lo encendió todavía más porque recordó perfectamente cómo eran. Se le hacía la boca agua pensando en saborearlos. Perlas de sudor comenzaron a caerle por la frente ante el esfuerzo de sujetar sus emociones; sentía las manos entumecidas debido al esfuerzo de contenerlas y no pasarlas en una lenta caricia sobre la piel de satén de ella que iba dejando al descubierto.

Candy quedó prácticamente libre salvo por una rama, que aún la tenía cogida por la camisola desgarrada que apenas la cubría. Albert le dio la vuelta con cuidado para quitársela, la dejó completamente desnuda y en la posición idónea para el amante.

Solo tenía que levantarse el kilt y penetrarla, inspiró profundamente en un intento de refrenar su lujuria.

Cuando sus ojos libidinosos contemplaron al fin su desnudez gloriosa, la cordura lo abandonó por completo.

Las ansias reprimidas por tanto tiempo fueron su perdición.

Buscó su boca como un hambriento. La devoró con besos fieros, impacientes, ansiosos. Sus manos bailaban al mismo compás que su lengua en la boca de ella y le rendían el tributo que se merecía. No podía saciarse de ella. Sabía tan dulce.

Candy se sentía avasallada en sentimientos. Durante más de una hora había esperado ayuda en esa posición ignominiosa con lo cual sus nervios habían terminado muy alterados. Eso, y el saber que Albert había despertado de su letargo masculino y se le ofrecía a ella con tanto ardor, disipó las dudas que albergaba ante esa avalancha de sentimientos que la sacudían con cada beso y caricia que el escocés le prodigaba. Jamás en sus dieciocho años había sentido ese nervio en su estómago, que iba creciendo a medida que él tomaba sus pechos para saciar su curiosidad sobre ellos.

No podía rogarle que parara porque tenía la boca apresada con besos furiosos que despertaban en ella sensaciones desconocidas. De pronto, un dolor intenso aunque pasajero le indicó que él había cruzado la línea que marcaban las pautas de la decencia y la lascivia, pero ella no iba a reprocharle nada.

Candy era el instrumento elegido para su cura, y no se engañaba, sentía algo más que afecto; amaba a ese individuo rudo, salvaje y grande, muy grande.

Demasiado tarde se percató de la diferencia de tamaño. Candy sentía que la iba a partir en dos, las piedras le hacían daño en la espalda con cada embestida de él, pero no se quejó, aceptó valientemente su desahogo y frenesí, sin el menor remordimiento o pudor.

Albert no podía parar, ni aunque su vida dependiera de ello; sentía cómo su cuerpo actuaba por sí mismo, con voluntad propia. La lógica se había separado de la decencia en el mismo momento que rozó sus labios con los suyos en una rendición que no le había pedido. Su cerebro había intentado oponerse a su deseo, pero tantos años de frustración, de locuras reprimidas, habían actuado en su contra para llevarlo a ese precipicio emocional del que ya no era posible volver; había perdido todo control. Siguió sometiéndola con sus penetraciones feroces, mientras chupaba con avidez el pezón izquierdo de su pecho. Con su lengua lo masajeó para volverlo inhiesto como aquella noche en el río, cuando se burló de él tras asomarse por el agujero de su camisola. Seguía penetrándola con rudeza, ansia y un descontrol desconocido. Una embestida más, solo una y al fin podría desprenderse de esa sensación de vacío y locura que lo había poseído durante tanto tiempo.

Ninguno de los dos se esperaba el rugido fiero que salió de la garganta de él cuando al fin eyaculó en el interior de ella.

CONTINUARA

Por Dios! le resucito el muertico.. es un MILAGROO!, y como todo guerrero se lanzo con espada erecta a la conquista... Jajajaja.

Pobre de Albert, cuando se entere el papito de ella, le mandara a cortar la cabeza no pensante.

Abrazos.

Aby